viernes, 24 de octubre de 2014

La Epidemia (Libre Albedrío)

Esta narración forma parte del primer libro que publiqué, en 2010, con el nombre de "Cuentos y Romancines". Se puede descargar aquí gratuitamente.

Hubo alguien que dijo que las grandes catástrofes se presentan sin que las gentes se percaten de ello. Mientras se iba a pique el “Titanic”, gran parte del pasaje, de primera, se quejaba de tener que subir a los botes salvavidas dejando atrás la comodidad e intimidad de su camarote. No eran conscientes de lo que estaban viviendo. Algo parecido ocurrió en el declive de Roma, o más recientemente, en términos históricos, en los primeros compases de la II guerra mundial, donde todos querían apostar por una componenda, de las que había precedentes, antes que un eventual conflicto generalizado. Un compañero de armas lo denominó el "Síndrome de la rana cocida”, por aquello de que las ranas que son introducidas en agua caliente pueden ser hervidas sin que reaccionen a tiempo, al no advertir el gradual incremento de la temperatura del agua. Cuando quieren saltar, ya están muertas.

Todo comenzó como una alarma sanitaria. La gente enfermaba, sufría una calentura brutal y fallecía de forma fulminante. La epidemia brotó casi simultáneamente en ambas orillas atlánticas del hemisferio sur. Tanto África como América vieron aparecer un mal que los sistemas sanitarios no sabían combatir, menos aún explicar. La cuestión es que los afectados crecían en progresión geométrica, y las fronteras se cerraron para impedir que se propagase la “fiebre tumoral”, que fue el nombre que recibió dado que el acceso de fiebre alta, muy alta, era acompañado por la aparición de extraños nódulos por todo el cuerpo. Los médicos decían que era poco “científico” bautizar una nueva enfermedad por sus síntomas. En eso estuvieron varias semanas, mientras los hospitales, siempre escasos de recursos por aquellas tierras, apenas tenían tiempo para vaciar las morgues...

La despreocupación del resto del mundo presagiaba el desastre. “La enfermedad está controlada”, mentían. Como lo hicieron con la sintomatología: era demoledor asistir a la agonía de los pacientes, porque no se podía hacer nada por ellos y el riesgo de contagio era extremadamente alto. Los gobiernos pueden cavar simas muy profundas para ahogar la libre comunicación de los pueblos que, se supone, deben de administrar; pero Internet permitió que la información real circulase libremente, una vez más. Las agencias de inteligencia inundaron la red de redes con multitud de rumores, a cual más disparatado, para desacreditar lo que de verdad se estaba comunicando. “Para preservar a los ciudadanos de falsedades que puedan provocar una situación de histeria colectiva”, el alarmismo que siempre pretenden evitar con su altruismo. Un altruismo que no impidió que el mal llegase finalmente a las vidas de todos y cada y uno de nosotros, los que residíamos en América del Norte, en Europa, en Asia y en Oceanía.

Los primeros enfermos de esas regiones desaparecían engullidos en una marea de facultativos que parecían escapados de una guerra nuclear o de una expedición a la Luna. Enfundados en unos monos de color claro, con escafandra autónoma, sustraían a la persona aquejada para aislarla, junto a los demás ocupantes de la vivienda infectada para someterles a cuarentena, muy larga, en la que se sucedían los exámenes clínicos. Poco después, el resto de su familia recibía una urna cineraria, el certificado de defunción y una impersonal nota de pésame del gobierno. Pero la población seguía confiando en el “estado del bienestar”, cuyos voceros se apresuraban a destacar que los fallecidos tenían alguna patología previa que les presentaba como víctimas “lógicas”. Lamentables, pero “lógicas” y que el esfuerzo para dar con el agente patógeno era “incesante”. Hipócritas.

La “lógica”, a menudo, suele ofrecer su rostro más espantoso, aún más si es “incesante”. Por “lógica” se pueden acometer las mayores barbaridades ante el silencio cómplice de los que miran a otro lado. “Lógico” era el análisis de Malthus y ahora era utilizado en nombre de la “sostenibilidad” y demás bobadas para diezmar grandes segmentos de la población. No tardaron en surgir personas que acusaban a las autoridades de “eutanasiar” a aquellos individuos que eran considerados “poco viables” y de publicarse testimonios en la prensa internacional en la que se señalaba directamente a ciertas instituciones de crear y propagar la enfermedad, que habían fumigado desde aviones con el agente infeccioso. Una rotunda acusación sustentada en pruebas. Lo malo es que estas no levantan mucha expectación cuando lo que está en juego es llegar vivo a un nuevo amanecer. 

Como suele suceder en las calamidades, las primeras en caer fueron personas sumidas en la pobreza y trabajadores no cualificados, pero la danza macabra se había iniciado ya y la Enlutada iba posando su mirada sobre los que tendrían que bailar con ella. En cuestión de días, los comercios dejaron de abrir sus puertas, después los centros comerciales, los restaurantes, bares, el abastecimiento colapsó porque no había quien transportase mercancías, los aeropuertos suspendieron su actividad, apenas circulaban ferrocarriles y para salir fuera de la provincia había que pedir un salvoconducto. Los funcionarios dejaron de atender sus ventanillas, la policía se convirtió en una dolorosa ausencia limitada a proteger y vigilar las instalaciones de la red sanitaria: todos desertaron; unos por caer en las garras de la afección y los demás por puro pánico en una reedición de la peste negra que sacudió la Europa del siglo XIV. La sociedad, inexorablemente, se iba descosiendo camino del caos, mientras se sucedían los saqueos, los asaltos a cualquier local del que se sospechase que almacenaba alimentos, fármacos o lo que fuera útil para burlar a la Parca un día más, una hora más. Los hospitales y centros de salud escenificaban el lacerante espectáculo del sufrimiento, de los estertores de la muerte, en una ilusa y ñoña sociedad que se basaba en la fragilidad de una ficción aceptada por todos. Golpeada esa realidad atrozmente, muchos descubrían que lo más importante era tener salud y que los suyos estuvieran con vida, y lamentaban haber perdido el tiempo con tantas “distracciones”, ya demasiado tarde. Las calles fueron tomadas por bandas que impusieron su propia ley, lo que no dejaba de ser una burla cuando la legalidad hacía tiempo que había sido socavada, pero no estamos hablando de esto ahora.

Entonces decretaron el estado de excepción. La nación, prendida con alfileres, desarbolada en días por un oncovirus, un retrovirus, Dios sabe qué, no tuvo más remedio que recurrir a nosotros. El ejército fue movilizado. A los efectivos que aún nos manteníamos sanos y fuera de cuarentena. Un compañero de la Academia Militar decía que “los políticos llaman a los militares cuando no saben solucionar los problemas que han creado”. No le faltaba razón. Nos desplegaron a toda prisa con la equipación que preconizaban los protocolos de la OTAN, indicados para un ataque bioquímico lo que no dejaba de ser un sarcasmo. Las órdenes eran muy claras: restablecer la normalidad, garantizar que los suministros llegasen a toda la población y que los procedimientos sanitarios fueran escrupulosamente respetados. “Escrupulosamente”, fue una palabra que, desde ese momento, se tiñó con el color de la burla...

Me llamo Miguel Herrarte de Godián. Teniente de infantería de la 4ª compañía del Regimiento de Infantería Mecanizada “Soria 17”, adscrito a la Brigada Ligera “San Marcial V”. Mi trayectoria es la de cualquier oficial: no significarse, tener una clara observancia de la disciplina, de las Ordenanzas y obedecer las órdenes de la superioridad. Nos dirigimos a Madrid a toda prisa, hubo unidades que fueron enviadas a otras ciudades. Ya en la capital, el coronel reunió a los capitanes y asignó las misiones de cada cual. Mi compañía fue enviada a un recinto, antiguo cuartel, cerca de la carretera de Extremadura. Nos dijeron que había que “proteger” a unas dos mil personas en régimen de cuarentena y custodiar el perímetro para que no hubiese contacto alguno, siquiera ocular, entre potenciales pacientes y elementos del exterior. Al ser una edificación sin circuito cerrado de televisión que facilitase la vigilancia, las guardias serían al viejo estilo. Y se mandó expresamente que los centinelas retirasen todos los cartuchos de fogueo de su munición en los cargadores desde ese momento, como se prohibió tajantemente que hablásemos con los “potenciales pacientes”. No sabíamos cuanto tiempo estaríamos allí, pero se nos informó de que seríamos reforzados por secciones de otras compañías para aliviar la carga de servicio. Habíamos dejado de ser espectadores y los días empezaron a sucederse...

La sala estaba a media luz. Un oficial que acababa de salir de guardia apuraba una taza de té mientras perdía la mirada en el humo de sus pensamientos. Bruscamente se abrió la puerta.

- Caramba, Herrarte, que susto me has dado, no sabía que estabas aquí. ¿Qué haces casi a oscuras? ¿Juegas a los fantasmas?

El teniente regresó de su silencio, moviendo la cabeza.

- No. Estaba cansado y me he tomado un té. Bueno, algo parecido pero en malo. La verdad es que no esperaba a nadie.
- Yo tampoco. Aunque aquí hay pocos sitios que visitar. Todos estamos hartos. Llevamos 11 semanas metidos en este agujero sin un solo relevo. Ni una explicación. Y el capitán está más insoportable que nunca.
- Que ya es decir. Supongo que será por estar aquí encerrados. Tampoco es santo de mi devoción. Es recíproco.
- Oye, ¿por qué te llama el “condesito”?
- No lo sé. Nunca se ha referido a mí de ese modo, lo hace a mis espaldas. Tampoco me interesa. Con saber el motivo de que le llamen “garbancín” tengo de sobra.
- Eres un guasón. ¿Sigues con la idea de volver a Regulares?
- Sí. Se supone que algún día tramitarán mi ascenso y el traslado. O puede que ya no pueda más y deje el Ejército, si salimos de esta. Llevo mucho tiempo viendo cosas que no me gustan.
- Me pasa lo mismo. Bueno, tú eres más veterano que yo...
- ¿A quién llamas “viejo”?
- No vengas con chanzas, sabes a lo que me refiero... Oye, cambiando de tercio, ¿te has fijado en que no sale nadie de la cuarentena? La mantienen hasta por un uñero. Y esos autobuses...
- No los he visto aún porque ninguno ha venido estando de oficial de guardia, pero he oído hablar de ellos a Ulloa y a los soldados...
- ¿Y?
- Inquietante. Entre que el sargento no es explícito y que todo el mundo se calla cuando aparezco, pues... Mejor que me cuentes tú, Alfaro.
- Nadie sabe nada, Herrarte. Nadie. O nadie quiere saber nada, que es otra opción. He hecho mis averiguaciones, aunque ya sabes que la censura es férrea, el acceso a Internet es cada vez más restringido y el teléfono está pinchado. Nos vigilan, compañero. Siempre vienen un poco antes del amanecer, sin día fijo, en el último turno de la guardia. Son autocares civiles, vienen a cuerpo descubierto con un coronel o teniente coronel médico al mando, te entregan una lista y se los llevan. Nunca vuelven, y es mentira que les den el alta. No hay altas, Herrarte, no hay altas. Los infectados palman y los que no presentan síntomas pueden desaparecer de sitios como este. Si tienen buena estrella pueden ir sorteando las estrecheces y a la muerte como en una pista americana. A la gente se la ve muy intranquila. Nos miran como carceleros... Porque quizás lo seamos sin saberlo. ¿Qué bobo entraría en un lugar donde “oficialmente” podría contagiarse? Estamos aquí para que no salgan. Llevan aislados casi tres meses, y ni un afectado. Y en otros sitios lo mismo. Pero basta con que alguien tenga una diarrea, lo que no es raro con la comida que traen, para que sigan con el cuento... Hasta que una mañana viene un tío y se los lleva para no saber más de ellos. Un par de días después viene la unidad de desinfección por sus efectos personales, en teoría para devolvérselos, pero...

El teniente miró a su alrededor como para cerciorarse de que nadie les escuchaba. El silencio era adornado por el ruido de las ramas y de los pájaros que saludaban el nuevo día. Un día más en el paraíso que los seres humanos había convertido en el infierno.

- Los incineran, compañero. No hay tal devolución. Seguramente porque no hay a quién hacérsela.

Remarcó especialmente esta última frase. El teniente Herrarte no movió un solo músculo de su cara, estaba acostumbrado a ocultar sus sentimientos desde que era niño. Su hermana mayor le llamaba “cara de póquer” y esa aparente frialdad le había costado más de un noviazgo. Acercándose a los cuarenta, abandonó toda esperanza de encontrar a alguien que le entendiese, o, por lo menos, le soportase. Había pensado mucho en ello durante esta misión. Él no dejaba a nadie atrás. No era como el sargento Vázquez, como el subteniente Olmedo, o como el teniente Alfaro, casados y con hijos. Él había estado buscando en la antigua Yugoslavia, Afganistán, en la convulsa y vieja América Española, deliberadamente, una cita con la Gloria, e incluso esta le había desdeñado. No, estaba habituado a esconder sus pensamientos y sentimientos. No le suponía esfuerzo.

- Lo que insinúas es muy grave, Alfaro. Si tienes pruebas deberías hablar con el Capitán Sáez para que se lo comunique a la superioridad por conducto reglamentario.
- ¿El capitán? Al diablo el conducto reglamentario. Esto, si no es sabido, es intuido por todo el mundo, y me dices que informe a los que se están llevando a la gente. ¿Qué les digo?: “A la orden de usía, mi coronel, está muy mal lo que hacen”, venga ya, Herrarte.

Llevaba razón. Él también había reparado en algunos detalles. La asfixiante y creciente desinformación, el histrionismo, mayor de lo normal, de los programas de telebasura, el afán que se tomaban los medios de comunicación en aparentar normalidad, silenciando que todos los días la Enlutada terminaba agotada de manejar la guadaña. Y las sepulturas. A los muertos se les despachaba con un responso precipitado, casi clandestino, y se les enterraba en fosas comunes a toda prisa. Los afortunados eran incinerados para acabar depositados en algún columbario, fruto de la piedad de las diezmadas familias.

- Están exterminando, compañero. Se puede ver o ignorar, pero está ahí. Y mi conciencia vomita. Lo único que impide que haga algo es que quiero volver a ver a mis niñas y a mi Rosi. Soy un puñetero cobarde...
- Tienes miedo, no eres cobarde, no tolero que te trates así cuando he visto como te has batido. Y el miedo no es malo, mientras no te domine. El miedo nos mantiene vivos, “compañero”. Hay que tener los ojos muy abiertos y andarse con cuidado... Ya iremos viendo. Gracias por confiar en mí. Sabes que no diré nada.
- Sí, lo sé.

No lo había dicho con ironía, se incorporó ella sola cuando las palabras llegaron a su entendimiento para abofetearlo con rabia. La Gloria, la Eternidad o simplemente la Vida, quizás las tres, acababan de desafiarle. Y él no iba a rehusar la cita.

Poco después se empotró un coche en el muro que circundaba el antiguo cuartel, ahora campo de concentración, porque ya no quedaban dudas de que era eso. Abrió un boquete considerable y el conductor murió en el acto. 

Iba borracho como una cuba y no debió ver la tapia, porque ni siquiera había rastro de una frenada desesperada. Lo sé porque yo era el oficial de guardia ese anochecer. Como era de esperar, echaron la culpa a la fiebre tumoral y limpiaron todo velozmente. Al día siguiente, trajeron una cuadrilla para tapar el agujero y aprovecharon el “viaje” para instalar más alambradas. Los gobiernos tienen el vicio de levantar murallas y coronarlas con alambres de espino para crucificar a la verdad y a los ciudadanos que dicen representar y servir.

Fue esa sobresaltada noche cuando conocí al sacerdote. Vino el suboficial de guardia desencajado diciendo que una mujer tenía dolores de parto, y no figuraba ninguna embarazada entre los “aislados”, ellas estaban en “otras” instalaciones. Como no se podía hablar con ellos, el sargento no sabía que hacer. Le acompañé al lugar. El soldado estaba muy nervioso apuntando con su fusil a la chica, que estaba tumbada en la cama arrebatada por el dolor y haciendo lo posible por ahogar los gritos en su garganta. Junto a ella estaba un hombre, presumí que podía ser el marido. No lo era.

- ¿Se puede saber que está haciendo, soldado? ¿Se ha vuelto loco?
- Mi, mi teniente, intento mantener controlada la situación.
- Baje el arma inmediatamente y vuelva a su puesto con el sargento, yo me ocupo.

El suboficial intercedió

- Mi teniente, las órdenes...
- Recuérdeme las órdenes cuando me haya quejado por esta negligencia de los doctores. Se suponía que aquí no había mujeres en estado. Vuelvan a sus puestos.

Los dos se cuadraron y tras saludar al oficial salieron de la camareta. La mujer era joven, en torno a los 23 años, y muy guapa. Había roto aguas. El hombre, de unos sesenta años le tenía cogida la mano. El oficial se dirigió a él.

- ¿Es usted familiar, el padre de la criatura?
- No, por Dios. No soy nadie relacionado con ella. Sólo intento darle consuelo.
- Conocían su estado, evidentemente…
- Sí, pero no queríamos decirlo para que no se la llevasen, hemos logrado ocultarlo. Es una gran chica. La abandonó el novio al saber que habían concebido, para morir al comienzo de la epidemia. Está muy ilusionada por el nacimiento de su bebé... ¿Es usted el oficial de guardia, teniente?
- Sí. No hay más remedio que llamar a los médicos de guardia.
- No lo haga, se lo suplico. Se la llevarán…
- Pero no hay nadie que pueda hacer de matrona. ¿No ve usted el peligro que corren la madre y lo que venga? ¿Y si se presentan complicaciones?
- Sé a quienes recurrir. Lo tenemos todo preparado. Lo malo es que el soldado, pobrecillo, ha oído gritos y se ha asustado, le ruego que no tome medidas contra él.
- No lo haré... ¿Pero piensan tener oculto a un recién nacido? ¡Qué disparate!
- Mire a su alrededor. Otro más, este, podría pasar desapercibido. Ya lo ha hecho ante los ojos de los médicos... claro que puede que no lo sean. ¿Usted qué cree?
- ¿Quién demonios es usted?

Sonrió como el que oye un chiste, secó el sudor de la frente de la mujer y replicó...

- Soy Paco, un sacerdote. Me trajeron aquí porque el agua bendita estaba infectada.
- ¿Podrían hacerse cargo de todo?
- Llevamos mucho tiempo aquí metidos y nos conocemos muy bien. Es en estas situaciones cuando uno se da cuenta de la auténtica medida moral del prójimo. La respuesta es que sí. Por favor, insisto, no informe de esto. Se la llevarán si lo hace y ya sabe lo que sucede...
- No, no lo sé.
- No vuelven, supongo que eso sí le consta. Vienen, se nos llevan y fin de la historia... ¿Qué es lo que sabe usted?
- Que no tendríamos que estar hablando.
- Sabe que no estamos infectados como yo sé que no lo están ustedes aunque tengan que ir “plastificados”. Lo que quieren es que no haya empatía entre nosotros. El silencio es patrimonio de los muertos, y nosotros no lo estamos, teniente, todavía no. Incluso nos es dado asistir al maravilloso milagro de un nacimiento. A la Vida no se la puede detener y recluirla. Se abrirá paso a empujones... Y usted, amigo mío, tendrá que decidir de qué lado está. Arrollar o ser arrollado. Libre albedrío en estado puro. Libertad otorgada por el Señor incluso para hacer el mal, pero es “Libertad”. Hermosísima Libertad, tan bella como la vida que está pidiendo paso en el útero de esta joven...

Tras reflexionar unos segundos, impactado por las palabras del cura, el teniente asintió.

- Está bien, padre. Procedan. Les traerán agua limpia, toallas y lo que pueda conseguir sin levantar sospechas. Les llevarán a una estancia más apartada para que estén tranquilos. Daré orden de que no haya novedad respecto a esto. Que todo vaya bien y – dirigiéndose a la parturienta - que sea enhorabuena. Con tanta muerte y desolación uno se olvida de que nacer es un milagro.
- Que Dios le bendiga... – Le agradeció el sacerdote. 

Antes de salir, el teniente volvió a mirar a la chica y pudo contemplar un amanecer dibujado en la sonrisa que le dedicó.

El parto fue difícil y largo. Salí de guardia y fui relevado por el teniente Alfaro, a quien puse al corriente y siguió mi conducta de discreción. Nació una niña, sana y fuerte, en las mismas penosas condiciones que yo había visto venir al mundo en otras inoportunas ocasiones: en medio de bombardeos, de ofensivas a sangre y fuego, cercados por el hedor de los cadáveres y el dolor. Pero como una flor entre zarzas, imparable y desbordante de belleza. Un canto que se elevaba por encima del llanto y del fragor del odio entre los seres humanos. Tantas veces contemplado por estos ojos de veterano de guerra para impresionarme hasta el último rincón de mi espíritu. Si no había tomado partido, ya lo había hecho. Este cínico, que así me consideraba hasta entonces, con las ideas muy claras pero fríamente distante por considerarse al margen de casi todo, decidió que más vale una muerte de héroe defendiendo la Verdad que una miserable vida de esclavo saludando la mentira.


El teniente dio dos golpecitos en la puerta.

- Con permiso, mi capitán, me ha hecho llamar...
- Sí, Herrarte, pasa, no hace falta que te cuadres, siéntate... ¿Quieres tomar algo?, tengo cerveza, Rioja, incluso me he agenciado una botella de Chivas, no hay mejor suministro que el que te facilitan los buenos amigos...
- No, mi capitán, gracias, pero no tomaré nada.
- Bueno, no pensaba cobrarte, pero me saldrá barata la ronda. Esta época es propicia para dejar de ser abstemio, pero no aspiro a modificar tus rarezas... Mira, no voy a andarme por la ramas y entraré en el asunto. ¿Qué pasó hace dos noches?
- Que estuve de guardia, mi capitán.
- ¿Y qué ocurrió en esa guardia?
- Que transcurrió sin novedad, salvo el accidente de coche, mi capitán.

El capitán se llevó la mano a la boca mientras torcía el gesto. Se bebió de un trago lo que contenía el vaso y cogió nuevamente la botella de Chivas para servirse otro poco. Suspiró y clavó la mirada en el teniente.

- Herrarte, no me vaciles ni me tomes por imbécil como Alfaro. A él le he dejado por imposible porque se ha parapetado en que no sabe nada y de ahí no le saco, entre otras cosas porque podría ser factible aunque no me lo trago. Estoy al tanto de todo. ¿Qué fue lo que sucedió?
- Mi capitán, ignoro lo que sabe, pero si lo sabe no sé porqué lo pregunta entonces.
- ¡Maldita sea, Herrarte! Déjate de trabalenguas. No eres nada proactivo. Esa es la explicación de que sigas siendo un don nadie, un tenientecillo de tres al cuarto que alardea de su cultura y de sus condecoraciones porque no tiene nada más. Mírame a mí: más joven que tú y en poco tiempo me ascenderán porque tengo la suficiente vista como para granjearme las amistades que me convienen. He hecho un registro e increíblemente no hay rastro de nada. Por última vez, ¿qué diablos pasó?

Herrarte permaneció impertérrito ante los gritos del capitán Sáez y mantuvo su mirada altiva frente a la despectiva que le dedicaba su superior. Contando los segundos cuidadosamente, cuando llegó al vigésimo, respondió...

- No comprendo su ira, mi capitán. Ha efectuado un registro exhaustivo sin avisar y no ha encontrado nada cuando, según parece, esperaba hallar algo. Por razones que desconozco, debo ser el responsable de que sus amistades le aúpen a más altas responsabilidades, a pesar de su juventud, porque no colaboro en algo que usted conoce mejor que nadie, pero que, paradójicamente, me pregunta a mi para, acto seguido, reprocharme mis conocimientos que, en opinión de usted, son mi única virtud. Me extraña sobremanera el enojo que le invade...
- Esto no va a quedar así. Voy a ganar este punto con tu cooperación o sin ella, ya me da igual, pero te vas a acordar de mí por mucha elegancia y aire aristocrático que tengas. No te salvaría ni la Laureada, y no la vas a tener jamás. De momento, el próximo oficial de guardia eres tú: ya veré qué hago contigo después. Ahora, lárgate de mi vista.
- A la orden, mi capitán.

No era la primera vez que vociferaba. Un estúpido que ni siquiera había tenido su bautismo de fuego se atrevía a agraviar a soldados que las habían visto de todos los colores en "misiones de paz". Y decía que “eso” era “dirigir un grupo humano incorporando el talante de las más innovadoras técnicas de inteligencia emocional”. Un mamarracho que le disgustaba el olor a pólvora de las prácticas de tiro o la incomodidad de las maniobras. Estaba más tiempo adulando a sus “protectores” y alternando con ellos que en su despacho. Apenas cambiaba palabra alguna con la tropa que componía su compañía. Para él “delegar” era dejar que todo se lo solucionasen sus suboficiales y sus oficiales de rango inferior. Pero de superior altura moral y humana.


No pasé por alto la amenaza de Sáez. La intuición de veterano me susurraba que esa madrugada vendría un “convoy” a llevarse más “potenciales afectados”. Así que, con máximo sigilo y confiando sólo en los que conocía, preparamos todo para ese momento. Munición, víveres, vehículos, equipo, armamento, quiénes me acompañarían y quiénes no, porque eran afectos al capitán, (entre ellos el chivato, que tenía localizado), o porque teniendo familia no pretendía comprometerles, como Alfaro. Estudié mapas, rutas, no dejé nada al azar. Seguramente que no saldríamos de esta, pero no iba a regalar nuestra piel. Si Occidente se dejaba sacrificar mansamente por un oscuro grupo de desalmados, un puñado de soldados caerían con las botas puestas en defensa de todo lo que habían conocido, construido y amado sus padres. La sangre de los mártires es semilla de creyentes...

A las seis y cuarto de la mañana, poco después del último relevo de los puestos de guardia, el centinela avisó al sargento Ulloa de que unos vehículos se acercaban por la carretera. La luna resplandecía aún en su mortaja tejida de nubes y el frío era seco e inmisericorde. El suboficial llegó acompañado del teniente Herrarte. Contaron: un todoterreno de mando, un autocar civil, de una empresa privada, y un camión, quizás un Pegaso, transportando un pelotón, sin duda, de la policía militar, como en otras ocasiones. El oficial hizo un gesto para que todos estuviesen pendientes y en su puesto. Al llegar a la desviación que se dirigía hacia la entrada, giraron y el convoy aminoró la marcha esquivando los obstáculos puestos al efecto para proteger la barrera de acceso. Se detuvieron y del coche de mando se apeó un policía militar, que abrió la puerta de la que se bajó un hombre de unos cincuenta y pocos años con la divisa de coronel de la Sanidad Militar. 

El conductor siguió al volante. Al tiempo, del camión, bajaron una decena de policías militares que fueron formando a su lado. Sorprendido por ver al oficial que se cuadraba y le saludaba, el coronel dijo...

- Parece que nos aguardaba, o tenía insomnio. Mejor: así no tendremos que perder tiempo.
- A la orden de usía, mi coronel, ¿en que podemos ayudarle?
- Tome este documento. Figuran las personas cuyos análisis han dado positivo por oncovirus, y aunque no presenten síntomas, hemos de trasladarles inmediatamente. Sírvase traerlos sin ningún equipaje y que se monten en el autobús.
- Mi coronel, aquí ponen que se dirigen al Hospital Clínico de San Carlos.
- Lee muy requetebién.
- Sargento, tome la nota, dé las órdenes precisas y vuelva.
- A la orden, mi teniente.

El coronel no prestó atención a la mirada que se intercambiaron los mandos de la guardia y sonreía tontamente por la ironía que le había escupido al oficial. Después de un par de minutos, regresó el sargento, se cuadró ante el teniente y, como quien arroja una piedra a un cristal...

- Hemos comunicado por radio con el retén del hospital y no esperan a nadie. Siguen saturados y el edificio entero está bajo dirección médica civil. No aguardan ningún ingreso de ninguna “clase”.

Esa era la palabra clave. El teniente desenfundó su pistola y la puso sobre la cabeza del coronel. Varias escuadras de soldados salieron de la nada y rodearon al convoy, desarmando a todos los efectivos de la policía militar que quedaron completamente desconcertados y neutralizados.

- Bien, ahora que ya ha reconocido que leo muy bien, veamos que sabe usía: ¿Cómo se llama el hueso del cráneo sobre el que apoyo el cañón de mi pistola?
- ¿Se ha vuelto loco? Le formarán consejo de guerra.
- Soy yo el que pregunta: ¿lo sabe o no?... porque puede que sea coronel pero no médico, y puede que sea médico, pero no coronel. Las dos cosas, no. Incluso puede que ninguna de ellas. Así que estoy averiguándolo, lo malo es que no tengo mucho tiempo. Puedo dejarle vivo, si es locuaz y conciso; o muerto si le gusta el silencio: a mi me da igual, “usía” decide...

La sorpresa dejó paso al pánico del coronel.

- No sé nada, se lo juro. No soy coronel, ni médico. Trabajo para una institución que estudia la “fiebre tumoral”, no soy el único de los que va “captando potenciales afectados”. Me dan un papel, lo llevo con este disfraz, recojo a los seleccionados y los llevo a donde me dicen, con esta escolta militar, nada más.

- Vamos bien. ¿Dónde está esa “institución”?
- Al nordeste de Madrid capital, cerca de Daganzo.
- ¿Qué nombre tiene?
- C.C.S.P. Centro de Control de la Salud Pública.
- ¿Quiénes lo dirigen?, ¿Civiles o militares?
- No sé quién lo manda, depende de un organismo supranacional, pero no sé exactamente cual, ni de quien depende. Está protegido por gente uniformada pero no son militares, ni la Guardia civil, ni la policía tampoco. No se puede hacer una idea del poder que tienen. Acabarán con todos ustedes. No tienen la menor posibilidad.
- Eso lo veremos, antes les crearemos bastantes problemas... ¿Qué hacen con la gente “captada”?
- No lo sé, pero nada bueno. Les llevamos, pero nunca he visto salir a ninguno. Todos los días entran nuevos.
- ¿Lo ha grabado todo, Antúnez?
- Sí, mi teniente, nítido, alto y claro.
- Pues ya sabes lo que tienes que hacer, desde el ordenador del capitán, no tiene restricciones. Cuando termines coge el portátil y todo lo que pueda servirnos, y rapidito, nos tenemos que ir.

La cabo Antúnez envió las imágenes a una persona que estaba en disposición de darles la mayor publicidad. Los soldados amordazaron a los policías militares y los encerraron. Al mismo tiempo, abrieron todas las puertas y comenzaron a salir los recluidos. Se les indicó que se ocultasen hasta que terminase el toque de queda, que se dispersaran, que fueran cautos con los desconocidos y que no regresasen a sus domicilios. Puede que no burlasen la enfermedad, o que cayesen en manos de aquellos que estaban llevando a cabo ese abominable exterminio, pero ahora la Providencia les brindaba una oportunidad. Aunque sólo fuera para morir, siempre sería mejor morir como personas libres que como ganado.

El sargento se cuadró ante el teniente Herrarte.

- Todo está preparado, mi capitán

El oficial miraba con ansiedad el reloj, pero volvió la cabeza al escuchar el saludo.

- “Teniente”, sargento. Aún no soy capitán y ya no lo seré nunca.
- Eso no es cierto, mi capitán. En lo sucesivo, todos los que estamos en esto le saludaremos como nuestro “capitán” y compartiremos su suerte y responsabilidades en estos hechos, por mucho que se las haya “apropiado”. Es un honor estar a sus órdenes.
- El honor es mío por tenerles a ustedes a mi lado. Sáez y el “usía” están listos, ¿no?
- Sí, mi capitán. Sáez ha puesto el grito en el cielo cuando le dijimos que se venía y al “usía” le hemos cambiado de ropa, no se ha resistido cuando le hemos informado de que se venía con nosotros. Los dos van inmovilizados y con aislamiento sensorial, como ordenó. ¿Qué haremos con ellos?
- Compartirán nuestra suerte. Sáez porque es más peligroso por sus “poderosos” amigos que por sus cualidades, y además me gusta tener cerca al enemigo para controlar lo que hace. El “usía” es un desgraciado al que matarán en cuanto le tengan a mano, así que le estamos salvando la vida.

En ese momento, salía el coche de mando de la policía militar conducido por el cura. Al llegar a la altura de los militares, se detuvo sin parar el motor y bajó la ventanilla.

- Disculpe la tardanza, teniente, entre que el uniforme de coronel médico que me ha dejado es de una talla más pequeña que la mía y que no conducía un todoterreno desde que hice la mili, pues que no hemos podido salir antes. Espero no haberles entorpecido.
- No, padre, no se preocupe, nos vamos ya también. La chica y el bebé que estén siempre escondidos. Calculo que disponen de unos 45 minutos hasta que empiecen a buscar este vehículo. No excedan ese tiempo y vayan por carreteras secundarias. Al llegar a esta dirección diga que va de mi parte, le facilitarán ropa, alimentos, otro coche y un destino seguro al que dirigirse. No usen tarjetas bancarias, teléfonos móviles ni accedan a sus cuentas de e-mail. Cuiden sus espaldas. No se fíen de nadie.

Le entregó una tarjeta y una pistola. El clérigo rehusó el arma.

- Cójala, padre. No la use si no quiere, pero esta mujer tiene una hija que proteger. A menudo es preciso echar una mano a la vida para que no la dañen los que la persiguen. Si conoce su funcionamiento, enséñeselo a ella.
- De acuerdo, lo haré, pero esto es para ella. Nunca podré agradecerle lo que está haciendo. Rezaré por ustedes.
- Nos hará falta. - Se volvió a la joven – Que tenga mucha suerte. Hasta ahora ha estado viviendo un milagro, ojalá continúe.

La miró fijamente, escrutándola. Estaba débil pero con mejor aspecto, pudo comprobar que era de una belleza espectacular y volvió a ver el sol asomando a sus labios.

- ¿Sabe una cosa? Si pudiera, la invitaría a cenar.

La muchacha río suavemente y contestó: “no olvides hacerlo cuando puedas”. Con un gesto, Herrarte indicó al cura que iniciase la marcha. Eludió los obstáculos del control de acceso y se alejó. A oriente se veía despuntar el alba.

- Fuera de aquí o nos freirán... ¡vámonos!

El convoy salió a toda prisa. Levantando un densa polvareda. El oficial sabía donde dirigirse, a una sierra que conocía a la perfección por los inacabables veranos de su adolescencia, en los que tejía sueños acerca de un mundo mejor, los mismos sueños que le llevaron a incorporarse al Ejército. Ahora pretendía dar testimonio de ellos, aunque era consciente de que sus posibilidades eran muy limitadas. Un puñado de soldados retaba con su rebeldía a un perverso sistema, instalado en los centros del Poder, que opinaba que había gente de sobra en el mundo y que su eliminación era prioritaria. Arrollar para no ser arrollado. Para no arrodillarse.


Hace diez días que nos pusimos en rebeldía. Logramos llegar a nuestra improvisada base sin novedad. Todo ha ido según lo previsto, mejor incluso porque el enemigo no esperaba algo así. Sáez había hecho unas llamadas y sus amigos, o seguramente los amigos de estos, adelantaron una nueva “visita”. Todo su interés estaba puesto en hacerse con el bebé y su madre para mostrar su celo hacia la “misión”. Tampoco yo confiaba en conseguir la repercusión que todo esto ha tenido. Ahora estamos en una auténtica insurrección popular en todo Occidente, ya que los “campos de cuarentena” no sólo existen en España, sino que están repartidos por numerosos países, y por doquier llegan noticias de revueltas y motines, y sobre todo, de destacamentos militares que se niegan a ser cómplices de toda esta infamia.

La enfermedad. No me cabe ninguna duda de que el oncovirus es un engendro de diseño. Algún laboratorio, algún grupo de científicos, recibió el encargo de “fabricarlo” para sacudirse unas cuantas decenas de millones de desgraciados. Aprovechando el revuelo y la suspensión de las libertades individuales, los que no se contagiasen o no desarrollasen el mal serían “suprimidos” por otras vías, que aún ignoro. También reconozco que no tengo la menor idea de porqué muchos somos inmunes a la infección, supongo que será por predisposición genética. Como desconozco el criterio que siguen para “seleccionar” a los que no desarrollamos la enfermedad. Puede que no tengan ninguno, pero intuyo que las embarazadas, y por extensión las mujeres en edad fértil, son dos de sus objetivos. Cuando la Humanidad llega a un aparente callejón sin salida, como se infiere del análisis histórico, es un siniestro hábito que gran parte de su población haya de ser exterminada. Antes se llevaba a cabo por medio de guerras y persecuciones, bombardeos masivos e injustificados sobre población civil y con los gulags. Hoy es todo más “democrático” y secreto.

De momento contamos con la simpatía de los pueblos del área sobre la que nos hemos desplegado, se han incorporado algunos guardias civiles a nuestra partida y ese apoyo es fundamental para nosotros. Ninguna guerrilla puede sobrevivir si no tiene el amor de su pueblo. Somos afortunados por disfrutar de ello. Sin embargo, no se me escapa que vendrán por nosotros. Tarde o temprano nos golpearán con todo su odio por haberles puesto en evidencia de la manera más sencilla, mientras ellos están completamente a salvo y enriqueciéndose a costa del sufrimiento y la muerte de sus semejantes. Mas toda su riqueza, centenares de miles de millones en tecnología, en comprar voluntades y silencios, en agencias de inteligencia paralelas o directamente al margen de las administraciones gubernamentales, no han servido de nada para evitar que un par de secciones de la vieja y sufrida Infantería española tirasen de la manta y dejasen la punta del iceberg al descubierto. Porque lo más terrible todavía no ha salido a la luz por mucho que pueda deducirse. 

Hay tinieblas que son impenetrables... hasta para la “fiel Infantería”, porque esa parte del trabajo corresponde al Hombre... “Arrollar o ser arrollado. Libre albedrío en estado puro.” 


jueves, 16 de octubre de 2014

La Misión

Day after day, day after day,
we stuck, nor breath nor motion;
as idle as a painted ship
upon a painted ocean.
Samuel Taylor Coleridge (1772-1834)

A mi gran amigo Graham, buena Eternidad,
Semper Fidelis, In Perpetuum, Ave atque Vale.

La Tierra había quedado atrás hacía mucho tiempo, apenas se la podía distinguir como un brillante punto entre tinieblas, acaso como el más certero símbolo de la locura que estaba viviendo el planeta. No tenía seguridad de que regresase... Como tampoco de que volviese sino a una pesadilla calcinada, con humeantes ruinas por doquier, con el eco de los cascos de los jinetes del Apocalipsis golpeando todas las esquinas del sueño humano, precipitándose al Infierno cuando ya se tocaban las estrellas.

La Tierra había quedado atrás hacía mucho tiempo, apenas se la podía distinguir como un brillante punto entre tinieblas, acaso como el más certero símbolo de la locura que estaba viviendo el planeta. Y aún restaba la mitad del camino aproximadamente, si que es que se completaba ese sendero a Marte, que no se veía mucho más cerca pese a hallarse tan lejos de casa. Dicen que el horizonte siempre está a la misma distancia por mucho que se marche en su dirección, y que por eso seduce mutando su apariencia, para extraviar más a aquellos que se atreven a dejar atrás vida y familia por la esperanza de un futuro mejor que, invariablemente, siempre está distante, altivo y esquivo.

La Tierra había quedado atrás hacía mucho tiempo, apenas se la podía distinguir como un brillante punto entre tinieblas, acaso como el más certero símbolo de la locura que estaba viviendo el planeta. La Misión fue acometida con urgencia, con premura, como si sus dirigentes supiesen que podría tratarse de la postrera, como si lanzar una maldita botella con un mensaje en su interior fuese el único testimonio que sobrevivir pudiera a un gigantesco cataclismo que se llevase todo por delante. A popa sólo se percibía un murmullo informe de imágenes y sonidos aberrantes que le perseguían hasta rebasarle, a esa endiablada velocidad de la luz, anegando el mudo vacío del espacio interplanetario. El dolor que no se escucha parece menos dolor, quizás una mueca sin sentido en un viaje hacia ninguna parte durante millones de años, para acabar engullida por un agujero negro o por una inteligencia extraterrestre que no comprendiese nada de esa barahúnda ensordecedora que fue la Tierra, hasta que su desacompasado y caótico barullo cesó abruptamente.

La Tierra había quedado atrás hacía mucho tiempo, apenas se la podía distinguir como un brillante punto entre tinieblas, acaso como el más certero símbolo de la locura que estaba viviendo el planeta. Llevaba una larga temporada sin recibir mensajes de casa. El ordenador de a bordo explicó con su femenina e inexpresiva imagen, e impertérrita voz, que la Tierra se hallaba en una zona de sombra. Ese comentario hizo esbozar una asombrada y sombría sonrisa al piloto. En realidad, la Tierra misma era una “zona de sombra”. Calló porque supo que su informático interlocutor, nombrado como Ann, no entendería el sentido de su frase. Las prisas por botar la Misión impidieron que se escogiese una ventana de lanzamiento que posibilitase una menor distancia y duración de viaje. Estaba en medio de la nada, solo y en silencio, a merced de un sol que a menudo se entretenía en enviarle un vendaval y de piedras que rebotaban contra el casco de la nave, como la botella que protege maternalmente su mensaje contra las procelosas olas y los descarnados arrecifes de los bajíos que lo amenazan. Como la asustada gestante que arrulla con sus latidos al bebé que crece en su dulce y cálido seno aunque afuera se viva el horror más espantoso.


Todo fue fríamente calculado, a pesar de lo apremiantes que fueron los preparativos. En principio eligieron un piloto más veterano, combatiente en los interminables conflictos que espinaban el planeta. Por ironías del Destino, sufrió un accidente con su vehículo que le dejó sin candidatura. La elección recayó en un militar de menores cualidades, un don nadie con menos horas de vuelo, menos entrenamiento, más edad y un perfil más filosófico, lo que le granjeó no pocas reticencias, en un mundo donde el conocimiento científico-técnico era lo que suscitaba admiración, alguien con una formación e inquietudes heterodoxas era mirado con desconfianza... Claro que el recelo debería ir en sentido opuesto porque habían sido precisamente ellos, con todo ese caudal de conocimiento, los que habían reducido un planeta henchido de vida a un doliente y sucio despojo. Sabía que el comité se dividió a la hora de confiarle la Misión, unos porque pensaban que eran demasiado sus casi cincuenta años y otros porque preferían a algún Miles Gloriosus que tuviese la misma puntería para aterrizar en Cydonia Mensae que para enviar infelices al otro barrio a golpes de misil. Finalmente el director hizo valer su voto de calidad y la responsabilidad cayó sobre él: Precisamente porque se le suponía una capacidad de reflexión que no pondría en peligro gratuitamente la Misión y porque afrontaría con mayor serenidad y ecuanimidad cualquier imprevisto.

Todo fue fríamente calculado, a pesar de lo apremiantes que fueron los preparativos. Las raciones de alimento, las tareas cotidianas en un horario que no está marcado por el circadiano ritmo que sustenta la rotación terrestre, el ocio, los hábitos higiénicos, la forma física que cuidar, las demás rutinas que compartían semejanza con lo que se hace habitualmente en un estudio gracias a la gravedad inducida que permitía una calidad de vida bastante tolerable. Hacía años que viajar en una mantequera dándose de bruces contra sus paredes, como una mosca atrapada en un bote, pertenecía a los libros que ilustraban las fatigas de los pioneros de las misiones “Apolo”. Si uno miraba a través de los reducidos ojos de buey de la nave, cabía hacerse la ilusión de que se vivía una larga madrugada de invierno, cubierto por una infinita colcha satinada y saturada de estrellas, de toda apariencia y textura... Lo malo es que no había línea de horizonte en esa ausencia insondable, en esa anochecida eterna donde cada lucecita se asemejaba a un vigilante ojo sin párpado, pendiente pero sin mayor interés en lo que acontecerle pudiera a un navío estelar de 700 yardas de eslora rumbo a un Destino incierto.

Todo fue fríamente calculado, a pesar de lo apremiantes que fueron los preparativos, la  “ESS Caronte” fue robotizada hasta el menor detalle, el módulo “Eden” se separaría para amartizar llegado el momento mientras que la unidad nodriza permanecería orbitando. Le resultaba irónico que un ingenio multimillonario se ensamblase en la órbita de la Tierra para acabar, probablemente, dando vueltas en soledad sobre un planeta solitario con el insepulto cadáver de su comandante, abandonado a su suerte, engullido de cuando en cuando por las tormentas marcianas a modo de improvisado sepulturero. Para evitar que la ansiedad se apoderase del solitario navegante, Ann tenía instrucciones de ir comunicando a su teórico capitán de lo que había que hacer cuando era preciso acometerlo, no antes. Y el piloto sabía, con una punzada que pretendía ignorar, que su vida no era prioritaria frente al cumplimiento de esa secreta misión, por lo que a menudo se planteaba si su concurso era más una molestia necesaria que una dirección efectiva. Ni siquiera conocía el contenido de los pañoles de proa, sellados a cal y canto, como si el mando de la Misión en la Tierra dudase de su propia disciplina si esa información llegaba a obrar en su poder. Poder. El maldito poder de siempre. Era fundamental alcanzar Marte. Lo que allí aguardase únicamente Dios lo sabía. Ann no contaba: No poseía un corazón que desbocar si iniciaba su secuencia de tiempo para autodestruirse... Para esa cosa existir o no era un simple cálculo de probabilidades. Una extraña variación en una secuencia binaria... Un accidente de la Lógica.

Todo fue fríamente calculado, a pesar de lo apremiantes que fueron los preparativos, sin embargo, le resultaba gracioso que las sugerencias de Ann hubiese que cumplirlas imperativamente por el éxito innegociable de la Misión, mientras que sus pareceres fueran rebatidos sistemáticamente. Su libertad empezaría en el momento en que el sistema le pasase el control de “Eden” para descender hasta la superficie marciana, con las coordenadas y el objetivo que sólo entonces le sería dado conocer. Así que pronto se percató que era más fructífero hablar con una caja de herramientas que con Ann, se limitaba a ir cerrando las sugerencias de trabajo pendientes. Verdaderamente, la persona que redactó los manuales de procedimiento de la Misión debía de haber sido un político frustrado por la reiteración de eufemismos que contenían. La misma palabrería insulsa e insípida, que toma a sus lectores u oyentes por estúpidos... Era destacable el capítulo dedicado a un eventual contacto con “otras inteligencias distintas de las propias de la Tierra”, cuando él mismo no era capaz de afirmar, tan siquiera empíricamente, que hubiese alguna sobre la faz de la Tierra, cuya duda estaba flotando sobre el texto al manifestar que “la tolerancia pacífica y proactiva hacia otros seres debe ser la máxima prioridad al culminar un encuentro con entidades conscientes no humanas”... Es decir, que si albergaban malas intenciones tendría que dejar que le desintegrasen pacíficamente, nada de cautelas intolerantes, al contrario, alardeando de tolerancia porque sobrevivir no estaba bien visto últimamente entre esas inteligencias que habían condenado, no sólo a su propio género humano, sino incluso al planeta que había visto nacer esa diosa Razón que lo había endemoniado todo.


Fue durante una partida de ajedrez con Ann, una de esas locas juergas que le estaba permitido tomarse al término de una jornada particularmente plúmbea y anodina revisando unos circuitos que daban una falsa malfunción. Sentado frente a un tablero con apariencia fantasmagórica por ser holográfico, Ann le iba ganando, como invariablemente ocurría, resultaba implacable cuando comenzaba a desarbolar el bosque de peones del adversario para ir aniquilando luego las piezas más importantes. Todo con una exactitud milimétrica, sin prisa pero sin pausa. Así que se sorprendió cuando se topó con que podía capturar la reina con uno de sus caballos. Le encantaba atisbar la posibilidad de propinar un revés a su desalmada contrincante y no reparó en más: Echó mano a la cabeza del caballo...

- Yo no lo haría, Graham. Es caballo por reina pero en las dos próximas jugadas perderás la tuya y la torre que te queda... Jaque mate...

El piloto se puso en pie de un brinco y miró hacia donde procedían las palabras... Era una mujer, entre 35 y 40 años, con aire juvenil, un poco más baja que él, con media melena oscura, ojos claros, nariz y labios bien definidos sin ser prominentes, ligeramente maquillada, delgada sin excederse... Una buena figura, portando el mismo uniforme de la Misión que él... En pie, junto a una de las escotillas que daba paso al resto de los módulos que componían “Caronte”, apoyando su hombro derecho contra la jamba de la puerta, como si acabase de entrar por ahí... Pero sin que nadie accionase su resorte de apertura, que no estaba operativo si Ann no lo consentía. En realidad se respiraba en “Caronte” porque Ann lo permitía. Literalmente.

- Quizás deberías llevar tu alfil a g5 para romper su estrategia, – añadió con insultante naturalidad - y meter a tu rival en apuros. Abrirás un corredor y le roerás las tripas...

El piloto la miraba con estupor.

- ¿Quién eres y de dónde has salido? Esta dependencia se halla sellada...
- Soy Eva. – Respondió como si lo evidente fuera la estupidez de su inquisidor. – Parece mentira que finjas no conocerme. ¿Te han alterado los meses de soledad?... – Preguntó dulcemente. – Pues no temas: Ya no estarás solo.

Graham se dirigió a Ann...

- Ann, chequea quienes estamos en “Caronte”...
- El plural no es procedente... – Replicó pausada al instante. - En la “ESS Caronte” no hay nadie más que su tripulante.
- Entonces, ¿con quién demonios estoy hablando?
- Conmigo, - afirmó Ann – pero yo sólo soy una unidad informática. No tengo existencia. Técnicamente está solo. Coronel, por mucho que le pese, usted sabía que esto sería así.

Eva se rió suavemente...

- ¡No! – Negó el piloto con creciente desasosiego, encolerizado por la risa de Eva, sin admitir que le agradaba escucharla... – Aquí hay una señorita que dice llamarse Eva, ¡diantre! ¿No la oyes? ¿No escuchas cómo estoy hablando con ella?... ¿Qué se me está ocultando de la Misión?
- Coronel... – Ann intentó reconvenir, había sido programada para eventuales situaciones anómalas. – No detecto ninguna comunicación entre usted y otra persona porque no hay ninguna “Eva”, como la llama... Aquí no hay nadie más que usted, acaso sufriendo algún tipo de alucinación. Tranquilícese, no lo haré constar en el cuaderno de bitácora. Sugiero que se serene y se retire a descansar, guardaré la partida para retomarla en otro momento más adecuado.

No toleró la suficiencia de ese bloque de circuitos que ni siquiera parlotearía si una persona no lo hubiera concebido así...

- ¡G5, Ann!... ¡Alfil a g5!

El alfil se movió disciplinadamente por el tablero virtual y ocupó su casilla. Ann tardó unas décimas de segundo más de lo que era habitual en replicar ese movimiento...

- Ya la tienes, Graham. Destrózala sin piedad. Caballo por torre h8.

El coronel repitió la orden. Comprendió la jugada. Fue aniquilando una a una todas las piezas de su oponente mientras Eva saludaba los movimientos con indisimulado entusiasmo, casi sádico, hasta el jaque mate final.

- Felicidades, coronel... – Graham notó un imperceptible matiz de fastidio en la inmutable voz de Ann. -  Ha ganado esta partida. Ya ve que nada es imposible...
- Deberías desconectar a esta lata parlante, Graham... – Sentenció Eva entre dientes, despectivamente. – Es repulsivo que te metan aquí para mandarte al quinto infierno, solo, con este remedo de... Cosa.

El piloto la escrutó intentando pasar por alto lo insólito de su aparición. No la conocía, no la había visto en su vida, pero la familiaridad de ella denotaba lo contrario. Eva. Un nombre bonito.

- Gracias, Ann, ya te concederé revancha, ahora déjame intimidad. – Era la orden para que el ordenador, supuestamente, no le molestase salvo emergencia u hora de labor programada. Se volvió hacia la mujer... - Bien, tú lo has dicho. Estaba solo... Hasta ahora. Hablemos. ¿Cómo has llegado hasta “Caronte”?
- No lo sé... – Se encogió de hombros. – En realidad me has llamado tú, Graham. Pero... ¿Importa eso? Formo parte de ti... – Comentó con ternura. - ¿Por qué tanto recelo hacia mí si soy tuya? Recuerda que te he ayudado a ganar a doña Cables, - añadió jocosamente – no seas desagradecido ni preguntón... Lo único que importa es que estamos juntos...
- Es un disparate. – Manifestó el tripulante con desaliento. - Ann lleva razón... ¡Por los clavos de Cristo!... Debo estar alucinando...
- ¡Maldita sea! – Golpeó la mesa y protestó enfurecida mientras se agachó acercando su rostro a escasos centímetros de la cara de Graham. - ¿Te parezco una alucinación? ¿O un fantasma? ¡Mira a ver si encuentras un espíritu que haga esto!

Y le propinó un beso profundo, largo, apasionado, que le dejó sin respiración, el suave aroma de su piel cálida... un beso que contenía todos los luminosos y multicolores atardeceres de primavera que había contemplado en la Tierra, un beso de sal, llanto y agua, como si su boca fuera una inmensa playa de blanca arena y la lengua de ella una juguetona e impetuosa ola que se solazase acariciándola, con su perezoso caminar, en el final de un viaje de miles, de millones de millas...

Había querido juntar sus fuerzas, toda la disciplina que aprendió y ejerció en los largos años de servicio a su patria. Fue inútil, no hizo el menor amago de resistirse, como si eso mismo que Eva acababa de hacer era lo que había añorado desde que terminó la cuenta atrás que le catapultó hacia esa nada, hacia ese absurdo limbo que todos denominaban “Misión” y que solamente Dios sabía si terminaría bien. Una lágrima se escapó de su ojo izquierdo y se dejó caer rodando por la mejilla hasta mojar el emblema de la Misión que lucía en su pechera.

- ¿Por qué no reconoces que me has echado de menos? – Interrogó Eva. - ¿Por qué no dejas de plantearte bobadas y simplemente aceptas que estoy junto a ti? ¿Acaso no es lo que deseas?
- Porque no tiene sentido. Es una locura. Es demencial que seas real, tangible, que estés en esta nave... Salida de la nada, por arte de birlibirloque...
- ¿Y qué? ¿No es cada ser humano alguien que también sale de la nada más absoluta? ¿De donde viene la gente que nace? Generaciones y generaciones sin estar, nacen y son, para luego volver a no ser entre los que dicen “estar”... La Vida no es más que el episodio de un viaje más largo... como este.
- No puedo aceptar lo que no entiendo, Eva. Y no comprendo que estés aquí cuando únicamente partí yo a bordo de la “Caronte” desde la órbita exterior terrestre.
- Hay muchas cosas que ignoras de esta Misión, Graham. Harías bien en desconfiar de eso, de doña Cables, de tus superiores y no de mí que soy la que te ama en toda esta mascarada.
- Y... ¿Qué sabes tú que yo desconozca? – Planteó con tono inquieto, como si tanto secretismo, tanta oscuridad, empezase a cobrar una forma amenazante. - ¿Qué pasa en todo este asunto?

La mente del coronel estaba trabajando de manera febril con todo los datos que podía recordar. Había antecedentes... En situaciones de largo aislamiento y en entornos hostiles, se habían descrito casos de “materializaciones” de individuos. Estaban perfectamente documentados, se cursaron sus evidencias e informes y fueron silenciados por las agencias de Inteligencia para impedir que llegasen a oídos de la opinión pública. “Seguridad nacional”, decían... Es el pretexto que entierra todo, que sepulta verdades con montañas de mentiras para que los pueblos que viven libres, dicen, sigan residiendo en la más absoluta inopia votando cada poco tiempo a los embusteros que les roban y manipulan. Esa es la más cierta definición de la Democracia moderna que se le había presentado...

Sí. Recordó como la “USS White Swordfish”, una expedición que el gobierno de los Estados Unidos fletó para explorar la Antártida tras la guerra contra España, en 1899. Los tripulantes se mataron entre ellos y el buque quedó a la deriva... Hasta que encalló en Signy Island, una isla de las Orcadas del sur, al norte del Mar de Weddell, donde años después quedaría atrapado el "Endurance" de Shackleton. En el Cuaderno de Bitácora quedó escrito que días antes de los hechos que ocasionaron la reyerta entre los marineros, aparecieron en el barco dos mujeres. Los más supersticiosos propusieron arrojarlas al mar por ser cosa del Diablo, el capitán se negó y les dio refugio... Tantas semanas de soledad, de abstinencia forzosa dispensó a las aparecidas unas atenciones que terminaron causando disputas y discusiones. El resultado: La dotación muerta, las aparecidas desaparecidas sin más rastro que su mención en dicho registro y el barco a la deriva, como una reedición del “holandés errante”... Sin ningún Ramhout van Dam que dar explicación pudiera de lo sucedido.

También le vinieron a la memoria leyendas que rodearon algunas expediciones de los españoles en América, como la de Ponce de León o Lope de Aguirre... O las que tuvieron como escenario el Oceáno Pacífico, en este caso de Ruy López de Villalobos o Martín de Goiti. Lamentó no haber prestado más atención a su contenido, como si esas historias fuesen vitales para lograr el esclarecimiento de lo que no tenía ninguna explicación. O por lo menos para consolarse sabiendo que es algo, otro enigma más, que rodea al ser humano para sorprenderlo de cuando en cuando como una amante bromista.

Se acordó de la misión “ESS Mars One” que se preparó unos años antes que la “ESS Caronte” y desapareció sin dejar rastro cuando le faltaban escasas miles de millas para alcanzar la órbita de desenganche e iniciar el descenso. La versión oficial, como las versiones oficiales usuales, no se sostenía, argumentaron que la nave había sufrido un brutal impacto contra otro cuerpo celeste (presuntamente un meteorito) y que había quedado reducida a cenizas. Pero otras fuentes murmuraron una versión distinta, en la que una maniobra incorrecta, efectuada por una persona que no era de la tripulación ni había embarcado en la Tierra, condenó la nave por falta de pericia. ¿Qué había pasado con los miembros de la dotación? Simplemente que no estaban disponibles para gobernar nave alguna y que tuvo que ser alguien, un tulpa acaso, un fantasma que no ha vivido, el que intentó esquivar sin éxito al bólido que destruyó la misión. Pero claro, todo eso eran puras especulaciones conspiranoicas, que nunca hay que creer porque los personajes que ostentan el Poder siempre son honestos, transparentes y veraces frente a los contribuyentes que pagan sus sueldos. Muy elevados sueldos, tanto como para que la mentira forme parte de su ADN...

- Lo que importa es que ahora estamos juntos, por difícil que sea el cometido de la Misión... Seguiremos estando juntos, pase lo que pase. Ahora bien, si prefieres que me vaya, me iré... - Espetó Eva, sacándole de sus pensamientos, mientras le dio la espalda. - Veo que no te gusta que esté aquí contigo...
- ¡No! - El coronel volvió a sorprenderse retando a la lógica de la Misión – No te vayas. La verdad es que no sé quien eres, aunque pareces conocerme muy bien, ni entiendo tu naturaleza, ni imagino del limbo del que procedes... Solamente sé que eres tangible, de carne y hueso y que estás conmigo... Y que no deseo que te marches. ¿Qué deseas tú?
- Yo... - Se giró y se sentó con gracia sobre una de las rodillas de Graham mientras esbozaba una sonrisa de oreja a oreja, feliz, capaz de oscurecer de envidia la petulante e inmisericorde superficie del Astro Rey... - Sí, por supuesto que quiero quedarme junto a ti. Nací para eso, ¿sabes?

La “ESS Caronte” mantuvo su ruta, establecida desde una Tierra que había callado por motivos que el coronel preferiría ignorar. Pero ya no le preocupaba... Todo lo que importaba del Universo entero se había hecho realidad de forma inesperada. Sucede a menudo que el Señor nos hace regalos que no merecemos.

A proa esperaba un nuevo mundo...

  

domingo, 28 de septiembre de 2014

La pesadilla

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. Para dar la razón a los que últimamente me dicen que estoy muy musical, recordaré a un grupo de rock sinfónico denominado “King Crimson”. Compusieron una canción cuyo nombre era premonitorio, “21st Century Schizoid Man” (“Hombre esquizofrénico del siglo XXI”). Su última estrofa dice “Death seed blind man's greed / Poets' starving children bleed / Nothing he's got he really needs / Twenty first century schizoid man” (1). Lo dejo en inglés para no alterar su verdadero sentido y ritmo. Habla de símbolos, ¿o quizás no? En esas estamos.

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. No tenía sentido aparente. Las pesadillas tienen esa licencia. La realidad, envidiosa ella, también se comporta así. La gente vive y no sabe porqué vive; y cuando muere lo hace sin tener conciencia de haber vivido, menos todavía de porqué muere. Maldita madrugada que deja la puerta abierta a todos los demonios del Infierno. Mas los peores son los que nos rondan…

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. Uno se acuesta para descansar, no para desasosegarse. Deberían prohibir las pesadillas, al menos en noches anteriores a jornadas laborales. No sé el motivo que impide a nuestros “insignes líderes” legislar en ese sentido. Ellos lo saben todo, poseedores de esa secreta omnisciencia, propia de los que pertenecen a selectos y discretos clubes, que hacen palidecer de temor a todos los mortales que caminamos sobre la vieja Tierra. ¿Quién necesita a la Libertad cuando ellos están en el puente de mando y saben lo que se necesita?

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. Lo más inquietante de ellas es su parecido con la realidad. Una pesadilla que se precie ha de pasar por cierta, no por una ficción de nuestro inconsciente, y debe ser terrorífica para dejarnos maltrechos y removidos el resto del día. Recuerdo pesadillas que tuve hace años, son las que encabezan esa dudosamente honorífica relación del horror onírico. Algunas tienen el mal hábito de repetirse, como plato mal condimentado. Y desfilan por nuestro cerebro, noche tras noche, seres queridos que han muerto, discusiones, luces mortecinas, tumbas que se abren bajo nuestros pies para reclamarnos nuestros pecados, sombras, ausencias, carreras sin avance y demás miedos en fantástico aquelarre. Aquelarre creado por nosotros mismos para mortificarnos por algo que no hicimos o que hicimos mal…

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. Soñé que estaba en un andén desierto. Soñé que esperaba un tren que nunca llegaría. Soñé que la iluminación apenas podía descorrer el tupido manto de la oscuridad, una oscuridad que parecía devorar todo a su alrededor, una oscuridad capaz de asesinar hasta la tenue luz de la Esperanza. Soñé que todo se hallaba en silencio clamoroso y que hasta mis pensamientos levantaban un nervioso e irritado rumor en torno a mí. Soñé que el viento que soplaba parecía animar las figuras de los carteles mal pegados sobre la pared, sus sonrisas se me antojaban amenazantes, como las miradas cargadas de maldad. Alguien viene andando…

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo. Los pasos forman un eco que se multiplica por mil. Al principio es una pequeña figura a contraluz, desaparece cuando atraviesa alguna zona en tinieblas para volver a aparecer caprichosamente bajo la luz. No le veo la cara. Me habla…

- Señor, tiene que abonar el pasaje…
- ¿Por qué he de pagar algo que no voy a utilizar?
- Eso es secundario. Hay que pagar porque lo ordena el Reglamento. Si pasa o no el tren es cosa del gobierno y de los que saben, que lo saben mejor que usted y que yo.
- Bien, pues me iré…
- Aún así tiene que pagar, señor, hay que pagar por todo lo que se disfruta. Disfrutar es un derecho, pero los derechos se pagan. Como todo. Y nadie da duros a tres pesetas, ¿entiende? Usted ha disfrutado de este maravilloso andén en tinieblas y tiene que pagar por ello, es lo justo, para que los que mandan puedan dedicar estos recursos que se recaudan a los menesteres que nos hacen progresar.
- ¿Y cuál es su labor en esa maquinaria de progreso?
- Yo era un parado, señor, pero renuncié a mi libertad a cambio de un puestecito que me permite vivir. Me reconocieron ese derecho, es una maravilla la protección social que dadivósamente nos conceden los líderes, ¿sabe usted? Al fin y al cabo, la libertad no se come. Mírese, usted es de los que proclaman la libertad y está perdido en un andén, en plena madrugada, ¿de qué le sirve la libertad?
- Mejor estar perdido y libre que errado siendo esclavo.
- Ya. Eso es muy bonito, pero me da igual. Mire, me cae bien y le voy a contar algo. La mejor manera de quitarle todo a alguien es hacerle creer que se le ha dado todo antes, que lo ha tenido todo antes. Hará lo que sea para no “perderlo”. Venderá su alma al diablo antes que permitir eso. Inunde de dinero fácil, riegue con fondos y más fondos las expectativas de la gente durante un tiempo, ponga unos cuantos gestores “receptivos” al frente de las corporaciones financieras y de oligopolios, sin olvidarse de los políticos, mejor si están “iluminados” y, de repente, extienda el convencimiento de que hay quienes sobran porque no es sostenible tanta población en las viejas naciones y que los competitivos son los que han venido de fuera para pagar las pensiones, aunque en realidad muchos de ellos se dedicarán a minar el país. ¿Qué tienen que ser tolerantes con los que desean su destrucción? Lo serán hasta el punto de asesinar con intolerancia extrema a los que sean marcados como intolerantes. Endeude a esa nación hasta la arcada. Tanta deuda pública que resultará imposible resarcirla. Se quemarán las manos con tal de deshacerse de ella, de pasársela como dinamita a punto de explotar mientras otros harán su agosto. A río revuelto… ¿Comprende? Permitirán intervenciones, purgas, pedirán que los "marquen" con cualquier chip de identificación y control con tal de ir tirando en su triste día a día. Dejarán que los que dirigen el estado fiscalicen e infiltren hasta los gestos con la devoción de quien se aferra a un madero en medio de un océano tempestuoso. Sociedades enteras se arrodillarán ante el becerro de oro antes que perder su parte alícuota de bienestar, aunque este no sea más que un engaño. Renunciarán a la más íntima y profunda de sus creencias porque preferirán la injusticia a la certidumbre de su miseria sin saber que tendrán ambas porque esa es una de las consecuencias de dar la espalda a Cristo. Créame, venderán a sus hijos, se impedirá concebirlos siquiera, destruirán su futuro, mantendrán en la poltrona a los responsables de sus desdichas, se postrarán ante la gentuza que ha causado todo esto y que tiene tanto poder y dinero que podrían comprar el mundo varias veces... Se sacarán los ojos para no ver la realidad, lo que sea, “como sea” para que el espejismo no se deshaga, para que las malas noticias no les estropeen sus “derechos”. Son una monumental mentira, pero... ¿No lo intuye?... Tienen que pagar por ellos. Pagarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos, y estarán tan agradecidos por las migajas de esa “protección social” tan pomposa como embustera que matarán al que ose cuestionarla. Es mentira. Pero a nadie le importa que sea así porque están amordazados. Y con mordaza no resulta tarea fácil hablar, claro que, ¿para qué hablar si nadie escucha lo que hay que decir?...

Entonces despierto sobresaltado, con la opresiva sensación de no poder articular sonido alguno, tosiendo, con las afiladas garras de la desesperación, de la impotencia, lacerando lo más hondo de mi espíritu y maldiciendo a todos y a cada uno de los elementos que han reducido a la Cristiandad a un doliente despojo, hedonista y cobarde, que cambiaría su Redención por la limosna que pretenderían arrojarle unas personas que sirven mejor a su tenebroso señor que los ángeles caídos que siempre le acompañan.

He tenido una pesadilla. Es lo propio de este inicio de siglo…

Notas:
(1) Semilla de muerte. Codicia del hombre cegado / Hambruna de poetas. Niños que sangran / Nada de lo que él tiene realmente lo necesita / Hombre esquizofrénico del siglo veintiuno.




lunes, 30 de junio de 2014

El duelo (Reflexiones antes de la Eternidad - VII)

Ha recibido el disparo y se desploma, aunque piensa que no le ha alcanzado de gravedad. Le arde la cabeza y no sabe lo que está sucediendo. ¡Qué paradoja! Ahora le sobraban todos los parabienes y lisonjas de la Fraternidad de la que era miembro desde no hacía mucho. Oye a Antonio (1) decir algo pero no lo comprende muy bien, es como si estuviera a mucha distancia o hablase bajito. Todo es confuso... Salvo escenas del pasado que vienen traídas como oscuro presagio.

Realmente no comprende la razón de que le vengan esas imágenes, como atropellado tropel de tropa en desbandada, en fantástica barahúnda que danza el callado acorde de una orquesta que teje su melodía al ritmo de un corazón desacompasado... No puede evitar revivirlas, pero de una extraña forma, con el ropaje de antiguas pesadillas, con una distancia que le asombra porque ya no le importan tantos desvelos, tantos esfuerzos, tantas intrigas. Contempló con sonrojo como una familia, su propia familia, era un rosario de traiciones, engaños, desencuentros, conspiraciones... Y lo peor es que se trataba de la familia que regía los Destinos de España. ¿Muertes...? Sí, también. Demasiadas y dolorosas.

¿La de él? No, no podía tratarse de eso. La bala le ha rozado sin duda y está postrado por la impresión, en cuanto pasen unos minutos y esté recuperado acudirá a Lhardy (2) para celebrar que todo ha sido un susto, que Antonio no se atrevió a hacer puntería en la cabeza de su primo. Quizás solamente estaba aturdido por la emoción, por el caballeresco gesto que había mostrado, una vez, otra más y otra, hacia su primo, ese fatuo francés que aspiraba a suceder a su cuñada tras haber financiado una revolución que no tuvo nada de “popular” y del que se decía que andaba incluso detrás del mismísimo Prim, otro masón como ellos.

- No lo dude, don Enrique. Acabe con él. O él acabará con todos nosotros. Se ha vuelto loco, ¿me oye? Nos pone en bandeja de plata la ocasión de quitarle del medio. – Recordó esa voz, un militar de alta graduación barbado al que había visto en las tenidas, un hermano, indudablemente. – A menudo el Gran Arquitecto actúa valiéndose de la casualidad...
- El problema es que yo no estoy acostumbrado al uso de las armas. Acaso el florete, hace muchos años... en la Armada... Pero no es el caso. Y al fin y al cabo es mi primo, concuñado de mi hermano... (3) Estudiamos juntos en el Liceo... Cierto que nunca nos llevamos bien, él quiere un trono a toda costa y yo que los hombres sean iguales como es voluntad del Gran Arquitecto. ¿Por qué habríamos de matarnos? Tenemos enemigos comunes... Todo quedará en una bravuconada y en un rasguño, él seguirá con sus disparatadas ambiciones y yo continuaré escribiendo contra curas, opresores y arribistas como ese truhán que es Antoñito...
- Vuestra Merced sabe, don Enrique, que no eran “accidentes” (4) los sucesos que le sobrevenían a su real cuñada....

No logró reconocer la voz en medio de tanta confusión. No acertó a explicarse la razón por la que llegó hasta la política. ¿España? Puede. ¿Ambición personal? También era posible. ¿Despecho por no haber sido el elegido para casarse con Isabel? Sí y no. Isabel estaba enamorada de un militar de antigua y noble familia irlandesa por mucho que se desviase la atención hacia apellidos de inspiración catalana. Nunca llegó a comprender lo que motivó que se escogiese a su afeminado hermano menor. “Presiones de la Inglaterra”, le dijeron, y no quiso darle más vueltas. También le sedujeron para ser emperador de Méjico, y dijo que no a ese asunto. ¿Por qué echar de menos a España en América cuando podía hacerlo aquí mismo?

La cuestión es que largaron el fardo a Maximiliano, ferviente católico, que estaba loco por su mujer, y ella también, enamoradísima de él. Aún se oían las burlas en las Cortes y Cancillerías europeas que recorrió para salvar a su esposo cuando cayó en manos del masón de Benito Juárez. Al final le fusiló. Son terribles y sangrientas las reyertas entre hermanos, no deberían de quejarse los cristianos por una crueldad que era escandalosa incluso cuando se enfrentaban entre ellos. Le costaba mucho esfuerzo rememorar como había llegado a ser un Hijo de la Viuda. Acaso fuera que ellos habían llegado hasta a él... Las familias de las Monarquías europeas estaban empezando a ser infiltradas implacablemente y ya no eran únicamente los británicos y los franceses los que podían recibir la luz desde sus testas coronadas (5). Las Casas Reales que resistiesen serían destronadas sin contemplaciones. Todo es válido para que Prometeo pueda llevar la Luz a los hombres, y ya se encargarían de que el Gran Arquitecto enterrase a los que osasen castigarle.

Sigue percibiendo bultos y sombras a su alrededor y frases inconexas, sin sentido... “¡Ahora sabrán esos parásitos quien soy yo!”, “Debe marcharse de España Vuestra Alteza, le formarán Consejo de Guerra...”, “No saldré corriendo como mi padre...” (6), “Entonces puede que Vuestra Alteza acabe como su señor abuelo ...” (7) “Nada ni nadie me detendrá o apartará de proclamarme rey de España...”, “le habéis matado, don Antonio, es que no veis como le ha dejado la crisma vuestra bala...”, “sólo de él es la culpa...”, “don Enrique cometió yerro adrede, ¿es que no podía haberse arreglado Vuestra Alteza sin tener que taladrarle el cráneo?”. “¿Cómo? ¿Después de haberme ofendido tan gravemente? Voy a ser rey, todos han de saber que mi honor es intocable...” La voz de Antonio sonaba entre arrogante y temerosa, con un matiz que hubiera pasado por alto en otra situación, aunque continuaba sin entender el porqué de tanto alboroto cuando se sentía bien, a excepción de ese doloroso ardor en la mitad derecha de su cabeza, que parecía ir cediendo en su furia. Intentaron incorporar su cabeza, le formulaban preguntas a las que respondía pero no le oían, como si sus orejas hubieran sido condenadas a no escucharle más, como si sus labios estuvieran sellados por lacre, igual que se hace con una carta que alguien ya había enviado a la Eternidad. Pero no, no podía ser, no podía acabar así. Tenía muchos asuntos pendientes por resolver.

No obstante, todavía conservaba claridad en sus mudos pensamientos. Rey de España. Sí, reconoció que albergó y abrigó en su corazón esa posibilidad, que sus correligionarios no habían frañido, más bien al contrario, dando alas a un enfrentamiento entre logias, tal como ya sucedió en la Revolución de Francia, donde todos le hincaron el diente y zarandearon, como despojo, al reino de su lejano tío, de otra rama Borbón, la de Luis Capeto (8), el decimosexto de su nombre. Se percató con pavor, como si una venda se le hubiese caído de los ojos, de que era un crimen execrable lo que pretendían realizar sus hermanos y él mismo, barrer a la Iglesia, exterminar a los católicos, todo, lo que fuera, en nombre de una diosa Razón que amadrinaba la peor de las locuras, que extendía su guadaña manchada con sangre de inocentes sobre épocas, generaciones, naciones y continentes.

Aquella era una clara mañana que anunciaba la primavera, fresca, llena de vida, con el rocío colgando de las hojas de los árboles, como lágrimas de extáticos santos, que saludaron su trayecto hasta el lugar convenido para el duelo, en la Dehesa de los Carabancheles, habiendo hecho parada antes en los Exportazgos de la Venta de Alcorcón. Había disfrutado del aroma campestre que se había subido al coche sin permiso, como una adolescente traviesa embromando a su amado... Sin embargo, se estaba nublando su vista y apenas lograba distinguir bultos que se movían caóticamente, como demonios ciegos peleándose en las tinieblas que le tenían atrapado, como un negro monstruo hace con su indefensa víctima.

No, quiso darle la espalda a ello. Se obstinaba en negarlo, el disparo ni le rozó casi, Antonio tenía muy buena puntería y no lo habría hecho de otro modo. Primera sangre, el honor intacto y cada mochuelo a su olivo, era sábado y en la tenida de la noche se reiría de todo lo acaecido mientras su primo Antonio podía seguir alardeando de sus ires y venires por el bien de España, que él la amaba más que nadie y nadie mejor que él para remediar sus males, patatín y patatán, que la Dinastia no había levantado cabeza desde la muerte de Carlos III con los idiotas que le sucedieron y que tenía que ser una rama secundaria de la Familia la que salvase los muebles y el país, que se descosía por todos lados... Por culpa de la poca cabeza que habían mostrado algunos de los que podían haberla sacado del atolladero.

Culpa. Sí, se sentía culpable, era como si las certezas fuesen floreciendo a medida que el mundo se despedía de él, ya no oía nada, no sentía nada, ni tacto, ni movimiento, ni frío ni calor. Se preguntó si estaba soñando, como en la noche precedente. Recordó un mal sueño así, en medio de esa nada que le rodeaba, articulando gritos y palabras que ni él mismo era capaz de escuchar. Había cometido infinidad de errores. Acaso vivir no es otra cosa que coleccionarlos, como un entomólogo obsesionado por hacerse con el insecto más desagradable, más nauseabundo. Reparó en que eso es el pecado, una palabra que no había pronunciado, rechazándola con altivo desdén, desde sus años mozos, aquellos dulces días en que sus padres acariciaban la idea de que entrase en la carrera eclesiástica y alcanzase la dignidad cardenalicia, ¿quien sabe si habría un Papa Borbón, después de ese pragmático y poco escrupuloso “París bien vale una misa”? (9). El auténtico triunfo de su linaje sería ese. Pero no encajó entre sotanas, crucifijos, hisopos y agua bendita. Él buscaba la remisión de los males que aquejaban a la Humanidad a través de su liberalismo extremo y anticlerical, como ser dios sin necesitar a Dios para nada porque el Hombre se bastaba y sobraba para ventilar sus asuntos y contiendas. La Iglesia ya había tenido su oportunidad durante casi mil novecientos años y su tiempo estaba acabado. Los Estados Pontificios serían borrados del mapa en breve (10) por los patriotas italianos, bien dirigidos por la Masonería. El Mundo aguardaba alborozado una Nueva Era de Progreso, un Nuevo Orden, en el que sería fundamental superar, de alguna manera, los conceptos nacionales de los que ahora se servían los hermanos y sus patronos, para derruir y laminar a la Iglesia Católica en particular y al Cristianismo en general. Sí, sin duda. Pero entonces, ¿Por qué sentía, repentinamente, que todo eso, en lo que había creído y por lo que había trabajado, estaba profunda y dramáticamente instalado en el Pecado?

Pecado, otra vez esa palabra, y de nuevo esa espantosa sensación de querer alzar una voz que se niega a salir de su ahogo, de su anegado silencio, desde su garganta...

Se empeñó en recordar otra vez el agradable recorrido hasta la Dehesa de los Carabancheles, el sol caminando serena y majestuosamente hacia su cénit... El trinar de los pajarillos, el intenso colorido de las flores, más vivo ahora si cabe que cuando lo contempló. La clara y suave brisa acariciando las hojas de los árboles, animando el vivo diálogo de las hojas entre sí, el anárquico aire que se mueve por acá y por allá, sacudiendo las espigas de cereales, las ramas de los pinos, de las encinas, de los alcornoques, que están por doquiera que se posen los ojos, a una orilla y a otra del camino, con la misma marcialidad que los centinelas del Palacio Real, a los que en tantas ocasiones había admirado. El traqueteo del carruaje fue callando paulatinamente. Descendieron e hicieron los trámites propios de la seriedad del acontecimiento. Miró de reojo el furibundo rostro de Antonio. “Bueno,” pensó, “sigo opinando lo mismo de su persona, sin embargo, en el momento de la verdad, considerará las mismas razones que yo para que este dislate no acabe mal”. Examinan las pistolas y cuentan pasos, más y más formalidades. “Venga pues, que no nos vamos matar, ¿es que no se dan cuenta de que todo esto es para que Antoñito pueda pastelear a discreción?” Se dijo esbozando una sonrisa, ya que el motivo del duelo era que Enrique había apodado a Antonio, en uno de sus incendiarios artículos, publicados en “La Época”, como “hinchado pastelero francés”, entre otras lindezas.

Le habían dicho que, a pesar de ser un consumado experto, llevaba tirando al blanco desde la tarde del jueves. No les creyó. El primer tiro lo erró Enrique con disimulo. También falló Antonio... “No puede ser de otra manera”, volvió a tranquilizarse, por mucho que había silbado la bala cerca de su oreja. Nuevamente un poco de teatro, Enrique mandó su turno lejos del cuerpo de su primo. En su réplica, Antonio alcanzó la pistola de su pariente, que fue destrozada por el proyectil, uno de los pedazos de metal fue a arruinar la levita negra que vestía Enrique de Borbón, sin más consecuencias que reemplazar el arma desbaratada por una nueva. Los padrinos y testigos se afanaron en que todo acabase de esa manera. Los duelistas insistieron en proseguir, con mayor énfasis si cabe por parte de Enrique, que alegó que no tenía herida ni contusión alguna, confiado en que todo terminaría bien y con el honor de los dos a buen recaudo. En el tercer tiro, este disparó ostensiblemente al aire, sin ningún tipo de diligencia o esfuerzo por hacer blanco. Antonio de Orleans sí que apuntó, despacio, despacio, muy despacio. Instantes que parecían interminables. Enrique no podía ver la mirada de su primo: El reflejo de la luz blanqueaba sus lentes, dándole un aspecto irreal, como muñeco que tuviese las cuencas albas en lugar de vacías. Fantasmagórico.

Si. Ahora lo sabía bien. Antoñito había acertado de pleno, las tres veces fue su diana... El pánico se enseñoreó de él, en esa soledad, muda, ciega y sorda que tienen algunos cuando son sorprendidos por la Muerte. Se acordó de Cristo en su Cruz, intentó agarrarse a una plegaria, porque supo a ciencia cierta que no acudiría a recibirle Gran Arquitecto alguno: Era una burda impostura para confundir, para perder a tantos y tantos que fueron antes que él y a tantos y tantos que lo serían después.

Tarde. Su corazón acabó de palpitar. Y su postrer latido le llevó la certeza de que él fue un triste figurante en la farsa que, alguien, mucho más poderoso de lo que podía imaginar, había planeado hacía mucho, mucho tiempo.

Extraído del Acta del Duelo entre el infante don Enrique de Borbón y el duque de Montpensier...

Reconocido por los doctores Sumsi, Leira y Rubio, resultó tener una herida penetrante en la región temporal derecha; las arterias temporales estaban rotas; la masa cerebral, perforada; la vida de relación y de sensibilidad, abolida; la respiración, estertorosa.

Acompañado por testigos de una y otra parte hasta que vino una camilla que, recogiéndolo, llevó el cuerpo del señor infante al próximo campamento, se convocaron los infraescritos para la sesión presente y acordaron levantar este acta, en cumplimiento de la ley y de los usos y costumbres de los lances de honor, disponiendo, además, se escriban en el número necesario para entregar, una a los herederos del infante don Enrique de Borbón, otra al duque de Montpensier, una a cada testigo y otra para que el señor Teniente General don Fernando Fernández de Córdova se encargue de depositarla, en tiempo oportuno, el alguno de los establecimientos públicos encargados de la custodia de papeles. Firman: Federico Rubio. Juan de Alaminos y de Vivar. Fernando Fernández de Córdova. Emigdio Santamaría. Andrés Ortiz y Arana. Felipe de Solís y Campuzano.

12 de marzo de 1870



NOTAS

(1) Antonio María de Orleans, duque de Montpensier.
(2) Restaurante de Madrid. Aún existe.
(3) Francisco de Asis de Borbón, marido de Isabel II, era hermano de Enrique, y el duque de Montpensier era esposo de la hermana de la reina.
(4) Isabel II había sufrido varios atentados. Siempre se sospechó de Antonio de Orleans como instigador.
(5) En el caso de la corona británica se acaba antes enunciando quienes NO pertenecen a la Gran Logia de Inglaterra: Ninguno porque todos forman parte, en distintos grados, de la Masonería, hasta el punto de que es sumamente difícil separar la una de la otra. Respecto a Luis Napoleón, Napoleón III por su numeral, había perdido el favor de las logias por su oposición a la unidad italiana, influido sin duda por la religiosidad de su esposa, Eugenia de Montijo, que siempre exhibió un discreto pero enorme resentimiento contra el masón que fue su padre, muerto cuando ella apenas tenía trece años... Y nunca faltó quien afirmó, en determinados círculos, que su hijo, Napoleón Eugenio Luis, se le “dejó morir” (1879) en una emboscada efectuada por zulúes mientras los combatía en las filas británicas para que sus derechos dinásticos recayesen sobre algún hermano, no de sangre sino de otra naturaleza.
(6) Luis Felipe de Orleans, rey de los franceses entre 1830 y 1848.
(7) También llamado a sí mismo como "Felipe Igualdad" (Philippe Egalité) para congraciarse con los revolucionarios siendo más revolucionario que nadie, tuvo un papel relevante en los hechos que se conocen como “revolución francesa” de triste memoria, que este modesto autor ya abordó en “Algaradas, motines,revoluciones...” del 16 de diciembre de 2012, disponible aquí. Murió en la guillotina, por aquello de que siempre hay alguien mas revolucionario...
(8) Luis XVI de Borbón, “ciudadano Luis Capeto” en su sentencia de muerte.
(9) Frase de Enrique de Borbón, cuarto de Francia. La frase, verídica, en francés original es “Paris vaut bien una messe”. Siguió siendo calvinista en el fondo de su corazón, y no es temerario afirmar que ello fue la causa de muchos males que aguardaban en el porvenir de Europa Occidental.
(10) Tal como ocurrió en septiembre de ese mismo año de 1870.