viernes, 11 de mayo de 2018

Williamson Way

Es curioso ver como el tejido de la realidad enlaza sucesos aparentemente casuales e inconexos. Simultaneados en ocasiones, siguen una secuencia caótica en apariencia. Es luego, con perspectiva, cuando se hacen visibles los vínculos sobre los que se articulan.

Hace tiempo, o puede que aún no haya sucedido lo que se está contando, durante la noche, saltó por los aires el laboratorio del doctor Williamson. Él mismo, que acostumbraba a trabajar sin horarios, fue la única víctima del atentado, reivindicado por una fantasmagórica organización de defensa de los animales denominada “Animal Dawn Forces” (“Fuerzas del Amanecer Animal”). Este grupo ecoterrorista acusaba al fallecido profesor de torturar a animales en sus experimentos y por ese motivo, decidieron acabar con su vida y con el lugar donde llevaba a cabo sus trabajos.

El doctor Williamson era todo un personaje, penúltima edición del científico excéntrico y con aire ausente que suele adornar la imagen tópica de estos sabios. Además era huraño y odiaba el contacto con sus semejantes, razón por la que trabajaba en solitario, sin ayudantes de ninguna clase, celoso hasta la paranoia de los logros obtenidos en la soledad de su laboratorio. Sin duda era un genio, reclamado por las más prestigiosas universidades americanas y el Smithsonian Institute para impartir clase, pero él desdeñaba la docencia por considerarla “el refugio de los fracasados”. Merecedor del premio Nobel por sus descubrimientos sobre nuevos materiales biológicos, nunca se le concedió, precisamente por su carácter. De nada sirve ser un dechado de virtudes científicas si en el lote no va incluido un poco de relaciones públicas. El marketing no le interesó en absoluto, de ahí que su nombre apenas trascendiese el elitista círculo de investigadores relacionados con la Biología y la Química.

Un soleado día de septiembre, una secretaría de voz aterciopelada le llamó desde Nueva York. Le comunicó que dos altos directivos de la empresa farmacéutica que representaba, deseaban ofrecerle un jugoso contrato, que como se dice en estos casos, no podría rechazar. Waits & Walters le pagaría el viaje y todo lo demás, a condición de que cogiese el primer vuelo que saliese desde Inglaterra. En principio contestó que no porque estaba metido en una tarea muy importante (como todas). Lo que le hizo cambiar de opinión fue que la entrevista estaba relacionada con su último artículo en la revista científica “Nature Work Biology”. Como le pareció insólito que un ejecutivo leyese, no ya conociese, tan elitista publicación, el interés le llevó en volandas (nunca mejor dicho) hasta la sede de la empresa, a las afueras de Nueva York.

Las grandes empresas preferían lugares apartados, casi en medio de ningún sitio, después de lo sucedido el 11 de septiembre de 2001. Williamson esperaba en el despacho. Nunca se preocupaba por su aspecto personal, pero en esta ocasión hasta él mismo lo deploraba mientras se contemplaba en el oscuro reflejo que le devolvía el cristal de un armario. A sus 53 años ya no era el joven que rebatía con soberbia a sus profesores de Oxford, pero conservaba esa altanería de quien nunca se equivocaba en sus teorías. Su vida personal era otro cantar.

Repentinamente, entraron dos personas, un hombre y una mujer, impecablemente vestidos que le saludaron en un correctísimo inglés, cuando esperaba ese acento americano que él tanto despreciaba. El hombre se llamaba Robert García y ella Amanda Westerson y ambos eran directores de la firma, lo que sorprendió al científico, que aún pensaba que todas las mujeres que trabajaban en las empresas eran secretarias. Tras los saludos e introducciones impuestos por la cortesía, entraron en detalles.

- Mire, doctor Williamson, nuestro afán es obtener un material textil que nunca se ensucie, ni se deteriore, ni absorba olores. Por expresarlo de alguna manera, buscamos la tela definitiva que eche del Mercado a las demás: Que sea barata para que esté al alcance de cualquiera, que no precise lavado alguno con el consiguiente ahorro y que nunca se estropee, vamos que si alguien es enterrado vestido con prendas de ese tejido, al cabo de cinco mil años se halle el vestido impoluto, como a estrenar, aunque sus restos mortales se hayan consumido, ¿sabe a lo que me refiero?...
- Creo que sí, sr. García, he publicado estudios acerca de una planta modificada que…
La mujer le cortó sin contemplaciones.
- Precisamente por esos estudios, cuya evolución hemos seguido con la máxima atención, es por lo que estamos reunidos. Pretendemos revolucionar el Mercado. Que todos los fabricantes y diseñadores trabajen con ese material. Desterrar el algodón, la lana y el poliéster como elementos trasnochados. ¿Se imagina una camisa que siempre esté disponible y tan esplendorosa como el primer día? Esa es la imagen del éxito que perseguimos. ¿Sabe los beneficios que puede reportarnos algo así?
- Bueno, mmmm, yo creo que es posible, pero cuando todo el mundo tenga repleto su armario de ropa que no se desgaste, nadie comprará más, y respecto a los beneficios, eso será hasta que alguien nos copie o encuentre un material análogo, siempre ha sido así.
La pareja, laboral al menos, se miró como reprimiendo una carcajada. El sr. García, rápidamente recompuesto, añadió.
- Creo que no hemos debido de explicarnos con claridad. El material será patentado por nosotros, sólo nosotros tendremos la manera de destruirlo, diremos “reciclar”, que es lo que nos demanda la sociedad y sobre los armarios llenos que usted nos pinta, le contestaré con una palabra: Moda. ¿De verdad cree que la gente usa sus prendas hasta que las destroza? Claro que no, se cansan antes, como se cansan de lavarlas o de gastarse el dinero en detergentes. Lo de “indeteriorable” es un marchamo de calidad.

“La gente también está cansada de ropa “made in Bangladesh” que destiñe o se deshilacha en cuanto pasa por la lavadora” añadió Amanda. “Le aseguramos más dinero del que nunca podría soñar y el camino directo al Premio Nobel, ¿quién podría negárselo a aquel que permitió vestir dignamente a los pobres, que ya nunca más llevarán harapos? Piénselo, sería una especie de nuevo San Martín…”

“No creo en Dios, así que puede ahorrarse las metáforas místicas”, escupió el doctor inopinadamente, para luego añadir, más suavemente, “pongan por escrito lo que me dicen en un borrador de contrato, y denme 48 horas, hasta el viernes a mediodía, para darles una respuesta”...

- Estamos de acuerdo – contemporizó el sr. García – si quiere llevarlo a un abogado…

La altanería del científico volvió a asomar, “no necesito abogados, joven”, repuso, “si conocen mi trayectoria como dicen, sabrán que junto a mis doctorados en Biología y Química, también ostento una inevitable licenciatura en Derecho, inevitable porque de vez en cuando me tropiezo con personas que pretenden engañarme, no se ofendan.”

La reunión acabó fríamente. Williamson detestaba a esos ejecutivos tan engolados, tan pagados de sí mismos. Como un destello pasó por su mente la idea de que no había tantas diferencias entre ambos, pero la desechó porque él se consideraba un superdotado, uno entre cientos de millones, acaso miles, que estaban en condiciones de cambiar la historia de la Humanidad. No sabía cuánta razón llevaba.

Se propuso darse una vuelta por Nueva York después de estudiar el contrato. La verdad es que la luz natural le causaba una inquietud atroz, por la falta de costumbre, habituado como estaba a la iluminación artificial de su laboratorio. Era una especie de “horror vacui”, incrementada porque su hotel, en pleno Manhattan, parecía un islote entre ríos de gente. La gente y la luz. Vaya combinación, pero como le pagaban el hotel, hubiera sido una descortesía pedir uno más apartado.

Se sorprendió al abrir el portafolios y ver que el clausulado del contrato no ocupaba más de tres hojas. Era sencillo. No había trampas, ni letra pequeña. La compañía pagaría al científico todos los suministros que precisase más una elevada cantidad al mes mientras durase la investigación. Le daban dos años para finalizarla, cuando él sabía que podía tener el resultado en la mitad de tiempo. Todo estaba en su cabeza, lo publicado no eran más que unos estudios preliminares. Si tenía éxito, podría considerarse el hombre más rico de la Tierra y la empresa utilizaría sus contactos para que entrase en la candidatura de algún Nobel. Si no, le gratificarían generosamente. Todo a condición…

A condición de que la patente y todos los derechos fueran para la farmacéutica. Una vez que se acabase el “motivo del Contrato”, él se desligaría por completo. “Qué estúpidos” pensó, “como si un científico digno de tal denominación quisiera quedarse anclado a un proyecto, cuando lo verdaderamente excitante era el siguiente reto, en una frenética carrera por conocer límites”, límites que él aún no había encontrado. No, Williamson no había tenido abuelitas y no creía en la existencia de Dios porque su egolatría no dejaba lugar para más.

Williamson perdió a su madre siendo muy pequeño. Su padre, físico, profesor de bachillerato, quedó destrozado por la muerte de su esposa, nunca se recuperó. Ferviente católico, se esmeró en dar la mejor educación que pudo a su único hijo, fomentándole el amor por la Ciencia tanto como la Fe. Pero esta nunca le interesó. Lo que se convirtió en algo enfermizo fue la Biología, porque dio la espalda a todo aquello que no estuviese relacionada con ella. Hasta el punto de enfrentarle con su padre, que no comprendía la arrogancia de su hijo, ni su ateísmo blasfemo. El día que defendió su tesis doctoral en Biología, su padre falleció en accidente de coche cuando se dirigía a escucharla: Williamson no la suspendió y ante el estupor del tribunal, que le ofreció un aplazamiento, la expuso como si nada hubiera pasado. Ni una mención, nada de nada. La tesis era brillante, espléndida, la obra de un genio, y así fue calificada, pero provocó el espanto de la familia que le quedaba. No asistió al entierro ni a los funerales, pensó que el viejo había pretendido aguarle el acontecimiento y decidió no seguirle el juego. “Al diablo con todo”, se decía, “tengo que hacer algo tan grande, tan sublime, que seré recordado como el que enmendó a Dios”. Y febrilmente, sin descanso, anárquicamente, como si la Ciencia también tuviera su Musa, se dedicó a investigar el secreto de la Vida, la Genética y su aplicación en los nuevos materiales que la Química iba alumbrando. En ello llevaba más de veinte años, y era reconocido por todos sus colegas como el científico más importante desde Einstein, aunque entre sus destrezas no se contaba la sociabilidad, como ya se ha comentado.

Rubricó el contrato que le unía a Waits & Walters. Sólo introdujo una exigencia: que seguiría trabajando en su laboratorio inglés, sin ningún tipo de ayudante, que le ofrecía la empresa, pero aceptando la vigilancia permanente de la compañía de seguridad que escogiese la farmacéutica, que no quería arriesgarse a un robo, del que seguramente se beneficiaría alguna competidora. Así que, de la noche a la mañana, un impersonal edificio sin ventanas, de dos plantas, en los alrededores de Luton, se convirtió en un fortín más vigilado que una sucursal bancaria, con la consiguiente turbación del vecindario, que antes ni reparaban en una casa medio oculta por el entramado de la hiedra.

Y comenzó a trabajar. Cada quince días tenía que mandar por correo electrónico, una pequeña memoria con los progresos (o no) que obtuviese. Y cada mes se entrevistaba por videoconferencia con el director científico de Waits & Walters, un tejano con el que estaba de acuerdo en algo: odiaban tener que comunicarse entre ellos.

El proyecto fue bautizado como “tres uves dobles” con el rechazo del doctor, que pensaba que era un nombre ridículo y parecido al “www” de internet. Se fundamentaba en los resultados de las investigaciones sobre las características de dos vegetales y un animal: una especie de Bambusoideae (vulgarmente conocidas bajo el nombre de “bambúes”); sobre un especimen de la familia de las Amarentáceas, particularmente las del género “beta”; y finalmente, del Reino Animal, la especie Asteroidea. Desde estos basamentos, logró cruzar a las tres seleccionando y manipulando sus códigos genéticos. Las alteraciones resultantes fueron más allá de lo previsto para perplejidad del doctor Williamson, que nunca se equivocaba. No le concedió importancia porque fue mejor de lo esperado…

Tras ocho meses de enardecido trabajo, consiguió la planta que estaba llamada a hacer historia. No poseía una apariencia impresionante. Se podía decir que incluso era desagradable. Tenía una altura de unos 160 centímetros, flexible, se parecía a una caña de un dedo de grosor y de un color claro, indefinido y metálico. Sin hojas, no florecía ni daba frutos, lo anodino en versión vegetal. Lo extraordinario no se percibía a primera vista: podía crecer indefinidamente, no tenía raíces porque no tomaba su alimento de la tierra, por esa razón había que clavarla en el suelo, de otra manera quedaba tirada. No se reproducía por polinización, ni por esporas, bastaba con partirla para que las plantas resultantes siguiesen creciendo de nuevo y todas, absolutamente todas, eran iguales, procedentes de un único ejemplar, el código genético no se combinaba ni se deterioraba, se podía decir que era el mismo individuo en diferentes “partes”, lo de “parte” nunca mejor dicho porque su reproducción no podía ser más sencilla: partiendo o tronchando su tallo. Inalterable a sequías, a exceso de pluviosidad, a lo que fuera: era invulnerable y por ello inmortal. Lo único que no soportaría es verse privada de alimento, pero es tan abundante que es imposible: la luz, cualquier fuente de luz. Por un misterioso mecanismo que ni siquiera el doctor Williamson comprendía, esta especie podía sintetizar la luz y convertirla en materia que incorporaba a su ser: no requería nada más. Ni agua, ni aire, ni fertilizante, ni otro aporte. Sólo luz. Si esta faltaba, la planta se reducía paulatinamente de grosor hasta alcanzar dimensiones microscópicas, pero eso no implicaba su fin, al contrario porque su segura fragmentación facilitaba la aparición de infinidad de nuevos individuos tras la finalización de ese estado latente. Era algo que superaba todas sus expectativas porque se había desviado de sus cálculos y teorías sin saber la razón. “He superado a Dios” pensaba henchido de soberbia, “porque he creado algo que es tan vigoroso que ni la muerte puede tocarlo. Es la perfección de perfecciones. Simple y perfecto”. Y esa noche se fue a dormir. La primera en muchos años.

- Nos llena de regocijo la noticia que nos transmite - decía por videoconferencia Amanda Westerson - sabíamos que usted era el idóneo, el único que podía conseguirlo. Vamos a patentar el resultado inmediatamente. Ahora sólo queda lo sencillo, extraer la fibra para crear el tejido…
El doctor frunció el ceño
- No cante victoria antes de tiempo, señora, por las propias características del producto base, su manipulación puede ser compleja
- “Compleja” no es “imposible”. Le dimos dos años y ha llegado hasta aquí en menos de nueve meses. Seguro que lo conseguirá… ¿o hay algo que le inquiete?, si precisa de ayuda no tiene más que pedírnoslo, nuestro director científico, Jim Roth, estaría encantado de trabajar junto a usted.
- Mire, no lo dudo, pero él es químico y haría falta un perfil más “amplio” para ser una ayuda y no una torpeza andante. Además, yo trabajo solo, tengo todo aquí – dijo señalándose la cabeza – sin embargo…
- ¿sin embargo?...

A Williamson le preocupaban las desviaciones de sus teorías, pero no iba a confesarlo. Él no se equivocaba. Errar era propio de mediocres. “El sinuoso camino de la evolución, catalizado por medio del ensayo y error, es lo que asegura la supervivencia de las especies” decía una chillona profesora que había tenido en la universidad. Era muy guapa, pero cuando hablaba…

- Sin embargo, nada. La próxima vez que hablemos será para comunicarles que ya tienen a su disposición lo que desean tanto.

Williamson había estado a punto de casarse. Como no podía ser de otro modo, era una colega, una bióloga. Al principio, a ella le parecía excitante encerrarse en un laboratorio sin horarios, parando sólo para copular, comer y dormir. Luego formalizaron la relación fijando una fecha para la boda civil, pues ella también era atea, no tan militante como Williamson. Entonces ella empezó a hablar de alguien que había conocido, un profesor de religión y que le había dejado unos libros. Empezó a distanciarse y a espaciar sus visitas. Ya no investigaban juntos, que dejando aparte otras “ocupaciones” era lo único que hacían.

Una tarde, casi noche ya, ella se presentó en su casa. “Tengo algo que decirte, pero no quería hacerlo sin dar la cara”. “No sé que me ha pasado, pero de repente siento como si mi vida se hubiera iluminado. Tengo la sensación de haber vivido la existencia de otra persona y ahora sé que estaba equivocada”. Le miró dulcemente, con sus ojos azules y prosiguió, “no creía en Dios, sé que vas a montar en cólera, pero ahora me he convertido al Catolicismo porque he descubierto la Verdad y nunca me sentido tan libre y tan amada. Siento el daño que te hago, pero así no puedo seguir contigo, porque hemos estado equivocados”. No la dejó seguir, furioso, la cogió del brazo y la echó de su casa gritándole que no quería volver a verla y que no la necesitaba para nada. No la quiso escuchar al otro lado de la puerta, cuando le hablaba de Cristo mientras lloraba, del significado del Amor, del vuelco que su corazón había sufrido en las últimas semanas. Se encerró tras la puerta de su dormitorio y se sentó frente al ordenador durante casi dos días seguidos, interrumpidos solo por perentorias necesidades fisiológicas, menos dormir. No volvió a hablar con ella. Alguna vez estuvieron a punto de cruzarse, veía como se dirigía hacia él, pero Williamson cambiaba de acera o se escabullía. La despreciaba y además había acabado impartiendo clases. “Va a resultar que Nietzsche llevaba razón: El Cristianismo es cosa de mediocres”, pensaba. Un par de años después se enteró de que se había casado y se había marchado al Canadá. Poco después, él también se fue a Luton, ciudad donde residiría hasta su muerte.

Era casi imposible tratar la materia de esa planta. En primer lugar porque estaba viva, y en segundo lugar porque el potencial de regeneración que poseía era extensible a todas y cada una de las partes que se hiciesen, por pequeñas que estas fuesen, eran inmanejables. Además, había surgido otro problema…

El sonido del timbre persistía. Lo malo de vivir en un laboratorio es que no se podía usar el pretexto de “estoy trabajando, no estoy en casa”. Miró la pantalla y vió a Amanda hablando con uno de los vigilantes. Sabía que la empresa farmacéutica terminaría enviando a alguien. No había remitido memoria alguna y no se conectó a la videoconferencia cuando Roth lo hizo. Pero esto fue anteayer. Sí, se habían movido con rapidez.

Abrió la puerta desde arriba. “Suba”, le dijo. Vió como Amanda entraba con cuidado, como una niña en un castillo encantado y salió del área de su pantalla de vigilancia. El centinela volvió al jardín. Llegó al pequeño estudio con rapidez. “Para una persona que no conoce esto, es un récord” pensó el doctor. Desprendía la fragancia de un perfume caro y estaba radiante, nadie diría que acababa de bajarse de un vuelo transoceánico. Llevaba un pequeño maletín, que dejó cuidadosamente sobre el suelo. Cuando le miró, pudo intuir que no se iba a andar con rodeos.

- ¿Qué está pasando?
- ¿No me va a permitir preguntarle por el viaje?
- Sabe perfectamente que estos viajes son aburridos salvo que el avión se estrelle. Afortunadamente, para mí al menos, no ha sido en esta ocasión.
- ¿Quiere un té?
- Mire, ni siquiera me he pasado por el hotel donde, supongo, pernoctaré una noche. Esperamos que tenga una explicación convincente para su actitud. No ha mandado su informe, no se ha reunido con Jim Roth, no ha contestado a los dos e-mails que le envié y tampoco ha atendido el teléfono.
- No hace falta que me diga lo que no he hecho porque soy yo el que mejor lo sabe. Se puede decir que es lo que mejor sé de lo que ha pasado últimamente por aquí.
- ¿Y qué historia es esa de que los vecinos se quejan de que sus perros y gatos han muerto, de que en su jardín siempre hay insectos y roedores silvestres muertos y de que no hay pájaros por los alrededores? ¿Qué tontería es esa, si su vecino más próximo está a 500 metros de aquí por la carretera? Dígame que es una patraña, era lo que nos faltaba, un escándalo con juicio incluido porque a unos paletos se les muere la mascota…
- Veo que le ha cundido la conversación con el vigilante.

Amanda le fulminó con la mirada. Una mirada de tigresa. No había reparado en ella hasta ahora. Era una mujer hermosa. Cerca de los 40, mediana de estatura, rasgos suaves pero bien definidos, pelirroja de ojos verdes. Una muestra genética celta con algún aditamento latino, quizás italiano, francés o español, europeo en cualquier caso.

- Ha fracasado, ¿no es eso? Ha fracasado y no sabe como decírnoslo. Eso: el superdoctor ha fracasado. – añadió sarcásticamente, ladeando la cabeza y chasqueando la lengua, pero Williamson estaba ajeno a ese gesto
- No. El que esté en un callejón sin salida no implica que haya fracasado. Sólo necesito tiempo para tener perspectiva. Pero también me apremia y…
- Todavía le queda más de un año. 14 meses y algunos días para ser exactos. Puede empezar de nuevo, aunque tendría que recortar gastos…
- No puedo empezar de nuevo porque primero tengo que terminar. Ese es el problema. Acabarlo… es… imposible.

Amanda le escrutó, mirándole de hito en hito. Guardó silencio unos instantes, miró su móvil y lo apagó. Caminó unos metros hojeando notas, leyendo los monitores y las lecturas de contadores. Regresó a la mesa de Williamson, cogió una silla y se sentó.

- Soy toda oídos. Quiero que me cuente todo como si fuera nueva y quiero que me lo cuente ya.

Williamson le relató como eligió cuidadosamente los genes de las tres especies para alumbrar el nuevo espécimen. La morfología elegida fue la del bambú porque pensaba que daría menos problemas de almacenaje y transporte. El tipo previsto era una planta con raíces, con fotosíntesis normal, que no tuviera hojas, por superfluas y que no diera fruto por ser estéril. La planta no debería reproducirse en ningún caso para posibilitar que Waits & Walters cobrase siempre. El problema es que tanta diligencia saltó por los aires, en principio colmando y superando las expectativas. El resultado fue una planta (por llamarla de algún modo ya que su disposición celular pertenecía al mundo vegetal), que no arraigaría porque no lo necesitaba, prescindía del agua y de cualquier aporte que no fuera la luz, que estaba en un proceso permanente de crecimiento y que ni siendo cortada, ni tronchada, moría. Al contrario, ese era el modo de multiplicarse. Ante la ausencia de luz, la planta reducía el perímetro de su tallo hasta un límite increíble, favoreciendo su “multiplicación” y enquistándose para eclosionar en cuanto recibiese su alimento lumínico. Desconocía absolutamente las razones de ello porque “no era lo que yo había calculado, estoy en terra incógnita”.

Además, el material de la planta mostraba una rebeldía exasperante cuando era procesada para usarla como tejido. Era muy complicada su manipulación o tinción. El material resultante era de un color macilento, muy rígido, áspero y varias cobayas habían enloquecido autolesionándose, como si la “tela” les causase un prurito inaguantable.

- No me diga que ha creado una línea pret-a-porter para ratones… - ironizó Amanda, pero Williamson continuó como si no la hubiera escuchado.

Lo más alucinante fue descrito a continuación. Cuando incineró el material del espécimen que ya no necesitaba, pero que seguía vivo, “porque lo está en todo momento”, no se desintegró como habría hecho cualquier material vegetal. En su lugar quedó un residuo viscoso, oscuro que no podía clasificar ni entender.

El doctor le mostró varios vasos de precipitados. Cogiendo uno, pesadamente lo acercó a Amanda, que lo observó cuidadosamente, quiso tocarlo, pero el doctor se lo impidió. “Es tremendamente tóxico, tanto como su densidad. Ya ha visto lo que me ha costado moverlo. No lo toque ni se lo acerque a menos de 20 centímetros.”

- Siendo así, porque razón lo tiene destapado.
- Porque rompe los envases. Esto “crece” de tamaño en progresión geométrica cada 48 horas. Todo eso que ve cabía en una probeta normal hace cuatro días. Si lo dejo encerrado en un recipiente, comprime el aire y termina reventándolo, como pasaría con una botella de champán que quedase olvidada en el congelador.
- ¿Pero cuál es su composición?
- Es parecido a un polímero, pero no lo es. No está vivo, pero tampoco está inerte. El código genético está destruido por la combustión, pero se reproduce. Ahoga todo lo que entra en su radio de acción.
Ella cayó en la cuenta
- ¿Los animales?
- Sí. No sé cómo les alcanza, pero lo hace. Basta con que pasen cerca de esta casa.
- Y a nosotros ¿no nos afecta?
- Aún no. Pero si mis cálculos no vuelven a errar, lo hará cuando alcance cierto volumen, cierta masa crítica, debe estar relacionado con el volumen corporal, cuanto más se pesa, más se resiste. A la magnitud actual. Por eso son insectos, pajarillos y mascotas las afectadas, en el caso de estas, se trata de gatos que han merodeado por aquí y de perros cuyos dueños han paseado por la carretera. Son más sensibles, como los canarios que acompañaban a los mineros en las explotaciones de carbón. Como se morían rápido, ponían en guardia a los obreros para evacuar cuanto antes si se producía un escape de gas.

Westerson se arrellanó sobre el asiento, abrió su bolso y encendió un pitillo con aire pensativo.

- Lo siento, pero tengo que pedirle que no fume aquí.
- ¿Es peligroso?
- No, son las normas.
- ¿Normas? Seguro que no va a denunciarme.

El doctor encajó el comentario en silencio. Silencio que se mantuvo hasta que terminó el cigarrillo. Ella le preguntó por las posibles soluciones, empezando por la criogenización para detener el proceso. “Ya lo he intentado y da igual”, dijo, “porque es indiferente a la inmersión en nitrógeno líquido, sigue en ese asqueroso estado viscoso a temperaturas de 4 ó 5 grados Kelvin, muy cerca del cero absoluto, y como si tal cosa. El Elemento contraviene la Termodinámica. Es inverosímil, pero es verdad”.

- ¿Y si lo metemos en recipientes herméticamente sellados? No puede seguir creciendo si no está en contacto con nada, ni siquiera la luz.
- Esa es una opción incompleta. La primera dificultad reside en que hacemos con esos recipientes. Aún es manejable, más o menos, y en ausencia de luz su crecimiento se ralentizará, pero no desaparecerá…
- ¿Cómo es posible?
- Digamos que “rumia” el “aporte lumínico. Es como una esponja, absorbe toda luz. Si se queda a oscuras, desprende energía que vuelve a reabsorber…

Amanda le miraba atónita, había dejado de escucharle. Ella no era científica, estaba muy familiarizada con la ciencia y poseía conocimientos bastante amplios para una gestora, pero en los laboratorios siempre había sido una intrusa, alguien que recorta los gastos en función de la previsión de la rentabilidad de una u otra línea de investigación.

Sólo sabía que tenía un problema muy espinoso entre las manos, como cuando se quedó embarazada en el penúltimo año de carrera. Fue una estudiante ejemplar, con notas muy altas. Se enamoró de un chico que no procedía de un nivel tan acomodado como ella. Les gustaba pasear por el parque y hacer planes. Haciendo planes empezaron a acostarse juntos, les parecía algo consecuente con esos planes. Un día, estos fueron desplazados: estaba embarazada y la tierra desaparecía bajo sus pies. Nunca se lo dijo a su novio. A nadie. Le quería pero rompió con él y abortó. Nada iba a interponerse en sus objetivos, el primero finalizar sus estudios universitarios con la nota más alta posible. El segundo, labrarse un porvenir profesional. Lo mismo que iba a hacer junto a su novio, pero sin cometer nuevos “errores”. Era joven y ya encontraría a alguien. En su momento. Momento que no había llegado, al contrario que el arrepentimiento por lo que ya no tenía remedio. A menudo se le iban los ojos tras niños pequeños y sentía una punzada en lo más hondo. Sangraba en forma de llanto en las interminables noches de soledad e insomnio. Había matado a su hijo y perdido al amor de su vida de un plumazo. No podía evitar, cada vez que se cruzaba con un chico o una chica en el final de su adolescencia, que ese sería el aspecto de su hijo o hija si le hubiera permitido nacer. Para sentir, acto seguido, como la punzada partía su corazón.

Miraba a Williamson, pero no sabía lo que decía. Un problema espinoso este, sí, y la persona que tenía enfrente parloteaba sin cesar y sin entender mucho más de lo que estaba pasando que ella misma. Ella sabía tratar los problemas de ese tipo, desde su “incidente” los afrontaba de forma suicida casi, quizás por compensación. Pero ese tipo de “compensaciones” no suele ser afortunado. Peor aún, una compensación es un error que pretende tapar otro error. No se callaba nunca este hombre…

- ¿Me escucha?
- Sí, claro, claro. Le diré lo que vamos a hacer. Quiero que empaquete todo este “material” o lo que demonios sea. Le proporcionaré recipientes como los que hemos hablado. No es la primera vez que una línea de investigación se “desvía”.

Williamson reaccionó ante las indicaciones que brotaban a borbotones de la directiva.

- Yo no lo llamaría así…
- Calle y escuche. No hay tiempo para estudiar ni para divagar. Ya hablaremos sobre futuras investigaciones, a las que no renuncia mi firma por un puñetero “accidente”. Llamaré a unos operarios especializados para que le asistan .No le admito una negativa. Voy a ordenar que vengan un par de camiones de la empresa y se lleven toda esta porquería, una vez empaquetada. No quiero que se quede con ninguna muestra, que le veo venir. Empiece de cero y olvídese de plazos, mejor aún, olvídese de todo. Le veré en mi despacho dentro de siete días, se reunirán con nosotros Jim y Robert. Mi secretaria le telefoneará para ocuparse de los detalles. Entretanto procure dormir y darse un buen baño.
- Ese material es peligroso y debe ser examinado a fondo. Enterrar el problema no es lo mismo que solucionarlo…

Amanda estaba recogiendo su maletín cuando escuchó esa frase. Se volvió muy lentamente y miró con desprecio al científico que ofrecía un aspecto desaseado y lamentable. Abrió la puerta, “me pagan por gestionar problemas”, dijo, “y me pagan aún mejor si los elimino. Este asunto ya no está en sus manos. Colabore de la forma que le he dicho o le juro que se acordará de mí. Y no con cariño.”

Salió dando un portazo. Pudo oír como daba instrucciones por teléfono mientras enfilaba la salida, y el vigilante casi se cuadró cuando pasó por delante de él abriendo la puerta del automóvil en que había llegado. Ella ni le saludó. Se metió en su imponente coche y marchó a toda velocidad.

No tardaron mucho en llegar seis hombres. Uno de ellos, el que mandaba, iba en traje, los demás llevaban monos oscuros. Aparcaron los dos camiones detrás de la casa, fuera de la vista de la carretera y comenzaron su tarea. El único que se dirigía a Williamson era el tipo trajeado, de unos 35 años, correcto en el trato pero con piedras en las miradas que dirigía al científico. Los operarios no respondían a las indicaciones de este, y ante alguna advertencia sobre la manipulación del material, se volvían hacia el jefe, que aprobaba o desestimaba con un gesto. En menos de una hora habían acabado. El hombre bien vestido debía de ser también un científico porque decidía con excelente criterio que había que llevarse y que no. Se llevaron todo lo relacionado con el proyecto.

Eso creían ellos porque no sabían que Williamson se había quedado con una pequeña muestra, apenas una gota de residuo viscoso. No se resignaba al baldón de una investigación fracasada. Él había creado el engendro y él encontraría la forma de destruirlo, no podía tolerar que algo que él había “diseñado” pudiera resistirse a morir si esa era su decisión.

“Hijo, ante todo, un científico debe ser consciente de su ignorancia. Ese es el más básico principio de toda experimentación. Se experimenta para conocer, para saber si nuestros limitados cálculos teóricos son correctos. E incluso con todo ello no debes olvidar que el observador puede alterar con su sola presencia el resultado del experimento y que siempre habrá factores que escapen a tu control. No es mejor científico el que más acierta sino el que más aprende. El camino del aprendizaje está jalonado de fracasos.”

Su padre fue una gran persona. Alguien del que es casi imposible hablar mal. Es una lástima que se valore a los seres queridos cuando estos faltan. Williamson había estado enfrentado a él hasta bastante después de su muerte, acaso como manera de tenerle vivo. En los últimos años le contemplaba como el reflejo luminoso que él nunca sería. El recuerdo de sus palabras, la dulzura con que le enseñó, se impuso sobre todo lo demás. Más de una vez, en las últimas fechas, se había sorprendido pensando algo como “verás cuando se lo diga a papá”, una centésima de segundo, un triste fogonazo, para caer en la cuenta de que su padre llevaba muerto casi 30 años. “Será la falta de sueño”, se decía, y volvía a lo suyo. Volvía para apartarse de lo mucho que le echaba de menos, ahora que estaba doblando la esquina final de una juventud que quedaba atrás.

Mucho más atrás su infancia. Su padre nunca le falló. Recordaba su infinita paciencia y el cariño con que dejaba todo para atenderle. Cómo le cogía de la manita para ir a misa los domingos y el caramelo que le daba cuando volvían a casa, para jugar con él lo que restaba de día. Cuando le llegó la adolescencia se distanció de su padre, que lo sintió en todo el alma pero que lo disimuló para seguir estando a su lado incondicionalmente, incluso cuando discutían agriamente sobre Dios y sobre la visión de la Ciencia, que no era la misma. Comenzó la universidad, lejos de su padre, en Oxford, como si este se hubiera vuelto un apestado, pero él nunca dejó de interesarse y de escribirle. Se arrepintió mil veces a lo largo de los años de no haber conservado esas cartas. Un día, abruptamente, papá ya no estuvo. Durante años le guardó rencor por sentirse abandonado. Sólo muchos años después, por casualidad, halló un escrito metido en un libro de su padre, parecía el borrador de una misiva, fechada dos días antes de su muerte, decía que “no hay padre más feliz que aquel que ve a su hijo alcanzar su sueño, y que este sea provechoso para sus semejantes y armónico con el Plan de Dios para cada uno”. Nunca comprendió muy bien su significado, pero estaba seguro, ya sin remedio, de que el viejo no había pretendido amargarle la defensa de su tesis doctoral. Y ese día lloró largamente sin saber el porqué.

Trabajó y trabajó, obsesivamente, durante horas y horas. Tan embebido estaba que ni siquiera se percató de que la casa se quedó sin vigilancia. Waits & Walters ordenó que se retirara porque “ya no había nada que cuidar” hasta la reunión. El último centinela llamó y llamó para despedirse, pero viendo que no le hacía caso, se fue mascullando algo sobre la mala educación de algunas personas y montó en su furgón. Williamson ni oyó el timbre porque no estaba pendiente. Todo su conocimiento y atención estaba orientada a un único objetivo: la destrucción de ese maldito ser de diseño, tan rebelde, al que ni siquiera había bautizado. Pero eso ya daba igual. Se sabe que los muertos han existido porque tuvieron nombre. Si algo no ha llegado a tenerlo, es que como si nunca hubiera “sido”.

Tras varias pruebas, lo encontró. Dió con la forma de reducirlo a un desecho inerte que se podía arrojar a la basura. Pegó un brinco y busco el móvil para llamar a Amanda. Era muy tarde, las dos de la madrugada. En Nueva York serían las nueve de la noche, pero lo intempestivo adornaría más a la noticia. Ya destruiría el resto del material luego, que seguía creciendo. Marcó el primer dígito…

Y escuchó un ruido potentísimo acompañado de un agudo dolor que desapareció al instante. Le rodeó la oscuridad, que se tornó luz cegadora, de una belleza descomunal. Vió las consecuencias de sus todos sus actos y se arrepintió profunda y sinceramente de los negativos.

Entonces supo que su padre y su madre estaban a su lado.


Amanda durmió mal esa noche. Era casi una costumbre. Cuando llegó a la oficina, vió que dos hombres hablaban con Robert, lo que le extrañó porque no había ninguna reunión tan temprano. Se acercó a ellos para saludarlos. Era la policía. Le informaron del fallecimiento del doctor Thomas Williamson en su laboratorio de Luton, a causa de un atentado terrorista perpetrado por un grupo del que no sabían nada de nada. Habían acudido a ellos, a petición “extraoficial” de Scotland Yard para ver si podían ayudarlos, en vista de la cantidad de llamadas que había entre la empresa y Williamson. Amanda se tuvo que sentar para no caerse de la impresión. Cuando los agentes se marchaban, uno de ellos les preguntó, de pasada, el motivo por el que la casa había tenido vigilancia privada hasta tres días antes y la razón por la que se retiró, detalle aprovechado por los terroristas para reducir el edificio a escombros. Fue Robert el que les respondió…

- Creo que trabajaba en una línea de nuevos fármacos contra la obesidad. Tendría que ver mis papeles para ser más preciso. La competencia siempre anda espiando, ya sabe… La vigilancia se retiró porque no quedaba nada que vigilar… Ahora no tengo conciencia de nada más…

No repararon en la mirada descompuesta que Amanda le dedicó, ni en la interrogación que asomó a su semblante. Antes de que se cerrase la puerta, el policía de más edad espetó:

- Siempre hay algo que vigilar donde no hay conciencia, ¿no cree?…


Diez días más tarde…

“Estamos retransmitiendo desde el área de Dunstable, cerca de Luton, al norte de Londres. Las autoridades sanitarias no han dado aún con el agente que causa la muerte en pocas horas, en esta extraña epidemia que está diezmando la población en las localidades cercanas, dándose nuevos casos continuamente. Nos confirman que se ha extendido a Watford, Stevenage, Milton Keynes y Bedford. El gabinete de crisis, con el primer ministro al frente, quiere lanzar un mensaje de serenidad y recomienda a los vecinos cerrar puertas y ventanas y no ingerir agua corriente como medidas cautelares. El pánico se ha adueñado de algunas barriadas, en las que el ejército ha tenido que restaurar el orden. Una vez más se ha negado cualquier relación con el incidente del buque “Seastar”, hundido hace cuatro días en circunstancias nada claras, cuando navegaba en medio del Atlántico Norte, trasportando unos misteriosos y pesados contenedores hacia los Estados Unidos”.

“Volviendo a la crisis que ha surgido en Streatley, los vecinos se siguen quejando de un polvo negro, parecido al hollín, que nadie sabe de donde procede pero que está oscureciendo poco a poco calles, parques y jardines, coincidiendo su aparición con esta epidemia. Informa para la BBC News 24H, Helen Wilkes”.

Imagen libre de derechos. Cortesía de Pixabay

jueves, 27 de octubre de 2016

Chloe

El capitán Cuthbert Livingstone era médico. Había estudiado en Oxford con la intención de sanar personas, tan desmesurada vocación poseía que no dudó en enfundarse la roja casaca de los soldados de Su Británica Majestad y acudir al Nuevo Mundo para combatir a los súbditos que se habían alzado contra el rey Jorge. “¿Qué mejor manera de servir a mi rey que curando a sus guerreros?”, se preguntaba retóricamente.

Pero aquella experiencia le cambió. Aprendió que, en el fragor de la batalla, había soldados que morían desangrados porque lo prioritario era zurcir a aquellos que tenían alguna posibilidad de contarlo. Los que sufrían heridas fatales morían sin que nadie les consolase en sus últimos momentos. La medicina militar es pragmática, acaso tanto como la propia Vida.

También aprendió a luchar contra la resignación. Un poso de rabia se iba acumulando en el fondo de su alma y amenazaba con reventar sus esclusas de devoto cristiano y buen caballero inglés. Cada soldado que se iba a la fosa común era una afrenta personal contra él. Cada carnicería que quedaba sobre el campo le suponía una humillación intolerable, hasta el punto de que ya no le importaba, como médico, si el caído lo había sido a mayor gloria de la Union Jack o de la bandera de Betsy Ross. Había estudiado para sanar, y ese propósito alcanzaba a un desafío aún mayor: El Siglo de la Razón no podía permitirse llegar a su término sin haber vencido a la muerte.

El capitán Cuthbert Livingstone regresó al final de la contienda, en la primavera de 1783. Los Estados Unidos habían logrado su objetivo y la vuelta la realizó en precarias condiciones, rodeado de heridos, de mutilados, de ex – prisioneros de guerra con la salud muy quebrantada. Nadie recibe a los soldados que retornan sin gloria, pero ellos trajeron el soplo de nuevas ideas, que desembarcaron en el puerto de Southampton; en Cádiz si eran españoles, o La Rochelle en el caso de los franceses. Los Tiempos estaban gestando un cambio radical en la manera de entender la Creación entera…

Se instaló en Londres, en el selecto barrio de Mayfair. Abrió una consulta, no tardó en labrarse una buena reputación por ser un médico innovador que no abusaba de sanguijuelas y sangrías, aplicando incluso tratamientos indoloros merced a los conocimientos que había adquirido de algunos indios iroqueses. Mas esa aptitud no fue la única que vino con él…

Amplió su consulta con un pequeño laboratorio. Aquella ya no era tan modesta, en la londinense esquina de Beaufort Gardens con Brompton Street, y los carruajes se anunciaban sobre el pavés, junto con los cascos de los caballos, trayendo nuevos pacientes para ser examinados por el joven capitán Livingstone, veterano de América.

Entonces apareció ella. Con sus esplendorosos veinte abriles, acompañaba a su señora madre, aquejada de una afección respiratoria, bastante común en el viejo y húmedo Londres. De muy buena posición, lady Daralis Vernon-Wildemere deslumbró al médico, que se enamoró perdidamente de ella. Y ella de él. La familia abrigaba la idea de un pretendiente de mejor alcurnia, pero la insistencia y la sinceridad de los enamorados venció todo obstáculo. Eran nuevos tiempos, sin duda…

Contrajeron matrimonio. Tanta felicidad no podía acabar bien, y la semilla del miedo fue sembrada. Livingstone no soportaba la idea de perder a su amada, algo frecuente en una época en que muchas parturientas, por ejemplo, no superaban el esfuerzo de traer una nueva vida a este valle de lágrimas. Pasaba encerrado largas horas en su laboratorio… Hasta que dio con la fórmula que sustraería a su amada de la muerte. No pensó en probarla él mismo. Imposible errar, tanta fe había depositado en sus conocimientos. Movilizó a sus contactos, encargando raras especies vegetales a los capitanes que navegaban hasta el otro extremo del mundo; se relacionó con sujetos de mala catadura que venían de madrugada con sospechosos paquetes, aduló a viejos libreros que nada querían saber de lo que había más allá de sus anteojos y de sus polvorientos volúmenes, todo para conseguir antiguas obras escritas en latín medieval… Con el aburrimiento de Daralis cuando curioseó descuidadamente sus páginas. Una actividad febril, bien empleada no obstante. Una oscura redoma, mellada levemente en uno de sus bordes y erguida orgullosamente sobre la mesa daba testimonio del esfuerzo. Su amada Daralis no moriría. Jamás. Ya no perecerían mujeres en los partos, algo que era especialmente lacerante para Cuthbert, porque no comprendía el sinsentido de que la vida se cobrase una para alumbrar otra, dejando a esta sin el cariño de una madre. Y, desde luego, ya no morirían más soldados en guerras. Ni siquiera el Rey de reyes merecía tal sacrificio.

Sonreía por la blasfemia, cuando la criada anunció que la cena estaba servida. Livingstone le pidió una botella de vino de Madeira. A Daralis le gustaba mucho. ¿Qué mejor forma de acceder a la eterna juventud, sino degustando el excelente vino de su bodega? La mujer trajo puntualmente lo que le habían solicitado. Cuthbert ordenó que avisase a la señora para que se reuniese con él y que no fueran molestados. Bajo ningún concepto.

Ignoraba el porqué. Acaso por esa sutil intuición que tienen las mujeres. Aquella noche estaba bellísima, con un peinado que dejaba caer su larga y rubia cabellera sobre el hombro derecho. Una dama digna de ser inmortalizada, en el sentido más literal del término, no por obra de un retrato que languidecería colgado de una pared, en el mejor de los casos, a lo largo de los siglos…

- ¿Qué celebramos? – preguntó sonriente – Te noto exultante, querido.
- Siempre hay motivo para celebrar que estamos vivos… – Respondió mientras llenaba su copa, le ofreció la que había preparado para ella – Y que siempre estaremos juntos
- Hasta que la muerte nos separe, como se dice, ¿no?…

El capitán alzó su copa, con satisfacción mal contenida.

- Entonces brindemos porque muera la muerte… Ningún marido ha obsequiado mejor a su esposa…

Daralis rio por la ocurrencia, sin recelar por la redoma que había visto en las manos de su amado, ni del contenido de su copa que apuró hasta las heces. Se sorprendió a sí misma ya que era de mal tono beber de esa forma, pero la fragancia y el dulzor del caldo le parecieron irresistibles, y el gesto de su esposo le animó a ello…

Fue un leve hormigueo al principio, en el abdomen, durante unos minutos. Luego el dolor la arrojó al suelo doblada sobre sí misma y perdió el conocimiento. Intentó reanimarla por todos los medios pero fue imposible. Murió a las pocas horas. El capitán no podía soportar el remordimiento por haber envenenado a su amada Daralis, ni siquiera lo apaciguaba el hecho de que su intención fuera completamente opuesta. Creyó enloquecer. Apenas fue capaz de asistir a las exequias. Buscó en vano la maldita redoma, cuyo contenido le había administrado, para procurarse un antídoto que la rescatase de la muerte o para envenenarse él también… Fue completamente infructuoso porque no lo halló por ningún lado, como si la Desdentada le hubiera gastado una doble y macabra broma.

Daralis fue inhumada en la lóbrega y sombría cripta de la familia, y él la lloró largamente, durante las interminables noches de invierno, levantando la cabeza cada vez que escuchaba crujir el suelo de madera, o estremecerse el cristal de las ventanas azotado por el inmisericorde viento que traía el recuerdo de su dolorosa soledad… Por si era ella que regresaba del Infinito con el único salvoconducto de su sonrisa…

Pero no retornó. Los días se acumularon en semanas, y las semanas, en meses. Siempre la tenía en su recuerdo. Y el perro rabioso del remordimiento devorando su corazón a dentelladas….

Un lluvioso día de noviembre, un domingo, mientras se hallaba en su laboratorio, la criada le informó que una desconocida y distinguida mujer le aguardaba en el vestíbulo de la casa. Él dijo que no pasaba consulta los domingos. La criada le replicó que ya se lo había comunicado, pero que insistía en hablar con él. Iba a despachar el asunto de mala manera, cuando la sirvienta añadió…

- El señor se sorprenderá de lo mucho que se parece a la difunta señora, que la Gloria del Señor la acoja.

Dejó lo que estaba haciendo. Y siguió a su empleada escaleras arriba. Apenas pudo pronunciar palabra… La semejanza era increíble, el mismo cabello dorado, sus ojos color aguamarina, la tersa y blanca piel… pero el gesto no era dulce sino frío y sarcástico… No era ella.

- Me llamo Chloe Bacqueville, le agradezco que me reciba porque…

No. No era ella. No siguió escuchando aunque asentía con la cabeza como esos autómatas de feria. El negro manto de su ausencia le devolvió a su infierno personal. ¡Daralis!…

Sin embargo, muy a menudo, hasta la misma compañía del príncipe de las Tinieblas es mejor que un corazón flagelado por la culpa. Ella no era como Daralis, alegre, confiada y cariñosa, todo lo contrario, como su tenebroso reflejo. Finalmente se prometieron y se casaron. La admiración que provocaba la similitud se disipaba en cuanto su desdén saltaba de interlocutor en interlocutor. “Es que, claro, no es ella”, se decían. Pero la comparación no le afectaba en absoluto. Incluso le divertía cuando su esposo se la confió con el objetivo de que suavizase su carácter y trato. La criada sufrió incontables humillaciones hasta que decidió abandonar el servicio de su señor, al que apreciaba de veras. Chloe contrató a otra que se movía sigilosa como un fantasma por la casa. Se estaba quedando solo nuevamente, pero la tenía a ella. Los amigos se fueron distanciando, a muchos les inquietó sobremanera que Chloe usase los vestidos de la difunta, pues tenían la misma talla. A su marido no le importaba, más bien le confortaba. Cuando no hablaban, la miraba con fervor y podía olvidar lo sucedido. Ese rabioso perro que desgarraba su corazón quedaba sosegado…

No por mucho tiempo. Una tarde en que la ventisca de una furiosa tormenta de finales de octubre golpeaba la casa, Chloe hizo distraídamente alusión al vino de Madeira, comparándolo con un elixir que proporcionase la inmortalidad. Efectivamente, podía ser casual, fuera de contexto. Mas el tono, la mirada maliciosa, el desprecio que arreciaba en el fondo de sus ojos, la sonrisa hiriente y afilada como un sable le hizo concebir una posibilidad… ¿Y si realmente fuera ella, y si fuese Daralis?

Rechazó de plano la posibilidad. Él mismo, con indescriptible dolor, certificó su fallecimiento. No había acudido a su entierro, roto como estaba por la pérdida, pero no se había movido de su lado mientras la velaba, escrutando su inerte rostro, en busca del menor signo de vida. Cerraron el féretro porque ya daba muestras de descomposición, más rápida de lo normal incluso. Tuvieron que forcejear con él cuando cerraron la tapa. Estaba muerta, más allá de cualquier esperanza. Una multitud de testigos contempló como sellaron la sepultura y cerraron a cal y canto las tres puertas, una tras otra, que vedaban el acceso a la cripta. Como si no bastase el océano de lágrimas que nos separa para asegurarnos de que no volverán nunca.

Días más tarde, ya había anochecido, el capitán Livingstone tomó una decisión súbita y descabellada. Estaba en la alcoba de su esposa, ella le había llamado para preguntarle algo relativo a un nuevo vestido puesto que iban a acudir a uno de los escasos eventos a los que eran invitados. Le dijo que esperase un momento… la mirada del médico revoloteó por la estancia. El lecho, algunos viejos cuadros, un armario, el tocador… ¡El tocador! Allí estaba la redoma, mellada en su borde, la agarró al instante…

- ¿Adónde has encontrado esto? – Inquirió con enojo - ¿Sabes lo que contiene?
- Es mío. – Espetó sin inmutarse – Y contiene perfume
- No puede ser – Abrió el envase y lo olfateó, era una esencia exótica - ¿Adónde has puesto lo que contenía?
- Ha contenido siempre perfume, querido... – De nuevo ese odioso sarcasmo -¿No querrás que huela a vino de… Madeira?

Cuthbert retrocedió hasta chocar con el quicio de la puerta. Se tambaleó un paso más, tropezó con la criada y corrió escaleras abajo. Agarró un manojo de llaves, se puso gabán, sombrero y salió a toda prisa a la calle, ni siquiera pensó en ir a caballo. Diluviaba sobre Londres, los relámpagos iluminaban sus pasos en dirección al Cementerio de Gracechurch. Atravesó Westminster, y luego se dirigió levemente a su derecha, hacia Whitechapel, siempre por la ribera norte del Támesis. Llegó ante la verja del cementerio: estaba cerrada. No se arredró, debatiéndose su alma entre la luz de una tenue esperanza y el negro abismo de una certeza, saltó la tapia como Dios o el demonio le dio a entender. Se orientó ayudado por los destellos de las centellas celestes, con paso decidido pero trémulo pulso por el temor a la verdad, abrió la antigua cerradura de la cripta. La oscuridad era absoluta. Pensó que ese lugar era el idóneo para que Cerbero cuidase el umbral del Infierno, reparó en que quizás aquel mitológico perro era el que había estado ensañándose con él, recreándose en su dolor. A tientas encontró una lámpara que encendió con gran dificultad. Giró la cerradura de la siguiente puerta… la débil llama se agitaba como el corazón en su pecho, haciendo fluctuar la luz fantasmagóricamente… la tercera y última franqueó el paso al capitán, estaba en una capilla, cuyas paredes, a modo de estanterías, acogían el descanso de sus moradores hasta el Día del Juicio.

Se acercó a la sepultura de Daralis. Había restos de flores marchitas. Los ramos de su sepelio habían sido retirados por alguna diligente visita de la familia. No tenía aspecto de haber sido removida. Livingstone titubeó durante un segundo. Era una locura, sin embargo, había llegado a la conclusión de que las reiteradas y veladas alusiones, y la extraordinaria coincidencia de sus rasgos físicos no eran fruto del azar. Espoleado por todo lo que se agolpaba en su memoria, como pasaje de un barco que se va a pique, arrancó la lápida, descubriendo el ataúd. Con un seco golpe, utilizando un candelero como cortafrío, desencajó la tapa… y la retiró.

Espantado, con el rostro extraviado, completamente lívido, contempló que la caja estaba vacía. Una gélida corriente apagó la luz del vacilante farol que le había guiado hasta allí, casi simultáneamente el sonido de un portazo le indicó con desesperación que estaba encerrado y en tinieblas. Buscó las llaves en los bolsillos sin hallarlas, aprovechando los intervalos luminosos de los relámpagos colándose por un pequeño ojo de buey que la puerta tenía. En ello estaba cuando percibió que había una sombra al otro lado. Se acercó con denuedo, con el valor que da un peligro que no se comprende, tan antiguo como la propia vida… y miró.

Eran los azules ojos de Chloe… ¿O siempre fue Daralis?

Imagen libre de derechos. Cortesía de Pixabay

jueves, 14 de enero de 2016

La melodía quebrada

A Almudena y David

Es curiosa esa silente vida que nos ofrecen los cotidianos objetos que adornan, bien estéticamente o por su utilidad, nuestras vidas. Están ahí, inmóviles, como absortos o estupefactos espectadores que contemplan la implacable forma en que nos van cayendo años encima hasta que quedamos sepultados por su peso para seguir nuestro Camino donde Dios nos diga.

Nos resistimos, como desesperado náufrago que se agarra a un escollo, a despedir esas cosas que nos recuerdan tiempos pretéritos, acaso más felices, pero seguro que vinculados a nuestra jubilosa juventud. Es lo que tienen las promesas, que enseñándonos menos que las decepciones, son más apreciadas que estas… Los heraldos de la verdad son tan inoportunos como los viejos amigos que señalan, inmisericordes, nuestros detestables defectos. Sin motivo detallado, por tan sólo una madeja informe de sentimientos que avalaban su presencia, allí estaba, sobre una cómoda, una musical bola de nieve, de esas que al agitarse con vigor desatan una serena ventisca sobre la casita que contienen. Desgraciadamente su interior mecanismo de cuerda, como el de muchas personas, se hallaba averiado y la nieve que contenía ya no cabalgaba su viento porque ya no había música que la hiciese soñar… De ese modo, veía pasar los días como una anciana despierta sus recuerdos de juventud, como un desfile de fantasmas, sin dolor, sin llanto, y sin nadie que desgranase su melodía quebrada.

Fue en una desabrida anochecida de invierno, callada y recatada tras el embravecido bullicio vacuo que trajeron las fiestas navideñas, en esa barahúnda informe de mercaderes que han profanado nuevamente el templo de una celebración íntima, alegre y promisoria de la Resurrección. En la sigilosa oscuridad de la alcoba, que es donde la existencia cobra vida y el verbo se hace carne por voluntad del amor entre una mujer y un hombre; sucedió que alguien que fue reparó en ese modesto y enmudecido adorno, tan helado estaba como su blanco suelo, como el gélido aire que arañaba los ventanales, como las blancas manos de la noche que se arremolinaba sobre esta parte del mundo que añora la luz del sol que ha muerto al otro lado del horizonte.

Recordó la deliciosa música que escuchó cuando la tierra de las alamedas, de los encinares, de los infinitos olivares, de las fértiles huertas que contempló, sintieron el vigoroso compás de sus pasos al tiempo que la fresca brisa de estío rozaba con mimo su rostro. Ellos ya no lloran porque las lágrimas se quedan en este sombrío valle, patria de desdichas, dolores y decepciones, sin embargo, una invisible mueca de nostalgia asomó a un semblante que nadie podía ver. 

Recordó, sí, recordó más cosas, que incluso cuando no hay páginas que escribir, lo que siempre se conserva, mientras a Dios le sea útil, es la memoria de las sombras que fuimos en el sueño que es la vida, que ya describió el magnífico Calderón. Recordó cómo la música sacaba el baile que dentro llevaban las personas, como si las corcheas, semifusas y redondas fuesen los mágicos dedos de marionetistas y nosotros, pobres y efímeros seres humanos, no fuéramos más que muñecos animados por el hábil movimiento de unos hilos. Recordó cómo las costurerillas remendaban los sietes y los descosidos con esas mismas hebras bajo el mortecino alumbrado que quemaba sus luminosos ojos. Recordó las estrellas en su danza celeste, y las constelaciones que el hombre urdió con su inagotable imaginación.

Recordó al adusto sacerdote leyendo el Evangelio de Juan, el espanto de pensar en Lázaro, fallecido y enterrado en su tumba, pudriéndose en esa oscuridad que no traía vida sino ausencia y horror; y los sollozos de Jesús por una simple persona que le había amado, como tantos y tantos fueron después de Él, enfilando la Eternidad para seguirle.

Simplemente acarició la inerte bola de cristal al tiempo que deseó con todas sus fuerzas que volviera a nevar mientras giraba y giraba al son de su maravillosa música.

Y se obró el prodigio: La nieve saltó y se puso a bailar en torno a la casita que contenía la bola de cristal. El mecanismo volvió a funcionar como el primer día, gozosamente, rabiosamente, entusiasmadamente, como el cautivo que vuelve a saborear la libertad, como el ciego de Betsaida al sentir la Luz y el sol sobre su vista.

Como Lázaro, que regresó de las Sombras para dar fe de que ni la Muerte, ni la angustia, ni la barbarie podrán derrotar jamás a la única palabra que lo explica todo: El Amor.


lunes, 8 de junio de 2015

La memoria de una afrenta

No quedaba tiempo para nada más. Lo que se había hecho y lo que no. Constantino lo sabía muy bien. Había intentado reconciliar la iglesia cristiana oriental con Roma, pero su pueblo le dió espalda. Había pedido ayuda a la Cristiandad, y sólo Génova, Venecia y el Papado habían respondido enviando efectivos, testimoniales, escasos ante la gigantesca y artillada ola otomana. Algunos no podían, metidos en reyertas como estaban, Castilla sumida en problemas internos, con la culminación de su Reconquista pendiente y enfrentada a Aragón; Portugal interesada en el norte de África e indiferente al Mediterráneo oriental; Francia derrotando a los ingleses en la Guerra de los 100 años; Inglaterra con Enrique VI de Lancaster sumido en la locura, venteando las vísperas de la guerra civil de las Dos Rosas; Hungría deshilachada entre Bohemia y el Sacro Imperio, y estos dos últimos tratando sus cuitas comunes. Otros no querían, como los franceses, despechados aún por haberles derrotado en Morea. Están solos, la desdicha es solitaria como la felicidad bulliciosa. El miedo a los turcos había llenado Santa Sofía de una multitud doliente, atemorizada pero orgullosa de saber que su emperador morirá combatiendo por su libertad. Los otomanos traen llanto y esclavitud. Primero devoraron los reinos latinos de Tierra Santa, y era cuestión de tiempo que viesen la vulnerabilidad del antaño gigante bizantino, que nunca levantó cabeza después de que los cruzados saqueasen Constantinopla.

No quedaba tiempo para nada más. Lo que se había hecho y lo que no. Constantino lo sabía muy bien. Los desastres sobrevienen porque se han sucedido hechos, a menudo muy pequeños, simples detalles, que como teselas de mosaico van tejiendo el dantesco espectáculo de la muerte de una sociedad. La culpabilidad se reparte equitativamente entre dirigentes incapaces y populacho indolente, hogaño transformados en perdidos actores de una tragedia que nadie explica pero que todos conocen. Bizancio se había desangrado, poco a poco, calladamente, en rivalidades estériles entre verdes y azules, el sexo de los ángeles y otras locuras que habían debilitado hasta el colmo los recursos del imperio: imposible para resistir el paso de los siglos. Siempre hay alguien que se aprovecha de las reyertas entre hermanos. Siempre hay alguien cuyo botín es la desgracia de los inocentes.

No quedaba tiempo para nada más. Lo que se había hecho y lo que no. Constantino lo sabía muy bien. Los turcos no iban a soltar la presa que tenían cogida por el cuello, asfixiándola, como las serpientes constrictoras hacen con sus víctimas. Le constaba que las ofertas de una paz honrosa que le hacía Mehmed II eran tan falsas como sus lisonjas: conocía sobradamente a sus enemigos, toda una vida guerreando y negociando avalaba esa certeza. Hay "paces" que son infamantes. Puede que uno no pueda vivir como quiere, pero sí puede escoger la manera de enfrentarse a la muerte. Él lo haría como un soldado, mirándola con altivez y desdén, la postrera de un emperador romano.

No quedaba tiempo para nada más. Lo que se había hecho y lo que no. Constantino lo sabía muy bien. Quizás la Historia obligaba a pagar así una arrogancia de siglos, primero con el Imperio Romano de Occidente, luego con hispanos, sicilianos y con almogávares, con tantos que no se pueden enumerar. Sabía muy bien que la estela ininterrumpida de emperadores romanos que inició Octavio Augusto acabaría con él. Sus soldados llevaban combatiendo desde la madrugada. Elevó la mirada al espectacular cielo de la primavera mediterránea. Amanecía. El último amanecer que le sería dado contemplar sobre la faz de la Tierra. El último amanecer para un basileus dei romei en el día que se ponía el sol para siempre en un Imperio bimilenario. Constantino XI Dragases Palaiologos se despojó de todas las insignias que delataban su dignidad y se aprestó a luchar y a morir junto a los bravos soldados que tenía el honor de mandar. Los otomanos arremeten con furia, el Destino espera. Si no se puede vivir en libertad es mejor morir peleando.

No quedaba tiempo para nada más. Lo que se había hecho y lo que no. Constantino lo sabía muy bien. Vale más una muerte de héroe que mil vidas de esclavo.


domingo, 24 de mayo de 2015

Dies Irae

“Señor, libera mis manos para ser instrumento de tu Ira. Señor, libera mis manos para que rediman sus pecados con su dolor. Señor, libera mis manos para llevar el Infierno a los inicuos.” Tenebrarum codex, circa 500 a.D.

Se repite el mismo espectáculo una vez tras otra. Cambian envoltorios, pero la podredumbre es la misma. ¿Por qué dudar? ¿Por qué no arrasarlo todo una vez más? Apolión torció el gesto y desvió la mirada. Dios lo sabrá todo, pero no explica nada. ¿Tanta consideración merece esta Humanidad, que crucificó a su Hijo por medio de su maldito pueblo elegido? Estúpidos Hijos de Adán y Eva, seducidos por la puerca de Lilith, arrastrados y condenados por el engaño del Príncipe del Amanecer. Sí, él estará encantado cuando reciba la orden de asolarlo todo. Justicia. No hay mayor equidad que la que reduce todo a la nada. Quienes tanto mal hacen a sus semejantes no pueden esperar más que la cosecha de ese mismo mal que llevan sembrando siglos…


El pelotón obedece la orden de alto que ha dado su sargento. El rostro de los soldados refleja sentimientos diversos. Unos estupor, otros sarcasmo, todos la fatiga de una guerra que ninguno sabe a ciencia cierta cómo empezó. Desde luego que ninguno sabe si la terminará.

El enemigo, ese término difuso, sin expresión porque nunca posee cara, les pisa los talones. Todos saben que se hallan perdidos, no porque ignoren su posición en un mapa, no porque tengan claro que sus lejanos mandos los dan por muertos, sino porque hace mucho tiempo que ese es el estado natural del Hombre, más allá de cualesquiera otras consideraciones, desde la Noche de los Tiempos en que las estrellas se lo susurraron a nuestros aterrorizados y solitarios antepasados. Si hay una certidumbre que clama al Cielo, esa es la de la absoluta soledad frente al horror.

Cerca del pelotón, un civil moribundo pide un cigarrillo al soldado que tiene más cerca. El soldado le mira y le responde que no fuma, que no tiene tabaco. El paisano entorna unos vidriosos ojos que ya no ven y su cabeza se ladea. La espantosa herida deja a la vista que le habían volado el área occipital de su cráneo. El veterano, curtido por todas las heridas y mutilaciones que llevaba contempladas, no se logra explicar cómo pudo articular siquiera esa petición. Cosas que pasan. En el manicomio que es la Tierra entera, los únicos que muestran cordura son los difuntos. El suboficial, pendiente de la escena, se encoge de hombros, escupe al suelo y ordena continuar la marcha. Los soldados se disponen a proseguir de mala gana. Escaso sueño, menos alimento, una interminable marcha a ningún sitio y la generosa ración diaria de devastación que los gobernantes sirven con largueza a sus exhaustos y diezmados pueblos. El mundo se viene abajo.

- ¡Mi sargento, tenemos al enemigo por todas partes!

El radar de Infantería se volatilizó con su sirviente, habían abierto fuego contra ellos. Apenas se escuchaba algo entre el atronador estruendo de las explosiones. Que cada palo aguante su vela, que cada novia se ocupe de su velo, que cada pábilo se aferre a su llama. Apretar los dientes y desplegarse, por lo menos que el enemigo tenga que esmerarse para acabar con ellos y no los ventile con un puñado de de pepinazos de carros de combate. El resplandor que causaba el estallido de los proyectiles le recordó los días sin fin, en aquellos veranos que disfrutó en su adolescencia. Luz, playa y arena blanca, infinita, hasta donde se perdía su ilusionada y joven mirada.

Luz cegadora, sucio barro y toda ilusión perdida, arrancada y desgarrada por las estocadas que ha ido propinando una vida que nunca imaginó para él ni para sus soldados. Juraron que defenderían a su patria, no que la traicionarían cumpliendo órdenes de sus políticos. Demasiados remordimientos para tan escaso tiempo. Todo acabaría pronto. Percibían el sonido de las orugas abriéndose camino contra ellos. No iban a rendir sus vidas como ratas asustadas en un agujero. Desplegó un pequeño mástil retráctil, parecido a una antena de radio, y desligó la bandera que besó una soleada mañana, ebrio de la esperanza que le infundió su nación, y la hizo tremolar furiosamente mientras se ponía al descubierto. A menudo resulta que la desesperación es el combustible que nos impele a ser héroes. Si no se puede hacer nada, siempre se puede dar ejemplo.


En ese instante, salido de la nada, aparece un hombre. Su semblante transmite triste sosiego. Todo queda en absoluto silencio. Nada se mueve, como paralizado por la irrupción del desconocido. El sargento le mira estupefacto.

Nunca se sabe de dónde viene. Tampoco su destino. Algunos creen que se trata de un monje, un fraile, un religioso en definitiva. Así lo juzgan porque suele acompañarse de un Rosario de madera, pequeño y sencillo, y se viste con largas vestiduras, que recuerdan el hábito que lucen las personas de esa condición. Sin embargo, muchos de los que se han cruzado en algún momento con él, intuyen que sus ropas son sólo eso, ropas, que usa para cubrirse, y que esconde algo indefinible que, sin ser amenazante, les causa vértigo y respeto.

Es un hombre de complexión fuerte, alto sin humillar, con el pelo corto y descuidado de clara inspiración militar, afeitado; cargado con unos treinta y cinco o cuarenta años. Hay ocasiones, bajo determinada luz, que parece superar esa edad, acarreando siglos como Sísifo hacía con su peña hasta la cima, para verla rodar ladera abajo. En el fondo de su mirada reposa serena la melancolía, no muy lejos de una esperanza que es la misma que desprenden sus palabras. Palabras, a veces, trémulas y espantadas de alguien que ha visto demasiado dolor; en otras vehementes y entusiasmadas por saber que, después de todo, lo mejor está por venir.

Llega, se dirige a alguien en particular por razones que únicamente conoce él, le da o recibe algo, cuenta un episodio o hecho sin conexión aparente con la situación y los presentes, mira al Infinito antes de bendecirte y despedirse, y luego se pone a caminar, con esa patria espinada a cuestas que son sus recuerdos y sus plegarias. Nadie sabe de dónde procede y nadie sabe nada de él.

Nadie sabe su nombre a ciencia cierta porque pocos son los que han llegado escucharlo...

Llega hasta al sargento y se detiene frente a él. Le examina sin decir palabra durante unos segundos. El perplejo militar le pregunta si ya están muertos…

- Concedéis demasiado valor a vuestros Días aquí. Y eso mismo os impide disfrutar de ellos, valorarlos como debiera ser. – Contestó el religioso. – Los muertos están más vivos que los vivos, así que eso no ha de preocuparte, sargento… Vida, muerte… No son más que capítulos de vuestra Eternidad. Es algo accidental, por decirlo así. Lo peor es el sufrimiento, el dolor. Eso es opcional. Es la consecuencia de la Tentación. Cuando alguien seduce a la mujer de su prójimo, cuando alguien codicia mayor riqueza de la que merece para su sustento, lo que trae es el dolor de una casa, trae la miseria de otro que no tiene para vivir. Tratáis con el Horror, día a día, como si fuese algo ajeno a vosotros. No es así. No, no lo es. Lo llevamos con nosotros, Es una bestia que alimentamos todos, aunque sólo unos cuantos, siempre demasiados, sean los culpables de desatarla para que campe por sus respetos.

Os espantáis de los cadáveres que dejáis atrás. De los compañeros que abandonáis insepultos, de la devastación, del olor a muerte que acompaña cada uno de vuestros pasos, de los niños que habéis visto morir, de los que os han ordenado asesinar… ¿Es qué esperabais otra cosa de este siglo XXI, digno sucesor de los que le han precedido? Ahora incluso tenéis una tecnología que es capaz de acabar con millones de seres humanos en un abrir y cerrar de ojos, sin arriesgar otra cosa que se enfríe la taza de café que aguarda al victimario a unos centímetros de la misma mano que mata a toda esa gente. Y le pedís a Dios una explicación, un asidero que os ancle a una sensatez que no es más que una entelequia porque no es tan tangible como lo que estáis viviendo… El horror. Sí. Tan viejo como el mundo. Siempre insaciable. Siempre pegado a nuestra alma. Siempre alimentado por ella misma. No juzguéis lo que forma parte de su esencia

Fue hace mucho. Es una Historia que conocéis porque os la han contado en muchas ocasiones, yo estuve allí. Parece que únicamente se atiende a quien ha visto y vivido sucesos en primera línea. No se escucha apenas al cronista, pero sí al superviviente. La mano que da vida es la misma que la quita… Fue hace tanto que no lo creerás, sin embargo no importa porque yo sé que estuve allí. Y Él lo sabe también, por eso voy andando por estos caminos desde entonces, sin que el Tiempo ni la Muerte osen tocarme. Al principio pensé que era mi castigo, luego me percaté de que era mi Misión. Los campos de batalla. Los he conocido todos. Recuerdo el rostro de cada soldado caído… Yo también fui soldado. Elegí serlo, así que no me quejaré de la desolación que sembré a mi paso ni del daño que me hicieron. Ni de que se me encomendase vagar por el mundo. Cuando uno da por cierto que existir, nacer y morir, es un disparate, no alberga protesta. Sólo esperanza

En aquellos días todo estaba revuelto, con falsos profetas cacareando que los Días estaban llegando a su término. Una  locura, Jerusalem era un hervidero de rumores y teníamos miedo. Ese invitado jamás se hace de rogar. Lo peor que le podía suceder a un funcionario romano era ser destinado allí, y los soldados acantonados en aquella ratonera contábamos lo que nos quedaba para salir de ese manicomio. Además era Pascua y la ciudad multiplicaba por dos o tres su población. Enfrentarse a un motín en esas condiciones era muy arriesgado y nuestra particular manera de conjurarlo era a través del horror. El mismo del que os quejáis. El mismo que lleváis. El mismo que yo mismo purgo y procuro espantar con la Palabra del Señor...

No Le conocía. Sí, había oído hablar de Él, ¿quién no? Pero esa maldita mañana era uno más, uno a quien la multitud de judíos que se habían arremolinado en el patio de la Fortaleza Antonia había preterido en lugar de Barrabás. Los mandos nunca dan explicaciones. Únicamente órdenes, bien lo sabes. Para nosotros no era más que un reo. Sin embargo no es una disculpa. Han pasado siglos y lo peor de todo es que el Hombre se obstina una y otra vez en ser guadaña y no simiente de Libertad.

No entendía el ensañamiento, el encono de la muchedumbre. En realidad, las crucifixiones sólo atraían a ociosos y a valentones de taberna que luego acudían a ahogar los detalles en una jarra de vino picado en compañía de alguna ramera. No obstante, aquella ejecución fue diferente. Le fueron insultando y escupiendo todo el camino. ¿Qué daño les había causado ese Hombre? Los malhechores soportaban el escarnio de sus víctimas; los asesinos, el de los parientes de los asesinados. Aquel tumulto rezumaba odio cuando ninguno de ellos había recibido la menor afrenta de Jesús, muy al contrario: Les había mostrado el Camino. No se sentían satisfechos con la brutal flagelación que había padecido a manos de mis conmilitones, no, proferían imprecaciones sin fin, hasta el punto de que tuvieron que intervenir los soldados de la guardia que escoltaba a los condenados para que no desbordasen el perímetro de seguridad.

Sí, sargento, yo fui quien ordenó a los soldados que le clavasen en la Cruz. Yo ví cómo manaba la sangre por sus incontables heridas, cómo el bonete de espinas desfiguró sin piedad sus facciones, cómo realizamos mecánica, cruel y eficientemente todo lo relativo a la ejecución. Y me encogí de hombros como tú hiciste hace unos minutos. Eso te reduce a la misma escoria que los que le clavamos en la Cruz, o los que aprietan un gatillo o un botón. Pudimos hacer algo, sí, pero no lo hicimos, por cumplir órdenes y por miedo. Dolor en definitiva. El miedo te convierte en un jodido esclavo, ¿sabes sargento? Te pasas la vida sorteándolo hasta que te alcanza, entonces te das cuenta de que nunca has sido libre, de que siempre has terminado haciendo lo que otros, que te odian, querías que hicieses. Y Él mismo incluso, demostró que se puede ser más libre en una Cruz que cómodamente sentado en una tumbona, en la playa que recordabas hace unos momentos…

Escogemos entre lo malo y lo peor, dando manotazos a diestro y siniestro, como si ello pudiera liberarnos de un menú indeseable que no queremos en nuestra mesa. ¿Escogí estar de servicio ese día? Tú: ¿Acaso deseaste el mando de tu pelotón? Eso no importa. La cuestión es que el Destino te pregunta directamente, una jornada cualquiera, qué eres. Y la respuesta te la da un espejo que no te miente, al que no vuelves a mirar porque el de la imagen reflejada sí que sabe, en el fondo, que por encima de una orden malvada, que por encima del miedo, que por encima de cualquier espejismo está la Libertad suprema de escoger la Verdad. Y ser un cobarde no te deja en buen lugar…

Alzamos la Cruz. Aún recuerdo su quejido cuando quedó suspendido de los clavos. Parecía anochecer y estábamos en pleno día. Una Mujer lloraba desconsolada, acompañada de un joven, casi un niño, y de otras personas, que tampoco se libraban de padecer las injurias de la gentuza que estaba allí. ¿Piensas que eran diferentes de nosotros, sargento? No. No lo eran, porque el Mal que les animaba era el mismo. Siempre es el mismo, jugando con vosotros a una partida de ajedrez que nunca ganaréis solos porque únicamente lo haréis si os retiráis del juego. Esa es la auténtica Libertad: Decirle al que manda que no tiene autoridad sobre vosotros porque no la ha recibido de Aquel que la detenta sobre el Universo.

Y lo increíble, lo que jamás había visto antes es que nos perdonaba. Los ajusticiados suplicaban clemencia, o se revolvían desesperados contra los verdugos. Él no… Simplemente dijo que teníamos que ser perdonados porque no sabíamos lo que hacíamos. Es que no lo hemos sabido en ningún momento. Nos echan del útero de nuestras madres de mala manera, vamos dando tumbos por la vida haciendo y haciéndonos daño y cuando algunos empiezan a tener idea de lo que se debe de hacer, resulta que su camino por este Valle se acaba. Game over, soldado…

Solamente quise que obrase un prodigio, que la herida que le causé con la lanza en su costado fuera el precipitante de otro milagro, tan asombroso que todos se postrasen a sus pies… Y lo fue. Nunca volví a ser el veterano disciplinado y displicente que servía a Roma. ¿Sabes? Es ridículamente fatuo considerar que una simple persona, cualquier persona, esté por encima de otra. Os preguntáis por el sentido de las cosas. Pues bien, eso es una de las muchas que no lo tiene ni de lejos. En lugar de plantearos cuestiones que no responderéis Aquí, empezad a valorar que tiene realmente sentido de esa ficción que aceptáis sin más y que llamáis “realidad”… Y se cumplirá que la Verdad os hizo libres. Las rosas no necesitan miradas para florecer. Cuando se marchitan no queda rastro de su belleza. Ese es el milagro, que de la Nada, del caos, del dolor, del sufrimiento, con todo y con ello aún brote, de lo más profundo de la Tierra, un rayo de Luz. Él me ordenó que difundiese un mensaje que únicamente escuché con el corazón. Me dijo que estaría allí donde se me necesitase, del mismo modo que estuve junto a Él, al pie de su Cruz. Yo no merezco tanto. Al fin y al cabo no soy más que un soldado como tú…


Apolión se quedó pensativo tras haber contemplado la escena. Nunca le resultó simpático el verdugo del Hijo de Dios, al que servía tan incondicionalmente que no dudará cuando tenga que ayudar a Mal para que la Humanidad enfile su Redención final. No le caía bien en absoluto y no comprendía la razón por la que el Señor fue tan generoso con el legionario, a pesar de ello, encontró una profundidad en sus palabras que le dejó desconcertado. Él que estaba llamado a ser el ángel de Destrucción que asolaría la faz de la Tierra, el que reduciría todo a escombros para borrar toda memoria, el que repartiría con prodigalidad el llanto y crujir de dientes del Fin de los Tiempos, el que haría dichosos los vientres que no concibieron, el que procuraría que los más felices fueran los muertos en el Día de la Ira, él, Apolión, humilde ángel del Señor Dios, recordó un salmo, y sin darse cuenta, lo entonó…

“De profundis clamavi ad te, Domine;
 Domine, exaudi vocem meam.
Fiant aures tuae intendentes
in vocem deprecationis meae.
 Si iniquitates observaveris, Domine,
Domine, quis sustinebit?
 Quia apud te propitiatio est,
ut timeamus te.
 Sustinui te, Domine,
sustinuit anima mea in verbo eius;
speravit anima mea in Domino
magis quam custodes auroram.
Magis quam custodes auroram
 speret Israel in Domino,
quia apud Dominum misericordia,
et copiosa apud eum redemptio.
Et ipse redimet Israel
ex omnibus iniquitatibus eius.”*

Puede que después de todo, la Creación entera no fuese sino esa peña que Sísifo intentaba hacer llegar a la cima de la montaña…

*Traducción, Salmo 130:

“Desde lo más profundo te invoco, Señor,
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria.
Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido.
Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
más que el centinela la aurora.
Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor,
porque en Él se encuentra la misericordia
y la redención en abundancia:
Él redimirá a Israel
de todos sus pecados.”