jueves, 16 de octubre de 2014

La Misión

Day after day, day after day,
we stuck, nor breath nor motion;
as idle as a painted ship
upon a painted ocean.
Samuel Taylor Coleridge (1772-1834)

A mi gran amigo Graham, buena Eternidad,
Semper Fidelis, In Perpetuum, Ave atque Vale.

La Tierra había quedado atrás hacía mucho tiempo, apenas se la podía distinguir como un brillante punto entre tinieblas, acaso como el más certero símbolo de la locura que estaba viviendo el planeta. No tenía seguridad de que regresase... Como tampoco de que volviese sino a una pesadilla calcinada, con humeantes ruinas por doquier, con el eco de los cascos de los jinetes del Apocalipsis golpeando todas las esquinas del sueño humano, precipitándose al Infierno cuando ya se tocaban las estrellas.

La Tierra había quedado atrás hacía mucho tiempo, apenas se la podía distinguir como un brillante punto entre tinieblas, acaso como el más certero símbolo de la locura que estaba viviendo el planeta. Y aún restaba la mitad del camino aproximadamente, si que es que se completaba ese sendero a Marte, que no se veía mucho más cerca pese a hallarse tan lejos de casa. Dicen que el horizonte siempre está a la misma distancia por mucho que se marche en su dirección, y que por eso seduce mutando su apariencia, para extraviar más a aquellos que se atreven a dejar atrás vida y familia por la esperanza de un futuro mejor que, invariablemente, siempre está distante, altivo y esquivo.

La Tierra había quedado atrás hacía mucho tiempo, apenas se la podía distinguir como un brillante punto entre tinieblas, acaso como el más certero símbolo de la locura que estaba viviendo el planeta. La Misión fue acometida con urgencia, con premura, como si sus dirigentes supiesen que podría tratarse de la postrera, como si lanzar una maldita botella con un mensaje en su interior fuese el único testimonio que sobrevivir pudiera a un gigantesco cataclismo que se llevase todo por delante. A popa sólo se percibía un murmullo informe de imágenes y sonidos aberrantes que le perseguían hasta rebasarle, a esa endiablada velocidad de la luz, anegando el mudo vacío del espacio interplanetario. El dolor que no se escucha parece menos dolor, quizás una mueca sin sentido en un viaje hacia ninguna parte durante millones de años, para acabar engullida por un agujero negro o por una inteligencia extraterrestre que no comprendiese nada de esa barahúnda ensordecedora que fue la Tierra, hasta que su desacompasado y caótico barullo cesó abruptamente.

La Tierra había quedado atrás hacía mucho tiempo, apenas se la podía distinguir como un brillante punto entre tinieblas, acaso como el más certero símbolo de la locura que estaba viviendo el planeta. Llevaba una larga temporada sin recibir mensajes de casa. El ordenador de a bordo explicó con su femenina e inexpresiva imagen, e impertérrita voz, que la Tierra se hallaba en una zona de sombra. Ese comentario hizo esbozar una asombrada y sombría sonrisa al piloto. En realidad, la Tierra misma era una “zona de sombra”. Calló porque supo que su informático interlocutor, nombrado como Ann, no entendería el sentido de su frase. Las prisas por botar la Misión impidieron que se escogiese una ventana de lanzamiento que posibilitase una menor distancia y duración de viaje. Estaba en medio de la nada, solo y en silencio, a merced de un sol que a menudo se entretenía en enviarle un vendaval y de piedras que rebotaban contra el casco de la nave, como la botella que protege maternalmente su mensaje contra las procelosas olas y los descarnados arrecifes de los bajíos que lo amenazan. Como la asustada gestante que arrulla con sus latidos al bebé que crece en su dulce y cálido seno aunque afuera se viva el horror más espantoso.


Todo fue fríamente calculado, a pesar de lo apremiantes que fueron los preparativos. En principio eligieron un piloto más veterano, combatiente en los interminables conflictos que espinaban el planeta. Por ironías del Destino, sufrió un accidente con su vehículo que le dejó sin candidatura. La elección recayó en un militar de menores cualidades, un don nadie con menos horas de vuelo, menos entrenamiento, más edad y un perfil más filosófico, lo que le granjeó no pocas reticencias, en un mundo donde el conocimiento científico-técnico era lo que suscitaba admiración, alguien con una formación e inquietudes heterodoxas era mirado con desconfianza... Claro que el recelo debería ir en sentido opuesto porque habían sido precisamente ellos, con todo ese caudal de conocimiento, los que habían reducido un planeta henchido de vida a un doliente y sucio despojo. Sabía que el comité se dividió a la hora de confiarle la Misión, unos porque pensaban que eran demasiado sus casi cincuenta años y otros porque preferían a algún Miles Gloriosus que tuviese la misma puntería para aterrizar en Cydonia Mensae que para enviar infelices al otro barrio a golpes de misil. Finalmente el director hizo valer su voto de calidad y la responsabilidad cayó sobre él: Precisamente porque se le suponía una capacidad de reflexión que no pondría en peligro gratuitamente la Misión y porque afrontaría con mayor serenidad y ecuanimidad cualquier imprevisto.

Todo fue fríamente calculado, a pesar de lo apremiantes que fueron los preparativos. Las raciones de alimento, las tareas cotidianas en un horario que no está marcado por el circadiano ritmo que sustenta la rotación terrestre, el ocio, los hábitos higiénicos, la forma física que cuidar, las demás rutinas que compartían semejanza con lo que se hace habitualmente en un estudio gracias a la gravedad inducida que permitía una calidad de vida bastante tolerable. Hacía años que viajar en una mantequera dándose de bruces contra sus paredes, como una mosca atrapada en un bote, pertenecía a los libros que ilustraban las fatigas de los pioneros de las misiones “Apolo”. Si uno miraba a través de los reducidos ojos de buey de la nave, cabía hacerse la ilusión de que se vivía una larga madrugada de invierno, cubierto por una infinita colcha satinada y saturada de estrellas, de toda apariencia y textura... Lo malo es que no había línea de horizonte en esa ausencia insondable, en esa anochecida eterna donde cada lucecita se asemejaba a un vigilante ojo sin párpado, pendiente pero sin mayor interés en lo que acontecerle pudiera a un navío estelar de 700 yardas de eslora rumbo a un Destino incierto.

Todo fue fríamente calculado, a pesar de lo apremiantes que fueron los preparativos, la  “ESS Caronte” fue robotizada hasta el menor detalle, el módulo “Eden” se separaría para amartizar llegado el momento mientras que la unidad nodriza permanecería orbitando. Le resultaba irónico que un ingenio multimillonario se ensamblase en la órbita de la Tierra para acabar, probablemente, dando vueltas en soledad sobre un planeta solitario con el insepulto cadáver de su comandante, abandonado a su suerte, engullido de cuando en cuando por las tormentas marcianas a modo de improvisado sepulturero. Para evitar que la ansiedad se apoderase del solitario navegante, Ann tenía instrucciones de ir comunicando a su teórico capitán de lo que había que hacer cuando era preciso acometerlo, no antes. Y el piloto sabía, con una punzada que pretendía ignorar, que su vida no era prioritaria frente al cumplimiento de esa secreta misión, por lo que a menudo se planteaba si su concurso era más una molestia necesaria que una dirección efectiva. Ni siquiera conocía el contenido de los pañoles de proa, sellados a cal y canto, como si el mando de la Misión en la Tierra dudase de su propia disciplina si esa información llegaba a obrar en su poder. Poder. El maldito poder de siempre. Era fundamental alcanzar Marte. Lo que allí aguardase únicamente Dios lo sabía. Ann no contaba: No poseía un corazón que desbocar si iniciaba su secuencia de tiempo para autodestruirse... Para esa cosa existir o no era un simple cálculo de probabilidades. Una extraña variación en una secuencia binaria... Un accidente de la Lógica.

Todo fue fríamente calculado, a pesar de lo apremiantes que fueron los preparativos, sin embargo, le resultaba gracioso que las sugerencias de Ann hubiese que cumplirlas imperativamente por el éxito innegociable de la Misión, mientras que sus pareceres fueran rebatidos sistemáticamente. Su libertad empezaría en el momento en que el sistema le pasase el control de “Eden” para descender hasta la superficie marciana, con las coordenadas y el objetivo que sólo entonces le sería dado conocer. Así que pronto se percató que era más fructífero hablar con una caja de herramientas que con Ann, se limitaba a ir cerrando las sugerencias de trabajo pendientes. Verdaderamente, la persona que redactó los manuales de procedimiento de la Misión debía de haber sido un político frustrado por la reiteración de eufemismos que contenían. La misma palabrería insulsa e insípida, que toma a sus lectores u oyentes por estúpidos... Era destacable el capítulo dedicado a un eventual contacto con “otras inteligencias distintas de las propias de la Tierra”, cuando él mismo no era capaz de afirmar, tan siquiera empíricamente, que hubiese alguna sobre la faz de la Tierra, cuya duda estaba flotando sobre el texto al manifestar que “la tolerancia pacífica y proactiva hacia otros seres debe ser la máxima prioridad al culminar un encuentro con entidades conscientes no humanas”... Es decir, que si albergaban malas intenciones tendría que dejar que le desintegrasen pacíficamente, nada de cautelas intolerantes, al contrario, alardeando de tolerancia porque sobrevivir no estaba bien visto últimamente entre esas inteligencias que habían condenado, no sólo a su propio género humano, sino incluso al planeta que había visto nacer esa diosa Razón que lo había endemoniado todo.


Fue durante una partida de ajedrez con Ann, una de esas locas juergas que le estaba permitido tomarse al término de una jornada particularmente plúmbea y anodina revisando unos circuitos que daban una falsa malfunción. Sentado frente a un tablero con apariencia fantasmagórica por ser holográfico, Ann le iba ganando, como invariablemente ocurría, resultaba implacable cuando comenzaba a desarbolar el bosque de peones del adversario para ir aniquilando luego las piezas más importantes. Todo con una exactitud milimétrica, sin prisa pero sin pausa. Así que se sorprendió cuando se topó con que podía capturar la reina con uno de sus caballos. Le encantaba atisbar la posibilidad de propinar un revés a su desalmada contrincante y no reparó en más: Echó mano a la cabeza del caballo...

- Yo no lo haría, Graham. Es caballo por reina pero en las dos próximas jugadas perderás la tuya y la torre que te queda... Jaque mate...

El piloto se puso en pie de un brinco y miró hacia donde procedían las palabras... Era una mujer, entre 35 y 40 años, con aire juvenil, un poco más baja que él, con media melena oscura, ojos claros, nariz y labios bien definidos sin ser prominentes, ligeramente maquillada, delgada sin excederse... Una buena figura, portando el mismo uniforme de la Misión que él... En pie, junto a una de las escotillas que daba paso al resto de los módulos que componían “Caronte”, apoyando su hombro derecho contra la jamba de la puerta, como si acabase de entrar por ahí... Pero sin que nadie accionase su resorte de apertura, que no estaba operativo si Ann no lo consentía. En realidad se respiraba en “Caronte” porque Ann lo permitía. Literalmente.

- Quizás deberías llevar tu alfil a g5 para romper su estrategia, – añadió con insultante naturalidad - y meter a tu rival en apuros. Abrirás un corredor y le roerás las tripas...

El piloto la miraba con estupor.

- ¿Quién eres y de dónde has salido? Esta dependencia se halla sellada...
- Soy Eva. – Respondió como si lo evidente fuera la estupidez de su inquisidor. – Parece mentira que finjas no conocerme. ¿Te han alterado los meses de soledad?... – Preguntó dulcemente. – Pues no temas: Ya no estarás solo.

Graham se dirigió a Ann...

- Ann, chequea quienes estamos en “Caronte”...
- El plural no es procedente... – Replicó pausada al instante. - En la “ESS Caronte” no hay nadie más que su tripulante.
- Entonces, ¿con quién demonios estoy hablando?
- Conmigo, - afirmó Ann – pero yo sólo soy una unidad informática. No tengo existencia. Técnicamente está solo. Coronel, por mucho que le pese, usted sabía que esto sería así.

Eva se rió suavemente...

- ¡No! – Negó el piloto con creciente desasosiego, encolerizado por la risa de Eva, sin admitir que le agradaba escucharla... – Aquí hay una señorita que dice llamarse Eva, ¡diantre! ¿No la oyes? ¿No escuchas cómo estoy hablando con ella?... ¿Qué se me está ocultando de la Misión?
- Coronel... – Ann intentó reconvenir, había sido programada para eventuales situaciones anómalas. – No detecto ninguna comunicación entre usted y otra persona porque no hay ninguna “Eva”, como la llama... Aquí no hay nadie más que usted, acaso sufriendo algún tipo de alucinación. Tranquilícese, no lo haré constar en el cuaderno de bitácora. Sugiero que se serene y se retire a descansar, guardaré la partida para retomarla en otro momento más adecuado.

No toleró la suficiencia de ese bloque de circuitos que ni siquiera parlotearía si una persona no lo hubiera concebido así...

- ¡G5, Ann!... ¡Alfil a g5!

El alfil se movió disciplinadamente por el tablero virtual y ocupó su casilla. Ann tardó unas décimas de segundo más de lo que era habitual en replicar ese movimiento...

- Ya la tienes, Graham. Destrózala sin piedad. Caballo por torre h8.

El coronel repitió la orden. Comprendió la jugada. Fue aniquilando una a una todas las piezas de su oponente mientras Eva saludaba los movimientos con indisimulado entusiasmo, casi sádico, hasta el jaque mate final.

- Felicidades, coronel... – Graham notó un imperceptible matiz de fastidio en la inmutable voz de Ann. -  Ha ganado esta partida. Ya ve que nada es imposible...
- Deberías desconectar a esta lata parlante, Graham... – Sentenció Eva entre dientes, despectivamente. – Es repulsivo que te metan aquí para mandarte al quinto infierno, solo, con este remedo de... Cosa.

El piloto la escrutó intentando pasar por alto lo insólito de su aparición. No la conocía, no la había visto en su vida, pero la familiaridad de ella denotaba lo contrario. Eva. Un nombre bonito.

- Gracias, Ann, ya te concederé revancha, ahora déjame intimidad. – Era la orden para que el ordenador, supuestamente, no le molestase salvo emergencia u hora de labor programada. Se volvió hacia la mujer... - Bien, tú lo has dicho. Estaba solo... Hasta ahora. Hablemos. ¿Cómo has llegado hasta “Caronte”?
- No lo sé... – Se encogió de hombros. – En realidad me has llamado tú, Graham. Pero... ¿Importa eso? Formo parte de ti... – Comentó con ternura. - ¿Por qué tanto recelo hacia mí si soy tuya? Recuerda que te he ayudado a ganar a doña Cables, - añadió jocosamente – no seas desagradecido ni preguntón... Lo único que importa es que estamos juntos...
- Es un disparate. – Manifestó el tripulante con desaliento. - Ann lleva razón... ¡Por los clavos de Cristo!... Debo estar alucinando...
- ¡Maldita sea! – Golpeó la mesa y protestó enfurecida mientras se agachó acercando su rostro a escasos centímetros de la cara de Graham. - ¿Te parezco una alucinación? ¿O un fantasma? ¡Mira a ver si encuentras un espíritu que haga esto!

Y le propinó un beso profundo, largo, apasionado, que le dejó sin respiración, el suave aroma de su piel cálida... un beso que contenía todos los luminosos y multicolores atardeceres de primavera que había contemplado en la Tierra, un beso de sal, llanto y agua, como si su boca fuera una inmensa playa de blanca arena y la lengua de ella una juguetona e impetuosa ola que se solazase acariciándola, con su perezoso caminar, en el final de un viaje de miles, de millones de millas...

Había querido juntar sus fuerzas, toda la disciplina que aprendió y ejerció en los largos años de servicio a su patria. Fue inútil, no hizo el menor amago de resistirse, como si eso mismo que Eva acababa de hacer era lo que había añorado desde que terminó la cuenta atrás que le catapultó hacia esa nada, hacia ese absurdo limbo que todos denominaban “Misión” y que solamente Dios sabía si terminaría bien. Una lágrima se escapó de su ojo izquierdo y se dejó caer rodando por la mejilla hasta mojar el emblema de la Misión que lucía en su pechera.

- ¿Por qué no reconoces que me has echado de menos? – Interrogó Eva. - ¿Por qué no dejas de plantearte bobadas y simplemente aceptas que estoy junto a ti? ¿Acaso no es lo que deseas?
- Porque no tiene sentido. Es una locura. Es demencial que seas real, tangible, que estés en esta nave... Salida de la nada, por arte de birlibirloque...
- ¿Y qué? ¿No es cada ser humano alguien que también sale de la nada más absoluta? ¿De donde viene la gente que nace? Generaciones y generaciones sin estar, nacen y son, para luego volver a no ser entre los que dicen “estar”... La Vida no es más que el episodio de un viaje más largo... como este.
- No puedo aceptar lo que no entiendo, Eva. Y no comprendo que estés aquí cuando únicamente partí yo a bordo de la “Caronte” desde la órbita exterior terrestre.
- Hay muchas cosas que ignoras de esta Misión, Graham. Harías bien en desconfiar de eso, de doña Cables, de tus superiores y no de mí que soy la que te ama en toda esta mascarada.
- Y... ¿Qué sabes tú que yo desconozca? – Planteó con tono inquieto, como si tanto secretismo, tanta oscuridad, empezase a cobrar una forma amenazante. - ¿Qué pasa en todo este asunto?

La mente del coronel estaba trabajando de manera febril con todo los datos que podía recordar. Había antecedentes... En situaciones de largo aislamiento y en entornos hostiles, se habían descrito casos de “materializaciones” de individuos. Estaban perfectamente documentados, se cursaron sus evidencias e informes y fueron silenciados por las agencias de Inteligencia para impedir que llegasen a oídos de la opinión pública. “Seguridad nacional”, decían... Es el pretexto que entierra todo, que sepulta verdades con montañas de mentiras para que los pueblos que viven libres, dicen, sigan residiendo en la más absoluta inopia votando cada poco tiempo a los embusteros que les roban y manipulan. Esa es la más cierta definición de la Democracia moderna que se le había presentado...

Sí. Recordó como la “USS White Swordfish”, una expedición que el gobierno de los Estados Unidos fletó para explorar la Antártida tras la guerra contra España, en 1899. Los tripulantes se mataron entre ellos y el buque quedó a la deriva... Hasta que encalló en Signy Island, una isla de las Orcadas del sur, al norte del Mar de Weddell, donde años después quedaría atrapado el "Endurance" de Shackleton. En el Cuaderno de Bitácora quedó escrito que días antes de los hechos que ocasionaron la reyerta entre los marineros, aparecieron en el barco dos mujeres. Los más supersticiosos propusieron arrojarlas al mar por ser cosa del Diablo, el capitán se negó y les dio refugio... Tantas semanas de soledad, de abstinencia forzosa dispensó a las aparecidas unas atenciones que terminaron causando disputas y discusiones. El resultado: La dotación muerta, las aparecidas desaparecidas sin más rastro que su mención en dicho registro y el barco a la deriva, como una reedición del “holandés errante”... Sin ningún Ramhout van Dam que dar explicación pudiera de lo sucedido.

También le vinieron a la memoria leyendas que rodearon algunas expediciones de los españoles en América, como la de Ponce de León o Lope de Aguirre... O las que tuvieron como escenario el Oceáno Pacífico, en este caso de Ruy López de Villalobos o Martín de Goiti. Lamentó no haber prestado más atención a su contenido, como si esas historias fuesen vitales para lograr el esclarecimiento de lo que no tenía ninguna explicación. O por lo menos para consolarse sabiendo que es algo, otro enigma más, que rodea al ser humano para sorprenderlo de cuando en cuando como una amante bromista.

Se acordó de la misión “ESS Mars One” que se preparó unos años antes que la “ESS Caronte” y desapareció sin dejar rastro cuando le faltaban escasas miles de millas para alcanzar la órbita de desenganche e iniciar el descenso. La versión oficial, como las versiones oficiales usuales, no se sostenía, argumentaron que la nave había sufrido un brutal impacto contra otro cuerpo celeste (presuntamente un meteorito) y que había quedado reducida a cenizas. Pero otras fuentes murmuraron una versión distinta, en la que una maniobra incorrecta, efectuada por una persona que no era de la tripulación ni había embarcado en la Tierra, condenó la nave por falta de pericia. ¿Qué había pasado con los miembros de la dotación? Simplemente que no estaban disponibles para gobernar nave alguna y que tuvo que ser alguien, un tulpa acaso, un fantasma que no ha vivido, el que intentó esquivar sin éxito al bólido que destruyó la misión. Pero claro, todo eso eran puras especulaciones conspiranoicas, que nunca hay que creer porque los personajes que ostentan el Poder siempre son honestos, transparentes y veraces frente a los contribuyentes que pagan sus sueldos. Muy elevados sueldos, tanto como para que la mentira forme parte de su ADN...

- Lo que importa es que ahora estamos juntos, por difícil que sea el cometido de la Misión... Seguiremos estando juntos, pase lo que pase. Ahora bien, si prefieres que me vaya, me iré... - Espetó Eva, sacándole de sus pensamientos, mientras le dio la espalda. - Veo que no te gusta que esté aquí contigo...
- ¡No! - El coronel volvió a sorprenderse retando a la lógica de la Misión – No te vayas. La verdad es que no sé quien eres, aunque pareces conocerme muy bien, ni entiendo tu naturaleza, ni imagino del limbo del que procedes... Solamente sé que eres tangible, de carne y hueso y que estás conmigo... Y que no deseo que te marches. ¿Qué deseas tú?
- Yo... - Se giró y se sentó con gracia sobre una de las rodillas de Graham mientras esbozaba una sonrisa de oreja a oreja, feliz, capaz de oscurecer de envidia la petulante e inmisericorde superficie del Astro Rey... - Sí, por supuesto que quiero quedarme junto a ti. Nací para eso, ¿sabes?

La “ESS Caronte” mantuvo su ruta, establecida desde una Tierra que había callado por motivos que el coronel preferiría ignorar. Pero ya no le preocupaba... Todo lo que importaba del Universo entero se había hecho realidad de forma inesperada. Sucede a menudo que el Señor nos hace regalos que no merecemos.

A proa esperaba un nuevo mundo...

  

domingo, 28 de septiembre de 2014

La pesadilla

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. Para dar la razón a los que últimamente me dicen que estoy muy musical, recordaré a un grupo de rock sinfónico denominado “King Crimson”. Compusieron una canción cuyo nombre era premonitorio, “21st Century Schizoid Man” (“Hombre esquizofrénico del siglo XXI”). Su última estrofa dice “Death seed blind man's greed / Poets' starving children bleed / Nothing he's got he really needs / Twenty first century schizoid man” (1). Lo dejo en inglés para no alterar su verdadero sentido y ritmo. Habla de símbolos, ¿o quizás no? En esas estamos.

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. No tenía sentido aparente. Las pesadillas tienen esa licencia. La realidad, envidiosa ella, también se comporta así. La gente vive y no sabe porqué vive; y cuando muere lo hace sin tener conciencia de haber vivido, menos todavía de porqué muere. Maldita madrugada que deja la puerta abierta a todos los demonios del Infierno. Mas los peores son los que nos rondan…

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. Uno se acuesta para descansar, no para desasosegarse. Deberían prohibir las pesadillas, al menos en noches anteriores a jornadas laborales. No sé el motivo que impide a nuestros “insignes líderes” legislar en ese sentido. Ellos lo saben todo, poseedores de esa secreta omnisciencia, propia de los que pertenecen a selectos y discretos clubes, que hacen palidecer de temor a todos los mortales que caminamos sobre la vieja Tierra. ¿Quién necesita a la Libertad cuando ellos están en el puente de mando y saben lo que se necesita?

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. Lo más inquietante de ellas es su parecido con la realidad. Una pesadilla que se precie ha de pasar por cierta, no por una ficción de nuestro inconsciente, y debe ser terrorífica para dejarnos maltrechos y removidos el resto del día. Recuerdo pesadillas que tuve hace años, son las que encabezan esa dudosamente honorífica relación del horror onírico. Algunas tienen el mal hábito de repetirse, como plato mal condimentado. Y desfilan por nuestro cerebro, noche tras noche, seres queridos que han muerto, discusiones, luces mortecinas, tumbas que se abren bajo nuestros pies para reclamarnos nuestros pecados, sombras, ausencias, carreras sin avance y demás miedos en fantástico aquelarre. Aquelarre creado por nosotros mismos para mortificarnos por algo que no hicimos o que hicimos mal…

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. Soñé que estaba en un andén desierto. Soñé que esperaba un tren que nunca llegaría. Soñé que la iluminación apenas podía descorrer el tupido manto de la oscuridad, una oscuridad que parecía devorar todo a su alrededor, una oscuridad capaz de asesinar hasta la tenue luz de la Esperanza. Soñé que todo se hallaba en silencio clamoroso y que hasta mis pensamientos levantaban un nervioso e irritado rumor en torno a mí. Soñé que el viento que soplaba parecía animar las figuras de los carteles mal pegados sobre la pared, sus sonrisas se me antojaban amenazantes, como las miradas cargadas de maldad. Alguien viene andando…

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. Los pasos forman un eco que se multiplica por mil. Al principio es una pequeña figura a contraluz, desaparece cuando atraviesa alguna zona en tinieblas para volver a aparecer caprichosamente bajo la luz. No le veo la cara. Me habla…

- Señor, tiene que abonar el pasaje…
- ¿Por qué he de pagar algo que no voy a utilizar?
- Eso es secundario. Hay que pagar porque lo ordena el Reglamento. Si pasa o no el tren es cosa del gobierno y de los que saben, que lo saben mejor que usted y que yo.
- Bien, pues me iré…
- Aún así tiene que pagar, señor, hay que pagar por todo lo que se disfruta. Disfrutar es un derecho, pero los derechos se pagan. Como todo. Y nadie da duros a tres pesetas, ¿entiende? Usted ha disfrutado de este maravilloso andén en tinieblas y tiene que pagar por ello, es lo justo, para que los que mandan puedan dedicar estos recursos que se recaudan a los menesteres que nos hacen progresar.
- ¿Y cuál es su labor en esa maquinaria de progreso?
- Yo era un parado, señor, pero renuncié a mi libertad a cambio de un puestecito que me permite vivir. Me reconocieron ese derecho, es una maravilla la protección social que dadivósamente nos conceden los líderes, ¿sabe usted? Al fin y al cabo, la libertad no se come. Mírese, usted es de los que proclaman la libertad y está perdido en un andén, en plena madrugada, ¿de qué le sirve la libertad?
- Mejor estar perdido y libre que errado siendo esclavo.
- Ya. Eso es muy bonito, pero me da igual. Mire, me cae bien y le voy a contar algo. La mejor manera de quitarle todo a alguien es hacerle creer que se le ha dado todo antes, que lo ha tenido todo antes. Hará lo que sea para no “perderlo”. Venderá su alma al diablo antes que permitir eso. Inunde de dinero fácil, riegue con fondos y más fondos las expectativas de la gente durante un tiempo, ponga unos cuantos gestores “receptivos” al frente de las corporaciones financieras y de oligopolios, sin olvidarse de los políticos, mejor si están “iluminados” y, de repente, extienda el convencimiento de que hay quienes sobran porque no es sostenible tanta población en las viejas naciones y que los competitivos son los que han venido de fuera para pagar las pensiones, aunque en realidad muchos de ellos se dedicarán a minar el país. ¿Qué tienen que ser tolerantes con los que desean su destrucción? Lo serán hasta el punto de asesinar con intolerancia extrema a los que sean marcados como intolerantes. Endeude a esa nación hasta la arcada. Tanta deuda pública que resultará imposible resarcirla. Se quemarán las manos con tal de deshacerse de ella, de pasársela como dinamita a punto de explotar mientras otros harán su agosto. A río revuelto… ¿Comprende? Permitirán intervenciones, purgas, pedirán que los "marquen" con cualquier chip de identificación y control con tal de ir tirando en su triste día a día. Dejarán que los que dirigen el estado fiscalicen e infiltren hasta los gestos con la devoción de quien se aferra a un madero en medio de un océano tempestuoso. Sociedades enteras se arrodillarán ante el becerro de oro antes que perder su parte alícuota de bienestar, aunque este no sea más que un engaño. Renunciarán a la más íntima y profunda de sus creencias porque preferirán la injusticia a la certidumbre de su miseria sin saber que tendrán ambas porque esa es una de las consecuencias de dar la espalda a Cristo. Créame, venderán a sus hijos, se impedirá concebirlos siquiera, destruirán su futuro, mantendrán en la poltrona a los responsables de sus desdichas, se postrarán ante la gentuza que ha causado todo esto y que tiene tanto poder y dinero que podrían comprar el mundo varias veces... Se sacarán los ojos para no ver la realidad, lo que sea, “como sea” para que el espejismo no se deshaga, para que las malas noticias no les estropeen sus “derechos”. Son una monumental mentira, pero... ¿No lo intuye?... Tienen que pagar por ellos. Pagarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos, y estarán tan agradecidos por las migajas de esa “protección social” tan pomposa como embustera que matarán al que ose cuestionarla. Es mentira. Pero a nadie le importa que sea así porque están amordazados. Y con mordaza no resulta tarea fácil hablar, claro que, ¿para qué hablar si nadie escucha lo que hay que decir?...

Entonces despierto sobresaltado, con la opresiva sensación de no poder articular sonido alguno, tosiendo, con las afiladas garras de la desesperación, de la impotencia, lacerando lo más hondo de mi espíritu y maldiciendo a todos y a cada uno de los elementos que han reducido a la Cristiandad a un doliente despojo, hedonista y cobarde, que cambiaría su Redención por la limosna que pretenderían arrojarle unas personas que sirven mejor a su tenebroso señor que los ángeles caídos que siempre le acompañan.

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo…

Notas:
(1) Semilla de muerte. Codicia del hombre cegado / Hambruna de poetas. Niños que sangran / Nada de lo que él tiene realmente lo necesita / Hombre esquizofrénico del siglo veintiuno.




lunes, 30 de junio de 2014

El duelo (Reflexiones antes de la Eternidad - VII)

Ha recibido el disparo y se desploma, aunque piensa que no le ha alcanzado de gravedad. Le arde la cabeza y no sabe lo que está sucediendo. ¡Qué paradoja! Ahora le sobraban todos los parabienes y lisonjas de la Fraternidad de la que era miembro desde no hacía mucho. Oye a Antonio (1) decir algo pero no lo comprende muy bien, es como si estuviera a mucha distancia o hablase bajito. Todo es confuso... Salvo escenas del pasado que vienen traídas como oscuro presagio.

Realmente no comprende la razón de que le vengan esas imágenes, como atropellado tropel de tropa en desbandada, en fantástica barahúnda que danza el callado acorde de una orquesta que teje su melodía al ritmo de un corazón desacompasado... No puede evitar revivirlas, pero de una extraña forma, con el ropaje de antiguas pesadillas, con una distancia que le asombra porque ya no le importan tantos desvelos, tantos esfuerzos, tantas intrigas. Contempló con sonrojo como una familia, su propia familia, era un rosario de traiciones, engaños, desencuentros, conspiraciones... Y lo peor es que se trataba de la familia que regía los Destinos de España. ¿Muertes...? Sí, también. Demasiadas y dolorosas.

¿La de él? No, no podía tratarse de eso. La bala le ha rozado sin duda y está postrado por la impresión, en cuanto pasen unos minutos y esté recuperado acudirá a Lhardy (2) para celebrar que todo ha sido un susto, que Antonio no se atrevió a hacer puntería en la cabeza de su primo. Quizás solamente estaba aturdido por la emoción, por el caballeresco gesto que había mostrado, una vez, otra más y otra, hacia su primo, ese fatuo francés que aspiraba a suceder a su cuñada tras haber financiado una revolución que no tuvo nada de “popular” y del que se decía que andaba incluso detrás del mismísimo Prim, otro masón como ellos.

- No lo dude, don Enrique. Acabe con él. O él acabará con todos nosotros. Se ha vuelto loco, ¿me oye? Nos pone en bandeja de plata la ocasión de quitarle del medio. – Recordó esa voz, un militar de alta graduación barbado al que había visto en las tenidas, un hermano, indudablemente. – A menudo el Gran Arquitecto actúa valiéndose de la casualidad...
- El problema es que yo no estoy acostumbrado al uso de las armas. Acaso el florete, hace muchos años... en la Armada... Pero no es el caso. Y al fin y al cabo es mi primo, concuñado de mi hermano... (3) Estudiamos juntos en el Liceo... Cierto que nunca nos llevamos bien, él quiere un trono a toda costa y yo que los hombres sean iguales como es voluntad del Gran Arquitecto. ¿Por qué habríamos de matarnos? Tenemos enemigos comunes... Todo quedará en una bravuconada y en un rasguño, él seguirá con sus disparatadas ambiciones y yo continuaré escribiendo contra curas, opresores y arribistas como ese truhán que es Antoñito...
- Vuestra Merced sabe, don Enrique, que no eran “accidentes” (4) los sucesos que le sobrevenían a su real cuñada....

No logró reconocer la voz en medio de tanta confusión. No acertó a explicarse la razón por la que llegó hasta la política. ¿España? Puede. ¿Ambición personal? También era posible. ¿Despecho por no haber sido el elegido para casarse con Isabel? Sí y no. Isabel estaba enamorada de un militar de antigua y noble familia irlandesa por mucho que se desviase la atención hacia apellidos de inspiración catalana. Nunca llegó a comprender lo que motivó que se escogiese a su afeminado hermano menor. “Presiones de la Inglaterra”, le dijeron, y no quiso darle más vueltas. También le sedujeron para ser emperador de Méjico, y dijo que no a ese asunto. ¿Por qué echar de menos a España en América cuando podía hacerlo aquí mismo?

La cuestión es que largaron el fardo a Maximiliano, ferviente católico, que estaba loco por su mujer, y ella también, enamoradísima de él. Aún se oían las burlas en las Cortes y Cancillerías europeas que recorrió para salvar a su esposo cuando cayó en manos del masón de Benito Juárez. Al final le fusiló. Son terribles y sangrientas las reyertas entre hermanos, no deberían de quejarse los cristianos por una crueldad que era escandalosa incluso cuando se enfrentaban entre ellos. Le costaba mucho esfuerzo rememorar como había llegado a ser un Hijo de la Viuda. Acaso fuera que ellos habían llegado hasta a él... Las familias de las Monarquías europeas estaban empezando a ser infiltradas implacablemente y ya no eran únicamente los británicos y los franceses los que podían recibir la luz desde sus testas coronadas (5). Las Casas Reales que resistiesen serían destronadas sin contemplaciones. Todo es válido para que Prometeo pueda llevar la Luz a los hombres, y ya se encargarían de que el Gran Arquitecto enterrase a los que osasen castigarle.

Sigue percibiendo bultos y sombras a su alrededor y frases inconexas, sin sentido... “¡Ahora sabrán esos parásitos quien soy yo!”, “Debe marcharse de España Vuestra Alteza, le formarán Consejo de Guerra...”, “No saldré corriendo como mi padre...” (6), “Entonces puede que Vuestra Alteza acabe como su señor abuelo ...” (7) “Nada ni nadie me detendrá o apartará de proclamarme rey de España...”, “le habéis matado, don Antonio, es que no veis como le ha dejado la crisma vuestra bala...”, “sólo de él es la culpa...”, “don Enrique cometió yerro adrede, ¿es que no podía haberse arreglado Vuestra Alteza sin tener que taladrarle el cráneo?”. “¿Cómo? ¿Después de haberme ofendido tan gravemente? Voy a ser rey, todos han de saber que mi honor es intocable...” La voz de Antonio sonaba entre arrogante y temerosa, con un matiz que hubiera pasado por alto en otra situación, aunque continuaba sin entender el porqué de tanto alboroto cuando se sentía bien, a excepción de ese doloroso ardor en la mitad derecha de su cabeza, que parecía ir cediendo en su furia. Intentaron incorporar su cabeza, le formulaban preguntas a las que respondía pero no le oían, como si sus orejas hubieran sido condenadas a no escucharle más, como si sus labios estuvieran sellados por lacre, igual que se hace con una carta que alguien ya había enviado a la Eternidad. Pero no, no podía ser, no podía acabar así. Tenía muchos asuntos pendientes por resolver.

No obstante, todavía conservaba claridad en sus mudos pensamientos. Rey de España. Sí, reconoció que albergó y abrigó en su corazón esa posibilidad, que sus correligionarios no habían frañido, más bien al contrario, dando alas a un enfrentamiento entre logias, tal como ya sucedió en la Revolución de Francia, donde todos le hincaron el diente y zarandearon, como despojo, al reino de su lejano tío, de otra rama Borbón, la de Luis Capeto (8), el decimosexto de su nombre. Se percató con pavor, como si una venda se le hubiese caído de los ojos, de que era un crimen execrable lo que pretendían realizar sus hermanos y él mismo, barrer a la Iglesia, exterminar a los católicos, todo, lo que fuera, en nombre de una diosa Razón que amadrinaba la peor de las locuras, que extendía su guadaña manchada con sangre de inocentes sobre épocas, generaciones, naciones y continentes.

Aquella era una clara mañana que anunciaba la primavera, fresca, llena de vida, con el rocío colgando de las hojas de los árboles, como lágrimas de extáticos santos, que saludaron su trayecto hasta el lugar convenido para el duelo, en la Dehesa de los Carabancheles, habiendo hecho parada antes en los Exportazgos de la Venta de Alcorcón. Había disfrutado del aroma campestre que se había subido al coche sin permiso, como una adolescente traviesa embromando a su amado... Sin embargo, se estaba nublando su vista y apenas lograba distinguir bultos que se movían caóticamente, como demonios ciegos peleándose en las tinieblas que le tenían atrapado, como un negro monstruo hace con su indefensa víctima.

No, quiso darle la espalda a ello. Se obstinaba en negarlo, el disparo ni le rozó casi, Antonio tenía muy buena puntería y no lo habría hecho de otro modo. Primera sangre, el honor intacto y cada mochuelo a su olivo, era sábado y en la tenida de la noche se reiría de todo lo acaecido mientras su primo Antonio podía seguir alardeando de sus ires y venires por el bien de España, que él la amaba más que nadie y nadie mejor que él para remediar sus males, patatín y patatán, que la Dinastia no había levantado cabeza desde la muerte de Carlos III con los idiotas que le sucedieron y que tenía que ser una rama secundaria de la Familia la que salvase los muebles y el país, que se descosía por todos lados... Por culpa de la poca cabeza que habían mostrado algunos de los que podían haberla sacado del atolladero.

Culpa. Sí, se sentía culpable, era como si las certezas fuesen floreciendo a medida que el mundo se despedía de él, ya no oía nada, no sentía nada, ni tacto, ni movimiento, ni frío ni calor. Se preguntó si estaba soñando, como en la noche precedente. Recordó un mal sueño así, en medio de esa nada que le rodeaba, articulando gritos y palabras que ni él mismo era capaz de escuchar. Había cometido infinidad de errores. Acaso vivir no es otra cosa que coleccionarlos, como un entomólogo obsesionado por hacerse con el insecto más desagradable, más nauseabundo. Reparó en que eso es el pecado, una palabra que no había pronunciado, rechazándola con altivo desdén, desde sus años mozos, aquellos dulces días en que sus padres acariciaban la idea de que entrase en la carrera eclesiástica y alcanzase la dignidad cardenalicia, ¿quien sabe si habría un Papa Borbón, después de ese pragmático y poco escrupuloso “París bien vale una misa”? (9). El auténtico triunfo de su linaje sería ese. Pero no encajó entre sotanas, crucifijos, hisopos y agua bendita. Él buscaba la remisión de los males que aquejaban a la Humanidad a través de su liberalismo extremo y anticlerical, como ser dios sin necesitar a Dios para nada porque el Hombre se bastaba y sobraba para ventilar sus asuntos y contiendas. La Iglesia ya había tenido su oportunidad durante casi mil novecientos años y su tiempo estaba acabado. Los Estados Pontificios serían borrados del mapa en breve (10) por los patriotas italianos, bien dirigidos por la Masonería. El Mundo aguardaba alborozado una Nueva Era de Progreso, un Nuevo Orden, en el que sería fundamental superar, de alguna manera, los conceptos nacionales de los que ahora se servían los hermanos y sus patronos, para derruir y laminar a la Iglesia Católica en particular y al Cristianismo en general. Sí, sin duda. Pero entonces, ¿Por qué sentía, repentinamente, que todo eso, en lo que había creído y por lo que había trabajado, estaba profunda y dramáticamente instalado en el Pecado?

Pecado, otra vez esa palabra, y de nuevo esa espantosa sensación de querer alzar una voz que se niega a salir de su ahogo, de su anegado silencio, desde su garganta...

Se empeñó en recordar otra vez el agradable recorrido hasta la Dehesa de los Carabancheles, el sol caminando serena y majestuosamente hacia su cénit... El trinar de los pajarillos, el intenso colorido de las flores, más vivo ahora si cabe que cuando lo contempló. La clara y suave brisa acariciando las hojas de los árboles, animando el vivo diálogo de las hojas entre sí, el anárquico aire que se mueve por acá y por allá, sacudiendo las espigas de cereales, las ramas de los pinos, de las encinas, de los alcornoques, que están por doquiera que se posen los ojos, a una orilla y a otra del camino, con la misma marcialidad que los centinelas del Palacio Real, a los que en tantas ocasiones había admirado. El traqueteo del carruaje fue callando paulatinamente. Descendieron e hicieron los trámites propios de la seriedad del acontecimiento. Miró de reojo el furibundo rostro de Antonio. “Bueno,” pensó, “sigo opinando lo mismo de su persona, sin embargo, en el momento de la verdad, considerará las mismas razones que yo para que este dislate no acabe mal”. Examinan las pistolas y cuentan pasos, más y más formalidades. “Venga pues, que no nos vamos matar, ¿es que no se dan cuenta de que todo esto es para que Antoñito pueda pastelear a discreción?” Se dijo esbozando una sonrisa, ya que el motivo del duelo era que Enrique había apodado a Antonio, en uno de sus incendiarios artículos, publicados en “La Época”, como “hinchado pastelero francés”, entre otras lindezas.

Le habían dicho que, a pesar de ser un consumado experto, llevaba tirando al blanco desde la tarde del jueves. No les creyó. El primer tiro lo erró Enrique con disimulo. También falló Antonio... “No puede ser de otra manera”, volvió a tranquilizarse, por mucho que había silbado la bala cerca de su oreja. Nuevamente un poco de teatro, Enrique mandó su turno lejos del cuerpo de su primo. En su réplica, Antonio alcanzó la pistola de su pariente, que fue destrozada por el proyectil, uno de los pedazos de metal fue a arruinar la levita negra que vestía Enrique de Borbón, sin más consecuencias que reemplazar el arma desbaratada por una nueva. Los padrinos y testigos se afanaron en que todo acabase de esa manera. Los duelistas insistieron en proseguir, con mayor énfasis si cabe por parte de Enrique, que alegó que no tenía herida ni contusión alguna, confiado en que todo terminaría bien y con el honor de los dos a buen recaudo. En el tercer tiro, este disparó ostensiblemente al aire, sin ningún tipo de diligencia o esfuerzo por hacer blanco. Antonio de Orleans sí que apuntó, despacio, despacio, muy despacio. Instantes que parecían interminables. Enrique no podía ver la mirada de su primo: El reflejo de la luz blanqueaba sus lentes, dándole un aspecto irreal, como muñeco que tuviese las cuencas albas en lugar de vacías. Fantasmagórico.

Si. Ahora lo sabía bien. Antoñito había acertado de pleno, las tres veces fue su diana... El pánico se enseñoreó de él, en esa soledad, muda, ciega y sorda que tienen algunos cuando son sorprendidos por la Muerte. Se acordó de Cristo en su Cruz, intentó agarrarse a una plegaria, porque supo a ciencia cierta que no acudiría a recibirle Gran Arquitecto alguno: Era una burda impostura para confundir, para perder a tantos y tantos que fueron antes que él y a tantos y tantos que lo serían después.

Tarde. Su corazón acabó de palpitar. Y su postrer latido le llevó la certeza de que él fue un triste figurante en la farsa que, alguien, mucho más poderoso de lo que podía imaginar, había planeado hacía mucho, mucho tiempo.

Extraído del Acta del Duelo entre el infante don Enrique de Borbón y el duque de Montpensier...

Reconocido por los doctores Sumsi, Leira y Rubio, resultó tener una herida penetrante en la región temporal derecha; las arterias temporales estaban rotas; la masa cerebral, perforada; la vida de relación y de sensibilidad, abolida; la respiración, estertorosa.

Acompañado por testigos de una y otra parte hasta que vino una camilla que, recogiéndolo, llevó el cuerpo del señor infante al próximo campamento, se convocaron los infraescritos para la sesión presente y acordaron levantar este acta, en cumplimiento de la ley y de los usos y costumbres de los lances de honor, disponiendo, además, se escriban en el número necesario para entregar, una a los herederos del infante don Enrique de Borbón, otra al duque de Montpensier, una a cada testigo y otra para que el señor Teniente General don Fernando Fernández de Córdova se encargue de depositarla, en tiempo oportuno, el alguno de los establecimientos públicos encargados de la custodia de papeles. Firman: Federico Rubio. Juan de Alaminos y de Vivar. Fernando Fernández de Córdova. Emigdio Santamaría. Andrés Ortiz y Arana. Felipe de Solís y Campuzano.

12 de marzo de 1870



NOTAS

(1) Antonio María de Orleans, duque de Montpensier.
(2) Restaurante de Madrid. Aún existe.
(3) Francisco de Asis de Borbón, marido de Isabel II, era hermano de Enrique, y el duque de Montpensier era esposo de la hermana de la reina.
(4) Isabel II había sufrido varios atentados. Siempre se sospechó de Antonio de Orleans como instigador.
(5) En el caso de la corona británica se acaba antes enunciando quienes NO pertenecen a la Gran Logia de Inglaterra: Ninguno porque todos forman parte, en distintos grados, de la Masonería, hasta el punto de que es sumamente difícil separar la una de la otra. Respecto a Luis Napoleón, Napoleón III por su numeral, había perdido el favor de las logias por su oposición a la unidad italiana, influido sin duda por la religiosidad de su esposa, Eugenia de Montijo, que siempre exhibió un discreto pero enorme resentimiento contra el masón que fue su padre, muerto cuando ella apenas tenía trece años... Y nunca faltó quien afirmó, en determinados círculos, que su hijo, Napoleón Eugenio Luis, se le “dejó morir” (1879) en una emboscada efectuada por zulúes mientras los combatía en las filas británicas para que sus derechos dinásticos recayesen sobre algún hermano, no de sangre sino de otra naturaleza.
(6) Luis Felipe de Orleans, rey de los franceses entre 1830 y 1848.
(7) También llamado a sí mismo como "Felipe Igualdad" (Philippe Egalité) para congraciarse con los revolucionarios siendo más revolucionario que nadie, tuvo un papel relevante en los hechos que se conocen como “revolución francesa” de triste memoria, que este modesto autor ya abordó en “Algaradas, motines,revoluciones...” del 16 de diciembre de 2012, disponible aquí. Murió en la guillotina, por aquello de que siempre hay alguien mas revolucionario...
(8) Luis XVI de Borbón, “ciudadano Luis Capeto” en su sentencia de muerte.
(9) Frase de Enrique de Borbón, cuarto de Francia. La frase, verídica, en francés original es “Paris vaut bien una messe”. Siguió siendo calvinista en el fondo de su corazón, y no es temerario afirmar que ello fue la causa de muchos males que aguardaban en el porvenir de Europa Occidental.
(10) Tal como ocurrió en septiembre de ese mismo año de 1870.

jueves, 29 de mayo de 2014

Angyalka

Nunca se sabe de donde viene. Tampoco su destino. Algunos creen que se trata de un monje, un fraile, un religioso en definitiva. Así lo juzgan porque suele acompañarse de un Rosario de madera, pequeño y sencillo, y se viste con largas vestiduras, que recuerdan el hábito que lucen las personas de esa condición. Sin embargo, muchos de los que se han cruzado en algún momento con él, intuyen que sus ropas son sólo eso, ropas, que usa para cubrirse, y que esconde algo indefinible que, sin ser amenazante, les causa vértigo y respeto.

Es un hombre de complexión fuerte, alto sin humillar, con el pelo corto y descuidado de clara inspiración militar, afeitado; cargado con unos treinta y cinco o cuarenta años. Hay ocasiones, bajo determinada luz, que parece superar esa edad. En el fondo de su mirada reposa serena la tristeza, no muy lejos de una esperanza que es la misma que desprenden sus palabras. Palabras, a veces, trémulas y espantadas de alguien que ha visto demasiado dolor; en otras vehementes y entusiasmadas por saber que, después de todo, lo mejor está por venir.

Llega, se dirige a alguien en particular por razones que únicamente conoce él, le da o recibe algo, cuenta un episodio o hecho sin conexión aparente con la situación y los presentes, mira al Infinito antes de bendecirte y despedirse, y luego se pone a caminar, con esa patria espinada a cuestas que son sus recuerdos y sus plegarias. Nadie sabe de donde procede y nadie sabe nada de él.

Nadie sabe su nombre a ciencia cierta porque pocos son los que han llegado escucharlo.

Un deslumbrante atardecer del final de mayo, acaso del principio de junio, en un parque. Los críos corretean por aquí y por allá, en dura competencia con el clamor del enloquecido tráfico, heraldo de un cercano y cálido fin de semana. La ciudad no es para los niños. En realidad no es para nadie que sea de carne y hueso. Viene andando relajadamente, aunque bien puede haberse materializado un instante antes porque ninguno de los presentes ha reparado en que tan singular personaje se estuviera aproximando. En una época de zarcillos, tatuajes y peinados despeinados no debería de llamar la atención.

Se dirige hacia un grupo de mujeres, de diferentes primaveras. Una ancianita le mira con incrédulos ojos y se emociona. El hombre se acerca a ella y la abraza tiernamente, como si se conociesen de antes. De mucho, mucho tiempo atrás pese a no tener sentido porque podría ser su nieto. Quizás se trata de eso. La vieja dama se despoja de una cinta que lleva al cuello, con una crucecita de madera colgando, a modo de dije, y se la entrega entre sollozos. Él la consuela. Cuando parecía que iba a marcharse, comenzó a hablar...

“Me dispensarán si les cuento una historia.” Dijo con voz cálida. Si les aprovecha en algo, me lo agradecerán; no siendo así siempre se la podrán contar a alguien que la necesite oír. No sabemos realmente a quien tenemos delante, pero la Providencia sí.”

Alguna pensó que se trataba de un menesteroso, echó mano al monedero para que se fuera enhoramala y pudiesen continuar con su animada tertulia. Un simple gesto del misterioso hombre bastó para hacerla entender que no deseaba nada más que ser escuchado. Ante la tácita aprobación que implicaba el silencio de las allí reunidas, que no perdían de vista a sus criaturas, el desconocido empezó su relato.

“Hace mucho tiempo que pasó esto que les cuento. En la época en que toda Bohemia aún lloraba la muerte del rey Luis (1) y el monarca que le sucedió, Fernando (2), peleaba con todas sus fuerzas y las del imperio contra el Turco que ansiaba borrar la Cruz de Europa. Fue en aquellos convulsos y terribles días, con la herejía de Lutero apuñalando la espalda de la Cristiandad... Había en Praga un sabio judío, llamado Ivri, ya entrado en años, aventajado discípulo de un sefardí alquimista de Toledo, del que heredó sus conocimientos y la llave de un domicilio al que nunca retornó. No eran parientes. Según le narró, porque nada recordaba dada la corta edad que tenía cuando le recogió como pupilo, le sacó de la calle, abandonado como estaba, para educarle bajo el intransigente criterio de la Ley Mosaica.

“Nunca tuvo claro si fue recogido como le relató, vendido o simplemente raptado. Le trató con cariño y disciplina, como el padre que no recordaba y le enseñó todo lo que sabía, lo que incluía unas enigmáticas Artes con las que había que ser muy cuidadoso para no despertar la curiosidad, no ya de los gentiles, sino de otras personalidades de las que nunca entendió plenamente su naturaleza, ya que el sefardí rehusaba hablar de ellas siquiera y su voz se volvía vacilante y queda al tocar la cuestión.

“Una mañana se encontró a su maestro muerto en el lecho. Había fallecido mientras dormía. Como era una persona respetada entre la judería, las muestras de duelo fueron notables. Y él se hizo cargo de todo, de repente y sin advertencia, que es como la vida suele conceder su mayoría de edad. Siguieron encargando a su establecimiento perfumes, afeites, bálsamos, cataplasmas, ungüentos y con esas labores se ganaba la vida dignamente. Siempre ocurre que las personas cuidan sus cuerpos esmeradamente, mejor que sus almas, como si la Juventud fuera una flor inmarchitable, y no, porque sólo están pensados para durar una vida, no más, y frecuentemente sacrificada.

“Pasaban los años. Al principio estaba confiado en la idea de que hallaría una hembra, buena hija de Israel, que le diese hijos. Pero esa mujer, si existía, nunca se cruzó con él, y sus conocimientos se aliaron con una creciente demencia provocada por la soledad que le alanceaba el corazón. No soportaba contemplar el paseo de las parejas mozas frente a la puerta de su casa, detestaba las amas que urdían fugaces encuentros entre los enamorados. Llegó a considerarlo una afrenta personal e intolerable. ¿Por qué ellos, asquerosos gentiles, tenían a su disposición los goces del amor, - se preguntaba - y él, que era un devoto servidor de Elohim, nada tenía que esperar?... Y esa interrogante le corroía el alma y la mente.

“En este trance se hallaba cuando quiso la desventura que una joven y hermosa muchacha católica, nacida magiar, de nombre Angyalka, criada de alguna casa acomodada de Praga, entrase en su establecimiento para adquirir un artículo del que le habían hablado. Había ahorrado semanas para adquirirlo. Ivri se queda perdidamente prendado de cada uno de sus gestos, facciones y palabras. Le obsequia el producto con el fin de atraerse la simpatía de la chica, para que volviese. Y tramó un siniestro plan para que fuese de él, y de nadie más, por las buenas o por las malas. Para ello acudió sin prevención a los antiguos, arcanos y prohibidos conocimientos que le transmitió su mentor.

“A menudo acaece que lo enseñado como aviso, como mojón que no ha de traspasarse, seduce imperiosamente cuando se presenta la tentación. Somos poca cosa, casi lo mismo que la tierra que pisamos y que nos dará postrera morada, e Ivri fue un juguete en manos de un deseo que se desbordaba en cada uno de sus pensamientos. Angyalka sería suya, y ya le daba igual que fuera cristiana que ismaelita, que igualmente habría retado al Dios de Abraham. Lo que ignoraba en su vasta sabiduría es que esa clase de ambiciones despiertan la curiosidad de seres intangibles, incorpóreos, ni vivos ni muertos, que acechan al Hombre desde su concepción hasta que es acogido por El Que Todo Lo Puede. Y terminan viniendo si se les llama.

“Angyalka regresó a la tienda de Ivri, más esplendorosa que nunca, con el sol de su sonrisa en los labios, cuyo valle sería capaz de ensombrecer al de Josafat en el Día del Juicio. El alquimista le habló de cosas intrascendentes, para distraerla, mientras cerró la puerta a cal y canto para no ser importunado en lo que se proponía por algún parroquiano, y para que ella tampoco pudiera escapar. No se percató...

“Le habló de su encendida pasión, de que deseaba convertirla en su amante, en su esposa, en lo que ella le pidiese, a cambio de que permaneciese junto a él para siempre. Ella titubeó, intentó deshacerse de su agobiante asedio, que le provocaba repulsa, retrocediendo hacia la entrada. Esquivaba sus requiebros con buenas pero firmes palabras. Ivri fue abandonando su suave tono, sustituyéndolo por otro más áspero, más exigente. Angyalka estaba de espaldas a la puerta, tanteando afanosamente el pestillo... Forcejeó con los dedos para retirarlo... ¡El cerrojo había sido bloqueado!

“Dio un vigoroso empujón al judío para desasirse de su endiablado abrazo mientras le chillaba que nunca estaría con un maldito viejo y pedía auxilio. Ivri la agarró del brazo, destapó un albarelo que tenía preparado cerca y la obligó a beber el líquido que contenía.

Todo irá bien, ya lo verás. Te haré muy feliz, nada te faltará. Lo siento de veras, pero los preparados más efectivos son los más amargos... Le decía, intentando aplacarla. Ella sintió que le abandonaban las fuerzas... No lograba mantener la resistencia... Se hundía en oscuras aguas, con una diminuta luz al fondo...

“Él advirtió lo que pasaba inmediatamente. Intentó reanimarla, consciente de que la había matado. ¿En qué se había equivocado? Repasó mentalmente los ingredientes, no había error, medidos y calculados al detalle los pesos, sus mezclas, los tiempos de maceración y cocción, la manera en que se unirían a los humores de su hermoso cuerpo, las Personalidades a las que había invocado para que el conjuro fuera eficaz... ¿Qué le estaba pasando?

- Que la habéis asesinado, viejo estúpido...

“Ivri se giró en dirección al sonido de esa voz. No estaba solo. ¿Cómo podía ser posible? Era un joven alto, pálido, rubio, sin barba, vestido ricamente a la española, sentado arriba de una de sus estanterías,  como águila evaluando su presa, escupiéndole esa frase en latín. Saltó de su atalaya como un gato, cayendo de pie, sin el menor crujido del maderamen que tejía el suelo que soportaba sus pasos. ¿Quien es vuestra merced? Acertó a preguntar entrecortadamente...

- Eso no os importa. - Sonrió con maldad. - ¡Menudo embrollo, judío! ¡Siempre estáis en todos los pleitos!... Y ahora, ¿cómo vais a explicar esta calamidad a los corchetes (3)?

“Sí, debía de ser español, porque entre tanto latín había colado adrede la palabra corchetes (3), como parte de un juego, a sabiendas de que sería comprendido. Así que le contestó en la lengua que se educó su maestro.

- No lo sé, como tampoco sé la forma en la que habéis entrado en mi casa. - La desesperación subió a sus ojos. - Haría cualquier cosa por devolverle el aliento...
- ¿Cualquiera? - Interpeló el intruso en el mismo idioma. - Eso es mucho decir, judío...  ¿Qué me daríais a cambio de su vida?
- Lo que fuera, pero dudo de que tengáis esa facultad, que pertenece a Yahveh-Elohim.
- Estáis errado, judío. – Rió entre dientes al tiempo que examinaba a Angyalka. - No dispongo de mucho tiempo, pero aún puedo hacer que esta ramera cristiana recobre la vida. – Le arrancó con rabia la sencilla cruz que colgaba de su cuello. - El precio es alto.
- Os daré todo lo que tengo.
- No es suficiente... - Replicó con desdén.
- Todo lo que soy, toda mi ciencia, - añadió arrasado por las lágrimas, - ¡seré vuestro esclavo!
- Eso está mejor, pero no me sirve. Todo lo que conocéis lo tengo a mi disposición y mucho más que ni imagináis... Quiero vuestra alma. Y ella tornará a la vida.

“La propuesta sonó como un latigazo en el cerebro de Ivri. Así que estaba frente a un sidonai (4), justo castigo por su osadía.

- Siempre con vuestra Culpa a cuestas, Ivri (5). En verdad que este nombre os cuadra como espada en vaina... Tempus fugit (6), judío, decidíos presto porque de lo contrario nada podré hacer para rescatar a vuestra amada... “Como se viene la Muerte / tan callando...” (7)

“No reflexionó, no quiso hacerlo para impedir que sus lágrimas se aliasen con el temor, con el terror por lo que estaba viviendo...

- Sea. Tomad mi alma a cambio de la vida de ella.
- ¡Qué bonito es el amor! Llevo siglos diciéndolo... – Exclamó sarcásticamente. - O lo que sea el pecado que enterráis bajo el sepulcro blanqueado de ese nombre.

“Chascó los dedos. Ivri percibió que había alguien más en la estancia, aunque le fue imposible verlo. Unos poderosos brazos invisibles alzaron a la doncella, le abrieron la boca y le introdujeron un oscuro bebedizo que salía de la nada. La depositaron sobre el entarimado nuevamente.

“Apenas unos pocos segundos... Angyalka se retorció y tosió violentamente, esputando parte de la poción que le había administrado esa entidad invisible. Ivri quiso abrazarla, mas se lo impidió esa misma fuerza que estaba salvando a la joven. Cuando abrió los ojos, miró detenidamente al español para exclamar...

- Én Istenem! (8)
- Dios no es parte en estos tratos. - Sentenció despectivamente el desconocido. - Ella es mía ahora, - se dirigió al hebreo, - y vuestra merced me debe algo... El alma, por ejemplo.
- No, ¡no puede ser! Os la daré cuando me llegue la hora. ¡No hemos hablado nada de eso!
- Es cierto, no hemos hablado de eso, ¡cuán conveniente es sopesar los extremos de un pacto antes de comprometerse! Yo pongo el plazo, y ya ha vencido... He salvado la vida de esta damisela, y quiero cobrar mi deuda en este momento. - Le señaló con la ballesta del odio en su rostro. - ¡Adolete ille! (9)

“Al punto comenzaron a brotar pequeñas llamas de la vestidura de Ivri. Lo que fuera le estaba quemando vivo. El viejo aullaba de dolor mientras tropezaba con sus enseres domésticos e iba propagando el incendio por doquier. El extraño musitó “Sanguis Eius super nos et super filios nostros” (10) y cogió la mano de Angyalka, quiso rechazar su frío y duro tacto, pero no pudo... El espacio que ocupaban parecía ser rehuido por el fuego, con respeto, con devoción, como homenaje que el vasallo rinde a su señor. La mujer perdió la conciencia. Un vidrioso cuartel cuando la realidad supera unos límites que los sentidos se niegan a hollar... El intruso arrojó la cruz al cadáver llameante de Ivri.

“Angyalka no tenía la menor idea de si habían transcurrido minutos, horas o días. Acaso siglos. Lo que recordaba le causaba una gran congoja. Sin duda, había tenido una horrible pesadilla. Estaba tendida sobre una blanda cama, con el espléndido sol de mediodía taladrando el brocado de seda de un cortinaje que no podría pagar ni con el salario de toda su vida. El firmamento. Un azul increíble, digno color para el manto de la Santísima Virgen, puro, límpido, infinito. No era el plomizo cielo que miraba desde el ventanuco del chiscón donde reponía fuerzas tras las interminables jornadas de trabajo al servicio de su señora. Ni siquiera el modesto vestido que lucía era el mismo. Se admiró en un gran espejo: Parecía una de las damas de compañía de la archiduquesa Leonor de Habsburgo (11) a las que una vez ojeó de lejos cuando asistía a la misa de la Iglesia del Espíritu Santo. Se deleitó observando su largo cabello rubio recogido coquetamente y ataviada del color negro que los españoles habían puesto de moda en toda Europa con la única resistencia de la Corte francesa y de los herejes isabelinos. Una inmaculada gorguera blanca rodeaba su esbelto cuello, adornada con finísimas aguamarinas semejantes a gotas rematando las puntas más alejadas de su garganta. Jamás imaginó que pudiera llegar a deslumbrarse a sí misma. Cada detalle suponía un alarde de exquisito y refinado lujo, una poesía entretejida a medida sobre el telar que era su cuerpo asomado a la plenitud de la vida, la labor de una modista experimentada que no había dado una mala puntada, ni tomado una mala medida. Una ostentación sin par que la abrumaba. La cautela se abrió paso a empellones, apartando su euforia... Componer ese vestido llevaría semanas y costaría una fortuna, ¿quién se lo habría proporcionado? ¿Quién la habría compuesto para lucir así? Y lo que casi olvidaba cegada por tanto brillo y lujo... ¿Dónde se hallaba? Se llevó la mano al pecho con preocupación: No tenía su crucifijo. Es más, la alcoba no tenía ni un símbolo de su Fe, en cambio había otros que no conocía pero que le desasosegaban.

“A lo lejos podía escuchar el sonido de un instrumento musical. Venía de otra dependencia, pero su dulce y melancólica música parecía bañarlo todo. Era un laúd, aunque presentaba matices que lo diferenciaban de los que se escuchaban por las calles y tabernas de Praga.

- Es una vihuela... – Aclaró la voz de un hombre a su espalda. - Celebro que os agrade. Y esta es vuestra nueva casa... Si me obedecéis.

“Se quedó petrificada. No fue una pesadilla. El judío intentó forzarla, fue obligada a beber algo... Ese sopor que la invadió, aquella negrura tan acogedora y familiar... Hasta que sintió que la arrastraban, que la arrancaban de aquel lugar donde se sentía tan bien... Ese hombre había matado al viejo que vendía ungüentos después de su parloteo en un idioma que desconocía. Y luego... Se desmayó.

- ¿Obedecer?... – Balbuceó asustada. - ¿Quién sois? ¿Dónde estoy?
- Podéis llamarme Lucián. Os apeo del tratamiento que merezco para que veáis el grado de mi generosidad. Seréis mi invitada por mucho tiempo. Os halláis en una gran casa, la he adquirido hace escasos meses, casi a medio andar entre la Plaza Mayor y el Real Alcázar de Madrid. Nos hallamos en la nueva Corte de un Imperio como no se ha visto antes: La Monarquía Católica. El lugar ideal para mis tareas y en el que vuestra merced me será sumamente útil...
- Así que estoy en España... ¿Cuántos días he estado sin sentido? – La muchacha creía haber regresado a la pesadilla que había dejado atrás. - ¿Cómo me habéis traído hasta aquí?
- Días no, unas catorce horas. Os he traído yo. Los carruajes son lentos e incómodos. Eso por no hablar de las fondas sucias y malolientes, de los insolentes modales de los arrieros, de los salteadores de caminos. Puedo llevaros a cualquier sitio del mundo al instante, puedo concederos todas las riquezas, alhajas, preseas que se os antojen. Si me servís bien en lo que os pida, puedo obsequiaros con la mismísima corona del rey Felipe, si ese es vuestro capricho.
- No quiero ninguna corona. No quiero nada. - Negó temblorosa. - Únicamente deseo volver al servicio de mi señora. Estará intranquila por mi ausencia.
- Pues es una pena... - Fingió contrariedad. - No retornaréis. Os tomarán por bruja... Además ese percance con el viejo judío... Su casa quemada hasta los cimientos... Vuestra cruz junto a su podredumbre calcinada... Mal asunto. Y lo peor, vuestra nueva condición... Olvidaos para siempre de la limosna que os pagaban, de la vida que se os escapaba y saludad a la existencia que se os ofrece.
- ¿Qué condición? No he cambiado.
- No estáis viva. Tampoco muerta... Habéis entrado a formar parte de la gran familia de seres que no deberíamos existir, pero que estamos aquí a despecho de los que piensan que la Creación sigue unas reglas fijas, inmutables y asequibles a vuestras ridículas entendederas.
- No os comprendo. Apenas sé leer y escribir... Os ruego, os suplico, - se echó las manos a la cara, comenzó a llorar, - que por Dios tengáis compasión de mí y que me llevéis de vuelta a mi casa, seáis quien seáis. 
- No y no, ¡maldita sea! - Se encolerizó. - Os prohíbo que mencionéis a Ese ingrato. Dijimos Non Serviam, ahora estáis a mi servicio como yo mismo estoy a las sabias órdenes del príncipe de la luz, mi señor Lucifer. ¿Por qué la Humanidad se empeña en pecar una vez y otra a poco que se pasea la tentación por delante de vosotros, y cuando podéis ser consecuentes con vuestra despreciable naturaleza os refugiáis en el Arrepentimiento? Os ha sido dada la luz de una nueva existencia lejos de la tijera de Aisa (13). No padeceréis enfermedad ni muerte si no es por mi voluntad. Podéis disfrutar de todo lo que imaginéis sin rendir cuentas a nadie porque yo soy uno de los lugartenientes del señor de este mundo... ¡Y lo único que se os pasa por la cabeza es llorar como una plañidera que no ha cobrado todavía y reclamarme que os devuelva a una vida de miseria, con hijos que no veréis crecer porque os desangraréis en algún parto para acabar de gusanera en una fosa! - Gritó furioso. - ¡Sois tan desagradecida como ese Dios que nos arrojó de Su Lado! ¿Dónde está ahora el Señor al que remitís vuestras plegarias?, decidme, ¿dónde?
- Está en mí, - replicó sollozando Angyalka, - sé que lo tengo en mí. Él nos trajo la Esperanza del Amor y nada hay que me haga renunciar a Ello.

Le propinó una bofetada que la tiró al suelo mientras reía a grandes carcajadas, blasfemando en un lengua desconocida. Los postigos chirriaron sobre sus goznes y se cerraron con estrépito por sí solos, sumiendo el amplio cuarto en tinieblas. La música enmudeció.

- ¿Esperanza? ¿Amor? - Percibió que le susurraba al oído, muy cerca de ella, a pesar de hallarse rodeada por la oscuridad más impenetrable. - Comprobad el amor con que nos apartó de Sí. Amor. Habláis de esperanza y amor. Bien, la fortaleza de vuestra fe os salva de que os envíe al Infierno, sin embargo, dado que rechazáis servirme, os condeno a ser una aparecida, merodeando una de sus entradas, hasta que alguno de esos cadáveres andantes que se llaman “hombres” tenga el valor de arriesgar su vida para redimiros. Por amor a vuestra merced. A ver cuánta esperanza halláis en ello...

“Desde entonces, con pesadumbre, se cantan estos versos...

“Cuando la luna por estrellado cielo no pasea,
vagará la Dama, por enamorar a quien la vea.”

“Y en las noches en que el firmamento sufre con resignación la ausencia del astro, Angyalka merodea por los desiertos aposentos de una casa señorial que ya no existe, recorre una angosta y solitaria callejuela que ya no está, cuida un sueño que no sabe si se cumplirá, como es el puro amor de un hombre que la rescate del Mal como Cristo nos salvó de nuestros pecados.”


Levantó la mirada, se santiguó, bendijo con la mano a las mujeres que le habían escuchado absortas y emocionadas, y dando media vuelta se marchó por donde vino sin pronunciar una palabra más.

Nunca se sabe de donde viene. Tampoco su destino. Algunos creen que se trata de un monje, un fraile, un religioso en definitiva. Así lo juzgan porque suele acompañarse de un Rosario de madera, pequeño y sencillo, y se viste con largas vestiduras, que recuerdan el hábito que lucen las personas de esa condición. Sin embargo, muchos de los que se han cruzado en algún momento con él, intuyen que sus ropas son sólo eso, ropas, que usa para cubrirse, y que esconde algo indefinible que, sin ser amenazante, les causa vértigo y respeto...

NOTAS

(1) Luis II de Hungría, muerto en la batalla de Mohács (1526)
(2) Fernando de Austria, hermano de Carlos I de España.
(3) Era el nombre que recibían los agentes de la autoridad en Castilla, desde el siglo XV.
(4) Demonio en hebreo.
(5) Su significado es “el que cruzó”.
(6) El tiempo vuela.
(7) Versos de Jorge Manrique.
(8) “¡Dios mío!” en húngaro del siglo XVI.
(9) Latín vulgar: “¡Quemadle!”
(10) Latín clásico: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, Evangelio de san Mateo, capítulo 27, versículo 24.
(11) Leonor de Habsburgo (1534-1594), hija de Fernando de Austria y Ana de Bohemia.
(12) Latín clásico: “No serviré”, lema de los ángeles caídos.
(13) La parca que cortaba el hilo de la vida.

lunes, 5 de mayo de 2014

Adiós, Passchendaele...

Peter Holden llevaba tiempo trabajando en el documental que la BBC había encargado a su productora, por aquello del centenario de la I guerra mundial. “Parece que solamente nos acordamos de las cosas o de los sucesos cuando se cumplen aniversarios redondos”, pensaba Peter, con mucha discreción porque no quería perder su empleo de documentalista, en unos tiempos en que las opiniones divergentes con el que paga, se pagan con el despido. Libertad de expresión, como cualquier libertad, únicamente tolerada cuando coincide con la conveniencia de los que mandan. Agradecido por tener aún un medio de vida, el diligente Holden se pasaba horas y horas navegando o sumergido, según fuera desde su ordenador o en hemerotecas sin digitalizar, en busca de artículos, fotografías impactantes e inéditas, o retratos que tuviesen la virtud de narrar sin palabras lo que fue aquella lejana guerra. Defecto humano, que nadie escarmienta en cabeza ajena y que se tiene que vivir un espanto para conceder crédito a lo que nos contaban nuestros mayores. Porque no, no exageraban ni un ápice, al contrario, se llevaron muchos malos recuerdos a la tumba porque sabían de sobra que el horror satura y no se cree cuando alcanza determinadas e insoportables cotas.

No era la primera vez que acometía una labor así. Sus cincuenta y tantos años habían trazado una amplia experiencia en esas tareas, ya fueran documentales sobre la Naturaleza, sobre el Universo, o sobre lo que tocase. Porque toca ser polivalente, como se ha dicho, en una época en que disfrutar de ese derecho al trabajo es un privilegio. Con ese cuidado, con ese esmero, fue segmentando la información recabada junto con sus compañeros, los antecedentes del conflicto, los personajes principales de la tragedia, el difícil equilibrio de las alianzas, los esfuerzos (en todos los sentidos) diplomáticos, las batallas, los movimientos de tropas, la tragedia dentro de la tragedia que fue Rusia, las nuevas armas, etcétera. Realmente ya estaban entrando en la recta final, y todo, todo, se contaría con sutileza “británica”, desde su perspectiva, porque, al cabo, fue una guerra que ganó el Imperio Británico, junto con sus desinteresados aliados, y eso estaba por encima de los millones de muertos.

Peter estaba cerrando la edición sobre la batalla de Passchendaele, una batalla más con un bagaje altísimo en vidas para nada, como suele ser habitual por otra parte. Al principio supuso que debió de tratarse de una alucinación que tuvieron varios pelotones de soldados del V ejército británico. La histeria colectiva se desboca en situaciones límite, y el fragor de una batalla lo es, indudablemente. Una anécdota intrascendente que, ni por asomo, se asomaría al contenido que el narrador, un actor de campanillas, leería mientras las imágenes y las entrevistas desfilaban alternativamente por la pantalla. Cosas de la guerra, de la impetuosa e irrefrenable expresión de que se sigue con vida, como bien sabían las embarazadas que no verían retornar a sus anónimos y efímeros amantes, o como esos extraviados niños de mirada perdida que por extraviarse han perdido hasta sus lágrimas.

Pero era curioso. Resulta que la alucinación había pasado por encima de las trincheras porque los soldados enemigos, del IV ejército alemán, también refirieron el mismo hecho. Muchos testigos, demasiadas consecuencias, idénticas para ambos contendientes. Hubo soldados que arrojaron sus armas y se negaron a seguir combatiendo. Se cursó la orden de que fuesen fusilados por sedición inmediatamente. No pudieron ser ejecutados ese día. Nunca identificaron la causa de la imposibilidad. Un grupo de soldados alemanes se encerró en una iglesia que había sido arrasada por los británicos y se pusieron a rezar sin que nada ni nadie pudiese sacarles de ese arrebato, ni tan siquiera la furiosa artillería francesa que descargó todo su fuego sobre ellos... Sin que hubiese una sola baja. Otro reporte que hablaba de que unos combatientes aliados, sin diferenciar si eran franceses o súbditos de su británica majestad, rechazó cumplir la orden de cargar cuando el barro de su trinchera dejó al descubierto la blanca e impoluta imagen de una virgen que lloraba sangre...

Ya no le parecía tan anecdótico por los testimonios que se acumulaban, curiosamente Internet no recogía ninguno, hay olvidos tan inexplicables como los hechos que marginan. Ocurre a menudo que uno no repara en una noticia y la pasa por alto, hasta que fija la atención en ello y se tiene la sensación de estar bajo una serie de detalles que apuntan en la misma dirección, como si alguien, tenazmente, estuviera llamándote a gritos para que volvieses la cabeza a su reclamo. Consultó con el coordinador de la productora, que era de quien dependía, un hombre de unos treinta y cinco años. “¿Estás bromeando?”, le contestó. “Ha pasado un siglo, entonces la gente era muy dada a creerse cualquier cosa... Va a resultar que las invenciones de unos militares en estado de shock por estrés pos-traumático son de interés histórico”.

Peter sopesó la respuesta, como si estuviese en terreno resbaladizo.

- El frente de Passchendaele tenía más de una decena de kilómetros. Me he topado con bastantes testimonios, no ya de nuestros compatriotas, sino también de franceses y alemanes dando cuenta de un cúmulo de fenómenos extraños, todos en la misma mañana. No sé lo que pasó, pero fue muy notable porque es complicado, por no decir imposible, poner de acuerdo a tantas personas, luchando en bandos distintos además.
- No estás bromeando... – Se llevó la mano a la frente con fastidio, como si le hubiese entrado un terrible dolor de cabeza. - ¡No me lo puedo creer! ¿A quién le importa un cuento así? Te lo explico... – Adoptó un tono condescendiente, como si estuviera describiendo algo a un niño, lo que incomodó al veterano documentalista. – La BBC nos paga una pasta por contar lo que nos han dicho que hay que contar. Y entonces, nosotros, que somos los expertos, vamos a lo fundamental, que hubo una guerra muy mala, para lo que rescatamos entrevistas de ex - combatientes que ya están criando malvas y que a nadie le apetece saber la medida de su sufrimiento porque fue por una buena causa. Además de que murió mucha gente por culpa de gobiernos imperialistas, y que gracias a nosotros, ¡qué ganamos!, triunfó la Democracia.
- Sí, – afirmó Peter para luego ironizar, – por esa razón no ha habido más guerras desde entonces...

La fulminante mirada del coordinador cerró la sugerencia. No, no habría la menor mención a lo acaecido en Passchendaele aquella lluviosa mañana de otoño de 1917. Quedaría durmiendo el sereno sueño de los justos en los archivos hasta que el paso del tiempo diese su última paletada y enterrase esos hechos bajo la plúmbea losa de la ignorancia.

¿O acaso no?...


Sábado por la mañana, 13 de octubre de 1917, frente occidental, Passchendaele, Bélgica.

Llovía de nuevo. Después de pocas jornadas sin respirar barro, la lluvia incesante volvía a insuflarle fuerzas para que todo fuese cieno. Los cadáveres tendidos, pudriéndose lentamente en los agujeros que los obuses habían excavado en la sufrida tierra, ahora llenos de lodo hasta sus bordes. Se había dado el caso de soldados que habían muerto ahogados, mientras patrullaban de noche, al pisar lo que pensaban que era un simple charco. Y sin pedir auxilio, sabedores de que nadie iba a arriesgarse a salir de esas ratoneras que eran las trincheras para recibir un disparo de algún aburrido centinela enemigo. Por eso no eran simples lodazales, sino pozos sin fondo de barro, pútrido, viscoso y oscuro, que llegaban hasta el mismísimo Infierno.

Llovía y eso no era nuevo para Wilhelm, joven capitán del Reichsheer (1), en su Baviera natal también se desbordaba el cielo en otoño, pero en este caso él percibía diferencias. En Flandes, el agua iba diluyendo el suelo, hasta que la tierra era una masa pastosa que te tragaba, como si quisiera cobrarse el préstamo en carne que le había dado a Dios para crear al Hombre.

Wilhelm aguardaba la orden de sus superiores para atacar. Había que contener la ofensiva aliada sobre la región, tarea casi imposible porque los británicos estaban recibiendo refuerzos canadienses y de la ANZAC (2), y los norteamericanos ya iban llegando a Europa. Así que ello implicaba mandar a la tumba a unos cuántos jóvenes alemanes. Más. Las guerras las declaran los políticos, lo que en sí mismo ya es una forma de corrupción, para que mueran en ellas los soldados. Siempre ha sido de esa manera. Y un militar haciendo política ya no es un militar, sino una mezcla informe y deforme de lo peor de ambas condiciones.

Las órdenes se cumplen con disciplina y patriotismo. Resulta curioso que los combatientes tengan que alardear de ellas en las batallas, hasta el punto de rendir sus vidas, mientras que a los que mandan se les exima de demostrarlo. Les basta con las buenas y falsas palabras que les dictan los que gobiernan de verdad en la sombra y desde las sombras para engañar en las elecciones y ganarlas. Quizás esa sea la mejor definición de “democracia”, toda una industria de la mentira. Pero a Wilhelm esas reflexiones le llegaban en mal momento. Cualquier pensamiento es malo antes de saltar de la trincheras bajo el fuego enemigo. Su lluvia de metal te mata, y la del cielo te sepulta en ese maldito cieno de Flandes. Verdaderamente, parecía que toda Bélgica fuera un cenagal. Puede que el mundo entero lo fuera.

Así que recibirían el mandato de salir para desgastar al enemigo, procurarían correr sin tropezarse con las balas y los obuses aliados hasta que el corneta avisase de que había que regresar a la trinchera. Más o menos lo que solía ocurrir, por turnos, porque a ellos también les pasaba lo mismo. Y transcurrían las semanas y los meses. Para los que tenían suerte y sobrevivían, porque para los muertos el juego acababa para siempre. Puede que después de tanta penalidad, de tanta estupidez, de tanto sacrificio, ellos fuesen los más afortunados. La Vida también es una maldita guerra de trincheras.

Había llegado el momento. Pudo verlo en la mirada de su mayor. Con una señal le indicó que su unidad sería la que iniciase la carga. Maldijo su suerte porque él como oficial al mando sería el primero en salir. Era lo lógico. Alguien tiene que dar ejemplo y guiarlos hacia el Infierno... Desenfundó su Luger y la amartilló. Quiso musitar una plegaria, pero no pudo recordar ninguna. “Gott mit uns” (3), sí, Él estaría cerca, pero la desesperación es la peor ceguera porque afecta al alma. Miró a sus hombres para que estuviesen avisados. Miedo, terror, clavado silenciosamente en los ojos. Ni el káiser Guillermo, ni ningún otro gobierno merecían tanto. Y sus países... sus países, como sus mujeres, como sus hijos, les necesitaban vivos. Hay un Reino por el que luchar, y por el que morir, pero no es de este mundo.

Restalló la orden. Con dificultad, con esa humedad que todo lo impregnaba, con el peso del armamento, de la munición, de los años que no se sabe si se podrán vivir tras esos instantes de estrépito, de confusión, de correr ensordecidos por el fuego a discreción... Sucedió.

Era un simple hombre, aproximadamente de treinta o cuarenta años, una edad indefinida, de complexión fuerte, con el pelo cortado al estilo militar, como ellos mismos, de rasgos definidos y angulosos, afeitado... Vestía un hábito oscuro, sencillo, lo que hacía inferir que era un religioso. Avanzaba justo por el medio de las líneas que estaban disparándose entre ellas, con despreocupación, con una leve sonrisa incluso, bendiciendo con la mano derecha a uno y a otro lado, a británicos y a alemanes, mientras que en la otra llevaba colgando un sencillo Rosario cuyas cuentas eran de madera. Y lo increíble: No le alcanzaba ningún impacto, ninguna explosión le afectaba. Andaba tranquilamente por ese paraje desolado como quien da un paseo por la playa en verano de buena mañana.

Y más increíble todavía es que ninguna ráfaga de ametralladora, cuyo tableteo encogía el corazón, ninguna pieza de artillería, lograba hacer blanco en ninguno de sus hombres, ni en él mismo, como si las balas se desvaneciesen en el aire. Se detuvieron, alguno se arrodilló para contemplar el pausado caminar de aquel hombre que se había aventurado a interponerse entre ambos bandos. Cundió el desconcierto entre los británicos, una sección de su trinchera se vino abajo y los soldados salieron despavoridos del lugar porque una imagen de la Virgen, llorando sangre, había quedado al descubierto. Se desató la histeria, se deshizo la cadena de mando, soldados que alzaban sus brazos, soldados que pedían misericordia a grandes voces, soldados que arrojaban las armas y se hincaban de hinojos elevando la mirada a un cielo que no dejaba de bendecirles, a todos, con su llanto.

El religioso llegó a la altura del capitán Wilhelm. Le entregó una pequeña cruz de madera, le bendijo en latín y siguió su camino. El oficial no se agachó para recoger su pistola, que se hundía lentamente en el barro de Flandes...


Un día de julio de 1971, en una playa del sur de España.

El octogenario mira con dulzura el chapoteo de sus nietos en la orilla del mar. Después de todo, ha llegado a conocerles. En realidad se sentía compensado con esos momentos. No anochecía ningún día sin que se preguntase, con inquietud, si ellos también tendrían que vivir el horror. Sin embargo, verlos construir castillos de arena en la playa disipaba cualquier temor a la luz de tanta esperanza.

Estaba cansado, reposando plácidamente en una hamaca, a la sombra, disfrutando de esa luminosidad que lo bañaba todo con su resol, con el Mediterráneo en el horizonte, mientras jugueteaba con una cruz de madera que colgaba de su cuello desde...

Entonces apareció él. Paseando apaciblemente, como aquella distante mañana. La gente lo miraba con extrañeza, vestido con su hábito oscuro en un tórrido contexto de sombreros de paja, camisetas a rayas, bañadores y biquinis. Algunos jóvenes hacían intención de burlarse, pero cuando los miraba se quedaban petrificados. A pesar de todo, él no abandonaba su sonrisa. Se iba acercando al anciano, que lo escrutaba sin llegar a creérselo. ¡Habían pasado más de 50 años, y el hombre estaba exactamente igual que en octubre de 1917!

El religioso le tendió la mano. El capitán Wilhelm se quitó la cruz sin decir nada y se la devolvió, ante los murmullos de las personas que presenciaban la escena sin entender nada. Cerró su mano, le bendijo como aquel día y continuó su caminar.

Se quedó dormido dulcemente mientras le veía alejarse. Murió soñando que iba andando junto a él. Feliz porque sabía que nunca volvería a Passchendaele...

NOTAS
(1) Ejército Imperial de Alemania.
(2) Fuerzas de Australia y Nueva Zelanda.
(3) “Dios con nosotros”, lema nacional de Alemania. Ahora postergado por ser demasiado “confesional”.