jueves, 29 de mayo de 2014

Angyalka

Nunca se sabe de donde viene. Tampoco su destino. Algunos creen que se trata de un monje, un fraile, un religioso en definitiva. Así lo juzgan porque suele acompañarse de un Rosario de madera, pequeño y sencillo, y se viste con largas vestiduras, que recuerdan el hábito que lucen las personas de esa condición. Sin embargo, muchos de los que se han cruzado en algún momento con él, intuyen que sus ropas son sólo eso, ropas, que usa para cubrirse, y que esconde algo indefinible que, sin ser amenazante, les causa vértigo y respeto.

Es un hombre de complexión fuerte, alto sin humillar, con el pelo corto y descuidado de clara inspiración militar, afeitado; cargado con unos treinta y cinco o cuarenta años. Hay ocasiones, bajo determinada luz, que parece superar esa edad. En el fondo de su mirada reposa serena la tristeza, no muy lejos de una esperanza que es la misma que desprenden sus palabras. Palabras, a veces, trémulas y espantadas de alguien que ha visto demasiado dolor; en otras vehementes y entusiasmadas por saber que, después de todo, lo mejor está por venir.

Llega, se dirige a alguien en particular por razones que únicamente conoce él, le da o recibe algo, cuenta un episodio o hecho sin conexión aparente con la situación y los presentes, mira al Infinito antes de bendecirte y despedirse, y luego se pone a caminar, con esa patria espinada a cuestas que son sus recuerdos y sus plegarias. Nadie sabe de donde procede y nadie sabe nada de él.

Nadie sabe su nombre a ciencia cierta porque pocos son los que han llegado escucharlo.

Un deslumbrante atardecer del final de mayo, acaso del principio de junio, en un parque. Los críos corretean por aquí y por allá, en dura competencia con el clamor del enloquecido tráfico, heraldo de un cercano y cálido fin de semana. La ciudad no es para los niños. En realidad no es para nadie que sea de carne y hueso. Viene andando relajadamente, aunque bien puede haberse materializado un instante antes porque ninguno de los presentes ha reparado en que tan singular personaje se estuviera aproximando. En una época de zarcillos, tatuajes y peinados despeinados no debería de llamar la atención.

Se dirige hacia un grupo de mujeres, de diferentes primaveras. Una ancianita le mira con incrédulos ojos y se emociona. El hombre se acerca a ella y la abraza tiernamente, como si se conociesen de antes. De mucho, mucho tiempo atrás pese a no tener sentido porque podría ser su nieto. Quizás se trata de eso. La vieja dama se despoja de una cinta que lleva al cuello, con una crucecita de madera colgando, a modo de dije, y se la entrega entre sollozos. Él la consuela. Cuando parecía que iba a marcharse, comenzó a hablar...

“Me dispensarán si les cuento una historia.” Dijo con voz cálida. Si les aprovecha en algo, me lo agradecerán; no siendo así siempre se la podrán contar a alguien que la necesite oír. No sabemos realmente a quien tenemos delante, pero la Providencia sí.”

Alguna pensó que se trataba de un menesteroso, echó mano al monedero para que se fuera enhoramala y pudiesen continuar con su animada tertulia. Un simple gesto del misterioso hombre bastó para hacerla entender que no deseaba nada más que ser escuchado. Ante la tácita aprobación que implicaba el silencio de las allí reunidas, que no perdían de vista a sus criaturas, el desconocido empezó su relato.

“Hace mucho tiempo que pasó esto que les cuento. En la época en que toda Bohemia aún lloraba la muerte del rey Luis (1) y el monarca que le sucedió, Fernando (2), peleaba con todas sus fuerzas y las del imperio contra el Turco que ansiaba borrar la Cruz de Europa. Fue en aquellos convulsos y terribles días, con la herejía de Lutero apuñalando la espalda de la Cristiandad... Había en Praga un sabio judío, llamado Ivri, ya entrado en años, aventajado discípulo de un sefardí alquimista de Toledo, del que heredó sus conocimientos y la llave de un domicilio al que nunca retornó. No eran parientes. Según le narró, porque nada recordaba dada la corta edad que tenía cuando le recogió como pupilo, le sacó de la calle, abandonado como estaba, para educarle bajo el intransigente criterio de la Ley Mosaica.

“Nunca tuvo claro si fue recogido como le relató, vendido o simplemente raptado. Le trató con cariño y disciplina, como el padre que no recordaba y le enseñó todo lo que sabía, lo que incluía unas enigmáticas Artes con las que había que ser muy cuidadoso para no despertar la curiosidad, no ya de los gentiles, sino de otras personalidades de las que nunca entendió plenamente su naturaleza, ya que el sefardí rehusaba hablar de ellas siquiera y su voz se volvía vacilante y queda al tocar la cuestión.

“Una mañana se encontró a su maestro muerto en el lecho. Había fallecido mientras dormía. Como era una persona respetada entre la judería, las muestras de duelo fueron notables. Y él se hizo cargo de todo, de repente y sin advertencia, que es como la vida suele conceder su mayoría de edad. Siguieron encargando a su establecimiento perfumes, afeites, bálsamos, cataplasmas, ungüentos y con esas labores se ganaba la vida dignamente. Siempre ocurre que las personas cuidan sus cuerpos esmeradamente, mejor que sus almas, como si la Juventud fuera una flor inmarchitable, y no, porque sólo están pensados para durar una vida, no más, y frecuentemente sacrificada.

“Pasaban los años. Al principio estaba confiado en la idea de que hallaría una hembra, buena hija de Israel, que le diese hijos. Pero esa mujer, si existía, nunca se cruzó con él, y sus conocimientos se aliaron con una creciente demencia provocada por la soledad que le alanceaba el corazón. No soportaba contemplar el paseo de las parejas mozas frente a la puerta de su casa, detestaba las amas que urdían fugaces encuentros entre los enamorados. Llegó a considerarlo una afrenta personal e intolerable. ¿Por qué ellos, asquerosos gentiles, tenían a su disposición los goces del amor, - se preguntaba - y él, que era un devoto servidor de Elohim, nada tenía que esperar?... Y esa interrogante le corroía el alma y la mente.

“En este trance se hallaba cuando quiso la desventura que una joven y hermosa muchacha católica, nacida magiar, de nombre Angyalka, criada de alguna casa acomodada de Praga, entrase en su establecimiento para adquirir un artículo del que le habían hablado. Había ahorrado semanas para adquirirlo. Ivri se queda perdidamente prendado de cada uno de sus gestos, facciones y palabras. Le obsequia el producto con el fin de atraerse la simpatía de la chica, para que volviese. Y tramó un siniestro plan para que fuese de él, y de nadie más, por las buenas o por las malas. Para ello acudió sin prevención a los antiguos, arcanos y prohibidos conocimientos que le transmitió su mentor.

“A menudo acaece que lo enseñado como aviso, como mojón que no ha de traspasarse, seduce imperiosamente cuando se presenta la tentación. Somos poca cosa, casi lo mismo que la tierra que pisamos y que nos dará postrera morada, e Ivri fue un juguete en manos de un deseo que se desbordaba en cada uno de sus pensamientos. Angyalka sería suya, y ya le daba igual que fuera cristiana que ismaelita, que igualmente habría retado al Dios de Abraham. Lo que ignoraba en su vasta sabiduría es que esa clase de ambiciones despiertan la curiosidad de seres intangibles, incorpóreos, ni vivos ni muertos, que acechan al Hombre desde su concepción hasta que es acogido por El Que Todo Lo Puede. Y terminan viniendo si se les llama.

“Angyalka regresó a la tienda de Ivri, más esplendorosa que nunca, con el sol de su sonrisa en los labios, cuyo valle sería capaz de ensombrecer al de Josafat en el Día del Juicio. El alquimista le habló de cosas intrascendentes, para distraerla, mientras cerró la puerta a cal y canto para no ser importunado en lo que se proponía por algún parroquiano, y para que ella tampoco pudiera escapar. No se percató...

“Le habló de su encendida pasión, de que deseaba convertirla en su amante, en su esposa, en lo que ella le pidiese, a cambio de que permaneciese junto a él para siempre. Ella titubeó, intentó deshacerse de su agobiante asedio, que le provocaba repulsa, retrocediendo hacia la entrada. Esquivaba sus requiebros con buenas pero firmes palabras. Ivri fue abandonando su suave tono, sustituyéndolo por otro más áspero, más exigente. Angyalka estaba de espaldas a la puerta, tanteando afanosamente el pestillo... Forcejeó con los dedos para retirarlo... ¡El cerrojo había sido bloqueado!

“Dio un vigoroso empujón al judío para desasirse de su endiablado abrazo mientras le chillaba que nunca estaría con un maldito viejo y pedía auxilio. Ivri la agarró del brazo, destapó un albarelo que tenía preparado cerca y la obligó a beber el líquido que contenía.

Todo irá bien, ya lo verás. Te haré muy feliz, nada te faltará. Lo siento de veras, pero los preparados más efectivos son los más amargos... Le decía, intentando aplacarla. Ella sintió que le abandonaban las fuerzas... No lograba mantener la resistencia... Se hundía en oscuras aguas, con una diminuta luz al fondo...

“Él advirtió lo que pasaba inmediatamente. Intentó reanimarla, consciente de que la había matado. ¿En qué se había equivocado? Repasó mentalmente los ingredientes, no había error, medidos y calculados al detalle los pesos, sus mezclas, los tiempos de maceración y cocción, la manera en que se unirían a los humores de su hermoso cuerpo, las Personalidades a las que había invocado para que el conjuro fuera eficaz... ¿Qué le estaba pasando?

- Que la habéis asesinado, viejo estúpido...

“Ivri se giró en dirección al sonido de esa voz. No estaba solo. ¿Cómo podía ser posible? Era un joven alto, pálido, rubio, sin barba, vestido ricamente a la española, sentado arriba de una de sus estanterías,  como águila evaluando su presa, escupiéndole esa frase en latín. Saltó de su atalaya como un gato, cayendo de pie, sin el menor crujido del maderamen que tejía el suelo que soportaba sus pasos. ¿Quien es vuestra merced? Acertó a preguntar entrecortadamente...

- Eso no os importa. - Sonrió con maldad. - ¡Menudo embrollo, judío! ¡Siempre estáis en todos los pleitos!... Y ahora, ¿cómo vais a explicar esta calamidad a los corchetes (3)?

“Sí, debía de ser español, porque entre tanto latín había colado adrede la palabra corchetes (3), como parte de un juego, a sabiendas de que sería comprendido. Así que le contestó en la lengua que se educó su maestro.

- No lo sé, como tampoco sé la forma en la que habéis entrado en mi casa. - La desesperación subió a sus ojos. - Haría cualquier cosa por devolverle el aliento...
- ¿Cualquiera? - Interpeló el intruso en el mismo idioma. - Eso es mucho decir, judío...  ¿Qué me daríais a cambio de su vida?
- Lo que fuera, pero dudo de que tengáis esa facultad, que pertenece a Yahveh-Elohim.
- Estáis errado, judío. – Rió entre dientes al tiempo que examinaba a Angyalka. - No dispongo de mucho tiempo, pero aún puedo hacer que esta ramera cristiana recobre la vida. – Le arrancó con rabia la sencilla cruz que colgaba de su cuello. - El precio es alto.
- Os daré todo lo que tengo.
- No es suficiente... - Replicó con desdén.
- Todo lo que soy, toda mi ciencia, - añadió arrasado por las lágrimas, - ¡seré vuestro esclavo!
- Eso está mejor, pero no me sirve. Todo lo que conocéis lo tengo a mi disposición y mucho más que ni imagináis... Quiero vuestra alma. Y ella tornará a la vida.

“La propuesta sonó como un latigazo en el cerebro de Ivri. Así que estaba frente a un sidonai (4), justo castigo por su osadía.

- Siempre con vuestra Culpa a cuestas, Ivri (5). En verdad que este nombre os cuadra como espada en vaina... Tempus fugit (6), judío, decidíos presto porque de lo contrario nada podré hacer para rescatar a vuestra amada... “Como se viene la Muerte / tan callando...” (7)

“No reflexionó, no quiso hacerlo para impedir que sus lágrimas se aliasen con el temor, con el terror por lo que estaba viviendo...

- Sea. Tomad mi alma a cambio de la vida de ella.
- ¡Qué bonito es el amor! Llevo siglos diciéndolo... – Exclamó sarcásticamente. - O lo que sea el pecado que enterráis bajo el sepulcro blanqueado de ese nombre.

“Chascó los dedos. Ivri percibió que había alguien más en la estancia, aunque le fue imposible verlo. Unos poderosos brazos invisibles alzaron a la doncella, le abrieron la boca y le introdujeron un oscuro bebedizo que salía de la nada. La depositaron sobre el entarimado nuevamente.

“Apenas unos pocos segundos... Angyalka se retorció y tosió violentamente, esputando parte de la poción que le había administrado esa entidad invisible. Ivri quiso abrazarla, mas se lo impidió esa misma fuerza que estaba salvando a la joven. Cuando abrió los ojos, miró detenidamente al español para exclamar...

- Én Istenem! (8)
- Dios no es parte en estos tratos. - Sentenció despectivamente el desconocido. - Ella es mía ahora, - se dirigió al hebreo, - y vuestra merced me debe algo... El alma, por ejemplo.
- No, ¡no puede ser! Os la daré cuando me llegue la hora. ¡No hemos hablado nada de eso!
- Es cierto, no hemos hablado de eso, ¡cuán conveniente es sopesar los extremos de un pacto antes de comprometerse! Yo pongo el plazo, y ya ha vencido... He salvado la vida de esta damisela, y quiero cobrar mi deuda en este momento. - Le señaló con la ballesta del odio en su rostro. - ¡Adolete ille! (9)

“Al punto comenzaron a brotar pequeñas llamas de la vestidura de Ivri. Lo que fuera le estaba quemando vivo. El viejo aullaba de dolor mientras tropezaba con sus enseres domésticos e iba propagando el incendio por doquier. El extraño musitó “Sanguis Eius super nos et super filios nostros” (10) y cogió la mano de Angyalka, quiso rechazar su frío y duro tacto, pero no pudo... El espacio que ocupaban parecía ser rehuido por el fuego, con respeto, con devoción, como homenaje que el vasallo rinde a su señor. La mujer perdió la conciencia. Un vidrioso cuartel cuando la realidad supera unos límites que los sentidos se niegan a hollar... El intruso arrojó la cruz al cadáver llameante de Ivri.

“Angyalka no tenía la menor idea de si habían transcurrido minutos, horas o días. Acaso siglos. Lo que recordaba le causaba una gran congoja. Sin duda, había tenido una horrible pesadilla. Estaba tendida sobre una blanda cama, con el espléndido sol de mediodía taladrando el brocado de seda de un cortinaje que no podría pagar ni con el salario de toda su vida. El firmamento. Un azul increíble, digno color para el manto de la Santísima Virgen, puro, límpido, infinito. No era el plomizo cielo que miraba desde el ventanuco del chiscón donde reponía fuerzas tras las interminables jornadas de trabajo al servicio de su señora. Ni siquiera el modesto vestido que lucía era el mismo. Se admiró en un gran espejo: Parecía una de las damas de compañía de la archiduquesa Leonor de Habsburgo (11) a las que una vez ojeó de lejos cuando asistía a la misa de la Iglesia del Espíritu Santo. Se deleitó observando su largo cabello rubio recogido coquetamente y ataviada del color negro que los españoles habían puesto de moda en toda Europa con la única resistencia de la Corte francesa y de los herejes isabelinos. Una inmaculada gorguera blanca rodeaba su esbelto cuello, adornada con finísimas aguamarinas semejantes a gotas rematando las puntas más alejadas de su garganta. Jamás imaginó que pudiera llegar a deslumbrarse a sí misma. Cada detalle suponía un alarde de exquisito y refinado lujo, una poesía entretejida a medida sobre el telar que era su cuerpo asomado a la plenitud de la vida, la labor de una modista experimentada que no había dado una mala puntada, ni tomado una mala medida. Una ostentación sin par que la abrumaba. La cautela se abrió paso a empellones, apartando su euforia... Componer ese vestido llevaría semanas y costaría una fortuna, ¿quién se lo habría proporcionado? ¿Quién la habría compuesto para lucir así? Y lo que casi olvidaba cegada por tanto brillo y lujo... ¿Dónde se hallaba? Se llevó la mano al pecho con preocupación: No tenía su crucifijo. Es más, la alcoba no tenía ni un símbolo de su Fe, en cambio había otros que no conocía pero que le desasosegaban.

“A lo lejos podía escuchar el sonido de un instrumento musical. Venía de otra dependencia, pero su dulce y melancólica música parecía bañarlo todo. Era un laúd, aunque presentaba matices que lo diferenciaban de los que se escuchaban por las calles y tabernas de Praga.

- Es una vihuela... – Aclaró la voz de un hombre a su espalda. - Celebro que os agrade. Y esta es vuestra nueva casa... Si me obedecéis.

“Se quedó petrificada. No fue una pesadilla. El judío intentó forzarla, fue obligada a beber algo... Ese sopor que la invadió, aquella negrura tan acogedora y familiar... Hasta que sintió que la arrastraban, que la arrancaban de aquel lugar donde se sentía tan bien... Ese hombre había matado al viejo que vendía ungüentos después de su parloteo en un idioma que desconocía. Y luego... Se desmayó.

- ¿Obedecer?... – Balbuceó asustada. - ¿Quién sois? ¿Dónde estoy?
- Podéis llamarme Lucián. Os apeo del tratamiento que merezco para que veáis el grado de mi generosidad. Seréis mi invitada por mucho tiempo. Os halláis en una gran casa, la he adquirido hace escasos meses, casi a medio andar entre la Plaza Mayor y el Real Alcázar de Madrid. Nos hallamos en la nueva Corte de un Imperio como no se ha visto antes: La Monarquía Católica. El lugar ideal para mis tareas y en el que vuestra merced me será sumamente útil...
- Así que estoy en España... ¿Cuántos días he estado sin sentido? – La muchacha creía haber regresado a la pesadilla que había dejado atrás. - ¿Cómo me habéis traído hasta aquí?
- Días no, unas catorce horas. Os he traído yo. Los carruajes son lentos e incómodos. Eso por no hablar de las fondas sucias y malolientes, de los insolentes modales de los arrieros, de los salteadores de caminos. Puedo llevaros a cualquier sitio del mundo al instante, puedo concederos todas las riquezas, alhajas, preseas que se os antojen. Si me servís bien en lo que os pida, puedo obsequiaros con la mismísima corona del rey Felipe, si ese es vuestro capricho.
- No quiero ninguna corona. No quiero nada. - Negó temblorosa. - Únicamente deseo volver al servicio de mi señora. Estará intranquila por mi ausencia.
- Pues es una pena... - Fingió contrariedad. - No retornaréis. Os tomarán por bruja... Además ese percance con el viejo judío... Su casa quemada hasta los cimientos... Vuestra cruz junto a su podredumbre calcinada... Mal asunto. Y lo peor, vuestra nueva condición... Olvidaos para siempre de la limosna que os pagaban, de la vida que se os escapaba y saludad a la existencia que se os ofrece.
- ¿Qué condición? No he cambiado.
- No estáis viva. Tampoco muerta... Habéis entrado a formar parte de la gran familia de seres que no deberíamos existir, pero que estamos aquí a despecho de los que piensan que la Creación sigue unas reglas fijas, inmutables y asequibles a vuestras ridículas entendederas.
- No os comprendo. Apenas sé leer y escribir... Os ruego, os suplico, - se echó las manos a la cara, comenzó a llorar, - que por Dios tengáis compasión de mí y que me llevéis de vuelta a mi casa, seáis quien seáis. 
- No y no, ¡maldita sea! - Se encolerizó. - Os prohíbo que mencionéis a Ese ingrato. Dijimos Non Serviam, ahora estáis a mi servicio como yo mismo estoy a las sabias órdenes del príncipe de la luz, mi señor Lucifer. ¿Por qué la Humanidad se empeña en pecar una vez y otra a poco que se pasea la tentación por delante de vosotros, y cuando podéis ser consecuentes con vuestra despreciable naturaleza os refugiáis en el Arrepentimiento? Os ha sido dada la luz de una nueva existencia lejos de la tijera de Aisa (13). No padeceréis enfermedad ni muerte si no es por mi voluntad. Podéis disfrutar de todo lo que imaginéis sin rendir cuentas a nadie porque yo soy uno de los lugartenientes del señor de este mundo... ¡Y lo único que se os pasa por la cabeza es llorar como una plañidera que no ha cobrado todavía y reclamarme que os devuelva a una vida de miseria, con hijos que no veréis crecer porque os desangraréis en algún parto para acabar de gusanera en una fosa! - Gritó furioso. - ¡Sois tan desagradecida como ese Dios que nos arrojó de Su Lado! ¿Dónde está ahora el Señor al que remitís vuestras plegarias?, decidme, ¿dónde?
- Está en mí, - replicó sollozando Angyalka, - sé que lo tengo en mí. Él nos trajo la Esperanza del Amor y nada hay que me haga renunciar a Ello.

Le propinó una bofetada que la tiró al suelo mientras reía a grandes carcajadas, blasfemando en un lengua desconocida. Los postigos chirriaron sobre sus goznes y se cerraron con estrépito por sí solos, sumiendo el amplio cuarto en tinieblas. La música enmudeció.

- ¿Esperanza? ¿Amor? - Percibió que le susurraba al oído, muy cerca de ella, a pesar de hallarse rodeada por la oscuridad más impenetrable. - Comprobad el amor con que nos apartó de Sí. Amor. Habláis de esperanza y amor. Bien, la fortaleza de vuestra fe os salva de que os envíe al Infierno, sin embargo, dado que rechazáis servirme, os condeno a ser una aparecida, merodeando una de sus entradas, hasta que alguno de esos cadáveres andantes que se llaman “hombres” tenga el valor de arriesgar su vida para redimiros. Por amor a vuestra merced. A ver cuánta esperanza halláis en ello...

“Desde entonces, con pesadumbre, se cantan estos versos...

“Cuando la luna por estrellado cielo no pasea,
vagará la Dama, por enamorar a quien la vea.”

“Y en las noches en que el firmamento sufre con resignación la ausencia del astro, Angyalka merodea por los desiertos aposentos de una casa señorial que ya no existe, recorre una angosta y solitaria callejuela que ya no está, cuida un sueño que no sabe si se cumplirá, como es el puro amor de un hombre que la rescate del Mal como Cristo nos salvó de nuestros pecados.”


Levantó la mirada, se santiguó, bendijo con la mano a las mujeres que le habían escuchado absortas y emocionadas, y dando media vuelta se marchó por donde vino sin pronunciar una palabra más.

Nunca se sabe de donde viene. Tampoco su destino. Algunos creen que se trata de un monje, un fraile, un religioso en definitiva. Así lo juzgan porque suele acompañarse de un Rosario de madera, pequeño y sencillo, y se viste con largas vestiduras, que recuerdan el hábito que lucen las personas de esa condición. Sin embargo, muchos de los que se han cruzado en algún momento con él, intuyen que sus ropas son sólo eso, ropas, que usa para cubrirse, y que esconde algo indefinible que, sin ser amenazante, les causa vértigo y respeto...

NOTAS

(1) Luis II de Hungría, muerto en la batalla de Mohács (1526)
(2) Fernando de Austria, hermano de Carlos I de España.
(3) Era el nombre que recibían los agentes de la autoridad en Castilla, desde el siglo XV.
(4) Demonio en hebreo.
(5) Su significado es “el que cruzó”.
(6) El tiempo vuela.
(7) Versos de Jorge Manrique.
(8) “¡Dios mío!” en húngaro del siglo XVI.
(9) Latín vulgar: “¡Quemadle!”
(10) Latín clásico: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, Evangelio de san Mateo, capítulo 27, versículo 24.
(11) Leonor de Habsburgo (1534-1594), hija de Fernando de Austria y Ana de Bohemia.
(12) Latín clásico: “No serviré”, lema de los ángeles caídos.
(13) La parca que cortaba el hilo de la vida.

lunes, 5 de mayo de 2014

Adiós, Passchendaele...

Peter Holden llevaba tiempo trabajando en el documental que la BBC había encargado a su productora, por aquello del centenario de la I guerra mundial. “Parece que solamente nos acordamos de las cosas o de los sucesos cuando se cumplen aniversarios redondos”, pensaba Peter, con mucha discreción porque no quería perder su empleo de documentalista, en unos tiempos en que las opiniones divergentes con el que paga, se pagan con el despido. Libertad de expresión, como cualquier libertad, únicamente tolerada cuando coincide con la conveniencia de los que mandan. Agradecido por tener aún un medio de vida, el diligente Holden se pasaba horas y horas navegando o sumergido, según fuera desde su ordenador o en hemerotecas sin digitalizar, en busca de artículos, fotografías impactantes e inéditas, o retratos que tuviesen la virtud de narrar sin palabras lo que fue aquella lejana guerra. Defecto humano, que nadie escarmienta en cabeza ajena y que se tiene que vivir un espanto para conceder crédito a lo que nos contaban nuestros mayores. Porque no, no exageraban ni un ápice, al contrario, se llevaron muchos malos recuerdos a la tumba porque sabían de sobra que el horror satura y no se cree cuando alcanza determinadas e insoportables cotas.

No era la primera vez que acometía una labor así. Sus cincuenta y tantos años habían trazado una amplia experiencia en esas tareas, ya fueran documentales sobre la Naturaleza, sobre el Universo, o sobre lo que tocase. Porque toca ser polivalente, como se ha dicho, en una época en que disfrutar de ese derecho al trabajo es un privilegio. Con ese cuidado, con ese esmero, fue segmentando la información recabada junto con sus compañeros, los antecedentes del conflicto, los personajes principales de la tragedia, el difícil equilibrio de las alianzas, los esfuerzos (en todos los sentidos) diplomáticos, las batallas, los movimientos de tropas, la tragedia dentro de la tragedia que fue Rusia, las nuevas armas, etcétera. Realmente ya estaban entrando en la recta final, y todo, todo, se contaría con sutileza “británica”, desde su perspectiva, porque, al cabo, fue una guerra que ganó el Imperio Británico, junto con sus desinteresados aliados, y eso estaba por encima de los millones de muertos.

Peter estaba cerrando la edición sobre la batalla de Passchendaele, una batalla más con un bagaje altísimo en vidas para nada, como suele ser habitual por otra parte. Al principio supuso que debió de tratarse de una alucinación que tuvieron varios pelotones de soldados del V ejército británico. La histeria colectiva se desboca en situaciones límite, y el fragor de una batalla lo es, indudablemente. Una anécdota intrascendente que, ni por asomo, se asomaría al contenido que el narrador, un actor de campanillas, leería mientras las imágenes y las entrevistas desfilaban alternativamente por la pantalla. Cosas de la guerra, de la impetuosa e irrefrenable expresión de que se sigue con vida, como bien sabían las embarazadas que no verían retornar a sus anónimos y efímeros amantes, o como esos extraviados niños de mirada perdida que por extraviarse han perdido hasta sus lágrimas.

Pero era curioso. Resulta que la alucinación había pasado por encima de las trincheras porque los soldados enemigos, del IV ejército alemán, también refirieron el mismo hecho. Muchos testigos, demasiadas consecuencias, idénticas para ambos contendientes. Hubo soldados que arrojaron sus armas y se negaron a seguir combatiendo. Se cursó la orden de que fuesen fusilados por sedición inmediatamente. No pudieron ser ejecutados ese día. Nunca identificaron la causa de la imposibilidad. Un grupo de soldados alemanes se encerró en una iglesia que había sido arrasada por los británicos y se pusieron a rezar sin que nada ni nadie pudiese sacarles de ese arrebato, ni tan siquiera la furiosa artillería francesa que descargó todo su fuego sobre ellos... Sin que hubiese una sola baja. Otro reporte que hablaba de que unos combatientes aliados, sin diferenciar si eran franceses o súbditos de su británica majestad, rechazó cumplir la orden de cargar cuando el barro de su trinchera dejó al descubierto la blanca e impoluta imagen de una virgen que lloraba sangre...

Ya no le parecía tan anecdótico por los testimonios que se acumulaban, curiosamente Internet no recogía ninguno, hay olvidos tan inexplicables como los hechos que marginan. Ocurre a menudo que uno no repara en una noticia y la pasa por alto, hasta que fija la atención en ello y se tiene la sensación de estar bajo una serie de detalles que apuntan en la misma dirección, como si alguien, tenazmente, estuviera llamándote a gritos para que volvieses la cabeza a su reclamo. Consultó con el coordinador de la productora, que era de quien dependía, un hombre de unos treinta y cinco años. “¿Estás bromeando?”, le contestó. “Ha pasado un siglo, entonces la gente era muy dada a creerse cualquier cosa... Va a resultar que las invenciones de unos militares en estado de shock por estrés pos-traumático son de interés histórico”.

Peter sopesó la respuesta, como si estuviese en terreno resbaladizo.

- El frente de Passchendaele tenía más de una decena de kilómetros. Me he topado con bastantes testimonios, no ya de nuestros compatriotas, sino también de franceses y alemanes dando cuenta de un cúmulo de fenómenos extraños, todos en la misma mañana. No sé lo que pasó, pero fue muy notable porque es complicado, por no decir imposible, poner de acuerdo a tantas personas, luchando en bandos distintos además.
- No estás bromeando... – Se llevó la mano a la frente con fastidio, como si le hubiese entrado un terrible dolor de cabeza. - ¡No me lo puedo creer! ¿A quién le importa un cuento así? Te lo explico... – Adoptó un tono condescendiente, como si estuviera describiendo algo a un niño, lo que incomodó al veterano documentalista. – La BBC nos paga una pasta por contar lo que nos han dicho que hay que contar. Y entonces, nosotros, que somos los expertos, vamos a lo fundamental, que hubo una guerra muy mala, para lo que rescatamos entrevistas de ex - combatientes que ya están criando malvas y que a nadie le apetece saber la medida de su sufrimiento porque fue por una buena causa. Además de que murió mucha gente por culpa de gobiernos imperialistas, y que gracias a nosotros, ¡qué ganamos!, triunfó la Democracia.
- Sí, – afirmó Peter para luego ironizar, – por esa razón no ha habido más guerras desde entonces...

La fulminante mirada del coordinador cerró la sugerencia. No, no habría la menor mención a lo acaecido en Passchendaele aquella lluviosa mañana de otoño de 1917. Quedaría durmiendo el sereno sueño de los justos en los archivos hasta que el paso del tiempo diese su última paletada y enterrase esos hechos bajo la plúmbea losa de la ignorancia.

¿O acaso no?...


Sábado por la mañana, 13 de octubre de 1917, frente occidental, Passchendaele, Bélgica.

Llovía de nuevo. Después de pocas jornadas sin respirar barro, la lluvia incesante volvía a insuflarle fuerzas para que todo fuese cieno. Los cadáveres tendidos, pudriéndose lentamente en los agujeros que los obuses habían excavado en la sufrida tierra, ahora llenos de lodo hasta sus bordes. Se había dado el caso de soldados que habían muerto ahogados, mientras patrullaban de noche, al pisar lo que pensaban que era un simple charco. Y sin pedir auxilio, sabedores de que nadie iba a arriesgarse a salir de esas ratoneras que eran las trincheras para recibir un disparo de algún aburrido centinela enemigo. Por eso no eran simples lodazales, sino pozos sin fondo de barro, pútrido, viscoso y oscuro, que llegaban hasta el mismísimo Infierno.

Llovía y eso no era nuevo para Wilhelm, joven capitán del Reichsheer (1), en su Baviera natal también se desbordaba el cielo en otoño, pero en este caso él percibía diferencias. En Flandes, el agua iba diluyendo el suelo, hasta que la tierra era una masa pastosa que te tragaba, como si quisiera cobrarse el préstamo en carne que le había dado a Dios para crear al Hombre.

Wilhelm aguardaba la orden de sus superiores para atacar. Había que contener la ofensiva aliada sobre la región, tarea casi imposible porque los británicos estaban recibiendo refuerzos canadienses y de la ANZAC (2), y los norteamericanos ya iban llegando a Europa. Así que ello implicaba mandar a la tumba a unos cuántos jóvenes alemanes. Más. Las guerras las declaran los políticos, lo que en sí mismo ya es una forma de corrupción, para que mueran en ellas los soldados. Siempre ha sido de esa manera. Y un militar haciendo política ya no es un militar, sino una mezcla informe y deforme de lo peor de ambas condiciones.

Las órdenes se cumplen con disciplina y patriotismo. Resulta curioso que los combatientes tengan que alardear de ellas en las batallas, hasta el punto de rendir sus vidas, mientras que a los que mandan se les exima de demostrarlo. Les basta con las buenas y falsas palabras que les dictan los que gobiernan de verdad en la sombra y desde las sombras para engañar en las elecciones y ganarlas. Quizás esa sea la mejor definición de “democracia”, toda una industria de la mentira. Pero a Wilhelm esas reflexiones le llegaban en mal momento. Cualquier pensamiento es malo antes de saltar de la trincheras bajo el fuego enemigo. Su lluvia de metal te mata, y la del cielo te sepulta en ese maldito cieno de Flandes. Verdaderamente, parecía que toda Bélgica fuera un cenagal. Puede que el mundo entero lo fuera.

Así que recibirían el mandato de salir para desgastar al enemigo, procurarían correr sin tropezarse con las balas y los obuses aliados hasta que el corneta avisase de que había que regresar a la trinchera. Más o menos lo que solía ocurrir, por turnos, porque a ellos también les pasaba lo mismo. Y transcurrían las semanas y los meses. Para los que tenían suerte y sobrevivían, porque para los muertos el juego acababa para siempre. Puede que después de tanta penalidad, de tanta estupidez, de tanto sacrificio, ellos fuesen los más afortunados. La Vida también es una maldita guerra de trincheras.

Había llegado el momento. Pudo verlo en la mirada de su mayor. Con una señal le indicó que su unidad sería la que iniciase la carga. Maldijo su suerte porque él como oficial al mando sería el primero en salir. Era lo lógico. Alguien tiene que dar ejemplo y guiarlos hacia el Infierno... Desenfundó su Luger y la amartilló. Quiso musitar una plegaria, pero no pudo recordar ninguna. “Gott mit uns” (3), sí, Él estaría cerca, pero la desesperación es la peor ceguera porque afecta al alma. Miró a sus hombres para que estuviesen avisados. Miedo, terror, clavado silenciosamente en los ojos. Ni el káiser Guillermo, ni ningún otro gobierno merecían tanto. Y sus países... sus países, como sus mujeres, como sus hijos, les necesitaban vivos. Hay un Reino por el que luchar, y por el que morir, pero no es de este mundo.

Restalló la orden. Con dificultad, con esa humedad que todo lo impregnaba, con el peso del armamento, de la munición, de los años que no se sabe si se podrán vivir tras esos instantes de estrépito, de confusión, de correr ensordecidos por el fuego a discreción... Sucedió.

Era un simple hombre, aproximadamente de treinta o cuarenta años, una edad indefinida, de complexión fuerte, con el pelo cortado al estilo militar, como ellos mismos, de rasgos definidos y angulosos, afeitado... Vestía un hábito oscuro, sencillo, lo que hacía inferir que era un religioso. Avanzaba justo por el medio de las líneas que estaban disparándose entre ellas, con despreocupación, con una leve sonrisa incluso, bendiciendo con la mano derecha a uno y a otro lado, a británicos y a alemanes, mientras que en la otra llevaba colgando un sencillo Rosario cuyas cuentas eran de madera. Y lo increíble: No le alcanzaba ningún impacto, ninguna explosión le afectaba. Andaba tranquilamente por ese paraje desolado como quien da un paseo por la playa en verano de buena mañana.

Y más increíble todavía es que ninguna ráfaga de ametralladora, cuyo tableteo encogía el corazón, ninguna pieza de artillería, lograba hacer blanco en ninguno de sus hombres, ni en él mismo, como si las balas se desvaneciesen en el aire. Se detuvieron, alguno se arrodilló para contemplar el pausado caminar de aquel hombre que se había aventurado a interponerse entre ambos bandos. Cundió el desconcierto entre los británicos, una sección de su trinchera se vino abajo y los soldados salieron despavoridos del lugar porque una imagen de la Virgen, llorando sangre, había quedado al descubierto. Se desató la histeria, se deshizo la cadena de mando, soldados que alzaban sus brazos, soldados que pedían misericordia a grandes voces, soldados que arrojaban las armas y se hincaban de hinojos elevando la mirada a un cielo que no dejaba de bendecirles, a todos, con su llanto.

El religioso llegó a la altura del capitán Wilhelm. Le entregó una pequeña cruz de madera, le bendijo en latín y siguió su camino. El oficial no se agachó para recoger su pistola, que se hundía lentamente en el barro de Flandes...


Un día de julio de 1971, en una playa del sur de España.

El octogenario mira con dulzura el chapoteo de sus nietos en la orilla del mar. Después de todo, ha llegado a conocerles. En realidad se sentía compensado con esos momentos. No anochecía ningún día sin que se preguntase, con inquietud, si ellos también tendrían que vivir el horror. Sin embargo, verlos construir castillos de arena en la playa disipaba cualquier temor a la luz de tanta esperanza.

Estaba cansado, reposando plácidamente en una hamaca, a la sombra, disfrutando de esa luminosidad que lo bañaba todo con su resol, con el Mediterráneo en el horizonte, mientras jugueteaba con una cruz de madera que colgaba de su cuello desde...

Entonces apareció él. Paseando apaciblemente, como aquella distante mañana. La gente lo miraba con extrañeza, vestido con su hábito oscuro en un tórrido contexto de sombreros de paja, camisetas a rayas, bañadores y biquinis. Algunos jóvenes hacían intención de burlarse, pero cuando los miraba se quedaban petrificados. A pesar de todo, él no abandonaba su sonrisa. Se iba acercando al anciano, que lo escrutaba sin llegar a creérselo. ¡Habían pasado más de 50 años, y el hombre estaba exactamente igual que en octubre de 1917!

El religioso le tendió la mano. El capitán Wilhelm se quitó la cruz sin decir nada y se la devolvió, ante los murmullos de las personas que presenciaban la escena sin entender nada. Cerró su mano, le bendijo como aquel día y continuó su caminar.

Se quedó dormido dulcemente mientras le veía alejarse. Murió soñando que iba andando junto a él. Feliz porque sabía que nunca volvería a Passchendaele...

NOTAS
(1) Ejército Imperial de Alemania.
(2) Fuerzas de Australia y Nueva Zelanda.
(3) “Dios con nosotros”, lema nacional de Alemania. Ahora postergado por ser demasiado “confesional”.  


domingo, 30 de marzo de 2014

La dama del callejón

Dicen que las horas en las que el cielo guarda vigilia por la ausencia del sol tienen su propio ritmo, ajeno al cartesiano de los sesenta minutos de sesenta segundos cada uno. Bien lo sabían los romanos, cuyas noches se distribuían en cuatro partes, de duraciones diferentes según la época del año, frente a las racionales doce horas en las que se desarrollaban las actividades cotidianas. También lo sabemos bien los que hemos hecho guardia durante las interminables en las que hemos dialogado con nuestros propios demonios interiores. Pero eso pertenece a otra historia. La noche no es una franja temporal, no es un cúmulo de horas en las que se aprovecha para dormir porque no hay luz natural para hacer otra cosa, no... La noche es un estado de ánimo, un grado de conocimiento, si se quiere decir de ese críptico modo. Suele ocurrir que las tinieblas pueden dar fe de nuestros más inconfesables actos, también de los que nos redimen. Redención... Quien la tiene a mano la rehúye por la penitencia que implica, y quien la desea ya no está en la suya porque forma parte de su propio sacrificio para alcanzar el perdón.

He hecho reiteradas referencias a mi afición de pasear por cementerios. Como estos tienen el mal hábito de protegerse durante la noche de las profanaciones de algunos que se dicen vivos; de mis horas de insomnio, a veces, han sido mudos testigos las calles del viejo Madrid que han contemplado mis pasos de niño y de joven. Hay callejas y callejuelas tan pintorescas que permanecen como en otra dimensión, al margen del irrespetuoso bullicio de turistas y juerguistas, que con frecuencia son los mismos.

No fue hace mucho. Paseaba por la penumbra de las tortuosas vías que nacen o mueren cerca de la calle Mayor, escondidas del engañoso relumbrón procedente del Palacio Real y de los acertijos que propone lo que fue la muralla musulmana, durmiente y amenazante bajo el tráfico rodado de una de las grandes capitales europeas que, desgraciadamente, hoy es Madrid. Si uno se detiene y escucha en ciertas esquinas y bocacalles, es posible escuchar las desengañadas carcajadas de Quevedo, el melancólico caminar de Bécquer o los alborotos de Valle Inclán, que de todo guarda memoria esta ciudad que tanto ha visto y sufrido en la carne y en la sombra de sus hijos.

Debían de ser cerca de las tres de la madrugada, fresca y húmeda pues había llovido la tarde anterior de un abril tan lluvioso como el del refrán. No recuerdo bien si venía o iba, es lo que tiene deambular pendiente de las cuentas que uno tiene consigo mismo, sólo sé que enfilé la calle del Cordón y apenas hube andado unos escasos metros, a mi derecha, se abría una esquina que jamás había contemplado antes. Me asombró sobremanera porque no recordaba bocacalle alguna a esa altura, y uno sujeta un haz de años en su cuerpo que no permiten esa clase de descuidos. Miré el cartel: Callejón de la Escalera, no “de la Escalinata”, que bajaba o subía, según, cerca de allí. Y efectivamente, una escalera, con sus fieles peldaños, descendía delante de mí sin decirme adonde porque una enigmática penumbra velaba sus secretos.

Estuve tentado de dar media vuelta y dejar la exploración para mejor ocasión, que los remordimientos son mala cosa para encararse con acontecimientos extraños, sin embargo pudo más la curiosidad y fue esta amazona la que espoleó mis piernas como los caballeros hacían con sus monturas. Se trataba de una calle estrecha, como muchas de ese antiguo barrio, sin más iluminación que la de un cielo abarrotado de estrellas y completamente en silencio, tan abrumador que opté por acallar mis prevenidos y espaciados pasos, como soldado en territorio enemigo.

Me llamó la atención que no diese ninguna ventana al vía, ni balconada ni portal, lo que le confería un amenazante aspecto de zulo, de ratonera, de trampa, detalle que se confirmó cuando llegué a su final y comprobé con creciente desasosiego que estaba en un callejón sin salida, cerrado por una enladrillada pared que se alzaba imponente hasta el cielo. Haciendo ostentación de la frialdad que tanto se me ha reprochado, giré sobre mis talones y me puse a desandar lo andado hacia la escalera para ganar la salida de esa inquietante calleja en la que nunca había reparado antes.

Quizás un par de pasos, puede que tres o cuatro a lo sumo, como duelista sorprendido por la espalda a causa de la felonía de un adversario, alguien me llamó por mi nombre. No fue un susurro, ni el aire retorcido en el fondo de una tronera. Sonó claro y limpio, como gota de agua precipitada a lo más profundo de un pozo. Me volví como si un resorte se hubiera disparado.

Una dama, muy joven y hermosa, de apenas veinte abriles, de piel tan blanca que parecía transparente, ojos grandes, tristes y grises; largo cabello rubio recogido y rasgos que delataban proceder de Europa Oriental. Vestía ropajes de otra época, no supe situar su indumentaria, acaso de mediados del siglo XVI, de riguroso negro en el que parecía brillar la extrema blancura de la seda que formaba la gorguera, adornada por unas pequeñas gemas celestes es sus bordes. Repitió mi nombre, me percaté de que en sus labios tomaba el acento de otras tierras, al tiempo que extendía su mano hacía mí, como invitándome a cogérsela o en ademán de auxilio. No se me concedió tiempo para más. Se hundió en el suelo que había bajo sus pies y desapareció atravesándolo sin que se moviese un solo adoquín.

Impresionado, hice acopio de ánimo y palpé la superficie del pavés que había acariciado la piel, o lo que fuera, de tan extraña dama. Aparentemente se hallaba más cálidos que los circundantes, pero no supe si ello era debido a mi propia sugestión o al paso de la aparición a través de su estructura. Ahora sí, tenía todas las alarmas encendidas y retrocedí apresuradamente los metros que me separaban de la calle del Cordón, más familiar y conocida, sin dejar de correr y tropezar hasta la esquina con Sacramento, donde apoyé mi espalda contra la Casa de Cisneros para recobrar resuello. Señal de que lo recuperé con presteza es que miré a mi alrededor cerciorándome de que retirada tan deshonrosa no había sido observada por nadie. Nadie. La vergüenza se lleva lastimosamente si es pública. Estaba completamente solo en el centro de Madrid, en una noche sin luna, sin más compañía que la de la lluvia que comenzaba a caer de nuevo, suave, silenciosa, sinuosa, como los nostálgicos acordes del Réquiem de Dvorák, justo cuando escasos segundos antes acababa de contemplar un espectacular cielo estrellado. Ahora, contrariamente, un manto escarlata de nubarrones adornado con jirones blanquecinos ocupaba todo el firmamento. No sabía lo que había presenciado, menos aún que se dirigiese a mi para dejarme sumido entre tinieblas. Es como si la misteriosa dama se hubiera llevado toda la luz del universo prendida sobre sí, tal que una presea o alhaja más. La calleja se había esfumado.

Aguardé un par de días antes de realizar ninguna indagación. Estaba seguro de lo que había visto, es lo que tiene no consumir alcohol ni ningún tipo de drogas, que se posee una certeza sobre la realidad fuera de toda duda, incluso cuando esta se resquebraja abruptamente para mostrarnos un lamento. Sí, un lamento, la muchacha no transmitía gozo alguno, sino un infinito y perpetuo quebranto, un llanto sin lágrimas, como el que se padece cuando se han agotado de tanto llorar. Volví al lugar del suceso, esta vez a plena luz del día, aunque debilitada por las traviesas nubes que cubrían Madrid. Crucé la plaza de la Villa en diagonal pues venía desde Bailén, y me encaminé hacia la calle del Cordón, examinando detenidamente que, esta ocasión a mi izquierda, en efecto, allí no había el menor indicio de un “callejón de la escalera”, ni siquiera un resquicio que pudiera dar a entender que el edificio que ocupaba su espacio estuviera segmentado en el pasado. Así que acudí a los planos del Madrid antiguo, empezando por el más conocido, realizado por Pedro Teixeira en 1656. Advertí que en aquel tiempo el trazado de la calle del Cordón era más o menos idéntico al actual. Tercamente, lo rechacé: El atuendo de la aparecida era anterior a esa fecha, en al menos un siglo. Seguí buscando hasta dar con el más pretérito, que andaba por alguna de mis estanterías, durmiendo plácidamente el sueño del conocimiento, rechazando recreaciones o suposiciones contemporáneas que pasan por encima de los detalles. Necesitaba la precisión del ilustrador que estuvo allí, en ese momento. La encontré en el plano de Marcelli (1), datado en 1622...


Ahí estaba. Viniendo desde la plaza de la Villa, a mano izquierda, una estrecha y larga abertura por la que únicamente se podrían cruzar dos personas si se arrimasen a las paredes, con un nivel más elevado en su entrada por la calle del Cordón, que descendía merced a unos cuantos peldaños y continuaba en ligera pendiente hasta toparse con la fachada occidental del Colegio de los Ingleses, que la cerraba por completo dejándola sin salida. Años después, en los difíciles días que sacudieron la Monarquía Católica, el callejón fue condenado y enterrado bajo un edificio, y ya nunca más volvería a ver la luz, salvo que se descerrajase algún hechizo. Las alucinaciones adolecen de rigor histórico. La coherencia que me ofrecían las evidencias que había ido reuniendo ante mis ojos me mostraron que estaba frente a una historia que tenía que desentrañar. Una historia. Imposible resistirse.

Me dí de bruces con toda la burocracia municipal, tan celosa de guardar la memoria de las ciudades y de los que fueron sus moradores que olvidan que de nada sirve conservarla y custodiarla si no se pone a disposición de los contribuyentes. Una paradoja que se repite hasta el aburrimiento con excavaciones, museos, bibliotecas y cualquier apéndice de la sabiduría sobre el pasado: Hay amores que matan, y algunos que dejan enterrado bajo instancias y oficios al objeto de sus desvelos. Los estudiosos investigamos, no deberíamos de lidiar con funcionarios y políticos que ni comen ni dejan, cual bostezante, ocioso y odioso perro del hortelano.

Cuando ya estaba a punto de desistir por lo prolijo de las gestiones acerca de un asunto que iba perdiendo intensidad frente a mi presente, alguien me llamó a mi móvil. No acostumbro a atender llamadas de números “ocultos”, pero la precipitación o la casualidad, si es que aceptamos que exista, quiso que aquella ocasión fuera una excepción. Descolgué con el habitual “diga”. Nada más que el zumbido de la línea, de que alguien estaba a la escucha. Repetí, “diga”, arrepentido de haber aceptado la comunicación y resuelto a desconectar inmediatamente. Entonces oí una voz metálica, inexpresiva, que asocié a un hombre más por intuición que por timbre.

- Angyalka. Se llama Angyalka. Ese es el nombre de la Dama del Callejón. Ningún archivero o chupatintas podrá darle razón de Angyalka. Acuda a Hadradian, sí. Ella le contará. Ella lo sabe todo...
- ¿Cómo sabe que ando buscando información sobre esa señorita?... - Pregunté - ¿Quién es usted? ¿Quien es Hadradian?
- Vaya a hablar con Hadradian. Esta noche, cuando ya no haya luz. La encontrará caminando por la calle del espejo...
- ¿A quién voy a encontrar andando por esa calle? ¿Es una tomadura de pelo?

La interrogante no halló interlocutor. Quien fuera la persona que me había telefoneado, ya no estaba al otro lado de la línea. O al otro lado, sin más.

Confieso que mi primer impulso fue desoír la cita e ignorarla. Lo malo es que lo inexplicable, y ya había demasiadas datos bajo ese denominador, tiene un imán que nos atrae, que nos seduce para entregarnos, como único y solitario galardón, comprender sucesos extraordinarios que se salen de eso que llamamos, ramplona y aburridamente, “realidad”.

Así que debidamente prevenido, por aquello de ese modo se vale como dos, me dirigí a pasearme por la calle del espejo, arriba y abajo, como solitario centinela a la espera de alguien cuya apariencia desconocía, como aún que fuera a presentarse allí, si es que existía y no fuera el señuelo de algún bromista con demasiado tiempo libre. El crepúsculo civil fue oscureciendo el singular anochecer madrileño en primavera, con nubes que tuvieron a bien visitar la capital para arroparla y que no se enfriase en exceso durante esas vagas e indefinidas horas nocturnas que iban cercando el día para verlo morir. El duelo que anuncia ese desenlace fue dejando la vía libre de transeúntes, como si estar ubicada en el centro de Madrid no implicase obligación de tener tránsito a todas horas. Y llegó el momento en que estuve solo por completo, refugiado bajo la tenue iluminación de las farolas y una densa niebla que fue enseñoreándose de todo como si algo o alguien quisiera hurtar cierto encuentro de la vista de curiosos o impertinentes.

Un gato negro salió corriendo para esconderse en las brumas. No acerté a hallar lo que le espantó pues el silencio era total, como mi soledad. No había nadie, por más que mirase alrededor, como tirador en guardia, presto para manejar su estoque contra lo primero que se moviese. Entonces alguien, que no estaba décimas de segundo antes, me cogió del brazo.

- ¿Es vuestra merced el caballero que busca a Hadradian?

Se trataba de una anciana, de largos y blancos cabellos y ojos tan claros que parecían transparentes; cargada de años y de sinsabores, puede que inexpresiva por todo ello; vestida de un modo sumamente peculiar porque pasaría por hippie o por una menesterosa. Quizás por ambas. Me desasí instintiva y bruscamente sin responderla.

- No he tenido la voluntad de asustarle. Para encontrarse con Hadradian no hay más que desearlo, en este mismo lugar...
- Y bien pues, - repliqué secamente - ¿dónde está?
- Es la que le habla. Hace mucho, mucho tiempo que nadie ha tenido la bondad, o el interés, de querer verla. Los jóvenes, como vuestra merced, rechazan creer en nada distinto que en sus pasiones...

Había rabia contenida en su voz. Un odio indefinido que se percibía por debajo del respetuoso y dulce tono que empleaba

- Le agradezco que me incluya entre los “jóvenes”, pero uno ya va dejando atrás esa época.
- En comparación con Hadradian, vuestra merced nació la hora pasada, hará bien si lo cree. Empero no ha venido a charlar de años y edades, ¿estamos en lo cierto? Además, el lamento de las eras no es audible para quien solamente puede contemplar una. Por mucho que llegue a saber...

No quise entrar en su enloquecida dialéctica. El arcaico español que usaba, referirse a sí misma en tercera persona, cada una de las arrugas que surcaban un rostro que destilaba indiferencia y desdén, la atmósfera irreal que nos rodeaba, comenzaron a infundirme un temor indefinido.

- Alguien me llamó, – expliqué lacónicamente, – y me dijo que una tal Hadradian me diría quien es una dama que vi en un sitio que ya no existe.
- Lo que existe y no existe... – Clavó sus ojos en los míos. – Se toma con ligereza una separación que no “existe”, – jugó con las palabras – pero que serena extraordinariamente a los nacidos de madre. Si no existe, no hay que preocuparse; y si existe, ya lo hará quien padece ese sufrimiento por la cuenta que le vale... El callejón de la Escalera. Hubo quien lo temió porque desciende hasta el mismísimo infierno y el que baja sus peldaños corre el peligro de no retornar. Como la dama.
- ¿Se llamaba Angyalka? – Inquirí intrigado. - ¿Qué le ocurrió?
- Ella no es de aquí. Es curioso que los cronistas no sepan de personas y que los que estudian la Historia tengan que valerse de otras “fuentes” para llegar a conocerla.

Me percaté de que Hadradian había usado el presente de indicativo. Guardé silencio para que siguiese hablando.

"Angyalka... Ya le digo a vuestra merced que ella no es de aquí. En realidad no es de ningún sitio. Vino de Bohemia (2) aunque llegó a este mundo en lo que era la Hungría que combatía al turco mientras los Austrias miraban a otro lado. No tiene padres, ni familia que la consuele, Angyalka es distinta a todos, hasta el punto de que ni siquiera ella misma sabe ya a qué Señor ha de servir, si al que le dio la Vida o al que la trajo aquí. Un ángel rebelde la tiene prisionera y la Salvación del Señor no la alcanza por no estar ni viva ni muerta. Edificaron y condenaron la calleja para conjurarla, para que nadie compartiese su desdicha. Pero en noches de Novilunio, solamente a algunas personas, se obra el prodigio de que la calleja vuelva a aparecerse como estaba hace quinientos años, como está todavía en un misterioso rizo de la Eternidad... Mientras transcurren los siglos a la espera de que un amor de Hombre la convierta en mujer para burlar el sortilegio de ese ángel maldito."

Esa última palabra sonó con la gravedad de una condena. Quise recapitular...

- Es una leyenda emocionante. Pero yo sólo contemplé una aparecida, seguramente el errante espíritu de una joven que murió hace mucho...
- ¡Es vuestra merced el que está errado! – Exclamó furiosa – ¡No está muerta, no puede morir lo que no ha nacido de la Carne, porque la hicieron regresar! – Suspiró como ejercicio de contención. – No tiene idea de lo que era Madrid entonces... ¡Era la capital del mundo, de un imperio que no tenía rival! Naves con la Cruz de Borgoña, que esa es vuestra olvidada bandera, iban y venían por todos los mares del Globo Ad Maiorem Gloriam Dei (3). Londres, París y el Sacro Imperio eran cuna de herejes; Roma, una guarida de zorras lascivas, y Trento (4) no pudo poner orden en todo ese aquelarre para Aflicción del que Entregó Su Vida por vosotros. Aquí venía lo natural y lo sobrenatural mientras Felipe “el Prudente” se propuso cerrar una de las bocas del infierno con la Basílica de El Escorial. El Santo Oficio estaba desbordado sólo con lo que se invocaba entre Sevilla, Toledo y Madrid.
- Está bien, - concedí afanándome en no perder el hilo, - ¿entonces qué o quién es Angyalka?
- Algunos son hijos de la Lujuria y otros son hijos de la Virtud. Ella es hija de la soledad que sintió uno de los que quiso ser como Dios. Puede que Él sintiese lo mismo la noche anterior al Primer Día de la Creación.
- ¿Quién es ese “uno”?
- Eso no lo habrá de saber vuestra merced. Hay cosas que es mejor ignorar.
- ¿Y porqué acabó Angyalka así?
- Es que no ha acabado “así”. Ella sigue esperando a que un hijo de vuestra estirpe la rescate. Ya le he dicho que ese callejón baja hasta el infierno... Quien tenga el valor de entrar para sacarla de allí, la liberará.
- ¿No lo ha logrado nadie en estos siglos?

La anciana titubeó, como dudando si contarlo o no contarlo. Debió decidir lo primero, pero de una manera somera, sin entrar en detalles “complicados” a tenor de su contestación.

- Nadie lo ha logrado. Hubo un caballero, el desocupado hijo de un noble, pero le mataron en la luna nueva de julio de 1834 (5), pocos días antes de la matanza de religiosos (6) que hubo en Madrid . Nadie se interesa por un muerto cuando poco después empiezan a llover.
- Una fatalidad.
- No hay casualidades, y estoy segura de que vuestra merced tampoco es de los que despachan una contrariedad con la convención de esquivas suertes o azares que no lo son.

Asentí en cómplice silencio.

- Angyalka seguirá esperando a un hombre que la ame... – Sentencié a medio camino entre la afirmación y la presunción. - Cuyo valor esté por encima del miedo y cuyo amor esté por encima de su vida.
- Angyalka seguirá aguardando, con la angustia añadida de vivir en un tiempo en el que están ausentes el valor y el amor, si es que hay alguna diferencia.
- ¿Y quién es Hadradian? – Interpelé a quemarropa. - ¿O quién dice ser?
- Hadradian... – Sonrió por esa única vez mientras retrocedía para ser engullida por la niebla... – Hadradian ya no recuerda quien es.

Desapareció ante mis ojos. Al punto, la impenetrable niebla comenzó a aclararse. La desierta calle del Espejo recobró su apariencia habitual y segundos después advertí a una pareja de chicos, bien agarrados el uno a la otra, paseando azoradamente a un desquiciado perro que ladraba chillonamente en todas direcciones.

Acaso esa mascota tenía capacidad para percibir lo que había pasado...



Regresé la siguiente luna nueva, sin embargo, nada pasó. Y la siguiente. Y la siguiente a la siguiente. Perdí la cuenta. Ya estaba considerando la posibilidad de desistir la que sería la postrera, una desapacible y pluviosa noche de finales de septiembre, cuando el callejón de la Escalera, una de las puertas del infierno, se abrió ante mí, lo que contemplé con la incredulidad que se alberga en un suceso sobrenatural. La alta fachada de ladrillos fluctuó, como un holograma, y al segundo siguiente ya estaba allí, como si nunca hubiese faltado de su pretérito sitio.

Me acerqué y me asomé. Me vinieron a la memoria las palabras de Hadradian.... “un tiempo en el que están ausentes el valor y el amor”. Bajé los peldaños de uno en uno. El cielo, majestuosamente estrellado y despejado, lo contrario del que se contemplaba en la calle del Cordón, a escasos pasos. Una oscuridad casi absoluta. Y en un destello, Angyalka, irradiando tanta luz como tristeza y belleza, extendiendo lánguidamente su mano derecha hacia mí mientras me llamaba por mi nombre...

Ni toda la ígnea luz del Erebo me deslumbraría. Me santigüé, inicié un Padrenuestro y sentí una poderosa fuerza que me arrastraba fuera del callejón maldito hasta que mi espalda chocó con la pared opuesta y caí al duro empedrado de la calle del Cordón. Levanté la cabeza. Otra vez los ladrillos en procesión como si quisieran tocar un cielo que siempre estaría dramáticamente remoto y distante. Ni rastro de la aparición. Únicamente el lejano eco de un lamento en lo más hondo de mi corazón.

Dicen que no hay distancias para los sentimientos...

NOTAS

(1) También llamado “De Wit”, porque no se tiene claro el autor. Algunos estudiosos lo fechan en 1635, pero recientes investigaciones lo sitúan en abril de 1623, momento en que el regidor abonó 350 ducados por ese trabajo.
(2) Región del este de la actual República Checa.
(3) A la Mayor Gloria de Dios.
(4) Concilio de Trento, celebrado como respuesta a la herejía de Lutero, a mediados del siglo XVI.
(5) Fue la noche del seis al siete de julio de 1834.
(6) En Madrid, durante la jornada del 17 de julio de 1834 se asesinan a cerca de ochenta personas, la mayoría religiosos, víctimas del bulo que los acusaba de envenenar las fuentes de la ciudad, mentira urdida y planificada en las logias masonas para desencadenar una revolución.





domingo, 9 de marzo de 2014

Los muertos de los muertos

Hace años, no tantos como para que la ausencia haya sembrado la cizaña del olvido, tuve una gran amiga. Una amiga de esas por las que darías la vida ya que simbolizaba todo lo bueno que han ido construyendo generaciones y generaciones de personas que pretendían dejar un futuro mejor a sus hijos, bastante más halagüeño que el presente que ellos habían padecido con cristiana resignación.

Sabía sobradamente que tenía sus defectos, pero no los consideraba entonces lo suficientemente graves como para ensombrecer sus meritorios hechos a lo largo de los años. Uno siempre tiene el vicio de pensar que las cosas, como las personas, tienden a mejorar en su propio Camino de Redención. El paso implacable del tiempo nos saca de ese error cuando acumulamos unas cuantas cicatrices en nuestro cuerpo debido a sus letales efectos, que es lo que vulgarmente se conoce como canas en los cabellos y arrugas en el rostro. Nos percatamos demasiado tarde que lo que para algunos es Sendero de Arrepentimiento, para otros, demasiados acaso, es un lento e inexorable descenso a los Infiernos. Para no retornar.

Sí, durante una época, quizás por la juventud que se me va, hubiera dado la vida por ella y por todo lo bueno que significaba para mí. Sentía una profunda y auténtica admiración por ella, como sólo puede sentirse por una madre, aunque no lo fuera en su biológico sentido. Conocía la forma en que había tratado a muchos de sus hijos que habían rendido su existencia por conseguir su mayor Gloria. Desdén y un frío sepulcro que nadie recordaba es lo que recibieron como pago a su sacrificio. Pese a ello pensaba terca y honestamente que cambiaría. Que contemplaría con respeto y gratitud a todos los que tanto habían hecho de buena fe en su nombre, equivocados o no, para que su nombre alcanzase la preponderancia que se merecía. Ahora sé con la amargura de ese inexplicable conocimiento que concede la madurez que no se pueden pedir peras al olmo, como también sé que se halla en la naturaleza del alacrán del cuento picar a la rana que le está salvando la vida mientras cruzan una charca.

En realidad no tengo idea de cuándo comenzó esta desafección, este irreversible distanciamiento. Dicen que la traición es tan mezquina que nunca se sabe a ciencia cierta quien es el felón, si el que la lleva a cabo o el que la inspira, que a menudo es el propio traicionado porque previamente ha renegado de lo que se propuso defender. La Vida viene sin manual de instrucciones y cada uno se busca, como buenamente puede, referentes, asideros donde tender un lazo para no precipitarse en el abismo de una conciencia que no perdona. Claro que hay quienes por no tener incluso llegan a ser ellos mismos un abismo inabarcable. Yo soy de los que piensan que no es necesario ser el mejor, sino sencillamente una buena persona, sin tanta competitividad y tanta milonga que tanto gusta a los políticos, expertos en vivir sin dar golpe. Porque ser buena persona es lo mejor, ya saben lo que me complace los juegos de palabras. Los que Creemos en Cristo, según me dijo un ateo, somos envidiados por no tener dudas. “Las tenemos”, le contesté, “pero no falta la Luz para que pierdan importancia”. Son frases nada más, pero encierran clavos ardiendo a los que agarrarse cuando se pretende escapar de ese desgarrado acreedor que es Pedro Botero.

Frases. Las arengas están formadas por encendidas frases, para que la propia muerte duela menos a causa de la Esperanza que dejaremos como legado. Pero en realidad se viene solo y solos nos iremos cuando Dios disponga. Ella nunca trata bien a los suyos, supervivientes o no. Nunca hace caso a los que la quieren bien. Siempre presta oídos a vecinos que únicamente buscan su propio provecho. Y siempre, siempre, prefiere creer a los que desean dañarla, precisamente por lo que implica su significado. Ahora está enferma, muy enferma, en manos de médicos que la mienten sistematicamente. “Señores, no me encuentro bien”, dice, “tengo infinidad de deudas que me reclaman, he perdido la secular fe en el Señor que me ha caracterizado, me desangro, me duele todo y aún tengo la sensación de que regiones de mi cuerpo quieren apartarse de mí”. Y sus quejidos lastimeros no conmueven ni un ápice a esa nómina negra y corrompida de médicos que la tratan, o maltratan a tenor de sus hechos, que bien se dijo “que por ellos los conoceréis”. Simplemente se limitan, como los carroñeros, a esperar el fatídico desenlace, para ver cuánto se pueden llevar de la casa de la difunta en ese río revuelto que acompaña como plañidera todos los óbitos. Mintiendo. Mienten por activa y por pasiva, despiertos y dormidos, cuando hablan y cuando callan. Mienten todos, y los que no mienten son amordazados para que sus tesis y tratamientos no lleguen a ser conocidos por ella, por esa paciente que está como está por haberse creído toda la ponzoña que le inoculaban, poco a poco, con paciencia y sin piedad. “No se preocupe, señora, que está usted muy bien, sana, moderna y progresando, como los vecinos de su entorno”. Nunca faltan bobadas de ese estilo, como otras que dijeron cuando crearon una charlotada para reforzar su posición. Tantas dudas sembró desde el principio que para tapar el asunto tuvieron que envenenarla, no sé bien con qué, en el mismo año, y echaron la culpa a cierta clase de aceite adulterado. Ella tiene escasa memoria, y hoy sólo nos acordamos de ello los que tenemos cierta edad, porque nunca se volvió a saber de la cuestión, hasta el punto de que un doctor que quiso investigar el asunto falleció misteriosamente cuando estaba en ello. Ocurre que quienes conspiran en tan alto grado no se detienen cuando han de eliminar a los personajes secundarios de una tragedia, del mismo modo que nadie repara en los muertos de los muertos porque los únicos que se echan en falta son los que hemos conocido, no aquellos que eran añorados por los que amábamos de un modo tan egoísta.

El entusiasmo de la juventud es tan ruidoso que no deja escuchar otra cosa que la música que hace palpitar nuestro corazón. Afortunadamente es una enfermedad que se cura con algo de escéptica sordera, desengaños, desencanto y tiempo. Hay quienes lo llaman “experiencia”, sea como fuere, el gato escaldado huye del agua fría. Salvo que sea un poco estúpido y se crea los embustes de los que quieren dejarle sin vidas. Continuó el tratamiento, ya que se trataba de un proyecto a largo plazo. Esos médicos fueron sin ambages contra los Principios que habían sustentado los actos de ella al tiempo que empleaban otros medios para ir desgastando la fortaleza y la integridad de mi amiga. Pequeñas pero repetidas dosis de relativismo, crimen y corrupción fueron socavando y minando las estructuras de la conciencia. Cuando se deja de creer en Dios, se empieza a creer en cualquier tontería, y ellos sabían, y saben a la perfección, que una demolición salvaje tiene una contundente respuesta como reacción, pero no sucede de ese modo si la erosión es continuada, callada, ocultada y mentida. El resultado final es el mismo, únicamente una cuestión de tiempo, pero sin arriesgarse. Los cobardes no tienen grandeza moral. Ni moral, obviamente. Ya he dicho que no se pueden pedir peras al olmo.

Y llegó un día. Siempre termina llegando un Día. Ese Día en que la Vida te pregunta qué eres y tienes que dejarte de tapujos para proclamar en qué crees realmente. El Día que te reserva un lugar para la Eternidad, el Día en que se justifica una vida, que vale por una muerte; puede durar un segundo o varios años, sin duda alguna es el que nos redime o nos condena. Hubo un “avance” en el perverso tratamiento. Un acontecimiento tan grave que debería haber puesto del revés a todo el equipo médico habitual. No obstante, no pasó nada. A ella se le arrugó el poco ánimo que le restaba y siguió creyendo a pies juntillas todas y cada una de las falsedades, embustes e imposturas, ya multiplicadas hasta la náusea. De nada sirvieron las advertencias, los avisos, las reconvenciones... Se nos acalló de mala manera, se nos tachó de alarmistas, conspiranoicos, de desleales. Muchos arrojaron la toalla y se marcharon lejos. Algunos tardamos un poco más pero hemos llegado a la indiferencia que también es un sentimiento que aleja... La situación se agravó más y la enferma está agonizando mientras se la expolia sin compasión ni medida. Los engaños de los médicos son escandalosos, sabedores de que cualquier estupidez es aceptada sin objeción. Siguen con su discurso de que la enferma está cada vez mejor cuando ya apenas respira y cuando partes de su cuerpo están claramente en rebeldía con tumores extendidos y muy avanzados, con infecciones y gangrenas mortales de necesidad. Ya no se trata de que pueda haber curación, lo que sería un milagro, sino de lo que va a tardar en expirar, que lo acabará haciendo por mucho que la actual situación que se padece favorezca a esos matasanos y a los que les pagan, porque va en su ser llevar a término esta ejecución, como el escorpión de la fábula citada más arriba. Los muertos tienen la costumbre de morir porque quizás sólo esa sea la forma de alumbrar algo nuevo a pesar de que no se espera heredero que ponga orden. Mientras, unos pocos seguimos acordándonos de los muertos de los muertos, de su esfuerzo baldío, de sus desvelos arrojados por la borda, de tanto para nada.

¿Y yo? Se me puede decir que es reprochable abandonar a alguien que se ha amado cuando está rodeada de personas sin escrúpulos y muriéndose. Lo malo es que es ella la que eligió rodearse de esas malas compañías y que las escogió pretiriendo a las buenas. Uno no puede ser leal a alguien que ni siquiera es leal a sí mismo. Cada cual es responsable de quien se rodea y, por supuesto, de sus amistades peligrosas. La primera vez que se sufre un engaño es culpa del engañador, pero las siguientes ya son demérito propio y no se puede salvar la vida permanentemente a un suicida compulsivo y reincidente: Tarde o temprano logrará su objetivo. Hay personas que buscan su mal y ni siquiera son conscientes del perjuicio que se causan.

Cansado, hastiado y, ¿por qué no decirlo?, también herido en mi devoción hacia ella, una tarde arrié la bandera de nuestra amistad y la sustituí por los estandartes de mis ancestros, que esos muertos de mis muertos, errados o no, fueron fieles católicos, coherentes y honestos hasta el final. En este siglo XXI del “sálvese quien pueda”, que no augura nada bueno, he tomado la determinación de ser leal a pabellones en los que me vea reflejado, por sangre y por Principios, siendo estos los citados de mis antepasados y los de mi renovada Fe en Cristo. No seguiré más a alguien que ha ignorado el llanto de sus hijos más desfavorecidos y ha corrido en pos del favor de personajes poderosos y tenebrosos que en el fondo detestan a la que, una no muy lejana jornada, fue la diana de mis sueños.

Porque resulta que, a fin de cuentas, uno se debe y está aquí por lo que creyeron esas elegantes personas de semblante difuminado en antiguos retratos de tonos sepias. Los muertos de los muertos que jamás habrían tolerado que se alcanzase el nivel de decadencia y podredumbre que comúnmente, y erroneámente, se denomina “progreso”.



domingo, 12 de enero de 2014

El vuelo (El error)

En algún futuro cercano...

Llegaron al aeropuerto. Un vuelo anodino, salvo por una fuerte tormenta y las turbulencias que padeció sobre el Atlántico Norte. La pericia de los pilotos logró que pasase a formar parte del anecdotario de los pasajeros, algunos con historias más inquietantes en su recuerdo de anteriores viajes intercontinentales. El avión tomó tierra suavemente, lloviznaba sobre Barajas y nada trascendió del nerviosismo y desconcierto que se estaba viviendo en la cabina desde hacía casi hora y media. No era en vano que esa hermética frontera, permeable únicamente para azafatas de eterna e imperturbable sonrisa, fuera la garantía de que el pasaje no entrase en pánico en determinadas ocasiones y que siguiera volando, como afirmó un comandante jubilado con una hoja de servicios impoluta.

Habían llegado, y los viajeros más observadores empezaron a reparar en detalles que les resultaban llamativos. Por ejemplo, resultaba insólito que les hubieran “escoltado” dos cazas españoles del Ejército del Aire, reconocibles por la Cruz de san Andrés en los estabilizadores verticales o derivas y sus coloridas escarapelas rojigualdas, desde que entraron en su espacio aéreo nacional. Sin embargo, correspondían a un diseño que nadie supo reconocer. Sí, era el aeropuerto de Barajas, estaba la cercana, blanca e inmensa Cruz del cerro de san Miguel de Paracuellos del Jarama para recordar a las víctimas del Frente Popular; pero el horizonte que contemplaba Madrid no era el mismo, y el trazado de las pistas se había complicado. Había más aeronaves, que básicamente eran iguales a la que les había traído desde Nueva York, al contrario que los aparatos del Ejército, pero desprendían algo que las hacía diferentes. Los edificios, las carreteras, los vehículos que alcanzaban a ver... tampoco eran los acostumbrados, más numerosos y distintos, muy distintos.

El avión continuaba rodando por la pista, pesadamente, como si nunca fuera a detenerse, acompañado por un séquito de camiones y coches militares, de bomberos, de policías, de la Cruz Roja, del servicio del aeropuerto... y otros sin distintivo ninguno, ocupados por personas bien vestidas y con gafas de sol... En un día en el que brillaba por su ausencia. Los ocupantes empezaron a plantearse el motivo que causaba tanta expectación. Se trataba de un vuelo normal, sin ninguna celebridad a bordo, si es que se puede distinguir ya entre la farándula y la política, nada más que grises hombres de negocios, turistas, familias y otras personas comunes con sus vidas a cuestas que no llamaban la atención por nada. Surgió la chispa del recelo. ¿Y si algún miembro de una organización subversiva, guerrillera, se hubiera infiltrado? El cuchicheo entre el pasaje subió de tono como se incrementó la inquietud, que ya no podían contener las sonrientes auxiliares de vuelo, titubeantes ante la ausencia de información, el ininteligible y aislado barullo de los pilotos y las preguntas que les formulaban los pasajeros.

Y el Boeing 707 de la PanAm se detuvo finalmente bajo la débil lluvia que arrojaba el velado cielo de Madrid, aletargado en esa labor, mientras miraba esos diminutos seres que se echaban encima de un pájaro metálico, blanco con una raya azul, del mismo modo que un depredador se abalanza sobre su presa.



Frenética actividad en la Torre de Control del aeropuerto de Madrid-Barajas. No se había redactado un Manual de Procedimiento para una contingencia así. Faltando un protocolo, se hicieron cargo del asunto los militares... Y unos individuos trajeados que llegaron con ellos, lacónicos, con cara de póquer y de pocos amigos, que relevaron al personal de servicio con cajas destempladas. Los que alzaron la voz por ello fueron arrestados, encañonados y sacados por la fuerza de sus dependencias, lo que intimidó lo suficiente al resto para que siguiese sus indicaciones sin rechistar. Las armas siempre poseen argumentos muy convincentes si se tiene en estima la propia integridad física.

Se informó del asunto al Cuartel General de la OTAN y ellos ordenaron que despegasen dos McDonnell Douglas EF-18 del Ala 12 de la Base de Torrejón de Ardoz para avistar y seguir al vuelo 12 de la PanAm que iba de Nueva York a Madrid. Se le comunicó a su comandante que aterrizaría en esa Base Aérea, lo que rechazó rotundamente por tratarse de un avión comercial, negándose a cumplir las instrucciones de una cadena de mando “ajena” a la suya propia y que no reconocía de ninguna manera, quejándose además, vehementemente, de la “vigilancia” de los cazas españoles. Para evitar males mayores ante la terquedad del jefe de su tripulación, se concedió que la aeronave terminase su trayecto donde estaba previsto. Pero nadie, ni en la cabina del avión, ni en Barajas, ni en el Centro de Operaciones Aéreas de la Región Sur de la OTAN, situado en la Base de Torrejón, llegaba a comprender nada de nada. La aeronave de la PanAm, vuelo 12 Nueva York-Madrid, aterrizó sin novedad en el aeropuerto de Barajas, seguido por un rosario de vehículos puestos al servicio del Gobierno que realmente gobierna, y dispuestos a que un suceso tan extraño no trascendiese, no fuera que la opinión pública comenzase a plantearse algunas cuestiones “espinosas”. Porque a menudo sucede que llega la realidad para abofetear sin consideración la soberbia del Hombre. Una realidad que no tiene nada de racional ni de explicable, para vergüenza de los masones que promovieron esa estafa que se denominó la “Ilustración”. Dicen que las que mejor funcionan son aquellas que tienen un nombre más “sonoro”...



El vuelo 12 de la PanAm, que cubría el itinerario Nueva York-Madrid, era una aberración de la Naturaleza, un error que producía terror. Se le dio por desaparecido, sin dejar rastro alguno, el 15 de octubre de 1968, en medio del Océano Atlántico, en plena Guerra Fría, con el conflicto de Vietnam en ebullición y con el ánimo de la Humanidad aún encogido por la Crisis de los misiles soviéticos en Cuba y por el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, acaecidos años antes. Se escenificó el fraude con chatarra, diciéndose que procedía del avión, que había estallado a 35.000 pies de altura, cuando “subía escalones” para eludir una potente tempestad. Se metieron despojos de animales en ataúdes para acallar la curiosidad de los familiares de los desaparecidos más inquisitivos, al resto se les despachó con una cuantiosa y rápida indemnización, nada que ver con otros acontecimientos similares cuyas causas sí que estaban claras. Resulta que los gobiernos son especialmente eficaces cuando atienden los deseos de cierta criptocracia. La cuestión pasó al olvido, no interesó a nadie, ni siquiera al polvo que acumulan las hemerotecas; y las familias fueron enterrando a quienes recordaban a los que viajaban en ese misterioso vuelo perdido inexplicablemente.

Apareció en los radares de los controladores casi medio siglo después. Un destello que no tendría que estar ahí. Un error, un vuelo imposible, perteneciente a una compañía aérea que ni siquiera existía ya por haber dado en quiebra en 1991. Surgió de la nada, para despecho de autoridades y científicos, que no sabían que hacer con un grupo de personas que había estado en el limbo durante décadas y que habían aterrizado en un mundo muy diferente del que dejaron en 1968, plagado de hippies, de no-violencia y con el Hombre acariciando la Luna. Eran peligrosos, por edad muchos de los pasajeros ya deberían de haber fallecido, aunque para ellos sólo habían pasado unas horas desde que dejaron Nueva York a sus espaldas, y el mezquino siglo XXI, que ya llevaba dadas unas cuantas dentelladas al Hombre, significaba una distante promesa de futuro mejor gracias a una segura colonización del espacio. Se darían de bruces con todo lo contrario porque se vivía una distopía totalitaria y paranoica. Tanto que algunos de los gobernantes que manejaban esta crisis sopesaban si eliminarlos en secreto. Al fin y al cabo se trataba de poco más de 150 personas que “oficialmente” estaban muertas. Si dejaban hablar en público a esas personas, la sociedad entera se tambalearía. Quizás por esa razón se da sepultura a los difuntos bajo pesadas lápidas... Para que no vuelvan y señalen nuestra incompetente miseria.

Pero habían regresado. Y el Mundo entero contenía el aliento porque el “error” no era un caso excepcional, estaban retornando del sueño que los había hurtado de su tiempo. Las torres de control de numerosos aeropuertos recibían solicitudes para aterrizar procedentes de vuelos que habían sido engullidos por el cielo. Y el Cielo, no sólo metafóricamente, les permitía retornar para que la Humanidad pudiera verse reflejada en un espejo con la seguridad de que la imagen que vería no sería de su gusto.

También, ¿por qué no?, para propinar una formidable bofetada a esa élite ignorante y malvada que se fía de “sus” científicos y tecnócratas, que basan todos sus cálculos en una realidad de la que apenas saben nada para incurrir, y perseverar, en el error. Ya lo dijo san Agustín: “Los que no quieren ser derrotados por la Verdad, lo serán por el error”...

martes, 3 de diciembre de 2013

Ellos y nosotros (La Flamigerina)


Como si te tocase la lotería. Es lo que le ocurrió al doctor Fleming. Ahora era yo el afortunado. La verdad es que dí con ello de pura casualidad, una fugaz mención en una publicación especializada provocó que se me encendiese la bombilla con la que los cómic ilustran las ideas que tienen sus personajes. ¿Qué probabilidades existían de que un científico treintañero asociara algunos de sus experimentos con el contenido de ese artículo? Casi nula porque esa revista lanzaba una tirada mínima, hasta que decidieron que los suscriptores accedieran a ella a través de Internet, por aquello de la Ecología y de los recursos del planeta. Resulta que “casualidad” es el otro nombre que pueden recibir los milagros.

Era vox populi que los antibióticos tenían sus días contados. Las sucesivas e incontables generaciones de bacterias habían logrado desarrollar creciente resistencia a sus efectos, hasta que estos se convirtieron en una suerte de cosquillas para las nuevas cepas, y la rama de estudio de esos medicamentos se había agotado en los noventa del siglo XX. Así que me esmeré en conseguir el principio activo de una planta del Amazonas que estaba amenazada de extinción. Eso fue lo que me ocupó durante mayor tiempo. Una vez acabado el proceso reductivo, apliqué la sustancia a una de las cepas más agresivas del Bacilo de Koch y del Clostridium Botulinum, germen patógeno cuyas toxinas causan el Botulismo. Mis colegas Duchesne, Ehrlich, Florey, Chain o el propio Fleming palidecerían de envidia, si estuvieran en vida. El exterminio fue fulminante y completo, como si una bomba nuclear microscópica hubiese sido arrojada sobre sendas colonias de microorganismos para incinerarlos, como si un ángel vengador microscópico los quemase con una espada flamígera. “Flamigerina” era un nombre que me complacía, alejado de los trabalenguas de las benzodiacepinas y otros compuestos. Habría que evaluar los posibles efectos secundarios, pero el camino estaba trazado. Se podía agradecer a los antibióticos sus encomiables servicios para relegarlos a los manuales de Historia.



Marcos Vega estaba exultante. Consideraba como justicia poética que un afectado de la diáspora causada por las corrompidas políticas que asolaban España, y que había dejado la investigación científica española como un solar, descubriera un medicamento revolucionario contra los efectos de las infecciones bacterianas y, ¿quién sabe si prosiguiendo la experimentación se derivaría un marcador contra los virus? Se trataba de un hito que abría nuevos senderos en la Medicina. Un bactericida natural y barato en su producción, llamado a sustituir a los antibióticos en los cajones y estanterías de las farmacias y reboticas de todo el mundo. Con los resultados plasmados en un informe, tuvo la previsión de guardarse algún detalle sensible para que se respetase su autoría. No estaba de moda respetar patentes en una sociedad en la que el plagio, en todos los sentidos, estaba a la orden del día. Ser un benefactor de la humanidad colmaba sus expectativas, pero eso no era incompatible con que quisiese pasar por caja. Confiado, se puso en la labor de acudir a una importante multinacional del sector, convencido de que ni siquiera le dejarían marchar sin firmar un suculento contrato. No fue tan exagerado, pero le citaron al día siguiente para negociar un acuerdo. Multimillonario, por supuesto. La Vida puede ser un experimento maravilloso.

En la sala había varias personas, dos hombres y una mujer, más o menos de su edad, cuya indumentaria delataba su pertenencia al variopinto gremio de los abogados; un hombre más maduro, entre los cincuenta y sesenta, del que dedujo que era un alto directivo, y una joven señorita a la que adjudicó el papel de secretaria. No tenía elementos de juicio para razonar el reparto de papeles que había efectuado, pero se guió por su intuición, lo mismo que lamentó no haberse acompañado de un letrado. Después de saludos, presentaciones y demás cortesías que sólo sirven para esconder un embarazoso silencio entre desconocidos, habló el hombre más mayor.

- Celebramos que haya pensado en nosotros para cerrar un acuerdo. Estos son los términos del contrato... - Le alargó un portafolios de plástico, en su interior había un documento en el que figuraban varias cláusulas. - Por supuesto que puede consultarlo con quien crea procedente, pero si lo firma en este acto, hoy mismo le ingresaremos los cien millones de euros, libres de impuestos, en los que ciframos sus “servicios”.

Al doctor Vega no le gustó la entonación de la palabra “servicios”, apenas tapada por la música celestial de tan elevada cantidad de dinero. Además, en el contrato que estaba hojeando a toda velocidad no hallaba ninguna referencia a porcentajes sobre ventas, ni exclusividad para continuar la investigación. Y una condición que le hizo daño a los ojos... “La parte que cede la patente registrada bajo el nombre genérico de flamigerina según patente cuya copia se adjunta como anexo a este convenio, se desliga por completo de realizar nuevas investigaciones en el futuro y declara que renuncia bajo juramento a publicar sus contenidos, ya sea total o parcialmente y que guardará absoluto silencio sobre ello, cuyo compromiso se extenderá a sus herederos”.

- No comprendo estos términos. - Alegó perplejo, con enojo mal disimulado. - No se menciona nada relativo a regalías, ni porcentajes de beneficio... Es como si no fuera a salir al Mercado nunca. Deben de haberse equivocado en algún “corta y pega” al elaborar este contrato... No culparé a sus becarios, - ironizó - ya se llevan bastantes reproches.
- Es evidente que no lo ha comprendido, señor Vega... - Replicó la abogada. - No le pagamos una fortuna por fabricarlo. Si es una cuestión de dinero, ponga una cifra y olvídese de este hallazgo.
- Pero... - Marcos vaciló como el boxeador que ha encajado un golpe en la cara sin esperarlo. - Es una locura, ¿saben los beneficios que podemos sacar de esto? - Apeló a su codicia, para continuar con el argumento humanitario. - ¿Y cuántas vidas podremos salvar? A los antibióticos no les queda ni un suspiro, volveremos a la situación que padecíamos antes de la II Guerra Mundial, con el agravante de una oleada de bacterias que tendrán una resistencia inusitada frente al debilitado sistema inmunitario de la especie humana.
- Ya. Es una pena. - Sentenció fingiendo el hombre de más edad. - No queremos que siga adelante, simplemente asegurarnos de que se olvidará de esto para siempre. Podríamos hacerlo por otras “vías” pero resultaría sumamente molesto porque siempre hay algún maldito conspiranoico dispuesto a tocar las narices y no queremos alboroto. Además, poseer dinero hace a la gente sumamente cobarde. ¿Para qué preocuparse por los demás cuando se ha alcanzado el paraíso? Como este que le ofrecemos... Dicen que el Caribe está precioso todo el año...

El doctor Vega quiso ganar algo de tiempo. Agarró su copia del contrato sin firmarlo, aduciendo que se quería asesorar legalmente. “Nos parece correcto”, le dijeron casi al unísono. “Denme unos días, quizás una semana, puede que les pida más dinero”, aclaró para contentar sus escrutadoras miradas, que parecieron pensar, “bueno, ya es una negociación sobre importes, no la irritante discusión ética sobre que algo esté bien o mal”. Se encaminó a su domicilio, cerciorándose con frecuencia de que no le seguía nadie. En esas jornadas se dirigió a otras empresas del mismo ramo, pero le pareció curioso que ni siquiera tuvieran interés: Como si estar en tratos con la primera le hubiera apartado de ulteriores conversaciones, una coordinación tan precisa entre ellos que llevase a deducir que formaban un cártel, un oligopolio de dimensiones gigantescas. Y él solamente era un afortunado investigador de segunda fila. “Demasiados molinos para tan poco Quijote”, reflexionó. Nunca había prestado oídos a las diversas teorías, de diferentes conspiraciones, para explicar algunos sucesos históricos. “Imposible porque, ¿cómo podían callar a tanta gente? No impedirían que al final alguien terminase hablando.” Y la tranquilidad que le daba ese argumento de cajón, en apariencia, le permitía seguir adelante con sus pequeñas cosas cotidianas. Hasta que llegó a su mente la luz de un descubrimiento vital para el ser humano, que él se negaba con terquedad a enterrarlo bajo un montón de dinero. Por mucho que fuera para él mismo.

Decidió hablar con el CEO del grupo farmacéutico que le había hecho la única oferta, saltándose toda su cadena de mando. Le parecía inconcebible lo que estaba sucediendo. Le ofrecían una fortuna por... Callarse y desvincularse de su fenomenal medicamento. Buscó por la Red, no le supuso mucho esfuerzo. Un par de horas de avión, residía en Londres. Preparó una pequeña maleta con lo justo, se despidió de los suyos y casi cogió en marcha el primer vuelo hacia Heathrow... Mirando una vez y otra quienes estaban a sus espaldas... Porque albergaba esa desasosegante sensación de que le estaban observando.

No subió a su habitación. Dejó su solitario equipaje en la recepción del modesto hotel donde pernoctaría. Aún quedaba día. Lo bueno de esos vuelos a horas intempestivas es que te dejan casi toda la jornada para hacer cosas, compras, etcétera. O una visita que no se había anunciado. Miró a su alrededor para ver si algún taxi estaba cerca. No era así. Quien se detuvo a su altura fue un imponente “Bentley” con un ocupante, una señorita, en el asiento de atrás, además de su conductor, lógicamente. Le exhortó a subir en español con marcado acento británico. Vega rehusó la proposición. “Sabemos quien es y a lo que ha venido. Puede perder el tiempo llamando a un taxi o venir conmigo para hablar con nuestro Consejero Delegado. Usted decide...” Entonces no había sido una ilusión, le estaban controlando los movimientos todo el tiempo...



Cerré la puerta casi a la vez que el vehículo se puso en marcha. No me sentí amenazado pero sí inquieto. Por lo tanto, mi intuición no me engañó, habían estado siguiendo mis pasos. Me tranquilizó, a medias, llegar a la conclusión de que si hubieran querido hacerme daño, nada lo habría evitado. La mujer iba muy maquillada, alguien del entorno más cercano al directivo, puede que su secretaria, pero lo descarté porque la situé sobre los cuarenta. Una persona de su confianza indudablemente. No se identificó. No abrió la boca en todo el recorrido hasta una gran casa en las afueras de Londres, lejos de la ostentación de los barrios de Belgravia, Mayfair o Knightsbridge. La casa, más bien mansión, se levantaba en una parcela enorme, el coche tardó unos minutos desde que se abrió la verja automatizada hasta que se detuvo al pie de una pequeña escalinata, ante la puerta principal. Mi acompañante me hizo un gesto para que siguiera su estela de pasos. Cruzamos el vestíbulo, un largo pasillo, ascendimos unos peldaños y entramos en una sala, bastante grande, que presumí como un despacho o una biblioteca, decorada de un modo ecléctico y con poco gusto. Una confirmación de que el dinero, por sí solo, no tiene estilo.

Y un hombre, de unos cuarenta y muchos, hablando en alemán por teléfono. Un tal Adam Greenberg, fotogénico pero poco amigo de hacerse publicidad. Cabello cuidadosamente cortado y con aspecto de recién afeitado. No llevaba puesto el traje que imaginaba que tendría. Era una licencia desde hacía pocos años, que los directivos utilizasen aquel tipo de prendas nada más que lo inexcusable, luciendo ropa “casual wear” en su vida normal, eso sí, de notorias marcas caras. Muy caras. Bueno, yo mismo tampoco iba demasiado “formal”, aunque sus zapatos ya valían lo mismo que todo lo que pudieran contener mis armarios. E incluso sobraría. Era cierto que los tiempos cambiaban. Exclusivamente en lo formal, porque lo demás seguía igual, como esa canción que cantaba no-sé-quien antes de que me llamasen a este mundo... El señor Greenberg me hizo una seña, me ofrecía asiento educadamente. La despreocupación con la que continuaba su diálogo telefónico me daba a entender que sabía perfectamente que no conocía ese idioma. El sol colaba sus rayos con tímida calidez a través del ventanal que presidía la estancia. Paseé mi vista por la mesa que se interponía entre nosotros. Un tronco piramidal de marfil exquisitamente labrado como si estuviera construido de ladrillos, usado de manera original como pisapapeles. Ignoro que le parecería al pobre elefante del que procedía... Mobiliario informático de última generación. Ni un solo papel. Tan pulcro como si lo hubieran acabado de limpiar, o tan limpio como si su uso fuera meramente testimonial. Dejó el teléfono sobre la mesa.

- Buenos días. Le ruego que me disculpe, - solicitó en impecable español – hablaremos en su idioma, si no le parece mal. Seguramente se expresará con más facilidad en su lengua vernácula que en inglés...
- Sí, buenos días, - contesté azorado, no esperaba que hablase mi idioma con tanta fluidez – se lo agradezco de veras. Tengo que dominar la lengua inglesa por mi profesión, pero prefiero mi idioma, obviamente.
- Estupendo, ¿le apetece un té? ¿Un café con leche, quizás?
- Un té solo estará bien, gracias.

Llamó por un intercomunicador y pidió dos tazas de té.

- Bien señor Vega... Ha sido usted muy osado saltándose a sus interlocutores de nuestra filial para venir a hablar conmigo. Claro que este asunto bien lo vale. ¿Qué es lo que quiere? O debería preguntar “¿cuánto?”...
- Por lo visto, no es algo que no tuviesen previsto. O sabido. ¿Eran ustedes los que me seguían?
- ¿Seguir? ¿Por qué? – Aparentó sorpresa. - ¿Acaso ha visto a alguien tras sus pisadas?
- No. Desde luego que no. Sin embargo, eso no quiere decir nada.
- La vieja pelea entre apariencia y realidad, ¿verdad? Como en esa película de Antonioni sobre un fotógrafo y un parque... ¿Cómo se llamaba?
- “Blow-up”, - aclaré con la intención de ver adonde llevaba la conversación – se basaba en un relato de Cortázar.
- La Literatura ofrece los mejores guiones. – Sonrió aséptica y artificialmente. - ¿Por qué piensa que le hemos estado vigilando?
- Yo no he pronunciado ese término... – Procuré mostrar frialdad. - No obstante, es lo que se puede deducir cuando han ido a buscarme a la puerta de mi hotel.
- Cortesía británica. No estaría bien ofrecerle cien millones de euros y permitir que llegase hasta mi residencia en un simple taxi. ¿No le parece?
- Si usted lo dice... Ya que menciona una paradoja, le sugiero otra... – Me invitó con sus manos a plantearla. – Me hacen una oferta, de ese descomunal importe, por un descubrimiento... ¿Para no explotarlo?
- Créame que lo rentabilizamos de ese modo, - su gesto no disimuló que la pregunta le había incomodado un poco – aunque no como usted piensa. Hemos llegado a un punto en que los márgenes de beneficio que podamos obtener son una consideración secundaria en numerosos casos. Como si hiciéramos una inversión a largo plazo...
- Razón de más, - creí que le había puesto frente a su propia contradicción - si no entran en cálculos de beneficios o de riesgos, ¿qué les impide fabricar un producto que salvará millones de vidas y que mejorará la existencia de toda la Humanidad? ¿Qué mejor prueba de fraternidad universal, de pura filantropía?

Greenberg fijó sus ojos en mí como quien valora dar una estocada.

- Es curioso ver como cambian ciertas palabras según quien las diga. – Volvió a usar la misma sonrisa forzada y el amable tono monocorde de su voz. – Mire, le ofrecemos esa cantidad justo por lo contrario de lo que pretende. Ya está: Implícitamente ha recibido la luz, ha demostrado su valía, merece que le saquemos de la masa, de la sociedad. Y es esa cantidad precisamente para que forme parte de un nuevo orden de cosas, de un statu quo, que le haga desistir de ponerlo en peligro aunque proceda de fuera, ¿comprende? Cuando se tiene mucho que perder es cuando más leal se vuelve uno a determinados conceptos.
- Pero... ¿Por qué?

Entró una persona del servicio trayendo una bandeja con las dos tazas y un platito con galletas. Greenberg ordenó que lo dejase a un lado y que se fuera. Ahora sus modos eran los de alguien muy familiarizado con el ejercicio de mandar. Cogió distraídamente una “cookie” y se la llevó a la boca, degustándola durante unos segundos.

- Verdaderamente esa cuestión vale la cifra que le hemos sugerido. Hay personas que morirían por saberlo y otras que morirían para que no se supiese. Pero todas matarían por estos millones, ¿sabe? Cada persona tiene un precio, como los artículos que están en los supermercados. Sospecho que usted sabe la respuesta de la interrogante que me formula... A pesar de ello, se obstina en no reconocerla por mucho que sus conclusiones científicas le hayan puesto, accidentalmente o no, frente a ella... Hablábamos de cine, ¿no es cierto?
- Sí, - respondí pensando que iba a cambiar de tema – aunque no veo que...
- Por favor... - Alzó su mano para que le dejase continuar. – Vamos con ejemplos concretos... Una fastidiosa sensación la de aguardar su turno en la fila, para luego quedarse sin las entradas de la película que tanto deseábamos ver... Ni que decir lo detestables que resultan algunos vecinos ruidosos. ¿Y la frustración de ir a comprar algo que han agotado? O los medios de transporte públicos, atestados de personas, muchas de ellas con poca afición a los hábitos higiénicos... ¿No se ha sentido agobiado, como si le faltase el aire, en medio de una multitud? ¿No ha pensado nunca que el principal problema de la sociedad humana, en su conjunto, es precisamente que hay demasiada gente en el mundo?

Así que habíamos llegado al fondo del asunto. Era cierto que me rondaba la cabeza, sin embargo, me negaba a darle credibilidad, cosas de conspiranoicos, como se intenta ignorar un amenazante e inexplicable ruido en el pasillo de casa, en medio de la oscuridad de la madrugada.

- Creo que nadie tiene autoridad para decidir eso, y menos para nombrar a los que no debieran de estar aquí, no, bajo ningún criterio.
- Es muy loable su filantrópico modo de pensar, - me señaló con su dedo índice, como si fuera a sentenciarme por algún delito – poco práctico también. No podemos permitir que la vida de cientos, miles de millones de personas sin importancia, completamente prescindibles, hagan peligrar los recursos, finitos le recuerdo, de nuestro planeta. La realidad es que la vieja Tierra está harta de esta Humanidad que se comporta como un tumor desbocado. La buena noticia es que la metástasis se puede corregir. De hecho, la estamos corrigiendo...
- Nunca hablaría... – Repliqué entrecortadamente. – No, jamás, del género humano en esos términos.
- Es muy sencillo: Menos gente, más recursos para repartir. – Respiró profundamente y empezó a hablar bajo, como si contase algo muy confidencial. - No aportan nada, solamente procrean, procrean y procrean. Son animales. ¡No merecen vivir! ¿Tan ingenuo es usted que piensa que no se ha descubierto un remedio para curar el cáncer, el VIH, el Alzheimer...? Pues sí, evidentemente que existen sobre el papel. Pero no verán la luz. Sería el colmo, multiplicaríamos la población humana entre los que no se mueren y los que siguen naciendo pese a nuestros esfuerzos. Desprestigiamos la maternidad y la paternidad; nos hemos empeñado en cizañar, en convertir en insoportable, la despreciable, oscurantista y vetusta institución que es la “familia”... ¿Ve como no es una cuestión de beneficios empresariales, del montón de dinero que ganaríamos? No nos interesa porque tenemos más del que usted pueda imaginar en todos los días de su vida... Más aún, ¿por qué cree que les estamos enfermando con los artefactos, bebidas, alimentos y fármacos que les vendemos? ¡Quítese la venda de los ojos! Ha demostrado estar por encima de ellos, ¡disfrútelo, caramba! ¿Por qué cree que los gobiernos están implantando políticas de interrupción del embarazo con tanto apresuramiento? ¿A qué cree que obedecen los recortes en sanidad y otras materias? Estamos fomentando una, ¿cómo llamarlo?... “Eugenesia encubierta”, porque esto no da más de sí. Y tampoco queremos que dé más de sí. Siguiendo en esta línea hasta nosotros nos quedaremos sin nada, y no lo permitiremos, no lo dude, querido amigo Vega. Cien millones no son nada si lo logramos. ¿Qué quiere?, ¿doscientos? ¿Trescientos? ¡El mundo es nuestro! Los tendrá si acepta nuestras condiciones, que ya serán completamente suyas porque formará parte de nosotros.

“Nosotros”. Primera persona del plural que había estado presente todo el tiempo. Monolítico, intimidante, atento, paciente, cauto y sin escrúpulos, como un ojo sin párpado que abarcase cada nacido en este Valle de Lágrimas. “Nosotros”...

- Y ¿quiénes son ese “nosotros”?



La luz del sol brillaba de un extraño modo sobre el tronco piramidal que había sobre la mesa, estrellando su reflejo sobre el techo, como si un misterioso ángel caído recordase, con su fulgor, que la blasfemia de alimentar el anhelo de ser más que Dios no es una peculiaridad específica de ángeles rebeldes.