Salió de servicio con el tiempo justo para ir a casa, darse una buena ducha, maquillar su ausencia de sueño y recoger a los niños, en el domicilio de los abuelos, para llevarlos al colegio. Se metió en una cafetería para desayunar en condiciones, aprovechando que el estómago había ido olvidando los detalles de la escena del crimen. Disfrutó del chocolate y de las tostadas, complaciéndose con su sabor y textura. Hacía tiempo que no se permitía deleitarse con algo así, mientras echaba un vistazo al periódico. No había ninguna mención al crimen. “Cuando el horror se convierte en costumbre, este deja de ser noticiable”, pensó. Para inquietarse a continuación con la otra posibilidad: “puede que haya alguien que no quiera que se publicite”, teniendo en cuenta cómo habían sido apartados del caso, un hecho sin precedentes. Después se acercó a la universidad para hablar con ese profesor. Era muy dueña de hacer lo que le apeteciese en su tiempo libre. Incluso continuar una investigación para la que estaba desautorizada. Siempre que no se enterasen quienes no debían de enterarse…
Preguntó a los bedeles adonde podría encontrarle. Había llegado tarde esa mañana. Un asunto personal, sumamente importante e ineludible. Acabaría la clase que estaba impartiendo en unos veinte minutos. “Si quiere, puede esperarle en los bancos que hay a la puerta del aula”, “bien, eso haré si no tienen inconveniente”, les respondió.
El ir y venir de estudiantes con libros y apuntes le trajo a la memoria sus años de facultad. Entre esos recuerdos, uno que le arañó el corazón: conoció en la universidad al que luego fue su marido. Tuvo un largo noviazgo con él… lo dejaron un par de veces para volver a encontrarse, seguros ya de que eran el uno para el otro. “¡Cómo se desperdicia el tiempo cuando se es joven!”, se dijo a sí misma. Tantos días desaprovechados sin saber que la muerte no perdonaría uno tan solo. Ojalá hubiera alguien que se los pudiera devolver, algo parecido a una “prórroga”. Algo que no le dejase partido el corazón y al descubierto la negra oquedad que antes, en días no tan lejanos, había palpitado henchida de vida.
Comenzaron a salir los alumnos del aula. Se levantó pero permaneció junto a la puerta ya que una chica le estaba planteando una duda. El profesor le lanzó una mirada de complicidad, comprendiendo que era la visita que le había dejado un mensaje en el buzón de voz la madrugada anterior. Unos minutos… la alumna se marchó del aula. Él se acercó a la policía tendiéndole la mano…
- La inspectora Pereda, supongo…
- Sí, encantada de conocerle don Angel…
- Lo mismo digo, puede llamarme “Angel”. Ha sido una noche en la que se me han dejado muchos mensajes. Noche inquieta, ¿no?
- Le llamaré “Angel” si usted se refiere a mí por mi nombre de pila. Es “Sonsoles”. Sobre la nochecita, sí, las ha habido mejores, desde luego…
- Tengo un amigo que podría suscribir sus palabras. Nuestro común amigo, el forense, alias “me-enroco-cuando-no-debo” me informó de que le había dado mi móvil. Siente un gran aprecio hacia usted, ¿lo sabe?
- Sí, es tan buena persona como buen médico. Ya me contó algo sobre sus “intercambios” ajedrecísticos…
- Es un pasatiempo más. Jugamos por correo electrónico, le sorprendería ver a que horas me envía sus jugadas, tiene problemas para conciliar el sueño, lógico con las pesadillas que ya tiene que ver en horas de vigilia…
- Sí, lleva razón. Cuando la pesadilla se instala en lo cotidiano es casi imposible pegar ojo, una paradoja.
- Una paradoja o una maldición de la que no podemos escapar. Como si fuéramos peones en un tablero del que es imposible salir, igual que el último escaque donde acabamos, ¿no le parece?... Por favor, tome asiento, si quiere un café, pídamelo, y dígame pues, en que puedo ayudarla…
El profesor le transmitía serenidad con su sutil sentido del humor. Coqueteando con la cuarentena, pelo muy corto, ojos negros, nariz recta y una sonrisa inalterable prendida en los labios. Impecablemente afeitado y perfumado. Elegante y comedido en su atuendo, un traje azul marino contrastando con su piel y su camisa, blanca, inmaculada, y corbata rayada, blancas y azules. Alto como era, su delgadez le hacía parecer más estilizado todavía. Se sentía confiada hablando con él, insólito en una mujer que había hecho de la cautela una de las guías de su existencia.
Le explicó el asesinato, rogándole que fuera discreto ya que determinadas informaciones eran confidenciales. Angel le escuchó con la máxima atención, alguna vez le interrumpió para aclarar un punto. Había cosas que ya sabía, la inspectora pensó que el forense era el causante, en realidad se trataba del ex-militar que ella conoció la tarde anterior en el lugar de los hechos. Le relató todo. Hasta la orden de cesar en la investigación. Por último le alargó la nota en la que escribió el texto en latín, el que estaba subrayado en el libro que misteriosamente se precipitó al vacío cuando se marchaba del escenario del crimen.
Lo tomó con cuidado, como si las palabras pudieran resbalar del papel y caerse. Consultó brevemente un manual de latín que tenía sobre su mesa. Tras unos instantes que le parecieron interminables a Sonsoles, leyó entonando:
- “¡Ay de mí, que me he servido de mujeres para engañar a muchos y yo mismo he venido a ser despreciado por una Virgen! Ahora me veo encadenado y atado con grilletes de fuego por el Hijo de ella y estoy ardiendo de mala manera. ¡Oh, virginidad que me eres siempre contraria! Todavía no han pasado los siete mil años, ¿cómo es que me he visto condenado a confesar las cosas que acabo de decir?”… Es del Evangelio de Bartolomé, uno de los apócrifos. Son palabras del Ángel Caído, dichas a ese apóstol, contando los sucesos que precedieron a la Expulsión de los cielos...
- ¿Por qué, – repuso pensativa – por qué esa obsesión con la Mujer?
- Porque, en contra de lo que comúnmente se cree, la Mujer es la culminación de la Creación. En el Génesis es lo último que crea el Señor para considerar terminada su Labor, y lo hace con la costilla del hombre, para significar que los dos son iguales, de la misma carne. Con una diferencia crucial: la mujer puede gestar y alumbrar una nueva vida, por lo que cabe afirmar que está más cerca del Altísimo en esa faceta. El hombre, en general, es “potentia generandi”, sin su concurso es imposible la concepción, pero la mujer es “potentia creandi”, sin su amor la Maternidad es una entelequia: la suma de ambas es la “potentia Dei”, la potencia de Dios. Y ya en el Nuevo Testamento, por citar un último ejemplo, Jesús es concebido por Obra y Gracia del Espíritu Santo, sin concurso de varón, lo que resalta la importancia, lo fundamental que es la Mujer. ¿Es usted creyente, Sonsoles?
- Supongo que sí… acaso no con la intensidad que debiera…
- Sea indulgente consigo misma… y recuerde las frases “Mujer te doy que no sierva” y la palmaria de “por eso (ella) el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y son los dos una sola carne”, como antes le he referido… Olvídese de discursos despectivos y malentendidos seculares que tan bien sirven a espurios intereses, ya sean feministas o machistas. Está en las Escrituras, la mujer es el baluarte de la familia, el áncora de la Moral y la personificación del amor, doblemente para los hombres, primero por su vinculación materno-filial y luego como sus esposas, en la mayoría de los casos. No es de extrañar que los demonios, sea cual fuere su naturaleza, la hayan convertido en objetivo de sus “misiones”, ¿no cree? La caída de la Mujer arrastraría a la Humanidad entera. Una tragedia de proporciones “bíblicas”…
- Y ¿cuál es el papel del hombre entonces?
- Usted me ha preguntado por la mujer. Nosotros ya tenemos bastante con admirarlas y amarlas…
La inspectora rió de buena gana a causa de la diplomática salida del profesor.
- ¿Quién puede haber sido la asesina? ¿Insinúa que estamos ante un crimen sobrenatural?
- Usted es la policía. Y la Policía se basa en pruebas, testigos, elementos tangibles y objetivos, certezas que no opiniones. Si quiere una, le puedo dar la mía. Pero si busca certezas, junte todos los datos como en un puzzle para tener una perspectiva global y escuche a su intuición…
- Lo que me dice no puede ser posible, Angel.
- ¿Por qué no? ¿Por qué estamos en el siglo XXI y aquí ya no tienen cabida los hechos que asustaban a nuestros abuelos? ¿Han prescrito los fenómenos que no sabemos explicar y que todos, al menos una vez, hemos vivido? Mire, no hay gran diferencia cognitiva entre el hombre asustado que se resguardaba de las tormentas en el fondo de su caverna y el que se pavonea delante de jovencitas al volante de su último modelo. Sólo un abismo de pocos miles de años, medio suspiro en la Eternidad. Si no hubiera sido por un puñado de genios, sólo un puñado, la Humanidad aún seguiría atemorizada en el fondo de su cueva… porque las preguntas trascendentales siguen envueltas en el plúmbeo letargo de un enigma. Nos presentamos ante la Muerte únicamente vestidos con nuestra Fe, algunos ni eso, por desengaño o por convencimiento: para ellos es un sueño sin nombre de sueño, una enorme nada. Otros creemos que nos vamos con la cosecha de nuestras obras. Nuestro honor, nuestras culpas, dejando un reguero de lágrimas tras nuestros pasos. Y nuestro ejemplo, pero todo ello no explicará nada por sí mismo. El Hombre busca respuestas que puede que no estén a su disposición.
Sonsoles permaneció callada unos momentos, valorando una idea.
- Y ¿cuál sería el móvil del crimen? Destrozan la cabeza de un vendedor con un madero que pesa lo suyo, que ni siquiera se podría manejar con soltura en su dormitorio, le golpean limpiamente en una posición inverosímil al estar en medio el colchón, el cabecero, el mobiliario… utilizan un bisturí eléctrico para sacarle las vísceras dejando marcas de garras, le castran, escriben esa frase en francés… todo eso, ¿para qué?
- Creo que quien lo mató le dejó una pista escrita en su espalda: el pasaje del “Apocalipsis”. Se trata de un libro. Tan secreto que muy pocos lo han visto. Un libro maldito, no por apología, sino por prevención. Un libro que cierta entidad perdió, localizó muchos años después y… ahora ha perdido definitivamente. La copia de un manuscrito que no debía de llegar a manos de la Iglesia. Un libro que forma parte de un Códice medieval junto a otros tres. Hay estudiosos que afirman que cuando los cuatro se vuelvan a unir empezará el Juicio Final. Los originales, obviamente, no las ediciones, de encargo, contadas y convenientemente escondidas, que por ahí circulan.
- ¿Qué película – inquirió escéptica – me está contando? Yo sólo quiero detener a una asesina, o asesinos, o lo que sean, para llevarlos ante un juez y que paguen por su crimen.
Angel sonrió mientras recogía algunos papeles de la mesa y los introducía en una carpetilla. Cuando acabó de hacerlo, miró fijamente a la inspectora.
- No podrá llevar a cabo esa detención. Aunque lo hiciera y le siguiesen el juego, habrá “alguien” que ordene su puesta en libertad. Tienen a los suyos infiltrados en puestos clave. Nunca enjuiciarían a su “jefe”, ni siquiera por las apariencias. No habrá investigación alguna, ni permitirán que nadie lo haga. ¿Ya se ha cerciorado de que la prensa no dice una sola palabra acerca de ello? No lo espere, no dejarán que trascienda. No pretendo desanimarla, sólo le anticipo lo que sucederá para que dosifique sus energías…
- Y yo le anticipo que lo conseguiré. – remató convencida – Mujer, hombre o demonio, me apuesto mi placa a que no voy a dejar esto así…
Sin abandonar la sonrisa, el profesor le dió una hoja en blanco.
- Es posible que la necesite para redactar su dimisión cuando compruebe hasta donde llega el grado de corrupción. No se sienta vencida: todos la hemos tenido que rubricar en el pasado. Mejor vulnerable, pero libre; que poderoso y esclavo… Mejor íntegro e independiente que corrupto y condenado. Estoy seguro de que su conciencia es muy exigente.
Esa frase fue como una sacudida. Agradeció al profesor su tiempo y tras cerrar protocolariamente la entrevista se dirigió a su vehículo. Comenzaba a llover de nuevo y apresuró sus pasos. Al ver de lejos el coche se alarmó porque le había parecido ver a alguien dentro, pero no. Estaba vacío. Nadie. Sin embargo, el sobresalto no la abandonó. Arrancó el motor… Miró el retrovisor interior… y allí estaba ella. Una rubia de ojos negros que haría enmudecer el hipo de casi todos los hombres. No podía estar oculta, la inspectora se había asegurado. Estaba vacío cuando entró. Sí, estaba vacío, pero ahora una mujer, cuya descripción concordaba con la que fue visto el librero por postrera vez, ocupaba la plaza central del asiento trasero. Y encima le sonreía… inquietantemente.
- Bueno, inspectora, creo que me andaba buscando. Y quien busca, halla. – bromeó – Estoy dispuesta a ser sometida a su interrogatorio, no sea dura conmigo – esbozó un puchero con los labios – Me hubiera agradado aparecer con la apariencia de su difunto esposo, y quien sabe, acaso llevármela a la cama, pero no quiero apartarla con distracciones sexuales de sus obligaciones hacia la sociedad que protege, además, seguramente no habrían funcionado. Como anoche. Hay gente que no puede creer lo que ve, ¿serán incrédulos? Y usted es una de ellos. No les gusta lo fácil, como acatar lo que se les ordena y a otra cosa, mariposa. No. Tienen que seguir dando vueltas y haciéndose preguntas. Se les pasa la vida con las dichosas preguntas… “¿de donde vengo?”, “¿qué será de mí?”, “¿cuánto tiempo me resta?”, “¿me estará fulanito poniendo los cuernos?”, “¿qué hago de comida hoy?” – se rió – o… “¿qué voy a hacer sin arma?”… Sí, puedo ver lo que piensa. Debería ir armada hasta cuando no está de servicio, sobre todo para llevar a los niños al cole… No se puede hacer una idea de la cantidad de degenerados que hay sueltos… porque nos conviene que estén sueltos, inspectora. El caos del Hombre es la derrota de Dios. Y yo estoy aquí para convencerla de su impotencia. No me puede tocar: hay cientos de personas que se dejarían matar antes de que pudiera pasarme algo, fíjese, animales, como usted o ese ratón de biblioteca con el que ha hablado, que sirven para algo más que para pasear sus desventuras antes de rellenar una sepultura con su podredumbre. ¡Oh! – fingió admiración - ¡sorpresa! Deténgame. Es su deber. Lléveme a la comisaría. Supongo que tendrá esposas, si no las tiene, no se preocupe, puedo conseguir unas. No deseo que la llamen “negligente”. Diga lo que quiera, que me he resistido, que me quería escapar, que iba a cargarme a otro rijoso animal tras copular con él. Yo firmaré lo que sea. Será divertido… y un descubrimiento para usted. Diga algo, cualquiera diría que ha visto un… demonio.
- Si sabe lo que pienso, ¿por qué no prosigue su monólogo?…
- Por educación, por supuesto. Ustedes también fingen cuando se topan con alguien del que conocen su animadversión. “Urbanidad” más bien… Quiere conocer como lo hice, fue más o menos como lo intuye, debería ser más receptiva con su instinto. Y con las evidencias. Le dimos con un madero, sí, “dimos”, somos un equipo, no los ve pero andan por aquí, son muy disciplinados… ¡qué detalle, el del madero! Además uno escogido, no cualquiera, no señora, el mismo palo horizontal en el que fueron clavados los brazos del “Infâme”… hay que tener estilo para hacer las cosas, ¿no le parece?... tendría que haber visto la expresión del animal cuando lo vió materializarse de la nada – soltó una sonora carcajada – creía que había echado el polvo de su vida y acabó “hecho polvo” – su hilaridad era incontenible - ¡ah!, qué fallo, sí, llámeme Aurora. Y, por favor, no haga que sea la detenida la que le lleve hasta donde tenemos que ir. Seamos serias. Vámonos.
Sonsoles tenía especial cuidado al seleccionar sus pensamientos, pero la imagen de sus hijos rebotaba en su mente por la preocupación.
- Vaya, los hijos de la viuda – dijo en el camino – Son grandes amigos míos. No todos, pero muchos de mis leales servidores son como sus hijos. Eficaces, han erosionado la sociedad y el pensamiento de Occidente en poco más de dos siglos. Eso para mí es como un par de meses… ya estamos cerca… ¿la razón por la que me entrego? Ya se lo he dicho, para demostrarle que no puede hacer nada… y que no le quede la desazón de haber sido relevada de la investigación. Bueno, hemos llegado… Tome nota, inspectora. Espero que no me guarde rencor… porque puede que volvamos a vernos.
La cogió del brazo para iniciar las diligencias. Los demás policías se pusieron en funcionamiento. Uno hablaba por teléfono alteradamente mientras les miraba desde el otro lado de una puerta acristalada. Había un nerviosismo mal contenido en el ambiente. Ella se encerró en su despacho. Después de una hora, aproximadamente, Laredo irrumpió de mala manera en su interior y se sentó ruidosamente…
- Pero, ¿tú en que estás pensando?...
- Por favor – ironizó – tome asiento…
- Déjate de chistecitos. ¿A quién has traído?
- A la presunta asesina de…
- Pues la has hecho buena – interrumpió destempladamente – es la amante de un pez gordo. Y tiene coartada: estaba en la cama de él anoche.
- El testigo la puede reconocer…
- No habrá reconocimiento. Esto no ha pasado. No puedes ir deteniendo a cualquiera que coincida un poco con la descripción que nos ha dado un “maruja” ocioso paseando a su perro. No esperaba esto de ti, Pereda, me has dejado en evidencia.
- ¿Es eso lo que peor lleva? A mi me lo ha confesado todo…
- No tolero tus impertinencias. Eso es falso. Ha dicho que te has abalanzado sobre ella y que la has esposado sin mediar palabra alguna. No debiste incorporarte si no has superado lo de tu marido… Ahora quiero que te disculpes ante ella.
- ¿Cómo? ¿Que me disculpe? – la inspectora saltó de su asiento – Por hacer el trabajo que me pagan los contribuyentes, por jugarme el tipo, por sacar de la calle a indeseables, por desempeñar esta labor en condiciones muy difíciles. ¿Me tengo que disculpar?
En ese momento entró Aurora acompañada de otro joven policía.
- Perdón, la señorita Aurora está dispuesta a olvidar todo porque entiende que la inspectora Pereda estaba realizando su trabajo, que es imprescindible para la sociedad, y quería saludarla antes de marcharse…
- Por supuesto que sí, las mujeres tenemos que apoyarnos – añadió Aurora con aire de sinceridad – bastante sufrimos con el machismo imperante para que nos perjudiquemos unas a otras, ¿verdad, querida?
Pereda guardó silencio mientras se mordía los labios.
- Inspectora, - repuso Laredo - creo que querías decirle algo, para que no se ofenda el señor ministro, sobre todo, nunca la habríamos molestado de haber sabido de quien se trataba…
- Sí, de eso estoy segura – contestó Aurora – de veras que lo comprendo, un crimen tan espantoso, este tiempo tan horrible – se rieron aduladoramente los dos policías, Sonsoles clavaba la mirada en su interlocutora – y las cosas de la vida, ser viuda, dos hijos…
- ¿Cómo sabe usted todo eso? – interrogó la policía - ¿Cómo lo ha averiguado?
- Olvídate de preguntitas, que eres muy pesada – cortó Laredo – Venga, esa disculpa que me decías, pelillos a la mar y salude al señor ministro de mi parte.
- No voy a excusarme, Laredo.
- Es una orden.
- Yo ya no tengo que obedecer. Dimito. – le entregó la placa – Voy a por mi arma para entregártela. Quiero un recibo.
Pudo percibir el maligno brillo de la sonrisa de Aurora cuando dio media vuelta para marcharse y la mirada de satisfacción que le dedicó a Sonsoles. Afuera diluviaba…
EPÍLOGO
No, no se sentía vencida. Se estableció como detective privado, no le iba mal. Se juró seguir de cerca a ese ángel caído, ya no le quedaba ninguna duda de que se trataba de alguien preternatural. Y si había escapado de la ley de los Hombres, quizás podría llevarle ante la Justicia de la Providencia… ¿quién sabe? Dicen que el Mal no prevalecerá…
Preguntó a los bedeles adonde podría encontrarle. Había llegado tarde esa mañana. Un asunto personal, sumamente importante e ineludible. Acabaría la clase que estaba impartiendo en unos veinte minutos. “Si quiere, puede esperarle en los bancos que hay a la puerta del aula”, “bien, eso haré si no tienen inconveniente”, les respondió.
El ir y venir de estudiantes con libros y apuntes le trajo a la memoria sus años de facultad. Entre esos recuerdos, uno que le arañó el corazón: conoció en la universidad al que luego fue su marido. Tuvo un largo noviazgo con él… lo dejaron un par de veces para volver a encontrarse, seguros ya de que eran el uno para el otro. “¡Cómo se desperdicia el tiempo cuando se es joven!”, se dijo a sí misma. Tantos días desaprovechados sin saber que la muerte no perdonaría uno tan solo. Ojalá hubiera alguien que se los pudiera devolver, algo parecido a una “prórroga”. Algo que no le dejase partido el corazón y al descubierto la negra oquedad que antes, en días no tan lejanos, había palpitado henchida de vida.
Comenzaron a salir los alumnos del aula. Se levantó pero permaneció junto a la puerta ya que una chica le estaba planteando una duda. El profesor le lanzó una mirada de complicidad, comprendiendo que era la visita que le había dejado un mensaje en el buzón de voz la madrugada anterior. Unos minutos… la alumna se marchó del aula. Él se acercó a la policía tendiéndole la mano…
- La inspectora Pereda, supongo…
- Sí, encantada de conocerle don Angel…
- Lo mismo digo, puede llamarme “Angel”. Ha sido una noche en la que se me han dejado muchos mensajes. Noche inquieta, ¿no?
- Le llamaré “Angel” si usted se refiere a mí por mi nombre de pila. Es “Sonsoles”. Sobre la nochecita, sí, las ha habido mejores, desde luego…
- Tengo un amigo que podría suscribir sus palabras. Nuestro común amigo, el forense, alias “me-enroco-cuando-no-debo” me informó de que le había dado mi móvil. Siente un gran aprecio hacia usted, ¿lo sabe?
- Sí, es tan buena persona como buen médico. Ya me contó algo sobre sus “intercambios” ajedrecísticos…
- Es un pasatiempo más. Jugamos por correo electrónico, le sorprendería ver a que horas me envía sus jugadas, tiene problemas para conciliar el sueño, lógico con las pesadillas que ya tiene que ver en horas de vigilia…
- Sí, lleva razón. Cuando la pesadilla se instala en lo cotidiano es casi imposible pegar ojo, una paradoja.
- Una paradoja o una maldición de la que no podemos escapar. Como si fuéramos peones en un tablero del que es imposible salir, igual que el último escaque donde acabamos, ¿no le parece?... Por favor, tome asiento, si quiere un café, pídamelo, y dígame pues, en que puedo ayudarla…
El profesor le transmitía serenidad con su sutil sentido del humor. Coqueteando con la cuarentena, pelo muy corto, ojos negros, nariz recta y una sonrisa inalterable prendida en los labios. Impecablemente afeitado y perfumado. Elegante y comedido en su atuendo, un traje azul marino contrastando con su piel y su camisa, blanca, inmaculada, y corbata rayada, blancas y azules. Alto como era, su delgadez le hacía parecer más estilizado todavía. Se sentía confiada hablando con él, insólito en una mujer que había hecho de la cautela una de las guías de su existencia.
Le explicó el asesinato, rogándole que fuera discreto ya que determinadas informaciones eran confidenciales. Angel le escuchó con la máxima atención, alguna vez le interrumpió para aclarar un punto. Había cosas que ya sabía, la inspectora pensó que el forense era el causante, en realidad se trataba del ex-militar que ella conoció la tarde anterior en el lugar de los hechos. Le relató todo. Hasta la orden de cesar en la investigación. Por último le alargó la nota en la que escribió el texto en latín, el que estaba subrayado en el libro que misteriosamente se precipitó al vacío cuando se marchaba del escenario del crimen.
Lo tomó con cuidado, como si las palabras pudieran resbalar del papel y caerse. Consultó brevemente un manual de latín que tenía sobre su mesa. Tras unos instantes que le parecieron interminables a Sonsoles, leyó entonando:
- “¡Ay de mí, que me he servido de mujeres para engañar a muchos y yo mismo he venido a ser despreciado por una Virgen! Ahora me veo encadenado y atado con grilletes de fuego por el Hijo de ella y estoy ardiendo de mala manera. ¡Oh, virginidad que me eres siempre contraria! Todavía no han pasado los siete mil años, ¿cómo es que me he visto condenado a confesar las cosas que acabo de decir?”… Es del Evangelio de Bartolomé, uno de los apócrifos. Son palabras del Ángel Caído, dichas a ese apóstol, contando los sucesos que precedieron a la Expulsión de los cielos...
- ¿Por qué, – repuso pensativa – por qué esa obsesión con la Mujer?
- Porque, en contra de lo que comúnmente se cree, la Mujer es la culminación de la Creación. En el Génesis es lo último que crea el Señor para considerar terminada su Labor, y lo hace con la costilla del hombre, para significar que los dos son iguales, de la misma carne. Con una diferencia crucial: la mujer puede gestar y alumbrar una nueva vida, por lo que cabe afirmar que está más cerca del Altísimo en esa faceta. El hombre, en general, es “potentia generandi”, sin su concurso es imposible la concepción, pero la mujer es “potentia creandi”, sin su amor la Maternidad es una entelequia: la suma de ambas es la “potentia Dei”, la potencia de Dios. Y ya en el Nuevo Testamento, por citar un último ejemplo, Jesús es concebido por Obra y Gracia del Espíritu Santo, sin concurso de varón, lo que resalta la importancia, lo fundamental que es la Mujer. ¿Es usted creyente, Sonsoles?
- Supongo que sí… acaso no con la intensidad que debiera…
- Sea indulgente consigo misma… y recuerde las frases “Mujer te doy que no sierva” y la palmaria de “por eso (ella) el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y son los dos una sola carne”, como antes le he referido… Olvídese de discursos despectivos y malentendidos seculares que tan bien sirven a espurios intereses, ya sean feministas o machistas. Está en las Escrituras, la mujer es el baluarte de la familia, el áncora de la Moral y la personificación del amor, doblemente para los hombres, primero por su vinculación materno-filial y luego como sus esposas, en la mayoría de los casos. No es de extrañar que los demonios, sea cual fuere su naturaleza, la hayan convertido en objetivo de sus “misiones”, ¿no cree? La caída de la Mujer arrastraría a la Humanidad entera. Una tragedia de proporciones “bíblicas”…
- Y ¿cuál es el papel del hombre entonces?
- Usted me ha preguntado por la mujer. Nosotros ya tenemos bastante con admirarlas y amarlas…
La inspectora rió de buena gana a causa de la diplomática salida del profesor.
- ¿Quién puede haber sido la asesina? ¿Insinúa que estamos ante un crimen sobrenatural?
- Usted es la policía. Y la Policía se basa en pruebas, testigos, elementos tangibles y objetivos, certezas que no opiniones. Si quiere una, le puedo dar la mía. Pero si busca certezas, junte todos los datos como en un puzzle para tener una perspectiva global y escuche a su intuición…
- Lo que me dice no puede ser posible, Angel.
- ¿Por qué no? ¿Por qué estamos en el siglo XXI y aquí ya no tienen cabida los hechos que asustaban a nuestros abuelos? ¿Han prescrito los fenómenos que no sabemos explicar y que todos, al menos una vez, hemos vivido? Mire, no hay gran diferencia cognitiva entre el hombre asustado que se resguardaba de las tormentas en el fondo de su caverna y el que se pavonea delante de jovencitas al volante de su último modelo. Sólo un abismo de pocos miles de años, medio suspiro en la Eternidad. Si no hubiera sido por un puñado de genios, sólo un puñado, la Humanidad aún seguiría atemorizada en el fondo de su cueva… porque las preguntas trascendentales siguen envueltas en el plúmbeo letargo de un enigma. Nos presentamos ante la Muerte únicamente vestidos con nuestra Fe, algunos ni eso, por desengaño o por convencimiento: para ellos es un sueño sin nombre de sueño, una enorme nada. Otros creemos que nos vamos con la cosecha de nuestras obras. Nuestro honor, nuestras culpas, dejando un reguero de lágrimas tras nuestros pasos. Y nuestro ejemplo, pero todo ello no explicará nada por sí mismo. El Hombre busca respuestas que puede que no estén a su disposición.
Sonsoles permaneció callada unos momentos, valorando una idea.
- Y ¿cuál sería el móvil del crimen? Destrozan la cabeza de un vendedor con un madero que pesa lo suyo, que ni siquiera se podría manejar con soltura en su dormitorio, le golpean limpiamente en una posición inverosímil al estar en medio el colchón, el cabecero, el mobiliario… utilizan un bisturí eléctrico para sacarle las vísceras dejando marcas de garras, le castran, escriben esa frase en francés… todo eso, ¿para qué?
- Creo que quien lo mató le dejó una pista escrita en su espalda: el pasaje del “Apocalipsis”. Se trata de un libro. Tan secreto que muy pocos lo han visto. Un libro maldito, no por apología, sino por prevención. Un libro que cierta entidad perdió, localizó muchos años después y… ahora ha perdido definitivamente. La copia de un manuscrito que no debía de llegar a manos de la Iglesia. Un libro que forma parte de un Códice medieval junto a otros tres. Hay estudiosos que afirman que cuando los cuatro se vuelvan a unir empezará el Juicio Final. Los originales, obviamente, no las ediciones, de encargo, contadas y convenientemente escondidas, que por ahí circulan.
- ¿Qué película – inquirió escéptica – me está contando? Yo sólo quiero detener a una asesina, o asesinos, o lo que sean, para llevarlos ante un juez y que paguen por su crimen.
Angel sonrió mientras recogía algunos papeles de la mesa y los introducía en una carpetilla. Cuando acabó de hacerlo, miró fijamente a la inspectora.
- No podrá llevar a cabo esa detención. Aunque lo hiciera y le siguiesen el juego, habrá “alguien” que ordene su puesta en libertad. Tienen a los suyos infiltrados en puestos clave. Nunca enjuiciarían a su “jefe”, ni siquiera por las apariencias. No habrá investigación alguna, ni permitirán que nadie lo haga. ¿Ya se ha cerciorado de que la prensa no dice una sola palabra acerca de ello? No lo espere, no dejarán que trascienda. No pretendo desanimarla, sólo le anticipo lo que sucederá para que dosifique sus energías…
- Y yo le anticipo que lo conseguiré. – remató convencida – Mujer, hombre o demonio, me apuesto mi placa a que no voy a dejar esto así…
Sin abandonar la sonrisa, el profesor le dió una hoja en blanco.
- Es posible que la necesite para redactar su dimisión cuando compruebe hasta donde llega el grado de corrupción. No se sienta vencida: todos la hemos tenido que rubricar en el pasado. Mejor vulnerable, pero libre; que poderoso y esclavo… Mejor íntegro e independiente que corrupto y condenado. Estoy seguro de que su conciencia es muy exigente.
Esa frase fue como una sacudida. Agradeció al profesor su tiempo y tras cerrar protocolariamente la entrevista se dirigió a su vehículo. Comenzaba a llover de nuevo y apresuró sus pasos. Al ver de lejos el coche se alarmó porque le había parecido ver a alguien dentro, pero no. Estaba vacío. Nadie. Sin embargo, el sobresalto no la abandonó. Arrancó el motor… Miró el retrovisor interior… y allí estaba ella. Una rubia de ojos negros que haría enmudecer el hipo de casi todos los hombres. No podía estar oculta, la inspectora se había asegurado. Estaba vacío cuando entró. Sí, estaba vacío, pero ahora una mujer, cuya descripción concordaba con la que fue visto el librero por postrera vez, ocupaba la plaza central del asiento trasero. Y encima le sonreía… inquietantemente.
- Bueno, inspectora, creo que me andaba buscando. Y quien busca, halla. – bromeó – Estoy dispuesta a ser sometida a su interrogatorio, no sea dura conmigo – esbozó un puchero con los labios – Me hubiera agradado aparecer con la apariencia de su difunto esposo, y quien sabe, acaso llevármela a la cama, pero no quiero apartarla con distracciones sexuales de sus obligaciones hacia la sociedad que protege, además, seguramente no habrían funcionado. Como anoche. Hay gente que no puede creer lo que ve, ¿serán incrédulos? Y usted es una de ellos. No les gusta lo fácil, como acatar lo que se les ordena y a otra cosa, mariposa. No. Tienen que seguir dando vueltas y haciéndose preguntas. Se les pasa la vida con las dichosas preguntas… “¿de donde vengo?”, “¿qué será de mí?”, “¿cuánto tiempo me resta?”, “¿me estará fulanito poniendo los cuernos?”, “¿qué hago de comida hoy?” – se rió – o… “¿qué voy a hacer sin arma?”… Sí, puedo ver lo que piensa. Debería ir armada hasta cuando no está de servicio, sobre todo para llevar a los niños al cole… No se puede hacer una idea de la cantidad de degenerados que hay sueltos… porque nos conviene que estén sueltos, inspectora. El caos del Hombre es la derrota de Dios. Y yo estoy aquí para convencerla de su impotencia. No me puede tocar: hay cientos de personas que se dejarían matar antes de que pudiera pasarme algo, fíjese, animales, como usted o ese ratón de biblioteca con el que ha hablado, que sirven para algo más que para pasear sus desventuras antes de rellenar una sepultura con su podredumbre. ¡Oh! – fingió admiración - ¡sorpresa! Deténgame. Es su deber. Lléveme a la comisaría. Supongo que tendrá esposas, si no las tiene, no se preocupe, puedo conseguir unas. No deseo que la llamen “negligente”. Diga lo que quiera, que me he resistido, que me quería escapar, que iba a cargarme a otro rijoso animal tras copular con él. Yo firmaré lo que sea. Será divertido… y un descubrimiento para usted. Diga algo, cualquiera diría que ha visto un… demonio.
- Si sabe lo que pienso, ¿por qué no prosigue su monólogo?…
- Por educación, por supuesto. Ustedes también fingen cuando se topan con alguien del que conocen su animadversión. “Urbanidad” más bien… Quiere conocer como lo hice, fue más o menos como lo intuye, debería ser más receptiva con su instinto. Y con las evidencias. Le dimos con un madero, sí, “dimos”, somos un equipo, no los ve pero andan por aquí, son muy disciplinados… ¡qué detalle, el del madero! Además uno escogido, no cualquiera, no señora, el mismo palo horizontal en el que fueron clavados los brazos del “Infâme”… hay que tener estilo para hacer las cosas, ¿no le parece?... tendría que haber visto la expresión del animal cuando lo vió materializarse de la nada – soltó una sonora carcajada – creía que había echado el polvo de su vida y acabó “hecho polvo” – su hilaridad era incontenible - ¡ah!, qué fallo, sí, llámeme Aurora. Y, por favor, no haga que sea la detenida la que le lleve hasta donde tenemos que ir. Seamos serias. Vámonos.
Sonsoles tenía especial cuidado al seleccionar sus pensamientos, pero la imagen de sus hijos rebotaba en su mente por la preocupación.
- Vaya, los hijos de la viuda – dijo en el camino – Son grandes amigos míos. No todos, pero muchos de mis leales servidores son como sus hijos. Eficaces, han erosionado la sociedad y el pensamiento de Occidente en poco más de dos siglos. Eso para mí es como un par de meses… ya estamos cerca… ¿la razón por la que me entrego? Ya se lo he dicho, para demostrarle que no puede hacer nada… y que no le quede la desazón de haber sido relevada de la investigación. Bueno, hemos llegado… Tome nota, inspectora. Espero que no me guarde rencor… porque puede que volvamos a vernos.
La cogió del brazo para iniciar las diligencias. Los demás policías se pusieron en funcionamiento. Uno hablaba por teléfono alteradamente mientras les miraba desde el otro lado de una puerta acristalada. Había un nerviosismo mal contenido en el ambiente. Ella se encerró en su despacho. Después de una hora, aproximadamente, Laredo irrumpió de mala manera en su interior y se sentó ruidosamente…
- Pero, ¿tú en que estás pensando?...
- Por favor – ironizó – tome asiento…
- Déjate de chistecitos. ¿A quién has traído?
- A la presunta asesina de…
- Pues la has hecho buena – interrumpió destempladamente – es la amante de un pez gordo. Y tiene coartada: estaba en la cama de él anoche.
- El testigo la puede reconocer…
- No habrá reconocimiento. Esto no ha pasado. No puedes ir deteniendo a cualquiera que coincida un poco con la descripción que nos ha dado un “maruja” ocioso paseando a su perro. No esperaba esto de ti, Pereda, me has dejado en evidencia.
- ¿Es eso lo que peor lleva? A mi me lo ha confesado todo…
- No tolero tus impertinencias. Eso es falso. Ha dicho que te has abalanzado sobre ella y que la has esposado sin mediar palabra alguna. No debiste incorporarte si no has superado lo de tu marido… Ahora quiero que te disculpes ante ella.
- ¿Cómo? ¿Que me disculpe? – la inspectora saltó de su asiento – Por hacer el trabajo que me pagan los contribuyentes, por jugarme el tipo, por sacar de la calle a indeseables, por desempeñar esta labor en condiciones muy difíciles. ¿Me tengo que disculpar?
En ese momento entró Aurora acompañada de otro joven policía.
- Perdón, la señorita Aurora está dispuesta a olvidar todo porque entiende que la inspectora Pereda estaba realizando su trabajo, que es imprescindible para la sociedad, y quería saludarla antes de marcharse…
- Por supuesto que sí, las mujeres tenemos que apoyarnos – añadió Aurora con aire de sinceridad – bastante sufrimos con el machismo imperante para que nos perjudiquemos unas a otras, ¿verdad, querida?
Pereda guardó silencio mientras se mordía los labios.
- Inspectora, - repuso Laredo - creo que querías decirle algo, para que no se ofenda el señor ministro, sobre todo, nunca la habríamos molestado de haber sabido de quien se trataba…
- Sí, de eso estoy segura – contestó Aurora – de veras que lo comprendo, un crimen tan espantoso, este tiempo tan horrible – se rieron aduladoramente los dos policías, Sonsoles clavaba la mirada en su interlocutora – y las cosas de la vida, ser viuda, dos hijos…
- ¿Cómo sabe usted todo eso? – interrogó la policía - ¿Cómo lo ha averiguado?
- Olvídate de preguntitas, que eres muy pesada – cortó Laredo – Venga, esa disculpa que me decías, pelillos a la mar y salude al señor ministro de mi parte.
- No voy a excusarme, Laredo.
- Es una orden.
- Yo ya no tengo que obedecer. Dimito. – le entregó la placa – Voy a por mi arma para entregártela. Quiero un recibo.
Pudo percibir el maligno brillo de la sonrisa de Aurora cuando dio media vuelta para marcharse y la mirada de satisfacción que le dedicó a Sonsoles. Afuera diluviaba…
EPÍLOGO
No, no se sentía vencida. Se estableció como detective privado, no le iba mal. Se juró seguir de cerca a ese ángel caído, ya no le quedaba ninguna duda de que se trataba de alguien preternatural. Y si había escapado de la ley de los Hombres, quizás podría llevarle ante la Justicia de la Providencia… ¿quién sabe? Dicen que el Mal no prevalecerá…
