lunes, 5 de marzo de 2012

La espada de Damocles (I)

Introito

Pierdes el tiempo en la vida
sin ninguna medida,
pero a la Enlutada suplicarás
un solo instante más...

Que como ligero viento pasa el día,
doncella, soldado, cardenal o arpía,
bien que naveguéis por lejana la mar,
también este son os sacarán a danzar.

Y tú, ¿acaso creías que no te miraba?
“Es nada”, pensando que no pesaba
porque no cuentan tiempos pasados…
¡Error! Hasta los cabellos están contados.


I

Dicen de los gatos que siempre caen de pie. Sea cual fuere la altura y la postura con la que se precipitan al vacío. También cuentan otras cosas, como que pueden percibir realidades que no se hallan al alcance de los sentidos que tienen los seres humanos. Animales de frontera. Hombres de frontera…

Hombres de frontera porque la traspasaron, definiéndose como personas. Se cruzan para dejarlas atrás definitivamente o permanecen cerca de ellas para recordarse que un día, no muy lejano, fueron o pudieron ser de otra manera. Fronteras que se rebasan por ambición, por codicia, trasladando sus alambradas y barreras a lo más profundo de su propio corazón… Un corazón del que no regresan jamás.

Tadeo Acuña era un hombre que se preciaba de no ser un caballero. “De caballeros están llenas las tumbas…” decía, y se jactaba de su propio cinismo con una blanca y cuidada sonrisa siniestra, alardeando de que había logrado escapar de todas la celadas que el Destino le había tendido merced a la “flexibilidad y pragmatismo de su proceder”. Se había apañado siempre para congraciarse con todos los bandos que se mataban en las guerras, traficando con armas, secretos, alimentos y medicinas, sin desdeñar cualesquiera otros artículos que pudieran enriquecerle. Traficando con la vida y con la muerte. Afirmaba que una Palabra comprometida vale lo que alguien esté dispuesto a pagar por ella. O que “la lealtad, como el dinero, solo pertenece a quien lo posee”. En efecto, Tadeo Acuña era un hombre de transparentes convicciones… porque no las tenía.

Contrabandista de profesión, comenzó su carrera en los lejanos días de la Guerra del Rif, con poco más de 20 años. Provenía de una acomodada familia extremeña, no tuvo dificultades para obtener un buen destino en la Logística del Ejército español, que se desangraba lentamente mientras los políticos de Madrid se recreaban en su ambiciosa mediocridad tras el asesinato de Eduardo Dato Iradier. No fue casual que los rifeños de Abd-El-Krim tuviesen antes en su poder los fusiles “Mauser 1916” que estaban reservados para las tropas españolas, más modernos que los pesados y viejos mosquetones “Remington 1871/89” que todavía quedaban, o los obsoletos “Mauser 71/84”. Fue un descuido táctico imperdonable no desarmar a los rifeños que quedaron a la retaguardia del general Silvestre en su avance. Simplemente incalificable que algunos españoles, sin escrúpulos, les vendiesen, además, armamento y municionamiento que habían sido distraídos cuando eran dirigidos a nuestros soldados. Un milagro puede convertir el agua en vino, o el vino en sangre. Pero hay personas que poseen el conjuro para trocar la sangre en dinero, como por arte de Nigromancia. Maleficio en el que se graduó impunemente don Tadeo durante aquel terrible verano de 1921… Es frecuente que los cadáveres sean tan numerosos que no permitan descubrir a los culpables. Es frecuente que los crímenes sean espantosos para obligar a los supervivientes a desviar la mirada…


La novela continúa en http://www.lulu.com/spotlight/NevernetLancaster, disponible como ebook o como soporte impreso.

jueves, 1 de marzo de 2012

Hécate


I

Sucedió hace tan poco tiempo que bien pudiera ser que nunca haya sucedido. Es la naturaleza de la realidad, separada de la Nada por un simple gesto. “Ha sido” o “no ha sido” se dan la mano a nuestras espaldas burlonamente, como cómplices de un engaño, de una ficción, de una ilusión. Tan endeble puede llegar a ser la misma materia que denominamos “realidad”.

Sucedió hace tan poco tiempo que bien pudiera ser que nunca haya sucedido. Percibimos pesadillas como la realidad más convincente, sólo quebrada al despertar; y las experiencias más lacerantes nos hacen preguntarnos si están ocurriendo verdaderamente, porque llegamos a alcanzar el colmo de nuestro de dolor con pasmosa facilidad. Tanto es así que preferimos no pensar en ello.

Sucedió hace tan poco tiempo que bien pudiera ser que nunca haya sucedido. Germán era amigo mío desde hacía bastantes años, de la época en que ambos servimos en el ejército. Se trataba de un hombre corpulento, no muy alto y dotado de una agilidad impropia para una persona de su complexión. Alguien amarrado a la “realidad” sin duda, cabal, devoto de los hechos en lugar de las palabras y fanático de llamar a las cosas por su nombre, detalle que no le hacía conservar muchas amistades, contadas con los dedos de una mano incluyéndome a mí mismo.

II

Como yo, colgó el uniforme por semejantes razones, que no viene al caso mencionar. Juntó sus ahorros y abrió un negocio con la natural esperanza que tiene todo aquel que pone en marcha un proyecto: La de vivir decorosa y decentemente, sacando adelante a su propia familia.

Logró lo primero durante un tiempo, pero no lo segundo. Los dos noviazgos que mantuvo con sendas señoritas terminaron encallando; y el paso de los años, finalmente, le hizo desistir de casarse y de traer hijos a este Valle de Lágrimas. Así que, quizás, sólo quizás, el éxito empresarial de aquellos años fuese debido a que el trabajo acaparó todo su interés huyendo de la aflicción, de la frustración, por no fundar su familia.

Confieso que no le trataba con asiduidad, nos telefoneábamos de tarde en tarde, alguna de ellas nos veíamos sin mayor pretexto que el de estrechar nuestras manos y recordar viejas vivencias. Siempre se dirigió a mí con la marcialidad que acostumbraba en el Ejército, aludiendo al rango. No sirvió de mucho que le apease de ese hábito, que le rogase el mismo tuteo que se prodigan los amigos. Él lo era y así se reconocía, mas con pétrea voluntad seguía usando y abusando del “mi capitán” y el "usted". Lo dejé por imposible, una peculiaridad sin mayor importancia.

También el infortunio se fijó en su medio de vida. Como muchos empresarios y autónomos tuvo que cerrar su pequeña empresa a causa de la crisis que sacude España con particular ensañamiento. Fue un golpe que no supo encajar nunca, la Vida es así de injusta, que no pondera el entusiasmo y lo premia, a menudo, con el más absoluto desdén.

Fue por entonces cuando su desequilibro comenzó a mostrar síntomas.

El cabello, que siempre presentaba un cuidado peinado, empezó a dar cuenta del descuido que sufría. Las ojeras cercaron su mirada, y los años cayeron inmisericordes, arando sobre su rostro y arqueando su espalda. Con todo, su avejentado aspecto físico no fue lo más alarmante.

Habíamos quedado en el viejo y entrañable Madrid de siempre, el de los aledaños de la Plaza Mayor y de la Puerta del Sol. Pedimos algo en una cafetería de esa zona, un café solo para él y mi acostumbrado té con leche. Después de bromear sobre la manera en que sirven esta infusión en España y lamentar los cambios que el barrio había sufrido (modernidad no implica mejora), guardó unos instantes de silencio, como si le costase un esfuerzo supremo abordar una cuestión que le preocupaba hondamente.

- Mi capitán... - Acertó a decir – Usted tiene una mente abierta para algunos temas... difíciles.
- ¿Difíciles? - Pregunté - ¿A qué te refieres?
- Pues que... Por cosas que han asomado en nuestras conversaciones. Usted no es de esas personas escépticas que rechazan de plano... esas cosas – Repitió con tono diferente la misma palabra. - Cosas que suceden, que no se pueden explicar.
- ¿Te refieres a la procedencia de ciertas fortunas, sargento?
- No, mi capitán – Saludó la humorada con una sonrisa – No. Digo que usted no se toma a chacota experiencias de fantasmas, aparecidos y cosas así. Por eso creo que puedo confiarle lo que me está pasando.
- ¡Jesús! - Exclamé – Hemos vivido lo suficiente para saber que los vivos tienen más peligro. Pero cuéntame, Germán... Sabes que, aunque no sea de ayuda, lo que me digas tiene el mayor crédito.
-Sí, lo sé... Bueno, ahí va y que sea lo que Dios quiera. Sólo le pido que su opinión sea sincera...

“Desde que cerré el negocio he dormido muy mal. Ha habido noches en las que no he pegado ojo. Las deudas no se acaban, al contrario que el dinero, la verdad es que no sé muy bien que va a ser de mí. Anteanoche, para escapar de este aquelarre que celebra mi ruina, cogí un libro de casa. Uno cualquiera, que ni siquiera sabía que tenía. Hablaba de personajes mitológicos, semidioses... Me venció el sueño. Pero no fue un sueño como otras veces... Fue más real que esta conversación, mi capitán... He conocido a una mujer maravillosa. Es guapa, dulce e inteligente. Tiene un largo cabello rizado que brilla a la luz del sol, como su luminosa piel. ¿Sabe? He tenido la fortuna de que me miren los ojos más azules que haya visto nunca. Sólo he contemplado un azul así en el cielo... Es increíble, porque anoche volvió a mí. Me ha dicho que nunca me dejará, que cada vez que cierre los párpados ella me visitará. Ahora estoy con usted, mi capitán, relatándole esto porque soy consciente de que es un fenómeno extraordinario, pero lo único que deseo es volver a dormir para estar junto a ella. Detesto despertar, apartado de su lado, para enfrentarme a mis desgracias. Creo que he conocido a la mujer... de mis sueños.”

Guardé silencio. Mi amigo Germán estaba peor de lo que presumía. Es posible que el cúmulo de desdichas le estuviese empujando hacia una conducta psicótica, pero lo ignoraba. El especialista en la materia era mi difunto hermano...

- Y bien, mi capitán, ¿que piensa de esto?
- Pues que el que sabía más de ello era mi hermano, que en Paz descanse. – Apunté con franqueza – No deberías de dar demasiada importancia a lo que no es más que un sueño reiterado. Y los sueños, sueños son...
- ¡Que no, caramba! - Replicó furioso - ¡Sé que ella es real! ¡La he acariciado con estas manos! ¡El tacto de su piel es pura seda! ¡Es real! ¡Mi mente no puede crear algo tan bello! ¡Sus palabras, su voz! - La gente empezaba a mirarnos con curiosidad y alarma – Es más real que nosotros, que estamos hechos de basura y barro...
- Cálmate – Tercié para aplacar el sorprendente acceso de ira que padecía – Yo no estoy negando nada. La Vida se complace en ofrecernos episodios que no sabemos explicar... Ante ellos nuestro instinto es la única arma que podemos blandir.
- Sí, eso es muy cierto - Respiró profundamente mientras intentaba recomponerse - Le ruego que acepte mis disculpas. Últimamente estoy muy irritable y he olvidado que también usted tiene sus dificultades, mi capitán...
- Tranquilo, no tienes que excusarte. Todos nos hemos despertado en medio de una tortura, de una persecución, de mil cosas. El mundo onírico es una recreación que puede ser muy vivida... El motivo por el cual se sueña un hecho en concreto y no otro, ciertamente, es un misterio. No sé qué decirte, Germán.

Cambió de conversación con un gesto. Ese día seguimos hablando de asuntos intrascendentes con su habitual buen juicio, pero no olvidé su airada reacción. Consulté algunos manuales y textos de Psicología y Psiquiatría que no hacían albergar buenas expectativas, pero tampoco quise agobiar a un veterano, de cuya templanza había sido testigo. Por comodidad o indecisión decidí darle un margen de confianza. Bien es sabido que los excesos de confianza son fatales.

III

No volví a saber de él hasta un mes después. Me telefoneó a mi domicilio notoriamente nervioso y me rogó que le visitase. El timbre de su voz era casi irreconocible, y me hacía presagiar un empeoramiento general de su estado. Sin dilación, me encaminé a su casa, a unos treinta minutos de coche. Las dimensiones de Madrid distan mucho de las que se deducen del plano de Pedro Teixeira, entonces era sencillo ir a pie de un sitio a otro por ese Madrid del siglo XVII, capital del imperio en el que no se ponía el sol.

Con un simple vistazo confirmé las peores sospechas. Las ventanas tenían las persianas bajadas del todo, y las cortinas celando la inexistente luz que aún pudiera colarse a través de las rendijas. Se alumbraba con la vacilante llama de un candil, haciendo que las sombras danzasen enloquecidas sobre las paredes. El desorden y la suciedad campaban por todos los rincones.

- ¿Por qué no abres las ventanas o enciendes la luz? - Le pregunté nada más saludarle, mientras entraba en su apartamento. - La primavera ya se anuncia paseándose por Madrid, y la temperatura a estas horas es agradable. ¡Venga, no se hable más! - Hice ademán de subir una persiana, pero me cogió del brazo, suavemente pero con firmeza – Esta oscuridad no te hace ningún bien, Germán – Le reconvine – ¿Desde cuándo no pones orden?
- ¿Quién necesita luz, mi capitán? - Repuso mientras reía nerviosamente – ¿Quién la necesita cuando todo está meridianamente claro? Disculpe el caos, pero le he llamado para presentarle una prueba. Irrefutable. Es lógico que creyese que estaba ante un fantasioso en nuestro último encuentro...
- Yo no diría eso, Germán. Simplemente creo que el disparate que estamos viviendo te ha afectado. ¿Cómo estás?
- Creo que no he estado mejor, en serio. Una mujer me ama... Nos amamos... No le importa que esté arruinado, no le importa nada de este puerco mundo – Reparé en unas pastillas que había sobre la mesa, a medida que mis ojos se iban acostumbrando a la penumbra – Intento pasar el mayor tiempo posible con ella...
- Y eso lo consigues con...
- Con un poco de ayuda, sí, mi capitán. El médico me ha recetado unos somníferos para combatir un insomnio que ya no tengo – Volvió a reír entre dientes - Duermo todo lo que puedo. Y estoy en la gloria. Con ella.
- Germán... Tienes que saber que todo esto te está haciendo daño, ¿verdad?
- ¿”Daño”, mi capitán?... Le voy a explicar lo que es el “daño” exactamente. “Daño” es levantarse por la mañana y darte de bruces con el hecho de que tu peor pesadilla es estar despierto. “Daño” es que te den la espalda quienes más han recibido tu ayuda. “Daño” es ver pasar las horas anhelando que el día acabe sin novedad porque cuando viene alguna es para empeorarlo aún más todo. “Daño” es...
- Lo tengo claro, amigo mío.- Le interrumpí – Los dos sabemos lo que está ocurriendo. Pero esas drogas son un salvoconducto hacia ninguna parte. Embotarte con ellas no te ayuda. 
- No... No, mi capitán. - Se llevó las manos al rostro, como si le ardiesen las mejillas - Está equivocado. Usted y ella son los únicos que no me han abandonado. Hablo de mis hermanos, de mi familia, de otras amistades que coloqué cuando tuve ocasión y que ahora ni siquiera me cogen el teléfono. Jamás me referiría a usted de ese modo. Y no soy un drogadicto. Estas pastillas... son como un billete, sí. Para estar con ella. Como si tuviese que coger el Metro para visitarla. Nada más.
- Estoy seguro de que el Metro no crea adicción, ni tiene efectos secundarios, al contrario que esos comprimidos.
- Sigue sin creerme – Volví a percibir una creciente rabia - ¿Cree que le mentiría en algo tan importante para mí?
- Sé que no mientes, Germán. - Le apacigüé – Tengo el convencimiento de que me cuentas lo que vives como real. Pero los sentidos pueden engañarnos. Debes comprender que...
- No, comprenda usted. Ella existe. Cada vez que duermo viene a mí. En realidad no estoy dormido... Soy más libre y consciente que nunca. No me persiguen las preocupaciones y las estrecheces. Y estoy con ella, soy feliz. Lo malo viene cuando regreso, la taquicardia que parece sacarme el corazón del pecho, la angustia devorando mi alma, tanta falsedad e hipocresía...
- Bien... Ya me la describiste, una belleza singular, indudablemente. Empecemos por el principio. ¿Cómo se llama?
- Hécate... Hasta su nombre es música....
- Hécate – Repetí al tiempo que recordaba el personaje de la mitología griega. - Sí, es un bonito nombre. Dijiste que la noche en que la conociste estabas leyendo un libro... ¿Podrías enseñármelo?
- No he vuelto a verlo, mi capitán. No sé donde estará... Con este desorden...
- De acuerdo... ¿Qué edad tiene? ¿Es española?
- No... No lo sé – Titubeó - ¿Es importante eso?
- Entonces, sargento, ¿qué sabes de ella?
- Que me ama, que nos amamos. ¿Acaso es tan difícil de entender una historia de amor?... Hécate lo es todo para mí - De repente giró su cabeza como si le hubiera llamado alguien; muy turbado, comenzó a rebuscar con desesperación en el desbarajuste que era su casa, mientras decía una palabra que no pude escuchar claramente - Sí, - se dirigió a mí - tengo un objeto, es de ella, le convencerá de que se trata de alguien tan tangible como usted o como yo...

De nada sirvieron mis protestas para que se reportase, ni mis llamadas al orden. Era como si un violento torbellino se hubiera desatado entre aquellas sombras. Tan denodada era su búsqueda que el candil salió despedido, prendiendo las cortinas. El fuego adquirió fuerza en segundos, el humo mezclado con la oscuridad y la confusión del momento provocaron que Germán se golpease en la cabeza y perdiese el conocimiento. Le agarré con la determinación que da el terror a perder la vida y con gran esfuerzo le arrastre hasta el rellano de la escalera, en el momento en que los vecinos se movilizaban ante el incendio.

IV

Los médicos no sabían lo que tenía. No había llegado a inhalar tanto humo como para intoxicarse. El golpe en el cráneo no iba más allá de una conmoción. No tenía más que unas pocas contusiones por todo el cuerpo, pero eran incapaces de explicar el coma en el que se había sumido. Su apartamento había sido completamente destruido, pasto de las llamas. Permanecí a su lado preguntándome la razón de que una persona tan buena y tan ecuánime acabase perdiéndolo todo, no teniendo nada más que esa espantosa soledad, que ahora compartía con él, en aquella habitación del Hospital Clínico.

No debieron transcurrir más que unas horas, aunque en circunstancias como aquella el tiempo parece ralentizarse hasta detenerse. Sencillamente abrió los ojos y sonrió. Con lentitud me tendió un puño cerrado. Entendí que era algún gesto de gratitud. Le dije, para animarle, “caer está permitido, levantarse es obligatorio”. Sólo respondió un entrecortado y laborioso, “cógelo y devuélveselo, mi capitán”.

Debe de ser que la inminencia de la muerte concede confianzas que antes se rehusaban. Fue la primera vez que se permitió tutearme. Y la última. Enfrentarse al Infinito ha de ser un argumento mucho más contundente que mis disertaciones acerca de que la amistad se halla por encima de antiguos rangos y tratamientos. “Cógelo y devuélveselo, mi capitán” y expiró tan discretamente como había vivido. Si no hubiera sido por el accidente, nadie se habría enterado de que había perdido la cabeza. Porque... ¿La había perdido realmente?

Dejé a los médicos debatiendo las causas del deceso, ninguno se atrevía a cumplimentar el certificado de defunción. Llegaron a la conclusión, descabellada, ambigua y difusa, de que el “abuso de los fármacos inductores del sueño” había provocado un “accidente cardiovascular”...

“Cógelo y devuélveselo, mi capitán”... ¿Cómo había llegado hasta él? Estaba muy intrigado por el modo en que había llegado a sus manos. Estaba seguro de que no tenía nada cuando lo saqué de su apartamento, tampoco cuando le atendieron los facultativos, poniéndole vías, auscultándole y demás... Pero, ¿qué me había entregado? El objeto no era grande, un par de centímetros. En sí mismo no era especialmente llamativo. Era un trisquel de oro, para portarlo como un colgante sobre el pecho, con un pequeño rubí oriental circular engastado en el centro, centelleante, inquietante, como ojo sin párpado inyectado en sangre. Llegué a la conclusión, mediante un examen más meticuloso en mi despacho, de que se trataba de una joya muy antigua, posiblemente prerromana, celta para ser exacto, y que su sitio debería ser un museo. Lo más curioso es que podría pasar por recién fabricada: Ni una sola tara, ni una muesca, reluciente e inmaculada como el primer día.

Sin saber muy bien el porqué, la introduje en mi cartera y la llevé conmigo al sepelio. Al velatorio sólo había acudido uno de sus hermanos y una prima, por lo que deduje que el entierro no sería multitudinario. La gente ya no sabe vestirse para ciertas ocasiones, y se ponen lo que les viene en gana, tal como si fueran al supermercado. Quizás sea una manera de esquivar la certeza más brutal y absoluta de todas, como hace la propia sociedad con su aséptica e industriosa forma de tratar el enojoso asunto de los cadáveres. Apilados en impersonales e iguales nichos, como metáfora de que sí, que posiblemente la muerte iguala a los nacidos de madre... Sólo que a unos antes que a otros y todos de diferente manera. ¡Vaya por Dios, otra igualdad frustrada!...

Así que era el único que llevaba traje de color negro, a juego con la corbata... El ánimo también enlutado. Miré en derredor para cerciorarme con incredulidad de que sólo estábamos su prima, un hermano y yo, aparte de los sepultureros. Al principio no la vi. Precisé una segunda mirada. Estaba a la sombra de un ciprés, a unos veinte metros, vestida de luto riguroso, y mirando altanera en nuestra dirección. Delgada y muy pálida, el pelirrojo cabello le hacía tirabuzones, le llegaba hasta la cintura. A sus pies tenía un perro prieto, enorme, echado sobre el suelo, aguardando pacientemente alguna indicación de su dueña. Ambos estaban casi inmóviles, como posando para un daguerrotipo. Incluso la ropa que llevaba no desentonaría en los años en que hizo furor esa técnica fotográfica. Pregunté en voz baja a la persona que tenía junto a mí si se trataba de otro familiar. La respuesta me dejó perplejo: “Allí no hay nadie, se ha debido de confundir”. No me alteré por la censura que se dibujó en su rostro. No era el momento de recordar que el finado había vivido sus últimos meses completamente abandonado de los suyos.

El sacerdote concluyó el responso y los operarios empezaron a condenar el vano del nicho. Me santigüé y esperé a que se despidiese el duelo, era de suponer que sería allí mismo, con prisa y casi clandestinamente, como así fue. La desconocida seguía exactamente igual, el perro había variado su postura. Se cruzaron nuestras miradas, nos habíamos quedado solos. Era obvio que me tenía que dirigir a ella. Así lo hice. Al acercarme pude comprobar que sus ojos eran de un azul cielo que jamás había visto antes. Una dama muy bella.

- ¿Es pariente de Germán? - Le inquirí - Creo que no tuve la fortuna de que me hablase de usted.
- Pues yo creo que sí le hablo de mí – Afirmó inexpresiva, sin acento definido – Tiene un objeto que le dio Germán y que me pertenece... Soy Hécate.

Fui presa del asombro, del estupor. El perro se alzó, no supe reconocer la raza. Me miraba fijamente emitiendo un leve zumbido que interpreté como un gruñido. Le ordenó algo que no comprendí, en una lengua que me pareció exótica pero lejanamente familiar e increíblemente antigua.

- Le ruego que me devuelva el talismán que guarda en su cartera. Fue lo último que le pidió Germán.
- Sí, es cierto... - Eché mano a la cartera para sacar el trisquel - Solamente quería preguntarle...
- No estoy aquí para aclarar sus dudas... - Cortó asperamente - Nadie viene a responder nada...
- Eso depende de donde vengan... - Le tendí el objeto, lo cogió con un rápido gesto, no llegué a sentir el contacto de sus dedos sobre la palma de mi mano - Únicamente quiero saber el porqué... ¿Por qué Germán?

Rió con suavidad. Era encantadora. Clavó sus transparentes ojos en los míos, como escrutándome. Los segundos se deslizaron perezosamente entre nosotros. Antes de dar media vuelta y marcharse, simplemente contestó:

- ¿Por qué hay que explicar una historia de amor?...

La vi irse de manera natural. Unos pasos, cuatro o cinco, en ese instante un gato bufó y arqueó el lomo a mis espaldas antes de escabullirse entre los arbustos. Me distrajo el tiempo justo. Cuando volví a mirar, Hécate se había esfumado.

Como los sueños al despertar...

sábado, 3 de diciembre de 2011

Romancín de Medianoche - III

El Diluvio prefiero, sin menor turbación,
que mejor se puede encubrir el mío llanto.
Agua con lágrimas, sí, ahogadas lágrimas
e intensamente sentir la lacerante aflicción
para no extraviar de mi tristeza el manto...


Oscuras nubes, es más tenebroso no tenerte,
ignorando si día o noche es, sueño con verte.
El ardor de tu querer no se aplaca, me prende;
y te busco enardecido, ardiente, apasionado;
acariciarte toda tú, besarte, de ti enamorado.

martes, 15 de noviembre de 2011

Romancín de Medianoche - II

No seas distante, corazón mío, no lo seas,
ni mi silencio creas que es el frío olvido.
El claro amor se fortalece en la ausencia
mas siendo así, sí, aunque no lo veas,
abatido estoy sin ti y quedo vencido.


Que faltándome tú, no hallo sino pesar,
que faltándome tú, oscuros son los días;
sabrás, hermosa mía, lo he de contar,
que hasta el aire me susurra cómo suspiras
y mis labios sangran si no te pueden besar.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Romancín de desamor - V

I

¿Acaso no lo oyes? Desbocado corcel
es mi angustiado corazón, arrebatado,
por su vertiginosa cadencia cautivo
al que clava espuelas tu amor cruel…
Es tortura que deja mi ánimo quebrado.

II

Aún has de preguntar por esta razón
que me arrastra muy lejos de tu lado.
Absurda duda tienes, bien lo sabes,
¿no escapa vencido y burlado soldado
de la batalla sin la menor vacilación?

III

Mi cuita y tormento será no quererte
más, clara luna de mi cielo estrellado,
con lágrimas amortajado me despido…
Te rendí la vida que me has despojado;
pero mía, no la hurtarás, es mi muerte.

martes, 6 de septiembre de 2011

El puñal y la guedeja

(Entresacado del libro "Cuentos y Romancines", Editorial Lulu, 2011)


Vuela el halcón, vuela surcando los cielos. No hay frontera ni cerca que le someta, ni mal viento que le detenga. Fiel vasallo de su señor, otea la superficie que se extiende ante sí en busca de una pieza con la que rendir pleitesía a su amo. Se aleja, y se aleja, y se aleja, hasta que la vista le pierde.

- A ver no le alcanzo, mi señor,
mucho me temo lo peor.
- Sosegaos, no se dirá del conde de Santorcaral, buen Martín,
que perdió presa y ave antes del mesmo día tocase a su fin.
- Mirad, mi señor, tarde es ya, que el sol cabalga hacia poniente
y por esta región, demonios y brujas hay que nublan la frente.
- Martín, no cubras cobardía o pereza con una conseja,
iré presto y antes tornaré, buen viejo eres, mas no vieja.
- Ni cosa ni la otra, señor conde, atended a quien bien os quiere,
de sobra sabéis que no soy cobarde,
al infierno os seguiría con lo que arde,
teneos, aguardad, espuelas no piquéis, de noche aquí se muere.
- Pues recordad con viveza del conde de Santorcaral la postrer risa,
miedo o temor no tiene el vencedor del infiel,
mejor apuraría las heces de una copa de hiel,
mientras hacia la muerte corre, vos rogaréis por su alma en misa.

Galopa el corcel, manto del caballero al viento. Allí cree divisarlo, por ahí piensa escucharlo. Aguijonea sus labios con maldiciones e imprecaciones. El horizonte sepulta al rey de los astros y las sombras se yerguen alargadas del suelo para enseñorearse de la Tierra y de las horas... “¿Qué es eso?”, se dice a un claro llegando del monte. Blanco lobo como la espuma, blancos dientes enseñando como nevadas cumbres, acercándose está a una rubia dama como la clara luna, blanca piel como flor de cerezo. Desmonta el caballero y su espada desenvaina. Marcha el lobo gruñendo, marcha levantando la hojarasca a su paso...

- Gracias por vuestro valor, la vida daba por perdida,
la bestia a matarme venía, sí, ya estaba rendida.

Azul mirada, como de primavera amanecer que pasa de puntillas sobre las abiertas y sorprendidas rosas. Azules ojos como claro venero que asir no pueden las manos aunque se lo propongan.

- Mi espada, mi vida, mi honor y aun el alma habría yo de rendir
antes que una dama como vos algún perjuicio hubiera de sufrir.

Tiempo llegó y se fue como vino. ¿Cuánto?, no se sabe. Las tinieblas el firmamento ocupando fueron con su oscuro gallardete, noche de plenilunio sereno de frases quedas y arrullo de enamorados como de brisa susurro en la orilla de la mar. En esto llegó del día el heraldo con su alborada despuntando.

- He de marchar, volveré a vuestro encuentro;
las horas contaré, me lamentaré sin cuento.
- No os vayáis, ¿y si no regresáis?, nadie os buscará,
conmigo quedaos, si no el corazón se me quebrará.

Buenas palabras fueron las que convencerla pudieron. Buenas palabras con amor pronunciadas, las que acariciaban su deseo. Requiebros como afilados dardos alcanzaban del conde el pecho. Despidiéndose estaban cuando...

- Esforzado caballero, antes de ir vuestro puñal quiero,
un presente os daré, ofrenda de amor, con esmero.
- Aquí tenéis, que si quitarme queréis la vida,
no habría yo de negarme para dejaros abatida.

En el claro fondo de sus ojos brilla una chispa, en el claro fondo de su mirada, promesa de placeres. Un fogonazo malévolo brotó... y como brotó, partió. Un mechón de su rubia cabellera cogió y de un tajo lo cortó para entregárselo a su amante.

- Tomad esto y oíd, que no digáis que fue un sueño,
el puñal guardaré para recordar quien es mi dueño.

Llevó a sus labios la rubia guedeja el caballero y un beso depositó como centinela de su retorno. Volvió grupas, rumbo a su castillo, para dar la buena nueva de que la heredad de Santorcaral tendría señora al cabo. Ya ve los guiones de su estirpe, las almenas, el adarve; de las ventanas los postigos distingue... y su fiel Martín que a su encuentro sale...

- Mi buen señor, ya os dábamos por difunto.
- Si los moros no pudieron, ¡bonito asunto!
- Señor conde, dos semanas ha que faltáis...
- Ca, no puede ser, una noche, me engañáis...
- Batidas vuestras tierras, hasta el último rincón.
- Seguro que os burláis, sois un buen fisgón.
- Si de mí no os fiáis, buena fé os habrán de dar.
- ¡Qué desatino! Ninguna duda me ha de quedar.

Buenas razones son las que los hechos confirman. Dos semanas había faltado el conde y nadie sabía explicárselo más que como un encantamiento.

A solas pidió que le dejaran y de su guantelete sacó el resplandeciente mechón, “que no digáis que fue un sueño”, recordó y el llanto le invadió, pues bien comprendió que de un hechizo había sido víctima.

Pasaron los días y el dolor laceraba el corazón del conde. Nada comía, nada leía, menos escribía. Ni siquiera los juglares que en sus posesiones se detenían y que antes agasajaba para que le regalasen sus mejores cantos y músicas, le lograban arrebatar de su melancolía. Visitáronle físicos y curanderos sin dar con causa aparente de su aflicción. Una tarde, poco antes del ocaso, llamó a su buen servidor a las caballerizas para confesarle algo...

- Mi buen señor, alégrame verle animado, aquí estoy.
Como siempre a sus órdenes, lo mejor de mi le doy.
- Leal Martín, lo sé, y has de saber que lo agradezco.
Marcho, no me detengas, que por una mujer perezco.
- Mujer no, señor conde, demonio es y os perderá,
no la busquéis, una escapasteis, dos os arrastrará.
- Tente, Martín, el corazón tiene razones que no entiende la razón.
Con ella iré y gustoso el mío le ofreceré: elija muerte o pasión.

No atendió las lágrimas de su mayoral, un legajo le entregó, testado había.

Se santiguó mientras elevaba un Padrenuestro y el noble bruto iniciaba su veloz camino hacia el lugar donde se despidió de la bella desconocida. Tantas plegarias pronunció que la cuenta perdió. Llegó. Allí estaba, radiante, como si el sol que había muerto tras las montañas, tras la línea del océano, se hubiese encarnado en el cuerpo de una bella mujer. Como si toda la luz de las estrellas se agolpase en sus pupilas para cegar a los mortales que osasen profanar esa centella azul. Como si todos los rayos del mundo se hubiesen concentrado en su mirada bailando al son del abrir y cerrar de sus párpados. Allí estaba ella frente a él. Y nada parecía importar...

- Os dije que retornaría...
- Os dije que aguardaría...
- Os he extrañado...
- Os he deseado...
- Os amo con todo mi corazón...
- Os amo sin ninguna remisión...

Y sellaron su amor con un interminable beso, fundidos en un abrazo para toda la Eternidad.

Dan cuenta los perdidos caminantes de cierto milagro, por encantamiento quedó, que cuando luce la luna llena y los lobos con sus sonoros aullidos la saludan, cuando los fatuos fuegos danzan sobre las tumbas, las ánimas en pena recorren el ancho mundo suplicando redención, los duendes sacuden las cunas de los recién nacidos y el teatro de los sueños descorre su telón en la mente de cada persona; en ese sitio, en ese claro del bosque, bajo las ráfagas de la pálida luz de la plateada lucerna celeste, ven a una pareja de amantes abrazados besándose apasionadamente, susurrándose de amor promesas para siempre...

Un mechón en la mano de él, en la de ella un puñal que deja caer al suelo con abandono...

domingo, 4 de septiembre de 2011

Si tú eres...

Si tú eres mi princesa, yo quiero ser caballero que te proteja.
Si tú eres mi cielo, yo quiero ser la mar que te contempla.
Si tú eres mi agua, yo quiero ser cauce que te abrace.
Si tú eres mi fuego, yo quiero ser leña que te dé alimento.
Si tú eres mi ola, yo quiero ser playa donde descanses.

Si tú eres mi camino, yo quiero ser tu peregrino.
Si tú eres mi estrella, yo quiero ser noche para que brilles.
Si tú eres mi poesía, yo quiero ser mirada que te lea.
Si tú eres mi música, yo quiero ser canto de amor.
Si tú eres mi luz, yo quiero ser luna que te refleje.

Si tú eres mi beso, yo quiero ser tu pasión.
Si tú eres mi resuello, yo quiero ser tu acelerado palpitar.
Si tú eres mi piel, yo quiero ser tu carne.
Si tú eres mi sangre, yo quiero ser tu enamorado corazón.
Si tú eres mi Eternidad, yo quiero ser tuyo siempre…

miércoles, 15 de junio de 2011

Romancín de Medianoche - I

I

De noche bajo este firmamento que arde,
sombrío presagio para valiente o cobarde,
ya de luz y sangre se viste el Plenilunio…
Turbia luna de san Antonio
es la que trae el demonio.


II

Que yo la vi, sí, madre, sí, que yo la vi,
muy serena paseaba avivando el frenesí
de esforzados y aguerridos caballeros…
Turbia luna de san Antonio
es la que trae el demonio.



III

Bastábale una mirada, madre, una mirada,
y los ardientes corazones que inflamaba
de lujuria al punto enmudecían sin aliento…
Turbia luna de san Antonio
es la que trae el demonio.

viernes, 27 de mayo de 2011

Romancín de desamor - IV

I

De tiempo, sin ninguna memoria,
súbitamente apareció un extraño,
de amor prender su corazón procuró,
seducirle con pasión, sin engaño,
mas su desdén impidió esa gloria.

Siempre percibió algo que no sabía definir. A veces era un perfume de mujer, el destello de una sombra, acaso una encendida palabra susurrada junto a su oído en medio de la madrugada. Había alguien más, puede que encerrada en su imaginación tan solo.


II

Era él diana de toda su obsesión,
por retenerle a su lado, luchaba,
triste ella en la ventana retratada...
Sí, ahí viene, él es, a ella regresaba,
que de ese delirio, no quería curación.

Debía de ser pereza, le suponía un enorme esfuerzo salir a la calle, como si no pudiese sacudirse el abrazo de una amante. Por el contrario, sentía una gran dicha cuando regresaba, como si una traviesa novia le hubiese aguardado para cubrirle de besos y caricias.


III

Por sus preguntas el silencio galanteaba,
así se complace la mujer con su presencia,
así se regocija por asomarse a sus sueños.
Cabeza en su pecho, sin pensar su ausencia,
galopar su latido devotamente escuchaba.

Llegó una carta. Es el modo con el que las malas noticias evitan dar la cara. Era un traslado. Preferiría quedarse, aquel sitio le agradaba, como si residir allí le colmase de amor... Sin duda, todo un desvarío, no se planteó ignorar la orden. Recogió y empacó sus pertenencias. Se percató de que nunca partiría si la mujer que aparecía por sus sueños fuera real…


IV

Espejos que su reflejo no querían tornar,
egoístas, como aquel inaccesible Mundo,
que, lejos, se había llevado a su amado.
Dolor desesperado, lamento profundo,
ella, sola en la casa, no cesa de llorar…

viernes, 25 de marzo de 2011

El cartucho (Reflexiones antes de la Eternidad - IV)

Lo puso de pie sobre la mesa de su salón, como un marcial centinela de los últimos días de su vida. Vigilante e impertérrito, tan distante como el horizonte, tan bruñido como un lejano sol. Tan inquietante como el heraldo de otro mundo.

A veces, con el rabillo del ojo, percibía su movimiento, tan imaginario como los diálogos que mantenía con él. Pero no, seguía impasible, mudo y expectante. Aguardando la misión que le había sido encomendada, y que cumpliría ciegamente. No podía ser de otro modo. Hay cosas que sólo es posible hacer a ciegas…

Una madrugada reparó en una paradoja que se le antojó curiosa… Su fin como persona estaba unido al fin de él. Pero mientras este esperaba sin perder la compostura, contando las motas de polvo que se posaban sobre la mesa, aquel era devorado por el miedo, convirtiendo su lecho en el lúgubre escenario de las pesadillas que le asaltaban. Se levantó de la cama… allí estaba, iluminado por la tenue luz de la luna, como un cantante de éxito en un plató. Como si estuviese disfrutando de las vísperas de su efímero estrellato. Y le dirigió la palabra…

- No tienes motivos para estar tan pagado de ti mismo…

Evidentemente, el cartucho no le respondió. La pólvora siguió tranquilamente alojada en la vaina, y la bala que coronaba el conjunto ni se inmutó por el reproche.

- Sé que me estás oyendo. Te consideras muy afortunado porque ya tienes un blanco sobre el que impactar. Pero no es mérito tuyo, ¿sabes?, en todo caso de aquellos que me han empujado a elegirte para ponerte en la recámara de una pistola antes de apuntar contra mi sien. En realidad no eres nada.

El cartucho continuó en su inconmovible inmovilidad. Erguido e inalterable, bien parecía que se podría estremecer toda la faz de la Tierra antes de que cayese y rodase por la lisa superficie del mueble.

- Vale más morir maldito que una vida de lacayo descerebrado como la tuya…

No espero contestación, le dio la espalda y se encaminó nuevamente a la cama. No hay nada como desahogarse para dormir mejor, y cantar las verdades al lucero del alba personificado en un triste cartucho, cuyo único momento de gloria sería atravesar de parte a parte la frente de un suicida, destrozando todos los lacerantes recuerdos y vivencias que le habían llevado hasta esa decisión. Muchos suicidas no lo serían si pudiesen sacar de sí mismos, para golpear y agredir, aquello que les hace insoportable vivir.

Otro día tuvo la sensación de que era como un billete de avión. Un salvoconducto a un lugar tan remoto que sería imposible regresar. Un viaje a ninguna parte en el que cualquier equipaje, empezando por los propios recuerdos, tendría que quedarse aquí. La idea le regocijó al principio, luego advirtió de que también echaría de menos las infinitas imágenes y experiencias que tanto había disfrutado. Ninguna vida es tan mala o corta como para no salvar algo, que se lleva en lo más profundo del alma, como una maravillosa bacía de oro que portamos en nuestras manos mientras pasamos por este valle de lágrimas… para restañarlas y recogerlas a medida que las vamos derramando.

- Hoy no será, ¿me escuchas? – Le espetó con rabia - Así que puedes relucir lo que quieras porque es lo único que harás. Y cuando te utilice no serás más que una vaina renegrida y humeante… una bala manchada de sangre, y perdida Dios sabe donde. Triste existencia la tuya, en la que tu logro se cifra en acabar con una vida y terminar desmembrado.

Al fin y al cabo ese era el Destino de muchas personas también. El cartucho se hubiera encogido de hombros si los hubiera tenido. Pero no los tenía, como tampoco entendimiento, por lo que permaneció imperturbable, dejando que la luz del sol y de la luna, consecutivamente, hiciesen brillar su dorado rostro de metal.

Y llegó la jornada elegida. Agarró el cartucho con displicencia. Se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. Condujo hasta un acantilado, donde se podía contemplar el inabarcable océano. Era un buen sitio para morir. Se colocó unos auriculares en los oídos. Había escogido una canción, una de sus favoritas, cuando era más joven decía bromeando que “no le importaría morir escuchándola”. Una premonición acaso. Sí, era una buena canción para morir. Buscó el cartucho en la chaqueta y lo colocó de pie en lo alto de una piedra. Supuso que el viento podría derribarlo sin esfuerzo, pero increíblemente, el cartucho soportaba estoicamente el arreciar del aire, como si su cometido estuviese por encima de los efectos del meteoro, y este no pudiese tocarle.

- ¿Crees que te prefiero a la Vida? Pues no te ufanes, porque no era vida lo que yo tenía, sino un castigo impuesto por otros que viven muy bien a costa del sufrimiento ajeno.

Pero el cartucho insistió en su contenida actitud y no varió su reiterada ausencia de argumentos, hecho este largamente observado en multitud de objetos, ya sean estos animados o inanimados.

Extrajo una pistola automática del bolsillo, desmontó el cargador, colocó el único cartucho (no necesitaría más) en ello, volvió a insertarlo en la empuñadura, quitó el seguro y montó el arma para que la recámara recibiese el cartucho… Se llevó el cañón a la sien derecha, sólo había que apretar el gatillo para cruzar el umbral del Infinito y dejarlo todo atrás…


Fue entonces cuando el dulce semblante de ella le sonrió. Se acercó a él, le quitó el arma suavemente y le besó en los labios. Luego apuntó con la pistola al firmamento y disparó…

La vaina salió despedida al suelo, pero la bala ascendió, ascendió y ascendió hasta fundirse con la deslumbrante luz de ese sol que tanto lo había acariciado con su calor cuando estaba sobre la mesa… Y si pudo pensar, pensaría que ninguna bala había disfrutado de tan hermoso galardón.

Él razonó, solamente, que mientras la Vida sea la promesa de una esperanza, es mejor esperar despierto el crepúsculo antes que permitir que las tinieblas nos engullan. Cogió la mano de ella y ambos miraron el mar que se abría a sus pies...