domingo, 30 de marzo de 2014

La dama del callejón

Dicen que las horas en las que el cielo guarda vigilia por la ausencia del sol tienen su propio ritmo, ajeno al cartesiano de los sesenta minutos de sesenta segundos cada uno. Bien lo sabían los romanos, cuyas noches se distribuían en cuatro partes, de duraciones diferentes según la época del año, frente a las racionales doce horas en las que se desarrollaban las actividades cotidianas. También lo sabemos bien los que hemos hecho guardia durante las interminables en las que hemos dialogado con nuestros propios demonios interiores. Pero eso pertenece a otra historia. La noche no es una franja temporal, no es un cúmulo de horas en las que se aprovecha para dormir porque no hay luz natural para hacer otra cosa, no... La noche es un estado de ánimo, un grado de conocimiento, si se quiere decir de ese críptico modo. Suele ocurrir que las tinieblas pueden dar fe de nuestros más inconfesables actos, también de los que nos redimen. Redención... Quien la tiene a mano la rehúye por la penitencia que implica, y quien la desea ya no está en la suya porque forma parte de su propio sacrificio para alcanzar el perdón.

He hecho reiteradas referencias a mi afición de pasear por cementerios. Como estos tienen el mal hábito de protegerse durante la noche de las profanaciones de algunos que se dicen vivos; de mis horas de insomnio, a veces, han sido mudos testigos las calles del viejo Madrid que han contemplado mis pasos de niño y de joven. Hay callejas y callejuelas tan pintorescas que permanecen como en otra dimensión, al margen del irrespetuoso bullicio de turistas y juerguistas, que con frecuencia son los mismos.

No fue hace mucho. Paseaba por la penumbra de las tortuosas vías que nacen o mueren cerca de la calle Mayor, escondidas del engañoso relumbrón procedente del Palacio Real y de los acertijos que propone lo que fue la muralla musulmana, durmiente y amenazante bajo el tráfico rodado de una de las grandes capitales europeas que, desgraciadamente, hoy es Madrid. Si uno se detiene y escucha en ciertas esquinas y bocacalles, es posible escuchar las desengañadas carcajadas de Quevedo, el melancólico caminar de Bécquer o los alborotos de Valle Inclán, que de todo guarda memoria esta ciudad que tanto ha visto y sufrido en la carne y en la sombra de sus hijos.

Debían de ser cerca de las tres de la madrugada, fresca y húmeda pues había llovido la tarde anterior de un abril tan lluvioso como el del refrán. No recuerdo bien si venía o iba, es lo que tiene deambular pendiente de las cuentas que uno tiene consigo mismo, sólo sé que enfilé la calle del Cordón y apenas hube andado unos escasos metros, a mi derecha, se abría una esquina que jamás había contemplado antes. Me asombró sobremanera porque no recordaba bocacalle alguna a esa altura, y uno sujeta un haz de años en su cuerpo que no permiten esa clase de descuidos. Miré el cartel: Callejón de la Escalera, no “de la Escalinata”, que bajaba o subía, según, cerca de allí. Y efectivamente, una escalera, con sus fieles peldaños, descendía delante de mí sin decirme adonde porque una enigmática penumbra velaba sus secretos.

Estuve tentado de dar media vuelta y dejar la exploración para mejor ocasión, que los remordimientos son mala cosa para encararse con acontecimientos extraños, sin embargo pudo más la curiosidad y fue esta amazona la que espoleó mis piernas como los caballeros hacían con sus monturas. Se trataba de una calle estrecha, como muchas de ese antiguo barrio, sin más iluminación que la de un cielo abarrotado de estrellas y completamente en silencio, tan abrumador que opté por acallar mis prevenidos y espaciados pasos, como soldado en territorio enemigo.

Me llamó la atención que no diese ninguna ventana al vía, ni balconada ni portal, lo que le confería un amenazante aspecto de zulo, de ratonera, de trampa, detalle que se confirmó cuando llegué a su final y comprobé con creciente desasosiego que estaba en un callejón sin salida, cerrado por una enladrillada pared que se alzaba imponente hasta el cielo. Haciendo ostentación de la frialdad que tanto se me ha reprochado, giré sobre mis talones y me puse a desandar lo andado hacia la escalera para ganar la salida de esa inquietante calleja en la que nunca había reparado antes.

Quizás un par de pasos, puede que tres o cuatro a lo sumo, como duelista sorprendido por la espalda a causa de la felonía de un adversario, alguien me llamó por mi nombre. No fue un susurro, ni el aire retorcido en el fondo de una tronera. Sonó claro y limpio, como gota de agua precipitada a lo más profundo de un pozo. Me volví como si un resorte se hubiera disparado.

Una dama, muy joven y hermosa, de apenas veinte abriles, de piel tan blanca que parecía transparente, ojos grandes, tristes y grises; largo cabello rubio recogido y rasgos que delataban proceder de Europa Oriental. Vestía ropajes de otra época, no supe situar su indumentaria, acaso de mediados del siglo XVI, de riguroso negro en el que parecía brillar la extrema blancura de la seda que formaba la gorguera, adornada por unas pequeñas gemas celestes es sus bordes. Repitió mi nombre, me percaté de que en sus labios tomaba el acento de otras tierras, al tiempo que extendía su mano hacía mí, como invitándome a cogérsela o en ademán de auxilio. No se me concedió tiempo para más. Se hundió en el suelo que había bajo sus pies y desapareció atravesándolo sin que se moviese un solo adoquín.

Impresionado, hice acopio de ánimo y palpé la superficie del pavés que había acariciado la piel, o lo que fuera, de tan extraña dama. Aparentemente se hallaba más cálidos que los circundantes, pero no supe si ello era debido a mi propia sugestión o al paso de la aparición a través de su estructura. Ahora sí, tenía todas las alarmas encendidas y retrocedí apresuradamente los metros que me separaban de la calle del Cordón, más familiar y conocida, sin dejar de correr y tropezar hasta la esquina con Sacramento, donde apoyé mi espalda contra la Casa de Cisneros para recobrar resuello. Señal de que lo recuperé con presteza es que miré a mi alrededor cerciorándome de que retirada tan deshonrosa no había sido observada por nadie. Nadie. La vergüenza se lleva lastimosamente si es pública. Estaba completamente solo en el centro de Madrid, en una noche sin luna, sin más compañía que la de la lluvia que comenzaba a caer de nuevo, suave, silenciosa, sinuosa, como los nostálgicos acordes del Réquiem de Dvorák, justo cuando escasos segundos antes acababa de contemplar un espectacular cielo estrellado. Ahora, contrariamente, un manto escarlata de nubarrones adornado con jirones blanquecinos ocupaba todo el firmamento. No sabía lo que había presenciado, menos aún que se dirigiese a mi para dejarme sumido entre tinieblas. Es como si la misteriosa dama se hubiera llevado toda la luz del universo prendida sobre sí, tal que una presea o alhaja más. La calleja se había esfumado.

Aguardé un par de días antes de realizar ninguna indagación. Estaba seguro de lo que había visto, es lo que tiene no consumir alcohol ni ningún tipo de drogas, que se posee una certeza sobre la realidad fuera de toda duda, incluso cuando esta se resquebraja abruptamente para mostrarnos un lamento. Sí, un lamento, la muchacha no transmitía gozo alguno, sino un infinito y perpetuo quebranto, un llanto sin lágrimas, como el que se padece cuando se han agotado de tanto llorar. Volví al lugar del suceso, esta vez a plena luz del día, aunque debilitada por las traviesas nubes que cubrían Madrid. Crucé la plaza de la Villa en diagonal pues venía desde Bailén, y me encaminé hacia la calle del Cordón, examinando detenidamente que, esta ocasión a mi izquierda, en efecto, allí no había el menor indicio de un “callejón de la escalera”, ni siquiera un resquicio que pudiera dar a entender que el edificio que ocupaba su espacio estuviera segmentado en el pasado. Así que acudí a los planos del Madrid antiguo, empezando por el más conocido, realizado por Pedro Teixeira en 1656. Advertí que en aquel tiempo el trazado de la calle del Cordón era más o menos idéntico al actual. Tercamente, lo rechacé: El atuendo de la aparecida era anterior a esa fecha, en al menos un siglo. Seguí buscando hasta dar con el más pretérito, que andaba por alguna de mis estanterías, durmiendo plácidamente el sueño del conocimiento, rechazando recreaciones o suposiciones contemporáneas que pasan por encima de los detalles. Necesitaba la precisión del ilustrador que estuvo allí, en ese momento. La encontré en el plano de Marcelli (1), datado en 1622...


Ahí estaba. Viniendo desde la plaza de la Villa, a mano izquierda, una estrecha y larga abertura por la que únicamente se podrían cruzar dos personas si se arrimasen a las paredes, con un nivel más elevado en su entrada por la calle del Cordón, que descendía merced a unos cuantos peldaños y continuaba en ligera pendiente hasta toparse con la fachada occidental del Colegio de los Ingleses, que la cerraba por completo dejándola sin salida. Años después, en los difíciles días que sacudieron la Monarquía Católica, el callejón fue condenado y enterrado bajo un edificio, y ya nunca más volvería a ver la luz, salvo que se descerrajase algún hechizo. Las alucinaciones adolecen de rigor histórico. La coherencia que me ofrecían las evidencias que había ido reuniendo ante mis ojos me mostraron que estaba frente a una historia que tenía que desentrañar. Una historia. Imposible resistirse.

Me dí de bruces con toda la burocracia municipal, tan celosa de guardar la memoria de las ciudades y de los que fueron sus moradores que olvidan que de nada sirve conservarla y custodiarla si no se pone a disposición de los contribuyentes. Una paradoja que se repite hasta el aburrimiento con excavaciones, museos, bibliotecas y cualquier apéndice de la sabiduría sobre el pasado: Hay amores que matan, y algunos que dejan enterrado bajo instancias y oficios al objeto de sus desvelos. Los estudiosos investigamos, no deberíamos de lidiar con funcionarios y políticos que ni comen ni dejan, cual bostezante, ocioso y odioso perro del hortelano.

Cuando ya estaba a punto de desistir por lo prolijo de las gestiones acerca de un asunto que iba perdiendo intensidad frente a mi presente, alguien me llamó a mi móvil. No acostumbro a atender llamadas de números “ocultos”, pero la precipitación o la casualidad, si es que aceptamos que exista, quiso que aquella ocasión fuera una excepción. Descolgué con el habitual “diga”. Nada más que el zumbido de la línea, de que alguien estaba a la escucha. Repetí, “diga”, arrepentido de haber aceptado la comunicación y resuelto a desconectar inmediatamente. Entonces oí una voz metálica, inexpresiva, que asocié a un hombre más por intuición que por timbre.

- Angyalka. Se llama Angyalka. Ese es el nombre de la Dama del Callejón. Ningún archivero o chupatintas podrá darle razón de Angyalka. Acuda a Hadradian, sí. Ella le contará. Ella lo sabe todo...
- ¿Cómo sabe que ando buscando información sobre esa señorita?... - Pregunté - ¿Quién es usted? ¿Quien es Hadradian?
- Vaya a hablar con Hadradian. Esta noche, cuando ya no haya luz. La encontrará caminando por la calle del espejo...
- ¿A quién voy a encontrar andando por esa calle? ¿Es una tomadura de pelo?

La interrogante no halló interlocutor. Quien fuera la persona que me había telefoneado, ya no estaba al otro lado de la línea. O al otro lado, sin más.

Confieso que mi primer impulso fue desoír la cita e ignorarla. Lo malo es que lo inexplicable, y ya había demasiadas datos bajo ese denominador, tiene un imán que nos atrae, que nos seduce para entregarnos, como único y solitario galardón, comprender sucesos extraordinarios que se salen de eso que llamamos, ramplona y aburridamente, “realidad”.

Así que debidamente prevenido, por aquello de ese modo se vale como dos, me dirigí a pasearme por la calle del espejo, arriba y abajo, como solitario centinela a la espera de alguien cuya apariencia desconocía, como aún que fuera a presentarse allí, si es que existía y no fuera el señuelo de algún bromista con demasiado tiempo libre. El crepúsculo civil fue oscureciendo el singular anochecer madrileño en primavera, con nubes que tuvieron a bien visitar la capital para arroparla y que no se enfriase en exceso durante esas vagas e indefinidas horas nocturnas que iban cercando el día para verlo morir. El duelo que anuncia ese desenlace fue dejando la vía libre de transeúntes, como si estar ubicada en el centro de Madrid no implicase obligación de tener tránsito a todas horas. Y llegó el momento en que estuve solo por completo, refugiado bajo la tenue iluminación de las farolas y una densa niebla que fue enseñoreándose de todo como si algo o alguien quisiera hurtar cierto encuentro de la vista de curiosos o impertinentes.

Un gato negro salió corriendo para esconderse en las brumas. No acerté a hallar lo que le espantó pues el silencio era total, como mi soledad. No había nadie, por más que mirase alrededor, como tirador en guardia, presto para manejar su estoque contra lo primero que se moviese. Entonces alguien, que no estaba décimas de segundo antes, me cogió del brazo.

- ¿Es vuestra merced el caballero que busca a Hadradian?

Se trataba de una anciana, de largos y blancos cabellos y ojos tan claros que parecían transparentes; cargada de años y de sinsabores, puede que inexpresiva por todo ello; vestida de un modo sumamente peculiar porque pasaría por hippie o por una menesterosa. Quizás por ambas. Me desasí instintiva y bruscamente sin responderla.

- No he tenido la voluntad de asustarle. Para encontrarse con Hadradian no hay más que desearlo, en este mismo lugar...
- Y bien pues, - repliqué secamente - ¿dónde está?
- Es la que le habla. Hace mucho, mucho tiempo que nadie ha tenido la bondad, o el interés, de querer verla. Los jóvenes, como vuestra merced, rechazan creer en nada distinto que en sus pasiones...

Había rabia contenida en su voz. Un odio indefinido que se percibía por debajo del respetuoso y dulce tono que empleaba

- Le agradezco que me incluya entre los “jóvenes”, pero uno ya va dejando atrás esa época.
- En comparación con Hadradian, vuestra merced nació la hora pasada, hará bien si lo cree. Empero no ha venido a charlar de años y edades, ¿estamos en lo cierto? Además, el lamento de las eras no es audible para quien solamente puede contemplar una. Por mucho que llegue a saber...

No quise entrar en su enloquecida dialéctica. El arcaico español que usaba, referirse a sí misma en tercera persona, cada una de las arrugas que surcaban un rostro que destilaba indiferencia y desdén, la atmósfera irreal que nos rodeaba, comenzaron a infundirme un temor indefinido.

- Alguien me llamó, – expliqué lacónicamente, – y me dijo que una tal Hadradian me diría quien es una dama que vi en un sitio que ya no existe.
- Lo que existe y no existe... – Clavó sus ojos en los míos. – Se toma con ligereza una separación que no “existe”, – jugó con las palabras – pero que serena extraordinariamente a los nacidos de madre. Si no existe, no hay que preocuparse; y si existe, ya lo hará quien padece ese sufrimiento por la cuenta que le vale... El callejón de la Escalera. Hubo quien lo temió porque desciende hasta el mismísimo infierno y el que baja sus peldaños corre el peligro de no retornar. Como la dama.
- ¿Se llamaba Angyalka? – Inquirí intrigado. - ¿Qué le ocurrió?
- Ella no es de aquí. Es curioso que los cronistas no sepan de personas y que los que estudian la Historia tengan que valerse de otras “fuentes” para llegar a conocerla.

Me percaté de que Hadradian había usado el presente de indicativo. Guardé silencio para que siguiese hablando.

"Angyalka... Ya le digo a vuestra merced que ella no es de aquí. En realidad no es de ningún sitio. Vino de Bohemia (2) aunque llegó a este mundo en lo que era la Hungría que combatía al turco mientras los Austrias miraban a otro lado. No tiene padres, ni familia que la consuele, Angyalka es distinta a todos, hasta el punto de que ni siquiera ella misma sabe ya a qué Señor ha de servir, si al que le dio la Vida o al que la trajo aquí. Un ángel rebelde la tiene prisionera y la Salvación del Señor no la alcanza por no estar ni viva ni muerta. Edificaron y condenaron la calleja para conjurarla, para que nadie compartiese su desdicha. Pero en noches de Novilunio, solamente a algunas personas, se obra el prodigio de que la calleja vuelva a aparecerse como estaba hace quinientos años, como está todavía en un misterioso rizo de la Eternidad... Mientras transcurren los siglos a la espera de que un amor de Hombre la convierta en mujer para burlar el sortilegio de ese ángel maldito."

Esa última palabra sonó con la gravedad de una condena. Quise recapitular...

- Es una leyenda emocionante. Pero yo sólo contemplé una aparecida, seguramente el errante espíritu de una joven que murió hace mucho...
- ¡Es vuestra merced el que está errado! – Exclamó furiosa – ¡No está muerta, no puede morir lo que no ha nacido de la Carne, porque la hicieron regresar! – Suspiró como ejercicio de contención. – No tiene idea de lo que era Madrid entonces... ¡Era la capital del mundo, de un imperio que no tenía rival! Naves con la Cruz de Borgoña, que esa es vuestra olvidada bandera, iban y venían por todos los mares del Globo Ad Maiorem Gloriam Dei (3). Londres, París y el Sacro Imperio eran cuna de herejes; Roma, una guarida de zorras lascivas, y Trento (4) no pudo poner orden en todo ese aquelarre para Aflicción del que Entregó Su Vida por vosotros. Aquí venía lo natural y lo sobrenatural mientras Felipe “el Prudente” se propuso cerrar una de las bocas del infierno con la Basílica de El Escorial. El Santo Oficio estaba desbordado sólo con lo que se invocaba entre Sevilla, Toledo y Madrid.
- Está bien, - concedí afanándome en no perder el hilo, - ¿entonces qué o quién es Angyalka?
- Algunos son hijos de la Lujuria y otros son hijos de la Virtud. Ella es hija de la soledad que sintió uno de los que quiso ser como Dios. Puede que Él sintiese lo mismo la noche anterior al Primer Día de la Creación.
- ¿Quién es ese “uno”?
- Eso no lo habrá de saber vuestra merced. Hay cosas que es mejor ignorar.
- ¿Y porqué acabó Angyalka así?
- Es que no ha acabado “así”. Ella sigue esperando a que un hijo de vuestra estirpe la rescate. Ya le he dicho que ese callejón baja hasta el infierno... Quien tenga el valor de entrar para sacarla de allí, la liberará.
- ¿No lo ha logrado nadie en estos siglos?

La anciana titubeó, como dudando si contarlo o no contarlo. Debió decidir lo primero, pero de una manera somera, sin entrar en detalles “complicados” a tenor de su contestación.

- Nadie lo ha logrado. Hubo un caballero, el desocupado hijo de un noble, pero le mataron en la luna nueva de julio de 1834 (5), pocos días antes de la matanza de religiosos (6) que hubo en Madrid . Nadie se interesa por un muerto cuando poco después empiezan a llover.
- Una fatalidad.
- No hay casualidades, y estoy segura de que vuestra merced tampoco es de los que despachan una contrariedad con la convención de esquivas suertes o azares que no lo son.

Asentí en cómplice silencio.

- Angyalka seguirá esperando a un hombre que la ame... – Sentencié a medio camino entre la afirmación y la presunción. - Cuyo valor esté por encima del miedo y cuyo amor esté por encima de su vida.
- Angyalka seguirá aguardando, con la angustia añadida de vivir en un tiempo en el que están ausentes el valor y el amor, si es que hay alguna diferencia.
- ¿Y quién es Hadradian? – Interpelé a quemarropa. - ¿O quién dice ser?
- Hadradian... – Sonrió por esa única vez mientras retrocedía para ser engullida por la niebla... – Hadradian ya no recuerda quien es.

Desapareció ante mis ojos. Al punto, la impenetrable niebla comenzó a aclararse. La desierta calle del Espejo recobró su apariencia habitual y segundos después advertí a una pareja de chicos, bien agarrados el uno a la otra, paseando azoradamente a un desquiciado perro que ladraba chillonamente en todas direcciones.

Acaso esa mascota tenía capacidad para percibir lo que había pasado...



Regresé la siguiente luna nueva, sin embargo, nada pasó. Y la siguiente. Y la siguiente a la siguiente. Perdí la cuenta. Ya estaba considerando la posibilidad de desistir la que sería la postrera, una desapacible y pluviosa noche de finales de septiembre, cuando el callejón de la Escalera, una de las puertas del infierno, se abrió ante mí, lo que contemplé con la incredulidad que se alberga en un suceso sobrenatural. La alta fachada de ladrillos fluctuó, como un holograma, y al segundo siguiente ya estaba allí, como si nunca hubiese faltado de su pretérito sitio.

Me acerqué y me asomé. Me vinieron a la memoria las palabras de Hadradian.... “un tiempo en el que están ausentes el valor y el amor”. Bajé los peldaños de uno en uno. El cielo, majestuosamente estrellado y despejado, lo contrario del que se contemplaba en la calle del Cordón, a escasos pasos. Una oscuridad casi absoluta. Y en un destello, Angyalka, irradiando tanta luz como tristeza y belleza, extendiendo lánguidamente su mano derecha hacia mí mientras me llamaba por mi nombre...

Ni toda la ígnea luz del Erebo me deslumbraría. Me santigüé, inicié un Padrenuestro y sentí una poderosa fuerza que me arrastraba fuera del callejón maldito hasta que mi espalda chocó con la pared opuesta y caí al duro empedrado de la calle del Cordón. Levanté la cabeza. Otra vez los ladrillos en procesión como si quisieran tocar un cielo que siempre estaría dramáticamente remoto y distante. Ni rastro de la aparición. Únicamente el lejano eco de un lamento en lo más hondo de mi corazón.

Dicen que no hay distancias para los sentimientos...

NOTAS

(1) También llamado “De Wit”, porque no se tiene claro el autor. Algunos estudiosos lo fechan en 1635, pero recientes investigaciones lo sitúan en abril de 1623, momento en que el regidor abonó 350 ducados por ese trabajo.
(2) Región del este de la actual República Checa.
(3) A la Mayor Gloria de Dios.
(4) Concilio de Trento, celebrado como respuesta a la herejía de Lutero, a mediados del siglo XVI.
(5) Fue la noche del seis al siete de julio de 1834.
(6) En Madrid, durante la jornada del 17 de julio de 1834 se asesinan a cerca de ochenta personas, la mayoría religiosos, víctimas del bulo que los acusaba de envenenar las fuentes de la ciudad, mentira urdida y planificada en las logias masonas para desencadenar una revolución.





domingo, 9 de marzo de 2014

Los muertos de los muertos

Hace años, no tantos como para que la ausencia haya sembrado la cizaña del olvido, tuve una gran amiga. Una amiga de esas por las que darías la vida ya que simbolizaba todo lo bueno que han ido construyendo generaciones y generaciones de personas que pretendían dejar un futuro mejor a sus hijos, bastante más halagüeño que el presente que ellos habían padecido con cristiana resignación.

Sabía sobradamente que tenía sus defectos, pero no los consideraba entonces lo suficientemente graves como para ensombrecer sus meritorios hechos a lo largo de los años. Uno siempre tiene el vicio de pensar que las cosas, como las personas, tienden a mejorar en su propio Camino de Redención. El paso implacable del tiempo nos saca de ese error cuando acumulamos unas cuantas cicatrices en nuestro cuerpo debido a sus letales efectos, que es lo que vulgarmente se conoce como canas en los cabellos y arrugas en el rostro. Nos percatamos demasiado tarde que lo que para algunos es Sendero de Arrepentimiento, para otros, demasiados acaso, es un lento e inexorable descenso a los Infiernos. Para no retornar.

Sí, durante una época, quizás por la juventud que se me va, hubiera dado la vida por ella y por todo lo bueno que significaba para mí. Sentía una profunda y auténtica admiración por ella, como sólo puede sentirse por una madre, aunque no lo fuera en su biológico sentido. Conocía la forma en que había tratado a muchos de sus hijos que habían rendido su existencia por conseguir su mayor Gloria. Desdén y un frío sepulcro que nadie recordaba es lo que recibieron como pago a su sacrificio. Pese a ello pensaba terca y honestamente que cambiaría. Que contemplaría con respeto y gratitud a todos los que tanto habían hecho de buena fe en su nombre, equivocados o no, para que su nombre alcanzase la preponderancia que se merecía. Ahora sé con la amargura de ese inexplicable conocimiento que concede la madurez que no se pueden pedir peras al olmo, como también sé que se halla en la naturaleza del alacrán del cuento picar a la rana que le está salvando la vida mientras cruzan una charca.

En realidad no tengo idea de cuándo comenzó esta desafección, este irreversible distanciamiento. Dicen que la traición es tan mezquina que nunca se sabe a ciencia cierta quien es el felón, si el que la lleva a cabo o el que la inspira, que a menudo es el propio traicionado porque previamente ha renegado de lo que se propuso defender. La Vida viene sin manual de instrucciones y cada uno se busca, como buenamente puede, referentes, asideros donde tender un lazo para no precipitarse en el abismo de una conciencia que no perdona. Claro que hay quienes por no tener incluso llegan a ser ellos mismos un abismo inabarcable. Yo soy de los que piensan que no es necesario ser el mejor, sino sencillamente una buena persona, sin tanta competitividad y tanta milonga que tanto gusta a los políticos, expertos en vivir sin dar golpe. Porque ser buena persona es lo mejor, ya saben lo que me complace los juegos de palabras. Los que Creemos en Cristo, según me dijo un ateo, somos envidiados por no tener dudas. “Las tenemos”, le contesté, “pero no falta la Luz para que pierdan importancia”. Son frases nada más, pero encierran clavos ardiendo a los que agarrarse cuando se pretende escapar de ese desgarrado acreedor que es Pedro Botero.

Frases. Las arengas están formadas por encendidas frases, para que la propia muerte duela menos a causa de la Esperanza que dejaremos como legado. Pero en realidad se viene solo y solos nos iremos cuando Dios disponga. Ella nunca trata bien a los suyos, supervivientes o no. Nunca hace caso a los que la quieren bien. Siempre presta oídos a vecinos que únicamente buscan su propio provecho. Y siempre, siempre, prefiere creer a los que desean dañarla, precisamente por lo que implica su significado. Ahora está enferma, muy enferma, en manos de médicos que la mienten sistematicamente. “Señores, no me encuentro bien”, dice, “tengo infinidad de deudas que me reclaman, he perdido la secular fe en el Señor que me ha caracterizado, me desangro, me duele todo y aún tengo la sensación de que regiones de mi cuerpo quieren apartarse de mí”. Y sus quejidos lastimeros no conmueven ni un ápice a esa nómina negra y corrompida de médicos que la tratan, o maltratan a tenor de sus hechos, que bien se dijo “que por ellos los conoceréis”. Simplemente se limitan, como los carroñeros, a esperar el fatídico desenlace, para ver cuánto se pueden llevar de la casa de la difunta en ese río revuelto que acompaña como plañidera todos los óbitos. Mintiendo. Mienten por activa y por pasiva, despiertos y dormidos, cuando hablan y cuando callan. Mienten todos, y los que no mienten son amordazados para que sus tesis y tratamientos no lleguen a ser conocidos por ella, por esa paciente que está como está por haberse creído toda la ponzoña que le inoculaban, poco a poco, con paciencia y sin piedad. “No se preocupe, señora, que está usted muy bien, sana, moderna y progresando, como los vecinos de su entorno”. Nunca faltan bobadas de ese estilo, como otras que dijeron cuando crearon una charlotada para reforzar su posición. Tantas dudas sembró desde el principio que para tapar el asunto tuvieron que envenenarla, no sé bien con qué, en el mismo año, y echaron la culpa a cierta clase de aceite adulterado. Ella tiene escasa memoria, y hoy sólo nos acordamos de ello los que tenemos cierta edad, porque nunca se volvió a saber de la cuestión, hasta el punto de que un doctor que quiso investigar el asunto falleció misteriosamente cuando estaba en ello. Ocurre que quienes conspiran en tan alto grado no se detienen cuando han de eliminar a los personajes secundarios de una tragedia, del mismo modo que nadie repara en los muertos de los muertos porque los únicos que se echan en falta son los que hemos conocido, no aquellos que eran añorados por los que amábamos de un modo tan egoísta.

El entusiasmo de la juventud es tan ruidoso que no deja escuchar otra cosa que la música que hace palpitar nuestro corazón. Afortunadamente es una enfermedad que se cura con algo de escéptica sordera, desengaños, desencanto y tiempo. Hay quienes lo llaman “experiencia”, sea como fuere, el gato escaldado huye del agua fría. Salvo que sea un poco estúpido y se crea los embustes de los que quieren dejarle sin vidas. Continuó el tratamiento, ya que se trataba de un proyecto a largo plazo. Esos médicos fueron sin ambages contra los Principios que habían sustentado los actos de ella al tiempo que empleaban otros medios para ir desgastando la fortaleza y la integridad de mi amiga. Pequeñas pero repetidas dosis de relativismo, crimen y corrupción fueron socavando y minando las estructuras de la conciencia. Cuando se deja de creer en Dios, se empieza a creer en cualquier tontería, y ellos sabían, y saben a la perfección, que una demolición salvaje tiene una contundente respuesta como reacción, pero no sucede de ese modo si la erosión es continuada, callada, ocultada y mentida. El resultado final es el mismo, únicamente una cuestión de tiempo, pero sin arriesgarse. Los cobardes no tienen grandeza moral. Ni moral, obviamente. Ya he dicho que no se pueden pedir peras al olmo.

Y llegó un día. Siempre termina llegando un Día. Ese Día en que la Vida te pregunta qué eres y tienes que dejarte de tapujos para proclamar en qué crees realmente. El Día que te reserva un lugar para la Eternidad, el Día en que se justifica una vida, que vale por una muerte; puede durar un segundo o varios años, sin duda alguna es el que nos redime o nos condena. Hubo un “avance” en el perverso tratamiento. Un acontecimiento tan grave que debería haber puesto del revés a todo el equipo médico habitual. No obstante, no pasó nada. A ella se le arrugó el poco ánimo que le restaba y siguió creyendo a pies juntillas todas y cada una de las falsedades, embustes e imposturas, ya multiplicadas hasta la náusea. De nada sirvieron las advertencias, los avisos, las reconvenciones... Se nos acalló de mala manera, se nos tachó de alarmistas, conspiranoicos, de desleales. Muchos arrojaron la toalla y se marcharon lejos. Algunos tardamos un poco más pero hemos llegado a la indiferencia que también es un sentimiento que aleja... La situación se agravó más y la enferma está agonizando mientras se la expolia sin compasión ni medida. Los engaños de los médicos son escandalosos, sabedores de que cualquier estupidez es aceptada sin objeción. Siguen con su discurso de que la enferma está cada vez mejor cuando ya apenas respira y cuando partes de su cuerpo están claramente en rebeldía con tumores extendidos y muy avanzados, con infecciones y gangrenas mortales de necesidad. Ya no se trata de que pueda haber curación, lo que sería un milagro, sino de lo que va a tardar en expirar, que lo acabará haciendo por mucho que la actual situación que se padece favorezca a esos matasanos y a los que les pagan, porque va en su ser llevar a término esta ejecución, como el escorpión de la fábula citada más arriba. Los muertos tienen la costumbre de morir porque quizás sólo esa sea la forma de alumbrar algo nuevo a pesar de que no se espera heredero que ponga orden. Mientras, unos pocos seguimos acordándonos de los muertos de los muertos, de su esfuerzo baldío, de sus desvelos arrojados por la borda, de tanto para nada.

¿Y yo? Se me puede decir que es reprochable abandonar a alguien que se ha amado cuando está rodeada de personas sin escrúpulos y muriéndose. Lo malo es que es ella la que eligió rodearse de esas malas compañías y que las escogió pretiriendo a las buenas. Uno no puede ser leal a alguien que ni siquiera es leal a sí mismo. Cada cual es responsable de quien se rodea y, por supuesto, de sus amistades peligrosas. La primera vez que se sufre un engaño es culpa del engañador, pero las siguientes ya son demérito propio y no se puede salvar la vida permanentemente a un suicida compulsivo y reincidente: Tarde o temprano logrará su objetivo. Hay personas que buscan su mal y ni siquiera son conscientes del perjuicio que se causan.

Cansado, hastiado y, ¿por qué no decirlo?, también herido en mi devoción hacia ella, una tarde arrié la bandera de nuestra amistad y la sustituí por los estandartes de mis ancestros, que esos muertos de mis muertos, errados o no, fueron fieles católicos, coherentes y honestos hasta el final. En este siglo XXI del “sálvese quien pueda”, que no augura nada bueno, he tomado la determinación de ser leal a pabellones en los que me vea reflejado, por sangre y por Principios, siendo estos los citados de mis antepasados y los de mi renovada Fe en Cristo. No seguiré más a alguien que ha ignorado el llanto de sus hijos más desfavorecidos y ha corrido en pos del favor de personajes poderosos y tenebrosos que en el fondo detestan a la que, una no muy lejana jornada, fue la diana de mis sueños.

Porque resulta que, a fin de cuentas, uno se debe y está aquí por lo que creyeron esas elegantes personas de semblante difuminado en antiguos retratos de tonos sepias. Los muertos de los muertos que jamás habrían tolerado que se alcanzase el nivel de decadencia y podredumbre que comúnmente, y erroneámente, se denomina “progreso”.



domingo, 12 de enero de 2014

El vuelo (El error)

En algún futuro cercano...

Llegaron al aeropuerto. Un vuelo anodino, salvo por una fuerte tormenta y las turbulencias que padeció sobre el Atlántico Norte. La pericia de los pilotos logró que pasase a formar parte del anecdotario de los pasajeros, algunos con historias más inquietantes en su recuerdo de anteriores viajes intercontinentales. El avión tomó tierra suavemente, lloviznaba sobre Barajas y nada trascendió del nerviosismo y desconcierto que se estaba viviendo en la cabina desde hacía casi hora y media. No era en vano que esa hermética frontera, permeable únicamente para azafatas de eterna e imperturbable sonrisa, fuera la garantía de que el pasaje no entrase en pánico en determinadas ocasiones y que siguiera volando, como afirmó un comandante jubilado con una hoja de servicios impoluta.

Habían llegado, y los viajeros más observadores empezaron a reparar en detalles que les resultaban llamativos. Por ejemplo, resultaba insólito que les hubieran “escoltado” dos cazas españoles del Ejército del Aire, reconocibles por la Cruz de san Andrés en los estabilizadores verticales o derivas y sus coloridas escarapelas rojigualdas, desde que entraron en su espacio aéreo nacional. Sin embargo, correspondían a un diseño que nadie supo reconocer. Sí, era el aeropuerto de Barajas, estaba la cercana, blanca e inmensa Cruz del cerro de san Miguel de Paracuellos del Jarama para recordar a las víctimas del Frente Popular; pero el horizonte que contemplaba Madrid no era el mismo, y el trazado de las pistas se había complicado. Había más aeronaves, que básicamente eran iguales a la que les había traído desde Nueva York, al contrario que los aparatos del Ejército, pero desprendían algo que las hacía diferentes. Los edificios, las carreteras, los vehículos que alcanzaban a ver... tampoco eran los acostumbrados, más numerosos y distintos, muy distintos.

El avión continuaba rodando por la pista, pesadamente, como si nunca fuera a detenerse, acompañado por un séquito de camiones y coches militares, de bomberos, de policías, de la Cruz Roja, del servicio del aeropuerto... y otros sin distintivo ninguno, ocupados por personas bien vestidas y con gafas de sol... En un día en el que brillaba por su ausencia. Los ocupantes empezaron a plantearse el motivo que causaba tanta expectación. Se trataba de un vuelo normal, sin ninguna celebridad a bordo, si es que se puede distinguir ya entre la farándula y la política, nada más que grises hombres de negocios, turistas, familias y otras personas comunes con sus vidas a cuestas que no llamaban la atención por nada. Surgió la chispa del recelo. ¿Y si algún miembro de una organización subversiva, guerrillera, se hubiera infiltrado? El cuchicheo entre el pasaje subió de tono como se incrementó la inquietud, que ya no podían contener las sonrientes auxiliares de vuelo, titubeantes ante la ausencia de información, el ininteligible y aislado barullo de los pilotos y las preguntas que les formulaban los pasajeros.

Y el Boeing 707 de la PanAm se detuvo finalmente bajo la débil lluvia que arrojaba el velado cielo de Madrid, aletargado en esa labor, mientras miraba esos diminutos seres que se echaban encima de un pájaro metálico, blanco con una raya azul, del mismo modo que un depredador se abalanza sobre su presa.



Frenética actividad en la Torre de Control del aeropuerto de Madrid-Barajas. No se había redactado un Manual de Procedimiento para una contingencia así. Faltando un protocolo, se hicieron cargo del asunto los militares... Y unos individuos trajeados que llegaron con ellos, lacónicos, con cara de póquer y de pocos amigos, que relevaron al personal de servicio con cajas destempladas. Los que alzaron la voz por ello fueron arrestados, encañonados y sacados por la fuerza de sus dependencias, lo que intimidó lo suficiente al resto para que siguiese sus indicaciones sin rechistar. Las armas siempre poseen argumentos muy convincentes si se tiene en estima la propia integridad física.

Se informó del asunto al Cuartel General de la OTAN y ellos ordenaron que despegasen dos McDonnell Douglas EF-18 del Ala 12 de la Base de Torrejón de Ardoz para avistar y seguir al vuelo 12 de la PanAm que iba de Nueva York a Madrid. Se le comunicó a su comandante que aterrizaría en esa Base Aérea, lo que rechazó rotundamente por tratarse de un avión comercial, negándose a cumplir las instrucciones de una cadena de mando “ajena” a la suya propia y que no reconocía de ninguna manera, quejándose además, vehementemente, de la “vigilancia” de los cazas españoles. Para evitar males mayores ante la terquedad del jefe de su tripulación, se concedió que la aeronave terminase su trayecto donde estaba previsto. Pero nadie, ni en la cabina del avión, ni en Barajas, ni en el Centro de Operaciones Aéreas de la Región Sur de la OTAN, situado en la Base de Torrejón, llegaba a comprender nada de nada. La aeronave de la PanAm, vuelo 12 Nueva York-Madrid, aterrizó sin novedad en el aeropuerto de Barajas, seguido por un rosario de vehículos puestos al servicio del Gobierno que realmente gobierna, y dispuestos a que un suceso tan extraño no trascendiese, no fuera que la opinión pública comenzase a plantearse algunas cuestiones “espinosas”. Porque a menudo sucede que llega la realidad para abofetear sin consideración la soberbia del Hombre. Una realidad que no tiene nada de racional ni de explicable, para vergüenza de los masones que promovieron esa estafa que se denominó la “Ilustración”. Dicen que las que mejor funcionan son aquellas que tienen un nombre más “sonoro”...



El vuelo 12 de la PanAm, que cubría el itinerario Nueva York-Madrid, era una aberración de la Naturaleza, un error que producía terror. Se le dio por desaparecido, sin dejar rastro alguno, el 15 de octubre de 1968, en medio del Océano Atlántico, en plena Guerra Fría, con el conflicto de Vietnam en ebullición y con el ánimo de la Humanidad aún encogido por la Crisis de los misiles soviéticos en Cuba y por el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, acaecidos años antes. Se escenificó el fraude con chatarra, diciéndose que procedía del avión, que había estallado a 35.000 pies de altura, cuando “subía escalones” para eludir una potente tempestad. Se metieron despojos de animales en ataúdes para acallar la curiosidad de los familiares de los desaparecidos más inquisitivos, al resto se les despachó con una cuantiosa y rápida indemnización, nada que ver con otros acontecimientos similares cuyas causas sí que estaban claras. Resulta que los gobiernos son especialmente eficaces cuando atienden los deseos de cierta criptocracia. La cuestión pasó al olvido, no interesó a nadie, ni siquiera al polvo que acumulan las hemerotecas; y las familias fueron enterrando a quienes recordaban a los que viajaban en ese misterioso vuelo perdido inexplicablemente.

Apareció en los radares de los controladores casi medio siglo después. Un destello que no tendría que estar ahí. Un error, un vuelo imposible, perteneciente a una compañía aérea que ni siquiera existía ya por haber dado en quiebra en 1991. Surgió de la nada, para despecho de autoridades y científicos, que no sabían que hacer con un grupo de personas que había estado en el limbo durante décadas y que habían aterrizado en un mundo muy diferente del que dejaron en 1968, plagado de hippies, de no-violencia y con el Hombre acariciando la Luna. Eran peligrosos, por edad muchos de los pasajeros ya deberían de haber fallecido, aunque para ellos sólo habían pasado unas horas desde que dejaron Nueva York a sus espaldas, y el mezquino siglo XXI, que ya llevaba dadas unas cuantas dentelladas al Hombre, significaba una distante promesa de futuro mejor gracias a una segura colonización del espacio. Se darían de bruces con todo lo contrario porque se vivía una distopía totalitaria y paranoica. Tanto que algunos de los gobernantes que manejaban esta crisis sopesaban si eliminarlos en secreto. Al fin y al cabo se trataba de poco más de 150 personas que “oficialmente” estaban muertas. Si dejaban hablar en público a esas personas, la sociedad entera se tambalearía. Quizás por esa razón se da sepultura a los difuntos bajo pesadas lápidas... Para que no vuelvan y señalen nuestra incompetente miseria.

Pero habían regresado. Y el Mundo entero contenía el aliento porque el “error” no era un caso excepcional, estaban retornando del sueño que los había hurtado de su tiempo. Las torres de control de numerosos aeropuertos recibían solicitudes para aterrizar procedentes de vuelos que habían sido engullidos por el cielo. Y el Cielo, no sólo metafóricamente, les permitía retornar para que la Humanidad pudiera verse reflejada en un espejo con la seguridad de que la imagen que vería no sería de su gusto.

También, ¿por qué no?, para propinar una formidable bofetada a esa élite ignorante y malvada que se fía de “sus” científicos y tecnócratas, que basan todos sus cálculos en una realidad de la que apenas saben nada para incurrir, y perseverar, en el error. Ya lo dijo san Agustín: “Los que no quieren ser derrotados por la Verdad, lo serán por el error”...

martes, 3 de diciembre de 2013

Ellos y nosotros (La Flamigerina)


Como si te tocase la lotería. Es lo que le ocurrió al doctor Fleming. Ahora era yo el afortunado. La verdad es que dí con ello de pura casualidad, una fugaz mención en una publicación especializada provocó que se me encendiese la bombilla con la que los cómic ilustran las ideas que tienen sus personajes. ¿Qué probabilidades existían de que un científico treintañero asociara algunos de sus experimentos con el contenido de ese artículo? Casi nula porque esa revista lanzaba una tirada mínima, hasta que decidieron que los suscriptores accedieran a ella a través de Internet, por aquello de la Ecología y de los recursos del planeta. Resulta que “casualidad” es el otro nombre que pueden recibir los milagros.

Era vox populi que los antibióticos tenían sus días contados. Las sucesivas e incontables generaciones de bacterias habían logrado desarrollar creciente resistencia a sus efectos, hasta que estos se convirtieron en una suerte de cosquillas para las nuevas cepas, y la rama de estudio de esos medicamentos se había agotado en los noventa del siglo XX. Así que me esmeré en conseguir el principio activo de una planta del Amazonas que estaba amenazada de extinción. Eso fue lo que me ocupó durante mayor tiempo. Una vez acabado el proceso reductivo, apliqué la sustancia a una de las cepas más agresivas del Bacilo de Koch y del Clostridium Botulinum, germen patógeno cuyas toxinas causan el Botulismo. Mis colegas Duchesne, Ehrlich, Florey, Chain o el propio Fleming palidecerían de envidia, si estuvieran en vida. El exterminio fue fulminante y completo, como si una bomba nuclear microscópica hubiese sido arrojada sobre sendas colonias de microorganismos para incinerarlos, como si un ángel vengador microscópico los quemase con una espada flamígera. “Flamigerina” era un nombre que me complacía, alejado de los trabalenguas de las benzodiacepinas y otros compuestos. Habría que evaluar los posibles efectos secundarios, pero el camino estaba trazado. Se podía agradecer a los antibióticos sus encomiables servicios para relegarlos a los manuales de Historia.



Marcos Vega estaba exultante. Consideraba como justicia poética que un afectado de la diáspora causada por las corrompidas políticas que asolaban España, y que había dejado la investigación científica española como un solar, descubriera un medicamento revolucionario contra los efectos de las infecciones bacterianas y, ¿quién sabe si prosiguiendo la experimentación se derivaría un marcador contra los virus? Se trataba de un hito que abría nuevos senderos en la Medicina. Un bactericida natural y barato en su producción, llamado a sustituir a los antibióticos en los cajones y estanterías de las farmacias y reboticas de todo el mundo. Con los resultados plasmados en un informe, tuvo la previsión de guardarse algún detalle sensible para que se respetase su autoría. No estaba de moda respetar patentes en una sociedad en la que el plagio, en todos los sentidos, estaba a la orden del día. Ser un benefactor de la humanidad colmaba sus expectativas, pero eso no era incompatible con que quisiese pasar por caja. Confiado, se puso en la labor de acudir a una importante multinacional del sector, convencido de que ni siquiera le dejarían marchar sin firmar un suculento contrato. No fue tan exagerado, pero le citaron al día siguiente para negociar un acuerdo. Multimillonario, por supuesto. La Vida puede ser un experimento maravilloso.

En la sala había varias personas, dos hombres y una mujer, más o menos de su edad, cuya indumentaria delataba su pertenencia al variopinto gremio de los abogados; un hombre más maduro, entre los cincuenta y sesenta, del que dedujo que era un alto directivo, y una joven señorita a la que adjudicó el papel de secretaria. No tenía elementos de juicio para razonar el reparto de papeles que había efectuado, pero se guió por su intuición, lo mismo que lamentó no haberse acompañado de un letrado. Después de saludos, presentaciones y demás cortesías que sólo sirven para esconder un embarazoso silencio entre desconocidos, habló el hombre más mayor.

- Celebramos que haya pensado en nosotros para cerrar un acuerdo. Estos son los términos del contrato... - Le alargó un portafolios de plástico, en su interior había un documento en el que figuraban varias cláusulas. - Por supuesto que puede consultarlo con quien crea procedente, pero si lo firma en este acto, hoy mismo le ingresaremos los cien millones de euros, libres de impuestos, en los que ciframos sus “servicios”.

Al doctor Vega no le gustó la entonación de la palabra “servicios”, apenas tapada por la música celestial de tan elevada cantidad de dinero. Además, en el contrato que estaba hojeando a toda velocidad no hallaba ninguna referencia a porcentajes sobre ventas, ni exclusividad para continuar la investigación. Y una condición que le hizo daño a los ojos... “La parte que cede la patente registrada bajo el nombre genérico de flamigerina según patente cuya copia se adjunta como anexo a este convenio, se desliga por completo de realizar nuevas investigaciones en el futuro y declara que renuncia bajo juramento a publicar sus contenidos, ya sea total o parcialmente y que guardará absoluto silencio sobre ello, cuyo compromiso se extenderá a sus herederos”.

- No comprendo estos términos. - Alegó perplejo, con enojo mal disimulado. - No se menciona nada relativo a regalías, ni porcentajes de beneficio... Es como si no fuera a salir al Mercado nunca. Deben de haberse equivocado en algún “corta y pega” al elaborar este contrato... No culparé a sus becarios, - ironizó - ya se llevan bastantes reproches.
- Es evidente que no lo ha comprendido, señor Vega... - Replicó la abogada. - No le pagamos una fortuna por fabricarlo. Si es una cuestión de dinero, ponga una cifra y olvídese de este hallazgo.
- Pero... - Marcos vaciló como el boxeador que ha encajado un golpe en la cara sin esperarlo. - Es una locura, ¿saben los beneficios que podemos sacar de esto? - Apeló a su codicia, para continuar con el argumento humanitario. - ¿Y cuántas vidas podremos salvar? A los antibióticos no les queda ni un suspiro, volveremos a la situación que padecíamos antes de la II Guerra Mundial, con el agravante de una oleada de bacterias que tendrán una resistencia inusitada frente al debilitado sistema inmunitario de la especie humana.
- Ya. Es una pena. - Sentenció fingiendo el hombre de más edad. - No queremos que siga adelante, simplemente asegurarnos de que se olvidará de esto para siempre. Podríamos hacerlo por otras “vías” pero resultaría sumamente molesto porque siempre hay algún maldito conspiranoico dispuesto a tocar las narices y no queremos alboroto. Además, poseer dinero hace a la gente sumamente cobarde. ¿Para qué preocuparse por los demás cuando se ha alcanzado el paraíso? Como este que le ofrecemos... Dicen que el Caribe está precioso todo el año...

El doctor Vega quiso ganar algo de tiempo. Agarró su copia del contrato sin firmarlo, aduciendo que se quería asesorar legalmente. “Nos parece correcto”, le dijeron casi al unísono. “Denme unos días, quizás una semana, puede que les pida más dinero”, aclaró para contentar sus escrutadoras miradas, que parecieron pensar, “bueno, ya es una negociación sobre importes, no la irritante discusión ética sobre que algo esté bien o mal”. Se encaminó a su domicilio, cerciorándose con frecuencia de que no le seguía nadie. En esas jornadas se dirigió a otras empresas del mismo ramo, pero le pareció curioso que ni siquiera tuvieran interés: Como si estar en tratos con la primera le hubiera apartado de ulteriores conversaciones, una coordinación tan precisa entre ellos que llevase a deducir que formaban un cártel, un oligopolio de dimensiones gigantescas. Y él solamente era un afortunado investigador de segunda fila. “Demasiados molinos para tan poco Quijote”, reflexionó. Nunca había prestado oídos a las diversas teorías, de diferentes conspiraciones, para explicar algunos sucesos históricos. “Imposible porque, ¿cómo podían callar a tanta gente? No impedirían que al final alguien terminase hablando.” Y la tranquilidad que le daba ese argumento de cajón, en apariencia, le permitía seguir adelante con sus pequeñas cosas cotidianas. Hasta que llegó a su mente la luz de un descubrimiento vital para el ser humano, que él se negaba con terquedad a enterrarlo bajo un montón de dinero. Por mucho que fuera para él mismo.

Decidió hablar con el CEO del grupo farmacéutico que le había hecho la única oferta, saltándose toda su cadena de mando. Le parecía inconcebible lo que estaba sucediendo. Le ofrecían una fortuna por... Callarse y desvincularse de su fenomenal medicamento. Buscó por la Red, no le supuso mucho esfuerzo. Un par de horas de avión, residía en Londres. Preparó una pequeña maleta con lo justo, se despidió de los suyos y casi cogió en marcha el primer vuelo hacia Heathrow... Mirando una vez y otra quienes estaban a sus espaldas... Porque albergaba esa desasosegante sensación de que le estaban observando.

No subió a su habitación. Dejó su solitario equipaje en la recepción del modesto hotel donde pernoctaría. Aún quedaba día. Lo bueno de esos vuelos a horas intempestivas es que te dejan casi toda la jornada para hacer cosas, compras, etcétera. O una visita que no se había anunciado. Miró a su alrededor para ver si algún taxi estaba cerca. No era así. Quien se detuvo a su altura fue un imponente “Bentley” con un ocupante, una señorita, en el asiento de atrás, además de su conductor, lógicamente. Le exhortó a subir en español con marcado acento británico. Vega rehusó la proposición. “Sabemos quien es y a lo que ha venido. Puede perder el tiempo llamando a un taxi o venir conmigo para hablar con nuestro Consejero Delegado. Usted decide...” Entonces no había sido una ilusión, le estaban controlando los movimientos todo el tiempo...



Cerré la puerta casi a la vez que el vehículo se puso en marcha. No me sentí amenazado pero sí inquieto. Por lo tanto, mi intuición no me engañó, habían estado siguiendo mis pasos. Me tranquilizó, a medias, llegar a la conclusión de que si hubieran querido hacerme daño, nada lo habría evitado. La mujer iba muy maquillada, alguien del entorno más cercano al directivo, puede que su secretaria, pero lo descarté porque la situé sobre los cuarenta. Una persona de su confianza indudablemente. No se identificó. No abrió la boca en todo el recorrido hasta una gran casa en las afueras de Londres, lejos de la ostentación de los barrios de Belgravia, Mayfair o Knightsbridge. La casa, más bien mansión, se levantaba en una parcela enorme, el coche tardó unos minutos desde que se abrió la verja automatizada hasta que se detuvo al pie de una pequeña escalinata, ante la puerta principal. Mi acompañante me hizo un gesto para que siguiera su estela de pasos. Cruzamos el vestíbulo, un largo pasillo, ascendimos unos peldaños y entramos en una sala, bastante grande, que presumí como un despacho o una biblioteca, decorada de un modo ecléctico y con poco gusto. Una confirmación de que el dinero, por sí solo, no tiene estilo.

Y un hombre, de unos cuarenta y muchos, hablando en alemán por teléfono. Un tal Adam Greenberg, fotogénico pero poco amigo de hacerse publicidad. Cabello cuidadosamente cortado y con aspecto de recién afeitado. No llevaba puesto el traje que imaginaba que tendría. Era una licencia desde hacía pocos años, que los directivos utilizasen aquel tipo de prendas nada más que lo inexcusable, luciendo ropa “casual wear” en su vida normal, eso sí, de notorias marcas caras. Muy caras. Bueno, yo mismo tampoco iba demasiado “formal”, aunque sus zapatos ya valían lo mismo que todo lo que pudieran contener mis armarios. E incluso sobraría. Era cierto que los tiempos cambiaban. Exclusivamente en lo formal, porque lo demás seguía igual, como esa canción que cantaba no-sé-quien antes de que me llamasen a este mundo... El señor Greenberg me hizo una seña, me ofrecía asiento educadamente. La despreocupación con la que continuaba su diálogo telefónico me daba a entender que sabía perfectamente que no conocía ese idioma. El sol colaba sus rayos con tímida calidez a través del ventanal que presidía la estancia. Paseé mi vista por la mesa que se interponía entre nosotros. Un tronco piramidal de marfil exquisitamente labrado como si estuviera construido de ladrillos, usado de manera original como pisapapeles. Ignoro que le parecería al pobre elefante del que procedía... Mobiliario informático de última generación. Ni un solo papel. Tan pulcro como si lo hubieran acabado de limpiar, o tan limpio como si su uso fuera meramente testimonial. Dejó el teléfono sobre la mesa.

- Buenos días. Le ruego que me disculpe, - solicitó en impecable español – hablaremos en su idioma, si no le parece mal. Seguramente se expresará con más facilidad en su lengua vernácula que en inglés...
- Sí, buenos días, - contesté azorado, no esperaba que hablase mi idioma con tanta fluidez – se lo agradezco de veras. Tengo que dominar la lengua inglesa por mi profesión, pero prefiero mi idioma, obviamente.
- Estupendo, ¿le apetece un té? ¿Un café con leche, quizás?
- Un té solo estará bien, gracias.

Llamó por un intercomunicador y pidió dos tazas de té.

- Bien señor Vega... Ha sido usted muy osado saltándose a sus interlocutores de nuestra filial para venir a hablar conmigo. Claro que este asunto bien lo vale. ¿Qué es lo que quiere? O debería preguntar “¿cuánto?”...
- Por lo visto, no es algo que no tuviesen previsto. O sabido. ¿Eran ustedes los que me seguían?
- ¿Seguir? ¿Por qué? – Aparentó sorpresa. - ¿Acaso ha visto a alguien tras sus pisadas?
- No. Desde luego que no. Sin embargo, eso no quiere decir nada.
- La vieja pelea entre apariencia y realidad, ¿verdad? Como en esa película de Antonioni sobre un fotógrafo y un parque... ¿Cómo se llamaba?
- “Blow-up”, - aclaré con la intención de ver adonde llevaba la conversación – se basaba en un relato de Cortázar.
- La Literatura ofrece los mejores guiones. – Sonrió aséptica y artificialmente. - ¿Por qué piensa que le hemos estado vigilando?
- Yo no he pronunciado ese término... – Procuré mostrar frialdad. - No obstante, es lo que se puede deducir cuando han ido a buscarme a la puerta de mi hotel.
- Cortesía británica. No estaría bien ofrecerle cien millones de euros y permitir que llegase hasta mi residencia en un simple taxi. ¿No le parece?
- Si usted lo dice... Ya que menciona una paradoja, le sugiero otra... – Me invitó con sus manos a plantearla. – Me hacen una oferta, de ese descomunal importe, por un descubrimiento... ¿Para no explotarlo?
- Créame que lo rentabilizamos de ese modo, - su gesto no disimuló que la pregunta le había incomodado un poco – aunque no como usted piensa. Hemos llegado a un punto en que los márgenes de beneficio que podamos obtener son una consideración secundaria en numerosos casos. Como si hiciéramos una inversión a largo plazo...
- Razón de más, - creí que le había puesto frente a su propia contradicción - si no entran en cálculos de beneficios o de riesgos, ¿qué les impide fabricar un producto que salvará millones de vidas y que mejorará la existencia de toda la Humanidad? ¿Qué mejor prueba de fraternidad universal, de pura filantropía?

Greenberg fijó sus ojos en mí como quien valora dar una estocada.

- Es curioso ver como cambian ciertas palabras según quien las diga. – Volvió a usar la misma sonrisa forzada y el amable tono monocorde de su voz. – Mire, le ofrecemos esa cantidad justo por lo contrario de lo que pretende. Ya está: Implícitamente ha recibido la luz, ha demostrado su valía, merece que le saquemos de la masa, de la sociedad. Y es esa cantidad precisamente para que forme parte de un nuevo orden de cosas, de un statu quo, que le haga desistir de ponerlo en peligro aunque proceda de fuera, ¿comprende? Cuando se tiene mucho que perder es cuando más leal se vuelve uno a determinados conceptos.
- Pero... ¿Por qué?

Entró una persona del servicio trayendo una bandeja con las dos tazas y un platito con galletas. Greenberg ordenó que lo dejase a un lado y que se fuera. Ahora sus modos eran los de alguien muy familiarizado con el ejercicio de mandar. Cogió distraídamente una “cookie” y se la llevó a la boca, degustándola durante unos segundos.

- Verdaderamente esa cuestión vale la cifra que le hemos sugerido. Hay personas que morirían por saberlo y otras que morirían para que no se supiese. Pero todas matarían por estos millones, ¿sabe? Cada persona tiene un precio, como los artículos que están en los supermercados. Sospecho que usted sabe la respuesta de la interrogante que me formula... A pesar de ello, se obstina en no reconocerla por mucho que sus conclusiones científicas le hayan puesto, accidentalmente o no, frente a ella... Hablábamos de cine, ¿no es cierto?
- Sí, - respondí pensando que iba a cambiar de tema – aunque no veo que...
- Por favor... - Alzó su mano para que le dejase continuar. – Vamos con ejemplos concretos... Una fastidiosa sensación la de aguardar su turno en la fila, para luego quedarse sin las entradas de la película que tanto deseábamos ver... Ni que decir lo detestables que resultan algunos vecinos ruidosos. ¿Y la frustración de ir a comprar algo que han agotado? O los medios de transporte públicos, atestados de personas, muchas de ellas con poca afición a los hábitos higiénicos... ¿No se ha sentido agobiado, como si le faltase el aire, en medio de una multitud? ¿No ha pensado nunca que el principal problema de la sociedad humana, en su conjunto, es precisamente que hay demasiada gente en el mundo?

Así que habíamos llegado al fondo del asunto. Era cierto que me rondaba la cabeza, sin embargo, me negaba a darle credibilidad, cosas de conspiranoicos, como se intenta ignorar un amenazante e inexplicable ruido en el pasillo de casa, en medio de la oscuridad de la madrugada.

- Creo que nadie tiene autoridad para decidir eso, y menos para nombrar a los que no debieran de estar aquí, no, bajo ningún criterio.
- Es muy loable su filantrópico modo de pensar, - me señaló con su dedo índice, como si fuera a sentenciarme por algún delito – poco práctico también. No podemos permitir que la vida de cientos, miles de millones de personas sin importancia, completamente prescindibles, hagan peligrar los recursos, finitos le recuerdo, de nuestro planeta. La realidad es que la vieja Tierra está harta de esta Humanidad que se comporta como un tumor desbocado. La buena noticia es que la metástasis se puede corregir. De hecho, la estamos corrigiendo...
- Nunca hablaría... – Repliqué entrecortadamente. – No, jamás, del género humano en esos términos.
- Es muy sencillo: Menos gente, más recursos para repartir. – Respiró profundamente y empezó a hablar bajo, como si contase algo muy confidencial. - No aportan nada, solamente procrean, procrean y procrean. Son animales. ¡No merecen vivir! ¿Tan ingenuo es usted que piensa que no se ha descubierto un remedio para curar el cáncer, el VIH, el Alzheimer...? Pues sí, evidentemente que existen sobre el papel. Pero no verán la luz. Sería el colmo, multiplicaríamos la población humana entre los que no se mueren y los que siguen naciendo pese a nuestros esfuerzos. Desprestigiamos la maternidad y la paternidad; nos hemos empeñado en cizañar, en convertir en insoportable, la despreciable, oscurantista y vetusta institución que es la “familia”... ¿Ve como no es una cuestión de beneficios empresariales, del montón de dinero que ganaríamos? No nos interesa porque tenemos más del que usted pueda imaginar en todos los días de su vida... Más aún, ¿por qué cree que les estamos enfermando con los artefactos, bebidas, alimentos y fármacos que les vendemos? ¡Quítese la venda de los ojos! Ha demostrado estar por encima de ellos, ¡disfrútelo, caramba! ¿Por qué cree que los gobiernos están implantando políticas de interrupción del embarazo con tanto apresuramiento? ¿A qué cree que obedecen los recortes en sanidad y otras materias? Estamos fomentando una, ¿cómo llamarlo?... “Eugenesia encubierta”, porque esto no da más de sí. Y tampoco queremos que dé más de sí. Siguiendo en esta línea hasta nosotros nos quedaremos sin nada, y no lo permitiremos, no lo dude, querido amigo Vega. Cien millones no son nada si lo logramos. ¿Qué quiere?, ¿doscientos? ¿Trescientos? ¡El mundo es nuestro! Los tendrá si acepta nuestras condiciones, que ya serán completamente suyas porque formará parte de nosotros.

“Nosotros”. Primera persona del plural que había estado presente todo el tiempo. Monolítico, intimidante, atento, paciente, cauto y sin escrúpulos, como un ojo sin párpado que abarcase cada nacido en este Valle de Lágrimas. “Nosotros”...

- Y ¿quiénes son ese “nosotros”?



La luz del sol brillaba de un extraño modo sobre el tronco piramidal que había sobre la mesa, estrellando su reflejo sobre el techo, como si un misterioso ángel caído recordase, con su fulgor, que la blasfemia de alimentar el anhelo de ser más que Dios no es una peculiaridad específica de ángeles rebeldes.



viernes, 1 de noviembre de 2013

Noche de Difuntos (Iria)

El viento sacude los postigos de las ventanas haciendo crujir amenazadoramente los cristales que protegen, mientras la lluvia golpetea con desgana, con reiterativo desprecio, los voladizos del antaño orgulloso pazo de los Urdoa, noble linaje con más de mil años, cuyo caserón presentaba un aspecto que no contradecía tan grande antigüedad.

Iria de Urdoa es la última de su solar. Joven, hace poco tiempo que ha enviudado de un marido al que no amaba, pero que respetaba y tenía afecto porque siempre fue cortés y educado con ella, no como esos brutos engreídos de su apellido que consideran a la mujer con la que se casan como parte de un botín que se disfruta en el lecho. El esposo fue abatido por las tropas que la reina gobernadora, una usurpadora que se encamaba con un tal Muñoz, había enviado para sofocar la insurrección carlista en las misteriosas tierras gallegas. Se echó al monte con una partida orgullosa de su Enseña de la Cruz de San Andrés que portaban, y valeroso como era se batió con el mosquetón hasta agotar la munición. Después se lanzó contra los soldados cristinos blandiendo el sable que su señor padre se había traído de Trafalgar. Iria consideró que se trató de un fusilamiento, porque no les dieron cuartel para rendirse y los balearon con crueldad. Cosas de liberales que niegan a Dios. Fue al inicio de la primavera, y sus tierras y casa guardaron solemne luto por la pérdida en los meses posteriores porque apenas hubo día que pudieran desprenderse de una lánguida niebla, que no quería marcharse y dejar tan sola, tan triste, a su viuda.

Ella se encerró en su imponente casa con la luz de sus azules ojos y su dorado cabello, que contrastaban con el negro riguroso de sus ropajes, como si la Vida que Iria podía simbolizar se revolviese indefensa ante una bandada de tenebrosos cuervos, arremolinados en torno a ella para su tormento. Ni siquiera se dignó recibir a sus aparceros en ese periodo. De todo se encargaba el secretario de su marido, un enjuto y anciano escribiente que la visitaba una vez a la semana para despachar los asuntos pendientes. La reducida servidumbre se preocupaba por la señora, era muy buena con ellos, pero no se atrevían a mitigar el dolor que producía la ausencia, que hay límites que no cabe traspasar, y cuyo doliente silencio al pasar junto a ellos era el más vivo llanto que pudieran percibir. Y había llegado la tarde de la víspera de Difuntos, en el día de Todos los Santos. La señora escuchó misa temprano, apenas comió unos dulces, ordenó que no se le molestase, rezó el Rosario, se recluyó en la biblioteca, al amor del fuego, y estuvo leyendo la Biblia hasta que llegó la hora de cenar, cuando las sombras que confirman que el sol se ha hundido, más allá del Finisterre, se van adueñando de los cielos para cabalgar sobre las cabezas de los mortales...

Luego, sin saber el porqué, fijó su acuosa mirada en un viejo libro situado en el estante más alto, paciente y seductor como la manzana que tentó a Eva. Iria lo agarró para leerlo. Se sobresaltó cuando la criada llamó a la puerta para traerle una bandejita sobre la que descansaban un gran tazón de caldo con picatostes. “Mire vuestra merced, que no puede estar sin comer”, le dijo la solícita mujer, que ya no sabía qué hacer para llamar la atención de su señora y que empezase a cuidarse. “Gracias, déjelo sobre la mesita, no dude de que me lo tomaré en atención a sus desvelos...” Respondió con fría gratitud Iria, más interesada en quedarse sola que en tomarse el consomé. La ama iba a preguntarle si precisaría del servicio para alguna cosa, pero la señora le replicó, sin permitirle acabar la frase, que podían acostarse, que no necesitaría nada más de ellos en esa noche. Sola otra vez. Y con un libro en sus manos que no recordaba haber visto antes.

Estaba escrito en latín, pero no el de los curas. Le sonaba más vulgar, más cercano en el tiempo que el hablado y escrito en los Tiempos de Cristo. Decidió leerlo por encima, más que nada porque estaba cansada de que sus ojos paseasen por los mismos corredores y pasillos de negro sobre blanco que son los renglones de la Biblia, y de detenerse en esas plazas que eran las ilustraciones del motín de Lucifer, o de Adán y Eva expulsados del Jardín del Edén bajo la displicente mirada del ángel Uriel, o Moisés separando las aguas del Mar Rojo... o Cristo Resucitado apareciéndose a los apóstoles.

Cristo Resucitado. Una lejana Esperanza, la de ver a Nuestro Salvador bajando para poner las cosas en su sitio mientras se devuelve a la vida, no, a la Vida de Verdad, a todos los que han sido engullidos por sus propias sepulturas a lo largo de los siglos. Sin embargo Iria tiene la negra sospecha de que ese siglo XIX acabará como acabó el anterior, sin que tengamos otras noticias del Redentor, de su Santa Madre o de los Santos, más que por milagros diseminados, aquí y allá, que le permitan al Hombre seguir creyendo en un Dios que le ama, sin volverse loco en un siglo enloquecido, vaciado de sentido y de sentimientos, donde lo más parecido al latido de un corazón es el mecánico palpitar de las entrañas de esos monstruos de metal que habitan las negras y humeantes fábricas que manchan los virginales verdes de la geografía de Europa.

No comprendía casi nada de ese dichoso libro, era como recorrer desconocidas y enigmáticas veredas. Al principio pensó que se podía tratar de un antiguo recetario, verdaderamente antiguo, porque sin detallar fecha podía pasar por coetáneo de los que Gutenberg rescató de los scriptoria de los monasterios para que pudiesen ser leídos, y discutidos, en universidades, tabernas, plazas y dormitorios. Pero no se trataba de un recetario. Ni siquiera de un códice que describiese las distintas fórmulas magistrales de un boticario. Así que, finalmente, no tenía idea de lo que contenían sus palabras, que comprendía una sí y dos no, salvo por los grabados e imágenes que presentaba. Algunos reflejaban escenas cotidianas, campesinos jugando en el campo, mujeres con palos mirando estrellas, niños pequeños bañándose en curiosas tinas parecidas a ollas, personas con extrañas indumentarias abriendo puertas... Decidió tomarse la sopa antes  de que se le enfriase del todo, acaso por efecto del escalofrío que había recorrido su espalda, como si la mano de un invisible y travieso amante la hubiera acariciado suavemente...

Retornó al volumen que tenía ante sus azules ojos. “Non nobis, Dominus, non nobis, sed nomini tuio da Gloriam” (1), sí, eso lo reconocía por los Salmos y marcaba el inicio de la obra que, ahora reparaba en ello, no tenía título alguno sobre su desgastado lomo. Encuadernado en oscuro cuero, curtido por siglos, no ofrecía el menor indicio de su contenido en sus tapas. Nada. Y las páginas estaban sin numerar. Volvió a abrirlo, al azar. “Ego sum Alpha et Omega, Primus e Novissimus, Initium e Finis, qui ante mundi principium e in saéculum saéculi vivo in aeternum” (2), que también le era familiar. Un poco más adelante, “De Profundis, Domine, clamavi ad te, ¡Domine exaudi voce mea!” (3). Tuvo un pálpito. Lo cerró, dejando una de sus uñas como testigo de la plana que acababa de visitar. Aguardó unos segundos... Con cuidado, como quien se asoma a un lugar que no se debería de visitar, lo abrió despacio desde donde había dejado el extremo de su dedo...

Había cambiado. “He movido la uña sin darme cuenta”, pensó para tranquilizarse, pero por más que buscó hacia atrás y hacia delante, ya no estaba el párrafo del “De Profundis”. Sí, había cambiado, como si tuviese vida propia, y se dio de bruces con una frase...

“Mors Eternitas est, via vitae in perpetuum, solus per tornare e solus per amare” (4)

No llegó a comprender su sentido, pero su intuición femenina dedujo que se trataba de algo blasfemo, de algo que subvertía la más profunda de sus creencias. Golpearon la puerta con gran estruendo, tres golpes, como si el furioso viento y el agua que estaban derramándose desde el firmamento se hubieran conjurado para llamar a su casa. Miró el gran reloj que presidía su biblioteca, ya había pasado medianoche, su sereno e imperturbable tic-tac la tranquilizó. Se acercó al ventanal para ver quien podía ser tan a deshora, en noche de difuntos... Nadie había.

“Habrá sido una ráfaga de viento”, se dijo. “Una rama arrastrada por la ventisca, acaso”. Se sonrió por asustarse como una chiquilla. No. Volvían a aporrear la madera de la puerta hasta hacerla gemir, como quejido de madera que no soporta lo que espera al otro lado. Uno... Dos... Tres. Silencio. Agua y aire. Truenos en la lejanía. Apartó ligeramente la cortina que cegaba el exterior. Un relámpago lo iluminó cortésmente. Nadie había.

Se giró y lo que vio helaría la sangre al regimiento de húsares más aguerrido. La estancia había cambiado: Se hallaba casi en tinieblas, como si los cirios que pretendían alumbrarla luchasen por un imposible. Seis monjes encapuchados, tres a diestra y tres a siniestra, velaban un ataúd, cuyo ocupante tenía un libro entre sus manos. Llevada por una terrible sospecha, se aproximó para averiguar quien era el difunto. Se trataba de su esposo. Con lágrimas en los ojos, sin entender nada, quiso recuperar ese maldito libro que se había convertido en heraldo de su propio fallecimiento. Pero no pudo. Su exangüe marido la cogió repentinamente de la mano al tiempo que la llamó por su nombre.

Iria se sacudió con toda la fuerza de la que fue capaz empujando a los monjes que quisieron inmovilizarla, cayó al suelo mientras gritaba...



Despertó al oír un estrepitoso trueno. Aún impresionada, cayó en la cuenta. “Así que todo ha sido una estúpida pesadilla...” Afirmó para sosegarse. Se había quedado dormida. No había tenebroso velatorio, no había libro, y no había sopa alguna. Nada. El reloj dio las doce campanadas, una tras otra como el desfile de los segundos camino de esa Eternidad que mencionaba el libro con que había estado soñando... Llovía, y la lluvia era el instrumento que el viento tañía para acompañar su melancólico canto. Medianoche en la triste, interminable como letanía de ánima de Purgatorio, e infinitamente oscura noche de Difuntos.

Y fue entonces, justo en ese instante, que llamaron a la puerta con furia, con destemplada violencia. Uno... Dos ... Tres....



El viento sacude los postigos de las ventanas haciendo crujir amenazadoramente los cristales que protegen, mientras la lluvia golpetea con desgana, con reiterativo desprecio, los voladizos del antaño orgulloso pazo de los Urdoa, noble linaje con más de mil años, cuyo caserón presentaba un aspecto que no contradecía tan grande antigüedad como postrer desafío a la Eternidad, a un tiempo adormecido que ya no transcurre...



NOTAS:
(1) No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria.
(2) Yo soy el Alfa y el Omega, el Primero y el Último, el Inicio y el Fin, el que (era) antes del principio del mundo y por los siglos de los siglos vive eternamente.
(3) Desde lo más profundo, Señor, te llamo, ¡Señor, oye mi voz!
(4) La Muerte es Eternidad, camino de Vida para siempre, único para volver y único para amar.



lunes, 14 de octubre de 2013

El Beso


Hay historias que revolotean por la Historia y que tienen la virtud de crepitar permanentemente, sin que se consuman sus ecos, en esa implacable hoguera que todo lo devora y que llamamos, con aséptica benevolencia, “Tiempo”.


Lo contaban los ancianos junto al fuego del hogar, con voz queda y crédula, mientras los rigores del invierno acompasaban su coro con los aullidos de los lobos, a la luz de una luna coqueta y esquiva que se complacía en jugar al escondite entre mortajas y tocados, para espantar y deslumbrar, todo a la vez, los ojos de los mortales que osaban alzar su mirada hacia ella.

Lo contaban los sabios ancianos de otras eras, desde el púlpito que les daba su edad, y lo contaban, no sin orgullo, el mismo que da el saberse superviviente de tantas calamidades, de esta manera...


Eran los años en que Castilla guerreaba contra sí misma. Dos hermanos de padre, pero uno nacido de reina y el otro bastardo, Pedro y Enrique, los dos hijos de don Alfonso el onceno, de feliz memoria, se disputaban su corona en una contienda sangrienta que dividió linajes, haciendas y aún almas.

Don Pedro de Borgoña-Ivrea (1) era el legítimo rey y sucedió a su augusto padre, fallecido en los aciagos y atribulados días en que la Muerte Negra desplegó su funesto pendón por Europa entera. Toda Castilla, desde el dolor por la pérdida, saludó la llegada del jovencísimo monarca al trono del baluarte hispánico contra el Islam; y las pueblas, villas, burgos y concejos juraron lealtad al nuevo soberano con el entusiasmo y la esperanza de que no terminaría aquel siglo sin que el antiguo Reino de Toledo (2) se viese restaurado.

Sin embargo, no fue así. El rey comenzó a mostrar un celo extremo por el cumplimiento de sus órdenes, a menudo ajenas a la lógica, y el castigo por no cumplirlas era terrible. Empezaron a circular extrañas noticias acerca de él por todos los rincones del Reino del Castillo y el León. En una de ellas se decía que volviendo de madrugada de un lance amoroso, había matado a un insigne caballero del lugar, de nombre Fadrique, en duelo. Estando prohibidos en esa ciudad, él mismo mandó buscar al asesino para juzgarlo. Los alguaciles dieron con una anciana que había sido testigo del suceso, pero temerosa, se resistía a comparecer ante el soberano...

Velis nolis (3), la llevaron en volandas ante el joven rey, cuya presencia desprendía la majestad que se les supone a los que ostentan tan alta dignidad, y le preguntó...

- ¿Sabéis quién dio muerte a don Fadrique de Peñaclara?

La anciana titubeó antes de contestar un tembloroso “sí”...

- Habéis de saber – retumbó la voz de Pedro de Castilla - que incurrís en un odioso delito si no nos decís, aquí y ahora, el nombre de su matador.
- Por mi vida que no puedo, mi señor... – Respondió aterrada la mujer. – Aunque quisiera no puedo, lo juro por mi vida, que la Santísima Virgen y san Frutos me asistan como lo hicieron con la Despeñada (4).
- ¡Nada impedirá que se haga la Justicia del rey! – Exclamó el regio juez. – ¡Que si incluso al mismísimo rey fue a quien visteis, al punto os emplazo a que lo digáis presto!
- ¡Mi señor me quiere condenar! ¡Que los Cielos me guarden! El rey fue el que mató en duelo a don Fadrique, que yo lo vi con estos ojos que la tierra se comerá.

Los asistentes quedaron estupefactos, aguardando que la cólera real dictase la tremenda sentencia contra la viejecita.

- Pues hágase justicia. – Dijo serenamente el monarca. – Puedes ir en paz. Ordeno que se aprese la efigie de mi real persona, que inmediatamente sea decapitada a espada en respeto a su alta cuna y que se pasee su cabeza por las calles de aquesta ciudad de Segovia, para público ejemplo y escarmiento; y que después se sepulte en fosa común sin oficiar responso, sin lápida y sin recuerdo, como costumbre es.

Hechos como este le hicieron ganarse el sobrenombre de “el Justiciero”, simultáneamente con el de “el Cruel” que finalmente pasó a las Crónicas, acaso por aquello de que las escriben los vencedores, y, al cabo, Pedro I de Castilla fue un rey derrotado. Premonitoriamente fue un duelo el que acabó con una de sus estatuas, porque un duelo fue, deshonroso para los que le abatieron, el que acabó con su vida y con su reinado.

Pero todavía no había llegado aquel día, sin ser mejores los que les precedieron. A los azotes de la Peste y de las plagas que malograban cosechas, se sumó el de la guerra civil (5), un conflicto que no respetaba neutralidades y obligaba a elegir bandería, si no por devoción, sí por venganza. Las mesnadas de los señores leales a Pedro I y a Enrique de Trastámara cabalgaban por todo el reino sembrando dolor y llanto. Si aquel exhibía que era hijo de reyes legítimos, el otro alegaba que más reina era la que Alfonso XI llevó en su corazón que la llamada María de Portugal, y que él era primogénito (6) del difunto rey. Tan grande y enconado era el odio que se tenían los hermanos entre sí que los ecos del enfrentamiento llegaron a distantes cortes, que quisieron procurarse el apoyo del monarca vencedor para tenerle como poderoso aliado, ya que la fama de la Armada castellana empezaba a despuntar. De ese modo el rey de Inglaterra envió a sus hijos, el Príncipe Negro (7) y el Duque de Lancaster (8) para auxiliar a Pedro I, mientras que su rival francés envío a un experimentado comandante, de nombre Bertrand du Guesclin (9), al frente de las “Compañías Blancas” (10) para socorrer al sublevado señor de Trastámara.


Y fue por entonces que esas tropas capturaron al conde de Vundorio, Servando Alonso, un noble afecto a la causa real que resistió con sus escasos efectivos la razia que las huestes francesas hicieron en su feudo. Derrotado y blandiendo valerosamente su espada, dispuesto estaba a vender cara su vida como habían hecho sus soldados antes que él, cuando Bertrand hizo gesto a los suyos de que lo cogiesen vivo porque era de mal caballero permitir la muerte de quien tan denodadamente había defendido a sus vasallos y servidores. Preso fue, en efecto, y muy presumible que le aguardara un largo cautiverio.

Enteróse su joven esposa, de nombre Clara Luna, y presa fue también, pero de la desesperación de ver a su señor lejos de ella y prisionero, pues estaban muy enamorados, fenómeno que suele darse incluso en los matrimonios. Mandó que su servidumbre le preparase cabalgadura con sus mejores arreos y dorado bocado para impresionar al Príncipe Negro, Eduardo de Woodstock, cuyo campamento estaba a pocas leguas de sus dominios, y convencerle de que debía rescatar a su esposo sin tardanza.

Los ingleses le dispensaron un desconfiado recibimiento. Primero habló con ella Juan de Gante, hermano menor de Eduardo, porque pensó que los franceses estaban urdiendo una estratagema y dama tan hermosa era una esplendorosa carnada para tan mezquina añagaza. No obstante, eludió tomar decisión alguna y la remitió al príncipe de Gales para que dictaminase qué era lo que convenía hacerse. El heredero de la corona inglesa le prestó toda su atención y fue tratada con la cortesía de los Plantagenet, que se había convertido en legendaria. Todo quedó en silencio cuando la castellana señora hubo terminado la exposición de los motivos que la llevaban a solicitar su petición de socorro, mientras el lucero de la tarde se empeñaba en abrir bien su único ojo para no perder detalle.

- Si su esposo está en manos del perro de Bertrand, – afirmó el príncipe – es seguro que os exigirán un rescate tan alto que no podréis pagarlo. Y si lo pagáis, ellos incrementarán la cifra, yendo en ello nuestra perdición porque lo emplearán en traer más gajeros para combatirnos. A pesar de ello, no puedo arriesgar la vida de mis caballeros y soldados por un solo hombre, por muy noble y marido vuestro que sea. Siendo vasallo del rey don Pedro, debería su majestad – la mujer captó el sarcasmo - prestaros auxilio en este asunto.
- ¡Vive Dios que no hacéis honor a vuestra divisa! (11) – Replicó encolerizada. - El rey Pedro está muy lejos y bien sabéis que le abandonaría a su suerte, aún estando cerca. Mi feudo se halla indefenso y os reclamo a vuestra alteza que lo defendáis y me traigáis sano y salvo a mi señor como aliado del rey que sois...
- Mi señora, vos lo habéis dicho: Ayudamos al rey de Castilla contra los bastardos, - concedió sosegado - ya sean franceses o su propio hermano, mas en este asunto no veo más que quebrantos para los nuestros cuando pretendemos destrozar al enemigo en campo abierto merced a la puntería de nuestros arqueros. No nos interesa una escaramuza sangrienta en la que no podamos encontrar gloria alguna. Somos soldados normandos, bravos, abnegados y esforzados, y vivos además, precisamente porque todavía tenemos cordura en esta casa de locos en la que se ha convertido la Cristiandad, mi señora.

Un veterano caballero de luengas barbas le acompañó hasta la humilde pero confortable tienda que habían preparado para que pernoctase. Los caminos estaban infestados de bandidos y partidas de flagelantes que predicaban que había llegado el Apocalipsis, y con frecuencia era así si alguien tenía mala fortuna en toparse con ellos. Sopesó marcharse, en dirigirse directamente a parlamentar con ese dichoso caballero du Guesclin que le había arrebatado lo que más amaba en esta demente vida, en mil cosas a la vez, como vertiginoso carnaval en aquella soledad cercada por las sombras que había dejado un sol inexorable e imperturbable, completamente sordo y ciego a las razones que se ven inspiradas por el amor.

Dando vueltas en su tienda como tigresa en invisible prisión, así estaba cuando advirtió que un joven pálido, de largos cabellos rubios, muy delgado y ataviado como un rico caballero había entrado sin anunciarse.

- ¿Quién sois? – Preguntó asustada - ¿Cómo os atrevéis a presentaros así?
- Soy alguien que puede traeros a vuestro marido. – Respondió inmutable – Sí, lo traería a vuestro lado, sano y salvo... Con eso, creo que no necesitáis conocer mi nombre o dignidad.

Al principio no comprendió muy bien cómo lograría algo a lo que no se atrevía ni el mismo Príncipe Negro. Luego, con esa fina intuición que todas las mujeres poseen, cayó en la cuenta.

- ¿Así de sencillo? ¿Cómo sacar un manto de un arcón?
-  Señora, yo más bien diría – centelleó una chispa de jocosa maldad en los oscuros ojos del soldado – que es tan fácil como retornar una llave a su cerradura.

La dama pasó por alto la sicalíptica ocurrencia y se concentró en que alguien que no era de este mundo le estaba ofreciendo lo que más le importaba. Lo único que le importaba.

- Supongo que querréis algo como recompensa a cambio de vuestro servicio.
- Poca cosa, señora. Nada de lo que no dispongáis. Antes del amanecer os devolveré a vuestro esposo, sin un rasguño, pero me habréis de entregar vuestra alma.
- ¿Y si os dijese que no me complace vuestro trato?
- Me encargaría personalmente de que acabasen con él de la manera más atroz. Presumo que os figuráis que nunca perdemos guerras porque jugamos en cada bando. – Sonrió siniestramente y añadió. -  El mejor modo de ganar a las cartas es teniéndolas a todas en nuestras manos. Los Hombres pierden, luego yo triunfo...

Así que ella le perdería igualmente. Sin embargo, su alma le daría la vida a su amado, y le pareció precio pequeño para tan gran tesoro.

- Está bien. - Afirmó resuelta. - Decidme que debo hacer...

Se encaminaron a un apartado claro que la luna alumbraba y la Vía Láctea vigilaba. Por el sendero se cruzaron con centinelas, pero ninguno de ellos les cerró el paso. Llegaron y el joven alzó su mano: Una estrella de cinco puntas, fosforescente como fuego fatuo, invertida desde la posición en que la observaban, se presentó ante ellos surgida de la nada. Una fantástica y grotesca procesión de informes criaturas se materializó para rendir pleitesía a su oscuro señor, y el aroma a azufre inundó los rincones más cercanos mientras que el Ángel Caído pronunciaba extraños, aterradores y antiquísimos conjuros en una lengua que la noble no comprendía...


Eduardo de Woodstock no había conciliado el sueño en toda la noche. La madrugada enfilaba su último rato, y el luminoso manto que anuncia al sol se asomaba por el horizonte. Pidió su montura para revistar personalmente los puestos de los centinelas y recibir las novedades que hubieran acaecido de primera mano y no a través de su comandante de guardia. No tardó mucho cuando un inquietante y penetrante olor sulfúreo y a tierra quemada llegó hasta su olfato. Levantó la cabeza para indagar su procedencia y picó espuelas hacia el lugar del que presumía que procedía...

Cuando llegó no daba crédito a lo que estaba viendo: Una mujer de pie en el centro de un dibujo geométrico pintado en el suelo, cuyas aristas, ángulos, lados parecían desprender luz propia... Y luz también, pero terrible e amenazadora, la que emanaba un individuo alto, muy rubio, vestido con rica cota de mallas y bruñidas lorigas, quijotes, rodilleras y bregas, que tenía una multitud de demonios indescriptibles a su izquierda. Sin salir de su asombro, contempló como aparecía del vacío, junto a la dama, un caballero impedido por unos grillos en los pies y que se abrazó a la que, sin duda, era su señora.

Entonces pudo entenderlo todo. Desenvainó su espada, decidido a entablar desigual combate con el mismísimo señor del Infierno para liberar a la pareja, se encomendó a san Jorge, a la Virgen María y a Nuestro Señor Jesucristo... Corría a su encuentro mientras le gritaba al conde que besase raudo a su esposa, estimulado por esa difusa certeza que tenemos en numerosas ocasiones sin fundamento lógico pero que sabemos de modo sobrenatural, como si una inaudible pero clara voz, tan transparente como el más puro cristal de Bohemia, nos dictase lo que debemos hacer y como si en ello nos fuera la vida...

Y estalló el beso en el instante preciso en que los dedos del sol acariciaban generosamente la castigada, herida y siempre hermosa Tierra. Fue un beso largo, dulce, apasionado, enamorado. Un beso sin otro cuartel que el propio espíritu, que se ofrece sin condiciones como la más valiosa presea a la persona amada.

Satanás aulló vencido, profiriendo pavorosas y horribles maldiciones contra el príncipe inglés, pero únicamente fue un escalofriante segundo porque el bullicio demoniaco con su general al frente se escabulló por un diminuto y refulgente punto, como lodo por la cloaca, y nadie más que los tres, el matrimonio y su valedor que se abrazaron ante tamaño prodigio.

Porque es de sobra conocido que...

En los libros se ha leído,
además es bien sabido,
que donde vive amor
Satanás no trae dolor.

NOTAS:

(1) Tradicionalmente se ha apellidado a dicho rey como “Pedro de Borgoña”, pero dado que existen diversas ramas, y en diversas épocas además, con el mismo nombre de estirpe, he considerado apropiado añadir la diferenciación moderna de “Ivrea”
(2) No me interesa ser políticamente correcto, ni mantener una falsedad muy extendida entre medievalistas “tolerantes” a la moda de estos días: El objetivo último de toda la Reconquista fue la restauración de la unidad hispana que existió bajo los reyes godos, o “Reino de Toledo”, así se le refirió toda la Edad Media, distinguiéndolo de la taifa musulmana de Toledo.
(3) Velis Nolis: Locución romana, significa “quieras o no quieras”.
(4) “La Despeñada” es una leyenda de Segovia, muy popular, en la que una mujer acusada de adulterio es salvada gracias a san Frutos, que obra el milagro de detener, en medio del aire, su caída al vacío.
(5) Sin olvidar la guerra contra Aragón, que empujó a un dubitativo Pedro IV “el ceremonioso” a apoyar definitivamente a Enrique de Trastámara.
(6) Enrique de Trastámara nació en 1333, mientras que Pedro de Borgoña-Ivrea vino al mundo en 1334.
(7) Eduardo de Woodstock, llevaba una discreta armadura oscura sin brillo para ser considerado como un soldado más en el fragor de las batallas, sin ánimo de recibir privilegio alguno por su alcurnia.
(8) Juan de Gante (1340-1399), ascendiente directo de este modesto escribidor.
(9) Bertrand du Guesclin (1316-1380) fue un afamado gajero (mercenario) de su siglo, de noble familia procedente de Bretaña que nunca perdió el sentido último de sus lealtades, que no eran otras que las que se obligaba como vasallo del rey de Francia, incluso por encima de las que se deducen de su procedencia bretona. Si Bretaña es francesa hoy en día, ello es debido a sus fidelidades o traiciones, según desde el lado del que se mire.
(10) Las “Compañías Blancas” deben su nombre al color de su manto, que era claro, el propio de la lana sin blanqueo artificial. Es lo único claro al respecto porque diversas fuentes no se ponen de acuerdo sobre ellas, lo que es cierto es que se trataba de mercenarios contratados personalmente por su comandante, Bertrand du Guesclin, entre segundones y desheredados de familias nobles y que muchos de ellos, bien por sus padres o por otras vías, tuvieron contacto con la extinta Orden Templaria. Tras la tremenda e inútil derrota de Nájera (1367), du Guesclin solamente conservó los más cualificados, licenciando más que generosamente al resto, con dinero del pretendiente de Trastámara, que se repuso del desastre con prontitud gracias a la torpe crueldad de su hermanastro. En todo caso, hasta bien entrado el siglo XV, en Castilla se asustaba a los niños díscolos diciéndoles que vendrían a castigarles “los blancos de Claquín” (“Claquín” fue la forma castellanizada de su apellido). Recomiendo una novela, sumamente interesante, de Tomás Salvador, titulada “Las Compañías Blancas”, es fácilmente deducible su argumento.
(11) El lema más antiguo (desde el siglo XIII) de los príncipes de Gales es “ich dien” (“yo sirvo”).