miércoles, 5 de junio de 2024

Los sueños, ¿sueños son? - II

(Cuento extraído de "Los Sueños, ¿sueños son?", disponible gratuitamente previa solicitud a través del formulario de contacto de este blog.)


II

¿Qué piensa una llama durante su incandescente y efímera existencia? ¿Qué siente en su dinámica inmovilidad? ¿Se trata de comer cera, desprender calor y luz, y ya está? Las llamas, cuando se apagan, ¿tienen su cielo particular?

Y, Marien se plantea a menudo, yendo más allá...

¿Adónde va todo lo que existió, en algún momento, y ya no está? ¿Adónde se esconden las frases dichas? ¿Adónde se ocultan para siempre los sueños? ¿Acaso dónde se pierden las lágrimas vertidas? O, aun peor, ¿junto con las que nunca afloraron?

 

 

Dicen que los córvidos son la élite cognitiva de las aves. Quizás por este motivo, Poe escogió un cuervo para recordarnos que, tras el umbral de la muerte, nos sorprenderá un “nunca más”; aunque, realmente, ese “nunca más” nos va asaltando un día y otro, hasta que nos vamos para no volver... nunca más.

“Floro”. Ese fue el nombre con que bauticé al cuervo con el que haríamos el experimento. Su aspecto no tenía ninguna característica especial. Era de un color negro brillante, de movimientos vivarachos, con clara tendencia a la glotonería y, a causa de ello, una inusitada afición a las miguitas de pan mojadas en cacao.

Lo que pretendíamos era muy sencillo: Que cada vez que Floro sintiese hambre, bien por presentar esa sensación, o bien por ser un glotón (como ya he dicho); intentase componer con unas fichas alfabéticas la palabra “hambre”. En función de lo que se acercase al éxito  formando dicha palabra, se le premiaba proporcionalmente con un miguitas más o menos grandes, y más o menos empapadas en chocolate, según un baremo que nuestro equipo de investigadores había establecido previamente.

Suponíamos que el estudio llevaría su tiempo, incluso presumíamos que tendríamos que usar varias generaciones de “Floros” dada la excepcional complejidad del experimento, pero el semblante del pájaro seguía tan inexpresivo como si el reto que le estábamos proponiendo (cosas del protocolo para que los crecientemente poderosos grupos de presión ecologista no nos lapidasen), fuese que edificase ex novo el acueducto de Segovia, como si el asunto no fuese con él, lo que no es de extrañar ya que era imposible que comprendiese una sola palabra de nuestras disquisiciones o de los imperativos legales que teníamos que atender.

 

Así que pusimos delante del animal varias series alfabéticas con letras repetidas, y desordenadas adrede, sin distinción entre ellas aparte de la propia del carácter que presentaba, al alcance de su vista y de su pico; y protegido por un cristalera, un cuenco con miguitas de diversos tamaños mojadas en cacao. Por razón del procedimiento antes mencionado y con la esperanza de que nadie nos viese hablándole a un cuervo, le explicamos a Floro que si quería la miguita con cacao, tendría que formar la palabra “hambre” con las fichas, deletreándole cuidadosamente el término y mostrándole cómo se hacía como control del experimento y verificar su grado intelectivo... De ese modo, yo mismo hice lo propio...

 

H

A

M

B

R

E

 

 

Floro inclinaba la cabecita entre interesado y desdeñoso, como diciendo ”estos humanos son unos pelmazos”. Acto seguido, recogí las seis letras y las mezclé con el resto de sus alfabéticas hermanas.

Si el pájaro hubiera tenido hombros los habría encogido. Se acercó a la cristalera que guardaba las miguitas como sopesando la recompensa, luego anduvo hasta el objetivo del vídeo que estaba grabando sobre la mesa, miró en su interior como si de un espejo se tratase y fuera preciso atusarse para la posteridad en un alarde de animal coqueteo. Lanzó un seco graznido y se dirigió al montón de letras, moviendo unas y otras como si fuera un obrero de la Construcción en busca de un determinado ladrillo. Y, sin orden, empezó a componer, ante nuestro asombro, una palabra...

 

F

Z

N

D

B

E

 

Hace años existió un juego de mesa que estuvo muy de moda, denominado “Master Mind”, similar, salvando las distancias, a lo que estábamos practicando con Floro, sólo que aquel reflejaba los aciertos mediante un código de colores. Ciertamente, en este experimento, el ave se enfrentaba a un desafío mayor.

Le comentamos a Floro, muy solemnemente, que había acertado con el número de letras, pero que sólo dos eran correctas; y de ellas, una estaba en su ubicación adecuada pero la otra no. Despacito, cogí las fichas ante la impertérrita figura del cuervo, abstraído en su búsqueda del camino correcto a la suculenta miguita de cacao; las revolví y nuevamente compuse la palabra...

 

H

A

M

B

R

E

 

Floro observó, aleteó un par de veces impaciente como si se hubiera percatado de un detalle esencial y se inclinó ante mis manos mientras recogía las letras (quizás para asegurarse de que no le hacía trampas), para mezclarlas concienzudamente con las restantes e iniciar el ejercicio número dos.

 

El pájaro dio dos saltos alrededor del montón de fichas, como si fuera un indio ensayando su danza de la lluvia (puede que de una lluvia de miguitas de pan mojadas en cacao, en todo caso), y comenzó su selección, una a una, ordenadamente, de izquierda a derecha, tal como yo le había mostrado las dos ocasiones anteriores...

 

H

A

M

B

R

E

 

Estábamos alucinando. Increíble. Lo había clavado, como dicen los jóvenes ahora, en el segundo ejercicio que le planteábamos, tras ires y venires con fichas en el pico, dando vueltas a las letras como si se divirtiese jugando al tiovivo con ellas pero con decisión, para que estuviesen perfectas para su lectura. A continuación, muy dignamente, como un soldado presentando armas en un desfile, se puso junto a la cristalera que albergaba su premio, mirando consecutivamente a las migas y a mi persona, con aire de suficiencia. Como es de ley, le concedimos su galardón, que disfrutó con fruición mientras los investigadores nos enzarzábamos en un interminable debate en el que sólo faltó la intervención de Floro, y con el que terminamos la jornada. Floro regresó a su jaula, con aspecto de estar pasándolo estupendamente, y las migas con cacao, a su fuente, sin cristal que ejerciese de centinela. Todo quedó a oscuras y en soledad.

 

 

El desaguisado era tremendo. Las migas con chocolate habían desertado sin dejar rastro, como si se hubieran fugado románticamente; la fuente que las contenía estaba volcado tal que un siniestro provocado por un ebrio conductor, mientras Floro se hallaba en su jaula, con visibles signos de un monumental empacho.

Y sobre la mesa, con las fichas, una frase...

 

Y

O

 

N

O

 

H

E

 

S

I

D

O

 

Sí, Poe se habría espantado también.

 

 

Y Marien despierta...



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Los sueños, ¿sueños son? © 2024 by Angel Nevernet-Lancaster is licensed under CC BY-NC-ND 4.0   

Los sueños, ¿sueños son? © 2024 by Angel Nevernet-Lancaster is licensed under Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International. To view a copy of this license, visit http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/

sábado, 2 de diciembre de 2023

El reloj

A Emilio le gustan las antigüedades. Cuando vio ese viejo reloj en el escaparate de la tienda de un anticuario no lo dudó; aunque empezó a escocerle la cartera al percatarse del precio que colgaba de una especie de amarillenta etiqueta.

Aun así, se armó de valor y entró en el establecimiento impelido por una profunda e inexplicable atracción. “Preguntar es gratis”, se dijo, “lo malo es que se me pondrán los dientes largos”. El dependiente andaba de un lado a otro, intentando hablar por teléfono, uno de esos inalámbricos que tanta fascinación cosecharon a principios de la década de los noventa del siglo XX. Emilio lo agradeció secretamente, de ese modo podría curiosear a su antojo en ese inopinado paraíso para los que son como él, que no le hacen ascos al polvo depositado en el lecho del Tiempo que forman esa clase de objetos, antes al contrario: Esa falta de remilgos es la patente prueba de su devoción.

Un aparador, muy de moda en las casas de la primera mitad del siglo XX, hasta que radios y televisores lo enviaron al desván del olvido, que es donde se guardan los objetos previamente a su definitiva desaparición de la memoria; excepto para los muy viejos, los eruditos o excéntricos, como él mismo. Sí, rotundamente, estaba como crío en tiempo de recreo. Esos interminables recreos de hace media centuria, en los que los chavales disputaban la final de la Copa de Europa, o en el que un Harry Rule en pantalones cortos no daba cuartel en su lucha contra el crimen; en los que descubría maravillado, por ilustrados libros, que existió todo antes de que le trajeran al mundo, de mala manera y sin consultarle... Eso sí, con sabor a pan con chocolate, o endulzado con azúcar glasé, como el “dónut”, recién llegado en los años sesenta. Que alguien antiguo se pasee entre antigüedades es lo natural. Que un anticuario lo haga, con un inalámbrico en la oreja, aparentemente mudo por el contradictorio silencio de quien se hallaba al habla mientras sorteaba un sillón estilo “imperio”, o un escritorio “art decó”, resultaba anacrónicamente herético en esa silente fe que profesaba Emilio por un mobiliario que ya ni aparecía en los recuerdos de las personas que lo poseyeron, porque lo más probable es que ya estuviesen muertos.

El reloj. Este era el motivo para haber cruzado el umbral de la tienda. Lo observó con detenimiento, casi con deleite. Se trataba de un reloj de carrillón, o carillón, de unos dos metros de alto, con la esfera dorada y negros números romanos, todo sobre arabescos geométricos que pretendían asemejarse a tallos de plantas, casi constrictoras por el modo en que abrazaban la circunferencia que adornaban. Abajo, el inerte péndulo dentro de su vitrina, que se abriría con su puertecita acristalada y su cerradura como boquiabierto centinela para los restos; y todo sostenido por una peana de madera finamente labrada, del mismo color nogal que el conjunto. Recordó el majestuoso monolito de la película “2001: Una odisea del espacio”, de esa época en que todos los niños anhelaban ser astronautas, hasta que se perdieron para siempre en el cuántico laberinto de la pubertad, un poco como le pasó al protagonista del filme. Regresando a la realidad, la odisea sería colocarlo en su reducida vivienda...

No podía apartar la mirada del carillón, con su inmóvil péndulo colgando sobre el espacio vacío del transparente armarito, como un Lázaro sin vida aguardando al Salvador para ser resucitado; la madera tan primorosamente labrada, todo el reloj parecía uno de esos míticos gigantes de un pasado antediluviano. A Emilio le sobrevino un escalofrío, se dio cuenta del frío que reinaba en el local: Acaso la Eternidad no sea otra cosa que un gigantesco y congelado reloj detenido, indeciso, entre un segundo que fue y otro que no llegará, pendiendo en una durmiente nada hasta el Fin de los Días. (...)


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El Reloj © 2023 by Angel Nevernet-Lancaster is licensed under Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International  

martes, 7 de noviembre de 2023

Tiempo de gritar

Autores: Jesús Nevernet y Angel Nevernet

Los mecanismos que hacen funcionar a la mente esconden arcanos anclados en lo más profundo de nuestro ser, aunque pertenezcan a lo cotidiano. Desentrañarlos es mi trabajo. A menudo sin éxito, frecuentemente logro sacarlos a la luz para tratarlos y corregirlos: El bienestar del paciente manda, lo malo es que la vida es un ejercicio inmisericorde que deja secuelas y malos recuerdos para que, al final, ninguno, nadie, salgamos vivos de ella.

 

Me llamo Salvador Serafín y soy psicólogo. Intentaré narrar los sucesos que me han acaecido de forma ordenada y sin perder detalle entre los renglones que vaya redactando, que no deseo que se conviertan en una tela de araña que atrapen los fragmentos de esta historia y la hagan ininteligible; tela de araña, por otra parte, de la que he escapado a fuerza de tesón con la ayuda del Señor.

 

 

Nunca pensé que el cívico comportamiento de separar la basura me salvaría la vida. Ese día sólo tenía que desechar plásticos, y su contenedor estaba detrás del correspondiente al papel y otro del vidrio, cuando de repente una explosión dejó mi vehículo convertido en una bola de fuego. Jamás había recibido ninguna amenaza. Pasado el tiempo de estupor (ignoro cuánto, acaso por esa pintoresca relatividad que afecta en momentos cruciales), procedo a recordar las personas que he conocido en los últimos meses. Ser psicólogo y muy aficionado al Séptimo Arte suelen ir de la mano.

 

Las personas de mi entorno dicen que soy como el personaje que encarnaba Pierce Brosnan en una serie de televisión de los años 80. "Remington Steele" se llamaba. Él afirmaba que cada caso que investigaba le sugería el argumento de alguna película. Debe ser por mi carácter fóbico y la necesidad de tener todo controlado, por lo que la imagen de Bruce Willis en "El sexto sentido" apareció con fuerza en mi mente. Algún paciente que no se ha sentido bien tratado, quizás... Ante una situación tan dramática, puede parecer grotesco que me acuerde de películas; y así debió de parecerle al policía que, poco amante del Cine, me hacía preguntas escasamente relacionadas con estas mis fantasías, pero más cercanas a la realidad.

 

- Un artefacto explosivo de estas características no es accesible para cualquiera, caballero. Usted tiene enemigos muy poderosos...

- Pero si yo sólo soy un psicólogo… - Le dije, y como prueba de que no comprendía la gravedad de los hechos, vino a mi memoria la canción de los Moody Blues (del que fui fervoroso fan durante mi adolescencia), «Sólo soy un cantante (en un grupo de Rock & Roll)». Las asociaciones mentales que vivía eran ilógicas por la tensión…

- Aparte de su trabajo, ¿pertenece usted a algún partido político, organización, y/o tiene aficiones diferentes?

- No, no, en absoluto, nada de eso... Escribo artículos en revistas especializadas, ensayos de andar por casa, análisis de películas desde un enfoque psicoanalítico... Pero no he publicado nada fuera de mi ámbito profesional…

- ¡Ah!, interesante… Y eso, ¿en qué consiste? - Inquirió con gesto severo.

- Pues son reflexiones y observaciones sobre la conducta humana…

- ¿Nada más que eso?

- Soy un «vicioso» de la Natación … Estoy casado y tengo dos hijas, una mastín…

- Eso ya lo sabemos… Por cierto, ¿es un vicio la Natación?

- Solamente es una forma de hablar... 

Definitivamente estaba muy afectado aunque yo no lo percibiese de ese modo en esos instantes.

 

 

Los gestos de incredulidad de los policías eran notorios. Seguro que pensaban que les ocultaba algo. Y es posible que una vida tan simple como la mía, levante sospechas en estos desasosegados tiempos.

 

Los agentes de la autoridad debieron de aburrirse bastante durante el tiempo que me tuvieron retenido (que no “detenido”), haciendo indagaciones y pesquisas acerca de mi humilde persona. Lo más irritante es que me sentía incriminado por el tono en que me hablaban, y también por la naturaleza de sus preguntas. Me habían volado el coche y se permitían cuestionar mi vida entera mientras entraban y salían en la pequeña sala con una ventana acristalada oscura. «Me estarán observando», pensé con temor, «como el insecto que es examinado tras ser capturado en un vaso». Volvió a entrar otro policía. «Este es nuevo», me dije, y tras armarme de valor, le solté…


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Tiempo de Gritar © 2023 by Jesús Nevernet y Angel Nevernet is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 

miércoles, 6 de abril de 2022

El Umbral del Infinito (publicado como E-book en 2013)

 “(…) En los días que precederán al Último

los vivos no sabrán que lo están

y los difuntos olvidarán que lo son(...)”

“De Postremi Diluculi”. Tenebrarum Códex


CAPÍTULO I

En un despacho del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire), cerca de Ginebra (Suiza). Una mañana de algún futuro cercano…

- Llevo casi 50 años investigando, entregado a la Ciencia y ahora me pide que acepte unas conjeturas, una serie de hechos aislados y que los relacione con un ensayo fallido. ¿Cómo cree que debo ponerme? Según las Matemáticas sería posible que me encuentre a Napoleón charlando con mi lavadora cuando llegue a casa, pero “eso” no va a ocurrir…
- Que ocurra lo que estamos describiendo no es una posibilidad, sino una certeza. El ensayo D/69522 fue un absoluto fracaso, por el accidente y porque no arrojó los resultados que pretendíamos recabar, pero algo pasó, y eso no es simplemente explicable por un suceso transitorio de histeria colectiva. Causa y efecto, doctor Mittelsbach, si lleva casi 50 años entregado a la experimentación científica, no debería dar la espalda a unos sucesos simplemente porque no “es posible que sean”.

Mittelsbach era un anciano de casi 70 años. Por delante de sus ojos habían pasado las investigaciones más trascendentes de la Física, y él mismo se consideraba un oscuro sacerdote de esa fe. Viudo, entre sus colegas circulaba el dudoso chiste de que su mujer había fallecido por “aburrimiento”. Habían tenido dos hijos con los que hablaba de vez en cuando. Ya eran adultos y tenían sus propias familias por lo que, cuando perdió a su esposa, se sumergió por completo en las instalaciones del CERN. Toda su vida convencido de que los pilares de la materia eran sólidos y ahora venía un matemático del departamento que dirigía, recién doctorado además, para ponerle todo el Universo patas arriba, basándose en unos recortes de periódicos, enlaces de Internet y una procesión de ecuaciones y cálculos. La verdad es que las Matemáticas siempre le habían parecido un boquete en la Ciencia: decían que las mayores bobadas podían ser posibles “matemáticamente” para luego parapetarse tras los números que escupían sus teorías, sin atreverse a demostrarlas en un laboratorio y con instrumentos que pudieran realizar las mediciones objetivas y precisas que fueran pertinentes. Una tomadura de pelo.

- Mire, doctor Montagno, vivimos una época convulsa. La gente está perdida, y basta lo mínimo, cualquier señal, por pequeña que sea, para que se desencadene una alucinación colectiva. Le recuerdo que Orson Welles, con una simple representación por radio, sacó de sus casas a los ciudadanos de los Estados Unidos porque creían “realmente” que eran invadidos por alienígenas. Con todo lo que está pasando, esto que me cuenta es lo menos malo. No puedo dar crédito a que unos hechos inconexos estén vinculados entre sí y mucho menos que tengan su origen en un ensayo fallido. Por lo demás, no debemos monopolizar esta reunión reduciendo al resto de los congregados a meros convidados de piedra, entre otras cosas porque hay otros ensayos que tratar y este ha sido un fracaso.
- Entonces, ¿eso es todo para usted?
- Siempre puede recurrir a Freud…

La burla indignó a Montagno.

- Freud murió en 1939, como bien sabe…

El viejo físico remató…

- Seguro que “matemáticamente” hay algún modo de que se tome un café con usted, máxime si es cierto lo que afirma que ha empezado a suceder…

Montagno salió del despacho, humillado. Volvía a toparse con lo que llamaba el “oscurantismo científico”. El mismo fanatismo calvinista con que se ejecutó a Servet en esa misma ciudad. Gente así es la que altera los experimentos cuando se les observa, según los postulados de la Física Cuántica...

Domenico Montagno estaba en la mitad de los treinta. Considerado un matemático prometedor, formaba parte del equipo que trabajaba a las órdenes de Françoise Mittelsbach, desde hacía un año, en las dependencias del LHC, el acelerador de partículas más grande de Europa. Su labor consistía en analizar los resultados de las colisiones de haces de hadrones (gluones, protones y neutrones, partículas subatómicas, en definitiva) y elaborar complicadas fórmulas que explicasen el “Big Bang” o la mecánica cuántica. Esto le suponía un problema a la hora de relacionarse con mujeres. Se olvidaba de que la inmensa mayoría de las personas se perdían en la segunda frase de la descripción de su actividad y reiteradamente cometía el error de ponerse a hablar de sus observaciones como si fueran colegas. Y las que eran sus colegas no le interesaban. Así que el entusiasmo que despertaba su perfil clásico, de cónsul romano, se disipaba en instantes, por lo que decidió prescindir de sus “argumentos” profesionales como tema de conversación. Enseguida cosechó una merecida fama de mujeriego sin desatender sus investigaciones.

Sus investigaciones. El ensayo D/69522 fue un contratiempo muy serio. Ninguna de sus conclusiones era la concebida y además dejó el acelerador con una seria avería que no trascendió para evitar el escándalo. Todo quedó registrado... y oculto bajo el manto de la burocracia científica que consideró las alteraciones como “un cúmulo de errores”. Varios operarios acabaron en el hospital, pero los heridos no fueron los peor parados. Hubo dos que no salieron nunca de la sala de Psiquiatría: percibieron algo que no se transcribió en informe alguno y nadie, aparte de un reducido número de personas, logró hablar con ellos. A menudo el establishment de la Ciencia se comporta como un estado totalitario. Si estás de acuerdo, “eres”. Si no, te espera el ostracismo más absoluto porque dejarás de “ser” y te mandarán al gulag del descrédito. Nadie publicará nada tuyo, y por supuesto, nadie tomará como referencia tus estudios. Una variante “cuántica” de una realidad paralela en la que todos los colegas se comportarán como si nunca hubieses existido. Tanta cautela que agarrota a los investigadores bajo una apariencia de prudencia. Pero no es más que terror a perder subvenciones, patrocinadores, colaboradores, prestigio... La complicada vida del científico. “Vida”, por llamarlo de algún modo.

Vida y muerte. Domenico Montagno no sabía lo que estaba sucediendo, pero los hechos eran tercos. Y todo comenzó tras el ensayo D/69522. El día en que la materia crujió y el lienzo sobre el que transcurre la realidad se rasgó irremediablemente. Todo se inició casi inmediatamente. Innumerables llamadas a la policía porque la gente que vivía en casas antiguas tenían huéspedes que no deseaban. Sus antiguos moradores, muertos años ha, décadas, incluso siglos antes, venían a turbar la paz de sus inquilinos actuales porque pretendían continuar sus “existencias” en el punto donde se interrumpieron. Viudos que se habían vuelto a casar recibían los reproches de sus difuntos cónyuges, y asesinados que se acercaban a las vistas donde se enjuiciaba a sus asesinos para prestar declaración... y personas que desaparecían sin dejar más rastro que su recuerdo en algunos familiares ante el estupor de los demás que decían no recordar nada de ellos.

Parecía que la sociedad entera se venía abajo. Los medios de comunicación intentaron silenciarlo, pero Internet era un clamor. La comunidad científica se afanaba en explicarlo como un episodio de psicosis colectiva. Sólo que en esta ocasión no eran fotografías borrosas, difuminadas de presuntos fantasmas, o grabaciones balbuceantes y chillonas. Ahora había personajes tan palpables como los que estaban vivos, reclamando sus casas y sus propiedades cada vez que salían de la nada para espanto de los que les habían despedido en un funeral.


El doctor Montagno había recibido la consigna de guardar silencio. El espíritu corporativo no dejaba margen alguno a la indiscreción. Pero si sus cálculos eran correctos, esta situación sólo era el principio de un cataclismo dimensional inconmensurable. Como Einstein aún no se había manifestado, decidió hablar con alguien de su entera confianza. Alguien que pudiese aportar una perspectiva distinta a todo este asunto, cuyo fragor crecía por días. Con ese objetivo viajó a Roma. Y lo haría con los datos precisos que estaban censurados.

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martes, 29 de marzo de 2022

El espejo de los Montgómery

CAPÍTULO I

Mario Herrier es un reputado arqueólogo con más de veinte años de imposibles búsquedas e investigaciones a sus espaldas, y con más cicatrices de las que le gustaría confesar sobre la piel de su conciencia.

A diferencia de sus colegas, don Mario prefiere el trabajo de campo a la sesuda inmersión en un museo o en una biblioteca, que respeta y mucho, sin embargo, a él le agrada respirar la tierra y sudar la lluvia para sentir así, como suele decir “el latido de los que han sido”.

Mario sintió la vocación, y la devoción (¿por qué no decirlo?), de la Historia, que es como una suerte de extraña religión con santos muy alejados de la Santidad por ser sólo hombres; cuando se asomaba a su remota adolescencia, ese ignoto y nebuloso territorio sin demarcar que nos centrifuga inmisericorde desde los doce años hasta una edad sin determinar, según quién, porque hay elementos que siguen disfrutando de esa época hasta su muerte a provectas edades.

Mario recordaba esa tarde noche de un otoño agotándose en diciembre, con el frío que hería sus mejillas, y con la humedad que se enseñoreaba del ambiente mientras que una euforia incontenible inundaba su joven corazón tras haber visto una película en la que el héroe, arrostrando mil contrariedades y adversidades, lograba sobreponerse a todo y a todos, para arañar y rasgar el velo que escondía un episodio trascendental de la Historia de la Humanidad. Sí, hacía siglos de eso, pero ese mismo corazón, ya el de un hombre despidiéndose de su juventud, palpitaba y daba un brinco en el pecho cuando le llegaba o descubría un indicio de algo que le metiese en una arriesgada aventura, tal como ese héroe que le deslumbró en su pubertad.

Fue la mañana de un jueves, al salir de una aburrida reunión con un grupo de posibles inversores que allegasen fondos para encontrar la prueba de que, acaso, sólo acaso, hubiese existido otra Humanidad antes que la actual. Su intuición de investigador no arrojaba conclusiones halagüeñas sobre el resultado de dicha reunión. El escepticismo siempre aletea ruidosamente sobre quienes defienden posturas poco, o nada, heterodoxas; ello sin olvidar que el dinero y quienes lo usan son cobardones por naturaleza.

Pero Mario detestaba ser pesimista. “Eso”, decía con frecuencia, “es de perdedores”.

Abandonó el edificio por la puerta principal mientras se ajustaba la corbata y la chaqueta, se despidió de su colaborador rehusando su invitación para tomar un café, y se dispuso a dar un paseo que le ayudase a aclarar sus ideas bajo un plúmbeo cielo gris que amenazaba lluvia en breve.

- Buenos días, perdone que le moleste, ¿es usted el doctor Herrier?... Es usted, ¿verdad?

Mario bajó de bruces a la realidad. Quien le abordaba era una mujer muy guapa, de unos treinta y pico, arreglada y bien vestida, lo que denotaba un gran respeto por sí misma, lo que irradiaba desde sus grandes ojos claros.

- Hmmm – Dudó antes de responder. – Sí, soy yo… ¿Nos conocemos?

- No – Repuso la aún desconocida. – Perdone que le moleste con tan poca consideración. – Insistió. - ¿Sería tan amable de dedicarme cinco minutos?

- Cinco minutos no es mucho – Mario procuro analizar a su interlocutora. – Si me dice como se llama, tiene esos cinco minutos.

- Disculpe – Volvió a excusarse. – Mi nombre es Celeste Montgómery y deseaba contarle algo acerca de un objeto único que poseía mi familia y…

El arqueólogo interrumpió su atropellada explicación.

- Cálmese, no voy a cronometrar su “exposición” – Celeste sonrió. – Ese apellido… ¿Es usted francesa?

- No. – Contestó la mujer. – Pero mi padre sí lo era. – Una sombra de tristeza intentó nublar su mirada. – Soy española.

- Bueno, eso nos pasa a muchos, afortunadamente. – Mario intentó bromear para espantar ese pesar que acechaba. – Siento lo de su señor padre… Permítame invitarla a tomar algo y me cuenta lo que parece ser un… ¿misterio?

Celeste asintió esbozando la mejor de sus sonrisas, que iluminó su rostro. “Sí”, pensó Mario, “decididamente es una mujer muy guapa. Quizás sea un día de suerte. O no…”

Los aledaños de la madrileña Puerta del Sol no andan escasos de establecimientos relacionados con el sector de la Restauración, por lo que no tardaron en hallar una cafetería. Una vez sentados alrededor de una mesa, uno frente a otro, como si fueran dos ejércitos en orden de batalla, Mario tomó la iniciativa de tal metafórico combate, y tras pedir sendos cafés, le dijo…

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miércoles, 16 de marzo de 2022

Hola, guapo


Todo acaeció en el tórrido agosto de 202… Guarrespolén es un pueblo escondido entre las últimas montañas que velan el Océano Atlántico a los impresionables ojos de quienes gustan de creer que viven en la mejor de las realidades posibles; en ese norte español que siempre parece despertarse en el sueño más disparatado, quizás concebido por Valle-Inclán, por Borges o por Bécquer que, para esto de las pesadillas, los autores del norte nacen donde les viene a dar en gana.

Un somnoliento conductor, de nombre Juanín, cruzaba la madrugada por la solitaria carretera que atraviesa su término municipal, en su viejo vehículo. El hombre no estaba de vacaciones, ni las esperaba, que en el nuevo y competitivo mercado laboral que habían configurado las preclaras mentes que nunca se habían ganado el pan con el sudor de sus mentes, lo de las vacaciones era un abuso intolerable. Así que, diligente tras su agotadora y breve jornada de doce horas, se dirigía a su cercano domicilio que distaba unos cincuenta kilómetros de la empresa donde colaboraba por un sueldo justo. Muy justito para ir tirando y rezando para que no le viniese ningún imprevisto porque lo de ahorrar era tan hilarante como lo de las vacaciones. 

Iba pensando en sus cosas, en sus miserias cotidianas. En los días que le faltaban para cobrar el salario y tapar algo los huecos de su frigorífico, que parecía un bloque de nichos con los cadáveres en excedencia, que no se diga que la Eternidad no lo permite. O en si sería capaz de estirar el gasóleo de su depósito para no tener que repostar, que las distribuidoras de combustible tenían el detalle de no menguar su precio cuando petróleo baja mientras que son raudos si este incrementa sus cifras, al igual que la voracidad fiscal del Estado, acaso para que el consumidor considerase en su debida medida el coste del magnífico progreso que se disfruta, ya se sabe que no se valora adecuadamente lo que es barato. En todas esas cosas iba cavilando el buen hombre, que ya se encarga quien sea de llenarnos las ideas de basura para que no reparemos en lo Fundamental.

Fue en el punto kilométrico 6,660, justo después de tomar una curva a la izquierda y de que la carretera se enderezase inquieta por salir de la frondosa espesura que engullía inmisericorde casi todo su recorrido. La Luna estaba en cuarto menguante y apenas lograba alumbrar lo suficiente para crear esas dudosas sombras que el Plenilunio proyecta para inducir a la locura, y que tanto conocemos los que hemos estado durmiendo (o intentándolo) al raso, en el monte.

Cambió de marcha para acelerar, llegar a casa cuanto antes ya resultaba acuciante por la fatiga y el sueño que le bufaba furioso, por cobrarse otra víctima, en su cogote. Al principio creyó que se trataba del reflectante impactado por las luces de su coche, de un blanco resplandeciente, luego pensó que el parabrisas le jugaba una mala pasada, acaso por algún gran insecto estampado contra el cristal. Pero no, no era nada de eso. Era la silueta de una persona, de una joven con un largo vestido blanco, quizás de color crudo, de estilo un poco hippie, sin bolso, la escasa brisa movía el vuelo de su ropa con señorial donaire. Iba caminando por el arcén, a la derecha de la carretera, al contrario de lo que prescribe el Código de la Circulación, que nuestros servidores públicos siempre, siempre, siempre, están cuidando el bienestar del ciudadano; y nunca, nunca, nunca se rigen por el afán de sablear su bolsillo, faltaría más, dada la legendaria buena voluntad de nuestros políticos.

Eran las tres y once minutos. Levantó el pie del pedal del acelerador y el vehículo fue perdiendo velocidad hasta llegar a la altura de la chica, que era sumamente sorprendente, por inusual, que una señorita anduviese en soledad por una carretera secundaria tan a deshora y por esos andurriales del Señor. Mientras el coche se iba deteniendo la observó con mayor detalle, no tendría más de veinticinco primaveras, morena de largos cabellos, con proporcionado talle y ese vaporoso vestido que tanto espacio dejaba a la masculina imaginación. Bajó la ventanilla…


- Buenas noches, señorita, ¿necesita ayuda?

- Hola, guapo, - le respondió sonriendo – voy a Miralmés. Me harías un gran favor si me acercas…

- Eso le pilla lejos para ir a pie… Claro que sí, mujer, suba que yo también voy allí, es mi pueblo… - La señorita se subió al vehículo y se sentó en el asiento del copiloto. – No la he visto nunca por aquí, si me permite la indiscreción, ¿está en Guarrespolén de vacaciones?

- Algo así… - Contestó enigmática. – Fue una suerte que pasases y me vieses… - Añadió con el acento propio de la región.

- ¿Cómo no habría de verla? Es usted muy guapa, si no le ofende el cumplido. Es que tiene nuestro acentín, pero no la recuerdo… ¿Tiene familia aquí? ¿Acaso es usted la chica de los “Marciales”?

- No me ofendo, gracias… No sé quiénes son los “Marciales” de los que me hablas... Tienes un coche muy moderno…

 

Pensó que le estaba tomando el pelo y le siguió la broma, al tiempo que enfilaba una larga curva a la derecha.

 

- Mujer, si le quita los treinta años que tiene, sería de ayer mismo.

- ¿Treinta años? No puede ser… No puede ser... – Repitió azorada, para exclamar acto seguido, - ¡Por Dios, ten cuidado con esta curva!

 

Hizo ademán de cogerle el volante con su mano izquierda, tan nívea que jamás había visto nada semejante. El automóvil derrapó y frenó bruscamente en medio de la calzada. Ella ya no estaba.

Puso las luces de emergencia y se apeó apresuradamente, por ver adónde podría haberse escabullido la joven… Pero, ¿cómo lo habría hecho?

Estuvo buscando con la mirada, escudriñando la pétrea oscuridad que le cercaba. Incluso extrajo de su guantera una linternita, siempre la llevaba por si acaso. Gritó varias veces “señorita”, “señorita”, con desesperación por no explicar lo acontecido, sin otra respuesta que la caricia del fresco y huidizo viento que acariciaba el follaje de los árboles.

 

Regresó al interior del vehículo. Miró la hora. Las tres y diez. Era imposible, le había echado un vistazo al recoger a la joven y el reloj digital marcaba las tres y once. Entre las dos consultas horarias había parado, subido la chica y llegado hasta ese punto de la carretera, que ahora se le antojaba el lugar más extraño del planeta, como confirmó el escalofrío que le estremeció, pese al calor apenas mitigado por el aire.

Pasó del estupor al miedo, y del miedo al pánico. Metió primera y arrancó el automóvil aprisa con el corazón latiéndole con tal vigor que creía que le iban a estallar las sienes.

No conseguía explicar lo sucedido, “si es una carretera muy tranquila, sólo la cogemos los cuatro que salimos de Miralmés para ir a Ventarán”. Se convenció para acudir al puesto de la Guardia Civil más próximo, que estaba en el pueblo anterior a Miralmés siguiendo por ese mismo camino. Así lo hizo, golpeó la puerta con el viejo aldabón y, tras unos largos instantes, le abrió un agente de la Benemérita…

 

- Buenas noches, ¿en qué podemos ayudarle? – Le inquirió un agente con cara de sueño y malas pulgas a partes iguales.

- Buenas noches, mire usted, es que vengo de Ventarán y en la carretera, a la altura de Guarrespolén, me he encontrado con una chica que andaba por su arcén…

- ¿Y? – Le interrumpió el guardia civil. – No es ilegal pasear a estas horas… - Le aclaró desabridamente el agente.

- No es eso… - Juanín titubeaba nervioso. – Es que la he recogido en mi coche porque iba a Miralmés también y… pues que ha desaparecido. Que estuvo y luego ya no estaba.

 

El agente, que era nuevo en la comarca, le miró de hito en hito buscando algún indicio que le confirmase si Juanín estaba de broma o borracho. Le preguntó, con aire de guasa, “¿qué ha bebido? Ande y váyase a la cama que todavía le hago soplar el alcoholímetro…”

 

- Estoy sobrio, señor agente. Nunca bebo alcohol. Traiga el aparato ese si quiere. Le estoy contando la verdad. La chica se esfumó de mi asiento del copiloto cuando veníamos de camino. Se volatilizó, se lo juro por mis hijos.

 

El miembro de la Benemérita resopló con aire de fastidio y le espetó un autoritario “espere aquí” entre dientes. Después de unos minutos, salió un sargento que saludó a Juanín cuando le reconoció…

 

- ¡Hombre!, ¡Juanín!... Pero, ¿qué haces aquí a estas horas?

- Buenas noches, mi sargento- - Juanín aún conservaba vestigios de la disciplina de su lejano Servicio Militar. – Usted me disculpará… Mire, yo quería poner en su conocimiento que, retornando a mi domicilio, recogí a una desconocida rapaza, de unos veinticinco años a lo sumo, y recién pasamos del Claro de Esteban, pues que desapareció de mi coche.

- Juanín… ¿Qué me estás contando? ¿Una historia de aparecidas y xanas?

- Ignoro qué fue, mi sargento, pero que sucedió lo que cuento, que me caiga muerto si no ocurrió así…

- Ya… Y dices que fue una mujer… Mira, Juanín, por tu bien, yo me callaría lo que te ha pasado y lo dejaría correr. Son cosas que pasan a veces, y ya está. Sí, no enredaría con esto porque si tenemos que abrir una investigación, no te va a traer nada bueno…

- Pero, ¿por qué? Si no hice malo…

- A ver Juanín, - el sargento le agarró el brazo paternalmente a pesar de ser más joven que su interlocutor, – dices que has recogido, en tu coche, a una mujer que no conoces y que, según tu testimonio, se ha desvanecido en el aire ante tus ojos. Si enfocamos este asunto con “perspectiva de género”, tal como preconizan nuestros superiores, lo primero que tendríamos que hacer es detenerte y avisar a la capital para que nos envíen personal cualificado para desmontar y examinar tu automóvil en busca de posibles restos. Y tú, detenido, hasta que el señor juez o señora jueza decida qué hacemos contigo.

- ¿Cómo es eso, mi sargento? Si ni siquiera yo comprendo lo sucedido, que miré el reloj del salpicadero cuando montó, y cuando se esfumó marcaba una hora distinta pero anterior. Sólo quiero que me ayuden a explicar lo sucedido…

- Pues Juanín, te ha pasado, ni más ni menos, lo que les pasa a otras gentes que se lo callan por ser prudentes. En esa zona pasan cosas raras, lo sabemos confidencialmente, ¿qué quieres que te diga? Tú lo has visto, sea lo que sea, otros también. Sin embargo, hay que saber cuándo cerrar la boca, y esta es una de esas. Así que vete a dormir, aquí no ha pasado nada por tu bien y punto. Hazme caso, que no eres un crío, y no está la Magdalena para tafetanes…

 

El hombre no insistió ante la velada amenaza de terminar en el calabozo. Retornó a su casa y se acostó, dándole vueltas al tema de cómo puede acabar una persona en la cárcel si no ha hecho nada malo.

 

Al día siguiente se despertó con un importante dolor de cabeza. Telefoneó al trabajo para excusarse por no ir, el jefe le replicó con un chulesco “tú sabrás, pero día que no trabajas, día que no cobras, y recuerda que tengo dónde elegir”, sin preguntarle, siquiera por educación, sobre la causa de su absentismo.

Tenía la intención de guardar cama para estar mejor al día siguiente. Le llamaron por el móvil impidiéndoselo. “Oye, que el alcalde te está poniendo verde porque, según él, eres un acosador y un maltratador.”

 

- Caramba, ¿qué bobada es esa? – Acertó a decir el asombrado Juanín. – ¿A cuento de qué?

- Pues porque resulta que su sobrino estaba ayer en el cuartelillo de la Guardia Civil y escuchó una conversación que mantuviste con el sargento. Le ha ido con el cuento y como va de feminista y demás, pues que imagínate el resto…

- Sí, hablé con el sargento de madrugada por un asunto, pero no es cierto que yo haya acosado o maltratado a mujer alguna… Recogí a una muchacha que iba caminando por la carretera cuando venía de Ventarán, y cuando salíamos del Claro de Esteban se evaporó en el coche…

- Sí, algo de una chica va contando. Yo te creo, amigo mío, - le aclaró su interlocutor, - sin embargo, este va contando lo que te refiero… Ya sabes, como nunca pasa nada, aprovecha para montar un numerito y hacerse el progre…

- ¿Por qué me crees? – Inquirió intrigado Juanín. - ¿sabes tú de algún suceso similar?

- Primero porque te conozco desde que éramos chicos; y segundo, porque en una ocasión mi hermana y mi cuñado vieron a una joven por esa misma zona. Pasaron a su altura y cuando se detuvieron para ver quién era y si necesitaba auxilio… pues que ya no estaba. O sea, que no eres el único que cuenta “cosas” de ese sitio.

 

El amigo se despidió. Juanín no reflexionó mucho. Se vistió y marchó resuelto a hablar con el alcalde y soltarle cuatro frescas en el bar que regentaba, que funcionaba como una especie de Casa Consistorial bis.

 

- Que qué es eso que vas diciendo de mí… - Le abordó sin miramientos desde la puerta del establecimiento. - ¿Cómo te atreves a contar esas patrañas?

- Para, para y tranquilízate que vienes tú con muchos humos, - le replicó fanfarrón el alcalde, consciente de que estaba ante su público, - Cuento la verdad, lo que me ha referido mi sobrino de la capital, que es tan agente de la Autoridad como yo, y lo que decimos nosotros va a misa, bueno, el que vaya a misa, que aquí ya no tenemos ni cura, - se carcajeó ruidosamente con las chanzas añadidas de la parroquia que actuaba como claque del primer edil, - que eres un maltratador, Juanín, y un acosador, que cogiste a la muchacha y como te dio calabazas, dejaste a la pobre rapaza en medio de la noche y de ningún sitio…

- ¡Eso es mentira! – Gritó. - No le hice nada, sólo iba a traerla hasta este pueblo de chismosos…

- Ya, ya… - Interrumpió incrédulo el alcalde. Ahora estamos ante un “Expediente X”… ¡Pobre muchacha! Tienes suerte de que no la encontremos, porque todos los de tu calaña tienen que estar en prisión como perros rabiosos, no tenéis derecho a vivir en una democracia como la que nos hemos dao…

- Me conoces de sobra para saber que yo soy incapaz de hacerle nada de lo que me acusas, no tienes pruebas, sólo me calumnias por razones que no llego a comprender, y lo que conté anoche en la puerta del cuartelillo de la Guardia Civil es la pura y simple verdad de lo sucedido. Tu sobrino, "de la capital", es un correveidile sin conciencia y sin oído; y tú... Tú eres un mierda.


Le echaron del bar con cajas destempladas, dada la condición de sede consistorial alternativa que disfrutaba el bar. Juanín maldecía la hora en que se le ocurrió acudir al puesto de la Benemérita para relatarles lo que, ya no albergaba dudas de lo vivido, era un fenómeno extraordinario, sobrenatural, de personas que quedan atrapadas en algún punto de aquí y de Más Allá, asaltando a atemorizados espectadores, testigos de lo increíble, que solamente son conscientes del prodigio al que asisten cuando ya ha finalizado, cuando les invade la descarnada certeza de que existen cosas y eventos dolorosamente inexplicables. La racional y cartesiana vida que llevamos se obstina en desbancar y silenciar la Trascendencia, siendo como somos un breve paréntesis entre dos misterios: De uno nacemos, el otro nos engullirá inexorablemente.

 

Juanín volvió a pasar la noche siguiente, y las sucesivas, yendo y viniendo por esa carretera, aproximadamente sobre las mismas horas, para dar con ella. Se obsesionó con lo acontecido, incapaz de pasar página y seguir adelante con ese agujero en lo que era lógico dentro de su personal relación de vivencias. Dejó el trabajo, su existencia se redujo a ir y volver de madrugada por ese solitario camino con patológica insistencia y desesperación, todo por demostrar que ella no fue una alucinación, que demostró tener más vida y lozanía que tantas personas que se presumen reales sólo porque deambulan por ahí y nos cruzamos con ellas.

 

Presa de su angustia y afligido en extremo, se dispuso a dar un último trayecto, vencido por el agotamiento, en dirección a su domicilio. Marchaba a gran velocidad y observó algo parecido a un resplandor. Era ella.

 

Frenó a fondo y detuvo el automóvil. Se apeó y fue a su encuentro, estaba frente a la mujer, apenas a un par de metros de la mujer. Le sonrió dulcemente. “No te disgustes, Juanín”, le comentó despreocupada, “no te disgustes porque ellos son los muertos, no nosotros, lo único es que todavía no se han enterado…”

 

Le ofreció su brazo, del que se prendió el hombre. Ahora daban igual los cotilleos a sus espaldas, los arribistas malintencionados y sin escrúpulos. Ella era más real que todo lo que había dejado atrás, que parecía pequeño y sin importancia; esa barahúnda hipócrita, caótica y malvada, sin orden ni concierto, que no duda, una vez tras otra, en arrastrar a la hoguera de su falsa virtud a multitud de inocentes, cuando los que arderán en el infierno son ellos mismos.

 

FIN DE “HOLA, GUAPO”

A.M.G.D.

martes, 29 de mayo de 2018

El Violín

Hay personas que han sido favorecidas, antes de nacer, por la fugaz mirada de Dios. Cuando alguien tiene un don, una cualidad que le distingue del resto de los mortales, es porque logró retener brevemente su Interés para que luego se obrase el prodigio. Como el que este Valle de Lágrimas lo sea menos merced a su obra, una continuación de la Creación en su sentido más amplio.

Cecilia fue una de ellas. Aprendió la escala musical antes que pronunciar “papá” o “mamá” correctamente y pronto decidió que el violín sería el intérprete de sus sentimientos. A la edad en que las muñecas cobran vida por misteriosa magia obrada con infantiles e inocentes manos, su violín sumía en el asombro a todas las cortes europeas, desde la soleada España hasta la inmensa Rusia, haciendo brotar la llama de la emoción en todos los espíritus que tenían la dicha de escucharla y que guardarían recuerdo, como si de un tesoro se tratase, de esa música que arrancaba con su arco a las tensas cuerdas de su violín.

Fue en París, entonces rutilante capital del mundo, orgullosa cabeza de un imperio que ponía y quitaba reyes a su antojo. Iba a celebrar una serie de conciertos, apenas había cumplido veinte primaveras y el mundo entero se postraba a sus pies por hacer más soportable la pesada carga que la vida reserva a sus devotos. En su timidez, nunca dirigía la mirada a la platea… simplemente cerraba los párpados y se dejaba llevar por su privilegiada memoria. Entonces la música que florecía podía ser una mar tempestuosa, una leve brisa, enigmática como luz de luna o resplandeciente como alborada de estío. Pero llegó el día en que no fue así. Nunca supo el porqué. Simplemente descorrió el velo que ocultaba su azul mirada y le vió sentado entre el público. Sintió como el amor alanceaba dulcemente su joven ánimo y en las siguientes jornadas se asomaba disimuladamente desde el telón para comprobar que su desconocido se hallaba aguardándola… Y el júbilo sacudía su alma.

Había finalizado la actuación y estaba sentada frente al espejo de su camerino. Llamaron a la puerta. Despreocupadamente la abrió. Era él… con una espectacular rosa roja en su mano, que le tendió como única presentación, galantemente le dijo…

- Sois pálida rosa
a la que el rubor
hace más hermosa;
y esta pierde color
por ser envidiosa.

El fuego del amor prendió en su pecho y se entregó a su caballero por completo. Compartieron el paso solemne de las horas en su infinito desfile, tejiendo sueños, burlándose de un mundo que se obstina en despeñarse generación tras generación, y desafiándolo, además, con una inquebrantable ilusión por el futuro, que es lo que suele caracterizar a los enamorados, acaso porque únicamente ellos son capaces de sumar tanto arrojo.

Cecilia era como un violín en manos de un virtuoso que sabía como colocar cada nota, cada acorde, para concebir la más bella sinfonía. Sus dedos escribían sobre su lozano cuerpo el testimonio de su deseo, abandonándose a los dulces caprichos que el amor sugiere y obsequia a los que le rinden sumiso homenaje.

Por el compás de su pasión mecida,
sintió sus recios latidos dentro de sí,
cruzando su vientre, sin más medida,
sí, sí, sí, sí, venga con total frenesí.
sí, sí, sí, sin resuello, así, que es así.

De su amado, la esencia embebía
hasta el rincón último de su alma.
Como el sol al cielo, sí, le pertenecía;
como sombra en la noche, la tendría,
como besos en los labios, de su dama.

De ese modo transcurrieron algunos días. Cecilia no se preocupaba ya de mirar antes al patio de butacas porque daba por seguro que su apuesto y amado caballero ocuparía su localidad de siempre. “Siempre” es una palabra que a los amantes les resulta sencillo pronunciar. Mas “siempre” es mucho tiempo y una tarde funesta no le vió en su “sitio”. No quiso preocuparse, “algo le habrá sustraído”, pensó, y desdeñó sus temores entregándose con ardor a su otra pasión, tan parecida a la que sentía cuando su caballero se fundía con ella en lo más íntimo de su ser.

Tampoco apareció al término de la velada, le esperó en su camerino hasta entrada la madrugada, cuando la pesadumbre empezaba a ahogarla y la ansiedad la empujó a la calle con la respiración tan alterada como cuando hacían el amor. No tenía idea del lugar donde podía estar, ni tampoco si le había ocurrido algo malo. La clara luna iluminaba sus pasos con diligencia, cuidando de que no se lastimase el cuerpo sediento de cientos de besos que le faltaban con desesperación. Acudió a hospitales, repitiendo su nombre, describiendo su elegante porte, nadie pudo informarle acerca de él.

Humillada por la consternación de su ausencia, reparó en una distinguida pareja que se apeaba de un primoroso carruaje, unos metros por delante de donde estaba ella. El altar al que había ofrendado su vida había sido profanado por una bella mujer que le miró altanera con despectivo mohín, cogida del brazo que la había estrechado contra su piel como quien luce un codiciado galardón. Él desvió los ojos con cobardía, como había abandonado su lecho, como el soldado que deserta del campo de batalla; como el ofensor que no se presenta al duelo concertado; como si la primavera se asustase por los rigores del invierno. Esa fue la última vez que le contempló. Rompió en inconsolable llanto y corrió al teatro para refugiarse. El paso del tiempo, ajeno a los dramas de los que viven en el mundo, no le concedió tregua. Uno de los operarios le advirtió de que se acercaba el momento de la actuación. Prefirió no preguntarle a la hermosa señorita por la razón de que sus azules ojos tuviesen enrojecido cerco a su alrededor, como si un extraviado ángel se encontrase acorralado por una manada de infernales lobos.

Salió al escenario y comenzó a tocar. El sonido del violín impresionó tanto al auditorio que algunas damas se desmayaron por la belleza de las notas que Cecilia iba desgranando con su arco. Lágrimas afloraban en curtidos soldados, que fingían alguna molestia para disculpar su sensibilidad. Acabó la pieza. Un silencio reverente enmudecía al público, que terminó ovacionando con vehemencia mientras la aclamaba. Entonces percibió que el mundo daba vertiginosas vueltas, a gran velocidad, en una espiral cuyo remolino finalizaba en el luminoso interior de su violín. Cayó desplomada con estrépito.

Había muerto. La enterraron en una solitaria sepultura, aguardando paciente a que el Señor devuelva la carne a su propietaria; sin más compañía que un violín labrado en la piedra y el milagro se culmine cuando la resucitada Cecilia lo coja para que el Paraíso lo sea más aún por escuchar la exquisita música de su violín.

Algún tiempo después, paseando, un caballero fijó su atención en un violín que dormitaba tras el escaparate de una destartalada tienda. Sin saber el motivo, o conociéndolo pero sin hacerle caso, entró en el establecimiento para adquirirlo. Estaba extrañamente barato, y le preguntó por ello al dependiente, un viejo de mirada malévola, que se encogió de hombros mientras le respondía, “tiene un pequeño golpe”, le señaló, “debió de caérsele a alguien. Son frecuentes los ataques cuando se toca un instrumento… por eso tiene un precio más bajo, señor, aunque eso ya lo habrá supuesto alguien como vuestra merced”. El caballero no le prestó demasiada atención, pagó el importe demandado y se lo llevó.

No había caminado mucho, puede que un par de manzanas, y la curiosidad le hizo desandar el recorrido para interesarse, interrogando al comerciante, por lo sucedido al último propietario del instrumento. Su perplejidad fue mayúscula: el local estaba en ruinas cuando hacía escasos minutos él había estado en su interior. Se acercó a una anciana y le preguntó. “Su señoría”, le contestó sarcásticamente, “se ha debido de confundir… ese edificio lleva abandonado y cerrado desde los tiempos del rey Luis Felipe”. No. No podía ser cierto, estaba completamente convencido de que el lugar era correcto. Le dio una moneda y se marchó al tiempo que se había levantado un molesto y furioso viento.

Lo depositó en una estantería de su domicilio. Le resultaba familiar, como las caras de esos desconocidos que, en realidad, no lo son. Tenía la fastidiosa sensación de que le vigilaba, de que estaba pendiente de cada una de sus palabras, de cada uno de sus gestos. Por las noches, aguzando el oído, casi podía escuchar las imperceptibles vibraciones de sus cuerdas, como crujía el brocado de sus cortinas mientras el travieso aire que se colaba por las abiertas ventanas jugueteaba con ellas. En su pedestal estuvo unos días más, desperezándose quizás, porque…

En noche de verano, tormenta desatada,
No puede dormir, no puede, el caballero.
Por una clara centella el violín se ilumina,
como si fuera un deslumbrante coracero
presentando armas en orgullosa parada.

Celeste artillería tronando en el firmamento,
¿tocará el violín, aunque sea por un momento?
Disgustado, cede el caballero a la tentación.
Tomado el arco, ajustada la cuerda, muy tensada,
se quiebra, al vulnerable cuello le hace gran tajada.

La vida perdió quien despreció verdadero amor,
la amó, sí, mas si la rechazó no fue por su honor,
mudó amor por desdén, se vendió, por el dinero
de otra mujer, como saldo… Como mal caballero.