lunes, 30 de junio de 2014

El duelo (Reflexiones antes de la Eternidad - VII)

Ha recibido el disparo y se desploma, aunque piensa que no le ha alcanzado de gravedad. Le arde la cabeza y no sabe lo que está sucediendo. ¡Qué paradoja! Ahora le sobraban todos los parabienes y lisonjas de la Fraternidad de la que era miembro desde no hacía mucho. Oye a Antonio (1) decir algo pero no lo comprende muy bien, es como si estuviera a mucha distancia o hablase bajito. Todo es confuso... Salvo escenas del pasado que vienen traídas como oscuro presagio.

Realmente no comprende la razón de que le vengan esas imágenes, como atropellado tropel de tropa en desbandada, en fantástica barahúnda que danza el callado acorde de una orquesta que teje su melodía al ritmo de un corazón desacompasado... No puede evitar revivirlas, pero de una extraña forma, con el ropaje de antiguas pesadillas, con una distancia que le asombra porque ya no le importan tantos desvelos, tantos esfuerzos, tantas intrigas. Contempló con sonrojo como una familia, su propia familia, era un rosario de traiciones, engaños, desencuentros, conspiraciones... Y lo peor es que se trataba de la familia que regía los Destinos de España. ¿Muertes...? Sí, también. Demasiadas y dolorosas.

¿La de él? No, no podía tratarse de eso. La bala le ha rozado sin duda y está postrado por la impresión, en cuanto pasen unos minutos y esté recuperado acudirá a Lhardy (2) para celebrar que todo ha sido un susto, que Antonio no se atrevió a hacer puntería en la cabeza de su primo. Quizás solamente estaba aturdido por la emoción, por el caballeresco gesto que había mostrado, una vez, otra más y otra, hacia su primo, ese fatuo francés que aspiraba a suceder a su cuñada tras haber financiado una revolución que no tuvo nada de “popular” y del que se decía que andaba incluso detrás del mismísimo Prim, otro masón como ellos.

- No lo dude, don Enrique. Acabe con él. O él acabará con todos nosotros. Se ha vuelto loco, ¿me oye? Nos pone en bandeja de plata la ocasión de quitarle del medio. – Recordó esa voz, un militar de alta graduación barbado al que había visto en las tenidas, un hermano, indudablemente. – A menudo el Gran Arquitecto actúa valiéndose de la casualidad...
- El problema es que yo no estoy acostumbrado al uso de las armas. Acaso el florete, hace muchos años... en la Armada... Pero no es el caso. Y al fin y al cabo es mi primo, concuñado de mi hermano... (3) Estudiamos juntos en el Liceo... Cierto que nunca nos llevamos bien, él quiere un trono a toda costa y yo que los hombres sean iguales como es voluntad del Gran Arquitecto. ¿Por qué habríamos de matarnos? Tenemos enemigos comunes... Todo quedará en una bravuconada y en un rasguño, él seguirá con sus disparatadas ambiciones y yo continuaré escribiendo contra curas, opresores y arribistas como ese truhán que es Antoñito...
- Vuestra Merced sabe, don Enrique, que no eran “accidentes” (4) los sucesos que le sobrevenían a su real cuñada....

No logró reconocer la voz en medio de tanta confusión. No acertó a explicarse la razón por la que llegó hasta la política. ¿España? Puede. ¿Ambición personal? También era posible. ¿Despecho por no haber sido el elegido para casarse con Isabel? Sí y no. Isabel estaba enamorada de un militar de antigua y noble familia irlandesa por mucho que se desviase la atención hacia apellidos de inspiración catalana. Nunca llegó a comprender lo que motivó que se escogiese a su afeminado hermano menor. “Presiones de la Inglaterra”, le dijeron, y no quiso darle más vueltas. También le sedujeron para ser emperador de Méjico, y dijo que no a ese asunto. ¿Por qué echar de menos a España en América cuando podía hacerlo aquí mismo?

La cuestión es que largaron el fardo a Maximiliano, ferviente católico, que estaba loco por su mujer, y ella también, enamoradísima de él. Aún se oían las burlas en las Cortes y Cancillerías europeas que recorrió para salvar a su esposo cuando cayó en manos del masón de Benito Juárez. Al final le fusiló. Son terribles y sangrientas las reyertas entre hermanos, no deberían de quejarse los cristianos por una crueldad que era escandalosa incluso cuando se enfrentaban entre ellos. Le costaba mucho esfuerzo rememorar como había llegado a ser un Hijo de la Viuda. Acaso fuera que ellos habían llegado hasta a él... Las familias de las Monarquías europeas estaban empezando a ser infiltradas implacablemente y ya no eran únicamente los británicos y los franceses los que podían recibir la luz desde sus testas coronadas (5). Las Casas Reales que resistiesen serían destronadas sin contemplaciones. Todo es válido para que Prometeo pueda llevar la Luz a los hombres, y ya se encargarían de que el Gran Arquitecto enterrase a los que osasen castigarle.

Sigue percibiendo bultos y sombras a su alrededor y frases inconexas, sin sentido... “¡Ahora sabrán esos parásitos quien soy yo!”, “Debe marcharse de España Vuestra Alteza, le formarán Consejo de Guerra...”, “No saldré corriendo como mi padre...” (6), “Entonces puede que Vuestra Alteza acabe como su señor abuelo ...” (7) “Nada ni nadie me detendrá o apartará de proclamarme rey de España...”, “le habéis matado, don Antonio, es que no veis como le ha dejado la crisma vuestra bala...”, “sólo de él es la culpa...”, “don Enrique cometió yerro adrede, ¿es que no podía haberse arreglado Vuestra Alteza sin tener que taladrarle el cráneo?”. “¿Cómo? ¿Después de haberme ofendido tan gravemente? Voy a ser rey, todos han de saber que mi honor es intocable...” La voz de Antonio sonaba entre arrogante y temerosa, con un matiz que hubiera pasado por alto en otra situación, aunque continuaba sin entender el porqué de tanto alboroto cuando se sentía bien, a excepción de ese doloroso ardor en la mitad derecha de su cabeza, que parecía ir cediendo en su furia. Intentaron incorporar su cabeza, le formulaban preguntas a las que respondía pero no le oían, como si sus orejas hubieran sido condenadas a no escucharle más, como si sus labios estuvieran sellados por lacre, igual que se hace con una carta que alguien ya había enviado a la Eternidad. Pero no, no podía ser, no podía acabar así. Tenía muchos asuntos pendientes por resolver.

No obstante, todavía conservaba claridad en sus mudos pensamientos. Rey de España. Sí, reconoció que albergó y abrigó en su corazón esa posibilidad, que sus correligionarios no habían frañido, más bien al contrario, dando alas a un enfrentamiento entre logias, tal como ya sucedió en la Revolución de Francia, donde todos le hincaron el diente y zarandearon, como despojo, al reino de su lejano tío, de otra rama Borbón, la de Luis Capeto (8), el decimosexto de su nombre. Se percató con pavor, como si una venda se le hubiese caído de los ojos, de que era un crimen execrable lo que pretendían realizar sus hermanos y él mismo, barrer a la Iglesia, exterminar a los católicos, todo, lo que fuera, en nombre de una diosa Razón que amadrinaba la peor de las locuras, que extendía su guadaña manchada con sangre de inocentes sobre épocas, generaciones, naciones y continentes.

Aquella era una clara mañana que anunciaba la primavera, fresca, llena de vida, con el rocío colgando de las hojas de los árboles, como lágrimas de extáticos santos, que saludaron su trayecto hasta el lugar convenido para el duelo, en la Dehesa de los Carabancheles, habiendo hecho parada antes en los Exportazgos de la Venta de Alcorcón. Había disfrutado del aroma campestre que se había subido al coche sin permiso, como una adolescente traviesa embromando a su amado... Sin embargo, se estaba nublando su vista y apenas lograba distinguir bultos que se movían caóticamente, como demonios ciegos peleándose en las tinieblas que le tenían atrapado, como un negro monstruo hace con su indefensa víctima.

No, quiso darle la espalda a ello. Se obstinaba en negarlo, el disparo ni le rozó casi, Antonio tenía muy buena puntería y no lo habría hecho de otro modo. Primera sangre, el honor intacto y cada mochuelo a su olivo, era sábado y en la tenida de la noche se reiría de todo lo acaecido mientras su primo Antonio podía seguir alardeando de sus ires y venires por el bien de España, que él la amaba más que nadie y nadie mejor que él para remediar sus males, patatín y patatán, que la Dinastia no había levantado cabeza desde la muerte de Carlos III con los idiotas que le sucedieron y que tenía que ser una rama secundaria de la Familia la que salvase los muebles y el país, que se descosía por todos lados... Por culpa de la poca cabeza que habían mostrado algunos de los que podían haberla sacado del atolladero.

Culpa. Sí, se sentía culpable, era como si las certezas fuesen floreciendo a medida que el mundo se despedía de él, ya no oía nada, no sentía nada, ni tacto, ni movimiento, ni frío ni calor. Se preguntó si estaba soñando, como en la noche precedente. Recordó un mal sueño así, en medio de esa nada que le rodeaba, articulando gritos y palabras que ni él mismo era capaz de escuchar. Había cometido infinidad de errores. Acaso vivir no es otra cosa que coleccionarlos, como un entomólogo obsesionado por hacerse con el insecto más desagradable, más nauseabundo. Reparó en que eso es el pecado, una palabra que no había pronunciado, rechazándola con altivo desdén, desde sus años mozos, aquellos dulces días en que sus padres acariciaban la idea de que entrase en la carrera eclesiástica y alcanzase la dignidad cardenalicia, ¿quien sabe si habría un Papa Borbón, después de ese pragmático y poco escrupuloso “París bien vale una misa”? (9). El auténtico triunfo de su linaje sería ese. Pero no encajó entre sotanas, crucifijos, hisopos y agua bendita. Él buscaba la remisión de los males que aquejaban a la Humanidad a través de su liberalismo extremo y anticlerical, como ser dios sin necesitar a Dios para nada porque el Hombre se bastaba y sobraba para ventilar sus asuntos y contiendas. La Iglesia ya había tenido su oportunidad durante casi mil novecientos años y su tiempo estaba acabado. Los Estados Pontificios serían borrados del mapa en breve (10) por los patriotas italianos, bien dirigidos por la Masonería. El Mundo aguardaba alborozado una Nueva Era de Progreso, un Nuevo Orden, en el que sería fundamental superar, de alguna manera, los conceptos nacionales de los que ahora se servían los hermanos y sus patronos, para derruir y laminar a la Iglesia Católica en particular y al Cristianismo en general. Sí, sin duda. Pero entonces, ¿Por qué sentía, repentinamente, que todo eso, en lo que había creído y por lo que había trabajado, estaba profunda y dramáticamente instalado en el Pecado?

Pecado, otra vez esa palabra, y de nuevo esa espantosa sensación de querer alzar una voz que se niega a salir de su ahogo, de su anegado silencio, desde su garganta...

Se empeñó en recordar otra vez el agradable recorrido hasta la Dehesa de los Carabancheles, el sol caminando serena y majestuosamente hacia su cénit... El trinar de los pajarillos, el intenso colorido de las flores, más vivo ahora si cabe que cuando lo contempló. La clara y suave brisa acariciando las hojas de los árboles, animando el vivo diálogo de las hojas entre sí, el anárquico aire que se mueve por acá y por allá, sacudiendo las espigas de cereales, las ramas de los pinos, de las encinas, de los alcornoques, que están por doquiera que se posen los ojos, a una orilla y a otra del camino, con la misma marcialidad que los centinelas del Palacio Real, a los que en tantas ocasiones había admirado. El traqueteo del carruaje fue callando paulatinamente. Descendieron e hicieron los trámites propios de la seriedad del acontecimiento. Miró de reojo el furibundo rostro de Antonio. “Bueno,” pensó, “sigo opinando lo mismo de su persona, sin embargo, en el momento de la verdad, considerará las mismas razones que yo para que este dislate no acabe mal”. Examinan las pistolas y cuentan pasos, más y más formalidades. “Venga pues, que no nos vamos matar, ¿es que no se dan cuenta de que todo esto es para que Antoñito pueda pastelear a discreción?” Se dijo esbozando una sonrisa, ya que el motivo del duelo era que Enrique había apodado a Antonio, en uno de sus incendiarios artículos, publicados en “La Época”, como “hinchado pastelero francés”, entre otras lindezas.

Le habían dicho que, a pesar de ser un consumado experto, llevaba tirando al blanco desde la tarde del jueves. No les creyó. El primer tiro lo erró Enrique con disimulo. También falló Antonio... “No puede ser de otra manera”, volvió a tranquilizarse, por mucho que había silbado la bala cerca de su oreja. Nuevamente un poco de teatro, Enrique mandó su turno lejos del cuerpo de su primo. En su réplica, Antonio alcanzó la pistola de su pariente, que fue destrozada por el proyectil, uno de los pedazos de metal fue a arruinar la levita negra que vestía Enrique de Borbón, sin más consecuencias que reemplazar el arma desbaratada por una nueva. Los padrinos y testigos se afanaron en que todo acabase de esa manera. Los duelistas insistieron en proseguir, con mayor énfasis si cabe por parte de Enrique, que alegó que no tenía herida ni contusión alguna, confiado en que todo terminaría bien y con el honor de los dos a buen recaudo. En el tercer tiro, este disparó ostensiblemente al aire, sin ningún tipo de diligencia o esfuerzo por hacer blanco. Antonio de Orleans sí que apuntó, despacio, despacio, muy despacio. Instantes que parecían interminables. Enrique no podía ver la mirada de su primo: El reflejo de la luz blanqueaba sus lentes, dándole un aspecto irreal, como muñeco que tuviese las cuencas albas en lugar de vacías. Fantasmagórico.

Si. Ahora lo sabía bien. Antoñito había acertado de pleno, las tres veces fue su diana... El pánico se enseñoreó de él, en esa soledad, muda, ciega y sorda que tienen algunos cuando son sorprendidos por la Muerte. Se acordó de Cristo en su Cruz, intentó agarrarse a una plegaria, porque supo a ciencia cierta que no acudiría a recibirle Gran Arquitecto alguno: Era una burda impostura para confundir, para perder a tantos y tantos que fueron antes que él y a tantos y tantos que lo serían después.

Tarde. Su corazón acabó de palpitar. Y su postrer latido le llevó la certeza de que él fue un triste figurante en la farsa que, alguien, mucho más poderoso de lo que podía imaginar, había planeado hacía mucho, mucho tiempo.

Extraído del Acta del Duelo entre el infante don Enrique de Borbón y el duque de Montpensier...

Reconocido por los doctores Sumsi, Leira y Rubio, resultó tener una herida penetrante en la región temporal derecha; las arterias temporales estaban rotas; la masa cerebral, perforada; la vida de relación y de sensibilidad, abolida; la respiración, estertorosa.

Acompañado por testigos de una y otra parte hasta que vino una camilla que, recogiéndolo, llevó el cuerpo del señor infante al próximo campamento, se convocaron los infraescritos para la sesión presente y acordaron levantar este acta, en cumplimiento de la ley y de los usos y costumbres de los lances de honor, disponiendo, además, se escriban en el número necesario para entregar, una a los herederos del infante don Enrique de Borbón, otra al duque de Montpensier, una a cada testigo y otra para que el señor Teniente General don Fernando Fernández de Córdova se encargue de depositarla, en tiempo oportuno, el alguno de los establecimientos públicos encargados de la custodia de papeles. Firman: Federico Rubio. Juan de Alaminos y de Vivar. Fernando Fernández de Córdova. Emigdio Santamaría. Andrés Ortiz y Arana. Felipe de Solís y Campuzano.

12 de marzo de 1870



NOTAS

(1) Antonio María de Orleans, duque de Montpensier.
(2) Restaurante de Madrid. Aún existe.
(3) Francisco de Asis de Borbón, marido de Isabel II, era hermano de Enrique, y el duque de Montpensier era esposo de la hermana de la reina.
(4) Isabel II había sufrido varios atentados. Siempre se sospechó de Antonio de Orleans como instigador.
(5) En el caso de la corona británica se acaba antes enunciando quienes NO pertenecen a la Gran Logia de Inglaterra: Ninguno porque todos forman parte, en distintos grados, de la Masonería, hasta el punto de que es sumamente difícil separar la una de la otra. Respecto a Luis Napoleón, Napoleón III por su numeral, había perdido el favor de las logias por su oposición a la unidad italiana, influido sin duda por la religiosidad de su esposa, Eugenia de Montijo, que siempre exhibió un discreto pero enorme resentimiento contra el masón que fue su padre, muerto cuando ella apenas tenía trece años... Y nunca faltó quien afirmó, en determinados círculos, que su hijo, Napoleón Eugenio Luis, se le “dejó morir” (1879) en una emboscada efectuada por zulúes mientras los combatía en las filas británicas para que sus derechos dinásticos recayesen sobre algún hermano, no de sangre sino de otra naturaleza.
(6) Luis Felipe de Orleans, rey de los franceses entre 1830 y 1848.
(7) También llamado a sí mismo como "Felipe Igualdad" (Philippe Egalité) para congraciarse con los revolucionarios siendo más revolucionario que nadie, tuvo un papel relevante en los hechos que se conocen como “revolución francesa” de triste memoria, que este modesto autor ya abordó en “Algaradas, motines,revoluciones...” del 16 de diciembre de 2012, disponible aquí. Murió en la guillotina, por aquello de que siempre hay alguien mas revolucionario...
(8) Luis XVI de Borbón, “ciudadano Luis Capeto” en su sentencia de muerte.
(9) Frase de Enrique de Borbón, cuarto de Francia. La frase, verídica, en francés original es “Paris vaut bien una messe”. Siguió siendo calvinista en el fondo de su corazón, y no es temerario afirmar que ello fue la causa de muchos males que aguardaban en el porvenir de Europa Occidental.
(10) Tal como ocurrió en septiembre de ese mismo año de 1870.

jueves, 29 de mayo de 2014

Angyalka

Nunca se sabe de donde viene. Tampoco su destino. Algunos creen que se trata de un monje, un fraile, un religioso en definitiva. Así lo juzgan porque suele acompañarse de un Rosario de madera, pequeño y sencillo, y se viste con largas vestiduras, que recuerdan el hábito que lucen las personas de esa condición. Sin embargo, muchos de los que se han cruzado en algún momento con él, intuyen que sus ropas son sólo eso, ropas, que usa para cubrirse, y que esconde algo indefinible que, sin ser amenazante, les causa vértigo y respeto.

Es un hombre de complexión fuerte, alto sin humillar, con el pelo corto y descuidado de clara inspiración militar, afeitado; cargado con unos treinta y cinco o cuarenta años. Hay ocasiones, bajo determinada luz, que parece superar esa edad. En el fondo de su mirada reposa serena la tristeza, no muy lejos de una esperanza que es la misma que desprenden sus palabras. Palabras, a veces, trémulas y espantadas de alguien que ha visto demasiado dolor; en otras vehementes y entusiasmadas por saber que, después de todo, lo mejor está por venir.

Llega, se dirige a alguien en particular por razones que únicamente conoce él, le da o recibe algo, cuenta un episodio o hecho sin conexión aparente con la situación y los presentes, mira al Infinito antes de bendecirte y despedirse, y luego se pone a caminar, con esa patria espinada a cuestas que son sus recuerdos y sus plegarias. Nadie sabe de donde procede y nadie sabe nada de él.

Nadie sabe su nombre a ciencia cierta porque pocos son los que han llegado escucharlo.

Un deslumbrante atardecer del final de mayo, acaso del principio de junio, en un parque. Los críos corretean por aquí y por allá, en dura competencia con el clamor del enloquecido tráfico, heraldo de un cercano y cálido fin de semana. La ciudad no es para los niños. En realidad no es para nadie que sea de carne y hueso. Viene andando relajadamente, aunque bien puede haberse materializado un instante antes porque ninguno de los presentes ha reparado en que tan singular personaje se estuviera aproximando. En una época de zarcillos, tatuajes y peinados despeinados no debería de llamar la atención.

Se dirige hacia un grupo de mujeres, de diferentes primaveras. Una ancianita le mira con incrédulos ojos y se emociona. El hombre se acerca a ella y la abraza tiernamente, como si se conociesen de antes. De mucho, mucho tiempo atrás pese a no tener sentido porque podría ser su nieto. Quizás se trata de eso. La vieja dama se despoja de una cinta que lleva al cuello, con una crucecita de madera colgando, a modo de dije, y se la entrega entre sollozos. Él la consuela. Cuando parecía que iba a marcharse, comenzó a hablar...

“Me dispensarán si les cuento una historia.” Dijo con voz cálida. Si les aprovecha en algo, me lo agradecerán; no siendo así siempre se la podrán contar a alguien que la necesite oír. No sabemos realmente a quien tenemos delante, pero la Providencia sí.”

Alguna pensó que se trataba de un menesteroso, echó mano al monedero para que se fuera enhoramala y pudiesen continuar con su animada tertulia. Un simple gesto del misterioso hombre bastó para hacerla entender que no deseaba nada más que ser escuchado. Ante la tácita aprobación que implicaba el silencio de las allí reunidas, que no perdían de vista a sus criaturas, el desconocido empezó su relato.

“Hace mucho tiempo que pasó esto que les cuento. En la época en que toda Bohemia aún lloraba la muerte del rey Luis (1) y el monarca que le sucedió, Fernando (2), peleaba con todas sus fuerzas y las del imperio contra el Turco que ansiaba borrar la Cruz de Europa. Fue en aquellos convulsos y terribles días, con la herejía de Lutero apuñalando la espalda de la Cristiandad... Había en Praga un sabio judío, llamado Ivri, ya entrado en años, aventajado discípulo de un sefardí alquimista de Toledo, del que heredó sus conocimientos y la llave de un domicilio al que nunca retornó. No eran parientes. Según le narró, porque nada recordaba dada la corta edad que tenía cuando le recogió como pupilo, le sacó de la calle, abandonado como estaba, para educarle bajo el intransigente criterio de la Ley Mosaica.

“Nunca tuvo claro si fue recogido como le relató, vendido o simplemente raptado. Le trató con cariño y disciplina, como el padre que no recordaba y le enseñó todo lo que sabía, lo que incluía unas enigmáticas Artes con las que había que ser muy cuidadoso para no despertar la curiosidad, no ya de los gentiles, sino de otras personalidades de las que nunca entendió plenamente su naturaleza, ya que el sefardí rehusaba hablar de ellas siquiera y su voz se volvía vacilante y queda al tocar la cuestión.

“Una mañana se encontró a su maestro muerto en el lecho. Había fallecido mientras dormía. Como era una persona respetada entre la judería, las muestras de duelo fueron notables. Y él se hizo cargo de todo, de repente y sin advertencia, que es como la vida suele conceder su mayoría de edad. Siguieron encargando a su establecimiento perfumes, afeites, bálsamos, cataplasmas, ungüentos y con esas labores se ganaba la vida dignamente. Siempre ocurre que las personas cuidan sus cuerpos esmeradamente, mejor que sus almas, como si la Juventud fuera una flor inmarchitable, y no, porque sólo están pensados para durar una vida, no más, y frecuentemente sacrificada.

“Pasaban los años. Al principio estaba confiado en la idea de que hallaría una hembra, buena hija de Israel, que le diese hijos. Pero esa mujer, si existía, nunca se cruzó con él, y sus conocimientos se aliaron con una creciente demencia provocada por la soledad que le alanceaba el corazón. No soportaba contemplar el paseo de las parejas mozas frente a la puerta de su casa, detestaba las amas que urdían fugaces encuentros entre los enamorados. Llegó a considerarlo una afrenta personal e intolerable. ¿Por qué ellos, asquerosos gentiles, tenían a su disposición los goces del amor, - se preguntaba - y él, que era un devoto servidor de Elohim, nada tenía que esperar?... Y esa interrogante le corroía el alma y la mente.

“En este trance se hallaba cuando quiso la desventura que una joven y hermosa muchacha católica, nacida magiar, de nombre Angyalka, criada de alguna casa acomodada de Praga, entrase en su establecimiento para adquirir un artículo del que le habían hablado. Había ahorrado semanas para adquirirlo. Ivri se queda perdidamente prendado de cada uno de sus gestos, facciones y palabras. Le obsequia el producto con el fin de atraerse la simpatía de la chica, para que volviese. Y tramó un siniestro plan para que fuese de él, y de nadie más, por las buenas o por las malas. Para ello acudió sin prevención a los antiguos, arcanos y prohibidos conocimientos que le transmitió su mentor.

“A menudo acaece que lo enseñado como aviso, como mojón que no ha de traspasarse, seduce imperiosamente cuando se presenta la tentación. Somos poca cosa, casi lo mismo que la tierra que pisamos y que nos dará postrera morada, e Ivri fue un juguete en manos de un deseo que se desbordaba en cada uno de sus pensamientos. Angyalka sería suya, y ya le daba igual que fuera cristiana que ismaelita, que igualmente habría retado al Dios de Abraham. Lo que ignoraba en su vasta sabiduría es que esa clase de ambiciones despiertan la curiosidad de seres intangibles, incorpóreos, ni vivos ni muertos, que acechan al Hombre desde su concepción hasta que es acogido por El Que Todo Lo Puede. Y terminan viniendo si se les llama.

“Angyalka regresó a la tienda de Ivri, más esplendorosa que nunca, con el sol de su sonrisa en los labios, cuyo valle sería capaz de ensombrecer al de Josafat en el Día del Juicio. El alquimista le habló de cosas intrascendentes, para distraerla, mientras cerró la puerta a cal y canto para no ser importunado en lo que se proponía por algún parroquiano, y para que ella tampoco pudiera escapar. No se percató...

“Le habló de su encendida pasión, de que deseaba convertirla en su amante, en su esposa, en lo que ella le pidiese, a cambio de que permaneciese junto a él para siempre. Ella titubeó, intentó deshacerse de su agobiante asedio, que le provocaba repulsa, retrocediendo hacia la entrada. Esquivaba sus requiebros con buenas pero firmes palabras. Ivri fue abandonando su suave tono, sustituyéndolo por otro más áspero, más exigente. Angyalka estaba de espaldas a la puerta, tanteando afanosamente el pestillo... Forcejeó con los dedos para retirarlo... ¡El cerrojo había sido bloqueado!

“Dio un vigoroso empujón al judío para desasirse de su endiablado abrazo mientras le chillaba que nunca estaría con un maldito viejo y pedía auxilio. Ivri la agarró del brazo, destapó un albarelo que tenía preparado cerca y la obligó a beber el líquido que contenía.

Todo irá bien, ya lo verás. Te haré muy feliz, nada te faltará. Lo siento de veras, pero los preparados más efectivos son los más amargos... Le decía, intentando aplacarla. Ella sintió que le abandonaban las fuerzas... No lograba mantener la resistencia... Se hundía en oscuras aguas, con una diminuta luz al fondo...

“Él advirtió lo que pasaba inmediatamente. Intentó reanimarla, consciente de que la había matado. ¿En qué se había equivocado? Repasó mentalmente los ingredientes, no había error, medidos y calculados al detalle los pesos, sus mezclas, los tiempos de maceración y cocción, la manera en que se unirían a los humores de su hermoso cuerpo, las Personalidades a las que había invocado para que el conjuro fuera eficaz... ¿Qué le estaba pasando?

- Que la habéis asesinado, viejo estúpido...

“Ivri se giró en dirección al sonido de esa voz. No estaba solo. ¿Cómo podía ser posible? Era un joven alto, pálido, rubio, sin barba, vestido ricamente a la española, sentado arriba de una de sus estanterías,  como águila evaluando su presa, escupiéndole esa frase en latín. Saltó de su atalaya como un gato, cayendo de pie, sin el menor crujido del maderamen que tejía el suelo que soportaba sus pasos. ¿Quien es vuestra merced? Acertó a preguntar entrecortadamente...

- Eso no os importa. - Sonrió con maldad. - ¡Menudo embrollo, judío! ¡Siempre estáis en todos los pleitos!... Y ahora, ¿cómo vais a explicar esta calamidad a los corchetes (3)?

“Sí, debía de ser español, porque entre tanto latín había colado adrede la palabra corchetes (3), como parte de un juego, a sabiendas de que sería comprendido. Así que le contestó en la lengua que se educó su maestro.

- No lo sé, como tampoco sé la forma en la que habéis entrado en mi casa. - La desesperación subió a sus ojos. - Haría cualquier cosa por devolverle el aliento...
- ¿Cualquiera? - Interpeló el intruso en el mismo idioma. - Eso es mucho decir, judío...  ¿Qué me daríais a cambio de su vida?
- Lo que fuera, pero dudo de que tengáis esa facultad, que pertenece a Yahveh-Elohim.
- Estáis errado, judío. – Rió entre dientes al tiempo que examinaba a Angyalka. - No dispongo de mucho tiempo, pero aún puedo hacer que esta ramera cristiana recobre la vida. – Le arrancó con rabia la sencilla cruz que colgaba de su cuello. - El precio es alto.
- Os daré todo lo que tengo.
- No es suficiente... - Replicó con desdén.
- Todo lo que soy, toda mi ciencia, - añadió arrasado por las lágrimas, - ¡seré vuestro esclavo!
- Eso está mejor, pero no me sirve. Todo lo que conocéis lo tengo a mi disposición y mucho más que ni imagináis... Quiero vuestra alma. Y ella tornará a la vida.

“La propuesta sonó como un latigazo en el cerebro de Ivri. Así que estaba frente a un sidonai (4), justo castigo por su osadía.

- Siempre con vuestra Culpa a cuestas, Ivri (5). En verdad que este nombre os cuadra como espada en vaina... Tempus fugit (6), judío, decidíos presto porque de lo contrario nada podré hacer para rescatar a vuestra amada... “Como se viene la Muerte / tan callando...” (7)

“No reflexionó, no quiso hacerlo para impedir que sus lágrimas se aliasen con el temor, con el terror por lo que estaba viviendo...

- Sea. Tomad mi alma a cambio de la vida de ella.
- ¡Qué bonito es el amor! Llevo siglos diciéndolo... – Exclamó sarcásticamente. - O lo que sea el pecado que enterráis bajo el sepulcro blanqueado de ese nombre.

“Chascó los dedos. Ivri percibió que había alguien más en la estancia, aunque le fue imposible verlo. Unos poderosos brazos invisibles alzaron a la doncella, le abrieron la boca y le introdujeron un oscuro bebedizo que salía de la nada. La depositaron sobre el entarimado nuevamente.

“Apenas unos pocos segundos... Angyalka se retorció y tosió violentamente, esputando parte de la poción que le había administrado esa entidad invisible. Ivri quiso abrazarla, mas se lo impidió esa misma fuerza que estaba salvando a la joven. Cuando abrió los ojos, miró detenidamente al español para exclamar...

- Én Istenem! (8)
- Dios no es parte en estos tratos. - Sentenció despectivamente el desconocido. - Ella es mía ahora, - se dirigió al hebreo, - y vuestra merced me debe algo... El alma, por ejemplo.
- No, ¡no puede ser! Os la daré cuando me llegue la hora. ¡No hemos hablado nada de eso!
- Es cierto, no hemos hablado de eso, ¡cuán conveniente es sopesar los extremos de un pacto antes de comprometerse! Yo pongo el plazo, y ya ha vencido... He salvado la vida de esta damisela, y quiero cobrar mi deuda en este momento. - Le señaló con la ballesta del odio en su rostro. - ¡Adolete ille! (9)

“Al punto comenzaron a brotar pequeñas llamas de la vestidura de Ivri. Lo que fuera le estaba quemando vivo. El viejo aullaba de dolor mientras tropezaba con sus enseres domésticos e iba propagando el incendio por doquier. El extraño musitó “Sanguis Eius super nos et super filios nostros” (10) y cogió la mano de Angyalka, quiso rechazar su frío y duro tacto, pero no pudo... El espacio que ocupaban parecía ser rehuido por el fuego, con respeto, con devoción, como homenaje que el vasallo rinde a su señor. La mujer perdió la conciencia. Un vidrioso cuartel cuando la realidad supera unos límites que los sentidos se niegan a hollar... El intruso arrojó la cruz al cadáver llameante de Ivri.

“Angyalka no tenía la menor idea de si habían transcurrido minutos, horas o días. Acaso siglos. Lo que recordaba le causaba una gran congoja. Sin duda, había tenido una horrible pesadilla. Estaba tendida sobre una blanda cama, con el espléndido sol de mediodía taladrando el brocado de seda de un cortinaje que no podría pagar ni con el salario de toda su vida. El firmamento. Un azul increíble, digno color para el manto de la Santísima Virgen, puro, límpido, infinito. No era el plomizo cielo que miraba desde el ventanuco del chiscón donde reponía fuerzas tras las interminables jornadas de trabajo al servicio de su señora. Ni siquiera el modesto vestido que lucía era el mismo. Se admiró en un gran espejo: Parecía una de las damas de compañía de la archiduquesa Leonor de Habsburgo (11) a las que una vez ojeó de lejos cuando asistía a la misa de la Iglesia del Espíritu Santo. Se deleitó observando su largo cabello rubio recogido coquetamente y ataviada del color negro que los españoles habían puesto de moda en toda Europa con la única resistencia de la Corte francesa y de los herejes isabelinos. Una inmaculada gorguera blanca rodeaba su esbelto cuello, adornada con finísimas aguamarinas semejantes a gotas rematando las puntas más alejadas de su garganta. Jamás imaginó que pudiera llegar a deslumbrarse a sí misma. Cada detalle suponía un alarde de exquisito y refinado lujo, una poesía entretejida a medida sobre el telar que era su cuerpo asomado a la plenitud de la vida, la labor de una modista experimentada que no había dado una mala puntada, ni tomado una mala medida. Una ostentación sin par que la abrumaba. La cautela se abrió paso a empellones, apartando su euforia... Componer ese vestido llevaría semanas y costaría una fortuna, ¿quién se lo habría proporcionado? ¿Quién la habría compuesto para lucir así? Y lo que casi olvidaba cegada por tanto brillo y lujo... ¿Dónde se hallaba? Se llevó la mano al pecho con preocupación: No tenía su crucifijo. Es más, la alcoba no tenía ni un símbolo de su Fe, en cambio había otros que no conocía pero que le desasosegaban.

“A lo lejos podía escuchar el sonido de un instrumento musical. Venía de otra dependencia, pero su dulce y melancólica música parecía bañarlo todo. Era un laúd, aunque presentaba matices que lo diferenciaban de los que se escuchaban por las calles y tabernas de Praga.

- Es una vihuela... – Aclaró la voz de un hombre a su espalda. - Celebro que os agrade. Y esta es vuestra nueva casa... Si me obedecéis.

“Se quedó petrificada. No fue una pesadilla. El judío intentó forzarla, fue obligada a beber algo... Ese sopor que la invadió, aquella negrura tan acogedora y familiar... Hasta que sintió que la arrastraban, que la arrancaban de aquel lugar donde se sentía tan bien... Ese hombre había matado al viejo que vendía ungüentos después de su parloteo en un idioma que desconocía. Y luego... Se desmayó.

- ¿Obedecer?... – Balbuceó asustada. - ¿Quién sois? ¿Dónde estoy?
- Podéis llamarme Lucián. Os apeo del tratamiento que merezco para que veáis el grado de mi generosidad. Seréis mi invitada por mucho tiempo. Os halláis en una gran casa, la he adquirido hace escasos meses, casi a medio andar entre la Plaza Mayor y el Real Alcázar de Madrid. Nos hallamos en la nueva Corte de un Imperio como no se ha visto antes: La Monarquía Católica. El lugar ideal para mis tareas y en el que vuestra merced me será sumamente útil...
- Así que estoy en España... ¿Cuántos días he estado sin sentido? – La muchacha creía haber regresado a la pesadilla que había dejado atrás. - ¿Cómo me habéis traído hasta aquí?
- Días no, unas catorce horas. Os he traído yo. Los carruajes son lentos e incómodos. Eso por no hablar de las fondas sucias y malolientes, de los insolentes modales de los arrieros, de los salteadores de caminos. Puedo llevaros a cualquier sitio del mundo al instante, puedo concederos todas las riquezas, alhajas, preseas que se os antojen. Si me servís bien en lo que os pida, puedo obsequiaros con la mismísima corona del rey Felipe, si ese es vuestro capricho.
- No quiero ninguna corona. No quiero nada. - Negó temblorosa. - Únicamente deseo volver al servicio de mi señora. Estará intranquila por mi ausencia.
- Pues es una pena... - Fingió contrariedad. - No retornaréis. Os tomarán por bruja... Además ese percance con el viejo judío... Su casa quemada hasta los cimientos... Vuestra cruz junto a su podredumbre calcinada... Mal asunto. Y lo peor, vuestra nueva condición... Olvidaos para siempre de la limosna que os pagaban, de la vida que se os escapaba y saludad a la existencia que se os ofrece.
- ¿Qué condición? No he cambiado.
- No estáis viva. Tampoco muerta... Habéis entrado a formar parte de la gran familia de seres que no deberíamos existir, pero que estamos aquí a despecho de los que piensan que la Creación sigue unas reglas fijas, inmutables y asequibles a vuestras ridículas entendederas.
- No os comprendo. Apenas sé leer y escribir... Os ruego, os suplico, - se echó las manos a la cara, comenzó a llorar, - que por Dios tengáis compasión de mí y que me llevéis de vuelta a mi casa, seáis quien seáis. 
- No y no, ¡maldita sea! - Se encolerizó. - Os prohíbo que mencionéis a Ese ingrato. Dijimos Non Serviam, ahora estáis a mi servicio como yo mismo estoy a las sabias órdenes del príncipe de la luz, mi señor Lucifer. ¿Por qué la Humanidad se empeña en pecar una vez y otra a poco que se pasea la tentación por delante de vosotros, y cuando podéis ser consecuentes con vuestra despreciable naturaleza os refugiáis en el Arrepentimiento? Os ha sido dada la luz de una nueva existencia lejos de la tijera de Aisa (13). No padeceréis enfermedad ni muerte si no es por mi voluntad. Podéis disfrutar de todo lo que imaginéis sin rendir cuentas a nadie porque yo soy uno de los lugartenientes del señor de este mundo... ¡Y lo único que se os pasa por la cabeza es llorar como una plañidera que no ha cobrado todavía y reclamarme que os devuelva a una vida de miseria, con hijos que no veréis crecer porque os desangraréis en algún parto para acabar de gusanera en una fosa! - Gritó furioso. - ¡Sois tan desagradecida como ese Dios que nos arrojó de Su Lado! ¿Dónde está ahora el Señor al que remitís vuestras plegarias?, decidme, ¿dónde?
- Está en mí, - replicó sollozando Angyalka, - sé que lo tengo en mí. Él nos trajo la Esperanza del Amor y nada hay que me haga renunciar a Ello.

Le propinó una bofetada que la tiró al suelo mientras reía a grandes carcajadas, blasfemando en un lengua desconocida. Los postigos chirriaron sobre sus goznes y se cerraron con estrépito por sí solos, sumiendo el amplio cuarto en tinieblas. La música enmudeció.

- ¿Esperanza? ¿Amor? - Percibió que le susurraba al oído, muy cerca de ella, a pesar de hallarse rodeada por la oscuridad más impenetrable. - Comprobad el amor con que nos apartó de Sí. Amor. Habláis de esperanza y amor. Bien, la fortaleza de vuestra fe os salva de que os envíe al Infierno, sin embargo, dado que rechazáis servirme, os condeno a ser una aparecida, merodeando una de sus entradas, hasta que alguno de esos cadáveres andantes que se llaman “hombres” tenga el valor de arriesgar su vida para redimiros. Por amor a vuestra merced. A ver cuánta esperanza halláis en ello...

“Desde entonces, con pesadumbre, se cantan estos versos...

“Cuando la luna por estrellado cielo no pasea,
vagará la Dama, por enamorar a quien la vea.”

“Y en las noches en que el firmamento sufre con resignación la ausencia del astro, Angyalka merodea por los desiertos aposentos de una casa señorial que ya no existe, recorre una angosta y solitaria callejuela que ya no está, cuida un sueño que no sabe si se cumplirá, como es el puro amor de un hombre que la rescate del Mal como Cristo nos salvó de nuestros pecados.”


Levantó la mirada, se santiguó, bendijo con la mano a las mujeres que le habían escuchado absortas y emocionadas, y dando media vuelta se marchó por donde vino sin pronunciar una palabra más.

Nunca se sabe de donde viene. Tampoco su destino. Algunos creen que se trata de un monje, un fraile, un religioso en definitiva. Así lo juzgan porque suele acompañarse de un Rosario de madera, pequeño y sencillo, y se viste con largas vestiduras, que recuerdan el hábito que lucen las personas de esa condición. Sin embargo, muchos de los que se han cruzado en algún momento con él, intuyen que sus ropas son sólo eso, ropas, que usa para cubrirse, y que esconde algo indefinible que, sin ser amenazante, les causa vértigo y respeto...

NOTAS

(1) Luis II de Hungría, muerto en la batalla de Mohács (1526)
(2) Fernando de Austria, hermano de Carlos I de España.
(3) Era el nombre que recibían los agentes de la autoridad en Castilla, desde el siglo XV.
(4) Demonio en hebreo.
(5) Su significado es “el que cruzó”.
(6) El tiempo vuela.
(7) Versos de Jorge Manrique.
(8) “¡Dios mío!” en húngaro del siglo XVI.
(9) Latín vulgar: “¡Quemadle!”
(10) Latín clásico: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, Evangelio de san Mateo, capítulo 27, versículo 24.
(11) Leonor de Habsburgo (1534-1594), hija de Fernando de Austria y Ana de Bohemia.
(12) Latín clásico: “No serviré”, lema de los ángeles caídos.
(13) La parca que cortaba el hilo de la vida.

lunes, 5 de mayo de 2014

Adiós, Passchendaele...

Peter Holden llevaba tiempo trabajando en el documental que la BBC había encargado a su productora, por aquello del centenario de la I guerra mundial. “Parece que solamente nos acordamos de las cosas o de los sucesos cuando se cumplen aniversarios redondos”, pensaba Peter, con mucha discreción porque no quería perder su empleo de documentalista, en unos tiempos en que las opiniones divergentes con el que paga, se pagan con el despido. Libertad de expresión, como cualquier libertad, únicamente tolerada cuando coincide con la conveniencia de los que mandan. Agradecido por tener aún un medio de vida, el diligente Holden se pasaba horas y horas navegando o sumergido, según fuera desde su ordenador o en hemerotecas sin digitalizar, en busca de artículos, fotografías impactantes e inéditas, o retratos que tuviesen la virtud de narrar sin palabras lo que fue aquella lejana guerra. Defecto humano, que nadie escarmienta en cabeza ajena y que se tiene que vivir un espanto para conceder crédito a lo que nos contaban nuestros mayores. Porque no, no exageraban ni un ápice, al contrario, se llevaron muchos malos recuerdos a la tumba porque sabían de sobra que el horror satura y no se cree cuando alcanza determinadas e insoportables cotas.

No era la primera vez que acometía una labor así. Sus cincuenta y tantos años habían trazado una amplia experiencia en esas tareas, ya fueran documentales sobre la Naturaleza, sobre el Universo, o sobre lo que tocase. Porque toca ser polivalente, como se ha dicho, en una época en que disfrutar de ese derecho al trabajo es un privilegio. Con ese cuidado, con ese esmero, fue segmentando la información recabada junto con sus compañeros, los antecedentes del conflicto, los personajes principales de la tragedia, el difícil equilibrio de las alianzas, los esfuerzos (en todos los sentidos) diplomáticos, las batallas, los movimientos de tropas, la tragedia dentro de la tragedia que fue Rusia, las nuevas armas, etcétera. Realmente ya estaban entrando en la recta final, y todo, todo, se contaría con sutileza “británica”, desde su perspectiva, porque, al cabo, fue una guerra que ganó el Imperio Británico, junto con sus desinteresados aliados, y eso estaba por encima de los millones de muertos.

Peter estaba cerrando la edición sobre la batalla de Passchendaele, una batalla más con un bagaje altísimo en vidas para nada, como suele ser habitual por otra parte. Al principio supuso que debió de tratarse de una alucinación que tuvieron varios pelotones de soldados del V ejército británico. La histeria colectiva se desboca en situaciones límite, y el fragor de una batalla lo es, indudablemente. Una anécdota intrascendente que, ni por asomo, se asomaría al contenido que el narrador, un actor de campanillas, leería mientras las imágenes y las entrevistas desfilaban alternativamente por la pantalla. Cosas de la guerra, de la impetuosa e irrefrenable expresión de que se sigue con vida, como bien sabían las embarazadas que no verían retornar a sus anónimos y efímeros amantes, o como esos extraviados niños de mirada perdida que por extraviarse han perdido hasta sus lágrimas.

Pero era curioso. Resulta que la alucinación había pasado por encima de las trincheras porque los soldados enemigos, del IV ejército alemán, también refirieron el mismo hecho. Muchos testigos, demasiadas consecuencias, idénticas para ambos contendientes. Hubo soldados que arrojaron sus armas y se negaron a seguir combatiendo. Se cursó la orden de que fuesen fusilados por sedición inmediatamente. No pudieron ser ejecutados ese día. Nunca identificaron la causa de la imposibilidad. Un grupo de soldados alemanes se encerró en una iglesia que había sido arrasada por los británicos y se pusieron a rezar sin que nada ni nadie pudiese sacarles de ese arrebato, ni tan siquiera la furiosa artillería francesa que descargó todo su fuego sobre ellos... Sin que hubiese una sola baja. Otro reporte que hablaba de que unos combatientes aliados, sin diferenciar si eran franceses o súbditos de su británica majestad, rechazó cumplir la orden de cargar cuando el barro de su trinchera dejó al descubierto la blanca e impoluta imagen de una virgen que lloraba sangre...

Ya no le parecía tan anecdótico por los testimonios que se acumulaban, curiosamente Internet no recogía ninguno, hay olvidos tan inexplicables como los hechos que marginan. Ocurre a menudo que uno no repara en una noticia y la pasa por alto, hasta que fija la atención en ello y se tiene la sensación de estar bajo una serie de detalles que apuntan en la misma dirección, como si alguien, tenazmente, estuviera llamándote a gritos para que volvieses la cabeza a su reclamo. Consultó con el coordinador de la productora, que era de quien dependía, un hombre de unos treinta y cinco años. “¿Estás bromeando?”, le contestó. “Ha pasado un siglo, entonces la gente era muy dada a creerse cualquier cosa... Va a resultar que las invenciones de unos militares en estado de shock por estrés pos-traumático son de interés histórico”.

Peter sopesó la respuesta, como si estuviese en terreno resbaladizo.

- El frente de Passchendaele tenía más de una decena de kilómetros. Me he topado con bastantes testimonios, no ya de nuestros compatriotas, sino también de franceses y alemanes dando cuenta de un cúmulo de fenómenos extraños, todos en la misma mañana. No sé lo que pasó, pero fue muy notable porque es complicado, por no decir imposible, poner de acuerdo a tantas personas, luchando en bandos distintos además.
- No estás bromeando... – Se llevó la mano a la frente con fastidio, como si le hubiese entrado un terrible dolor de cabeza. - ¡No me lo puedo creer! ¿A quién le importa un cuento así? Te lo explico... – Adoptó un tono condescendiente, como si estuviera describiendo algo a un niño, lo que incomodó al veterano documentalista. – La BBC nos paga una pasta por contar lo que nos han dicho que hay que contar. Y entonces, nosotros, que somos los expertos, vamos a lo fundamental, que hubo una guerra muy mala, para lo que rescatamos entrevistas de ex - combatientes que ya están criando malvas y que a nadie le apetece saber la medida de su sufrimiento porque fue por una buena causa. Además de que murió mucha gente por culpa de gobiernos imperialistas, y que gracias a nosotros, ¡qué ganamos!, triunfó la Democracia.
- Sí, – afirmó Peter para luego ironizar, – por esa razón no ha habido más guerras desde entonces...

La fulminante mirada del coordinador cerró la sugerencia. No, no habría la menor mención a lo acaecido en Passchendaele aquella lluviosa mañana de otoño de 1917. Quedaría durmiendo el sereno sueño de los justos en los archivos hasta que el paso del tiempo diese su última paletada y enterrase esos hechos bajo la plúmbea losa de la ignorancia.

¿O acaso no?...


Sábado por la mañana, 13 de octubre de 1917, frente occidental, Passchendaele, Bélgica.

Llovía de nuevo. Después de pocas jornadas sin respirar barro, la lluvia incesante volvía a insuflarle fuerzas para que todo fuese cieno. Los cadáveres tendidos, pudriéndose lentamente en los agujeros que los obuses habían excavado en la sufrida tierra, ahora llenos de lodo hasta sus bordes. Se había dado el caso de soldados que habían muerto ahogados, mientras patrullaban de noche, al pisar lo que pensaban que era un simple charco. Y sin pedir auxilio, sabedores de que nadie iba a arriesgarse a salir de esas ratoneras que eran las trincheras para recibir un disparo de algún aburrido centinela enemigo. Por eso no eran simples lodazales, sino pozos sin fondo de barro, pútrido, viscoso y oscuro, que llegaban hasta el mismísimo Infierno.

Llovía y eso no era nuevo para Wilhelm, joven capitán del Reichsheer (1), en su Baviera natal también se desbordaba el cielo en otoño, pero en este caso él percibía diferencias. En Flandes, el agua iba diluyendo el suelo, hasta que la tierra era una masa pastosa que te tragaba, como si quisiera cobrarse el préstamo en carne que le había dado a Dios para crear al Hombre.

Wilhelm aguardaba la orden de sus superiores para atacar. Había que contener la ofensiva aliada sobre la región, tarea casi imposible porque los británicos estaban recibiendo refuerzos canadienses y de la ANZAC (2), y los norteamericanos ya iban llegando a Europa. Así que ello implicaba mandar a la tumba a unos cuántos jóvenes alemanes. Más. Las guerras las declaran los políticos, lo que en sí mismo ya es una forma de corrupción, para que mueran en ellas los soldados. Siempre ha sido de esa manera. Y un militar haciendo política ya no es un militar, sino una mezcla informe y deforme de lo peor de ambas condiciones.

Las órdenes se cumplen con disciplina y patriotismo. Resulta curioso que los combatientes tengan que alardear de ellas en las batallas, hasta el punto de rendir sus vidas, mientras que a los que mandan se les exima de demostrarlo. Les basta con las buenas y falsas palabras que les dictan los que gobiernan de verdad en la sombra y desde las sombras para engañar en las elecciones y ganarlas. Quizás esa sea la mejor definición de “democracia”, toda una industria de la mentira. Pero a Wilhelm esas reflexiones le llegaban en mal momento. Cualquier pensamiento es malo antes de saltar de la trincheras bajo el fuego enemigo. Su lluvia de metal te mata, y la del cielo te sepulta en ese maldito cieno de Flandes. Verdaderamente, parecía que toda Bélgica fuera un cenagal. Puede que el mundo entero lo fuera.

Así que recibirían el mandato de salir para desgastar al enemigo, procurarían correr sin tropezarse con las balas y los obuses aliados hasta que el corneta avisase de que había que regresar a la trinchera. Más o menos lo que solía ocurrir, por turnos, porque a ellos también les pasaba lo mismo. Y transcurrían las semanas y los meses. Para los que tenían suerte y sobrevivían, porque para los muertos el juego acababa para siempre. Puede que después de tanta penalidad, de tanta estupidez, de tanto sacrificio, ellos fuesen los más afortunados. La Vida también es una maldita guerra de trincheras.

Había llegado el momento. Pudo verlo en la mirada de su mayor. Con una señal le indicó que su unidad sería la que iniciase la carga. Maldijo su suerte porque él como oficial al mando sería el primero en salir. Era lo lógico. Alguien tiene que dar ejemplo y guiarlos hacia el Infierno... Desenfundó su Luger y la amartilló. Quiso musitar una plegaria, pero no pudo recordar ninguna. “Gott mit uns” (3), sí, Él estaría cerca, pero la desesperación es la peor ceguera porque afecta al alma. Miró a sus hombres para que estuviesen avisados. Miedo, terror, clavado silenciosamente en los ojos. Ni el káiser Guillermo, ni ningún otro gobierno merecían tanto. Y sus países... sus países, como sus mujeres, como sus hijos, les necesitaban vivos. Hay un Reino por el que luchar, y por el que morir, pero no es de este mundo.

Restalló la orden. Con dificultad, con esa humedad que todo lo impregnaba, con el peso del armamento, de la munición, de los años que no se sabe si se podrán vivir tras esos instantes de estrépito, de confusión, de correr ensordecidos por el fuego a discreción... Sucedió.

Era un simple hombre, aproximadamente de treinta o cuarenta años, una edad indefinida, de complexión fuerte, con el pelo cortado al estilo militar, como ellos mismos, de rasgos definidos y angulosos, afeitado... Vestía un hábito oscuro, sencillo, lo que hacía inferir que era un religioso. Avanzaba justo por el medio de las líneas que estaban disparándose entre ellas, con despreocupación, con una leve sonrisa incluso, bendiciendo con la mano derecha a uno y a otro lado, a británicos y a alemanes, mientras que en la otra llevaba colgando un sencillo Rosario cuyas cuentas eran de madera. Y lo increíble: No le alcanzaba ningún impacto, ninguna explosión le afectaba. Andaba tranquilamente por ese paraje desolado como quien da un paseo por la playa en verano de buena mañana.

Y más increíble todavía es que ninguna ráfaga de ametralladora, cuyo tableteo encogía el corazón, ninguna pieza de artillería, lograba hacer blanco en ninguno de sus hombres, ni en él mismo, como si las balas se desvaneciesen en el aire. Se detuvieron, alguno se arrodilló para contemplar el pausado caminar de aquel hombre que se había aventurado a interponerse entre ambos bandos. Cundió el desconcierto entre los británicos, una sección de su trinchera se vino abajo y los soldados salieron despavoridos del lugar porque una imagen de la Virgen, llorando sangre, había quedado al descubierto. Se desató la histeria, se deshizo la cadena de mando, soldados que alzaban sus brazos, soldados que pedían misericordia a grandes voces, soldados que arrojaban las armas y se hincaban de hinojos elevando la mirada a un cielo que no dejaba de bendecirles, a todos, con su llanto.

El religioso llegó a la altura del capitán Wilhelm. Le entregó una pequeña cruz de madera, le bendijo en latín y siguió su camino. El oficial no se agachó para recoger su pistola, que se hundía lentamente en el barro de Flandes...


Un día de julio de 1971, en una playa del sur de España.

El octogenario mira con dulzura el chapoteo de sus nietos en la orilla del mar. Después de todo, ha llegado a conocerles. En realidad se sentía compensado con esos momentos. No anochecía ningún día sin que se preguntase, con inquietud, si ellos también tendrían que vivir el horror. Sin embargo, verlos construir castillos de arena en la playa disipaba cualquier temor a la luz de tanta esperanza.

Estaba cansado, reposando plácidamente en una hamaca, a la sombra, disfrutando de esa luminosidad que lo bañaba todo con su resol, con el Mediterráneo en el horizonte, mientras jugueteaba con una cruz de madera que colgaba de su cuello desde...

Entonces apareció él. Paseando apaciblemente, como aquella distante mañana. La gente lo miraba con extrañeza, vestido con su hábito oscuro en un tórrido contexto de sombreros de paja, camisetas a rayas, bañadores y biquinis. Algunos jóvenes hacían intención de burlarse, pero cuando los miraba se quedaban petrificados. A pesar de todo, él no abandonaba su sonrisa. Se iba acercando al anciano, que lo escrutaba sin llegar a creérselo. ¡Habían pasado más de 50 años, y el hombre estaba exactamente igual que en octubre de 1917!

El religioso le tendió la mano. El capitán Wilhelm se quitó la cruz sin decir nada y se la devolvió, ante los murmullos de las personas que presenciaban la escena sin entender nada. Cerró su mano, le bendijo como aquel día y continuó su caminar.

Se quedó dormido dulcemente mientras le veía alejarse. Murió soñando que iba andando junto a él. Feliz porque sabía que nunca volvería a Passchendaele...

NOTAS
(1) Ejército Imperial de Alemania.
(2) Fuerzas de Australia y Nueva Zelanda.
(3) “Dios con nosotros”, lema nacional de Alemania. Ahora postergado por ser demasiado “confesional”.  


domingo, 30 de marzo de 2014

La dama del callejón

Dicen que las horas en las que el cielo guarda vigilia por la ausencia del sol tienen su propio ritmo, ajeno al cartesiano de los sesenta minutos de sesenta segundos cada uno. Bien lo sabían los romanos, cuyas noches se distribuían en cuatro partes, de duraciones diferentes según la época del año, frente a las racionales doce horas en las que se desarrollaban las actividades cotidianas. También lo sabemos bien los que hemos hecho guardia durante las interminables en las que hemos dialogado con nuestros propios demonios interiores. Pero eso pertenece a otra historia. La noche no es una franja temporal, no es un cúmulo de horas en las que se aprovecha para dormir porque no hay luz natural para hacer otra cosa, no... La noche es un estado de ánimo, un grado de conocimiento, si se quiere decir de ese críptico modo. Suele ocurrir que las tinieblas pueden dar fe de nuestros más inconfesables actos, también de los que nos redimen. Redención... Quien la tiene a mano la rehúye por la penitencia que implica, y quien la desea ya no está en la suya porque forma parte de su propio sacrificio para alcanzar el perdón.

He hecho reiteradas referencias a mi afición de pasear por cementerios. Como estos tienen el mal hábito de protegerse durante la noche de las profanaciones de algunos que se dicen vivos; de mis horas de insomnio, a veces, han sido mudos testigos las calles del viejo Madrid que han contemplado mis pasos de niño y de joven. Hay callejas y callejuelas tan pintorescas que permanecen como en otra dimensión, al margen del irrespetuoso bullicio de turistas y juerguistas, que con frecuencia son los mismos.

No fue hace mucho. Paseaba por la penumbra de las tortuosas vías que nacen o mueren cerca de la calle Mayor, escondidas del engañoso relumbrón procedente del Palacio Real y de los acertijos que propone lo que fue la muralla musulmana, durmiente y amenazante bajo el tráfico rodado de una de las grandes capitales europeas que, desgraciadamente, hoy es Madrid. Si uno se detiene y escucha en ciertas esquinas y bocacalles, es posible escuchar las desengañadas carcajadas de Quevedo, el melancólico caminar de Bécquer o los alborotos de Valle Inclán, que de todo guarda memoria esta ciudad que tanto ha visto y sufrido en la carne y en la sombra de sus hijos.

Debían de ser cerca de las tres de la madrugada, fresca y húmeda pues había llovido la tarde anterior de un abril tan lluvioso como el del refrán. No recuerdo bien si venía o iba, es lo que tiene deambular pendiente de las cuentas que uno tiene consigo mismo, sólo sé que enfilé la calle del Cordón y apenas hube andado unos escasos metros, a mi derecha, se abría una esquina que jamás había contemplado antes. Me asombró sobremanera porque no recordaba bocacalle alguna a esa altura, y uno sujeta un haz de años en su cuerpo que no permiten esa clase de descuidos. Miré el cartel: Callejón de la Escalera, no “de la Escalinata”, que bajaba o subía, según, cerca de allí. Y efectivamente, una escalera, con sus fieles peldaños, descendía delante de mí sin decirme adonde porque una enigmática penumbra velaba sus secretos.

Estuve tentado de dar media vuelta y dejar la exploración para mejor ocasión, que los remordimientos son mala cosa para encararse con acontecimientos extraños, sin embargo pudo más la curiosidad y fue esta amazona la que espoleó mis piernas como los caballeros hacían con sus monturas. Se trataba de una calle estrecha, como muchas de ese antiguo barrio, sin más iluminación que la de un cielo abarrotado de estrellas y completamente en silencio, tan abrumador que opté por acallar mis prevenidos y espaciados pasos, como soldado en territorio enemigo.

Me llamó la atención que no diese ninguna ventana al vía, ni balconada ni portal, lo que le confería un amenazante aspecto de zulo, de ratonera, de trampa, detalle que se confirmó cuando llegué a su final y comprobé con creciente desasosiego que estaba en un callejón sin salida, cerrado por una enladrillada pared que se alzaba imponente hasta el cielo. Haciendo ostentación de la frialdad que tanto se me ha reprochado, giré sobre mis talones y me puse a desandar lo andado hacia la escalera para ganar la salida de esa inquietante calleja en la que nunca había reparado antes.

Quizás un par de pasos, puede que tres o cuatro a lo sumo, como duelista sorprendido por la espalda a causa de la felonía de un adversario, alguien me llamó por mi nombre. No fue un susurro, ni el aire retorcido en el fondo de una tronera. Sonó claro y limpio, como gota de agua precipitada a lo más profundo de un pozo. Me volví como si un resorte se hubiera disparado.

Una dama, muy joven y hermosa, de apenas veinte abriles, de piel tan blanca que parecía transparente, ojos grandes, tristes y grises; largo cabello rubio recogido y rasgos que delataban proceder de Europa Oriental. Vestía ropajes de otra época, no supe situar su indumentaria, acaso de mediados del siglo XVI, de riguroso negro en el que parecía brillar la extrema blancura de la seda que formaba la gorguera, adornada por unas pequeñas gemas celestes es sus bordes. Repitió mi nombre, me percaté de que en sus labios tomaba el acento de otras tierras, al tiempo que extendía su mano hacía mí, como invitándome a cogérsela o en ademán de auxilio. No se me concedió tiempo para más. Se hundió en el suelo que había bajo sus pies y desapareció atravesándolo sin que se moviese un solo adoquín.

Impresionado, hice acopio de ánimo y palpé la superficie del pavés que había acariciado la piel, o lo que fuera, de tan extraña dama. Aparentemente se hallaba más cálidos que los circundantes, pero no supe si ello era debido a mi propia sugestión o al paso de la aparición a través de su estructura. Ahora sí, tenía todas las alarmas encendidas y retrocedí apresuradamente los metros que me separaban de la calle del Cordón, más familiar y conocida, sin dejar de correr y tropezar hasta la esquina con Sacramento, donde apoyé mi espalda contra la Casa de Cisneros para recobrar resuello. Señal de que lo recuperé con presteza es que miré a mi alrededor cerciorándome de que retirada tan deshonrosa no había sido observada por nadie. Nadie. La vergüenza se lleva lastimosamente si es pública. Estaba completamente solo en el centro de Madrid, en una noche sin luna, sin más compañía que la de la lluvia que comenzaba a caer de nuevo, suave, silenciosa, sinuosa, como los nostálgicos acordes del Réquiem de Dvorák, justo cuando escasos segundos antes acababa de contemplar un espectacular cielo estrellado. Ahora, contrariamente, un manto escarlata de nubarrones adornado con jirones blanquecinos ocupaba todo el firmamento. No sabía lo que había presenciado, menos aún que se dirigiese a mi para dejarme sumido entre tinieblas. Es como si la misteriosa dama se hubiera llevado toda la luz del universo prendida sobre sí, tal que una presea o alhaja más. La calleja se había esfumado.

Aguardé un par de días antes de realizar ninguna indagación. Estaba seguro de lo que había visto, es lo que tiene no consumir alcohol ni ningún tipo de drogas, que se posee una certeza sobre la realidad fuera de toda duda, incluso cuando esta se resquebraja abruptamente para mostrarnos un lamento. Sí, un lamento, la muchacha no transmitía gozo alguno, sino un infinito y perpetuo quebranto, un llanto sin lágrimas, como el que se padece cuando se han agotado de tanto llorar. Volví al lugar del suceso, esta vez a plena luz del día, aunque debilitada por las traviesas nubes que cubrían Madrid. Crucé la plaza de la Villa en diagonal pues venía desde Bailén, y me encaminé hacia la calle del Cordón, examinando detenidamente que, esta ocasión a mi izquierda, en efecto, allí no había el menor indicio de un “callejón de la escalera”, ni siquiera un resquicio que pudiera dar a entender que el edificio que ocupaba su espacio estuviera segmentado en el pasado. Así que acudí a los planos del Madrid antiguo, empezando por el más conocido, realizado por Pedro Teixeira en 1656. Advertí que en aquel tiempo el trazado de la calle del Cordón era más o menos idéntico al actual. Tercamente, lo rechacé: El atuendo de la aparecida era anterior a esa fecha, en al menos un siglo. Seguí buscando hasta dar con el más pretérito, que andaba por alguna de mis estanterías, durmiendo plácidamente el sueño del conocimiento, rechazando recreaciones o suposiciones contemporáneas que pasan por encima de los detalles. Necesitaba la precisión del ilustrador que estuvo allí, en ese momento. La encontré en el plano de Marcelli (1), datado en 1622...


Ahí estaba. Viniendo desde la plaza de la Villa, a mano izquierda, una estrecha y larga abertura por la que únicamente se podrían cruzar dos personas si se arrimasen a las paredes, con un nivel más elevado en su entrada por la calle del Cordón, que descendía merced a unos cuantos peldaños y continuaba en ligera pendiente hasta toparse con la fachada occidental del Colegio de los Ingleses, que la cerraba por completo dejándola sin salida. Años después, en los difíciles días que sacudieron la Monarquía Católica, el callejón fue condenado y enterrado bajo un edificio, y ya nunca más volvería a ver la luz, salvo que se descerrajase algún hechizo. Las alucinaciones adolecen de rigor histórico. La coherencia que me ofrecían las evidencias que había ido reuniendo ante mis ojos me mostraron que estaba frente a una historia que tenía que desentrañar. Una historia. Imposible resistirse.

Me dí de bruces con toda la burocracia municipal, tan celosa de guardar la memoria de las ciudades y de los que fueron sus moradores que olvidan que de nada sirve conservarla y custodiarla si no se pone a disposición de los contribuyentes. Una paradoja que se repite hasta el aburrimiento con excavaciones, museos, bibliotecas y cualquier apéndice de la sabiduría sobre el pasado: Hay amores que matan, y algunos que dejan enterrado bajo instancias y oficios al objeto de sus desvelos. Los estudiosos investigamos, no deberíamos de lidiar con funcionarios y políticos que ni comen ni dejan, cual bostezante, ocioso y odioso perro del hortelano.

Cuando ya estaba a punto de desistir por lo prolijo de las gestiones acerca de un asunto que iba perdiendo intensidad frente a mi presente, alguien me llamó a mi móvil. No acostumbro a atender llamadas de números “ocultos”, pero la precipitación o la casualidad, si es que aceptamos que exista, quiso que aquella ocasión fuera una excepción. Descolgué con el habitual “diga”. Nada más que el zumbido de la línea, de que alguien estaba a la escucha. Repetí, “diga”, arrepentido de haber aceptado la comunicación y resuelto a desconectar inmediatamente. Entonces oí una voz metálica, inexpresiva, que asocié a un hombre más por intuición que por timbre.

- Angyalka. Se llama Angyalka. Ese es el nombre de la Dama del Callejón. Ningún archivero o chupatintas podrá darle razón de Angyalka. Acuda a Hadradian, sí. Ella le contará. Ella lo sabe todo...
- ¿Cómo sabe que ando buscando información sobre esa señorita?... - Pregunté - ¿Quién es usted? ¿Quien es Hadradian?
- Vaya a hablar con Hadradian. Esta noche, cuando ya no haya luz. La encontrará caminando por la calle del espejo...
- ¿A quién voy a encontrar andando por esa calle? ¿Es una tomadura de pelo?

La interrogante no halló interlocutor. Quien fuera la persona que me había telefoneado, ya no estaba al otro lado de la línea. O al otro lado, sin más.

Confieso que mi primer impulso fue desoír la cita e ignorarla. Lo malo es que lo inexplicable, y ya había demasiadas datos bajo ese denominador, tiene un imán que nos atrae, que nos seduce para entregarnos, como único y solitario galardón, comprender sucesos extraordinarios que se salen de eso que llamamos, ramplona y aburridamente, “realidad”.

Así que debidamente prevenido, por aquello de ese modo se vale como dos, me dirigí a pasearme por la calle del espejo, arriba y abajo, como solitario centinela a la espera de alguien cuya apariencia desconocía, como aún que fuera a presentarse allí, si es que existía y no fuera el señuelo de algún bromista con demasiado tiempo libre. El crepúsculo civil fue oscureciendo el singular anochecer madrileño en primavera, con nubes que tuvieron a bien visitar la capital para arroparla y que no se enfriase en exceso durante esas vagas e indefinidas horas nocturnas que iban cercando el día para verlo morir. El duelo que anuncia ese desenlace fue dejando la vía libre de transeúntes, como si estar ubicada en el centro de Madrid no implicase obligación de tener tránsito a todas horas. Y llegó el momento en que estuve solo por completo, refugiado bajo la tenue iluminación de las farolas y una densa niebla que fue enseñoreándose de todo como si algo o alguien quisiera hurtar cierto encuentro de la vista de curiosos o impertinentes.

Un gato negro salió corriendo para esconderse en las brumas. No acerté a hallar lo que le espantó pues el silencio era total, como mi soledad. No había nadie, por más que mirase alrededor, como tirador en guardia, presto para manejar su estoque contra lo primero que se moviese. Entonces alguien, que no estaba décimas de segundo antes, me cogió del brazo.

- ¿Es vuestra merced el caballero que busca a Hadradian?

Se trataba de una anciana, de largos y blancos cabellos y ojos tan claros que parecían transparentes; cargada de años y de sinsabores, puede que inexpresiva por todo ello; vestida de un modo sumamente peculiar porque pasaría por hippie o por una menesterosa. Quizás por ambas. Me desasí instintiva y bruscamente sin responderla.

- No he tenido la voluntad de asustarle. Para encontrarse con Hadradian no hay más que desearlo, en este mismo lugar...
- Y bien pues, - repliqué secamente - ¿dónde está?
- Es la que le habla. Hace mucho, mucho tiempo que nadie ha tenido la bondad, o el interés, de querer verla. Los jóvenes, como vuestra merced, rechazan creer en nada distinto que en sus pasiones...

Había rabia contenida en su voz. Un odio indefinido que se percibía por debajo del respetuoso y dulce tono que empleaba

- Le agradezco que me incluya entre los “jóvenes”, pero uno ya va dejando atrás esa época.
- En comparación con Hadradian, vuestra merced nació la hora pasada, hará bien si lo cree. Empero no ha venido a charlar de años y edades, ¿estamos en lo cierto? Además, el lamento de las eras no es audible para quien solamente puede contemplar una. Por mucho que llegue a saber...

No quise entrar en su enloquecida dialéctica. El arcaico español que usaba, referirse a sí misma en tercera persona, cada una de las arrugas que surcaban un rostro que destilaba indiferencia y desdén, la atmósfera irreal que nos rodeaba, comenzaron a infundirme un temor indefinido.

- Alguien me llamó, – expliqué lacónicamente, – y me dijo que una tal Hadradian me diría quien es una dama que vi en un sitio que ya no existe.
- Lo que existe y no existe... – Clavó sus ojos en los míos. – Se toma con ligereza una separación que no “existe”, – jugó con las palabras – pero que serena extraordinariamente a los nacidos de madre. Si no existe, no hay que preocuparse; y si existe, ya lo hará quien padece ese sufrimiento por la cuenta que le vale... El callejón de la Escalera. Hubo quien lo temió porque desciende hasta el mismísimo infierno y el que baja sus peldaños corre el peligro de no retornar. Como la dama.
- ¿Se llamaba Angyalka? – Inquirí intrigado. - ¿Qué le ocurrió?
- Ella no es de aquí. Es curioso que los cronistas no sepan de personas y que los que estudian la Historia tengan que valerse de otras “fuentes” para llegar a conocerla.

Me percaté de que Hadradian había usado el presente de indicativo. Guardé silencio para que siguiese hablando.

"Angyalka... Ya le digo a vuestra merced que ella no es de aquí. En realidad no es de ningún sitio. Vino de Bohemia (2) aunque llegó a este mundo en lo que era la Hungría que combatía al turco mientras los Austrias miraban a otro lado. No tiene padres, ni familia que la consuele, Angyalka es distinta a todos, hasta el punto de que ni siquiera ella misma sabe ya a qué Señor ha de servir, si al que le dio la Vida o al que la trajo aquí. Un ángel rebelde la tiene prisionera y la Salvación del Señor no la alcanza por no estar ni viva ni muerta. Edificaron y condenaron la calleja para conjurarla, para que nadie compartiese su desdicha. Pero en noches de Novilunio, solamente a algunas personas, se obra el prodigio de que la calleja vuelva a aparecerse como estaba hace quinientos años, como está todavía en un misterioso rizo de la Eternidad... Mientras transcurren los siglos a la espera de que un amor de Hombre la convierta en mujer para burlar el sortilegio de ese ángel maldito."

Esa última palabra sonó con la gravedad de una condena. Quise recapitular...

- Es una leyenda emocionante. Pero yo sólo contemplé una aparecida, seguramente el errante espíritu de una joven que murió hace mucho...
- ¡Es vuestra merced el que está errado! – Exclamó furiosa – ¡No está muerta, no puede morir lo que no ha nacido de la Carne, porque la hicieron regresar! – Suspiró como ejercicio de contención. – No tiene idea de lo que era Madrid entonces... ¡Era la capital del mundo, de un imperio que no tenía rival! Naves con la Cruz de Borgoña, que esa es vuestra olvidada bandera, iban y venían por todos los mares del Globo Ad Maiorem Gloriam Dei (3). Londres, París y el Sacro Imperio eran cuna de herejes; Roma, una guarida de zorras lascivas, y Trento (4) no pudo poner orden en todo ese aquelarre para Aflicción del que Entregó Su Vida por vosotros. Aquí venía lo natural y lo sobrenatural mientras Felipe “el Prudente” se propuso cerrar una de las bocas del infierno con la Basílica de El Escorial. El Santo Oficio estaba desbordado sólo con lo que se invocaba entre Sevilla, Toledo y Madrid.
- Está bien, - concedí afanándome en no perder el hilo, - ¿entonces qué o quién es Angyalka?
- Algunos son hijos de la Lujuria y otros son hijos de la Virtud. Ella es hija de la soledad que sintió uno de los que quiso ser como Dios. Puede que Él sintiese lo mismo la noche anterior al Primer Día de la Creación.
- ¿Quién es ese “uno”?
- Eso no lo habrá de saber vuestra merced. Hay cosas que es mejor ignorar.
- ¿Y porqué acabó Angyalka así?
- Es que no ha acabado “así”. Ella sigue esperando a que un hijo de vuestra estirpe la rescate. Ya le he dicho que ese callejón baja hasta el infierno... Quien tenga el valor de entrar para sacarla de allí, la liberará.
- ¿No lo ha logrado nadie en estos siglos?

La anciana titubeó, como dudando si contarlo o no contarlo. Debió decidir lo primero, pero de una manera somera, sin entrar en detalles “complicados” a tenor de su contestación.

- Nadie lo ha logrado. Hubo un caballero, el desocupado hijo de un noble, pero le mataron en la luna nueva de julio de 1834 (5), pocos días antes de la matanza de religiosos (6) que hubo en Madrid . Nadie se interesa por un muerto cuando poco después empiezan a llover.
- Una fatalidad.
- No hay casualidades, y estoy segura de que vuestra merced tampoco es de los que despachan una contrariedad con la convención de esquivas suertes o azares que no lo son.

Asentí en cómplice silencio.

- Angyalka seguirá esperando a un hombre que la ame... – Sentencié a medio camino entre la afirmación y la presunción. - Cuyo valor esté por encima del miedo y cuyo amor esté por encima de su vida.
- Angyalka seguirá aguardando, con la angustia añadida de vivir en un tiempo en el que están ausentes el valor y el amor, si es que hay alguna diferencia.
- ¿Y quién es Hadradian? – Interpelé a quemarropa. - ¿O quién dice ser?
- Hadradian... – Sonrió por esa única vez mientras retrocedía para ser engullida por la niebla... – Hadradian ya no recuerda quien es.

Desapareció ante mis ojos. Al punto, la impenetrable niebla comenzó a aclararse. La desierta calle del Espejo recobró su apariencia habitual y segundos después advertí a una pareja de chicos, bien agarrados el uno a la otra, paseando azoradamente a un desquiciado perro que ladraba chillonamente en todas direcciones.

Acaso esa mascota tenía capacidad para percibir lo que había pasado...



Regresé la siguiente luna nueva, sin embargo, nada pasó. Y la siguiente. Y la siguiente a la siguiente. Perdí la cuenta. Ya estaba considerando la posibilidad de desistir la que sería la postrera, una desapacible y pluviosa noche de finales de septiembre, cuando el callejón de la Escalera, una de las puertas del infierno, se abrió ante mí, lo que contemplé con la incredulidad que se alberga en un suceso sobrenatural. La alta fachada de ladrillos fluctuó, como un holograma, y al segundo siguiente ya estaba allí, como si nunca hubiese faltado de su pretérito sitio.

Me acerqué y me asomé. Me vinieron a la memoria las palabras de Hadradian.... “un tiempo en el que están ausentes el valor y el amor”. Bajé los peldaños de uno en uno. El cielo, majestuosamente estrellado y despejado, lo contrario del que se contemplaba en la calle del Cordón, a escasos pasos. Una oscuridad casi absoluta. Y en un destello, Angyalka, irradiando tanta luz como tristeza y belleza, extendiendo lánguidamente su mano derecha hacia mí mientras me llamaba por mi nombre...

Ni toda la ígnea luz del Erebo me deslumbraría. Me santigüé, inicié un Padrenuestro y sentí una poderosa fuerza que me arrastraba fuera del callejón maldito hasta que mi espalda chocó con la pared opuesta y caí al duro empedrado de la calle del Cordón. Levanté la cabeza. Otra vez los ladrillos en procesión como si quisieran tocar un cielo que siempre estaría dramáticamente remoto y distante. Ni rastro de la aparición. Únicamente el lejano eco de un lamento en lo más hondo de mi corazón.

Dicen que no hay distancias para los sentimientos...

NOTAS

(1) También llamado “De Wit”, porque no se tiene claro el autor. Algunos estudiosos lo fechan en 1635, pero recientes investigaciones lo sitúan en abril de 1623, momento en que el regidor abonó 350 ducados por ese trabajo.
(2) Región del este de la actual República Checa.
(3) A la Mayor Gloria de Dios.
(4) Concilio de Trento, celebrado como respuesta a la herejía de Lutero, a mediados del siglo XVI.
(5) Fue la noche del seis al siete de julio de 1834.
(6) En Madrid, durante la jornada del 17 de julio de 1834 se asesinan a cerca de ochenta personas, la mayoría religiosos, víctimas del bulo que los acusaba de envenenar las fuentes de la ciudad, mentira urdida y planificada en las logias masonas para desencadenar una revolución.





domingo, 9 de marzo de 2014

Los muertos de los muertos

Hace años, no tantos como para que la ausencia haya sembrado la cizaña del olvido, tuve una gran amiga. Una amiga de esas por las que darías la vida ya que simbolizaba todo lo bueno que han ido construyendo generaciones y generaciones de personas que pretendían dejar un futuro mejor a sus hijos, bastante más halagüeño que el presente que ellos habían padecido con cristiana resignación.

Sabía sobradamente que tenía sus defectos, pero no los consideraba entonces lo suficientemente graves como para ensombrecer sus meritorios hechos a lo largo de los años. Uno siempre tiene el vicio de pensar que las cosas, como las personas, tienden a mejorar en su propio Camino de Redención. El paso implacable del tiempo nos saca de ese error cuando acumulamos unas cuantas cicatrices en nuestro cuerpo debido a sus letales efectos, que es lo que vulgarmente se conoce como canas en los cabellos y arrugas en el rostro. Nos percatamos demasiado tarde que lo que para algunos es Sendero de Arrepentimiento, para otros, demasiados acaso, es un lento e inexorable descenso a los Infiernos. Para no retornar.

Sí, durante una época, quizás por la juventud que se me va, hubiera dado la vida por ella y por todo lo bueno que significaba para mí. Sentía una profunda y auténtica admiración por ella, como sólo puede sentirse por una madre, aunque no lo fuera en su biológico sentido. Conocía la forma en que había tratado a muchos de sus hijos que habían rendido su existencia por conseguir su mayor Gloria. Desdén y un frío sepulcro que nadie recordaba es lo que recibieron como pago a su sacrificio. Pese a ello pensaba terca y honestamente que cambiaría. Que contemplaría con respeto y gratitud a todos los que tanto habían hecho de buena fe en su nombre, equivocados o no, para que su nombre alcanzase la preponderancia que se merecía. Ahora sé con la amargura de ese inexplicable conocimiento que concede la madurez que no se pueden pedir peras al olmo, como también sé que se halla en la naturaleza del alacrán del cuento picar a la rana que le está salvando la vida mientras cruzan una charca.

En realidad no tengo idea de cuándo comenzó esta desafección, este irreversible distanciamiento. Dicen que la traición es tan mezquina que nunca se sabe a ciencia cierta quien es el felón, si el que la lleva a cabo o el que la inspira, que a menudo es el propio traicionado porque previamente ha renegado de lo que se propuso defender. La Vida viene sin manual de instrucciones y cada uno se busca, como buenamente puede, referentes, asideros donde tender un lazo para no precipitarse en el abismo de una conciencia que no perdona. Claro que hay quienes por no tener incluso llegan a ser ellos mismos un abismo inabarcable. Yo soy de los que piensan que no es necesario ser el mejor, sino sencillamente una buena persona, sin tanta competitividad y tanta milonga que tanto gusta a los políticos, expertos en vivir sin dar golpe. Porque ser buena persona es lo mejor, ya saben lo que me complace los juegos de palabras. Los que Creemos en Cristo, según me dijo un ateo, somos envidiados por no tener dudas. “Las tenemos”, le contesté, “pero no falta la Luz para que pierdan importancia”. Son frases nada más, pero encierran clavos ardiendo a los que agarrarse cuando se pretende escapar de ese desgarrado acreedor que es Pedro Botero.

Frases. Las arengas están formadas por encendidas frases, para que la propia muerte duela menos a causa de la Esperanza que dejaremos como legado. Pero en realidad se viene solo y solos nos iremos cuando Dios disponga. Ella nunca trata bien a los suyos, supervivientes o no. Nunca hace caso a los que la quieren bien. Siempre presta oídos a vecinos que únicamente buscan su propio provecho. Y siempre, siempre, prefiere creer a los que desean dañarla, precisamente por lo que implica su significado. Ahora está enferma, muy enferma, en manos de médicos que la mienten sistematicamente. “Señores, no me encuentro bien”, dice, “tengo infinidad de deudas que me reclaman, he perdido la secular fe en el Señor que me ha caracterizado, me desangro, me duele todo y aún tengo la sensación de que regiones de mi cuerpo quieren apartarse de mí”. Y sus quejidos lastimeros no conmueven ni un ápice a esa nómina negra y corrompida de médicos que la tratan, o maltratan a tenor de sus hechos, que bien se dijo “que por ellos los conoceréis”. Simplemente se limitan, como los carroñeros, a esperar el fatídico desenlace, para ver cuánto se pueden llevar de la casa de la difunta en ese río revuelto que acompaña como plañidera todos los óbitos. Mintiendo. Mienten por activa y por pasiva, despiertos y dormidos, cuando hablan y cuando callan. Mienten todos, y los que no mienten son amordazados para que sus tesis y tratamientos no lleguen a ser conocidos por ella, por esa paciente que está como está por haberse creído toda la ponzoña que le inoculaban, poco a poco, con paciencia y sin piedad. “No se preocupe, señora, que está usted muy bien, sana, moderna y progresando, como los vecinos de su entorno”. Nunca faltan bobadas de ese estilo, como otras que dijeron cuando crearon una charlotada para reforzar su posición. Tantas dudas sembró desde el principio que para tapar el asunto tuvieron que envenenarla, no sé bien con qué, en el mismo año, y echaron la culpa a cierta clase de aceite adulterado. Ella tiene escasa memoria, y hoy sólo nos acordamos de ello los que tenemos cierta edad, porque nunca se volvió a saber de la cuestión, hasta el punto de que un doctor que quiso investigar el asunto falleció misteriosamente cuando estaba en ello. Ocurre que quienes conspiran en tan alto grado no se detienen cuando han de eliminar a los personajes secundarios de una tragedia, del mismo modo que nadie repara en los muertos de los muertos porque los únicos que se echan en falta son los que hemos conocido, no aquellos que eran añorados por los que amábamos de un modo tan egoísta.

El entusiasmo de la juventud es tan ruidoso que no deja escuchar otra cosa que la música que hace palpitar nuestro corazón. Afortunadamente es una enfermedad que se cura con algo de escéptica sordera, desengaños, desencanto y tiempo. Hay quienes lo llaman “experiencia”, sea como fuere, el gato escaldado huye del agua fría. Salvo que sea un poco estúpido y se crea los embustes de los que quieren dejarle sin vidas. Continuó el tratamiento, ya que se trataba de un proyecto a largo plazo. Esos médicos fueron sin ambages contra los Principios que habían sustentado los actos de ella al tiempo que empleaban otros medios para ir desgastando la fortaleza y la integridad de mi amiga. Pequeñas pero repetidas dosis de relativismo, crimen y corrupción fueron socavando y minando las estructuras de la conciencia. Cuando se deja de creer en Dios, se empieza a creer en cualquier tontería, y ellos sabían, y saben a la perfección, que una demolición salvaje tiene una contundente respuesta como reacción, pero no sucede de ese modo si la erosión es continuada, callada, ocultada y mentida. El resultado final es el mismo, únicamente una cuestión de tiempo, pero sin arriesgarse. Los cobardes no tienen grandeza moral. Ni moral, obviamente. Ya he dicho que no se pueden pedir peras al olmo.

Y llegó un día. Siempre termina llegando un Día. Ese Día en que la Vida te pregunta qué eres y tienes que dejarte de tapujos para proclamar en qué crees realmente. El Día que te reserva un lugar para la Eternidad, el Día en que se justifica una vida, que vale por una muerte; puede durar un segundo o varios años, sin duda alguna es el que nos redime o nos condena. Hubo un “avance” en el perverso tratamiento. Un acontecimiento tan grave que debería haber puesto del revés a todo el equipo médico habitual. No obstante, no pasó nada. A ella se le arrugó el poco ánimo que le restaba y siguió creyendo a pies juntillas todas y cada una de las falsedades, embustes e imposturas, ya multiplicadas hasta la náusea. De nada sirvieron las advertencias, los avisos, las reconvenciones... Se nos acalló de mala manera, se nos tachó de alarmistas, conspiranoicos, de desleales. Muchos arrojaron la toalla y se marcharon lejos. Algunos tardamos un poco más pero hemos llegado a la indiferencia que también es un sentimiento que aleja... La situación se agravó más y la enferma está agonizando mientras se la expolia sin compasión ni medida. Los engaños de los médicos son escandalosos, sabedores de que cualquier estupidez es aceptada sin objeción. Siguen con su discurso de que la enferma está cada vez mejor cuando ya apenas respira y cuando partes de su cuerpo están claramente en rebeldía con tumores extendidos y muy avanzados, con infecciones y gangrenas mortales de necesidad. Ya no se trata de que pueda haber curación, lo que sería un milagro, sino de lo que va a tardar en expirar, que lo acabará haciendo por mucho que la actual situación que se padece favorezca a esos matasanos y a los que les pagan, porque va en su ser llevar a término esta ejecución, como el escorpión de la fábula citada más arriba. Los muertos tienen la costumbre de morir porque quizás sólo esa sea la forma de alumbrar algo nuevo a pesar de que no se espera heredero que ponga orden. Mientras, unos pocos seguimos acordándonos de los muertos de los muertos, de su esfuerzo baldío, de sus desvelos arrojados por la borda, de tanto para nada.

¿Y yo? Se me puede decir que es reprochable abandonar a alguien que se ha amado cuando está rodeada de personas sin escrúpulos y muriéndose. Lo malo es que es ella la que eligió rodearse de esas malas compañías y que las escogió pretiriendo a las buenas. Uno no puede ser leal a alguien que ni siquiera es leal a sí mismo. Cada cual es responsable de quien se rodea y, por supuesto, de sus amistades peligrosas. La primera vez que se sufre un engaño es culpa del engañador, pero las siguientes ya son demérito propio y no se puede salvar la vida permanentemente a un suicida compulsivo y reincidente: Tarde o temprano logrará su objetivo. Hay personas que buscan su mal y ni siquiera son conscientes del perjuicio que se causan.

Cansado, hastiado y, ¿por qué no decirlo?, también herido en mi devoción hacia ella, una tarde arrié la bandera de nuestra amistad y la sustituí por los estandartes de mis ancestros, que esos muertos de mis muertos, errados o no, fueron fieles católicos, coherentes y honestos hasta el final. En este siglo XXI del “sálvese quien pueda”, que no augura nada bueno, he tomado la determinación de ser leal a pabellones en los que me vea reflejado, por sangre y por Principios, siendo estos los citados de mis antepasados y los de mi renovada Fe en Cristo. No seguiré más a alguien que ha ignorado el llanto de sus hijos más desfavorecidos y ha corrido en pos del favor de personajes poderosos y tenebrosos que en el fondo detestan a la que, una no muy lejana jornada, fue la diana de mis sueños.

Porque resulta que, a fin de cuentas, uno se debe y está aquí por lo que creyeron esas elegantes personas de semblante difuminado en antiguos retratos de tonos sepias. Los muertos de los muertos que jamás habrían tolerado que se alcanzase el nivel de decadencia y podredumbre que comúnmente, y erroneámente, se denomina “progreso”.