sábado, 9 de octubre de 2010

Prendidas quedaron las miradas...

Ella se llamaba… en realidad, su nombre es lo de menos. Era una joven doctora, escudriñando los Principios que animan la Vida. Había recorrido medio mundo en pos de un ideal, cruzado el umbral de los treinta años, había llegado a la conclusión de que el ideal verdaderamente importante era la propia vida. Un milagro que siempre la sorprendía.

Él se llamaba… en realidad, su nombre es lo de menos. Coqueteaba con esa difusa edad que ronda el ecuador de los cuarenta y había acumulado el suficiente cinismo en sus ojos para cargar cada una de sus palabras con un sarcasmo lapidario y descreído. Cuando tuvo veinte años quiso cambiar el mundo, tan pequeño y sórdido le parecía que finalmente se contentó con salvar su propia conciencia como desesperado náufrago bajo la tempestad, observándolo todo desde una prudente distancia, arrogante a la par que escéptica.

Puede que fuera un día. Acaso un anochecer… en realidad, el momento es lo de menos. Ella estaba sentada ante su ordenador. Él, en la lejanía, también. Ella, atareada con sus estudios y experimentos de laboratorio. Él, con personajes que reclamaban su emancipación en cuanto se veían entre los cuatro ángulos de una blanca hoja, libres de las cadenas que les imponía la creatividad de su hacedor. Ambos, aburridos en la misma esquina de la Eternidad, decidieron pasearse por una red social. Y entonces se encontraron…

Hablaron de muchas cosas, o puede que de muy pocas… en realidad, los asuntos son lo de menos. Pero cada uno prendió una llama en el corazón del otro, como hace un devoto cuando eleva una plegaria. Días después siguieron encontrándose en esa esquina de la Eternidad, que ya era suya, para escuchar sus voces y sintieron que la débil y tenue lumbrecita era un fuego abrasador que les consumía de pasión.

Prendidas quedaron sus miradas y supieron que ya no habría “ella” o “él” nunca más, sino un “nosotros” con el que, como clara vela desplegada al viento, iniciaron la singladura que les llevará al Infinito cogidos de la mano.

Un inflamado beso, como brújula de carne, les guía…

lunes, 4 de octubre de 2010

Romancín de desamor - III

I

Me dejaste una carta gélida y afilada
para ser cruel heraldo de tu despedida.
Del amor admiro la ardiente gallardía,
noches bajo tu sol, pasión desmedida,
nada queda más, tu cobardía ilimitada.

II

Tinieblas para mis días, cegada mi alma
por la luminaria del recuerdo de tu piel
danzando la dulce melodía de tu corazón.
Ya mi vida es un quebrado y vacío riel
como palmera que ciclón deja sin palma.

III

Tus palabras eran suave y candente caricia,
en deletéreo estilete quedan convertidas.
De tu apremiante pasión, el delicioso licor,
trocado ha en agrias lágrimas contenidas.
Sin ti, mi Camino será un yermo de sevicia.

martes, 21 de septiembre de 2010

La Virgen de los sueños

En algunas ocasiones me he referido a mi afición a dar largos paseos. En compañía de alguna buena amistad o en solitario, para que los pensamientos fluyan al ritmo de mis pasos, todavía bajo la marcial influencia de mi estancia en el Ejército. De ese modo he recorrido parajes, montes y… cementerios, excentricidad que rehuyen mis amigos que la disculpan como una licencia de mi militante Romanticismo.

Confieso que los días desapacibles tienen un encanto especial. Los colores están liberados de rendir pleitesía a la luz solar y brillan con unos matices muy especiales. Hay también una hora mágica, la que precede al crepúsculo, donde la penumbra estimula la imaginación, ya se sabe que es una delicada flor que precisa de poca iluminación. El ambiente fresco del otoño, el aroma a tierra húmeda, a espicanardo, hierbabuena, pino y romero… El espectáculo de la bóveda celeste con su escala cromática de grises, azules y blancos tornándose violetas y rosas en la línea del horizonte tras la que cabalga el astro rey para esconderse, suscita un estado del espíritu muy peculiar, fuera del tiempo, del espacio y de la lógica. Las historias brotan espontáneamente y se entrecruzan con voluptuosidad. Ha llegado el momento del embrujamiento.

A menudo mis pisadas me arrastran a descubrir una abandonada y apartada ermita, o me llevan deliberadamente hasta algún lugar que conozco para sorprenderme y regalarme detalles que estaban ocultos. Suele ocurrir que no se mira adecuadamente lo que está a la vista. El día que nos ocupa había finalizado mi camino donde lo inicié al apearme del vehículo. Jirones de niebla descendían del cielo, encapotándose por momentos, como un ejército de fantasmas dispuestos a expiar sus pecados. Estaba oscureciendo y el viento silbaba amenazante por encima de los riscos que rodean el convento de San Miguel de Santorcaral, un bello ejemplo del gótico castellano que contempla desafiante el discurrir de los siglos desde su impresionante atalaya en las estribaciones de la Sierra de Guadarrama. Mi intención era emprender la vuelta a mi hogar pero hubo algo que llamó mi interés. Quizás fuese porque el portón de la Iglesia anexa se hallaba abierto en contraste con la completa soledad en la que estaba, la cuestión es que decidí entrar en la nave.

Desde los candeleros, las danzantes velas iluminaban el interior tenuemente. El silencio dialogaba con el sonido del aire que gemía al chocar contra los sillares, los postigos, haciendo crujir las cristaleras y el rosetón que vigilaba la entrada con su enorme ojo. Avancé por el pasillo central para tomar asiento frente al altar y musitar alguna plegaria, acaso mejor escuchada en medio de tan desolada grandeza. Entonces, a mi derecha, advertí algo que no recordaba.

Era la talla de una Virgencita, pequeña, de unos 50 centímetros, primorosamente esculpida, hermosamente policromada. Representada encinta, lo que ya resultaba singular, aunque hubiese venerado otras imágenes en estado de gravidez. No acertaba a datarla, si pertenecía a la escuela flamenca como era probable, la fecha de realización se remontaría al siglo XIV más o menos. Por un momento colegí que había sido recién restaurada, motivo por el que resplandecería tanto y que esclarecía el hecho de que no la hubiese visto antes. No obstante, mi intuición me decía que lo racional me estaba engañando. Así estuve unos minutos, estudiándola minuciosamente para resolver un misterio. Hasta que oí una voz a mi espalda…

Simplemente me saludó con educación. Era una mujer joven, con el cabello rizado, oscuro y unos ojos tan azules que parecían trasparentes. Aunque refulgente en su belleza destilaba un profundo pesar. Le devolví el saludo y nos quedamos callados frente a la estatua. Súbitamente, como si hubiera acabado una oración se acercó a ella, depositó un beso en su mano llevándolo hasta el vientre de la talla, introdujo una moneda en el cepillo, encendió una de las bujías y me preguntó sin mirarme…

- ¿Conoce la historia de esta Virgen?
- No – respondí – De hecho estaba examinándola porque es la primera vez que la veo.
- ¿”Examinándola”? – repitió impasible - ¿Por qué le parece fuera de lo común?
- Soy profesor de Historia Medieval – acerté a decir en tono de disculpa – No deseaba decir eso exactamente, es lo que… inspira – al decirlo averigüé el motivo de mi curiosidad – Está demasiado bien conservada si no ha sido sometida a un proceso de restauración.
- ¿Y qué le “inspira”, profesor? – inquirió mientras se volvía, mirándome y sonriendo abiertamente para arrojar todo el destello de su luz alrededor – No, no ha sido restaurada.
- Entonces se puede calificar como “milagro” el aspecto que presenta. Cualquiera diría que ha salido ayer de las manos del artesano. Tampoco son muy habituales las Vírgenes embarazadas…
- Es que esta talla es única. “Milagro”, es extraño que haya empleado ese término… Si tiene tiempo y le apetece, le contaré lo que sé de Ella.

Asentí con la cabeza, dispuesto a escucharla con la mayor consideración para no perderme una sola de sus palabras, que tenían un efecto hipnótico sobre mí al combinarse con el brillo celeste de su mirada.

- Fue a finales del siglo XX. En algún momento, cerca del ecuador de la década de los noventa. En la vieja Europa se había vuelto a desatar el horror de una guerra, sangrienta y devastadora, para zarandear el corazón de una generación que se creía invulnerable y fuera del alcance de una situación que habían padecido sus padres y abuelos. Yugoslavia se desangraba entre el estupor y la indiferencia de la comunidad internacional. Fue en algún punto entre Bugojno y Travnik. Un coche de mando de la OTAN, de los que habían asignado a los observadores, avanzaba por una carretera semidestruida sorteando los socavones que el fuego de la artillería había dejado como testimonio del combate. Llovía incesantemente y el metálico cielo se mostraba completamente plúmbeo, como si fuera a derrumbarse de un momento a otro por el peso del tormento de los Hombres.

“Al salir de una curva, el soldado y el teniente que iban en el todoterreno pudieron contemplar un BMR (Blindado Medio Rodado) perteneciente a la Agrupación que España había destacado como contribución a la UNPROFOR. Estaba parado. El teniente utilizó los prismáticos para detallar la escena. Un legionario estaba hablando acaloradamente con dos milicianos a los que el tirador de la torreta apuntaba descaradamente. La tensión era palpable. Cuando los milicianos se percataron del acercamiento del vehículo emprendieron la marcha apresuradamente. Uno de ellos señaló su muñeca como indicando una hora, y se internaron en la espesura del bosque. El teniente se apeó de un salto sin esperar a que el coche se detuviese totalmente tras el blindado. Se podía escuchar el ruido de ametralladoras a lo lejos. El legionario se acercó y se cuadró como animado por un resorte. El oficial le preguntó…

- ¿Qué ocurre, sargento?
- No nos dejan pasar, mi teniente. No sabe cuánto me alegro de que usted también sea español, aunque venga bajo pabellón de la Alianza. Estamos patrullando el área comprendida entre Donji Vakuf y Novi Travnik. Dicen que aguardemos aquí un par de horas o que abrirán fuego contra nosotros.
- ¿Ha informado al mando?
- Sí, mi teniente… pero ya sabe – titubeó – Me han comunicado que no “provoquemos”…

El oficial pasó los dedos por su mejilla, contrariado, como si estuviese harto de oír algo.

- Sargento, ¿por qué cree que les han cerrado el paso?
- Mi teniente, estoy seguro de que sabe lo que significa un tableteo de ametralladora que se repite cada intervalo de tiempo, procedente de la misma dirección. No quieren testigos. Cuando hayan terminado nos dejarán pasar para que hagamos de sepultureros.

El teniente lo había presumido, pero es frecuente que se niegue la evidencia de la barbarie. Miró al suboficial. Aparentaba más edad de la que tenía, justo lo contrario de lo que le pasaba a él, que siempre le adjudicaban menos años de los que había cumplido en realidad.

- ¿Qué haría usted, sargento, qué haría si tuviese las manos libres?
- ¿Puedo darle mi opinión? – dijo disciplinadamente; el oficial confirmó con un leve movimiento de cabeza – Iría adelante, mi teniente. Es un farol. Saldrían por piernas. Salvaríamos vidas, que se supone que es lo que debemos hacer aquí: evitar que se maten entre ellos. Tengo el convencimiento de que son un hatajo de asesinos que han entrado en alguna aldea para hacer “limpieza étnica”… llevan armamento personal y alguna ametralladora robada a los holandeses, digo yo, porque no suena a nueva, no ha sido comprada a un traficante de armas, está fogueada de sobra… lo deduzco por el ruido que hace. Como mucho alguna pieza de mortero de 60 milímetros, con la munición contada… Tendrán a unos cuantos francotiradores armados con Kalashnikovas y escondidos a lo largo de la carretera. Nada más. Pero las órdenes se dan para cumplirlas.
- Soy de su parecer, sargento. Sólo se escucha ese martilleo, no hay disparos de respuesta. Nosotros nos dirigíamos a Zenica. Unos y otros hacen lo mismo: entran a saco en una localidad poco o nada guarecida, violan y matan para después prenderle fuego o volarla con explosivos. Hacer de don Tancredo lo llaman ahora “misión de paz”, eso cuando no juegan al pim-pam-pum con nosotros.

El sargento de la Legión le ofreció un cigarrillo. El teniente lo rehusó porque no fumaba.

- Ese es un buen hábito, mi teniente. Yo no fumo mucho, casi lo llevo para consolar a los vejetes que lo han perdido todo cuando llegamos… tarde, como bien sabe. No es muy normal cruzarse con un oficial español en un coche de la OTAN, si me permite la observación.
- No siempre he estado en Bruselas. También he servido en Regulares, en Ceuta. Hemos sido casi vecinos.
- Lo sabía, mi teniente, sabía que usted no era un pistolo*… - mostró entusiasmo - Yo aprecio mucho a los Regulares. Tengo un hermano que es Guardia Civil y me comenta que cuando tenían la misión de patrullar la frontera correteando tras los contrabandistas, los Regulares de la Torre de Mendizábal les dejaban tomar resuello si apretaba la calor o ponerse a cubierto si caían chuzos de punta. Ya sabe que allí diluvia si le da por llover, no como esta cortina de agua que te cala hasta las ideas… Caramba, las veces que nos habremos metido en la barriada del Príncipe junto a ellos para ajustar las cuentas a los candaos** que se pasaban de listos… ¿Hace tiempo que no va por allí?
- Sí, unos cuantos años ya. En realidad estuve poco. Lo suficiente para que forme parte de mi alma. Hay destinos en los que se ha estado y destinos que son parte de uno “per secula seculorum”.
- Lleva mucha razón, mi teniente. Hay unidades cuyo espíritu se le mete a uno en la sangre y ya no se le puede desprender, porque son parte de nuestro carácter. Creo que yo no sabría vivir fuera de la Legión. Me lo ha dado todo y me ha apartado de malos senderos. Me enseñó que había cosas mucho más importantes que mis caprichos y que servirlas como soldado me haría mejor persona. Sencillamente persona. Mi familia se ríe pero les he dicho que quiero que me amortajen vestido de legionario. No pido más. Sólo seguir vistiendo este uniforme allá donde Dios me ponga. Uno se lleva al otro barrio lo que ha hecho… y nada más.

El oficial guardó un respetuoso silencio. Comprendía perfectamente el sentimiento descrito por su interlocutor.

- Con su permiso, mi teniente, voy a decirles que pongan el BMR junto al coche de ustedes que está más protegido, aquí estamos muy expuestos a su vista.

Seguía lloviendo como si nunca hubiera hecho otro tiempo. Con desgana, con desidia, como si el sol se hubiese olvidado de brillar. El teniente oyó el motor del blindado y se encaminó hacia su vehículo para consultar el mapa. Fue entonces cuando cayó un proyectil de mortero, a unos cien metros. Y luego otro.

- ¡Maldita sea! Esos malnacidos nos están atacando – gritó el suboficial – No podemos quedarnos aquí.
- Han debido creer que nos poníamos en marcha, sargento – explicó el teniente – No queda otra que salir de aquí antes de que nos frían. Vayan delante lo más aprisa que puedan, abriéndonos paso, ustedes llevan blindaje, nosotros no. Les seguiremos – explotó otro más, acercándose – Hay un pueblo llamado Putucno, a unos cuatro kilómetros, esperemos que esté despejado, si es así pararemos allí.
- A la orden, mi teniente, ¡vámonos!

La pequeña e improvisada columna se puso en movimiento. El teniente intentó tranquilizar en su idioma al soldado conductor, que era italiano.

- Tranquillo, non devono vedere i lati del blindato, appena dietro, vicino, molto vicino dal BMR; si deve seguire il pneumatico marchi… attenzione il fango... e pregate ciò che si sa, se credi in Dio. (N. del A. “Tranquilo, no tienes que ver los laterales del blindado, justo detrás, cerca, muy cerca del BMR; debes seguir las marcas de sus ruedas… cuidado con el barro… y reza lo que sepas, si crees en Dios.”)

El chófer hizo rugir el motor y siguió las indicaciones del oficial. La carrocería se estremeció mientras caían sobre ambos vehículos fragmentos de tierra y árboles. Podían ver como el BMR recibía algunos impactos, pero avanzaba seguro gracias a la pericia del conductor que lo manejaba. Los disparos se iban apagando hasta que cesaron. También advirtió que la ametralladora había enmudecido. Silencio sepulcral más allá del zumbido de los motores. Y humo, a medida que se aproximan al pueblo donde tenían previsto detenerse. El olor a quemado lo envolvía todo. La aldea estaba empezando a arder, mas la lluvia mitigaba sus efectos y era de esperar que terminaría por extinguir la combustión. Todo estaba desierto. El blindado se detuvo en lo que debió ser la plaza principal de la pequeña localidad, apenas un puñado de casas, y la dotación se desplegó.

- Han debido irse hace unos instantes, mi teniente, como le dije. Se habrán internado en los bosques. Unas sabandijas. Los de la carretera han debido de avisarles por radio de que veníamos y han salido pitando. Nada más que un hatajo de asesinos.
- Hay algo más, sargento. Mire…

A un centenar escaso de metros, al pie de una tapia que presentaba innumerables marcas de disparos, se podían contar varios cuerpos. De lejos parecían ropa tirada entre los arbustos, pero un examen más minucioso del panorama escupía la verdad. Habían sido fusilados. Se allegaron a los infortunados y descubrieron varias hileras con más cadáveres. Efectivamente, habían salido corriendo… sin dejar a nadie vivo. Pero no era así. Uno de los legionarios informó que en la Iglesia había mujeres, niños y algún anciano. El teniente dedujo que los iban sacando de allí para ametrallarlos, sistemáticamente, metódicamente. Primero los que podían combatir: hombres jóvenes, más maduros y adolescentes, para continuar luego a discreción. El sargento ordenó que comunicasen al cuartel general de la Misión que precisaban ayuda.

Se encaminaron a la iglesia. Era de reducidas dimensiones. Quisieron hablar con el sacerdote. Imposible, le sacaron de los primeros. Al parecer, muchas personas de los alrededores se habían ido refugiando en la aldea, perdida en el monte. Esa opinión les hacia sentirse a salvo de las partidas de milicianos… hasta que llegaron el día anterior. Primero les robaron, luego violaron a sus mujeres y después… después la silente elocuencia de los cadáveres daba fe del resto. Hubiesen asesinado a todos, pero aparecieron los soldados y se marcharon precipitadamente. El llanto era la nota predominante porque habían salvado la vida pero lo habían perdido todo. A sus hombres, hijos, padres, maridos, hermanos. El teniente observó unos cables que le intranquilizaron. Los siguió con la vista. Una caja. Se acercó. Eran explosivos. Ordenó desalojar la parroquia inmediatamente. Sin embargo, no explotó nada.

Quizás fuese por efecto de la humedad, la cuestión es que no consiguieron el objetivo último de acabar con todas las vidas de la aldea. El temporizador se paralizó un segundo antes de que el automatismo se activase. Habían puesto ocho cargas, su propósito era que la iglesia se derrumbase, colapsase, para rematar la masacre que no habían podido culminar. No se explicaba el porqué. Dicen que la casualidad es caprichosamente mágica. Se fijó en el rostro del suboficial…

- Mi teniente… tiene que ver esto – apuntó agitadamente – nunca me he topado con nada igual.

Salieron afuera, rodearon la iglesia y se adentraron en el bosque, donde la neblina se hacía más densa, hasta lo que parecía una capilla en ruinas. Ninguno de los lugareños les habló de ella. La estatua de una Virgen, no era grande, parecía brillar con luz propia por el colorido tan vivo de sus ropajes, de su piel. El forjado se había venido abajo pero no tenía ni rastro de escombro. Un charco oscuro a sus pies, en el suelo. Y dos regueros que salían de sus ojos. Estaba llorando sangre. El teniente restañó una lágrima con su dedo índice. Sí, indudablemente, era sangre. Y continuaba brotando, goteando hasta el suelo sin causa que pudiese aclararlo. Otro elemento prodigioso era que la lluvia no mojaba la talla, ni siquiera la hornacina donde permanecía, como si el agua mostrase de esa manera su respeto por el milagro, comenzaba a arreciar.

- Hay que llamar a las autoridades eclesiásticas, a Roma, - afirmó el oficial poco convencido, se dejó llevar por un pálpito - quizás… ¿Qué haría usted, sargento?
- La llevaría a un lugar seguro. Lo más extraño es que los lugareños no saben nada de esta ermita. No la conocen, es como si… hubiera caído del cielo, con la lluvia – sonrió con tristeza – No echarán de menos lo que no han tenido, mi teniente. La trataría como un exvoto…
- Yo no he visto nada. No sé nada de este asunto. Sólo le pido que la lleve a ese sitio seguro, un monasterio acaso, y que comunique este suceso a los religiosos que se hagan cargo de ella. No se me ocurre mejor escolta que un pelotón de la Legión para sacar esta talla del mismísimo corazón del infierno. La dejo en sus manos. No tardarán en llegar los refuerzos. Yo tengo que seguir mi camino.

Se despidió del suboficial. El conductor arrancó el todoterreno cuando vio que el teniente se acercaba al vehículo. Una voz le llamó, era el sargento.

- Mi teniente, – se cuadró ruidosamente y le saludó – a sus órdenes… sin novedad en la patrulla.

“El oficial miró alrededor. Los cadáveres, mujeres llorando desconsoladamente, niños con la mirada perdida, casas destruidas… No comprendía la razón de que unos viviesen y otros no. De tanta crueldad y cobardía…. “Sin novedad”. Se cuadró solemnemente y devolvió el gesto, marcando los tiempos del saludo. Nunca han vuelto a encontrarse, pero ambos se recuerdan con respeto. El sargento trajo personalmente la talla, y las religiosas la pusieron aquí. Y aquí lleva desde entonces…”

- No puede ser, – señalé – he venido en muchas ocasiones y jamás la había visto antes.
- No todos pueden ver lo que tienen ante sí – replicó con una sonrisa enigmática – hay quienes ni siquiera ven lo que tienen en su corazón...

La alarma del coche comenzó a sonar. Supuse que por culpa de un fuerte golpe de viento, me excusé con fastidio y salí. Ya estaba en el exterior cuando escuché con claridad, como si estuviese junto a mi, puesta su cabeza sobre mi hombro, susurrándome, “y alarmas hay más importantes que la de un vehículo...”

La sirena se paró al punto. Me hallaba completamente solo. Las tinieblas se enseñoreaban del firmamento, acaso como luto por la desaparición del sol. Únicamente silencio. Quise regresar con la misteriosa dama para interrogarla, empezando por su pintoresca despedida. El umbral había sido velado por la recia puerta de la iglesia, una operación que requería tiempo y que era imposible haber realizado en silencio. Los vetustos goznes se hubiesen quejado sin remedio. Me sentí burlado por un suceso que al que no hallaba explicación.


Me costó retornar. No por falta de ganas, sino porque los compromisos me iban tendiendo celadas que no podía soslayar, como si una mano invisible se hubiera propuesto impedir que volviese. Finalmente, uno fue pospuesto. Era la ocasión. No me arredró la lluvia, mansa, imperceptible, como la que describió la bella mujer en su historia. Tuve suerte porque se hallaba el sacerdote. Ahí acabó, porque no sabía de lo que le hablaba. Incluso tuve la sensación de que le estaba incomodando mi visita. Ya había desistido, dispuesto a marchar con el pesado lastre del fracaso de mis pesquisas, cuando alguien me agarró del brazo. Era el cura.

- Discúlpeme - miró a ambos lados como si quisiera cerciorarse de que estábamos completamente solos – No es la primera vez que vienen preguntándome por este prodigio. Normalmente son chafarderos ociosos, charlatanes con afán de notoriedad o curiosos sin escrúpulos con ganas de ridiculizar a este pobre sacerdote que le atiende. No suelo hacerlo, ya lo ha comprobado, pero le he visto por aquí a menudo y usted desprende algo que descarta que pertenezca a alguno de los grupos que le he relacionado y que temo… - cogió aire – Esta conversación no existe, tómela como si fuera secreto de confesión – rió suavemente - Sí, yo también la he visto. A la Virgencita y a esa mujer, no se aparecen la una sin la otra.
- ¿Aparecen? – repetí asombrado - ¿Cómo es posible? ¿Quién es ella?
- No lo sabemos. No hay un patrón definido. Ya sabe que estos andurriales son muy solitarios. Usted es afortunado porque le habló. Lo ha hecho muy contadas veces. Y esta es la primera que cuenta una historia… Cuando comenzó, finalizando el siglo, informamos de ello al Obispado… Vino un experto de Roma con celeridad, por los antecedentes, estuvo aquí varias semanas y nada de nada. Obviamente su informe fue negativo, que aquí no pasaba nada al respecto y todo eso, ya sabe, y se dio carpetazo al asunto. Punto final. Pero sigue surgiendo cuando menos lo espera uno. Es una Virgen del Gótico espectacular, desde luego. Y la dama parece rezarle. Una señal que Dios nos envía aunque no sepamos interpretarla. Hay explicaciones que sobran, amigo mío, porque no las necesitan los sucesos que nos toca vivir. Ni el dolor desaparecerá porque sepamos explicarlo. Como tampoco la Libertad, la Vida o la Esperanza de Redención que albergan nuestros sueños.

Le agradecí su confianza. Regresé a mi domicilio reflexionando sobre las palabras del religioso y acerca del excepcional fenómeno que había vivido semanas atrás. En ello andaba ocupado cuando mi memoria se tropezó con los versos de Calderón de la Barca…


¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.


En efecto, lo que llamamos realidad puede que no sea más consistente que el material del que están tejidos nuestros sueños… o nuestras pesadillas. La autovía se arrastraba sinuosamente por el paisaje hasta ser engullida por la niebla…

Notas:
* Jerga cuartelera. Mote que reciben los militares que no pertenecen a unidades de choque.
**Jerga cuartelera. Apelativo referido a musulmanes.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Romancín de desamor - II

I

Tu mirada, rayo de sol derramado
sobre mis tinieblas, para palidecer;
por milagro, tu amor, fue amanecer
en mi vida, como por Dios tocado.

II

Ante nosotros toda la entera vida
muy colmada, sí, de radiantes días.
A tus dulces besos les cantaba poesías
rebosantes de mi pasión más sentida.

III

Mas se fueron sin adiós ni despedida,
huyó la alegre musa, quebrada la lira
por el llanto que tu ausencia, sin mira,
caprichosamente me causaste, querida.

IV

Tan grande no era tu ardor, no, fue quimera,
que mi verso tan espléndido no te resultaba
como la rica rima del dinero que otro gozaba.
Desconfiada vivirás, que si tu afán mudaba,
del poderoso caballero no serás la postrera.

domingo, 1 de agosto de 2010

Romancín de desamor - I

I

Rojo sobre tu terciopelo sonrosado,
sedoso tacto, saboreado como miel,
solo me dejas, evocarte es pura hiel,
te llevaste mi corazón amortajado…

II

Guarda mi piel nostalgia de tus labios,
como la orilla añora de su mar el beso;
la musa, de su rendido poeta, un verso;
o un devoto, de santos, sus relicarios.

III

Mas paciente acecha el infame Rencor,
que a la certera estocada de la Cobardía,
le responde con la punzada de Altanería,
de muerte queda herido nuestro amor…

IV

Cantan los trovadores una desgarrada tonada
que en oscuras y lúgubres noches sin luna,
un desolado sepulcro la dama y el caballero
visitan, sin mirarse, sin enmienda alguna;
pavor en sus ojos, el epitafio leen… “Nada”.

martes, 27 de abril de 2010

Innominata - Introito (Romancín de la Santa Sin Nombre)

Ni respira de tan callada,
como pecado, enterrada.
Encontrada por fatalidad,
lágrimas, el cielo llovía.
Sueño maldito, no dormía…


Sin sosiego, mal descansaba,
tierra cruel, que la apresaba
en su eterno y lívido letargo.
En altares no todos los santos
se cuentan, por contarse tantos…

Nota del autor:
El cuento titulado "Innominata" es antecedente de otro. Ambos saldrán publicados en un próximo libro. Esta es la razón por la que ha sido retirado del blog, a excepción de su introito.

viernes, 2 de abril de 2010

Sólo entonces

Una de las experiencias más trágicas con que la vida nos recuerda lo efímero que somos, es la muerte de un ser querido. Es un “memento mori” dirigido implacablemente contra nuestro corazón, llamado a impactar y hacer temblar los mismos cimientos de nuestras convicciones más férreas. Es el mismo dedo de Dios señalándonos durante unos instantes para que comprendamos que nada de nosotros quedará aquí, salvo un rosario de recuerdos y lágrimas entre aquellos que nos conocieron, trataron y acaso amaron.

No puedo evocar cuándo la conocí. Algún punto difuso a mediados de los ochenta, tan exultante de vida que cada una de las palabras que pronunciaba parecía una cascada de musicales acordes saliendo de su boca. ¿Cómo no enamorarse de ella? ¿Cómo no deslumbrarse ante la cegadora luz del sol en su cénit? Éramos jóvenes y pasamos juntos ese verano entero. Después, la misma casualidad que nos unió nos volvió a separar. Nuestra voluntad no es siempre más terca que la dirección de los acontecimientos, movidos desdeñosa y caprichosamente por alguien que puede más que nosotros. Pudo ser y no fue. Fue pero no pudo ser.

No me llamó, tampoco advertí por entonces lo mucho que anhelaba escuchar sus palabras al otro lado del auricular. Volví a saber de ella con brusquedad, en forma de una invitación de boda. Se casaba con un funcionario de una organización supranacional, de esas que se suponen que fueron creadas para evitar nuevas guerras sin impedir que nos matemos como siempre. No asistí. A cambio mantuvimos una prudente y correcta amistad durante años, sin volver a mencionar ni uno solo de los besos que rasgaron las tórridas madrugadas de aquel estío, como mudo testimonio de lo anclados que estaban, cada uno de ellos, en nuestros corazones. Un sepulcro lleno de vida a juzgar por el rítmico palpitar que se podía intuir bajo la piel.

Y llegó algo en lo que no gusta pensar. Me llamó una tarde de abril para decirme lacónicamente que se estaba muriendo. Sin artificios literarios, sin figuras retóricas… le quedaban pocas semanas porque tenía una enfermedad terminal. Uno de esos silenciosos asesinos que dan la cara de manera inocente para que la puñalada del Destino sea más dolorosa, más profunda y más cruel. Se marcharía, y nada podría evitarlo. A menudo uno se da de bruces con lo Absoluto para cerciorarse de lo frívola, pequeña, ruín y mezquina que es esa ficción que genéricamente se acepta denominándola “realidad”. Lo que no deja de ser sarcástico.

Es en esos momentos cuando puede comprobarse la materia que compone el espíritu de las personas. Ella ya había perdido a su marido pocos años antes, en un accidente de tráfico, como negro presagio. Mantuvo su modus vivendi inalterable mientras pudo. Trató su enfermedad con ese desprecio que nos sale tan natural a los que llevamos la soberbia grabada a fuego en los genes. La mataría, pero no toleró que la hiciera hincar de hinojos. Eso ya lo haría cuando compareciese ante El que Todo lo Sabe, según decía ella misma. Una mañana no se pudo levantar… para entrar en coma al atardecer. La misma tarde que besé su mano con el convencimiento de que sería el postrero que me arrebataría. Regresé a mi casa, dejé el móvil encendido temiendo la fatal llamada. Por contraste me vinieron a la memoria los luminosos días en los que tanto deseé que me llamase… y que partieron para no retornar. Me quedé dormido, traspasado por la pena, como los apóstoles que acompañaban a Jesús en el Huerto de los Olivos. Como aquellos, suscribiendo implícitamente la frase de que “el espíritu está presto, pero la Carne es débil”…


Tocaban el timbre con insistencia, lo que me sacó brutalmente del inquieto sueño al que había sucumbido. Tardé un par de segundos en percatarme de que estaba completamente a oscuras porque la noche ya había dejado caer majestuosamente su estrellado manto. A tientas, tropezando torpemente, alcancé la puerta y la abrí. Era ella. Estaba radiante, como si fuera a alguna elegante cena. Me impresionó.

- ¿Eres tú? Pero si estabas… ¿Y tu familia? ¿Qué haces aquí?

Me sonrió como únicamente ella sabía.

- ¿Así me recibes? Me encuentro mejor y he salido. Estaba sola y he venido a verte… Al menos podrías decirme que estoy guapa… aunque me mientas lo agradeceré – se acercó y me besó, como siempre hacía.
- Sí… claro, estás preciosa, pero… no entiendo nada… Esta misma tarde… y ahora…
- Sí, creo que me tomaré ese café que me estás ofreciendo – dijo riéndose, como quien está tomando el pelo a un amigo – y no olvides tu famoso té con leche… Vamos, no te quedes ahí como un pasmarote – palmeó las manos para despejar mi estupor – cualquiera diría que estás viendo un fantasma…

Y volvió a reírse, “siempre a cuestas con el humor negro”, pensé. Ese peculiar sentido del humor que nos dejaba solos desternillándonos mientras éramos blanco de reprobatorias miradas. Me dirigí a la cocina para atender su petición.

- No puedo quedarme mucho tiempo, ¿sabes? – me decía desde el salón - Pero no podía dejar de agradecerte ese beso que me has dado en la mano esta tarde. Ya has visto que ese no ha sido el último. Me ha gustado tanto que te he escrito algo… espero que te agrade, señor-exigente-con-tus-alumnos… recuerda que, en algo, yo fui tu maestra, así que sé indulgente y no me olvides nunca…

Me sonreí ante la alusión. Iba a coger una cuchara cuando advertí el parpadeo del móvil. Una llamada perdida y un mensaje. Al estar dormido no lo había escuchado. Metódico siempre, primero leer el mensaje y luego ver la llamada para devolverla, en su caso. Me informaban del fallecimiento de la mujer que estaba esperando en mi salón el café que preparaba. Se trataba de una broma o de un disparate.

Me acerqué con paso quedo al salón, llamándola por su nombre. No podía ser una alucinación, aún podía percibir su perfume. Nadie.

Salí lo más deprisa que pude para comprobar la noticia. Llegué a su casa. Ya estaba amortajada. La defunción se había producido al poco de irme de allí. No había sido una broma de mal gusto. ¿Entonces?

Entonces desanduve el camino hacia mi domicilio. Una salida tan precipitada que ni siquiera apagué las luces. Mezcla de esperanza y de temor irracional, estaba seguro de lo que había vivido. Franqueé el umbral de mi puerta y observé la estancia. Todo estaba como lo había dejado… Todo, salvo un folio cuidadosamente doblado sobre la mesa.

- ¡La carta! – exclamé, y la desplegué para leerla apresuradamente…

Y qué importa lo que me decía en ella... Eran cosas que ya sabía, algunas que pude recordar para no olvidarlas ya… y otras que hablaré tranquilamente con ella, cuando la Eternidad no sea más que un redondo e inmenso reloj sin saetas, como un ojo sin párpado, vigilante, expectante y vacío de tiempo...

jueves, 1 de abril de 2010

Reflexiones antes de la Eternidad (III)

Lo peor del combate es que no sabes nada de nada. Todo es confuso y equívoco. Apenas puedes distinguir tus hombres de los enemigos porque los uniformes se hallan cubiertos de polvo y sangre. Las órdenes son contradictorias, dictadas por políticos, por militares con oportunismo político, o por carniceros sin escrúpulos a cientos de kilómetros del frente. Es el propio instinto el que nos mantiene con vida. Cuando todo es un caos, la única bandera que se mantiene visible, para salvarte o condenarte, es la de sobrevivir como sea. Lucha hoy para vivir mañana. Lucha hoy para tener un mañana.

Recuerdo los primeros tiempos de mi vida en Madrid. Miembro de una aristocrática familia prusiana, mi padre estaba destinado en la Embajada Imperial de Alemania. Era un deslumbrante edificio del Paseo de la Castellana, cerca de la Cibeles. Uno de sus salones estaba presidido por un gran retrato del emperador Guillermo II. Puede que sean los recuerdos de la adolescencia, ellos hacen más refulgentes los objetos que han presenciado los bellos momentos que han quedado atrás. Eso explicaría que no se olvide el sabor del primer beso. El primer beso…

Ella se divertía con un jovencito, apenas hombre, que tenía 19 años. Su frivolidad era legendaria y seducir al hijo pequeño de un diplomático le debía parecer algo de lo más excitante. Una tarde, su coqueteo se sumó a mi galantería y dimos el siguiente paso… dejó su esencia en la boca de su inexperto amante… para siempre. Jamás pude desprenderme de las caricias de aquella mujer, nunca abandonaron mi piel. Todas las que vinieron después fueron un recordar permanentemente aquella primera vez. Su mirada diciéndome adiós iluminó las noches más oscuras y las jornadas más terribles. Como la de hoy. Simplemente se marchó de Madrid. Como ella misma era, de manera tan abrupta como imprevisible. No sabía qué negocios tenía con mi padre y con otro personal que entraba y salía de la Embajada. Mi madre suspiró con satisfacción cuando se enteró de su partida. Se fue y no la volví a ver más. Fue fusilada por espía. Desde entonces miré el enorme retrato del Káiser con antipatía.

Es espeluznante esta devastación. El humo de las bombas, la ceniza en suspensión y los fuegos por doquier apenas permiten ver que estamos en verano. Ayer llegamos a combatir cuerpo a cuerpo, más por desesperación ante la muerte que por heroísmo, intentando parar a toda costa la caballería de los T-34 soviéticos que tanto daño están haciendo en esta sección del frente, donde aguantamos la 137º división de infantería motorizada a sangre y fuego. El objetivo es resistir para luego embolsar las unidades de infantería que tenemos justo delante, hacia el este, y caer sobre Kursk desde el norte, completando la pinza desde Belgorod, en el sur. Por las noches, una inquietante luna nos testimonia lo lejos que estamos de nuestros sueños.

Después de la derrota y de la humillación que sufrió el imperio en la gran guerra tuve un hijo. Una madrileña de antigua ascendencia inglesa y buena posición me arrebató el entendimiento con sus grises ojos y nos encaprichamos mutuamente. Jugamos con la llama del amor y nos calcinamos en ella deliberadamente porque las dos familias no aprobaban nuestros devaneos… y como suele suceder, su oposición fortaleció nuestro empeño. Hasta que quedó encinta. Nunca me casé con ella y no reconocí el fruto de nuestra pasión. Hice mal. Un mal que no he enjugado, siquiera estando cerca de mi hijo. He intentado olvidar mis pecados en las turbulentas aguas de una vida disipada, saltando de cama en cama, finalizando cada relación que me impidiese seguir atentamente la evolución de mi hijo; alardeando con cinismo de un conocimiento sobre las cosas que, en realidad, he intentado rehusar. Hoy sé que el resentimiento que leo en sus ojos lo he procurado yo. He sido un caballero con todo el mundo, menos con las dos personas que tendría que haber cuidado más: la madre de mi hijo y él mismo. Quizás esté purgando mis faltas. Quizás haya estado buscando la manera de ajustarme las cuentas conmigo mismo.

“Usted, padre, no ha tenido arrestos para cuidar de su familia, la que usted fundó con mi señora madre; ni tampoco para defender sus Principios en la nación que le acogió cuando se lo debía sobradamente a ambas… Siendo un cuarentón, ¿cómo va a tenerlos ahora para combatir por su país? Pues sepa que su hijo, que soy yo, los tendré por los dos… mientras usted sigue calentito en el lecho de su penúltima querida.” Se me habían quedado grabadas indeleblemente en la memoria esas palabras. Cada una de ellas la sentí como una bofetada. Mi hijo ya era un hombre curtido, las guerras maduran a las personas a empellones y otorgan la licencia para hablar así a los padres si se lo merecen. Yo había sido como una presencia fantasmal para él. Estaba pero no estaba. Era el “señor” a quien el marido de su madre miraba con franco recelo y hostilidad. Era el “señor” con quien daba paseos por el Retiro algunos domingos por la mañana, en esas espectaculares mañanas de primavera que Madrid regala a todos los que quieran disfrutarlas. Era el “señor” que desaparecía durante largas temporadas y que al retornar daba un sobre bien grueso a su madre ante el incómodo silencio de un padrastro que no quería a ese niño. Era el “señor” elegante, de sonoro apellido germano e impecable acento castellano que iba siempre colgado del brazo de sucesivas mujeres, a cual más bella. Su padre era el “señor” que él nunca querría ser y que haría todo lo posible por no imitar. Si aquel no combatió, él sí lo hizo. Si aquel se vanagloriaba de su descreída, irónica y mordaz actitud ante la vida; él rendiría su vida, si fuese necesario, por defender hasta la postrera de sus creencias. Si aquel nunca pasó por el altar para jurar amor a una mujer, él sí que lo hará, hasta el final de sus días… si aquel, en definitiva, tuvo sólo un hijo por el que no se tomó mucho interés; él llegará a engendrar seis, de los que sobrevivirán cuatro, preocupándose por todas sus cuitas. Demasiado tiempo perdido creyendo que siempre habría un mañana redentor.

Una redención que llegaría tarde. Resulta que la opinión de mi hijo era lo que más valoraba después de todo. Bien relacionado gracias a mi familia paterna, conseguí que me enviaran al recién estrenado frente oriental con el grado de Hauptmann (capitán). Es curioso el patriotismo. Mi familia era liberal y denostaba todo lo que oliese o llevase el término “socialista” a cuestas. Hasta reían de buena gana los chistes acerca de que un cabo austriaco alcanzase la máxima dignidad en la nueva Alemania… hasta que tocaron a rebato para defender el Reich. Entonces comenzaron las veladas insinuaciones acerca de mi “postura” por vivir tan ricamente en España, que ya era mi hogar, y cerraron los ojos ante todo lo demás. Lo primero era Alemania. Y se alegraron cuando recurrí a ellos para ir a pelear contra los soviéticos. Los oficiales me hicieron muchas preguntas, pero la movilización en la que nos hallábamos allanó cualquier suspicacia. Al fin y al cabo era alemán de pura estirpe, además de católico: lo primero lo llevaba en mi sangre y no podía deshacerme de ello; lo segundo… lo segundo lo seguía sintiendo formalmente, pero no recuerdo en qué maldita esquina de mi vida había optado por conformarme con cruzarme de brazos ante el disparate que era la vida… O acaso sí, pero prefería no recordarlo.

No recordar. Cuántas cosas que uno quiere retener acaban bebiendo del río Leteo para dormir el dulce letargo del olvido, y cuántas más se adhieren a nuestra mente para martillearla incesantemente, para roerla con los remordimientos que la conciencia arroja sobre nosotros como aceite hirviendo. La guerra es lo más parecido al infierno que puede haber sobre la faz de la Tierra. Y Kursk es el infierno en el infierno. Pero hasta en el infierno puede encontrarse un ángel extraviado. Mis soldados hallaron a una chica, no tendría más de veinte años, desharrapada, perdida y asustada. Estaba embarazada y no le quedaban familiares, no tenía adonde ir, los bombardeos parecían perseguirla como se acosa a algo que está fuera de lugar en un escenario de pesadilla. La vieja disciplina prusiana sigue intacta, la cogieron y me la trajeron, mis soldados tenían miedo de que fuera una espía. Muy mal tenía que andar el enemigo si tenía que valerse de informadoras en estado de gravidez y por ello dolorosamente frágiles. La vida parece burlarse a menudo del Hombre con guiños como ese, pero no es así: es una total y absoluta afirmación, un rotundo manifiesto, una promesa que se nos hace, porque, después de todo, sí habrá un mañana… aunque no lleguemos a ver su amanecer.

Tenía unos ojos grises enrojecidos por llanto de días. Estaba cansada y hambrienta. Un auténtico milagro que se aguante tanto… y mucho más, si se está rodeado del amor de una madre, flotando en ese amable limbo donde suena la rima del latido de un corazón que da la vida. Le di mi ración gustosamente que devoró con ansia. Tenía la intención de que se la llevara el primer oficial de enlace que nos pasase cerca y la condujese a retaguardia para que la pudiera ver algún médico. Para sacarla del infierno. En ello estaba pensando cuando la aviación soviética, con sus “Sturmovik”, ha empezado a acribillarnos…

Los pilotos rusos evitaban tener la luz de la luna a sus espaldas para no convertirse en un blanco fácil. Los centinelas habían escuchado los motores pero se confiaron en que pasarían de largo amparados en la penumbra. El tableteo de sus ametralladoras les sacó del error. Demasiado tarde. Estaban recibiendo fuego por todas partes. El capitán ordenó que se desplegasen y se pusieran a cubierto porque tras los “Sturmovik”, vendrían los fusileros de Rokossovsky para romper ese sector de frente y sorprender por detrás, si tenían éxito en su enésima intentona, a los blindados que dirigía el mariscal de campo Walther Model. El caos era total y las pasadas que hacía la aviación enemiga se antojaban interminables. Luego el silencio. Luego los gritos. Los soviéticos se habían lanzado al ataque. El capitán, pistola en mano, ordenaba la disposición de sus subordinados para resistir la acometida… entonces la vió. Despuntaba el alba y contempló como el pánico la hacía correr hacia una cota en la que no debería haberse fijado porque tras ella aguardaban pacientemente los francotiradores enemigos. La llamó y reparó en que ni siquiera le había dado tiempo a preguntarle su nombre. Corrió con todas sus fuerzas para salvarla mientras un teniente le rogaba que desistiese y que la dejase ir. Advirtió con horror como un combatiente soviético le salió al paso y la interceptó.

No lo pensó, apuntó y disparó. Sabía que el fogonazo de la pistola delataría su posición, pero tenía que darle esa oportunidad a la joven. El soldado se desplomó, la mujer se volvió y titubeó mientras miraba al capitán que le hacía señas para que cambiase de dirección. Le entendió.

Pudo ver que le comprendió porque advirtió cómo la mujer se llevaba las manos a la boca, no sabía el porqué, para empezar a correr nuevamente hacia un área más despejada. Inmediatamente sintió un húmedo calor resbalando por su rostro y que las piernas no le sostenían ya.

¿Por qué había tanta luz si apenas clareaba el día? Una luz como la de esos ojos grises, tan acuosos. Como la de los ojos que le enamoraron un día para concebir una nueva vida…

viernes, 11 de diciembre de 2009

Apocalíptica - El crimen de la calle Canarias (Capítulo I)

Es como una copa del más puro y frágil cristal. Hasta hace muy poco el ser humano convivía con la idea de la muerte, con la certeza de que podía sorprenderle en cualquier traspié del azar. Un accidente con alguna herramienta, una infeliz saeta en batalla, un alimento tóxico, un mal parto o una invernal madrugada desarropada y se acabó. Llegar a viejo era un lujo y los que lo hacían eran admirados hasta la veneración: un tesoro vivo de experiencia y conocimientos. Ahora cualquiera que tenga un poco de suerte puede alcanzar avanzada edad… y el respeto reverencial se ha perdido, acaso como fruto de ser lo habitual. Tan usual como para no pensar en ello. La muerte se asoma a nuestras vidas para aterrarnos, pero sólo esporádicamente porque siempre es otro el que se va sin alforjas. Y cuando le toca a uno… ya no puede informar a los que se quedaron, salvo en excepciones que la altanera ciencia no es capaz de explicar, siquiera de estudiar, quizás por ese miedo cerval a la última frontera. La que es infranqueable estando vivo, únicamente muerto y para no regresar.

A la inspectora Pereda no le gustan los maniquíes, y rehuye los escaparates porque aquellos le recuerdan los asesinatos que ha tenido que investigar. Esa quietud, ese rechazo al contemplar un pecho estático sin ritmo alguno de respiración, ni trepidar de corazón, como algo apartado de la lógica más cabal. Pero esa es la característica de los difuntos: su inquietante semejanza con un muñeco, lejos del aliento de la vida. Lejos el alma que sintió, padeció, gozó en esa carne. El anagrama sincopado “caro data vermibus” (N. del A. “carne dada a los gusanos”), del que procede el término “cadáver” según aprendió cuando hacía el bachillerato, era un macabro juego de sílabas. Significaba que esa carcasa física que había pasado por este mundo terminaría siendo alimento de un pequeño invertebrado, sin mayor consideración ni análisis. Sólo se puede estar seguro de que hoy se vive, pero el mañana no es más que una quebradiza y endeble promesa tras la que se puede esconder un oblongo cajón forrado de tafetán o satén. Al gusto… es mera presunción.

El crimen. ¿Qué empuja a una persona a acabar con la vida de la otra? ¿A desear y consumar para otro lo que le horroriza para sí? Pereda no tenía una fe a toda prueba precisamente por todo lo que había tenido que ver a lo largo de los años que llevaba de servicio como policía. Esa crueldad irracional y salvaje. Bastaba un segundo para segar una existencia y condenar la otra... Sí, también había conocido psicópatas que estaban al margen de la acción de la ley y de los remordimientos de su conciencia, pero esos individuos no eran los más abundantes, y hay muchas formas de consumirse en los infiernos. Luego estaba la pérdida de su marido, hacía relativamente poco, aunque para ella el dolor era tan insoportable como si lo hubiese sufrido el día anterior. Viuda y con dos hijos en el preámbulo de la difícil adolescencia. ¿Dios? Sí, en algún sitio, pero mirando hacia otro lado, impasible ante el clamor que el padecimiento humano elevaba a lo Alto. Impasible ante tanto Caín suelto…

A menudo se despertaba de madrugada, alargaba el brazo hacia el otro lado de la cama, para cerciorarse de que el cáncer fulminante que lo enterró había sido una agobiante pesadilla… pero no. La enfermedad se lo llevó dejándola en una interminable noche sin luna, en la que el sol no es más que un recuerdo de lejanos y felices días al borde de la mar. Se reincorporó al servicio presionando a su psiquiatra, que consideraba que la depresión no es buena amiga cuando se tratan armas y delincuentes. Sólo buscaba un motivo para levantarse cada día, en aquellas semanas los niños estuvieron con sus abuelos… y ella a solas, andando a gatas por el fondo de sus lágrimas, dialogando con la oscuridad por si su esposo aún anduviese por la casa, tan desolada como un cascarón desvencijado. Tan desolada como ella misma.

“Hombre, blanco, de 53 años, vendedor de libros en un puesto de la Cuesta de Moyano, domiciliado en la calle de Canarias de Madrid. Hallado muerto con visibles muestras de violencia que hacen pensar en un crimen, a la espera de los resultados de la autopsia”… A veces leía sus informes y se preguntaba la razón de que le pareciesen tan estúpidos. Aparece un desdichado atado a su cama, castrado, eviscerado, con la cabeza machacada y todavía había que esperar a la necropsia. Cosas del Procedimiento. Y no tenían nada de nada, ninguna pista a excepción de un testigo aficionado a pasear su perro bajo la lluvia mientras cotillea quien entra y sale y con quien se entra y se sale. “Este trabajo sería imposible sin ellos”, pensaba mientras apuraba un pitillo en el portal y los compañeros hacían su labor arriba junto al juez. También estaba el elegante caballero que había venido antes, el ex-militar a quien había tomado el pelo llamándole “007” porque se había identificado con la acreditación de una organización dedicada a la “inteligencia”… aunque tenía claro que se había callado algo, lo cierto es que le había llamado la atención, y eso era más de lo que podía decir de los hombres con los que se había topado desde que salió parcialmente de su “duelo”. Sabía que nunca lo abandonaría del todo. Hay costurones que no se cierran jamás, igual que un miembro amputado no vuelve a crecer. Entonces, ¿qué podría reemplazar al hombre de su vida, con el que había concebido a sus dos maravillosos hijos? La respuesta era “nadie”…

Vio pasar el cajón plateado de los servicios judiciales, las gotas de la lluvia se estrellaban una tras otra, como si no resignasen a la pérdida, como si pretendiesen despertar al finado con su repiqueteo y devolverle el aliento arrancado. Pero ello sería imposible. La tierra no volvería a escuchar sus pasos, ni sus palabras, ni habría más amaneceres para él. Se acabó. Para siempre.

Habló de formalidades legales con el juez y dio las instrucciones a sus subordinados. Antes de que precintasen el lugar de los hechos, sintió el impulso de volver a inspeccionarlo: su intuición no le fallaba y estaba más a gusto sin la presencia del cuerpo de la víctima, cuyo silencio atronador le impedía concentrarse en otros detalles.

El contraste. La escena de un crimen siempre presenta cierto grado de desorden. Este no. Salvo el dormitorio, todo estaba extrañamente limpio; si en una casa eso es lo normal (también en mayor o menor grado, según el carácter de sus moradores), allí era llamativo. No confiaba en hallar algo que se le hubiera pasado a la gente de su equipo, sino encontrar “algo” que estuviese relacionado, tangencialmente, de momento tenía esa frase, “écrasez l’infâme” escrita en la pared por el presunto asesino, con la sangre del asesinado. La caligrafía pierde sus particularidades personales en trazos grandes, pero era curioso que la frase la tuviera impecable, de escribiente antiguo, con sus líneas, tildes y adornos, como si el que la hubiera plasmado no se permitiese salir de los cánones ni siquiera en medio de un crimen.

Se disponía a marcharse cuando un gran estruendo quebró la quietud del piso. Un libro se había caído de una estantería al suelo, quedando abierto por donde tenía una señal. Era un Evangelio Apócrifo en latín, el de Bartolomé, tenía subrayada una parte, “Vae mihi, quia per mulierem multos decepi et ego ipse a virgine deceptus sum et catenis igneis vinctus et religatus sum per filius virginis et male ardeo! O virginitas quae semper contraria! Adhuc septem millia annis non venerunt et quomodo gannatus sum ut ea confiterer quae dixi?”, que anotó lamentando no haber sido más aplicada con el latín. La casualidad ha sido fecunda aliada del Hombre y ella no iba a permanecer impasible ante lo que podría ser un guiño de la Providencia. Era posible que le fuera útil. Sopesó llamar al caballero que había conocido por la tarde con ese pretexto, pero desechó la idea: hombres “así” no suelen estar “disponibles”. Se avergonzó de que la frivolidad le distrajese de su trabajo. Llamó a sus padres para preguntar si se portaban bien los niños. Ya estaban acostumbrados a pernoctar en casa de los abuelos, pero no toleraba que su labor, estando de servicio, le hurtase una simple llamada de móvil. Luego fue a malcenar algo, se pasaría por su despacho y mientras cavilaría sobre el caso. Bajo la lluvia. Le encanta la fresca humedad del agua, el olor a tierra mojada que le recuerda la fragante piel de su esposo cuando hacían el amor, lo que añora sentir la vitalidad de su hombría colmando con su amor hasta el último rincón de sus entrañas. Tenía la sensación de que iba a ser una noche larga…

La inspectora Pereda tiene en mucha estima a su instinto. Hay cosas que el entendimiento no entiende pero que son accesibles desde la intuición cuando se renuncia a conocer su naturaleza, sólo aprehenderlas si no es posible “aprenderlas”. Le parece hilarante la soberbia del Hombre, que toma las interrogantes del Universo como desafíos que hay que despejar por fuerza cuando puede que nos esté vedado por alguna razón que se nos escapa. No todos pueden todo, ni todo está ahí para explicarlo. Porque puede que sea peligroso.

Había estado buscando en Internet la frasecita. Se atribuía a Voltaire, un poco obsesivo el personaje, que encabezaba sus cartas con ella. Si estuviese vivo le visitaría para interrogarle, pero tenía coartada: murió en 1778. Obsesión… sí, lo que la “Enciclopedia” tuvo hacia el Cristianismo. Los d’Alembert, Diderot, Rousseau, Condillac, Turgot, entre otros, que hicieron de la Fe blanco de sus invectivas por contemplarla como un escollo que el progreso de la Humanidad tendría que sortear. “Progreso”. Ella sí que da fe, por constarle, de un “progreso” incontestable: el de la crueldad, el de un absoluto desprecio por la vida, del que no se salvaban niños, ancianos o embarazadas. Estas últimas le suponían dolor añadido por haber sido madre y porque no podía aceptar que el vientre de una mujer pudiera llegar a ser féretro de carne. Realmente una de las razones que le llevó a la Policía fue la de combatir el delito bajo cualquier envoltorio. Tanto le conmovieron las circunstancias del horroroso asesinato de Sharon Tate que no lo dudó aunque sucediese antes de que naciera: ella sería policía, porque tenía que haber un contrapeso para tanto espanto, para tanto dolor, para tanta injusticia, para tanta sangre. Incluso a costa de la suya.

A esas horas ya debería de estar a punto de acabar la autopsia. Se dirigió al Instituto Anatómico-Forense para recoger el informe y echarle un vistazo, aunque eso podían hacerlo por correo electrónico. Ella quería hablar con el facultativo a pesar de la furiosa tormenta que estaba descargando sobre Madrid. Hay cosas que sólo se pueden ver en los ojos de las personas y no en un frío documento membretado con formato din-a-4. Le franquearon el paso hasta llegar a la sala, donde el médico estaba despidiendo a los auxiliares. Le conocía desde hacía años, una persona íntegra, doctor vocacional que se quitaría la vida antes que violar su juramento hipocrático. Debía de andar cerca de los sesenta, pero aparentaba más, siempre parapetado tras los cristales de sus gafas. Después de los saludos de rigor, Pereda dio por acabado el cuartel.

- ¿Algo que nos pueda ayudar en la investigación?
- No – contestó mientras se secaba las manos - Nada que no se te haya escapado. La precisión de las incisiones indica un grado de conocimientos anatómicos que está por encima de cualquier persona. Sin duda es alguien que si no es médico poco le falta. Aunque suene a humor macabro tengo que decir que el desgraciado ya venía con media necropsia hecha. No creo que los estudios microscópicos y los demás análisis arrojen luz a este “sindiós”…
- ¿Por qué usas esa palabra?
- Porque no veo a Dios en nada de esto, por mucho que digan que está en todos lados.
- Ya – añadió Pereda con indiferencia - ¿Cuál fue la causa de la muerte?
- Te parecen pocas… – señaló el cuerpo tendido en la mesa – Ya sé que te refieres a la principal, era por seguir con el humor negro… Si no fuera gracias a eso, creo que nos volveríamos locos con lo que tenemos que ver… En fin, fue la herida inciso-contusa; vamos, el golpe en la cabeza, región occipital, la causa de la defunción. ¿No tenéis el arma del crimen?
- No. No tenemos nada más que…
- ¿Qué? – la miró por encima de sus gafas, que tenía en la punta de su nariz – Porque es imposible que acarreasen el madero sin que nadie lo viese o sintiese.
- ¿Cómo? ¿Un madero dices?
- Sí, un madero pero no como vosotros – ella le censuró con los ojos – Vale, dejamos los juegos de palabras también… Mira – sacó unas fotografías de un cajón – esto es un cráneo abierto por un bate de béisbol… este lo ha sido por un palo normal y corriente. Este grado de lesiones – se acercó a lo que quedaba de la cabeza – sólo puede haber sido posible con un madero… y alguien con una fuerza extraordinaria para manejarlo. He encontrado esquirlas de “Cupressus sempervirens”, “ciprés” para los amigos, por lo que el arma tiene que presentar rastros del impacto. La víctima se hallaba tumbada, en decúbito supino, cuando lo recibió…
- Eso es imposible, – Pereda le interrumpió - no pudo haber espacio para la trayectoria del impacto, estaba el cabecero de la cama y la pared. Cuando se golpea, el objeto contundente describe un arco hasta la superficie del blanco, arco que le sirve para “armarse” cogiendo potencia… Lo recibió estando acostado sobre la cama, todo lo que lo rodea da testimonio de ello, pero…
- Podía tener la cabeza ladeada, ¿era grande el dormitorio?
- ¿Qué envergadura tendría ese “madero”?
- Vaya, nos sale la vena gallega, ¿eh?... – la policía volvió a fulminarle con la mirada – Bien, entendido, tampoco se aceptan chascarrillos sobre tópicos regionales… Es complicado aventurarlo, un poco más de dos metros de longitud, unos 90 kilos, en torno a veinte centímetros de diámetro, esto sí te lo puedo asegurar a ciencia cierta.
- No puede ser. O te equivocas, o esto es un disparate sin pies, ni cabeza… y no hagas chistes sobre “cabezas”, que te veo venir.
- Que los Cielos me libren, doña Seriedad en persona. Lo peor es que eso no es todo. Estaba drogado con una sustancia que no he logrado identificar… un estimulante sexual presumo, aunque no le veo sentido aparente a la castración…
- ¿Una droga sintética?
- No, de sintética nada, pero nunca la había visto. Todo lo he puesto en el informe preliminar, hasta lo de las “garras”…

La sorpresa se dibujó en el semblante de la inspectora, en su versión mayúscula. Percatándose el forense, continuó…

- En la piel de las piernas y de los brazos hay marcas de “garras”. Y en las cavidades interiores. O bien el asesino que buscas tiene un peculiar sentido del humor y del despiste, o estás buscando algo que no pertenece al género humano.
- ¿Qué me estás contando? – negó con la cabeza – Esto es un homicidio, no una película de terror de serie “B”.
- Un homicidio es motivo de terror, ¿no te parece?, además hay películas muy buenas de ese tipo, no seas despectiva… por cierto, a ti te gustaba la literatura de Poe, ¿me equivoco?
- Sí, pero no capto lo que tiene que ver…
- En “Los crímenes de la calle Morgue” el asesino es un primate. Narra unos hechos anclados en lo verosímil por exclusión de lo sobrenatural pero…
- Tus “peros” son más reveladores que tus premisas, dispara…
- Pues que supongo que puedo decir que ninguno de los dos descarta acontecimientos sobrenaturales, a tenor de los sucesos que a veces hemos presenciado o comprobado por sus consecuencias… Ten cuidado inspectora, no estás ante un asesinato vulgar y corriente, porque hay un último detalle que te va a encantar…
- Me revienta la “originalidad” en este trabajo, a ver, sorpréndeme.
- La víctima tenía escrito algo en la espalda. Lo hicieron con un cuchillo muy afilado. Era normal que no lo vieséis, con tanta sangre yo tampoco lo he visto claramente hasta que lo he limpiado…
- ¿Qué es? – le preguntó con ansiedad - ¿qué dice?
- “Ap. 523”.
- “Ap. 523”… puede ser un apartado de correos. Pero ¿de donde?....
- Difiero agente. Algo me dice que no es “ap” de “apartado”, sino “Ap” de “Apocalipsis”, señalando específicamente un capítulo y unos versículos…
- ¿Cuál es su contenido?

El interminable coro de gotas de lluvia alzaba su monótono cántico en medio de la madrugada. El médico, serenamente, se guardó las gafas en el estuche, enfiló la puerta de la sala mientras cogía suavemente del codo a la inspectora, echó la llave tras ellos, suspiró y repuso…

- Eso te lo dejo a ti. A mi no me dice nada, pero a tu sagacidad seguro que sí. Toma esta tarjeta, es de un profesor, puede que te ayude con cosas de libros, autores, citas y otros acertijos. Jugamos al ajedrez por correo electrónico, sólo le he ganado una vez, el muy desconsiderado. Insisto en que mires por donde caminas. He visto demasiados cadáveres para saber sobradamente que este no es uno más. Cuídate...

La inspectora Pereda regresó lo más rápido que pudo a su despacho. Pidió un ejemplar de la Biblia y se zambulló en las líneas del “Apocalipsis”. El capítulo referido era el quinto, ese libro sólo contiene 22. Versículos dos y tres, este capítulo llega hasta el catorce, quedando descartado que se tratase de un eventual versículo “23”… y leyó, en voz alta para intentar comprender mejor el contenido:

“Vi un ángel poderoso que exclamaba con voz potente: ¿Quién es digno de abrir el libro y de romper los sellos? Y nadie, ni en el Cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra podía abrir el libro y leerlo.”

Lo repitió una y otra vez, pero a excepción de la profesión del asesinado, no extraía conclusión alguna… salvo que hubiera un libro por medio.

Una de las prerrogativas que tienen los superiores en una cadena de mando es que pueden prescindir de llamar a las puertas de los despachos de sus subordinados. Es como si la educación más elemental prescribiese. Están capacitados para hablarte aunque estés en medio de una conversación telefónica o para reclamarte mientras realizas otras tareas, que nunca serán tan importantes como acudir a su llamada.

Era Laredo. Su superior. Un policía de cincuenta y pocos años, bien relacionado y mejor casado, que disponía de amistades entre los políticos de la izquierda. Pese a la irrupción estaba particularmente de buenas, se sentó al otro lado de la mesa, frente a Pereda; le preguntó por los niños; qué buena es la familia; vaya tiempo de perros pero hace falta el agua; sí, además que sí; qué cosas tiene el “cambio climático”, ¿verdad?; “sí, es muy extraño que llueva en noviembre sobre Madrid”, replicó con aire zumbón la inspectora; “menudo pastel el de esta tarde…”

- Quizás es por eso por lo que estás leyendo el “Nuevo Testamento”…
- No, exactamente, pero todo puede tener relación aunque no la percibamos conscientemente.
- Precisamente de ello quería hablarte, ¿te apetece un café? – hizo una seña a través de la ventana del despacho para que se lo trajesen – cada vez soy más entusiasta del “agua sucia”…
- No, gracias, es muy amable. – respondió sin perder la inexpresividad de su rostro – Dígame, pues…
- Caray, un crimen terrible. Pobre hombre. Hoy es arriesgado meterse en la cama con según quien. En fin, he estado leyendo lo que nos has traído, que hay que tener ganas para recogerlo personalmente habiendo faxes y correos electrónicos y… bueno, también he hablado con los mandamases y se ha decidido que la investigación van a acometerla otros.
- ¿Otros? – inquirió Pereda – Es muy irregular, se sale del Protocolo. ¿Por qué nos relevan? ¿Quiénes son esos “otros”?
- Eso no nos incumbe… y es mejor así. Es un caso muy extraño, se sale de lo que ordinariamente manejamos. Tampoco usaría la palabra “relevar”, suena muy tajante. Yo hablaría de “ceder”… Sí, “cedemos voluntariamente” la investigación a “instancias” más “cualificadas”.
- ¿Está insinuando que nosotros no somos competentes?
- No, claro que no. Tanto tú como tu gente sois unos “máquinas”, bueno excepto el que se ha puesto malo al ver el pastel – se carcajeó – hay que ver…
- El agente López es un policía intachable y a lo largo de estos años le he visto arriesgar su vida por compañeros y ciudadanos que se hallaban en situación de riesgo. Respecto al “pastel” le puedo decir que no era de gusto. Por mucho que vea las fotografías no se puede hacer una idea, ni siquiera aproximada. En ellas no se puede oler nada, por ejemplo. Un distanciamiento muy aséptico.
- No, no me malinterpretes – titubeó Laredo mientras pensaba que la inspectora debería tener el periodo, y que si no obedecía por las buenas, lo haría por las malas – Cualquiera se puede poner indispuesto… Créeme, lo comprendo… y yo quiero que tú comprendas que las órdenes están para acatarlas. No dudo de vuestra capacidad, pero se me ha ordenado que no sigáis adelante. ¿El porqué? No es asunto vuestro y yo no voy a preguntarlo. Es lo que hay y punto… - Apuró la taza - Hmmm, muy bueno el café. Siempre es un placer cambiar impresiones contigo, Pereda, si necesitas algo estaré en mi despacho, y si no, llámame al móvil…

Se levantó y salió. “Llámame al móvil”. Se acordó de la nota que le había dado el forense. Marcó el móvil, no esperó que fueran a descolgar, dejó un mensaje en el buzón de voz disculpándose por la hora en que telefoneaba y previniéndole de que iba a visitarle por la mañana, al lugar donde imparte sus clases, para consultarle unas cosas…

La novela continúa en http://www.lulu.com/spotlight/NevernetLancaster, formando parte de "Cuentos y Romancines", disponible como ebook o como soporte impreso.

lunes, 5 de octubre de 2009

Apocalíptica - La Música (Capítulo I)

París, brumario del año 2 (octubre de 1793)

El sol irradiaba los últimos rayos de ese día, creando alargadas sombras en el interior del despacho. Las nubes vestían de novia la bóveda celeste, no del virginal blanco, sino con espectaculares crestas rosas, violetas y azules en una gama que parecía sacada de la paleta de un pintor que hubiese perdido todo freno racional para dar rienda suelta a su creatividad. El viento golpeaba los cristales haciéndolos crujir en cada embestida, como si se hallase enojado por haber quedado al margen de la reunión.

- Y bien, maestro Wolcker, ¿qué opinión le merece nuestra oferta?

El músico retornó su azul mirada a la persona que le interrogaba. Un caballero elegante con la altanería que suelen tener aquellos que se saben protegidos por los poderosos. Tan protegido como para lucir una casaca lujosa sin ser acusado de contrarrevolucionario.

- El maestro Mozart, que en Paz descanse, nunca me habló nada de esto. Ni siquiera mencionó que perteneciera a una de sus sociedades. Menos aún en sus misivas, nada. Y yo no creo que esté a la altura de él como para proseguir esa partitura, que por cierto, presenta un gran deterioro. De los dos, él era el maestro y yo poco más que un pupilo aventajado. De mi nadie se acordará dentro de un siglo. Él lo será siempre.

El atildado caballero le interrumpió con impaciencia mientras se levantaba del asiento.

- No acudiríamos a su talento si estuviese vivo, maestro, y siendo extranjero debería mostrarse tan agradecido como permeable a nuestro generoso ofrecimiento. Si es por dinero, se podría buscar la posibilidad de incrementarlo…

Wolcker escrutaba los parsimoniosos gestos de quien estaba amenazándole veladamente. En realidad, parecía que se estaba escuchando a sí mismo, recreándose en cada término, mientras paseaba de un lado a otro del cuarto. Se llamaba Jacques Bignan, de unos cincuenta y pico años, amigo personal del sanguinario amo revolucionario que era Robespierre. A un extremo de la mesa se sentaba un caballero más joven, muy alto, vestido de oscuro y sin peluca, según los cánones de la nueva moda. Le había presentado como Lucien Chevrèmauvais sin más reseña de cargo o dignidad, pero tanto tiempo sometido al mecenazgo le había conferido una intuición muy sutil y pocos detalles se le pasaban. No había dicho una sola palabra pero intercambiaba miradas de inteligencia con Bignan, por lo que interpretó que Chevrèmauvais era quién realmente mandaba, tanto que un gesto era suficiente para admitir o rehusar.

- ¿Y bien, maestro Wolcker?... ¿me estaba escuchando?

Sorprendido por la pregunta, mintió.

- Si, sí, señor. Creo que aceptaré, tomaré como un halago el que se hayan dirigido a mí, a pesar de que esto excede mis méritos. Por otra parte, el hecho de que yo no sea miembro de la Logia puede perjudicar la terminación de la obra, no es un tema de dinero, aunque todo París es presa del hambre... – advirtió las miradas de reprobación y rectificó - quiero decir, por culpa de los reaccionarios...
- Sea comedido, si París y aun Francia sufren estrecheces se debe al cerco que sufre nuestra revolución a causa de los enemigos del pueblo, y esta gestión no es ajena a su supervivencia.
- Claro, claro, es lo que iba a añadir... refiriéndome al “altruista y patriótico fervor revolucionario” que estremece a toda la ciudadanía. Resumiendo, es preciso que pueda acceder a la Clave Pitagórica de la música de las esferas celestiales que empleó el maestro Mozart para componerla, como me dicen, suponiendo que la tengan… o que exista.

Bignan miró a su silencioso compañero. Sin prestarle atención, Chevrèmauvais repuso:

- Debes creer que existe, ciudadano. Pero esa clave es inútil sin talento como no sirven de nada las extremidades si no se sabe bailar. Claro que tenemos hermanos músicos, grandes intérpretes sin duda, pero precisamos de “algo” más, algo que no tenemos a nuestra disposición en la Fraternidad. Ese “algo” es inspiración creadora. Tu escepticismo es disculpable, la amistad que te unía al maestro Mozart es suficiente aval, incluso albergamos la esperanza de que acabes uniéndote a nosotros. Tu aptitud musical merece que te intentemos atraer. No hay inconveniente en tu petición, siempre que trabajes en las dependencias de la sociedad. Tienes que entrar y salir sin traer o llevarte nada. Entiende nuestros recelos, no tanto por tu hipotética deslealtad sino porque pueden extraviarse, o ser destruidas, como la inconclusa partitura, que ya ha padecido bastante, como bien señalas. París dista de ser un lugar seguro y sabemos que otras “entidades” están infiltradas por espías y agentes extranjeros, conspirando contra la ciudadanía. Es más, sugiero que te vengas a vivir a nuestra sede hasta la culminación del trabajo, no te lo restaremos de sus emolumentos. Serás nuestro huésped.


Wolcker disimuló el respingo que le causó la idea, mayor por la sonrisa y la mirada oscura que destellaba en el rostro de Lucien. Intentando zafarse de la invitación, acertó a decir...

- El problema es que no me quiero separar de Marie, es posible que esté encinta y no quiero dejarla sola...
- ¡Qué bonito es el amor!, ¿no te parece, ciudadano Jacques?... Más a favor de la propuesta, que se venga ella también... ya no admito una negativa por respuesta, el compositor sin su musa no es nada, ¿verdad? No conocíamos la magnífica noticia, pero que sea enhorabuena. El primogénito, o primogénita, bien merece un brindis; que sea doble para celebrar también nuestra avenencia. Vamos, Jacques, saca ese Borgoña que tienes escondido...

El maestro Wolcker se sintió entrampado y no advirtió el estupor en la faz del anfitrión, que sumisamente y sin replicar se dirigió a servir el vino.

Marie no estaba embarazada. Fue lo primero que se le ocurrió al músico para salir del paso, sin resultado. Se sentía prisionero en esa sucia ciudad, en la que todo debía decirse con un “ciudadano” o “ciudadana” por delante, pero conseguir un salvoconducto era misión ardua y arriesgada porque las trabas burocráticas se sumaban a las exhustivas pesquisas que hacían los funcionarios policiales, con tan poca cultura como educación. Esa reclusión, así la sentía por muy hospitalaria que la hicieran parecer, le parecía repulsiva, pero no tenían qué comer. París era una ciudad quebrantada por el hambre y la miseria, mal abastecida, peor administrada, donde lo único que se gestionaba disciplinada e incansablemente eran las guillotinas, repartidas por las plazas donde una muchedumbre sádica, apestosa, espantosa y ociosa gritaba e imprecaba a los ajusticiados. La sangre derramada llegaba a formar grandes charcos por el frenético ritmo de las ejecuciones, hasta el punto de que algunas requerían los servicios permanentes de un afilador, como una carnicería desbocada, como una salvaje orgía de sangre en la que los comensales fueran insaciables. Ebrios no sólo por el vino picado que servían las sucias tabernas, los rojos gorros frigios abundaban por doquier sobre cabezas de patanes vocingleros, más para retener sus piojos que por abrigar cerebros, ya que costaba vislumbrar alguna muestra de inteligencia entre sus portadores.

Parecía que todo había sido dispuesto con anterioridad. En menos de un día, Johann Wolcker y su esposa Marie se vieron trasladados a la nueva residencia con los enseres y demás equipaje que precisaban, que no era gran cosa porque llevaban casados poco tiempo y la pobreza se había instalado con ellos. Al músico le llamaba vivamente la atención el desgaste que presentaba la partitura que le habían encargado proseguir. Más que estar datada en 1787, parecía anterior en medio siglo, o más. Y la melodía... era algo tan maravilloso como aterrador. No era una “fuga”, aunque tuviese pinceladas de ello. Tampoco se podría decir que fuese contemporánea del gran maestro al que adjudicaban la autoría, porque las partes vocales, solemnes, rotundas, sobrecogedoras, recordaban los madrigales del XVI. No cabía etiquetarla de ninguna manera porque era inconcebible que se hubiera llegado a escuchar algo parecido. Otro detalle es que la caligrafía, ni el estilo, se parecían en absoluto a los que había visto brillar en Mozart. Porque su música era resplandeciente.

Además se interrumpía súbitamente, más que inconclusa podía inferirse que faltaba el resto, el manuscrito no tenía una sola corrección o acotación marginal como las obras inacabadas. Y estaba sin firmar por él; añadiendo eso a que no poseía la menor referencia o noticia sobre la existencia de esa obra, la sospecha hizo presa en su entendimiento: era una impostura. Quedaba averiguar el propósito del montaje, importante teniendo en cuenta la suma que le habían ofrecido. Peligroso precisamente por ello. Si habían llevado al patíbulo a un monarca inocente, que no serían capaces de hacer con un don nadie que únicamente sabía componer.



Barreda, septiembre de 1542

- Maldita sea, Inés, es un buen matrimonio. Nuestra familia no tiene nada más que un apellido, y con eso no se come. Atiéndeme y transige. Estás en una edad en la que ya no van a salir peticiones así, superando los 25 que ya has cumplido, y yo no voy a vivir para siempre, cercado por achaques y dolores que me matan.
- No digáis eso, padre, que las desgracias ya vienen sin que se las mencione. No quiero contrariaros, pero hace menos de un año que murió Hernando y... yo aún le quiero y no sé como vivir con esta ausencia suya que me rompe el alma.
- Otro que tal. ¿Quién le dió vela en la Tunicia?, ¿el rey nuestro señor, el emperador don Carlos? No. Fue a conseguir una gloria que no tenía para compensar el oro que tampoco poseía. Lo único que logró fue una cuarta de tierra encima de su cadáver por cortesía de Barbarroja, que los Infiernos se lleven...

La muchacha se llevó las manos al rostro y comenzó a llorar en silencio. Los tirabuzones del cabello se movían al compás de sus sollozos, mientras que su padre no sabía como consolarla, con la mirada perdida en el paisaje crepuscular que se divisaba más allá de la ventana. Intentando recomponer el diálogo en un tono más sereno, se levantó de la austera silla de caderas y se acercó a su hija que seguía sumida en el llanto. Acariciándole el oscuro y rizado cabello, casi en un susurro, le exhortó...

- Inés, hija mía, que el diablo me lleve con él si quiero algún mal para tí. Tu madre falleció, tus hermanos se han marchado, seguramente para siempre porque la sangre no es tan poderosa como la necesidad. Enrique pasó a las Indias, con Felipe, y Alfonso matrimonió con una dama flamenca. Muchas noches en blanco me preguntó por ellos, y hallo la respuesta en los Evangelios, “por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se juntará a su mujer”. Así que no he de quejarme por ello, pero me llena de temor lo que pueda aguardarte cuando yo falte, por eso quiero dejarte recogida y bien casada. El pobre Hernando se llevó tu honra junto a su promesa de matrimonio, que estoy seguro que hubiera cumplido, pero está muerto y eso ya no tiene enmienda, que el Señor le tenga en su Gloria. Hay que cuidarse de los vivos porque los muertos ya están cuidados. Está decidido, como la fecha. Don Lázaro es acaudalado caballero, ha hecho una fortuna y desea un enlace que limpie su ascendencia marrana. Poco sacrificio a cambio de tu bienestar... podrías seguir tañendo tu querida vihuela y hasta puede que el amor venga con los hijos, ¿quién sabe?...

Inés levantó la mirada. Las lágrimas anegaban sus enrojecidos ojos esmeralda.

- Padre, no mercadeéis conmigo. No necesitamos a nadie, yo puedo socorrer en todo muy bien a vuestra merced, no tenéis que preocuparos por mí, no me imagino esposa de otro hombre que no sea Hernando, os lo suplico...
El viejo caballero apartó su mano y caminó pesadamente hacia la puerta de la estancia. Sin volver la cabeza, sentenció...
- He dicho que está decidido. Es por tu bien. Ahora no lo sabes, pero ya me lo agradecerás...

Apenas pudo contemplar como abandonaba el salón. El llanto inundó todo su ser, como una cascada que brotase de su vista y se precipitase hasta el último rincón de su espíritu en un enloquecido torrente de dolor donde retumbaban como truenos las maldiciones que morían antes de alcanzar su garganta. Después de un buen rato cogió del colgante el crucifijo, que pendía sobre su pecho, se lo llevó a los labios y mientras lo besaba, se dijo, “daría lo que fuera por volver a ver a mi amado Hernando. Lo que fuera. Aquí, venido del Cielo o del Infierno”.

Subió a su cuarto para acostarse sin advertir el aire que arrancaba lamentos de los postigos de la casa y las gotas de lluvia que comenzaban a bailar su húmeda y monótona danza sobre el tejado. Sumida en su pesar, tampoco percibió el creciente bramido que formaban los truenos, en contestación a los relámpagos que iluminaban su dormitorio a ráfagas, proyectando sobre las paredes sombras monstruosas, como si las puertas del Averno hubieran quedado abiertas de par en par y los demonios celebrasen su libertad correteando por doquier...

Era inútil empeñarse en dormir. La tempestad no amainaba. Qué lenta transcurre la noche cuando el miedo es la única compañía bajo las sábanas. Perdió la noción del tiempo. Por fin había llegado a la duermevela, cuando dos golpes secos retumbaron en toda la casa... Sería el viento, acaso el rudo eco del prólogo de un sueño... “Duerme, Inés”, se dijo, sobresaltada como si fuera una moza, un cervatillo asustado por el ruido de una rama caída al suelo. “Duerme, Inés”... ¡Imposible! Ya no había duda. No era la tormenta. Habían llamado a la puerta, cuatro veces seguidas, imitando el ritmo del latido del corazón, como solía llamar... No, no podía ser. Se cubrió y bajó a toda prisa, adelantando a su padre, que bajaba fatigosamente las escaleras.

- Inés, hija, ¿estás loca? ¿Quién podrá ser a estas horas?, no abras. No puede ser de cristianos el venir con lo que está cayendo...

Giró el pestillo. La puerta giró sobre sus goznes y se abrió. No podía creerlo.

Era Hernando.