viernes 18 de diciembre de 2009

Apocalíptica - El crimen de la calle Canarias (Capítulo II y último)

Salió de servicio con el tiempo justo para ir a casa, darse una buena ducha, maquillar su ausencia de sueño y recoger a los niños, en el domicilio de los abuelos, para llevarlos al colegio. Se metió en una cafetería para desayunar en condiciones, aprovechando que el estómago había ido olvidando los detalles de la escena del crimen. Disfrutó del chocolate y de las tostadas, complaciéndose con su sabor y textura. Hacía tiempo que no se permitía deleitarse con algo así, mientras echaba un vistazo al periódico. No había ninguna mención al crimen. “Cuando el horror se convierte en costumbre, este deja de ser noticiable”, pensó. Para inquietarse a continuación con la otra posibilidad: “puede que haya alguien que no quiera que se publicite”, teniendo en cuenta cómo habían sido apartados del caso, un hecho sin precedentes. Después se acercó a la universidad para hablar con ese profesor. Era muy dueña de hacer lo que le apeteciese en su tiempo libre. Incluso continuar una investigación para la que estaba desautorizada. Siempre que no se enterasen quienes no debían de enterarse…

Preguntó a los bedeles adonde podría encontrarle. Había llegado tarde esa mañana. Un asunto personal, sumamente importante e ineludible. Acabaría la clase que estaba impartiendo en unos veinte minutos. “Si quiere, puede esperarle en los bancos que hay a la puerta del aula”, “bien, eso haré si no tienen inconveniente”, les respondió.

El ir y venir de estudiantes con libros y apuntes le trajo a la memoria sus años de facultad. Entre esos recuerdos, uno que le arañó el corazón: conoció en la universidad al que luego fue su marido. Tuvo un largo noviazgo con él… lo dejaron un par de veces para volver a encontrarse, seguros ya de que eran el uno para el otro. “¡Cómo se desperdicia el tiempo cuando se es joven!”, se dijo a sí misma. Tantos días desaprovechados sin saber que la muerte no perdonaría uno tan solo. Ojalá hubiera alguien que se los pudiera devolver, algo parecido a una “prórroga”. Algo que no le dejase partido el corazón y al descubierto la negra oquedad que antes, en días no tan lejanos, había palpitado henchida de vida.

Comenzaron a salir los alumnos del aula. Se levantó pero permaneció junto a la puerta ya que una chica le estaba planteando una duda. El profesor le lanzó una mirada de complicidad, comprendiendo que era la visita que le había dejado un mensaje en el buzón de voz la madrugada anterior. Unos minutos… la alumna se marchó del aula. Él se acercó a la policía tendiéndole la mano…

- La inspectora Pereda, supongo…
- Sí, encantada de conocerle don Angel…
- Lo mismo digo, puede llamarme “Angel”. Ha sido una noche en la que se me han dejado muchos mensajes. Noche inquieta, ¿no?
- Le llamaré “Angel” si usted se refiere a mí por mi nombre de pila. Es “Sonsoles”. Sobre la nochecita, sí, las ha habido mejores, desde luego…
- Tengo un amigo que podría suscribir sus palabras. Nuestro común amigo, el forense, alias “me-enroco-cuando-no-debo” me informó de que le había dado mi móvil. Siente un gran aprecio hacia usted, ¿lo sabe?
- Sí, es tan buena persona como buen médico. Ya me contó algo sobre sus “intercambios” ajedrecísticos…
- Es un pasatiempo más. Jugamos por correo electrónico, le sorprendería ver a que horas me envía sus jugadas, tiene problemas para conciliar el sueño, lógico con las pesadillas que ya tiene que ver en horas de vigilia…
- Sí, lleva razón. Cuando la pesadilla se instala en lo cotidiano es casi imposible pegar ojo, una paradoja.
- Una paradoja o una maldición de la que no podemos escapar. Como si fuéramos peones en un tablero del que es imposible salir, igual que el último escaque donde acabamos, ¿no le parece?... Por favor, tome asiento, si quiere un café, pídamelo, y dígame pues, en que puedo ayudarla…

El profesor le transmitía serenidad con su sutil sentido del humor. Coqueteando con la cuarentena, pelo muy corto, ojos negros, nariz recta y una sonrisa inalterable prendida en los labios. Impecablemente afeitado y perfumado. Elegante y comedido en su atuendo, un traje azul marino contrastando con su piel y su camisa, blanca, inmaculada, y corbata rayada, blancas y azules. Alto como era, su delgadez le hacía parecer más estilizado todavía. Se sentía confiada hablando con él, insólito en una mujer que había hecho de la cautela una de las guías de su existencia.

Le explicó el asesinato, rogándole que fuera discreto ya que determinadas informaciones eran confidenciales. Angel le escuchó con la máxima atención, alguna vez le interrumpió para aclarar un punto. Había cosas que ya sabía, la inspectora pensó que el forense era el causante, en realidad se trataba del ex-militar que ella conoció la tarde anterior en el lugar de los hechos. Le relató todo. Hasta la orden de cesar en la investigación. Por último le alargó la nota en la que escribió el texto en latín, el que estaba subrayado en el libro que misteriosamente se precipitó al vacío cuando se marchaba del escenario del crimen.

Lo tomó con cuidado, como si las palabras pudieran resbalar del papel y caerse. Consultó brevemente un manual de latín que tenía sobre su mesa. Tras unos instantes que le parecieron interminables a Sonsoles, leyó entonando:

- “¡Ay de mí, que me he servido de mujeres para engañar a muchos y yo mismo he venido a ser despreciado por una Virgen! Ahora me veo encadenado y atado con grilletes de fuego por el Hijo de ella y estoy ardiendo de mala manera. ¡Oh, virginidad que me eres siempre contraria! Todavía no han pasado los siete mil años, ¿cómo es que me he visto condenado a confesar las cosas que acabo de decir?”… Es del Evangelio de Bartolomé, uno de los apócrifos. Son palabras del Ángel Caído, dichas a ese apóstol, contando los sucesos que precedieron a la Expulsión de los cielos...
- ¿Por qué, – repuso pensativa – por qué esa obsesión con la Mujer?
- Porque, en contra de lo que comúnmente se cree, la Mujer es la culminación de la Creación. En el Génesis es lo último que crea el Señor para considerar terminada su Labor, y lo hace con la costilla del hombre, para significar que los dos son iguales, de la misma carne. Con una diferencia crucial: la mujer puede gestar y alumbrar una nueva vida, por lo que cabe afirmar que está más cerca del Altísimo en esa faceta. El hombre, en general, es “potentia generandi”, sin su concurso es imposible la concepción, pero la mujer es “potentia creandi”, sin su amor la Maternidad es una entelequia: la suma de ambas es la “potentia Dei”, la potencia de Dios. Y ya en el Nuevo Testamento, por citar un último ejemplo, Jesús es concebido por Obra y Gracia del Espíritu Santo, sin concurso de varón, lo que resalta la importancia, lo fundamental que es la Mujer. ¿Es usted creyente, Sonsoles?
- Supongo que sí… acaso no con la intensidad que debiera…
- Sea indulgente consigo misma… y recuerde las frases “Mujer te doy que no sierva” y la palmaria de “por eso (ella) el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y son los dos una sola carne”, como antes le he referido… Olvídese de discursos despectivos y malentendidos seculares que tan bien sirven a espurios intereses, ya sean feministas o machistas. Está en las Escrituras, la mujer es el baluarte de la familia, el áncora de la Moral y la personificación del amor, doblemente para los hombres, primero por su vinculación materno-filial y luego como sus esposas, en la mayoría de los casos. No es de extrañar que los demonios, sea cual fuere su naturaleza, la hayan convertido en objetivo de sus “misiones”, ¿no cree? La caída de la Mujer arrastraría a la Humanidad entera. Una tragedia de proporciones “bíblicas”…
- Y ¿cuál es el papel del hombre entonces?
- Usted me ha preguntado por la mujer. Nosotros ya tenemos bastante con admirarlas y amarlas…

La inspectora rió de buena gana a causa de la diplomática salida del profesor.

- ¿Quién puede haber sido la asesina? ¿Insinúa que estamos ante un crimen sobrenatural?
- Usted es la policía. Y la Policía se basa en pruebas, testigos, elementos tangibles y objetivos, certezas que no opiniones. Si quiere una, le puedo dar la mía. Pero si busca certezas, junte todos los datos como en un puzzle para tener una perspectiva global y escuche a su intuición…
- Lo que me dice no puede ser posible, Angel.
- ¿Por qué no? ¿Por qué estamos en el siglo XXI y aquí ya no tienen cabida los hechos que asustaban a nuestros abuelos? ¿Han prescrito los fenómenos que no sabemos explicar y que todos, al menos una vez, hemos vivido? Mire, no hay gran diferencia cognitiva entre el hombre asustado que se resguardaba de las tormentas en el fondo de su caverna y el que se pavonea delante de jovencitas al volante de su último modelo. Sólo un abismo de pocos miles de años, medio suspiro en la Eternidad. Si no hubiera sido por un puñado de genios, sólo un puñado, la Humanidad aún seguiría atemorizada en el fondo de su cueva… porque las preguntas trascendentales siguen envueltas en el plúmbeo letargo de un enigma. Nos presentamos ante la Muerte únicamente vestidos con nuestra Fe, algunos ni eso, por desengaño o por convencimiento: para ellos es un sueño sin nombre de sueño, una enorme nada. Otros creemos que nos vamos con la cosecha de nuestras obras. Nuestro honor, nuestras culpas, dejando un reguero de lágrimas tras nuestros pasos. Y nuestro ejemplo, pero todo ello no explicará nada por sí mismo. El Hombre busca respuestas que puede que no estén a su disposición.

Sonsoles permaneció callada unos momentos, valorando una idea.

- Y ¿cuál sería el móvil del crimen? Destrozan la cabeza de un vendedor con un madero que pesa lo suyo, que ni siquiera se podría manejar con soltura en su dormitorio, le golpean limpiamente en una posición inverosímil al estar en medio el colchón, el cabecero, el mobiliario… utilizan un bisturí eléctrico para sacarle las vísceras dejando marcas de garras, le castran, escriben esa frase en francés… todo eso, ¿para qué?
- Creo que quien lo mató le dejó una pista escrita en su espalda: el pasaje del “Apocalipsis”. Se trata de un libro. Tan secreto que muy pocos lo han visto. Un libro maldito, no por apología, sino por prevención. Un libro que cierta entidad perdió, localizó muchos años después y… ahora ha perdido definitivamente. La copia de un manuscrito que no debía de llegar a manos de la Iglesia. Un libro que forma parte de un Códice medieval junto a otros tres. Hay estudiosos que afirman que cuando los cuatro se vuelvan a unir empezará el Juicio Final. Los originales, obviamente, no las ediciones, de encargo, contadas y convenientemente escondidas, que por ahí circulan.
- ¿Qué película – inquirió escéptica – me está contando? Yo sólo quiero detener a una asesina, o asesinos, o lo que sean, para llevarlos ante un juez y que paguen por su crimen.
Angel sonrió mientras recogía algunos papeles de la mesa y los introducía en una carpetilla. Cuando acabó de hacerlo, miró fijamente a la inspectora.

- No podrá llevar a cabo esa detención. Aunque lo hiciera y le siguiesen el juego, habrá “alguien” que ordene su puesta en libertad. Tienen a los suyos infiltrados en puestos clave. Nunca enjuiciarían a su “jefe”, ni siquiera por las apariencias. No habrá investigación alguna, ni permitirán que nadie lo haga. ¿Ya se ha cerciorado de que la prensa no dice una sola palabra acerca de ello? No lo espere, no dejarán que trascienda. No pretendo desanimarla, sólo le anticipo lo que sucederá para que dosifique sus energías…
- Y yo le anticipo que lo conseguiré. – remató convencida – Mujer, hombre o demonio, me apuesto mi placa a que no voy a dejar esto así…

Sin abandonar la sonrisa, el profesor le dió una hoja en blanco.

- Es posible que la necesite para redactar su dimisión cuando compruebe hasta donde llega el grado de corrupción. No se sienta vencida: todos la hemos tenido que rubricar en el pasado. Mejor vulnerable, pero libre; que poderoso y esclavo… Mejor íntegro e independiente que corrupto y condenado. Estoy seguro de que su conciencia es muy exigente.

Esa frase fue como una sacudida. Agradeció al profesor su tiempo y tras cerrar protocolariamente la entrevista se dirigió a su vehículo. Comenzaba a llover de nuevo y apresuró sus pasos. Al ver de lejos el coche se alarmó porque le había parecido ver a alguien dentro, pero no. Estaba vacío. Nadie. Sin embargo, el sobresalto no la abandonó. Arrancó el motor… Miró el retrovisor interior… y allí estaba ella. Una rubia de ojos negros que haría enmudecer el hipo de casi todos los hombres. No podía estar oculta, la inspectora se había asegurado. Estaba vacío cuando entró. Sí, estaba vacío, pero ahora una mujer, cuya descripción concordaba con la que fue visto el librero por postrera vez, ocupaba la plaza central del asiento trasero. Y encima le sonreía… inquietantemente.

- Bueno, inspectora, creo que me andaba buscando. Y quien busca, halla. – bromeó – Estoy dispuesta a ser sometida a su interrogatorio, no sea dura conmigo – esbozó un puchero con los labios – Me hubiera agradado aparecer con la apariencia de su difunto esposo, y quien sabe, acaso llevármela a la cama, pero no quiero apartarla con distracciones sexuales de sus obligaciones hacia la sociedad que protege, además, seguramente no habrían funcionado. Como anoche. Hay gente que no puede creer lo que ve, ¿serán incrédulos? Y usted es una de ellos. No les gusta lo fácil, como acatar lo que se les ordena y a otra cosa, mariposa. No. Tienen que seguir dando vueltas y haciéndose preguntas. Se les pasa la vida con las dichosas preguntas… “¿de donde vengo?”, “¿qué será de mí?”, “¿cuánto tiempo me resta?”, “¿me estará fulanito poniendo los cuernos?”, “¿qué hago de comida hoy?” – se rió – o… “¿qué voy a hacer sin arma?”… Sí, puedo ver lo que piensa. Debería ir armada hasta cuando no está de servicio, sobre todo para llevar a los niños al cole… No se puede hacer una idea de la cantidad de degenerados que hay sueltos… porque nos conviene que estén sueltos, inspectora. El caos del Hombre es la derrota de Dios. Y yo estoy aquí para convencerla de su impotencia. No me puede tocar: hay cientos de personas que se dejarían matar antes de que pudiera pasarme algo, fíjese, animales, como usted o ese ratón de biblioteca con el que ha hablado, que sirven para algo más que para pasear sus desventuras antes de rellenar una sepultura con su podredumbre. ¡Oh! – fingió admiración - ¡sorpresa! Deténgame. Es su deber. Lléveme a la comisaría. Supongo que tendrá esposas, si no las tiene, no se preocupe, puedo conseguir unas. No deseo que la llamen “negligente”. Diga lo que quiera, que me he resistido, que me quería escapar, que iba a cargarme a otro rijoso animal tras copular con él. Yo firmaré lo que sea. Será divertido… y un descubrimiento para usted. Diga algo, cualquiera diría que ha visto un… demonio.
- Si sabe lo que pienso, ¿por qué no prosigue su monólogo?…
- Por educación, por supuesto. Ustedes también fingen cuando se topan con alguien del que conocen su animadversión. “Urbanidad” más bien… Quiere conocer como lo hice, fue más o menos como lo intuye, debería ser más receptiva con su instinto. Y con las evidencias. Le dimos con un madero, sí, “dimos”, somos un equipo, no los ve pero andan por aquí, son muy disciplinados… ¡qué detalle, el del madero! Además uno escogido, no cualquiera, no señora, el mismo palo horizontal en el que fueron clavados los brazos del “Infâme”… hay que tener estilo para hacer las cosas, ¿no le parece?... tendría que haber visto la expresión del animal cuando lo vió materializarse de la nada – soltó una sonora carcajada – creía que había echado el polvo de su vida y acabó “hecho polvo” – su hilaridad era incontenible - ¡ah!, qué fallo, sí, llámeme Aurora. Y, por favor, no haga que sea la detenida la que le lleve hasta donde tenemos que ir. Seamos serias. Vámonos.

Sonsoles tenía especial cuidado al seleccionar sus pensamientos, pero la imagen de sus hijos rebotaba en su mente por la preocupación.

- Vaya, los hijos de la viuda – dijo en el camino – Son grandes amigos míos. No todos, pero muchos de mis leales servidores son como sus hijos. Eficaces, han erosionado la sociedad y el pensamiento de Occidente en poco más de dos siglos. Eso para mí es como un par de meses… ya estamos cerca… ¿la razón por la que me entrego? Ya se lo he dicho, para demostrarle que no puede hacer nada… y que no le quede la desazón de haber sido relevada de la investigación. Bueno, hemos llegado… Tome nota, inspectora. Espero que no me guarde rencor… porque puede que volvamos a vernos.

La cogió del brazo para iniciar las diligencias. Los demás policías se pusieron en funcionamiento. Uno hablaba por teléfono alteradamente mientras les miraba desde el otro lado de una puerta acristalada. Había un nerviosismo mal contenido en el ambiente. Ella se encerró en su despacho. Después de una hora, aproximadamente, Laredo irrumpió de mala manera en su interior y se sentó ruidosamente…

- Pero, ¿tú en que estás pensando?...
- Por favor – ironizó – tome asiento…
- Déjate de chistecitos. ¿A quién has traído?
- A la presunta asesina de…
- Pues la has hecho buena – interrumpió destempladamente – es la amante de un pez gordo. Y tiene coartada: estaba en la cama de él anoche.
- El testigo la puede reconocer…
- No habrá reconocimiento. Esto no ha pasado. No puedes ir deteniendo a cualquiera que coincida un poco con la descripción que nos ha dado un “maruja” ocioso paseando a su perro. No esperaba esto de ti, Pereda, me has dejado en evidencia.
- ¿Es eso lo que peor lleva? A mi me lo ha confesado todo…
- No tolero tus impertinencias. Eso es falso. Ha dicho que te has abalanzado sobre ella y que la has esposado sin mediar palabra alguna. No debiste incorporarte si no has superado lo de tu marido… Ahora quiero que te disculpes ante ella.
- ¿Cómo? ¿Que me disculpe? – la inspectora saltó de su asiento – Por hacer el trabajo que me pagan los contribuyentes, por jugarme el tipo, por sacar de la calle a indeseables, por desempeñar esta labor en condiciones muy difíciles. ¿Me tengo que disculpar?

En ese momento entró Aurora acompañada de otro joven policía.

- Perdón, la señorita Aurora está dispuesta a olvidar todo porque entiende que la inspectora Pereda estaba realizando su trabajo, que es imprescindible para la sociedad, y quería saludarla antes de marcharse…
- Por supuesto que sí, las mujeres tenemos que apoyarnos – añadió Aurora con aire de sinceridad – bastante sufrimos con el machismo imperante para que nos perjudiquemos unas a otras, ¿verdad, querida?

Pereda guardó silencio mientras se mordía los labios.

- Inspectora, - repuso Laredo - creo que querías decirle algo, para que no se ofenda el señor ministro, sobre todo, nunca la habríamos molestado de haber sabido de quien se trataba…
- Sí, de eso estoy segura – contestó Aurora – de veras que lo comprendo, un crimen tan espantoso, este tiempo tan horrible – se rieron aduladoramente los dos policías, Sonsoles clavaba la mirada en su interlocutora – y las cosas de la vida, ser viuda, dos hijos…
- ¿Cómo sabe usted todo eso? – interrogó la policía - ¿Cómo lo ha averiguado?
- Olvídate de preguntitas, que eres muy pesada – cortó Laredo – Venga, esa disculpa que me decías, pelillos a la mar y salude al señor ministro de mi parte.
- No voy a excusarme, Laredo.
- Es una orden.
- Yo ya no tengo que obedecer. Dimito. – le entregó la placa – Voy a por mi arma para entregártela. Quiero un recibo.

Pudo percibir el maligno brillo de la sonrisa de Aurora cuando dio media vuelta para marcharse y la mirada de satisfacción que le dedicó a Sonsoles. Afuera diluviaba…

EPÍLOGO

No, no se sentía vencida. Se estableció como detective privado, no le iba mal. Se juró seguir de cerca a ese ángel caído, ya no le quedaba ninguna duda de que se trataba de alguien preternatural. Y si había escapado de la ley de los Hombres, quizás podría llevarle ante la Justicia de la Providencia… ¿quién sabe? Dicen que el Mal no prevalecerá…

viernes 11 de diciembre de 2009

Apocalíptica - El crimen de la calle Canarias (Capítulo I)

Es como una copa del más puro y frágil cristal. Hasta hace muy poco el ser humano convivía con la idea de la muerte, con la certeza de que podía sorprenderle en cualquier traspié del azar. Un accidente con alguna herramienta, una infeliz saeta en batalla, un alimento tóxico, un mal parto o una invernal madrugada desarropada y se acabó. Llegar a viejo era un lujo y los que lo hacían eran admirados hasta la veneración: un tesoro vivo de experiencia y conocimientos. Ahora cualquiera que tenga un poco de suerte puede alcanzar avanzada edad… y el respeto reverencial se ha perdido, acaso como fruto de ser lo habitual. Tan usual como para no pensar en ello. La muerte se asoma a nuestras vidas para aterrarnos, pero sólo esporádicamente porque siempre es otro el que se va sin alforjas. Y cuando le toca a uno… ya no puede informar a los que se quedaron, salvo en excepciones que la altanera ciencia no es capaz de explicar, siquiera de estudiar, quizás por ese miedo cerval a la última frontera. La que es infranqueable estando vivo, únicamente muerto y para no regresar.

A la inspectora Pereda no le gustan los maniquíes, y rehuye los escaparates porque aquellos le recuerdan los asesinatos que ha tenido que investigar. Esa quietud, ese rechazo al contemplar un pecho estático sin ritmo alguno de respiración, ni trepidar de corazón, como algo apartado de la lógica más cabal. Pero esa es la característica de los difuntos: su inquietante semejanza con un muñeco, lejos del aliento de la vida. Lejos el alma que sintió, padeció, gozó en esa carne. El anagrama sincopado “caro data vermibus” (N. del A. “carne dada a los gusanos”), del que procede el término “cadáver” según aprendió cuando hacía el bachillerato, era un macabro juego de sílabas. Significaba que esa carcasa física que había pasado por este mundo terminaría siendo alimento de un pequeño invertebrado, sin mayor consideración ni análisis. Sólo se puede estar seguro de que hoy se vive, pero el mañana no es más que una quebradiza y endeble promesa tras la que se puede esconder un oblongo cajón forrado de tafetán o satén. Al gusto… es mera presunción.

El crimen. ¿Qué empuja a una persona a acabar con la vida de la otra? ¿A desear y consumar para otro lo que le horroriza para sí? Pereda no tenía una fe a toda prueba precisamente por todo lo que había tenido que ver a lo largo de los años que llevaba de servicio como policía. Esa crueldad irracional y salvaje. Bastaba un segundo para segar una existencia y condenar la otra... Sí, también había conocido psicópatas que estaban al margen de la acción de la ley y de los remordimientos de su conciencia, pero esos individuos no eran los más abundantes, y hay muchas formas de consumirse en los infiernos. Luego estaba la pérdida de su marido, hacía relativamente poco, aunque para ella el dolor era tan insoportable como si lo hubiese sufrido el día anterior. Viuda y con dos hijos en el preámbulo de la difícil adolescencia. ¿Dios? Sí, en algún sitio, pero mirando hacia otro lado, impasible ante el clamor que el padecimiento humano elevaba a lo Alto. Impasible ante tanto Caín suelto…

A menudo se despertaba de madrugada, alargaba el brazo hacia el otro lado de la cama, para cerciorarse de que el cáncer fulminante que lo enterró había sido una agobiante pesadilla… pero no. La enfermedad se lo llevó dejándola en una interminable noche sin luna, en la que el sol no es más que un recuerdo de lejanos y felices días al borde de la mar. Se reincorporó al servicio presionando a su psiquiatra, que consideraba que la depresión no es buena amiga cuando se tratan armas y delincuentes. Sólo buscaba un motivo para levantarse cada día, en aquellas semanas los niños estuvieron con sus abuelos… y ella a solas, andando a gatas por el fondo de sus lágrimas, dialogando con la oscuridad por si su esposo aún anduviese por la casa, tan desolada como un cascarón desvencijado. Tan desolada como ella misma.

“Hombre, blanco, de 53 años, vendedor de libros en un puesto de la Cuesta de Moyano, domiciliado en la calle de Canarias de Madrid. Hallado muerto con visibles muestras de violencia que hacen pensar en un crimen, a la espera de los resultados de la autopsia”… A veces leía sus informes y se preguntaba la razón de que le pareciesen tan estúpidos. Aparece un desdichado atado a su cama, castrado, eviscerado, con la cabeza machacada y todavía había que esperar a la necropsia. Cosas del Procedimiento. Y no tenían nada de nada, ninguna pista a excepción de un testigo aficionado a pasear su perro bajo la lluvia mientras cotillea quien entra y sale y con quien se entra y se sale. “Este trabajo sería imposible sin ellos”, pensaba mientras apuraba un pitillo en el portal y los compañeros hacían su labor arriba junto al juez. También estaba el elegante caballero que había venido antes, el ex-militar a quien había tomado el pelo llamándole “007” porque se había identificado con la acreditación de una organización dedicada a la “inteligencia”… aunque tenía claro que se había callado algo, lo cierto es que le había llamado la atención, y eso era más de lo que podía decir de los hombres con los que se había topado desde que salió parcialmente de su “duelo”. Sabía que nunca lo abandonaría del todo. Hay costurones que no se cierran jamás, igual que un miembro amputado no vuelve a crecer. Entonces, ¿qué podría reemplazar al hombre de su vida, con el que había concebido a sus dos maravillosos hijos? La respuesta era “nadie”…

Vio pasar el cajón plateado de los servicios judiciales, las gotas de la lluvia se estrellaban una tras otra, como si no resignasen a la pérdida, como si pretendiesen despertar al finado con su repiqueteo y devolverle el aliento arrancado. Pero ello sería imposible. La tierra no volvería a escuchar sus pasos, ni sus palabras, ni habría más amaneceres para él. Se acabó. Para siempre.

Habló de formalidades legales con el juez y dio las instrucciones a sus subordinados. Antes de que precintasen el lugar de los hechos, sintió el impulso de volver a inspeccionarlo: su intuición no le fallaba y estaba más a gusto sin la presencia del cuerpo de la víctima, cuyo silencio atronador le impedía concentrarse en otros detalles.

El contraste. La escena de un crimen siempre presenta cierto grado de desorden. Este no. Salvo el dormitorio, todo estaba extrañamente limpio; si en una casa eso es lo normal (también en mayor o menor grado, según el carácter de sus moradores), allí era llamativo. No confiaba en hallar algo que se le hubiera pasado a la gente de su equipo, sino encontrar “algo” que estuviese relacionado, tangencialmente, de momento tenía esa frase, “écrasez l’infâme” escrita en la pared por el presunto asesino, con la sangre del asesinado. La caligrafía pierde sus particularidades personales en trazos grandes, pero era curioso que la frase la tuviera impecable, de escribiente antiguo, con sus líneas, tildes y adornos, como si el que la hubiera plasmado no se permitiese salir de los cánones ni siquiera en medio de un crimen.

Se disponía a marcharse cuando un gran estruendo quebró la quietud del piso. Un libro se había caído de una estantería al suelo, quedando abierto por donde tenía una señal. Era un Evangelio Apócrifo en latín, el de Bartolomé, tenía subrayada una parte, “Vae mihi, quia per mulierem multos decepi et ego ipse a virgine deceptus sum et catenis igneis vinctus et religatus sum per filius virginis et male ardeo! O virginitas quae semper contraria! Adhuc septem millia annis non venerunt et quomodo gannatus sum ut ea confiterer quae dixi?”, que anotó lamentando no haber sido más aplicada con el latín. La casualidad ha sido fecunda aliada del Hombre y ella no iba a permanecer impasible ante lo que podría ser un guiño de la Providencia. Era posible que le fuera útil. Sopesó llamar al caballero que había conocido por la tarde con ese pretexto, pero desechó la idea: hombres “así” no suelen estar “disponibles”. Se avergonzó de que la frivolidad le distrajese de su trabajo. Llamó a sus padres para preguntar si se portaban bien los niños. Ya estaban acostumbrados a pernoctar en casa de los abuelos, pero no toleraba que su labor, estando de servicio, le hurtase una simple llamada de móvil. Luego fue a malcenar algo, se pasaría por su despacho y mientras cavilaría sobre el caso. Bajo la lluvia. Le encanta la fresca humedad del agua, el olor a tierra mojada que le recuerda la fragante piel de su esposo cuando hacían el amor, lo que añora sentir la vitalidad de su hombría colmando con su amor hasta el último rincón de sus entrañas. Tenía la sensación de que iba a ser una noche larga…

La inspectora Pereda tiene en mucha estima a su instinto. Hay cosas que el entendimiento no entiende pero que son accesibles desde la intuición cuando se renuncia a conocer su naturaleza, sólo aprehenderlas si no es posible “aprenderlas”. Le parece hilarante la soberbia del Hombre, que toma las interrogantes del Universo como desafíos que hay que despejar por fuerza cuando puede que nos esté vedado por alguna razón que se nos escapa. No todos pueden todo, ni todo está ahí para explicarlo. Porque puede que sea peligroso.

Había estado buscando en Internet la frasecita. Se atribuía a Voltaire, un poco obsesivo el personaje, que encabezaba sus cartas con ella. Si estuviese vivo le visitaría para interrogarle, pero tenía coartada: murió en 1778. Obsesión… sí, lo que la “Enciclopedia” tuvo hacia el Cristianismo. Los d’Alembert, Diderot, Rousseau, Condillac, Turgot, entre otros, que hicieron de la Fe blanco de sus invectivas por contemplarla como un escollo que el progreso de la Humanidad tendría que sortear. “Progreso”. Ella sí que da fe, por constarle, de un “progreso” incontestable: el de la crueldad, el de un absoluto desprecio por la vida, del que no se salvaban niños, ancianos o embarazadas. Estas últimas le suponían dolor añadido por haber sido madre y porque no podía aceptar que el vientre de una mujer pudiera llegar a ser féretro de carne. Realmente una de las razones que le llevó a la Policía fue la de combatir el delito bajo cualquier envoltorio. Tanto le conmovieron las circunstancias del horroroso asesinato de Sharon Tate que no lo dudó aunque sucediese antes de que naciera: ella sería policía, porque tenía que haber un contrapeso para tanto espanto, para tanto dolor, para tanta injusticia, para tanta sangre. Incluso a costa de la suya.

A esas horas ya debería de estar a punto de acabar la autopsia. Se dirigió al Instituto Anatómico-Forense para recoger el informe y echarle un vistazo, aunque eso podían hacerlo por correo electrónico. Ella quería hablar con el facultativo a pesar de la furiosa tormenta que estaba descargando sobre Madrid. Hay cosas que sólo se pueden ver en los ojos de las personas y no en un frío documento membretado con formato din-a-4. Le franquearon el paso hasta llegar a la sala, donde el médico estaba despidiendo a los auxiliares. Le conocía desde hacía años, una persona íntegra, doctor vocacional que se quitaría la vida antes que violar su juramento hipocrático. Debía de andar cerca de los sesenta, pero aparentaba más, siempre parapetado tras los cristales de sus gafas. Después de los saludos de rigor, Pereda dio por acabado el cuartel.

- ¿Algo que nos pueda ayudar en la investigación?
- No – contestó mientras se secaba las manos - Nada que no se te haya escapado. La precisión de las incisiones indica un grado de conocimientos anatómicos que está por encima de cualquier persona. Sin duda es alguien que si no es médico poco le falta. Aunque suene a humor macabro tengo que decir que el desgraciado ya venía con media necropsia hecha. No creo que los estudios microscópicos y los demás análisis arrojen luz a este “sindiós”…
- ¿Por qué usas esa palabra?
- Porque no veo a Dios en nada de esto, por mucho que digan que está en todos lados.
- Ya – añadió Pereda con indiferencia - ¿Cuál fue la causa de la muerte?
- Te parecen pocas… – señaló el cuerpo tendido en la mesa – Ya sé que te refieres a la principal, era por seguir con el humor negro… Si no fuera gracias a eso, creo que nos volveríamos locos con lo que tenemos que ver… En fin, fue la herida inciso-contusa; vamos, el golpe en la cabeza, región occipital, la causa de la defunción. ¿No tenéis el arma del crimen?
- No. No tenemos nada más que…
- ¿Qué? – la miró por encima de sus gafas, que tenía en la punta de su nariz – Porque es imposible que acarreasen el madero sin que nadie lo viese o sintiese.
- ¿Cómo? ¿Un madero dices?
- Sí, un madero pero no como vosotros – ella le censuró con los ojos – Vale, dejamos los juegos de palabras también… Mira – sacó unas fotografías de un cajón – esto es un cráneo abierto por un bate de béisbol… este lo ha sido por un palo normal y corriente. Este grado de lesiones – se acercó a lo que quedaba de la cabeza – sólo puede haber sido posible con un madero… y alguien con una fuerza extraordinaria para manejarlo. He encontrado esquirlas de “Cupressus sempervirens”, “ciprés” para los amigos, por lo que el arma tiene que presentar rastros del impacto. La víctima se hallaba tumbada, en decúbito supino, cuando lo recibió…
- Eso es imposible, – Pereda le interrumpió - no pudo haber espacio para la trayectoria del impacto, estaba el cabecero de la cama y la pared. Cuando se golpea, el objeto contundente describe un arco hasta la superficie del blanco, arco que le sirve para “armarse” cogiendo potencia… Lo recibió estando acostado sobre la cama, todo lo que lo rodea da testimonio de ello, pero…
- Podía tener la cabeza ladeada, ¿era grande el dormitorio?
- ¿Qué envergadura tendría ese “madero”?
- Vaya, nos sale la vena gallega, ¿eh?... – la policía volvió a fulminarle con la mirada – Bien, entendido, tampoco se aceptan chascarrillos sobre tópicos regionales… Es complicado aventurarlo, un poco más de dos metros de longitud, unos 90 kilos, en torno a veinte centímetros de diámetro, esto sí te lo puedo asegurar a ciencia cierta.
- No puede ser. O te equivocas, o esto es un disparate sin pies, ni cabeza… y no hagas chistes sobre “cabezas”, que te veo venir.
- Que los Cielos me libren, doña Seriedad en persona. Lo peor es que eso no es todo. Estaba drogado con una sustancia que no he logrado identificar… un estimulante sexual presumo, aunque no le veo sentido aparente a la castración…
- ¿Una droga sintética?
- No, de sintética nada, pero nunca la había visto. Todo lo he puesto en el informe preliminar, hasta lo de las “garras”…

La sorpresa se dibujó en el semblante de la inspectora, en su versión mayúscula. Percatándose el forense, continuó…

- En la piel de las piernas y de los brazos hay marcas de “garras”. Y en las cavidades interiores. O bien el asesino que buscas tiene un peculiar sentido del humor y del despiste, o estás buscando algo que no pertenece al género humano.
- ¿Qué me estás contando? – negó con la cabeza – Esto es un homicidio, no una película de terror de serie “B”.
- Un homicidio es motivo de terror, ¿no te parece?, además hay películas muy buenas de ese tipo, no seas despectiva… por cierto, a ti te gustaba la literatura de Poe, ¿me equivoco?
- Sí, pero no capto lo que tiene que ver…
- En “Los crímenes de la calle Morgue” el asesino es un primate. Narra unos hechos anclados en lo verosímil por exclusión de lo sobrenatural pero…
- Tus “peros” son más reveladores que tus premisas, dispara…
- Pues que supongo que puedo decir que ninguno de los dos descarta acontecimientos sobrenaturales, a tenor de los sucesos que a veces hemos presenciado o comprobado por sus consecuencias… Ten cuidado inspectora, no estás ante un asesinato vulgar y corriente, porque hay un último detalle que te va a encantar…
- Me revienta la “originalidad” en este trabajo, a ver, sorpréndeme.
- La víctima tenía escrito algo en la espalda. Lo hicieron con un cuchillo muy afilado. Era normal que no lo vieséis, con tanta sangre yo tampoco lo he visto claramente hasta que lo he limpiado…
- ¿Qué es? – le preguntó con ansiedad - ¿qué dice?
- “Ap. 523”.
- “Ap. 523”… puede ser un apartado de correos. Pero ¿de donde?....
- Difiero agente. Algo me dice que no es “ap” de “apartado”, sino “Ap” de “Apocalipsis”, señalando específicamente un capítulo y unos versículos…
- ¿Cuál es su contenido?

El interminable coro de gotas de lluvia alzaba su monótono cántico en medio de la madrugada. El médico, serenamente, se guardó las gafas en el estuche, enfiló la puerta de la sala mientras cogía suavemente del codo a la inspectora, echó la llave tras ellos, suspiró y repuso…

- Eso te lo dejo a ti. A mi no me dice nada, pero a tu sagacidad seguro que sí. Toma esta tarjeta, es de un profesor, puede que te ayude con cosas de libros, autores, citas y otros acertijos. Jugamos al ajedrez por correo electrónico, sólo le he ganado una vez, el muy desconsiderado. Insisto en que mires por donde caminas. He visto demasiados cadáveres para saber sobradamente que este no es uno más. Cuídate...

La inspectora Pereda regresó lo más rápido que pudo a su despacho. Pidió un ejemplar de la Biblia y se zambulló en las líneas del “Apocalipsis”. El capítulo referido era el quinto, ese libro sólo contiene 22. Versículos dos y tres, este capítulo llega hasta el catorce, quedando descartado que se tratase de un eventual versículo “23”… y leyó, en voz alta para intentar comprender mejor el contenido:

“Vi un ángel poderoso que exclamaba con voz potente: ¿Quién es digno de abrir el libro y de romper los sellos? Y nadie, ni en el Cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra podía abrir el libro y leerlo.”

Lo repitió una y otra vez, pero a excepción de la profesión del asesinado, no extraía conclusión alguna… salvo que hubiera un libro por medio.

Una de las prerrogativas que tienen los superiores en una cadena de mando es que pueden prescindir de llamar a las puertas de los despachos de sus subordinados. Es como si la educación más elemental prescribiese. Están capacitados para hablarte aunque estés en medio de una conversación telefónica o para reclamarte mientras realizas otras tareas, que nunca serán tan importantes como acudir a su llamada.

Era Laredo. Su superior. Un policía de cincuenta y pocos años, bien relacionado y mejor casado, que disponía de amistades entre los políticos de la izquierda. Pese a la irrupción estaba particularmente de buenas, se sentó al otro lado de la mesa, frente a Pereda; le preguntó por los niños; qué buena es la familia; vaya tiempo de perros pero hace falta el agua; sí, además que sí; qué cosas tiene el “cambio climático”, ¿verdad?; “sí, es muy extraño que llueva en noviembre sobre Madrid”, replicó con aire zumbón la inspectora; “menudo pastel el de esta tarde…”

- Quizás es por eso por lo que estás leyendo el “Nuevo Testamento”…
- No, exactamente, pero todo puede tener relación aunque no la percibamos conscientemente.
- Precisamente de ello quería hablarte, ¿te apetece un café? – hizo una seña a través de la ventana del despacho para que se lo trajesen – cada vez soy más entusiasta del “agua sucia”…
- No, gracias, es muy amable. – respondió sin perder la inexpresividad de su rostro – Dígame, pues…
- Caray, un crimen terrible. Pobre hombre. Hoy es arriesgado meterse en la cama con según quien. En fin, he estado leyendo lo que nos has traído, que hay que tener ganas para recogerlo personalmente habiendo faxes y correos electrónicos y… bueno, también he hablado con los mandamases y se ha decidido que la investigación van a acometerla otros.
- ¿Otros? – inquirió Pereda – Es muy irregular, se sale del Protocolo. ¿Por qué nos relevan? ¿Quiénes son esos “otros”?
- Eso no nos incumbe… y es mejor así. Es un caso muy extraño, se sale de lo que ordinariamente manejamos. Tampoco usaría la palabra “relevar”, suena muy tajante. Yo hablaría de “ceder”… Sí, “cedemos voluntariamente” la investigación a “instancias” más “cualificadas”.
- ¿Está insinuando que nosotros no somos competentes?
- No, claro que no. Tanto tú como tu gente sois unos “máquinas”, bueno excepto el que se ha puesto malo al ver el pastel – se carcajeó – hay que ver…
- El agente López es un policía intachable y a lo largo de estos años le he visto arriesgar su vida por compañeros y ciudadanos que se hallaban en situación de riesgo. Respecto al “pastel” le puedo decir que no era de gusto. Por mucho que vea las fotografías no se puede hacer una idea, ni siquiera aproximada. En ellas no se puede oler nada, por ejemplo. Un distanciamiento muy aséptico.
- No, no me malinterpretes – titubeó Laredo mientras pensaba que la inspectora debería tener el periodo, y que si no obedecía por las buenas, lo haría por las malas – Cualquiera se puede poner indispuesto… Créeme, lo comprendo… y yo quiero que tú comprendas que las órdenes están para acatarlas. No dudo de vuestra capacidad, pero se me ha ordenado que no sigáis adelante. ¿El porqué? No es asunto vuestro y yo no voy a preguntarlo. Es lo que hay y punto… - apuró la taza - Hmmm, muy bueno el café. Siempre es un placer cambiar impresiones contigo, Pereda, si necesitas algo estaré en mi despacho, y si no, llámame al móvil…

Se levantó y salió. “Llámame al móvil”. Se acordó de la nota que le había dado el forense. Marcó el móvil, no esperó que fueran a descolgar, dejó un mensaje en el buzón de voz disculpándose por la hora en que telefoneaba y previniéndole de que iba a visitarle por la mañana, al lugar donde imparte sus clases, para consultarle unas cosas…

viernes 4 de diciembre de 2009

Crónicas del Olvido - Romancín de la muchacha y el rayo de luna

Rasgueando una canción en el alféizar sentada,
estaba la muchacha en clara madrugada.
Triste canción de amor ausente; triste y distante.
Todo en silencio por mejor escucharla,
muy callados los ruidos por bien apreciarla.

“Pronto vuelve, música de lamento,
presto torna sin dudarlo un momento.
¿Acaso no ves como sufre tu enamorada?
De la guerra regresa para gozar de la vida
junto a aquella que por ti la suya daría…”

Pálido rayo de luna plateada
la oye, que por allí pasaba.
Lustroso reflejo de plenilunio,
embriagado, quedo a ella se acerca:
“Niña, si conmigo vienes cantando,
entero el mundo verás flotando.”

“Más allá del horizonte te llevaré,
en el arco iris te columpiaré.
Verás de San Pedro, la cúpula,
Todo el espléndido y ancho mar
lo contemplarás sin un paso dar.

Bajo los acordes de la vihuela, sonriendo,
“tocarte no puedo, te veo resplandeciendo,
mas el solo destello de un espejo eres,
yo trovo para guiar a mi buen amado,
y no concluiré si no está a mi lado.”

De allí raudo y turbado se marchó,
de una nube el despecho lo ocultó,
que una mortal lo había desdeñado,
que una débil mujer no lo ha deseado
por el enamorado compás de un corazón.

viernes 27 de noviembre de 2009

Crónicas del Olvido - El puñal y la guedeja

Vuela el halcón, vuela surcando los cielos. No hay frontera ni cerca que le someta, ni mal viento que le detenga. Fiel vasallo de su señor, otea la superficie que se extiende ante sí en busca de una pieza con la que rendir pleitesía a su amo. Se aleja, y se aleja, y se aleja, hasta que la vista le pierde.

- A ver no le alcanzo, mi señor,
mucho me temo lo peor.
- Sosegaos, no se dirá del conde de Santorcaral, buen Martín,
que perdió presa y ave antes del mesmo día tocase a su fin.
- Mirad, mi señor, tarde es ya, que el sol cabalga hacia poniente
y por esta región, demonios y brujas hay que nublan la frente.
- Martín, no cubras cobardía o pereza con una conseja,
iré presto y antes tornaré, buen viejo eres, mas no vieja.
- Ni cosa ni la otra, señor conde, atended a quien bien os quiere,
de sobra sabéis que no soy cobarde,
al infierno os seguiría con lo que arde,
teneos, aguardad, espuelas no piquéis, de noche aquí se muere.
- Pues recordad con viveza del conde de Santorcaral la postrer risa,
miedo o temor no tiene el vencedor del infiel,
mejor apuraría las heces de una copa de hiel,
mientras hacia la muerte corre, vos rogaréis por su alma en misa.
Galopa el corcel, manto del caballero al viento. Allí cree divisarlo, por ahí piensa escucharlo. Aguijonea sus labios con maldiciones e imprecaciones. El horizonte sepulta al rey de los astros y las sombras se yerguen alargadas del suelo para enseñorearse de la Tierra y de las horas... “¿Qué es eso?”, se dice a un claro llegando del monte. Blanco lobo como la espuma, blancos dientes enseñando como nevadas cumbres, acercándose está a una rubia dama como la clara luna, blanca piel como flor de cerezo. Desmonta el caballero y su espada desenvaina. Marcha el lobo gruñendo, marcha levantando la hojarasca a su paso...
- Gracias por vuestro valor, la vida daba por perdida,
la bestia a matarme venía, sí, ya estaba rendida.
Azul mirada, como de primavera amanecer que pasa de puntillas sobre las abiertas y sorprendidas rosas. Azules ojos como claro venero que asir no pueden las manos aunque se lo propongan.
- Mi espada, mi vida, mi honor y aun el alma habría yo de rendir
antes que una dama como vos algún perjuicio hubiera de sufrir.
Tiempo llegó y se fue como vino. ¿Cuánto?, no se sabe. Las tinieblas el firmamento ocupando fueron con su oscuro gallardete, noche de plenilunio sereno de frases quedas y arrullo de enamorados como de brisa susurro en la orilla de la mar. En esto llegó del día el heraldo con su alborada despuntando.
- He de marchar, volveré a vuestro encuentro;
las horas contaré, me lamentaré sin cuento.
- No os vayáis, ¿y si no regresáis?, nadie os buscará,
conmigo quedaos, si no el corazón se me quebrará.
Buenas palabras fueron las que convencerla pudieron. Buenas palabras con amor pronunciadas, las que acariciaban su deseo. Requiebros como afilados dardos alcanzaban del conde el pecho. Despidiéndose estaban cuando...
- Esforzado caballero, antes de ir vuestro puñal quiero,
un presente os daré, ofrenda de amor, con esmero.
- Aquí tenéis, que si quitarme queréis la vida,
no habría yo de negarme para dejaros abatida.
En el claro fondo de sus ojos brilla una chispa, en el claro fondo de su mirada, promesa de placeres. Un fogonazo malévolo brotó... y como brotó, partió. Un mechón de su rubia cabellera cogió y de un tajo lo cortó para entregárselo a su amante.
- Tomad esto y oíd, que no digáis que fue un sueño,
el puñal guardaré para recordar quien es mi dueño.
Llevó a sus labios la rubia guedeja el caballero y un beso depositó como centinela de su retorno. Volvió grupas, rumbo a su castillo, para dar la buena nueva de que la heredad de Santorcaral tendría señora al cabo. Ya ve los guiones de su estirpe, las almenas, el adarve; de las ventanas los postigos distingue... y su fiel Martín que a su encuentro sale...
- Mi buen señor, ya os dábamos por difunto.
- Si los moros no pudieron, ¡bonito asunto!
- Señor conde, dos semanas ha que faltáis...
- Ca, no puede ser, una noche, me engañáis...
- Batidas vuestras tierras, hasta el último rincón.
- Seguro que os burláis, sois un buen fisgón.
- Si de mí no os fiáis, buena fé os habrán de dar.
- ¡Qué desatino! Ninguna duda me ha de quedar.
Buenas razones son las que los hechos confirman. Dos semanas había faltado el conde y nadie sabía explicárselo más que como un encantamiento. A solas pidió que le dejaran y de su guantelete sacó el resplandeciente mechón, “que no digáis que fue un sueño”, recordó y el llanto le invadió, pues bien comprendió que de un hechizo había sido víctima.
Pasaron los días y el dolor laceraba el corazón del conde. Nada comía, nada leía, menos escribía. Ni siquiera los juglares que en sus posesiones se detenían y que antes agasajaba para que le regalasen sus mejores cantos y músicas, le lograban arrebatar de su melancolía. Visitáronle físicos y curanderos sin dar con causa aparente de su aflicción. Una tarde, poco antes del ocaso, llamó a su buen servidor a las caballerizas para confesarle algo...
- Mi buen señor, alégrome de verle animado, aquí estoy.
Como siempre a sus órdenes, lo mejor de mi le doy.
- Leal Martín, lo sé, y has de saber que lo agradezco.
Marcho, no me detengas, que por una mujer perezco.
- Mujer no, señor conde, demonio es y os perderá,
no la busquéis, una escapasteis, dos os arrastrará.
- Tente, Martín, el corazón tiene razones que no entiende la razón.
Con ella iré y gustoso el mío le ofreceré: elija muerte o pasión.
No atendió las lágrimas de su mayoral, un legajo le entregó, testado había. Se santiguó mientras elevaba un Padrenuestro y el noble bruto iniciaba su veloz camino hacia el lugar donde se despidió de la bella desconocida. Tantas plegarias pronunció que la cuenta perdió. Llegó. Allí estaba, radiante, como si el sol que había muerto tras las montañas, tras la línea del oceáno, se hubiese encarnado en el cuerpo de una bella mujer. Como si toda la luz de las estrellas se agolpase en sus pupilas para cegar a los mortales que osasen profanar esa centella azul. Como si todos los rayos del mundo se hubiesen concentrado en su mirada bailando al son del abrir y cerrar de sus párpados. Allí estaba ella frente a él. Y nada parecía importar...
- Os dije que retornaría...
- Os dije que aguardaría...
- Os he extrañado...
- Os he deseado...
- Os amo con todo mi corazón...
- Os amo sin ninguna remisión...
Y sellaron su amor con un interminable beso, fundidos en un abrazo para toda la Eternidad.
Dan cuenta los perdidos caminantes de cierto milagro, por encantamiento quedó, que cuando luce la luna llena y los lobos con sus sonoros aullidos la saludan, cuando los fatuos fuegos danzan sobre las tumbas, las ánimas en pena recorren el ancho mundo suplicando redención, los duendes sacuden las cunas de los recién nacidos y el teatro de los sueños descorre su telón en la mente de cada persona; en ese sitio, en ese claro del bosque, bajo las ráfagas de la pálida luz de la plateada lucerna celeste, ven a una pareja de amantes abrazados besándose apasionadamente susurrándose de amor promesas para siempre... un mechón en la mano de él, en la de ella un puñal que deja caer al suelo con abandono...

viernes 20 de noviembre de 2009

Apocalíptica - La Música (Capítulo VII y último)

Se puso al volante del automóvil. Esa sensación de algo que no esta asegurado. De que estaba al descubierto si fracasaba. Descendió del vehículo nuevamente, agarró el maletín que contenía el libro y se dirigió a la recepción. Pidió un teléfono, ante la extrañeza del recepcionista. Hizo dos llamadas que no serían atendidas, conocía los hábitos de sus amigos, con la intención de dejar sendos mensajes capitales en los buzones de voz que serían escuchados a primera hora. Con suerte, puede que antes. Colgó. Retornó al mostrador. Con una seña llamó al recepcionista.

- Dígame, señor.
- Aquí tiene dinero para pagar los gastos de mi habitación durante dos noches más.
- ¿Quiere factura?
- Cuando vuelva... si vuelvo... ¿Ve este maletín? Quiero que lo guarden en su caja fuerte.
- Su habitación tiene caja de seguridad, señor...
- No. Necesito la de ustedes, si es que la tienen.
- Sí, la tenemos pero no se utiliza casi...
- Perfecto, mejor, va a ser durante pocas horas. Ahora le voy a dar unas instrucciones muy precisas. ¿Cuándo acaba su turno?
- Sobre las nueve o diez de la mañana. Tenemos alguna baja y...
- Estupendo. Si vienen será antes de esa hora.
Isidro extendió un nuevo billete a modo de gratificación. “Me ha tocado la lotería” pensó el empleado del hotel.
- Este maletín sólo puede ser recogido por dos personas. - Le entregó un tarjetón del hotel con dos nombres - Sólo y exclusivamente por una u otra de esas personas, o ambas; ni siquiera cuente conmigo. ¿Entiende lo que le digo? Si termina su turno sin que sea recogido o si viene otra persona distinta a reclamarlo, incluido yo, destrúyalo sin abrirlo. ¿Me ha comprendido?
- Sí... pero, pero esto es muy irregular, no sé si... - ya no tenía tan claro que le hubiese tocado la lotería – la Dirección accedería a esta...
- Tiene mi palabra de que el objeto que contiene no está fuera de la “legalidad vigente” en nuestro país. - Afirmó con tanta rotundidad que impresionó al interlocutor - Olvídese de la Dirección. Esto es una cosa entre nosotros – otro billete se deslizaba hacía el recepcionista – le ruego encarecidamente que se asegure de la identidad del receptor. Ahora repítame lo que le he encargado.
“Turno de madrugada y encima esto”, se decía el buen hombre mientras recitaba el encargo. Correctamente.
- No lo olvide, ni siquiera a mí mismo. Sobre todo si soy yo mismo. He dejado dicho a los receptores que tengan en cuenta su diligencia y la valoren con generosidad. ¿Tiene alguna duda?
- No... no, señor.
- Siempre me ha gustado este hotel. - repuso con satisfacción - Que pase buen “servicio”.
- Gracias... – no llegó interpretar el deseo porque se trataba de un hombre joven, de las quintas que ya no tenían que cumplir con su Servicio Militar – Que tenga buen día.
El comandante salió apresuradamente, ya había perdido mucho tiempo, miró su reloj, marcaba poco más de las tres de la madrugada. Arrancó el coche y se marchó rápidamente. Rumbo a su casa. No se le escapaba que, quizás, rumbo a su perdición.
Las calles estaban desiertas, no tardó mucho, Alcalá de Henares aún tiene una dimensión urbana bastante asequible a las personas. Estacionó en el garaje y montó la pistola para que la recámara estuviese ocupada por el primer cartucho. Libertad de movimientos, la gabardina esperaría en el coche, quien sabe si para siempre.
Hacía frío pero no era insoportable, relámpagos lejanos mudaban la noche en día durante un instante. No había mucho trecho desde la puerta del garaje hasta su casa. La esquina donde horas antes se había encontrado con Inés. La dobló; desde ella se ve la entrada, pero no el domicilio. Aparentemente todo estaba tranquilo. Siguió andando. Divisó las ventanas. Las luces estaban apagadas. Llegó ante la puerta... giró la llave y se abrió. Desenfundó el arma. La puerta se cerró con un gran portazo y todas las luces se encendieron al tiempo por sí solas. Recorrió la planta baja. Nada. Todo en orden. Subió a la de arriba. Su dormitorio... como él lo había dejado. Otra habitación, igual. Su despacho... cerrado por dentro... Imposible que hubiera sido él. Intentó abrir... no podía. Era cómico que llamase a la puerta de su estudio, pero probó... y pudo franquear el umbral.
El gran sillón no estaba pegado a la mesa frente a la puerta, como tenía por costumbre al terminar sus quehaceres. Se hallaba completamente girado, dándole la espalda. Alguien estaba sentado. Isidro le apuntó.
- Dé la vuelta, muy despacito, y dígame quién es...
- Así lo hizo. Primero contempló las piernas de una mujer, su falda, el torso... y bajó la pistola.
Era su esposa.
- Parece que no te alegras de verme.. Ni que hubieras visto un fantasma – se rió – Yo sí que estoy entusiasmada... por ver cómo me encañonas con otra “cosa” - se levantó y comenzó a acercarse – Seguro que me has echado de menos... Espero que no me hayas olvidado...
- No puede ser – contestó García de Paredes mientras sentía que su espalda tropezaba con la puerta, cerrada de nuevo – estás muerta.
- Pues estoy aquí... y muy viva – le cogió la mano que tenía desarmada y la puso sobre su pecho - ¿ya no te gusto?
- Mi esposa está muerta.
- ¿De verdad? ¿Me viste en la caja?... ¿A qué prefieres verme en la cama?
- No, no pude, estaba en una misión... desaparecido en acción... llegué demasiado tarde. Además ella... no era tan “directa”.
- Ay, la “decencia”. Pero la gente puede cambiar, ¿no?
Isidro intentó recomponerse. Estaba claro que no podía ser su mujer. Pero ese cabello suelto, su parecido a la actriz Sharon Tate, que tanto les gustaba a ambos y a ella le halagaba. Inés había contado la verdad. Tenía que haber hecho más caso a su instinto que al escepticismo. Recordó que Verónica, su esposa, tenía un diminuto lunar, casi una peca, debajo de la oreja izquierda, a un lado del cuello. “Es para que sepas donde me gusta que me beses”, le decía. Subió la mano del pecho al rostro, lo acarició pero estaba frío, parecía que acabase de llegar de la calle; la escurrió perezosamente por detrás de la nuca, como si fuera a besarla... apartó el cabello... y no estaba esa marca de nacimiento.
Con toda la decisión que pudo ser capaz de reunir, le puso la pistola sobre la sien.
-Acabemos esta pantomima. Tú no eres mi Verónica. ¡Identifícate!
La mujer se separó sobrecogida. Miraba de hito en hito al ex-militar, como si no entendiese muy bien algo.
- ¿Eres un capón o un hombre?
- Si fueras mi mujer sabrías que soy un tipo frío. ¿Cómo lo “bautizó” ella?... Eso que un amigo nuestro refirió que decía su madre sobre esa “cualidad”. Fue en esta casa, durante una cena, poco antes de morir, estábamos las dos parejas. Le hizo muchísima gracia, lo celebró entre grandes risas... Vamos, si eres mi mujer tienes que saberlo... - comenzó a sentir frío - ¿Qué pasa? Ni siquiera puedes leerme el pensamiento, porque lo tengo escrito a cincel ahora mismo... Y no te rehuyo la mirada, venga, ¿cuál es tu problema?
La insinuación había desaparecido de los ojos de la mujer para dar paso a un mal disimulado desprecio. Pareció que iba a darle la espalda a Isidro, pero de repente le propinó una fuerte bofetada en pleno rostro, tirándole al suelo.
- Mi problema eres tú. En realidad mucha gente como tú. Pero ahora tú eres lo que me está haciendo perder el tiempo. - Ya no tenía la apariencia de su fallecida esposa, se había transfigurado instantáneamente – Pensaba que un último ayuntamiento con tu difunta señora, para que te fueras acostumbrando, te gustaría; pero, y soy el primer sorprendido, a veces me equivoco. No entiendo el porqué, al librero le encantó, pero algunos sois imprevisibles. Lo más enojoso es que, además, lo único que percibo en tu cabeza sea un rumor informe de multitud de historias. Es como ver una televisión con varios canales a la vez. No me entero de nada.
- ¡Pobrecita! - ironizó el veterano, mientras se limpiaba la sangre que se le derramaba de un labio y se incorporaba – Es que ya no la dejan trabajar a una en paz... ¡pobre Aurora!
Le dirigió una mirada ambigua. Podía echarse a reír o golpearle nuevamente. Rubia. Espectacularmente blonda, con una luminosa piel blanca que contrastaba con sus ojos negros como el azabache. Llevaba un vestido rojo de punto, muy ceñido, daba poco margen a la imaginación. Comprendió las prisas y la ansiedad del librero, aunque no era la clase de belleza que a él particularmente le gustaba por demasiado “evidente”.
- Así que estabas prevenido... Eso puede explicar que no pueda ver nada, en alguien con suficiente voluntad, como tú. Voy a resolver dos asuntos a la vez, mi libro y la desaparición de Inès – la citó con acento francés – al final puede que la noche sea más productiva de lo que parecía. ¡Ah! Guárdate la pistola. Un soldado como tú debería de saber que “las armas las carga el diablo”. Y a mi no me puedes hacer nada con ellas, prueba si quieres, he perdido la cuenta de las veces que me han asaeteado, quemado, lapidado, arcabuceado, acuchillado, disparado y.... - bostezó exageradamente – aquí estoy. Más guapa que nunca. “Explorando el lado femenino” de mi naturaleza. Unos cuantos siglos como Lucien bajo distintos apellidos es suficiente, ahora le toca a “Aurora” otra vez. Bueno, vas a cooperar o tendremos que utilizar nuestra imaginación para sacarte lo que no puedo ver en tu pensamiento.
- Igual que con el librero, ¿no?... “Écrasez l'infâme”
- Tu francés es deplorable. - respondió entre risas - Para ser un espía no eres políglota - “Qué manía, les ha dado fuerte con el tema”, pensó Isidro – Supongo que el inglés y el alemán, lógicamente, se te darán mejor... Coche alemán, pistola alemana... tu segundo apellido también... la herencia materna se puede comprobar en tus ojos grises y en la blanca piel. La magia de la genética... En el pelo no, aunque las canas ganen terreno... No dices nada, ¿eh?... aplicando el “manual del prisionero de guerra”... Siendo medio alemán, ¿porque escogiste este descosido país como patria?
- “García de Paredes” es mi primer apellido, compuesto. Mi madre era alemana y mi padre español, que en Paz descansen, pero los dos escogieron España como su morada y su tumba, y esta es mi patria, como bien has señalado. Hay cosas que se llevan grabadas a fuego en el alma y no se eligen.
- Es pintoresco ver cómo habla de “patria” un mercenario. Yo no lo soy...
- Yo tampoco. He servido lealmente a mi país en las filas de su ejército y ahora lo sirvo de otro modo, cuando creen oportuno llamarme.
- ¿La Fundación?... - repitió con desdén - Eres un ingenuo. Esas “organizaciones” sólo van a su avío. Que puede ser el nuestro... Pero volvamos con el rijoso vendedor de libros – cambió de tercio y arqueó las cejas –. No tienes que sufrir necesariamente lo mismo que él. Eso fue porque “terminó” demasiado pronto el desconsiderado, porque yo tenía que intimidar al mamarracho que tiene mi libro, o sea tú; y porque se lo debía al séquito que me escolta. Son entidades menores, pero necesitan divertirse de vez en cuando. La verdad es que lo bordan, la policía tiene que estar alucinando con el detalle del corte con el bisturí eléctrico...
García de Paredes se marcó una consigna: ganar tiempo. No sabía qué podía pasar, pero tenía que retrasar al máximo el desenlace que presumiblemente acabaría con él. Haría caso a su instinto: Tiempo. “El suficiente” como diría uno de los replicantes de la película “Blade Runner”.
- ¿Escolta? ¿Cuantos sois?
Aurora clavó sus ojos en él y mientras reía siniestramente contestó...
- “Somos legión”
- El Evangelio de Marcos no lo dice así. Es “Me llamó legión, pues somos muchos”. Capítulo 5, versículo 9.
No vio venir esa bofetada. Llegó de la nada para estrellarse contra su mejilla. Se limpió la sangre con el envés de la mano y volvió a erguirse.
- Admiro el orgullo. Que dulce es la soberbia... Ya he visto la biblioteca que tienes abajo, así que no es preciso que alardees de tus conocimientos “literarios”. Podrías meter el auto abajo, pero te has hecho una pequeña biblioteca. ¿Has leído todo eso? No entiendo para qué. Esa curiosidad por saber no es buena. “El Conocimiento es tribulación”. Ya que estamos con las Escrituras y te veo versado en ellas, ¿no sabes que “Puedes comer de todos los árboles del Jardín, pero del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal no comerás, porque el día en que comas, ciertamente morirás”?
- Es del Génesis, 2, versículos 16 y 17. Como está claro que dominas la Biblia, esmérate y recita sus pasajes como Dios manda.
Otro guantazo le alcanzó, pero no perdió pié y miró desafiante a Aurora.
- No me place esa observación. Si la repites te fulminaré. Más que nada porque no tienes la más remota idea de lo que estás diciendo. Pareces un loro, que saben el orden y el sonido de las palabras pero no su significado. “Dios”... Has despertado mi curiosidad, soldado, como yo también lo soy tendré cierta deferencia contigo. Será “conciencia de gremio”. Te voy a contar algo. Someramente, acerca de esta guerra y del “infame”.
“Mi señor consideró que el Universo es tan grande que Dios no debía ocuparse directamente de ello. Para liberarle de esa carga estábamos los ángeles, sus criaturas predilectas. El Señor entendió que pretendían suplantarle y usurpar la Creación toda y en reconocimiento a esos desvelos fueron condenados a este agujero, donde Él situaría a una nueva criatura, consciente de sí misma y de lo que le rodeaba, desde una estructura corporal basada en la materia. En la vil, humilde y blanda carne que terminará siendo cobijo de gusaneras. Todo un agravio. La verdad es que lo sirvió en bandeja: como poner un asado junto a un hambriento. Será Todopoderoso y Omnisciente, pero optamos por combatirle porque Él nos había castigado y además nos había sustituido por el Hombre. ¡Qué disparate! El ser humano, calamidad andante, que no duda en matar a su prójimo, que apenas dura un suspiro en la inmensidad de los Tiempos, siempre quejoso, inconformista... molesto. Se convirtió en objeto de toda su Atención. Tanta razón nos asiste que hubo unos cuantos más que se unieron a mi señor. Yo, entre ellos. Y le ofrecimos al Hombre la auténtica libertad y la sabiduría. Se debatió entre su sentido de la obediencia y el sabor de lo Desconocido. Ganó lo segundo. “
“Dios se enfureció y nos envió a sus leales. El choque fue espantoso y parecía que íbamos a ser exterminados a sangre y fuego. Nos diseminamos por todo el mundo para escapar... y logramos sobrevivir. Condenados, sí, pero vivos. Otros no podrán contarlo. Nos fuimos reagrupando y volvimos sobre el Hombre, que intentaba colmar tanta sed de conocimiento mediante los mitos. Las constelaciones eran representaciones de sus antepasados bajo las formas más caprichosas. Los truenos eran martillazos, la primavera el fruto de la coyunda de los dioses... Quería explicaciones para todo porque no comprendía lo más básico: que un día todo se acaba. La muerte. El compañero de caza de la mañana, alegre y confiado; es el muñeco inanimado y rígido de la tarde. Y seguís sin comprenderlo. Toda vuestra ciencia os será insuficiente. Ese muro invisible, pero impenetrable salvo en contadas ocasiones, es la misma mano de ese Dios al que tanto veneráis.”
“Sí. Es como una pesadilla. Os conciben en pecado, os arrojan al mundo sin saber andar siquiera y ya sois reos por culpa de vuestros padres. Dios es como una mala madre: te trae al mundo y luego se olvida de ti. Queríais libertad, pues tomad libre albedrío. Toda la libertad, pero no os preciéis de vosotros mismos porque pecareis con la soberbia. Toda la libertad, pero no se os ocurra desear lo que tiene vuestro prójimo porque pecareis con la envidia. Toda la libertad, pero no se os ocurra montar en cólera porque pecareis con la ira. Toda la libertad, pero no se os ocurra descansar más de la cuenta porque pecareis con la pereza. Toda la libertad, pero no se os ocurra acumular bienes porque pecareis con la avaricia. Toda la libertad, pero no se os ocurra disfrutar de la buena mesa porque pecareis con la gula. Toda la libertad, pero no se ocurra complaceros en el sexo, porque pecareis con la lujuria. Multiplicaos por la entera faz de la Tierra, pero no os deleitéis en ello. Todo está ante vuestros ojos para tentaros, para haceros caer siendo débiles, pero como sois “libres” tenéis que rechazarlo cuando es vuestra propia naturaleza la que se regocija en sentir la vida a través de lo que se os prohíbe. Y todavía hay quienes dicen que nosotros odiamos al Hombre... En realidad somos nosotros los que os ofrecemos ser libres para hacer cuanto os plazca, sin remordimiento ni castigo alguno.”
“Nos iban bien las cosas. La Humanidad honraba a sus diosecillos y héroes, como forma de retar a la muerte. Incluso se agruparon en ciudades y naciones, que ya nos encargábamos de encizañar para que ninguna durase lo suficiente y se enzarzasen en guerras y saqueos. Sí, Egipto fue longevo, pero su inmovilismo nos hacía estar tranquilos, a excepción del heresiarca de Akenatón. Le estábamos ganando la Partida, hasta en su pueblo “elegido”; y el orden romano sería cuarteado desde arriba, con su poco ejemplar familia imperial. Entonces fue cuando una Virgen quedó embarazada. Hicimos cuanto pudimos para acabar con ese Niño. Le perdimos la pista, Él lo sustrajo a nuestros ojos, no somos invencibles. Sabíamos que andaba por Judá, pero no teníamos idea de dónde, estaba velado a los nuestros. No le hallamos hasta que fue adulto. Para no perder su estela y seguirle muy de cerca. Habrás colegido que hablo de Jesús de Nazaret. Yo le conozco.”
“Mi señor me encomendó no separarme de Él. Expulsaba a los nuestros de los posesos con su presencia tan sólo. Curaba enfermos y predicaba el Amor... ¡Qué tontería! El Amor entre unos animales cuyo único elemento distintivo respecto a los otros es que hablan y poco más. Un día, estando a solas en el desierto se dirigió a mí. Me dijo “Ven y sígueme, no tengas miedo”. Hasta me llamó por mi nombre real, que los oídos de la Tierra aún no habían escuchado. “¿Quién eres?”, le repliqué. “Soy la única Luz”, me respondió, “la Luz que abatirá para siempre el miedo del corazón del Hombre. Y también del tuyo si te abres a la Misericordia del Padre”. Preferí no volver a hablar con Él, pero a menudo me dirigía esa mirada... Confieso que me dejó sin palabras.”
Aurora contemplaba el vacío, como si le costase recordar, o ello le causase dolor. Se tomó una pausa, dijo algo en latín, que Isidro no captó, a ese alguien más que se hallaba en el despacho pero que no se podía ver. Para proseguir...
“La Resurrección. Nunca había visto nada igual. Lázaro llevaba muerto días. Cuando movieron la muela de piedra que cerraba el sepulcro nos golpeó el hedor a todos. “No lo conseguirá”, me repetía. “Dios no puede vulnerar las leyes de la Naturaleza que Él mismo ha creado”. Pero lo hizo. Yo lo vi. Es cierto que murió “otra vez”, a la semana, con un poco de ayuda que le remitió directamente mi señor. Fue a raíz de aquello cuando se decidió acabar con Él costase lo que costase. Estaba echando por tierra nuestra secular labor y su fama empezaba a extenderse como las ondas de una pedrada en un estanque. Tenté a Judas Iscariote, que estaba más “orientado” hacía una revolución política, igual que otras veces hemos patrocinado y le vio como un traidor a su pueblo. Se ofreció a los sumos sacerdotes para tenderle una celada. Recibí la orden de que fuese ejecutado de la manera más humillante y asegurándome de que no resucitaría.”
“Fue prendido. Los que le acompañaban no se lo esperaban, y los soldados del templo tampoco pensaron que fuera a resultar tan fácil. Solamente se resistió uno. Éxito. Pero todo podía venirse abajo si el gobernador romano titubeaba, el rumor de que su esposa simpatizaba con las enseñanzas del Nazareno era conocido. Estaba harto de las rencillas religiosas judías, de sus maniáticos preceptos, de los autoproclamados mesías que surgían día tras día como setas tras la lluvia. “Otro embrollo más”, le oí pensar mientras le informaban de que la guardia del templo había detenido a Jesús... Pilato nació aquí, en España. Un personaje llamativo. Para “guiarle” adecuadamente, ya que su sentido del deber constituía un valladar, me hice pasar por un patricio romano camino de Siria, amigo del gobernador de allí. Al principio desconfiaba porque no entendía que sus guardias me hubieran permitido llegar hasta él con tanta facilidad en plena madrugada, pero una desenfadada conversación acerca de gladiadores, sazonada con oportunos detalles que chispeaban en su cerebro, terminó por disipar su recelo en pocos minutos. Consideró que yo podía ser una buena baza para salir de allí, por lo menos a Siria, junto a Vitelio que era el gobernador romano entonces y superior inmediato de Poncio.”
“Como ya estaba desvelado y presumía que la Pascua judía se iba a complicar, me invitó a que le comentase todos los chismes de la familia imperial, con especial hincapié en el viejo Tiberio, bien conocidas sus perversiones sexuales. Así lo hice sin perderme las noticias que mis invisibles siervos me transmitían. Empezaba a clarear. Y Jesús fue conducido ante Pilato. Estuvo hablando un buen rato a solas con él, intentando vislumbrar un motivo para liberarle sin que eso supusiese enfrentarse con los sacerdotes. “¿Qué es la Verdad?”, le inquirió... Debió de encontrar la respuesta en sus ojos, porque bajó la cabeza avergonzado y asintió. Acto seguido proclamó su inocencia y lo pondría en libertad bajo el pretexto de la costumbre de soltar un preso por la Pascua. Más que nada para curarse en salud ante el sanedrín. Si el populacho lo reclamaba y esto era posible dado que había sido recibido festiva y multitudinariamente días antes, él no podría negarse. Craso error, porque las gentes allí congregadas ya habían sido aleccionadas para corear otro nombre. Cogido entre la espada y la pared, ordenó que se Le flagelase, a ver si con “eso se contentan estos bárbaros y nos dejan en paz”... La soldadesca pagó con Él toda la frustración acumulada por el hostigamiento que las tropas romanas sufrían en una tierra que era hostil a su dominio. Le sometieron a vejaciones brutales. Estuve junto a Pilato y percibía su miedo. Le persuadí de que le crucificase y se olvidase del tema. “¿Quién va a echar en falta a un judío loco?”, le decía. “Además es un sedicioso, un rebelde, tendrías que crucificarle cabeza abajo, como se hace con los que se atreven contra César”. El desasosiego que sentía iba en aumento. Cuando le trajeron tenía muestras notorias del salvaje trato que había recibido. Me reconoció, lo supe en cuanto posó su mirada sobre mí. Sí, dudé, soldado. Todo el universo estaba en esos ojos. Pero de sus labios no brotó palabra alguna. Poncio lo agarró del codo porque venía maniatado, con un manto púrpura y una corona de espinas. “Ecce Homo” gritó, con la esperanza de que la muchedumbre, que había aumentado, se apiadase de su lastimoso estado. No fue así. Exigían la muerte en la cruz a gritos. Pilato vacilaba abierta y públicamente, conversó con Jesús para que le diese una razón suficientemente poderosa para no ejecutarle. El romano no comprendía su actitud, tan tranquila cuando se estaba ventilando si iba a vivir o no. Se reunió allí mismo con los mandos de los destacamentos de la Fortaleza Antonia donde se hallaban. Lo último que pretendía era provocar una revuelta. E insistí: “la vida de un ciudadano romano vale más que la de ese judío. Y un motín traerá derramamiento de sangre romana. Al César no le gustará nada, ¿me oyes? No te compliques y déjate llevar. Crucifícalo, escucha el clamor que te lo pide, y que sea cabeza abajo, por sublevarse contra el divino Tiberio”.
“Me chilló... “¡Cállate! ¡Cómo no lo hagas a quien crucificaré de esa forma será a ti! ¡No se te ocurra amenazarme! Estoy a punto de condenar a un inocente del que me consta que no ha hecho nada de lo que se le acusa. Al contrario, dispongo de información que demuestra que ha hecho el bien por donde ha pasado. Uno solo de los latigazos que ha recibido ya es intolerable y no contentos con ello, vienes tú no sé de dónde junto con toda esa gentuza a decirme cómo tengo que impartir justicia. Pues que te quede claro, esto no es justicia sino basura. Estoy a punto de enfangar el honor de Roma prevaricando por temor a una sublevación. Tengo a toda la guarnición desplegada para mantener el orden público por la maldita fiesta, somos vulnerables y los despreciables viejos del templo lo saben. Se echarán encima de nosotros y nos aniquilarán antes de que podamos organizarnos como no les dé la sangre que me están exigiendo... Y tú, seas quien seas, vete por donde has venido a adular al degenerado de Tiberio o al demonio del que tanto hablan estos judíos, no es tanta la diferencia. Vete y no vuelvas jamás.” Pilato... Nunca pudo liberarse de la culpabilidad, a cuestas con una jofaina para lavarse compulsivamente las manos de una Sangre que él no había podido impedir que se vertiese”.

Los truenos estaban dando alcance a los relámpagos que les anunciaban. La lluvia arreciaba mientras las gotas golpeaban caprichosamente los cristales de las ventanas y el voladizo del tejado. Aurora se había sentado en la butaca de las visitas, con aire ausente. Súbitamente preguntó...

- Ha sido la única vez que un animal me ha alzado la voz sin que le matase... Me marché. Tú has sido militar. ¿Has tenido que acatar con dudas alguna orden?
Isidro guardó silencio con cara de póquer.
- Ya. El “manual del prisionero de guerra”. Te preguntarás que tiene que ver todo esto con la música. Ya lo verás. Mi señor prevé las cosas que van a suceder desde los menores indicios, su suprema inteligencia todo lo abarca. No en vano fue el ángel más brillante de Dios.
“Yo estaba al pié de la cruz. Su Madre lloraba junto a uno de los suyos... Los legionarios echaron a suertes su ropaje. Uno de ellos le hirió con un “pilum”. No percibí lo que sintió ese legionario, sólo le vi retroceder atemorizado tras clavárselo y saludarle militarmente, llevando el puño derecho a su pecho. Finalmente Pilato no ordenó la crucifixión invertida, reservada a los que se oponían al poder de Roma, sino la que el Arte ha inmortalizado hasta el aburrimiento y la Tradición ha preservado en la memoria colectiva; por mucho que los nuestros hayan intentado manipular esos hechos, no se ha conseguido. Sin embargo, no había Esperanza que valiese. Dios no había movido un solo dedo para salvar a su Hijo. El razonamiento se completaba en que no haría nada por el Hombre. El terror invadió a sus seguidores, se ocultaron. Jesús fue sepultado en una tumba recién excavada.”

“Le amortajaron con prisa, lo mejor que pudieron. Cerraron la tumba. Yo me quedé con Él. Teníamos que asegurarnos de que no robarían el Cuerpo para simular que había resucitado. Y yo estuve allí junto a Él para certificar que habíamos derrotado a Dios y que no existía Salvación, ni Redención, para la Humanidad. Es curioso. No sentía la menor alegría. Lo asocié a la tensión de las últimas horas, de tantos siglos en el destierro, a que mi señor me censurase porque no logré una humillación total, lo que motivó, como castigo, que yo tuviese que vigilar personalmente... No recuerdo cuántas horas llevaba en aquella silenciosa oscuridad, rodeado por la mezcla de olores, sangre, mirra, sudor, esencia de acacia... Las tinieblas habían sido reemplazadas por un tenue fulgor que salía del cadáver, aun estando cubierto por un lienzo. Luego se elevó, quedando suspendido en el aire. El débil centelleo mudó en vigoroso resplandor. Deslumbrante. Allí estaba Él. Sereno, luminoso, inundando de Amor todo lo que nos rodeaba. Volvió a pedírmelo. ¿Por qué tenía que hacerlo? Era yo quien le había clavado en la Cruz. Lo lógico es que me odiase, que le resultase completamente repulsivo... “Sígueme. Ven conmigo”. Huí. Había resucitado. Había vencido a la muerte. Y yo fracasé.”

“No tardaron en proliferar los mártires. No conocía esa actitud tan desprendida hacia la vida. Iban cantando a su martirio, ¿me oyes?... ¡Cantando! De canciones y de música se llenaron las plegarias que el Hombre elevaba a su Creador, primero en catacumbas, luego en sencillas iglesias. Toda la Fe de la Humanidad era un irrepetible coro que ascendía a los Cielos y me recordaba nuestras alabanzas a Dios antes de la Caída. No importaba lo atroz que fuese el suplicio: no abjuraban. Morían rezando y la melodía de esas preces era música. Pura música escrita en el pentagrama del espíritu. Lo más enojoso es que no escarmentaban en cabeza ajena, porque después de cada inmolación, de cada encarnizada persecución, las conversiones se multiplicaban. “Sanguis martyrum, semen christianorum”... Entonces fue cuando caí en la cuenta de que un arma tan poderosa podía ser empleada a la inversa... Terminando una sinfonía inacabada, tan hermosa que todos los que la escuchasen olvidasen lo acaecido y cayesen rendidos ante mi señor.”
“Perseguí esa idea durante siglos con el beneplácito de mi señor. Nadie tenía la sensibilidad, la genialidad de continuar lo que el mejor músico de la Humanidad comenzó para obsequiármelo. No estoy segura pero creo ver en tus ojos que conoces la historia. Es muy lista Inès, ha ido atando cabos. Y definitivamente, estoy convencida de que has hablado con ella.”

Teníamos la tempestad encima, apenas se podían contar segundos separando al relámpago del trueno. El agua crepitaba furiosamente en el exterior.
- Por cierto, la tenemos aquí. Estoy feliz como una niña en la mañana de Reyes.
La puerta se abrió bruscamente e Inés apareció arrojada en el suelo, a los pies de Aurora, que permanecía sentada impasiblemente mientras sus dedos jugueteaban con un pequeño crucifijo.
- Inès, Inès, Inès... - repetía mientras se acercaba a su rostro - ¿Es que no te he tratado bien en todo este tiempo? ¿Por qué te has marchado? - insistió en francés – Pourquoi?...
- No puedo más – respondió temblando y mirando a Isidro – Si no me habéis dejado vivir, por lo menos permitid mi muerte... Os lo suplico, “votre éclat”, tomad mi vida pero a él no le toquéis...
- ¿Cómo? - el gesto fue tan espontáneo como genuino - Es la primera vez que te diriges a mí con ese tratamiento... ¡oh, no!, no me lo puedo creer... Estás enamorada de este mercenario. Has conocido personajes que valían mucho más que él y es desinterés lo que han obtenido de ti...
- Volveré con “votre éclat” si prometéis solemnemente dejarle sano y salvo...
- Yo propongo otra solución – irrumpió García de Paredes en el diálogo – Restitúyele su libertad a cambio de mi vida. De todas formas has decidido matarme... porque el dichoso libro y la partitura no la vas a ver más. Devuélvele su vida... Se lo debes.
Tampoco percibió movimiento alguno, pero el puñetazo en el estómago no se lo quitó nadie. Eso sí, no le hizo caer.
- Yo no debo nada a nadie. Y lo demás no me hace falta. - sentenció – Es todo un hallazgo la tecnología de la grabación. Se puede escuchar una pieza, tantas veces, sin necesidad de movilizar a una banda. O a una desagradecida. ¡Tan fácil! Toda una industria dedicada a promocionar este don y a sus autores. Y estos son una referencia para millones de personas. Tantos siglos en pos de una melodía maestra que sirviese para que el Hombre diese la espalda a Dios y es todavía mejor. Se pueden crear canciones “a la carta”, a la medida de cada individuo, irán desmoronando la Fé como las olas destrozan un castillo de arena en la playa. Algunos son creyentes y los muy estúpidos cantan “ad maiorem Gloriam Dei”. Qué buenos son muchos de estos artistas. Pero los otros, los que nos sirven son los que allanan nuestra misión. Hasta ha habido alguno que ha deformado el nombre de la Madre de Jesús y se ha puesto el apellido de un cruel asesino, también fiel a mi señor. Eso sin mencionar los que han coqueteado con mensajes que sólo se pueden escuchar al reproducir al revés su composición. Algunos hasta han llegado a titularse sus “satánicas majestades”... lo que ya es presuntuoso... pero seduce a las masas. Y estamos en el siglo XXI, a un paso de que la Cristiandad retorne al estado de cosas anterior a Jesús. Casi nadie cree en la Salvación, en el Amor, en la Libertad o en la Resurrección.
- Te equivocas – replicó Isidro – El Hombre nunca renunciará a la Esperanza y a la Misericordia de Dios.
- Un asesino – miró al soldado – hablando de “Esperanza” y de “Misericordia”, como antes de “Dios”...
- No es un asesino el que se bate en igualdad de condiciones con el enemigo, de frente y arriesgando su vida...
- Bla, bla, bla... – Aurora se burló – No te excuses, no te pido cuentas. Yo soy una asesina. Y Dios también: Él mata por omisión, no haciendo nada, mira Jesús como terminó; y los demás por comisión. Pero eso son matices...
- Dios no mata. Matamos nosotros, la enfermedad, la edad, los disgustos, tantas cosas. Pero Él es coherente hasta el infinito. Nos concedió esa libertad con todas las consecuencias... También para pecar, también para arrepentirnos. Para matar y crear Vida. Para la Verdad y la Mentira. Eso es la Humanidad... y tú, que llevas tantos siglos junto a ella, lo ignoras.
- Sí. sí. Eso ya lo he oído. Qué bonito – fingió admiración - ¿Y qué?... Pero nos estamos desviando, además “Doctores tiene la Iglesia”... Volvamos a la cuestión central... ¿Dónde está mi libro? Sé que no se halla en tu coche...
- No lo verás más...
- Tengo el manuscrito original – suspiró como expresión de su fastidio - . Puedo volver a editar el libro y hacer tantas copias que cubran el suelo de la Tierra. Ya te he dicho que no me hace falta. Respecto a lo que escribió Wolcker, no es tan bueno como para que pase a la posteridad. ¿Qué te has creído? Es un símbolo. No voy a jugarme mi reputación porque un animal haya adquirido lo que me pertenece. Para mí es valioso y se acabó. Ha estado en el fondo de un baúl hasta que un jubilado inglés, sin mujer ni hijos, pasó al Otro Lado. Sus sobrinos, los herederos, ni siquiera lo vaciaron. Contactaron con tu amigo, el librero y le vendieron todo su contenido, arcón incluido, por cuatro reales. Cuando este acabó de estornudar por el polvo, llevó a su puesto de la Cuesta de Moyano lo que tenía menos valor y te llamó para “colocarte” un volumen que le pareció más lujoso. El muy cretino solamente lo abrió para ver la fecha de impresión. Suficiente para que su destello, debilitado por décadas y décadas, llegase hasta a mí. Necesitaba dinero fresco, y tuviste que aparecer para enredarlo todo aún más con tu amigo el profesor; y para que esta desgraciada sintiese como se encendía su corazón cuando me escuchaba a escondidas, hablando de ti con mis siervos... No siempre son invisibles.
- Por favor, “votre éclat”, acabad conmigo pero dejadle a él – rogó Inès sin contener el llanto y temblando por el intenso frío– Junto a él he vivido las horas más felices desde que perdí a mi padre, no podía soñar con mejor colofón para mi triste cautiverio...
- ¿Cautiverio? - gritó Aurora – ¡Has tenido cuánto has deseado, todo lo que se te antojase, has estado al margen de la miseria y de las enfermedades, todo ello sólo a cambio de escuchar tu música y de que abrieses tu cama a quien yo te indicase!... Cinco siglos han pasado por delante de tus ojos, has eludido a la muerte que tanto espanto te causa, durante todo este tiempo...Y me lo pagas así, ¡ingrata! - la abofeteó, e iba a hacerlo otra vez, cuando Isidro le detuvo el brazo - ¿Cómo te atreves?... - le dijo al ponerse de pié, el comandante sintió una fuerza irresistible que le dejó pegado a la pared - ¡Qué bonito es el amor! Lo vengo diciendo desde hace siglos – volvió al sarcasmo habitual – Os habéis enamorado... con muchísima rapidez. ¡Qué portento! Hasta puede que os hayáis acostado y todo... Os mataré a los dos para que parezca un crimen pasional, a la Policía le gustan las historias escabrosas. - la pistola de Isidro voló hasta su mano – Primero, las damas – disparó contra la cabeza de Inés pero la pistola no respondió. Apuntó a Isidro, con el mismo resultado – Vaya... me temo lo peor... – se encañonó los labios y apretó el gatillo, la detonación se confundió con un trueno ensordecedor. Sacó la bala de su boca con los dedos y se la tiró a García de Paredes, cayendo al suelo. - Ya entiendo. No estaba encasquillada. La precisa robustez germánica... - afirmó mientras volvía a sentarse con aire contrariado pero resignado.
Inés seguía arrodillada, empezó a toser violentamente y un hilo de sangre escapaba entre sus piernas. Vomitó un líquido color granate, brillante, denso y evanescente. Con un supremo esfuerzo Isidro pudo desasirse, fue a ella y la cogió entre sus brazos mientras miraba con odio a Aurora...

- ¿Qué le estás haciendo, maldito demonio? Detente o...
- Nada – le cortó inexpresivamente – Estás viviendo un milagro. Va a ser cierto que Dios salva. Pero la verdad es que no comprendo el criterio. Habéis tenido suerte. No me ha dejado mataros. Hoy, al menos, no. Y a ella no le pasa nada. Es su cuerpo, que despierta del letargo que me ha permitido hurtarla a la muerte... Enhorabuena, Inès. Tienes una segunda oportunidad. Estás redimida. El tiempo corre nuevamente y ya no tengo poder sobre ti. Eres tan vulnerable como cualquiera de tus semejantes. Por eso te ha vuelto la menstruación. En cuanto a ti – se dirigió al ex-militar – nos volveremos a encontrar. Y ya hablaré con el profesor, largo y tendido, esas amistades te calientan la cabeza, pero son interesantes... – se rió - A veces hay que tener serenidad para replegarse y luego avanzar... A propósito, tu esposa, ¿cómo “bautizó” tu frialdad?
- “Sangre de horchata”
- Estoy segura de que si hubiese acertado te habría vencido... Disfrutad mientras podáis...
Desapareció ante sus ojos. Inés le abrazó con fuerza. Estuvieron largo rato así, sin decirse nada. Las primeras luces de la jornada despuntaban en el cielo. La tormenta había cesado y sólo lloviznaba. El alba se desperezaba mientras apartaba su sábana hecha de blancas nubes. Un nuevo día, una nueva promesa. Tan vieja como el mismo Hombre...
Debe de ser cierto que “cuando llueve y luce el sol, sale el arco del Señor”.
EPÍLOGO
Funchal, días después
Inés despertó sobresaltada en el hotel e imaginó que Isidro se había ido a su casa. No lo pensó dos veces y también fue ella. Para evitar a la desesperada que Aurora le matase. El maletín con el libro fue recogido por las personas indicadas, que se coordinaron para seguir las directrices de Isidro. El profesor y un páter, también antiguo compañero de armas, cumplieron el encargo puntualmente. Ya estaba en Roma, el lugar donde se imprimió, en poder de los expertos de la Iglesia para ser meticulosamente examinado.

Inés estaba asomada a la terraza de la habitación. Él puso una canción de Alan Parsons Project, “To one in Paradise”, y la abrazó por detrás al tiempo que le preguntaba si quería bailar. Ella se dió la vuelta y contestó afirmativamente mientras rodeaba su cuello con los brazos, dejándose mover tiernamente por Isidro. Le gustaba sentir sus manos sobre las caderas. Amanecía y el sol parecía emerger majestuosamente de los abismos del oceáno, saludado por el límpido azul del firmamento y por el suave oleaje que rompía en la costa.

La suave brisa se recreaba en los oscuros tirabuzones de la dama. Los cálidos rayos lo bañaban todo, haciendo brillar los ojos esmeralda de Inés. Su palpitante mirada, su ilusionada sonrisa... En su semblante se concentraba todo el esplendor de la luz... Todo el anhelo de vivir... mientras los dulces acordes de la canción les envolvían, en ese paraíso particular con fondo musical... donde, para no molestar, el Tiempo silenció el sonido de sus pasos.

“Y, amigo lector, si dijeres ser comento.
como me lo contaron te lo cuento...”
FIN de "Apocalíptica - La Música"

viernes 13 de noviembre de 2009

Apocalíptica - La Música (Capítulo VI)

La mujer le refirió los recuerdos de su niñez, empequeñecidos por la distancia, la devoción por la música, inculcada por la madre, su maestra; y el amor por Hernando, que creció como la pareja. Hasta que todo se empezó a sumergir en una pesadilla: la madre falleció, el padre lo perdió todo porque el ganado enfermó de la noche a la mañana, los hermanos que se marcharon para no retornar... y el prometido que se fue para traer fortuna y gloria a su amada y que se topó con la perfidia y la muerte. El arreglo de un matrimonio con un adinerado hombre al que no quería. Y la desesperación de un deseo formulado con todas las fuerzas, sumada al beso depositado sobre un crucifijo que estaba invertido cuando se llevó a los labios. Así apareció Lucien en su vida, fingiendo ser Hernando para acabar con todo su pequeño mundo en cuanto despertó sospechas de la impostura. Lucien. Se hace llamar así pero nunca había conseguido descifrar su auténtico nombre. Cuando es mujer muda su nombre por el de “Aurora”, y en ambos casos nunca pasa desapercibido por la luminosa belleza rubia que desprende. A algunas personas les deslumbra, a otras les llena de inquietud. No deja indiferente. Y esos negros ojos que no reflejan nada por cerca que se miren, como la oscura puerta del infierno.

Llegó el camarero para tomar nota del postre. Ella solicitó una porción de tarta de chocolate, “me vuelve loca”, confesó con jovial espontaneidad. Isidro pidió un café con hielo. La noche prometía ser larga. Normalmente pide un té con leche, la influencia aristocrática del amigo profesor pesaba, y después de haberse reído del “agua sucia” que tomaba su compañero de armas, se aficionó a ella sin darse cuenta. Debe de ser “persuasión docente”, te convence sin que te percates. Como su interlocutora.

- Te agradezco que no me interrumpas. La verdad es que el tiempo, su paso, se acelera según transcurren los años, las décadas. Cuando eres niño, o adolescente, los días son eternos y parece que los segundos se atascan como si fueran granos demasiado voluminosos para pasar de una ampolla a otra en un reloj de arena. Pero es mentira, a medida que acumulas páginas de almanaque en la papelera de tu vida, te das cuenta de la velocidad tan espantosa que tiene: no es arenilla sino agua lo que fluye en ese reloj. Ya pueden venir todos los físicos, no me convencerán de que su medida es constante.

“Lucien detesta al ser humano. Considera que la partida de ajedrez con que desafiaron a Dios no está perdida, y todo su afán, el de él y el de todos los demás que siguieron a su caudillo, es hurtar la fé y el afecto de sus criaturas a su Creador para demostrar su equivocación, lo que en sí mismo ya es blasfemo. Para ese objetivo, considera que la Música es un arma demoledora, tanto como para que una parte de un códice medieval, prácticamente desconocido, esté dedicado a ella.”
- “De Musicae”, ¿no? - inquirió García de Paredes

Inés asintió con agrado. “En efecto – continuó – ese libro que tienes. Lucien no se detuvo ante nada para conseguir el manuscrito perdido, cuando se sintió lo bastante seguro por la evolución de los acontecimientos ordenó imprimirlo en Roma, como muestra de su osadía, una tirada muy corta, quedándose con un ejemplar que es una extensión de él mismo, como un libro de cabecera. Hasta el punto de que si alguien lo abre, sabe quien lo ha hecho y donde se halla en ese momento.”

“Le constaba que no había sido destruido, el efecto hubiera sido el mismo que ser leído. Estaba en algún sitio, le enfurecía que se lo hubieran sustraído aprovechando la confusión de aquella noche, la anterior a la detención de Robespierre. Él ya daba por descontado que terminaría así y fue moviéndose en otros “círculos” para salvar el efecto de la revolución, para que el mensaje fundamental no se viniese abajo con la cuchilla de la guillotina que segó el cuello de Maximilien. Lucien no piensa en términos de meses o años, sino a más largo plazo, y estaba terriblemente satisfecho por haber herido de muerte a la flor y la nata de la sociedad francesa, y haber inoculado la ponzoña en la mente de toda la intelectualidad europea. Ya nada sería igual. No habría vuelta atrás. Pero no quiero perder el hilo. Estábamos con el libro.”

“El título no era una apología sino una advertencia. El siglo XIV fue terrible. Los Templarios proscritos, la peste y las guerras asolando la Cristiandad, la Iglesia humillada en Avignon, las Jacqueries, parecía que el abismo del infierno se había abierto a este mundo. Por entonces un monje, que se había escandalizado por la relajación de su congregación, la abandonó para vivir como un eremita en Aquitania, en los Pirineos. Así fue durante algunos años hasta que empezó a tener visiones. Tan espantosas que comenzó a ponerlas por escrito, auxiliado por la piedad de los frailes de un monasterio cercano. Ellos compensaron las faltas de los antiguos hermanos del ermitaño, pero no mejoró con sus cuidados y atenciones, al contrario, cada vez estaba peor. Escribía sin detenerse, cuando lo hacía, brevemente, seguía ausente, como si escuchase un dictado. No rectificaba, no corregía. Así estuvo cerca de un año. Hasta que murió.”

“El abad quedó impresionado al comprobar que falleció al poner el último punto de su obra, que también lo fue de su existencia. Había redactado cuatro libros, que formaban un códice sin nombre. Y se dispuso a su lectura. Murió entre grandes quebrantos nada más comenzarlo, y lo mismo pasó con otro miembro del monasterio. Si no tenía denominación, la obtuvo por los hechos: Tenebrarum Códex. Todo fue puesto en conocimiento del conde que tenía jurisdicción sobre aquellas tierras y del señor obispo; ambos ordenaron empaquetar los papeles y remitirlos directamente a los dominicos del Santo Oficio para que dispusiesen lo que se debía de hacer. Nunca llegaron a su destino. La guardia que cedió el conde fue salvajemente masacrada cerca de Etsaut y el fraile que custodiaba personalmente el arcón que trasportaba el Códice enloqueció: tenía fama de santidad, pero no pudo superar lo que presenció porque jamás recuperó la cordura. Solamente la facultad del habla, momentos antes morir, para relatar la manera en que Lucifer repartió los libros entre cuatro de sus lugartenientes. Una advertencia que no debía llegar a manos del jefe de la Iglesia. Un libro de esos cuatro era el “De Musicae”... y fue asignado a Lucien.”

Inés se tomó una pausa para degustar con fruición su postre. Isidro aprovechó para preguntarle...

- Yo he hojeado ese libro y no me he muerto. Lo de ese monasterio me recuerda al de “El nombre de la rosa”.
- Estoy hablando del manuscrito que desapareció – replicó mientras saboreaba la tarta – y, sí, es cierto, episodios “extraños” no eran infrecuentes en el interior de las comunidades religiosas, con herejes acogidos a sagrado aguardando el momento de propagar su mensaje. Realmente por eso se inició la labor de la Inquisición, en el sur de Francia, donde tantas historias se han gestado... – añadió enigmáticamente - creerás que todo esto es una locura.
- La locura forma parte de la Humanidad. Quizás desde siempre. Hace unas horas estaba frente a un cadáver mutilado, asesinado por algo muy concreto... Aunque es cierto que luces muy bien tu edad.
- Gracias... ¿Dónde lo tienes? - preguntó a bocajarro.
- No lo tengo en casa... ¿Cuál es tu situación?
- No sé a que te refieres exactamente.
- Has estado con un demonio desde hace más de cuatro siglos, y de repente le dejas. Disculpa mi escepticismo, pero no termino de ver claramente tu posición...
“Posición”. La jerga militar que nunca abandonaría. Precisa y directa como solamente puede ser cuando te estás jugando la vida. “Retornar a la posición”... “Ocupen la posición”... “Defiendan la posición con sus vidas”...

- ¿Mi posición? - repitió con una lágrima luchando por encharcar su mirada – Tengo auténtico horror a la muerte. No por ella en sí, sino porque me he pasado esta eternidad aterrada ante la segura condena que sufriría. He vivido porque no quería morir, porque me horrorizaba lo que me esperaba. Porque no podía haber redención, ni liberación, para mí. He podido escapar muchas veces. Al principio Lucien me tenía vigilada, luego dejó de hacerlo. Hubo épocas, durante años, en que apenas le veía, unas horas en meses a lo sumo. Lo tenía fácil. Pero me habría encontrado: sólo sé interpretar música en un mundo que no es el mío, en un tiempo que no me corresponde. Es complicado fugarse de una jaula de oro cuando la alternativa es la muerte. Y la condenación. Sólo que ya no aguanto más. Creo que ha llegado el momento, tan temido, de enfrentarme a mi Destino. Me he armado de valor y aquí estoy. Fui obligada a seguirle: la música ha sido lo que ha mitigado mi dolor y lo que me ha hecho disfrutar. Es sarcástico, pero estoy dispuesta a morir a causa de ella. Cogí un poco de dinero para taxis y rebusqué entre sus papeles para presumir sus movimientos... y me llevaron a ti. Él me ha mantenido con vida y él me la arrebatará. Nunca he visto el menor asomo de misericordia en sus acciones. Lucien me convirtió en su ramera, y con nosotras no hay merced que valga...
García de Paredes seguía instalado en la incertidumbre, pero la intuición le decía que le hablaba desde el fondo de su corazón. Llamó al camarero con un gesto y pagó en metálico: las tarjetas pueden ser peligrosas si alguien está detrás de tus pasos. Por eso también llevaba el móvil apagado siempre y no lo usaba salvo que fuera seguro... Pequeñas rutinas de seguridad.

Salieron del restaurante hablando de otros asuntos, la viudez de Isidro, su pasado militar, la poca familia que le quedaba. Su afición a los libros con “pasado”, a la buena música, a los largos paseos y a los paisajes espectaculares. Entre estos, los amaneceres. Amaneceres de película en el Estrecho de Gibraltar, en los acantilados ingleses, desafiantes sobre el Canal de la Mancha. La caricia del sol sobre la cúpula de San Pedro, como la benefactora influencia de Dios sobre los Hombres... Le escuchó atentamente en silencio, hubiera estado haciéndolo una eternidad. Ella le confesó, ya en el vehículo, que le parecía algo de brujería montarse en un coche y alejarse “más rápido que el viento”. También le pasaba algo semejante con las lavadoras y los frigoríficos. Lo contaba entre risas, y él pensó que no necesitaba instrumento alguno para que sonase la música...
Siempre en guardia. No perder el paso que se lleve por delante y no dar un traspié. Usó una identidad falsa al contratar una habitación en un hotel, de los más lujosos de la ciudad complutense, dando una generosa propina al recepcionista para que le avisase inmediatamente si alguien venía preguntando por los huéspedes. “Cosas de cuernos”, dijo para su capote el empleado, que se guardó el dinero mientras asentía en silencio. No sabía cuanta razón llevaba.

Inés se disculpó, quería darse una ducha, no lo hacía desde la mañana del día que se fugó. El comandante ojeó el exterior desde la ventana. Seguía lloviendo. No tardó en salir del baño, sólo cubierta por una toalla y una sonrisa capaz de curar a un ciego.

- Mañana te compraré ropa... Es curioso que te marchases sin una sola maleta.
- Adonde me esperan no me hará falta ropa. Ni siquiera mi vihuela...
- Parece que tienes prisa...
- Ninguna. Pero es el final.
- Yo también me he enfrentado a “finales” que no lo eran. Eso nunca se sabe.
“Eso nunca se sabe”. Súbitamente le vino a la memoria lo que pasó en Yugoslavia. Las amistades que se forjan bajo fuego enemigo son para siempre. O la tremenda soledad de Afganistán, donde le dieron por muerto. Sus superiores nunca se han explicado que pudiese sobrevivir... en realidad parte de él no lo hizo: su mujer se estrelló con el coche tras ser informada por funcionarios de la Inteligencia Militar de que su marido había desaparecido en acción. Al regresar dejó el ejército. Y una condecoración sobre una sepultura.

- Lucien sabe leer el pensamiento, pero yo no... ¿Qué piensas?
- Malos recuerdos.
- Te pareces a mí. Yo también los tengo. Forman un bullicio insoportable a nuestro alrededor ¿verdad? Como un coro que no nos abandona, nunca, por mucho que corramos.
- ¿Cómo lee la mente?
- A través de los ojos. Lo mejor es no mantenerle la mirada, aunque con la práctica a mi no me hace falta. A veces no puede franquear las barreras... eso le deja perplejo, pero no es lo habitual...
Isidro se apartó de la ventana y se sentó en un sillón para contemplarla mientras se cepillaba la larga y rizada melena. Giró bruscamente la cabeza y le sorprendió...
- ¿Qué miras tanto? - le recriminó con dulzura - ¿nunca has visto peinarse a una mujer?
- No a ti. Es algo insólito ver como lo hace una dama del Renacimiento... - cambió de tercio - ¿Por qué das por hecho que Lucien te encontrará?
- Lucien no tiene poder “especial” para encontrar personas, ni aquí, ni al otro “lado”. – le miró vacilante – Sólo supongo que estando fuera de su influencia algo me pasará. Soy una anomalía y la Naturaleza, o Dios, me pondrán en mi sitio.
- “Eso nunca se sabe”... ¿Por qué se editó el manuscrito? Y además en Roma...
- Porque hasta las maldiciones se deterioran con el tiempo, aunque no lo vi más que de lejos. Después de imprimirlo no he vuelto a saber del original. Imagino que lo tendrá a buen recaudo. Lo de hacerlo en Roma fue una veleidad de Lucien. Era como abofetear al Papa. Humillar a la Iglesia Católica. Vengarse.
- ¿Vengarse?
- Sí. Él habla de “venganza”. Nunca me ha dado explicación alguna, todo lo que te digo son cosas que he ido escuchando, observando y relacionando...
- ¿Cómo te ha tratado?
- Se tratan las personas - tiñó de tristeza la sonrisa – incluso las mascotas y los objetos que se valoran. A mi no me ha tratado. Me ha dejado tener amantes por los que nunca sentí nada para que me tuviesen entretenida. Es cierto que no me ha faltado nada y que le tenía tanto miedo que jamás le llevé la contraria. No he sido más que un adorno para él. Alguien que tocaba maravillosamente, que se perfeccionó para su selecto oído. Pero aparecieron las grabaciones. Y los soportes digitales. Ya no me necesita, si es que se puede decir así. Si no ha ejecutado la sentencia es porque él no actúa en términos de semanas, meses o años. Son siglos los que maneja. En un análisis así no ha debido reparar aún en la joven que una tarde sacó de su casa... y del tiempo al que pertenecía.
Antes de tomar decisiones, tenía que saber más. Percibía el cansancio de la mujer, pero no le quedaba más remedio que insistir para recoger la mayor información posible. Así que volvió a orientar la conversación.
- El libro desapareció. Con una partitura incompleta dentro. Junto a tu retrato. ¿Qué tiene que ver todo eso entre sí?
- Lucien tiene órdenes muy precisas. Alumbrar una obra tan maravillosa que someta a toda la Humanidad bajo su influjo. Tiene una sinfonía, muy antigua. Pero está inacabada. Se dirigió a músicos ilustres: Palestrina, Mozart y Chopin que le rechazaron. Y muchos otros menores a los que despidió o asesinó... salvo uno, que escapó. Su nombre era Johann Wolcker y se llevó el libro con lo que había compuesto como represalia por lo que sufrió, incluyendo el retrato que me hizo. Era un hombre muy sensible, un esteta. La revolución le sorprendió en París. Lucien recordó que Amadeus le había hablado muy bien de él y le ofrecieron continuar una “obra de Mozart”, cuando iba a ser detenido bajo el cargo de espionaje. No se atrevió a negarse e intentó cumplir su parte con ahínco, todo del que pudo hacer acopio con el ruido de la guillotina de fondo... hasta que decidió matarle por su “insufrible mediocridad”, como le calificaba. Aún me parece increíble que escapase. Magullado, dolorido, pero le burló: no he conocido otro que lo lograse; y con éxito, ya que no se ha sabido nada hasta hace unos días. Para euforia de Aurora, aquí mismo, en Madrid, donde llevamos residiendo desde hace casi treinta años
- ¿Dónde estuvisteis antes?
- París, Roma, Berlín y Londres. También unos años en Moscú y en Nueva York. Pero este es uno de los sitios predilectos de Aurora: aquí vale todo y nada se cuestiona porque nada se valora. Es fácil pasar desapercibido.
- Entiendo. Pero, ¿por qué “Aurora”? ¿Por qué ahora se mueve como mujer?
- Lo hace según le convenga, hombre, mujer o cualquier persona que haya vivido. El impostor siempre tiene “diferencias” con el original, pero la emoción indescriptible que sienten viudas, padres y huérfanos hace que no sean importantes. Doy fe de ello.
- Entonces fue ella la que mató al librero.
- No. Eso se lo deja a los que le acompañan. Ella, o él, como prefieras, “ordena” cuándo y cómo para que otros lo lleven a cabo.
- Ha sido una carnicería.
- Lo imagino. Los siglos ofrecen un catálogo completo de crueldad.
Isidro sacó del mini-bar una lata de Coca-Cola. “Más cafeína”, pensó. La necesitaría. Se aflojó la corbata mientras bebía el primer trago.
- Así que hay una partitura muy antigua. Cuéntame todo lo que sepas de eso...
La dama respiró profundamente para comenzar su narración.
“La música es magia. Alcanza con su varita invisible los más escondidos resortes del espíritu. Nunca he podido explicar las diferentes reacciones de las personas, lo que a una emociona hasta el llanto, a otra deja indiferente o le provoca repulsión. Luego está la danza, el baile, ese movimiento del cuerpo al compás de una melodía, siguiendo su cadencia hasta fundirse con ella, como las olas en la mar, como las banderas mecidas por el viento. La música es tan misteriosa como la propia vida y sigue una secuencia similar. Nace, es fecunda y se apaga dejando el sabor de un recuerdo en nuestra mente. La música es un beso, es una mirada, puede ser un hola o un adiós. Sí, la música es la vida.”

“Cuando el Hombre estaba en su niñez, la Historia era pura leyenda. Todo era mágico, el calor del sol, la humedad de la lluvia, el resplandor de la luna, la lucernas de las estrellas. El ser humano, en esa época balbuceante, apenas tenía noticia de que había acontecido una guerra y cuyo causante indirecto era él. Lucifer y los suyos fueron arrojados desde lo más Alto, y el lugar donde se les confinó, de todo el ancho y vasto Universo, fue aquí. Dios, en su infinita sabiduría, los puso junto al odiado Hombre. Sólo Él sabe la razón. Para los caídos supuso una afrenta, pero también la oportunidad de destruir el motivo de su enfrentamiento con el Señor.”
“Muchos de ellos no soportaban que Dios les diese la espalda y que fuesen preteridos ante un ser que era poco más que barro, sólo animado por una chispa del soplo divino. Vagaron por toda la faz de la Tierra durante siglos. Había uno, en particular, que sufría ese dolor con más intensidad, acaso por su sensibilidad. Dios le dotó con esa virtud, virtud que entonces padecía hondamente por no estar junto a su Creador. Errante, llegó el día en que escuchó una espléndida música que le recordó el Lugar del que procedía. Maravillado, buscó el origen siguiendo la estela de ese sonido tan cristalino; tan gozoso estaba, tan lleno de dicha, que, cuando encontró al muchacho que la tocaba, se quedó absorto, escuchándole durante un largo rato. Hasta olvidó su pesar.”
“El chico terminó. En ese momento el oyente salió de la espesura, como mujer, y le rogó que no se marchase, que tocase algo más para ella. El joven quedó impresionado por la rutilante belleza que se presentó ante sus ojos y accedió a su deseo, hasta bien entrada la atardecida. El amor nació al son de la armonía. Se entregaron ardorosamente a su pasión, ella no quería nada más, incluso pensó que Dios le permitiría ser feliz mientras estuvieran juntos. Sabía que no podía darle hijos pero se prometió poner a su alcance todo lo que fuera para compensarle, renunciando a asomarse a su pensamiento incluso. En aquel entonces no conocía la manera de alargar la existencia de esas criaturas que despreciaba hasta hacía poco. Y lo lamentaba. No pedía mucho, únicamente su compañía. Como obsequio, él le quiso dedicar la más hermosa composición que pudo concebir. Acometió la tarea con frenesí. Hasta que se detuvo. Ella aguardó que la inspiración retornase, tan ilusionada estaba por esa “música que haría bailar a las piedras”, como su hombre decía entre carcajadas. Pero no escribió más, y el tiempo que se ausentaba crecía día tras día.”

“Al principio creyó que era por su fama, desbordada más allá del horizonte. Por fin, decidió seguirle y se topó brutalmente con la realidad: tenía una amante. Enfurecida se enfrentó a ellos, los maldijo, los insultó... sólo consiguió una tímida disculpa de él y... la confesión de que ya no la amaba. Se había enamorado de otra y esperaban un hijo. Acababa de enterarse de que estaba encinta y la alegría que sentía escapaba por cada uno de sus poros. No lo podía soportar. Fuera de sí, se abalanzó sobre la rival y la mordió en el cuello mientras la gente que había acudido al reclamo de la refriega intentaba poner paz, o arrimar el ascua a su sardina, ya que aprovechando el tumulto, un trastornado pretendiente de la otra mujer intentó arrastrarla a su casa sin éxito.”

“Sí, Isidro, por tu semblante puedo deducir que has intuido correctamente. El ángel caído transformado en mujer enamorada era Aurora, él músico se llamaba Orfeo y la amante Eurídice. Como ves, la leyenda también puede ser Historia. Acaso una de las más viejas entre hombres y mujeres...”

“Eurídice murió desangrada, no pudieron cerrar la herida, pensaron que era veneno lo que impedía obturar la dentellada. Orfeo quedó destrozado por el dolor y Aurora recobró su naturaleza con todo su odio para atormentarle. Le engañó, se burló todo lo que pudo haciéndole creer que podría recuperar a su amada embarazada, le hostigó sin límite, hasta le enterró vivo junto al cadáver de Eurídice... Orfeo aceptó que ese era su fin. Como tú dices, que “eso nunca se sabe”, Aurora le rescató. No he llegado a averiguar porqué lo hizo. Seguramente para que pudiera llorar la ausencia de su amada durante el resto de sus días. Sus reflexiones acerca de lo que había vivido le llevaron a predicar un modo de entender la vida y la muerte, como una religión, si bien en aquel tiempo dicho término poseía otros matices. Estoy hablando del Orfismo. Hay quienes ven en ello un antecedente del Cristianismo.”

“Aurora le dejó en paz. Simplemente desapareció de su vida con lo que iba a ser su regalo para ponerse nuevamente a las órdenes de su rebelde señor. Inconcluso, lo ha conservado siempre. Ha ido haciendo copias de copias cuando estas se estropeaban, y ha añadido otras partes, como las cantadas, siempre respetando el tema central. Wolcker tuvo en sus manos la enésima, ya muy depurada porque los conocimientos de Aurora, o Lucien, como prefieras llamarle, son enormemente amplios.”

Ella se puso la mano sobre la boca para no bostezar. Pero Isidro planteó una nueva pregunta.
- Si son tan amplios, ¿por qué no ha terminado él mismo la composición?
- Por la misma distinción que existe entre saber escribir y “escribir”, o hablar y cantar. No basta con conocer “música”, hace falta algo más. Llámalo “inspiración”, “iluminación” o “don”. Lo que quiere Aurora es algo tan excelso, tan magnífico que hasta las “piedras se conmuevan”. Para ello no es suficiente solfear y ha buscado ese fogonazo genial en bastantes compositores, pero de forma infructuosa y ha seguido esperando... como dice, “el siglo XX ha abierto grandes expectativas”.
“Grandes expectativas”. El siglo más sanguinario, que puede quedar en un juego de niños comparado con el estrenado. Lo malo siempre es superable con lo pésimo, tan cierto como que todo es susceptible de empeorar. García de Paredes supone que esa es una muestra de la tendencia a la Entropía de cualquier organización. El caos como supremo orden precisamente por ese desorden, como la geometría fractal. O como la música, notas repartidas sin simetría, caprichosamente, para impactar directamente en el centro del espíritu.
- Si tu interrogatorio ha acabado, me voy a acostar, con tu permiso – y se despojó de la toalla para dejar a la vista toda su demoledora desnudez antes de meterse entre las sábanas, mientras Isidro desviaba la mirada, lo que Inés percibió – vaya, no creía que fueras un mojigato, es que siempre duermo desnuda ¿tenía que haberte prevenido?
- No confundas ser mojigato – replicó incómodo – con respetar tu intimidad. He de marcharme, volveré por la mañana.
- No te vayas, y menos a tu casa, te matarán - la joven se inquietó –. Quédate. Prometo no importunarte más. Tengo miedo. Un miedo que me patalea el corazón. No me dejes sola. Todo me resulta amenazante. Estoy resuelta a enfrentarme a mi Destino, pero no puedo sacudirme el yugo de este temor. Por favor...
Un pintor habría echado mano a sus pinceles y al caballete para inmortalizar su imagen en un lienzo. Sentada en la cama, sin más maquillaje que la luminosidad que transmitía, arropada por la sábana que no podía disimular las formas que ocultaba. Un canto a la fragilidad. Pura poesía de carne y hueso.

- De acuerdo – dejó nuevamente la chaqueta y la gabardina– Estaré sentado a tu lado en este sillón, velando tu sueño para espantar tus pesadillas... y las mías.
Regresó la sonrisa a aquellos labios. Era inconcebible que pudiesen llamar a un demonio siquiera involuntariamente. Cerró los párpados quedando las largas pestañas como alzados sables de centinelas custodiando las puertas del paraíso.
- Cógeme la mano. Con fuerza, no me la sueltes. Estoy muy asustada.
- Estás muy cansada – tenía una mano cálida, larga, blanca y suave – duerme. Mañana será otro día.
- Eso es lo que decía Escarlata O'Hara... me gusta mucho el cine... las películas... los héroes... lleva razón Aurora – dijo medio dormida –, tú también pareces de mi siglo.
- ¿Ha hablado de mí? ¿Sabe quién soy?
- Sí... claro que lo sabe... No me hablaba a mí... yo escuchaba a hurtadillas... Un caballero de los de antes... Sí... alguien de quien me gustaría enamorarme... si tuviera una vida por delante... y el infierno... pasase de largo...
Supuso que hablaba de otro. Es lo que tiene la duermevela, no se sabe donde termina la conciencia y donde comienza lo onírico, aunque esa tierra de nadie también puede irrumpir en la realidad como un vendaval al ceder la falleba de una ventana.
Estaba sumida en un profundo sueño. Se figuró que no había dormido nada la anterior noche. Se duchó, se cambió de ropa (para eso estaba la pequeña maleta que siempre tenía en el coche), le dejó una nota en la mesilla y se fue sin hacer ruido. Puso el “no molesten” en la puerta de la habitación y encargó que le subiesen un buen desayuno cuando se levantase. Para asegurarse de su diligencia dejó otra propina. La madrugada era oscura, húmeda y fresca. No llovía con tanta intensidad. Abrió el maletero. Allí estaba. No podía dejárselo a nadie sin comprometerle muy seriamente. ¡Pobre librero! Seguramente estará en la morgue ya. Cómo pasar del “polvo” al “polvus eris et in polvus reverteris”, sin solución de continuidad, como un mareante carrusel del que no te puedes apear... porque eso significa estar muerto.
A veces, en la vida, no queda más remedio que batirse...

viernes 6 de noviembre de 2009

Apocalíptica - La Música (Capítulo V)

París, thermidor del año 2 (julio de 1794)
Lucien estaba más agitado de lo normal las últimas semanas. No sólo no se había ausentado a Dios sabe donde, sino que además apenas prestaba atención al maestro austriaco, ni siquiera para retener su correspondencia, como descubrió, lo que había aprovechado para indicar a Marie, su mujer, que marchase lo antes posible a Inglaterra, a Dover, y le esperase allí, en casa de un profesor amigo suyo que ya estaba advertido. Había alcanzado la certeza de que nunca compondría algo que agradase al rubio mecenas y estaba pendiente de una ocasión para escapar de allí.

Se respiraban aires de conspiración, lo que era todo un logro en una país donde mirarse con desconfianza era lo habitual porque no se sabía quien podía tener la ocurrencia de enviarte a la guillotina. Eso sí, con mucha libertad de expresión ya que podías decir lo que te apeteciese antes de ser ejecutado. Así que Wolcker aguardaba la ocasión. Que presentía cercana. Lo que más sentiría, sin duda, es despedirse de Inès, sabía que nunca más volvería a verla, y a escucharla, pero la libertad tiene un precio.

Una costumbre. En eso se había convertido observar como espectador, privilegiado, los “recitales” nocturnos de Inés, y los diálogos que mantenían acerca de la Música, como experiencia sensorial, intelectual y espiritual. Nunca habría podido suponer que una joven dama como ella pudiera tener una perspectiva tan amplia y completa del arte que él intentaba engrandecer desde su mediocridad. Le buscaron para terminar una obra cuando acaso ella podía haberlo hecho por tener los fundamentos técnicos sumados a su sublime sensibilidad femenina.

Chevrèmauvais no volvía hasta que despuntaba el alba. Salía de la gran casa a la caída de la tarde, salvo que asistiese a alguna reunión o tenida, lo que variaba su rutina. Siempre impecablemente vestido, siempre insultantemente altanero. Esa tarde, antes de irse, hizo un críptico comentario acerca de que “tenía muy abandonado a su maestro” y su tono no gustó a Johann, que había dejado de lado a la lógica para explicarse algunas cosas. Luego no esperó mucho. Espoleado por una creciente e indefinible ansiedad, se dirigió a oscuras, ya conocía el camino, hasta la cámara donde Inès desplegaba su destreza, su don sonoro. No serían más de las diez.

Las notas sonaban más tristes que nunca, y no identificaba el autor de la pieza. Supuso que debía de ser antigua, más que nada porque la acústica pertenecía a la vihuela, no era un instrumento muy popular en aquel convulso fin de siglo. Entró suavemente en el salón, con un respeto casi religioso. Ella le sonrió como siempre. Cuando acabó, saliendo del hechizo, le preguntó...
- Es una canción muy triste. Encoge el ánimo y lo sumerge en el pesar. ¿Es de tu tierra? Nunca me has dicho de donde vienes. En realidad sé muy poco de ti, y presiento que está cercana la hora de la despedida.
- Nací cerca de Santander, en España, en una región donde las montañas están alfombradas con praderas que son del mismo color que mis ojos. Lo que he tocado es de allí. Una canción que ya no habrá nadie para recordar... También creo que queda poco para tu marcha. Por tu bien... La primera noche que fuiste mi público me confiaste que dibujabas: quiero que me retrates.
- ¿Ahora? Pero si no tengo útiles apropiados... pensé que fue una conversación sin más.
- Te tomé la palabra. - se irguió mientras dejaba a un lado la vihuela, abrió un cajoncito de la mesa y le tendió papel, lápices, tinta y un plumín – prometo estar quietecita.
Johann se sintió halagado por el interés y se puso a la labor. La dama irradiaba una luz esplendorosa. Se apenó por no colorear las mejillas, los rojos labios, el matiz azulado de los palpitantes vasos que se adivinaban bajo la piel... y sobre todo ese verde irrepetible que centelleaba en sus ojos, como una escarapela en homenaje a la Esperanza. Tras unos minutos de rápidos y minuciosos movimientos, la imagen había quedado terminada. Se la tendió a la dama, que aprobó el resultado con un suspiro de satisfacción mientras se llevaba los dedos a los labios, como gesto de admiración.
Allí estaba. No lo había visto desde aquella noche. Era todo un reto. No recordaba otro libro que desease tanto leer. Aprovechó la distracción de Inès para abrirlo. Estaba en latín. Ni un solo pentagrama. Parecía un tratado, pero no, estaba referido a algo tan antiguo como el Hombre, y presente generación tras generación. Las ilustraciones. Y el apunte de “Écrasez l'infâme” señalando frases específicas. ¿Qué diablos tenía que ver todo eso con la música?
- ¿Has oído hablar de Pandora, Johann?
- Yo... lo siento - el maestro cerró el libro de golpe y retrocedió unos pasos, cual escolar cogido en falta – no he podido resistirme. Te suplico que me disculpes, no quería ofender tu amabilidad...
- No me has ofendido – su semblante, muy serio, mostraba preocupación al tiempo que le devolvía el dibujo – creo que ya has sacado tus propias conclusiones sobre Lucien, así que no tomarás por locuras lo que voy a contarte, muy poco, porque es mejor que no sepas más. Es el momento de que escuches atentamente mis palabras. Como si oyeses mi música...
Inès le refirió que Lucien se enteraba si el libro se abría. Existía un vínculo entre él y ese objeto que lo convertía en intocable. El melómano arrogante no era como ellos, podía leer el pensamiento mirando a los ojos, por eso los buscaba cuando charlaba con alguien, para asomarse a lo más recóndito de su corazón y hallar sus miedos y secretos. Y con ellos jugaba. Se divertía. Hasta que se aburría o algo más importante hurtaba su atención.
- ¿Cómo puede ser posible?
- Olvídate de la “diosa Razón”. No es más que otro fantasma que este siglo ha creado como contribución a un progreso que no es tal. La vida es un misterio. Hay un misterio en cada portal, en cada rostro, en cada palabra, en cada mirada, en cada caricia, en cada lágrima, en cada paso, en el abismo donde el alma da manotazos a ciegas buscando la redención. El ser humano ignora dónde está el telar de sus pesadillas y los hijos de esta época de “luces” creen que pueden explicar todo en función de la “razón”... Cuando no hay más que tinieblas triunfantes... Has visto romperse jarrones y vasos sin que nadie los tocase, sillas que crujían sin sostener peso... ¿y tus apuntes?, ¿recuerdas cómo has tenido que recogerlos del suelo en distintas ocasiones, tras verlos volar por corrientes,... estando las ventanas... cerradas?, ¿no has visto tu propio aliento helado momentos después de aparecer él para darte lecciones de “música”?... y ¿cómo crees que murió Amadeus?
- No lo sé exactamente. Fue atacado por unas fiebres. Su salud era quebradiza.
- La lógica, una vez más – ironizó - ¿qué puede haber más natural que la muerte? Es la lógica más absoluta. La gente se muere “lógicamente” para entrar en el misterio más grande de todos. Pero la lógica ofrece la ilusión de que hay un criterio a los que se quedan, criterio... que no existe. Todo es una mentira, una burla. La partitura que debías concluir no era de él, es mucho más antigua, tan antigua que te daría vértigo.
- ¿Quién fue el compositor? ¿Cuándo fue concebida?
- Confórmate con saber que el autor de las partes vocales es el propio Lucien. En el latín que tanto le gusta. La melodía es de alguien que también sufrió a causa de tu patrón. Pero no Mozart, que se negó a continuarla y murió porque le atormentó todo lo que pudo sin considerar su precaria salud. Hay muchas maneras de empujar a alguien a la fosa. Compuso “La Flauta Mágica”, pero eso no fue suficiente. Inició el “Réquiem” para que le dejase en paz, como contrapartida. Pero le disgustó aún más porque Lucien odia el Cristianismo, ya bien lo sabes, es implacable con lo que le desagrada. Y cuándo descubrió quién era en realidad su rubio admirador, enfermó.
- ¿Fue él quien le mató?
- No. Lucien no “mata”, él no se “rebaja” a mancharse con “sangre de cerdo”, según le he oído decir. Para eso hay otros a sus órdenes. Nada más fácil para el que puede asomarse a los pensamientos y jactarse de lo tenebrosos que pueden llegar a ser. Y a menudo basta con llevar más allá de todo límite a una persona extremadamente sensible para que le pase “algo”.
Wolcker recordó la última misiva que recibió de su amigo y maestro. No le hizo mucho caso porque el genio tenía la costumbre de combinar realidad y ficción en sus escritos, según le mandase su libérrima inspiración y porque así podía manifestar sus sentimientos. Le comentó que estaba enzarzado en una obra con la esperanza de que “un demonio se fuera lejos de él”. Pensó que se trataba de una imagen literaria. El temor regresó al punto de la conversación.
- Dices que es más antigua de lo que puedo presumir... ¿Qué edad tiene él?
- ¿Por qué quieres saberlo? Agrandarás tu aflicción...
- ¿Más?, ¿piensas, señora, que es posible incrementarla? Acepté este trabajo coaccionado, mi esposa y yo nos vimos recluidos, después de sacarla de aquí he estado semanas sin saber nada de ella porque él ha estado reteniendo nuestras cartas, he tenido que aguantar todo tipo de humillaciones acerca de mis conocimientos, siempre a la sombra de la guillotina si ponía un pié en la calle, con auténtico pánico al ver que nada de lo que hacía era válido para ese a quien has denominado mi “patrón”, y sin ver ni un solo escudo. Merezco la verdad...
Inès le recorrió con sus ojos. Se sintió pequeño y miserable en comparación con esa mirada. “Así debe contemplar Dios los asuntos de sus criaturas”, se dijo.
- ¿Tú crees que la verdad te puede ayudar?
- Quiero comprender.
- ¿Comprender? - se rió dulcemente, como si estuviera hablando con un niño – Es que no hay nada que “comprender”. La gente mata y muere y no hay nada que comprender. No somos más que peones en un tablero de ajedrez inmenso, sin atisbar nada más allá de la pieza que sorprendemos para eliminarla o de la que nos sale al paso en el siguiente escaque para matarnos.
- Quiero saber – interrogó Johann con firmeza – qué edad tiene. Y si me permites la indiscreción – mudó la sospecha en palabra - también la tuya.
- Equivocas la pregunta. No es importante la “edad” sino lo que se es. Lucien no tiene edad porque es un ángel caído. Llámalo “demonio” si prefieres. En cuanto a mí...
El músico se había separado de ella lentamente, inconscientemente, como si esperase un golpe inminente.
- Nací en el año del Señor de 1517 y soy una condenada a la espera de que el infierno me reclame. Solamente la música me mantiene viva. ¿Ves cómo es mejor considerar la “naturaleza” que la “antigüedad”?
Era un disparate pero todo cobraba sentido. La perfecta ejecución de las piezas, que muchas de ellas no pudieran ser reconocidas, ni siquiera por su estilo, que alguien tan joven pudiera dominar este arte, la profundidad con la que hablaba, las referencias a los “malos recuerdos”, y esos gestos tan precisos, tan definidos, tan encantadores... como la música, mil veces repetidos para llegar a ser perfectos finalmente.
- No puede ser, no es posible. Sólo los patriarcas de la Biblia han vivido tanto.
- No te engañes. Yo no he “vivido”...
No quiso saber más. Agarró el volumen y salió a toda prisa. Tropezó con unas cuantas personas del servicio, lo que se salía de lo normal a esas horas. Cerró la puerta de su estudio con pestillo y recogió todo frenéticamente. Se lo llevaría, no sabía el porqué, acaso como mudo testigo de lo que estaba viviendo, como un botín que compensase todo lo que había tenido que padecer. Tampoco iba a renunciar a su parte de la sinfonía, la metió en el libro. No se cerraba bien por formar bulto, decidió introducir una hoja en cada página para evitar que se resbalasen, su rigidez ayudó a ese fin. Pensó en llevarse la otra parte de la composición, la apócrifa de Mozart, pero lo desechó: no era suya. El retrato... con la agitación no lo había soltado desde que Inès se lo retornó. También fue engullido por el ejemplar. Se asomó a la calle, la gente iba con paso apresurado, volvióse... y allí estaba Lucien. Estirado, taladrándole con la mirada, sin abandonar una turbia sonrisa dibujada en su cara.
- ¿Adónde vas, ciudadano?
- Quería salir... ¿Cómo has entrado? He echado el cerrojo...
- ¿Por qué preguntas lo que ya sabes? Yo, cuando llamo a una puerta, lo hago por cortesía, porque me conviene. - iba a sentarse en el vacío cuando una silla, sumisamente, movida por una mano invisible, se acercó hasta que recogió el cuerpo de Lucien, que quedó despreocupadamente sedente - Aquí estás mejor. Tenemos muchos libros. Una biblioteca imponente. Bueno, ya lo sabes ¿no? Hasta hay libros que no encontrarás en otro sitio, salvo que algún ladrón se los lleve. Personalmente nada tengo contra los ladrones... de las cosas de otros, evidentemente. Incluso me parecen simpáticos, es una forma de “igualar” la sociedad, ¿no crees, ciudadano?
- No he robado nada. He “cobrado” que es distinto. Me voy. - se armó de valor mientras evitaba mirarle a los ojos – Te ruego que des por concluidos mis servicios.
- Yo seré el que juzgue eso – movió la cabeza negando mientras chasqueaba la lengua – Tu actitud es la de un desagradecido. ¿Por qué te llama tanto la atención “mi” - marcó el posesivo – libro?
- Es un libro de música y...
- No – le cortó sin miramientos – Es un libro sobre el poder de la música, lo que es diferente. No es un libro para músicos. Ni siquiera lo ha leído tu admirada Inès... es bella, ¿no?... Un auténtico lujo para calentar el lecho de un cadáver de vacaciones como tú. Se conserva bien para tener casi 300 años – rió – cosas de bebedizos, uno ha tenido tiempo para aprender lo que os puede alargar la vida, lo que os crea alucinaciones, que seguro que tendrá gran difusión en el futuro, tengo ese pálpito; y lo que puede mataros. Es curioso: tanto tiempo contemplando vuestras miserias y todavía sigo sin ver un ápice del soplo divino que se supone que anida en vosotros. No sois más que animales. Parlantes, pero animales. Nacéis como animales, fornicáis como animales, oléis como animales y dejáis la vida con la misma zozobra que ellos. Una diferencia a vuestro favor: el Arte, pero ni siquiera es un valor absoluto. Por el contrario las bestias no se pasan la vida persiguiendo imposibles ni quejándose de los pecados que cometen. Creo que ganan. Hablando de “pecados”, estábamos con la lujuria que ha despertado Inès en ti. Es normal, tanto tiempo sin tocar hembra implica numerosos contratiempos... ¿Cómo se dice?... “la tentación”. A veces me meto bajo las sábanas como hombre, o como mujer, con alguno de vosotros, según me apetezca, pero te confieso que Inès es muy ardiente, yegua fogosa e incansable, un regalo para los sentidos... de alguien como yo. Venga ciudadano, un poco de sinceridad y de elegancia al final, seguro que te la has imaginado desnuda en tus brazos.
- Eso no es algo que te incumba – contestó rehuyendo la insistente mirada de Lucien mientras que la temperatura empezaba a bajar notablemente – Mi esposa es Marie y le soy enteramente fiel.
- ¡Qué bonito es el amor! Ya te lo dije aquel día en el despacho de Bignan. Y, ciudadano, ¿quién te asegura que ella no está compartiendo cama con otro ahora mismo? Puede que cabalgue en otra montura... siempre hay un caballo listo para recorrer el sendero.
- ¡Cállate! - no pudo contener su ira y le miró con odio - ¿Qué quieres de mí? ¿Fue esto lo que hiciste con Amadeus? ¿Y con cuántos más? La música es un regalo de Dios, no un pretexto para torturar. ¡Ojalá os pudráis todos!
Lucien se quedó sorprendido. Sin perder el mismo tono continuó...
- Vaya. Estoy impresionado. Así que al maestro le puede más la ira que la lujuria. Y esa alusión a “Dios”... A mi señor le enloquece la soberbia, y participo de ello, pero la ira tiene ese no-se-qué... Y no digamos ese espejismo que es la carne... Todos tienen su aquel... para demostrar a tu Dios lo poco que mereceis.
De la calle subía un rumor insistente. Tan a deshora que hacía sospechar que algo estaba sucediendo, pero Lucien seguía buscando los ojos de Johann, ajeno al exterior.
- Se me ha ido la mano. Estás tan furioso pensando en matarme que no puedo mirar en tu pensamiento. Eso... sin contar que me rehuyes... ¿quién te ha prevenido? ¿Inès? Da igual. Pensé que ibas a dar más juego, pero ese ataque de dignidad que has tenido lo ha malogrado todo. Me resultas anodino. Ha llegado el momento...
En ese momento uno de los criados aporreó nerviosamente la puerta del cuarto.
- Votre éclat, votre éclat, hay unos agentes abajo preguntando por el ciudadano Robespierre. Vienen muchas personas con ellos. Precisamos de vuestra sabiduría.
- ¿Maximilien? ¡Qué tontería! Estará en su casa, o redactando alguno de sus soporíferos discursos, o enredado en las conspiraciones que imagina por todas partes. ¿A qué vienen aquí?
En ese instante, una piedra lanzada desde la calle rompió con estrépito el cristal de la ventana. A Lucien se le iluminó la cara como si una idea chistosa se le hubiese ocurrido, y dijo en latín altomedieval...
- per fenestre, necate Ioanni (Nota del autor: “por la ventana, matad a Johann”) - dirigiéndose a un punto de la habitación donde no se veía nada – y a ti, pues que espero que tu muerte sea más grandiosa que tu lastimosa inspiración, pero no me puedo quedar... seguro que me disculparás. Hay que perdonarse, ¿no dice eso tu “Dios”? - al criado que estaba al otro lado del umbral, imperativamente – Vamos abajo.
Cerró la puerta con llave. El frió era sumamente intenso, hasta hacerle tiritar. En ese momento sintió, no podía verla, una fuerza que pugnaba por alzarle en el aire; instintivamente se asió a un saliente de la pared al tiempo que sentía el doloroso impacto de multitud de objetos sobre su cuerpo, como si se hubiera imantado de repente y el mundo entero se precipitase sobre él al compás de unas carcajadas que no sabía de donde procedían. Unas manos, fuertes como garras, le cogieron de las piernas y tiraban de él hacia la ventana. No tenía idea de cuanto podría soportar porque casi todos los golpes los recibía en manos, brazos y cara. Cuando ya se daba por perdido oyó el bullicio de una muchedumbre en la calle y a Lucien exclamar “hic, hic, venite ad vostru dominu, celero” (nota del autor: “aquí, aquí, venid a vuestro señor, rápido”). No había finalizado la frase y todo cesó súbitamente dando con sus maltrechos huesos en el suelo. Le llegaba el rumor de un enfrentamiento. No vaciló. Reventó la puerta con un perchero, que tanto daño le había causado hacía unos segundos, usándolo como un ariete, cogió el libro, algo de valor para hacer trueque por el camino y corrió. Lo tenía previsto, no salir por la puerta principal, siempre había alguien pendiente y menos entonces, con todo el barullo concentrado ahí. Era mejor la de servicio, recóndita y desatendida en esos momentos. Allá fue.
Ya la estaba franqueando, sentía la frescura estival de la madrugada parisina sobre su piel cuando oyó que le llamaban.
- ¿Quién es? ¿Eres tú, Inès? - intentando escudriñar en la oscuridad del interior - ¿quién me llama?
- Soy yo. Sólo quería desearte suerte. Y recordarte que te llevas un libro maldito, tan maldito como yo, un libro que no podrás leer nunca. Si lo haces te encontrará. Para matarte.
- Casi lo consigue. ¿Seguro que eres tú?
- Lucien sólo puede transfigurarse en personas que han muerto, y aunque yo no viva, tampoco estoy muerta – dijo con una triste sonrisa – cuidate. Y cuida a Marie.
- Vente con nosotros. Estaremos a salvo en...
- No me lo digas, – le tapó la boca - es mejor que no lo sepa. Sé como evitar que penetre en mi pensamiento, pero puedo tener un descuido fatal. Ahora vete...
- ¿Qué pasará contigo?
- Márchate. La gente se dispersa porque están asustándose al ver como caen muertos inexplicablemente algunos de los que estaban pidiendo la cabeza de Robespierre y de los suyos. Han venido aquí a detenerle, junto a otros del Comité. No pierdas un segundo más. No temas, no me pasará nada. He visto muchas asonadas y guerras en trescientos años. Lucien no consentiría que le dejasen sin “música”.
Y le dió un besó en el amoratado pómulo, a consecuencia de los golpes. Wolcker la abrazó suavemente, aspirando todo el perfume que exhalaba para retenerlo en su memoria por siempre. Y así fue.

Jamás olvidó ese maravilloso aroma mezclado con el perfume de las flores que cercaban el suntuoso edificio donde estuvo prisionero. Tras numerosas penalidades, casi como fugitivo, consiguió llegar a Dover y se reunió con Marie. Trocó su nombre para no dejar rastro de sí y a las pocas semanas se mudaron a Londres. Allí se ganó la vida como profesor de música, granjeándose una buena reputación, que le permitió una vida desahogada con los hijos que vinieron, los consideró una bendición del Cielo. Se construyó una casa y ocultó el libro en el fondo de un baúl, envuelto y precintado bajo un cerro de otros volúmenes comprados únicamente para ese fin. Cerró el cofre con llave y la arrojó al Támesis. Marie hubiera preferido quemarlo. John, antes “Johann”, no lo hizo porque desconocía las consecuencias. Nadie supo nada de lo sucedido, fuera del matrimonio, en aquella mansión cercana a la Rue Saint Honoré y a la Place Vendôme.
Marie murió primero, muchos años de temor después, y esa fue la señal para que el maestro considerase que su propio final no andaba lejos. Entonces se planteó la posibilidad de sacarlo para que fuera enterrado con él: casi le da un síncope por imaginarse dentro de un féretro junto a algo que le causaba tanto pavor. “Ni muerto”, se contestó, “quiero que me encuentre”.

No volvió a componer. En el lecho de muerte hizo jurar a sus hijos que nunca abrirían esa oscura y aparentemente inocua arca. Sus últimas palabras, en francés que nadie comprendió, fueron “qué maravillosa melodía, Inés, qué maravillosa melodía...”

Alcalá de Henares, en la actualidad
La joven dejó que Isidro pudiera contemplarla para que disipase la menor duda bajo la lluvia, a la tenue luz que desprendía el farol que se hallaba suspendido a pocos metros. Después de unos segundos, interminables, en los que parecía que el mundo entero contenía el aliento, pendiente de cada gota de sus cabellos, como el rocío en un amanecer de abril, acariciando el pétalo de una rosa en su peregrinación hacia el suelo, todo un postrer homenaje a la belleza de un segundo, ella le espetó...

- Por tu expresión puedo inferir que me has reconocido...
García de Paredes fingió frialdad.
- Para “reconocerla” primero he de “conocerla”, y no es el caso. Es posible que se esté confundiendo de persona...
- He llegado a comprender muy bien los gestos de la gente y estoy segura de que sabes quien soy. Ahora estarás intentando encontrar una solución que no desafíe el sentido común, que sea congruente con lo “racional”, o, por lo menos, con lo “normal”. No lo conseguirás. Sí, soy la dama del dibujo. Lo busqué con denuedo hasta que llegué a la conclusión de que Wolcker se lo llevó, pero nunca pensé que también lo hubiera metido entre las hojas del libro. Sabes cuál es. He podido leerlo en tu cara, no leo la mente... y no soy una asesina.
El veterano guardó silencio durante unos momentos, poniendo orden en el caos que era su cabeza. Si aclaraba que no era una asesina es porque conocía el terrible fin del librero. Por otro lado, todo apuntaba a que la mujer era la misma que la del retrato. Un parecido tan asombroso suele explicarse de esa forma tan sencilla... sólo que el dibujo estaba fechado en julio de 1794. Un detalle importante, caramba. Podría tratarse de una falsificación, pero su buen amigo había certificado el “lote” formado por la partitura, el libro y... ella, en efigie... Y ¿no era “Wolcker” el apellido que seguía a la “J” en cada una de las hojas sueltas de la partitura incompleta?, ¿e incluso en el dibujo?...
- ¿Es que vas a quedarte ahí parado toda la noche? - le reprochó dulcemente - Necesitas ayuda... y yo también. Estoy sola... sentenciada en un mundo perdido. Llevo dos días sin comer nada más que libertad, pero mi cuerpo no entiende esos lujos. Está habituado a otras cosas. Tengo muchas que contar, si quieres escuchar. Y si quieres vivir, no vayas a tu casa. Hay quien te espera. No pienses en la policía, no verán a nadie cuando entren contigo. Aguardarán a que se vayan.
Allí estaban los dos, calándose hasta los huesos. Concluyó que si alguien quiere matarte no se deja ver a la puerta de tu casa para enzarzarse en acertijos. El instinto de Isidro le decía que podía fiarse de ella. Eso estaba bien, lo malo es que ese instinto se equivoca de vez en cuando, para complicarle la vida, pero siempre ha salvado la piel. Y el honor, al que valora tanto como la vida. Los de la Fundación (“agencia” para la inspectora Pereda) le miran como una pieza de museo, con esa caballerosidad en toda circunstancia, “un día te va a dar un disgusto” le advierten. Precisamente por esa caballerosidad dejó la pistola enfundada con alivio, siente verdadera aversión a la eventualidad de tener que encañonar a una mujer. Con un gesto de la mano, semejante al pase de un torero, le cedió el paso para retornar al garaje donde tenía su vehículo.

El comandante es hombre precavido. Siempre tiene una maleta en el coche dispuesta a acompañarle si surge un imprevisto, un impulso de la intuición o recibe la “llamada del encargo” como él la denomina. Se dirigieron al centro de la localidad que fue cuna de Cervantes, en la plaza que lleva su apellido, entre la calle de Libreros (“qué ironía” pensó) y la calle Mayor. Se metieron en un restaurante, no muy concurrido por ser laborable el día siguiente, y pidieron la carta. Él ni siquiera la examinó: se dedicó a observar a la chica bajo una luz más generosa que la disfrutada hasta ese instante.

Su cabello era oscuro, con largos y lindos tirabuzones que caían en cascadas sobre la nívea piel. Sus cejas estaban perfectamente trazadas, ni muy pobladas ni demasiado finas, justo y apropiado marco para unas largas pestañas que protegían la luz de sus verdes ojos, como la coraza acristalada de un quinqué al que era imposible dejar de mirar. La nariz recta, proporcionada, casi un eje de simetría que se elevaba sobre el rostro para ver mejor el matiz de cada mohín de sus labios, flanqueados por seductoras comisuras que podían hechizar cuando se complacían en sonreír. Iba vestida con serena distinción, discreta y atractiva. Estuvieron un rato en silencio, mientras Isidro la miraba atentamente. La manera en que utilizaba los cubiertos era toda una exhibición de exactitud. Ni una sola vez chocaron con el fondo del plato. Supuso que después de todo, era lo lógico en una persona que llevase tantos días de vida a sus espaldas.

- Gracias por darme tregua. No había comido desde que abandoné a... bueno, antes de citar nombres habría de comenzar mi relato. Y previo a ello, debería de decir el mío.
- Sería un buen inicio. Yo me llamo Isidro, no sé si eso es conocido por ti. Eres como un enigma. Tengo muchas preguntas, pero prefiero escucharte. Soy todo oidos...
El vino de Rioja le había coloreado con un toque de rubor las blancas mejillas y humedecido los ojos, que parecían destilar fuego fatuo. Los clavó seductoramente sobre su interlocutor y empezó a hablar...
- Mi nombre es Inés de Santillán y Albret. Nací el 21 de enero de 1517, festividad de la Santa, lo que fue muy celebrado por mi familia, ya que mi madre también se llamaba Inés...