jueves, 27 de octubre de 2016

Chloe

El capitán Cuthbert Livingstone era médico. Había estudiado en Oxford con la intención de sanar personas, tan desmesurada vocación poseía que no dudó en enfundarse la roja casaca de los soldados de Su Británica Majestad y acudir al Nuevo Mundo para combatir a los súbditos que se habían alzado contra el rey Jorge. “¿Qué mejor manera de servir a mi rey que curando a sus guerreros?”, se preguntaba retóricamente.

Pero aquella experiencia le cambió. Aprendió que, en el fragor de la batalla, había soldados que morían desangrados porque lo prioritario era zurcir a aquellos que tenían alguna posibilidad de contarlo. Los que sufrían heridas fatales morían sin que nadie les consolase en sus últimos momentos. La medicina militar es pragmática, acaso tanto como la propia Vida.

También aprendió a luchar contra la resignación. Un poso de rabia se iba acumulando en el fondo de su alma y amenazaba con reventar sus esclusas de devoto cristiano y buen caballero inglés. Cada soldado que se iba a la fosa común era una afrenta personal contra él. Cada carnicería que quedaba sobre el campo le suponía una humillación intolerable, hasta el punto de que ya no le importaba, como médico, si el caído lo había sido a mayor gloria de la Union Jack o de la bandera de Betsy Ross. Había estudiado para sanar, y ese propósito alcanzaba a un desafío aún mayor: El Siglo de la Razón no podía permitirse llegar a su término sin haber vencido a la muerte.

El capitán Cuthbert Livingstone regresó al final de la contienda, en la primavera de 1783. Los Estados Unidos habían logrado su objetivo y la vuelta la realizó en precarias condiciones, rodeado de heridos, de mutilados, de ex – prisioneros de guerra con la salud muy quebrantada. Nadie recibe a los soldados que retornan sin gloria, pero ellos trajeron el soplo de nuevas ideas, que desembarcaron en el puerto de Southampton; en Cádiz si eran españoles, o La Rochelle en el caso de los franceses. Los Tiempos estaban gestando un cambio radical en la manera de entender la Creación entera…

Se instaló en Londres, en el selecto barrio de Mayfair. Abrió una consulta, no tardó en labrarse una buena reputación por ser un médico innovador que no abusaba de sanguijuelas y sangrías, aplicando incluso tratamientos indoloros merced a los conocimientos que había adquirido de algunos indios iroqueses. Mas esa aptitud no fue la única que vino con él…

Amplió su consulta con un pequeño laboratorio. Aquella ya no era tan modesta, en la londinense esquina de Beaufort Gardens con Brompton Street, y los carruajes se anunciaban sobre el pavés, junto con los cascos de los caballos, trayendo nuevos pacientes para ser examinados por el joven capitán Livingstone, veterano de América.

Entonces apareció ella. Con sus esplendorosos veinte abriles, acompañaba a su señora madre, aquejada de una afección respiratoria, bastante común en el viejo y húmedo Londres. De muy buena posición, lady Daralis Vernon-Wildemere deslumbró al médico, que se enamoró perdidamente de ella. Y ella de él. La familia abrigaba la idea de un pretendiente de mejor alcurnia, pero la insistencia y la sinceridad de los enamorados venció todo obstáculo. Eran nuevos tiempos, sin duda…

Contrajeron matrimonio. Tanta felicidad no podía acabar bien, y la semilla del miedo fue sembrada. Livingstone no soportaba la idea de perder a su amada, algo frecuente en una época en que muchas parturientas, por ejemplo, no superaban el esfuerzo de traer una nueva vida a este valle de lágrimas. Pasaba encerrado largas horas en su laboratorio… Hasta que dio con la fórmula que sustraería a su amada de la muerte. No pensó en probarla él mismo. Imposible errar, tanta fe había depositado en sus conocimientos. Movilizó a sus contactos, encargando raras especies vegetales a los capitanes que navegaban hasta el otro extremo del mundo; se relacionó con sujetos de mala catadura que venían de madrugada con sospechosos paquetes, aduló a viejos libreros que nada querían saber de lo que había más allá de sus anteojos y de sus polvorientos volúmenes, todo para conseguir antiguas obras escritas en latín medieval… Con el aburrimiento de Daralis cuando curioseó descuidadamente sus páginas. Una actividad febril, bien empleada no obstante. Una oscura redoma, mellada levemente en uno de sus bordes y erguida orgullosamente sobre la mesa daba testimonio del esfuerzo. Su amada Daralis no moriría. Jamás. Ya no perecerían mujeres en los partos, algo que era especialmente lacerante para Cuthbert, porque no comprendía el sinsentido de que la vida se cobrase una para alumbrar otra, dejando a esta sin el cariño de una madre. Y, desde luego, ya no morirían más soldados en guerras. Ni siquiera el Rey de reyes merecía tal sacrificio.

Sonreía por la blasfemia, cuando la criada anunció que la cena estaba servida. Livingstone le pidió una botella de vino de Madeira. A Daralis le gustaba mucho. ¿Qué mejor forma de acceder a la eterna juventud, sino degustando el excelente vino de su bodega? La mujer trajo puntualmente lo que le habían solicitado. Cuthbert ordenó que avisase a la señora para que se reuniese con él y que no fueran molestados. Bajo ningún concepto.

Ignoraba el porqué. Acaso por esa sutil intuición que tienen las mujeres. Aquella noche estaba bellísima, con un peinado que dejaba caer su larga y rubia cabellera sobre el hombro derecho. Una dama digna de ser inmortalizada, en el sentido más literal del término, no por obra de un retrato que languidecería colgado de una pared, en el mejor de los casos, a lo largo de los siglos…

- ¿Qué celebramos? – preguntó sonriente – Te noto exultante, querido.
- Siempre hay motivo para celebrar que estamos vivos… – Respondió mientras llenaba su copa, le ofreció la que había preparado para ella – Y que siempre estaremos juntos
- Hasta que la muerte nos separe, como se dice, ¿no?…

El capitán alzó su copa, con satisfacción mal contenida.

- Entonces brindemos porque muera la muerte… Ningún marido ha obsequiado mejor a su esposa…

Daralis rio por la ocurrencia, sin recelar por la redoma que había visto en las manos de su amado, ni del contenido de su copa que apuró hasta las heces. Se sorprendió a sí misma ya que era de mal tono beber de esa forma, pero la fragancia y el dulzor del caldo le parecieron irresistibles, y el gesto de su esposo le animó a ello…

Fue un leve hormigueo al principio, en el abdomen, durante unos minutos. Luego el dolor la arrojó al suelo doblada sobre sí misma y perdió el conocimiento. Intentó reanimarla por todos los medios pero fue imposible. Murió a las pocas horas. El capitán no podía soportar el remordimiento por haber envenenado a su amada Daralis, ni siquiera lo apaciguaba el hecho de que su intención fuera completamente opuesta. Creyó enloquecer. Apenas fue capaz de asistir a las exequias. Buscó en vano la maldita redoma, cuyo contenido le había administrado, para procurarse un antídoto que la rescatase de la muerte o para envenenarse él también… Fue completamente infructuoso porque no lo halló por ningún lado, como si la Desdentada le hubiera gastado una doble y macabra broma.

Daralis fue inhumada en la lóbrega y sombría cripta de la familia, y él la lloró largamente, durante las interminables noches de invierno, levantando la cabeza cada vez que escuchaba crujir el suelo de madera, o estremecerse el cristal de las ventanas azotado por el inmisericorde viento que traía el recuerdo de su dolorosa soledad… Por si era ella que regresaba del Infinito con el único salvoconducto de su sonrisa…

Pero no retornó. Los días se acumularon en semanas, y las semanas, en meses. Siempre la tenía en su recuerdo. Y el perro rabioso del remordimiento devorando su corazón a dentelladas….

Un lluvioso día de noviembre, un domingo, mientras se hallaba en su laboratorio, la criada le informó que una desconocida y distinguida mujer le aguardaba en el vestíbulo de la casa. Él dijo que no pasaba consulta los domingos. La criada le replicó que ya se lo había comunicado, pero que insistía en hablar con él. Iba a despachar el asunto de mala manera, cuando la sirvienta añadió…

- El señor se sorprenderá de lo mucho que se parece a la difunta señora, que la Gloria del Señor la acoja.

Dejó lo que estaba haciendo. Y siguió a su empleada escaleras arriba. Apenas pudo pronunciar palabra… La semejanza era increíble, el mismo cabello dorado, sus ojos color aguamarina, la tersa y blanca piel… pero el gesto no era dulce sino frío y sarcástico… No era ella.

- Me llamo Chloe Bacqueville, le agradezco que me reciba porque…

No. No era ella. No siguió escuchando aunque asentía con la cabeza como esos autómatas de feria. El negro manto de su ausencia le devolvió a su infierno personal. ¡Daralis!…

Sin embargo, muy a menudo, hasta la misma compañía del príncipe de las Tinieblas es mejor que un corazón flagelado por la culpa. Ella no era como Daralis, alegre, confiada y cariñosa, todo lo contrario, como su tenebroso reflejo. Finalmente se prometieron y se casaron. La admiración que provocaba la similitud se disipaba en cuanto su desdén saltaba de interlocutor en interlocutor. “Es que, claro, no es ella”, se decían. Pero la comparación no le afectaba en absoluto. Incluso le divertía cuando su esposo se la confió con el objetivo de que suavizase su carácter y trato. La criada sufrió incontables humillaciones hasta que decidió abandonar el servicio de su señor, al que apreciaba de veras. Chloe contrató a otra que se movía sigilosa como un fantasma por la casa. Se estaba quedando solo nuevamente, pero la tenía a ella. Los amigos se fueron distanciando, a muchos les inquietó sobremanera que Chloe usase los vestidos de la difunta, pues tenían la misma talla. A su marido no le importaba, más bien le confortaba. Cuando no hablaban, la miraba con fervor y podía olvidar lo sucedido. Ese rabioso perro que desgarraba su corazón quedaba sosegado…

No por mucho tiempo. Una tarde en que la ventisca de una furiosa tormenta de finales de octubre golpeaba la casa, Chloe hizo distraídamente alusión al vino de Madeira, comparándolo con un elixir que proporcionase la inmortalidad. Efectivamente, podía ser casual, fuera de contexto. Mas el tono, la mirada maliciosa, el desprecio que arreciaba en el fondo de sus ojos, la sonrisa hiriente y afilada como un sable le hizo concebir una posibilidad… ¿Y si realmente fuera ella, y si fuese Daralis?

Rechazó de plano la posibilidad. Él mismo, con indescriptible dolor, certificó su fallecimiento. No había acudido a su entierro, roto como estaba por la pérdida, pero no se había movido de su lado mientras la velaba, escrutando su inerte rostro, en busca del menor signo de vida. Cerraron el féretro porque ya daba muestras de descomposición, más rápida de lo normal incluso. Tuvieron que forcejear con él cuando cerraron la tapa. Estaba muerta, más allá de cualquier esperanza. Una multitud de testigos contempló como sellaron la sepultura y cerraron a cal y canto las tres puertas, una tras otra, que vedaban el acceso a la cripta. Como si no bastase el océano de lágrimas que nos separa para asegurarnos de que no volverán nunca.

Días más tarde, ya había anochecido, el capitán Livingstone tomó una decisión súbita y descabellada. Estaba en la alcoba de su esposa, ella le había llamado para preguntarle algo relativo a un nuevo vestido puesto que iban a acudir a uno de los escasos eventos a los que eran invitados. Le dijo que esperase un momento… la mirada del médico revoloteó por la estancia. El lecho, algunos viejos cuadros, un armario, el tocador… ¡El tocador! Allí estaba la redoma, mellada en su borde, la agarró al instante…

- ¿Adónde has encontrado esto? – Inquirió con enojo - ¿Sabes lo que contiene?
- Es mío. – Espetó sin inmutarse – Y contiene perfume
- No puede ser – Abrió el envase y lo olfateó, era una esencia exótica - ¿Adónde has puesto lo que contenía?
- Ha contenido siempre perfume, querido... – De nuevo ese odioso sarcasmo -¿No querrás que huela a vino de… Madeira?

Cuthbert retrocedió hasta chocar con el quicio de la puerta. Se tambaleó un paso más, tropezó con la criada y corrió escaleras abajo. Agarró un manojo de llaves, se puso gabán, sombrero y salió a toda prisa a la calle, ni siquiera pensó en ir a caballo. Diluviaba sobre Londres, los relámpagos iluminaban sus pasos en dirección al Cementerio de Gracechurch. Atravesó Westminster, y luego se dirigió levemente a su derecha, hacia Whitechapel, siempre por la ribera norte del Támesis. Llegó ante la verja del cementerio: estaba cerrada. No se arredró, debatiéndose su alma entre la luz de una tenue esperanza y el negro abismo de una certeza, saltó la tapia como Dios o el demonio le dio a entender. Se orientó ayudado por los destellos de las centellas celestes, con paso decidido pero trémulo pulso por el temor a la verdad, abrió la antigua cerradura de la cripta. La oscuridad era absoluta. Pensó que ese lugar era el idóneo para que Cerbero cuidase el umbral del Infierno, reparó en que quizás aquel mitológico perro era el que había estado ensañándose con él, recreándose en su dolor. A tientas encontró una lámpara que encendió con gran dificultad. Giró la cerradura de la siguiente puerta… la débil llama se agitaba como el corazón en su pecho, haciendo fluctuar la luz fantasmagóricamente… la tercera y última franqueó el paso al capitán, estaba en una capilla, cuyas paredes, a modo de estanterías, acogían el descanso de sus moradores hasta el Día del Juicio.

Se acercó a la sepultura de Daralis. Había restos de flores marchitas. Los ramos de su sepelio habían sido retirados por alguna diligente visita de la familia. No tenía aspecto de haber sido removida. Livingstone titubeó durante un segundo. Era una locura, sin embargo, había llegado a la conclusión de que las reiteradas y veladas alusiones, y la extraordinaria coincidencia de sus rasgos físicos no eran fruto del azar. Espoleado por todo lo que se agolpaba en su memoria, como pasaje de un barco que se va a pique, arrancó la lápida, descubriendo el ataúd. Con un seco golpe, utilizando un candelero como cortafrío, desencajó la tapa… y la retiró.

Espantado, con el rostro extraviado, completamente lívido, contempló que la caja estaba vacía. Una gélida corriente apagó la luz del vacilante farol que le había guiado hasta allí, casi simultáneamente el sonido de un portazo le indicó con desesperación que estaba encerrado y en tinieblas. Buscó las llaves en los bolsillos sin hallarlas, aprovechando los intervalos luminosos de los relámpagos colándose por un pequeño ojo de buey que la puerta tenía. En ello estaba cuando percibió que había una sombra al otro lado. Se acercó con denuedo, con el valor que da un peligro que no se comprende, tan antiguo como la propia vida… y miró.

Eran los azules ojos de Chloe… ¿O siempre fue Daralis?

jueves, 14 de enero de 2016

La melodía quebrada

A Almudena y David

Es curiosa esa silente vida que nos ofrecen los cotidianos objetos que adornan, bien estéticamente o por su utilidad, nuestras vidas. Están ahí, inmóviles, como absortos o estupefactos espectadores que contemplan la implacable forma en que nos van cayendo años encima hasta que quedamos sepultados por su peso para seguir nuestro Camino donde Dios nos diga.

Nos resistimos, como desesperado náufrago que se agarra a un escollo, a despedir esas cosas que nos recuerdan tiempos pretéritos, acaso más felices, pero seguro que vinculados a nuestra jubilosa juventud. Es lo que tienen las promesas, que enseñándonos menos que las decepciones, son más apreciadas que estas… Los heraldos de la verdad son tan inoportunos como los viejos amigos que señalan, inmisericordes, nuestros detestables defectos. Sin motivo detallado, por tan sólo una madeja informe de sentimientos que avalaban su presencia, allí estaba, sobre una cómoda, una musical bola de nieve, de esas que al agitarse con vigor desatan una serena ventisca sobre la casita que contienen. Desgraciadamente su interior mecanismo de cuerda, como el de muchas personas, se hallaba averiado y la nieve que contenía ya no cabalgaba su viento porque ya no había música que la hiciese soñar… De ese modo, veía pasar los días como una anciana despierta sus recuerdos de juventud, como un desfile de fantasmas, sin dolor, sin llanto, y sin nadie que desgranase su melodía quebrada.

Fue en una desabrida anochecida de invierno, callada y recatada tras el embravecido bullicio vacuo que trajeron las fiestas navideñas, en esa barahúnda informe de mercaderes que han profanado nuevamente el templo de una celebración íntima, alegre y promisoria de la Resurrección. En la sigilosa oscuridad de la alcoba, que es donde la existencia cobra vida y el verbo se hace carne por voluntad del amor entre una mujer y un hombre; sucedió que alguien que fue reparó en ese modesto y enmudecido adorno, tan helado estaba como su blanco suelo, como el gélido aire que arañaba los ventanales, como las blancas manos de la noche que se arremolinaba sobre esta parte del mundo que añora la luz del sol que ha muerto al otro lado del horizonte.

Recordó la deliciosa música que escuchó cuando la tierra de las alamedas, de los encinares, de los infinitos olivares, de las fértiles huertas que contempló, sintieron el vigoroso compás de sus pasos al tiempo que la fresca brisa de estío rozaba con mimo su rostro. Ellos ya no lloran porque las lágrimas se quedan en este sombrío valle, patria de desdichas, dolores y decepciones, sin embargo, una invisible mueca de nostalgia asomó a un semblante que nadie podía ver. 

Recordó, sí, recordó más cosas, que incluso cuando no hay páginas que escribir, lo que siempre se conserva, mientras a Dios le sea útil, es la memoria de las sombras que fuimos en el sueño que es la vida, que ya describió el magnífico Calderón. Recordó cómo la música sacaba el baile que dentro llevaban las personas, como si las corcheas, semifusas y redondas fuesen los mágicos dedos de marionetistas y nosotros, pobres y efímeros seres humanos, no fuéramos más que muñecos animados por el hábil movimiento de unos hilos. Recordó cómo las costurerillas remendaban los sietes y los descosidos con esas mismas hebras bajo el mortecino alumbrado que quemaba sus luminosos ojos. Recordó las estrellas en su danza celeste, y las constelaciones que el hombre urdió con su inagotable imaginación.

Recordó al adusto sacerdote leyendo el Evangelio de Juan, el espanto de pensar en Lázaro, fallecido y enterrado en su tumba, pudriéndose en esa oscuridad que no traía vida sino ausencia y horror; y los sollozos de Jesús por una simple persona que le había amado, como tantos y tantos fueron después de Él, enfilando la Eternidad para seguirle.

Simplemente acarició la inerte bola de cristal al tiempo que deseó con todas sus fuerzas que volviera a nevar mientras giraba y giraba al son de su maravillosa música.

Y se obró el prodigio: La nieve saltó y se puso a bailar en torno a la casita que contenía la bola de cristal. El mecanismo volvió a funcionar como el primer día, gozosamente, rabiosamente, entusiasmadamente, como el cautivo que vuelve a saborear la libertad, como el ciego de Betsaida al sentir la Luz y el sol sobre su vista.

Como Lázaro, que regresó de las Sombras para dar fe de que ni la Muerte, ni la angustia, ni la barbarie podrán derrotar jamás a la única palabra que lo explica todo: El Amor.


lunes, 8 de junio de 2015

La memoria de una afrenta

No quedaba tiempo para nada más. Lo que se había hecho y lo que no. Constantino lo sabía muy bien. Había intentado reconciliar la iglesia cristiana oriental con Roma, pero su pueblo le dió espalda. Había pedido ayuda a la Cristiandad, y sólo Génova, Venecia y el Papado habían respondido enviando efectivos, testimoniales, escasos ante la gigantesca y artillada ola otomana. Algunos no podían, metidos en reyertas como estaban, Castilla sumida en problemas internos, con la culminación de su Reconquista pendiente y enfrentada a Aragón; Portugal interesada en el norte de África e indiferente al Mediterráneo oriental; Francia derrotando a los ingleses en la Guerra de los 100 años; Inglaterra con Enrique VI de Lancaster sumido en la locura, venteando las vísperas de la guerra civil de las Dos Rosas; Hungría deshilachada entre Bohemia y el Sacro Imperio, y estos dos últimos tratando sus cuitas comunes. Otros no querían, como los franceses, despechados aún por haberles derrotado en Morea. Están solos, la desdicha es solitaria como la felicidad bulliciosa. El miedo a los turcos había llenado Santa Sofía de una multitud doliente, atemorizada pero orgullosa de saber que su emperador morirá combatiendo por su libertad. Los otomanos traen llanto y esclavitud. Primero devoraron los reinos latinos de Tierra Santa, y era cuestión de tiempo que viesen la vulnerabilidad del antaño gigante bizantino, que nunca levantó cabeza después de que los cruzados saqueasen Constantinopla.

No quedaba tiempo para nada más. Lo que se había hecho y lo que no. Constantino lo sabía muy bien. Los desastres sobrevienen porque se han sucedido hechos, a menudo muy pequeños, simples detalles, que como teselas de mosaico van tejiendo el dantesco espectáculo de la muerte de una sociedad. La culpabilidad se reparte equitativamente entre dirigentes incapaces y populacho indolente, hogaño transformados en perdidos actores de una tragedia que nadie explica pero que todos conocen. Bizancio se había desangrado, poco a poco, calladamente, en rivalidades estériles entre verdes y azules, el sexo de los ángeles y otras locuras que habían debilitado hasta el colmo los recursos del imperio: imposible para resistir el paso de los siglos. Siempre hay alguien que se aprovecha de las reyertas entre hermanos. Siempre hay alguien cuyo botín es la desgracia de los inocentes.

No quedaba tiempo para nada más. Lo que se había hecho y lo que no. Constantino lo sabía muy bien. Los turcos no iban a soltar la presa que tenían cogida por el cuello, asfixiándola, como las serpientes constrictoras hacen con sus víctimas. Le constaba que las ofertas de una paz honrosa que le hacía Mehmed II eran tan falsas como sus lisonjas: conocía sobradamente a sus enemigos, toda una vida guerreando y negociando avalaba esa certeza. Hay "paces" que son infamantes. Puede que uno no pueda vivir como quiere, pero sí puede escoger la manera de enfrentarse a la muerte. Él lo haría como un soldado, mirándola con altivez y desdén, la postrera de un emperador romano.

No quedaba tiempo para nada más. Lo que se había hecho y lo que no. Constantino lo sabía muy bien. Quizás la Historia obligaba a pagar así una arrogancia de siglos, primero con el Imperio Romano de Occidente, luego con hispanos, sicilianos y con almogávares, con tantos que no se pueden enumerar. Sabía muy bien que la estela ininterrumpida de emperadores romanos que inició Octavio Augusto acabaría con él. Sus soldados llevaban combatiendo desde la madrugada. Elevó la mirada al espectacular cielo de la primavera mediterránea. Amanecía. El último amanecer que le sería dado contemplar sobre la faz de la Tierra. El último amanecer para un basileus dei romei en el día que se ponía el sol para siempre en un Imperio bimilenario. Constantino XI Dragases Palaiologos se despojó de todas las insignias que delataban su dignidad y se aprestó a luchar y a morir junto a los bravos soldados que tenía el honor de mandar. Los otomanos arremeten con furia, el Destino espera. Si no se puede vivir en libertad es mejor morir peleando.

No quedaba tiempo para nada más. Lo que se había hecho y lo que no. Constantino lo sabía muy bien. Vale más una muerte de héroe que mil vidas de esclavo.


domingo, 24 de mayo de 2015

Dies Irae

“Señor, libera mis manos para ser instrumento de tu Ira. Señor, libera mis manos para que rediman sus pecados con su dolor. Señor, libera mis manos para llevar el Infierno a los inicuos.” Tenebrarum codex, circa 500 a.D.

Se repite el mismo espectáculo una vez tras otra. Cambian envoltorios, pero la podredumbre es la misma. ¿Por qué dudar? ¿Por qué no arrasarlo todo una vez más? Apolión torció el gesto y desvió la mirada. Dios lo sabrá todo, pero no explica nada. ¿Tanta consideración merece esta Humanidad, que crucificó a su Hijo por medio de su maldito pueblo elegido? Estúpidos Hijos de Adán y Eva, seducidos por la puerca de Lilith, arrastrados y condenados por el engaño del Príncipe del Amanecer. Sí, él estará encantado cuando reciba la orden de asolarlo todo. Justicia. No hay mayor equidad que la que reduce todo a la nada. Quienes tanto mal hacen a sus semejantes no pueden esperar más que la cosecha de ese mismo mal que llevan sembrando siglos…


El pelotón obedece la orden de alto que ha dado su sargento. El rostro de los soldados refleja sentimientos diversos. Unos estupor, otros sarcasmo, todos la fatiga de una guerra que ninguno sabe a ciencia cierta cómo empezó. Desde luego que ninguno sabe si la terminará.

El enemigo, ese término difuso, sin expresión porque nunca posee cara, les pisa los talones. Todos saben que se hallan perdidos, no porque ignoren su posición en un mapa, no porque tengan claro que sus lejanos mandos los dan por muertos, sino porque hace mucho tiempo que ese es el estado natural del Hombre, más allá de cualesquiera otras consideraciones, desde la Noche de los Tiempos en que las estrellas se lo susurraron a nuestros aterrorizados y solitarios antepasados. Si hay una certidumbre que clama al Cielo, esa es la de la absoluta soledad frente al horror.

Cerca del pelotón, un civil moribundo pide un cigarrillo al soldado que tiene más cerca. El soldado le mira y le responde que no fuma, que no tiene tabaco. El paisano entorna unos vidriosos ojos que ya no ven y su cabeza se ladea. La espantosa herida deja a la vista que le habían volado el área occipital de su cráneo. El veterano, curtido por todas las heridas y mutilaciones que llevaba contempladas, no se logra explicar cómo pudo articular siquiera esa petición. Cosas que pasan. En el manicomio que es la Tierra entera, los únicos que muestran cordura son los difuntos. El suboficial, pendiente de la escena, se encoge de hombros, escupe al suelo y ordena continuar la marcha. Los soldados se disponen a proseguir de mala gana. Escaso sueño, menos alimento, una interminable marcha a ningún sitio y la generosa ración diaria de devastación que los gobernantes sirven con largueza a sus exhaustos y diezmados pueblos. El mundo se viene abajo.

- ¡Mi sargento, tenemos al enemigo por todas partes!

El radar de Infantería se volatilizó con su sirviente, habían abierto fuego contra ellos. Apenas se escuchaba algo entre el atronador estruendo de las explosiones. Que cada palo aguante su vela, que cada novia se ocupe de su velo, que cada pábilo se aferre a su llama. Apretar los dientes y desplegarse, por lo menos que el enemigo tenga que esmerarse para acabar con ellos y no los ventile con un puñado de de pepinazos de carros de combate. El resplandor que causaba el estallido de los proyectiles le recordó los días sin fin, en aquellos veranos que disfrutó en su adolescencia. Luz, playa y arena blanca, infinita, hasta donde se perdía su ilusionada y joven mirada.

Luz cegadora, sucio barro y toda ilusión perdida, arrancada y desgarrada por las estocadas que ha ido propinando una vida que nunca imaginó para él ni para sus soldados. Juraron que defenderían a su patria, no que la traicionarían cumpliendo órdenes de sus políticos. Demasiados remordimientos para tan escaso tiempo. Todo acabaría pronto. Percibían el sonido de las orugas abriéndose camino contra ellos. No iban a rendir sus vidas como ratas asustadas en un agujero. Desplegó un pequeño mástil retráctil, parecido a una antena de radio, y desligó la bandera que besó una soleada mañana, ebrio de la esperanza que le infundió su nación, y la hizo tremolar furiosamente mientras se ponía al descubierto. A menudo resulta que la desesperación es el combustible que nos impele a ser héroes. Si no se puede hacer nada, siempre se puede dar ejemplo.


En ese instante, salido de la nada, aparece un hombre. Su semblante transmite triste sosiego. Todo queda en absoluto silencio. Nada se mueve, como paralizado por la irrupción del desconocido. El sargento le mira estupefacto.

Nunca se sabe de dónde viene. Tampoco su destino. Algunos creen que se trata de un monje, un fraile, un religioso en definitiva. Así lo juzgan porque suele acompañarse de un Rosario de madera, pequeño y sencillo, y se viste con largas vestiduras, que recuerdan el hábito que lucen las personas de esa condición. Sin embargo, muchos de los que se han cruzado en algún momento con él, intuyen que sus ropas son sólo eso, ropas, que usa para cubrirse, y que esconde algo indefinible que, sin ser amenazante, les causa vértigo y respeto.

Es un hombre de complexión fuerte, alto sin humillar, con el pelo corto y descuidado de clara inspiración militar, afeitado; cargado con unos treinta y cinco o cuarenta años. Hay ocasiones, bajo determinada luz, que parece superar esa edad, acarreando siglos como Sísifo hacía con su peña hasta la cima, para verla rodar ladera abajo. En el fondo de su mirada reposa serena la melancolía, no muy lejos de una esperanza que es la misma que desprenden sus palabras. Palabras, a veces, trémulas y espantadas de alguien que ha visto demasiado dolor; en otras vehementes y entusiasmadas por saber que, después de todo, lo mejor está por venir.

Llega, se dirige a alguien en particular por razones que únicamente conoce él, le da o recibe algo, cuenta un episodio o hecho sin conexión aparente con la situación y los presentes, mira al Infinito antes de bendecirte y despedirse, y luego se pone a caminar, con esa patria espinada a cuestas que son sus recuerdos y sus plegarias. Nadie sabe de dónde procede y nadie sabe nada de él.

Nadie sabe su nombre a ciencia cierta porque pocos son los que han llegado escucharlo...

Llega hasta al sargento y se detiene frente a él. Le examina sin decir palabra durante unos segundos. El perplejo militar le pregunta si ya están muertos…

- Concedéis demasiado valor a vuestros Días aquí. Y eso mismo os impide disfrutar de ellos, valorarlos como debiera ser. – Contestó el religioso. – Los muertos están más vivos que los vivos, así que eso no ha de preocuparte, sargento… Vida, muerte… No son más que capítulos de vuestra Eternidad. Es algo accidental, por decirlo así. Lo peor es el sufrimiento, el dolor. Eso es opcional. Es la consecuencia de la Tentación. Cuando alguien seduce a la mujer de su prójimo, cuando alguien codicia mayor riqueza de la que merece para su sustento, lo que trae es el dolor de una casa, trae la miseria de otro que no tiene para vivir. Tratáis con el Horror, día a día, como si fuese algo ajeno a vosotros. No es así. No, no lo es. Lo llevamos con nosotros, Es una bestia que alimentamos todos, aunque sólo unos cuantos, siempre demasiados, sean los culpables de desatarla para que campe por sus respetos.

Os espantáis de los cadáveres que dejáis atrás. De los compañeros que abandonáis insepultos, de la devastación, del olor a muerte que acompaña cada uno de vuestros pasos, de los niños que habéis visto morir, de los que os han ordenado asesinar… ¿Es qué esperabais otra cosa de este siglo XXI, digno sucesor de los que le han precedido? Ahora incluso tenéis una tecnología que es capaz de acabar con millones de seres humanos en un abrir y cerrar de ojos, sin arriesgar otra cosa que se enfríe la taza de café que aguarda al victimario a unos centímetros de la misma mano que mata a toda esa gente. Y le pedís a Dios una explicación, un asidero que os ancle a una sensatez que no es más que una entelequia porque no es tan tangible como lo que estáis viviendo… El horror. Sí. Tan viejo como el mundo. Siempre insaciable. Siempre pegado a nuestra alma. Siempre alimentado por ella misma. No juzguéis lo que forma parte de su esencia

Fue hace mucho. Es una Historia que conocéis porque os la han contado en muchas ocasiones, yo estuve allí. Parece que únicamente se atiende a quien ha visto y vivido sucesos en primera línea. No se escucha apenas al cronista, pero sí al superviviente. La mano que da vida es la misma que la quita… Fue hace tanto que no lo creerás, sin embargo no importa porque yo sé que estuve allí. Y Él lo sabe también, por eso voy andando por estos caminos desde entonces, sin que el Tiempo ni la Muerte osen tocarme. Al principio pensé que era mi castigo, luego me percaté de que era mi Misión. Los campos de batalla. Los he conocido todos. Recuerdo el rostro de cada soldado caído… Yo también fui soldado. Elegí serlo, así que no me quejaré de la desolación que sembré a mi paso ni del daño que me hicieron. Ni de que se me encomendase vagar por el mundo. Cuando uno da por cierto que existir, nacer y morir, es un disparate, no alberga protesta. Sólo esperanza

En aquellos días todo estaba revuelto, con falsos profetas cacareando que los Días estaban llegando a su término. Una  locura, Jerusalem era un hervidero de rumores y teníamos miedo. Ese invitado jamás se hace de rogar. Lo peor que le podía suceder a un funcionario romano era ser destinado allí, y los soldados acantonados en aquella ratonera contábamos lo que nos quedaba para salir de ese manicomio. Además era Pascua y la ciudad multiplicaba por dos o tres su población. Enfrentarse a un motín en esas condiciones era muy arriesgado y nuestra particular manera de conjurarlo era a través del horror. El mismo del que os quejáis. El mismo que lleváis. El mismo que yo mismo purgo y procuro espantar con la Palabra del Señor...

No Le conocía. Sí, había oído hablar de Él, ¿quién no? Pero esa maldita mañana era uno más, uno a quien la multitud de judíos que se habían arremolinado en el patio de la Fortaleza Antonia había preterido en lugar de Barrabás. Los mandos nunca dan explicaciones. Únicamente órdenes, bien lo sabes. Para nosotros no era más que un reo. Sin embargo no es una disculpa. Han pasado siglos y lo peor de todo es que el Hombre se obstina una y otra vez en ser guadaña y no simiente de Libertad.

No entendía el ensañamiento, el encono de la muchedumbre. En realidad, las crucifixiones sólo atraían a ociosos y a valentones de taberna que luego acudían a ahogar los detalles en una jarra de vino picado en compañía de alguna ramera. No obstante, aquella ejecución fue diferente. Le fueron insultando y escupiendo todo el camino. ¿Qué daño les había causado ese Hombre? Los malhechores soportaban el escarnio de sus víctimas; los asesinos, el de los parientes de los asesinados. Aquel tumulto rezumaba odio cuando ninguno de ellos había recibido la menor afrenta de Jesús, muy al contrario: Les había mostrado el Camino. No se sentían satisfechos con la brutal flagelación que había padecido a manos de mis conmilitones, no, proferían imprecaciones sin fin, hasta el punto de que tuvieron que intervenir los soldados de la guardia que escoltaba a los condenados para que no desbordasen el perímetro de seguridad.

Sí, sargento, yo fui quien ordenó a los soldados que le clavasen en la Cruz. Yo ví cómo manaba la sangre por sus incontables heridas, cómo el bonete de espinas desfiguró sin piedad sus facciones, cómo realizamos mecánica, cruel y eficientemente todo lo relativo a la ejecución. Y me encogí de hombros como tú hiciste hace unos minutos. Eso te reduce a la misma escoria que los que le clavamos en la Cruz, o los que aprietan un gatillo o un botón. Pudimos hacer algo, sí, pero no lo hicimos, por cumplir órdenes y por miedo. Dolor en definitiva. El miedo te convierte en un jodido esclavo, ¿sabes sargento? Te pasas la vida sorteándolo hasta que te alcanza, entonces te das cuenta de que nunca has sido libre, de que siempre has terminado haciendo lo que otros, que te odian, querías que hicieses. Y Él mismo incluso, demostró que se puede ser más libre en una Cruz que cómodamente sentado en una tumbona, en la playa que recordabas hace unos momentos…

Escogemos entre lo malo y lo peor, dando manotazos a diestro y siniestro, como si ello pudiera liberarnos de un menú indeseable que no queremos en nuestra mesa. ¿Escogí estar de servicio ese día? Tú: ¿Acaso deseaste el mando de tu pelotón? Eso no importa. La cuestión es que el Destino te pregunta directamente, una jornada cualquiera, qué eres. Y la respuesta te la da un espejo que no te miente, al que no vuelves a mirar porque el de la imagen reflejada sí que sabe, en el fondo, que por encima de una orden malvada, que por encima del miedo, que por encima de cualquier espejismo está la Libertad suprema de escoger la Verdad. Y ser un cobarde no te deja en buen lugar…

Alzamos la Cruz. Aún recuerdo su quejido cuando quedó suspendido de los clavos. Parecía anochecer y estábamos en pleno día. Una Mujer lloraba desconsolada, acompañada de un joven, casi un niño, y de otras personas, que tampoco se libraban de padecer las injurias de la gentuza que estaba allí. ¿Piensas que eran diferentes de nosotros, sargento? No. No lo eran, porque el Mal que les animaba era el mismo. Siempre es el mismo, jugando con vosotros a una partida de ajedrez que nunca ganaréis solos porque únicamente lo haréis si os retiráis del juego. Esa es la auténtica Libertad: Decirle al que manda que no tiene autoridad sobre vosotros porque no la ha recibido de Aquel que la detenta sobre el Universo.

Y lo increíble, lo que jamás había visto antes es que nos perdonaba. Los ajusticiados suplicaban clemencia, o se revolvían desesperados contra los verdugos. Él no… Simplemente dijo que teníamos que ser perdonados porque no sabíamos lo que hacíamos. Es que no lo hemos sabido en ningún momento. Nos echan del útero de nuestras madres de mala manera, vamos dando tumbos por la vida haciendo y haciéndonos daño y cuando algunos empiezan a tener idea de lo que se debe de hacer, resulta que su camino por este Valle se acaba. Game over, soldado…

Solamente quise que obrase un prodigio, que la herida que le causé con la lanza en su costado fuera el precipitante de otro milagro, tan asombroso que todos se postrasen a sus pies… Y lo fue. Nunca volví a ser el veterano disciplinado y displicente que servía a Roma. ¿Sabes? Es ridículamente fatuo considerar que una simple persona, cualquier persona, esté por encima de otra. Os preguntáis por el sentido de las cosas. Pues bien, eso es una de las muchas que no lo tiene ni de lejos. En lugar de plantearos cuestiones que no responderéis Aquí, empezad a valorar que tiene realmente sentido de esa ficción que aceptáis sin más y que llamáis “realidad”… Y se cumplirá que la Verdad os hizo libres. Las rosas no necesitan miradas para florecer. Cuando se marchitan no queda rastro de su belleza. Ese es el milagro, que de la Nada, del caos, del dolor, del sufrimiento, con todo y con ello aún brote, de lo más profundo de la Tierra, un rayo de Luz. Él me ordenó que difundiese un mensaje que únicamente escuché con el corazón. Me dijo que estaría allí donde se me necesitase, del mismo modo que estuve junto a Él, al pie de su Cruz. Yo no merezco tanto. Al fin y al cabo no soy más que un soldado como tú…


Apolión se quedó pensativo tras haber contemplado la escena. Nunca le resultó simpático el verdugo del Hijo de Dios, al que servía tan incondicionalmente que no dudará cuando tenga que ayudar a Mal para que la Humanidad enfile su Redención final. No le caía bien en absoluto y no comprendía la razón por la que el Señor fue tan generoso con el legionario, a pesar de ello, encontró una profundidad en sus palabras que le dejó desconcertado. Él que estaba llamado a ser el ángel de Destrucción que asolaría la faz de la Tierra, el que reduciría todo a escombros para borrar toda memoria, el que repartiría con prodigalidad el llanto y crujir de dientes del Fin de los Tiempos, el que haría dichosos los vientres que no concibieron, el que procuraría que los más felices fueran los muertos en el Día de la Ira, él, Apolión, humilde ángel del Señor Dios, recordó un salmo, y sin darse cuenta, lo entonó…

“De profundis clamavi ad te, Domine;
 Domine, exaudi vocem meam.
Fiant aures tuae intendentes
in vocem deprecationis meae.
 Si iniquitates observaveris, Domine,
Domine, quis sustinebit?
 Quia apud te propitiatio est,
ut timeamus te.
 Sustinui te, Domine,
sustinuit anima mea in verbo eius;
speravit anima mea in Domino
magis quam custodes auroram.
Magis quam custodes auroram
 speret Israel in Domino,
quia apud Dominum misericordia,
et copiosa apud eum redemptio.
Et ipse redimet Israel
ex omnibus iniquitatibus eius.”*

Puede que después de todo, la Creación entera no fuese sino esa peña que Sísifo intentaba hacer llegar a la cima de la montaña…

*Traducción, Salmo 130:

“Desde lo más profundo te invoco, Señor,
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria.
Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido.
Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
más que el centinela la aurora.
Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor,
porque en Él se encuentra la misericordia
y la redención en abundancia:
Él redimirá a Israel
de todos sus pecados.”

jueves, 27 de noviembre de 2014

La estación

Le conocía desde hacía bastante tiempo. En ese espacio brumoso del recuerdo, tierra de nadie que fue la década de los noventa del siglo XX, paraje de esperanzas y gestante de tragedias que irían arrancándose su histriónica careta a lo largo de la década siguiente, para horrorizarnos con su descarnado semblante. Era un tipo franco, accesible y de trato directo, como los ganchos que propinó en su juventud de púgil aficionado. Me conmovió la primera fotografía que tomó “en serio”, ni siquiera había cumplido los diez años, ingenua e ilusionada, un luminoso océano infinito reflejando el resplandor del firmamento... Así que entre sus uppercuts y mis coup droit fuimos forjando una sólida amistad con el paso de los años, que en eso se asemeja al buen vino.

Alfonso era fotógrafo de acción, algunos periódicos lograron sus mayores tiradas con alguna de sus instantáneas en la portada. El paulatino declive de la prensa escrita en papel le trajo menos trabajo hasta que llegó a la mínima expresión, acumulando deudas y, como suele ser habitual en estos casos, desengaños personales. El éxito atrae lo mismo que ahuyenta la pobreza, que no fracaso, porque siempre conservó un concepto artístico de su profesión, y como dijo Dostoievsky, “la Belleza salvará al mundo”... No siendo así ahora mismo, sí que salva a muchos de su propio infierno personal por la búsqueda de ese Santo Grial que les aleja de otras tentaciones.

De ese modo, el fotógrafo que era cambió sucias trincheras por luminosos parques, adustos soldados en marcha por sonrientes parejas de enamorados paseando bajo la sombra de infinidad de árboles que parecían acoger dulcemente una primavera pletórica de vida... Cambió la épica de un mundo que agonizaba en una locura de horror y muerte por la eterna promesa de que sí, de que esta vez algo cambiaría en la Humanidad. Como siempre había sido cada vez que una nueva generación se asomaba a la vida desde el cálido útero de sus madres. Luego ese mismo mundo que les estafaba con sus mentiras se encargaría de convertirles en la misma decepción que hemos sido todos los que les hemos precedido...

Pero Alfonso había trocado ese enfoque. Después de tanto espanto presenciado e inmortalizado como mueca de difunto en un negativo, había decidido que sus estrenados sesenta años traerían un canto a la Vida, a lo hermoso que contiene, a las frases sin palabras que se pueden contemplar a poco que uno mire al cielo para deleitarse en la silente danza interminable que las nubes mantienen con el sol y con la luna y que, ¡ay!, tan desapercibida pasa a los ojos de los mortales, tan agobiados como estamos por el peso de nuestras culpas y preocupaciones cotidianas. Y el buen hombre se lanzó a caminos, a veredas, a alamedas infinitas donde el rumor de las hojas le llamaban por su nombre para que las inmortalizase antes de que un mal viento se las llevase a la oscuridad de una turbera. Se entregó a ello con el frenesí que los artistas dedican a la musa que les trae la inspiración, con delectación, como únicamente se entrega el amante a su amada, con total abandono y apasionamiento.

Acabó con los pocos ahorros que tenía pero no le concedió importancia, tal que un nuevo Colón en travesía hacia unas Indias que solamente él conocía, sin atender advertencias de parientes y amistades que le avisaban de que su estado se iba deteriorando, por abandono. Como Ulises con los cantos de sirena, se había amarrado con fuerza al mástil de su propósito y nos desoyó a todos, desollándose él mismo al perseverar en su actitud.

Un día llegó a una antigua estación de tren. Suele ocurrir que nuestros pasos siguen direcciones con intenciones ocultas. La estación se hallaba parcialmente invadida por la vegetación que, siendo como es tímida la Naturaleza, no huella con sus verdes tallos y leñosas ramas las estancias que frecuentan los seres humanos, atreviéndose cuando la ausencia de estos deja de ser accidental por reiterada. El edificio tenía ese aire distinguido que poseen las instalaciones ferroviarias de finales del siglo XIX, cuando viajar era un lujo o se hacía por servidumbre, bien por simple pasatiempo o por salud quebrantada. Las paredes desconchadas, el suelo deslustrado y sucio, los cristales hechos añicos, las puertas abatidas como centinelas aletargados a la espera de que un iniciado deshaga el sortilegio y recobren su marcialidad... Alfonso retrató todos los detalles con la profesionalidad y la destreza del artista que es capaz de percibir la realidad que no ven los demás, de captar la esencia de las personas que anduvieron y sintieron en ese lugar, dejando su impronta, el destello de un espíritu que hace décadas partiría en esa singladura de la que no se retorna. Le sorprendió el anochecer, anticipado por estar cercado de montañas, en un valle agreste y perdido, crecientemente misterioso y umbrío al variar la luz que recibía, como el rostro de una mujer bajo la luz de las velas.

Sonrió porque fue al final de esa sesión cuando sintió la familiaridad de aquel lugar. En realidad no quería marcharse, pero no le seducía pasar una noche bajo el rigor de una posible helada. El otoño estaba avanzado, el cielo abierto con el Lucero de la tarde anunciando las tinieblas y una inversión térmica que presumió severa. Recogió su material con diligencia. Cuando se iba a echar al hombro la mochila, tuvo el impulso de asomarse a lo que debió de ser una salita de espera. Se encaminó hacia allí...

En efecto. Una sala pequeña, con lo que quedaba de unos bancos de madera, y el rastro del inmisericorde paso del tiempo. Tomó dos fotografías casi seguidas, desde diferentes ángulos. Detuvo su mirada en un periódico que estaba en un rincón, perfectamente doblado, descolorido y mordisqueado en sus márgenes por los días que habían pasado por ello pero milagrosamente entero. Lo cogió con cuidado... “Jueves, 10 de octubre de 1929”, dijo en voz queda. Todavía resistió ser desplegado y abierto, como en su efímera jornada de gloria, atrayendo sobre sí toda la atención de su  lector ocasional.

Alfonso se desasosegó. Perdió la serenidad. Le invadió la extraña sensación de que todo le era familiar porque ya había estado allí antes. Guardó con cuidado el rotativo en un compartimento de su mochila y salió precipitadamente del edificio. Acaso por influencia de las sombras nocturnas, que ya se iban desperezando para ver morir las luces del día, el fotógrafo se introdujo en su vehículo y volvió a la carretera de grava con presteza, como si algo fuese a perseguirle.

Llegó a su domicilio de noche, más calmado y reprochándose escapar de aquel sitio como un colegial asustado. Se rió de lo sucedido y lo zanjó como un déjà vu, fenómenos que la Ciencia despacha colocándoles una etiqueta pero sin ánimo de explicarlo. Extrajo las cámaras de su morral y abrió la cremallera del todo para sacar también ese viejo periódico... No había más que un montón de polvo gris. Sin duda que se había desbaratado en el trayecto, sin embargo no era lógico que se hubiese descompuesto en cuestión de minutos, cuando había soportado sin apenas daños el paso de las décadas.

Lamentó el destrozo. Era un nostálgico del papel impreso. Aquel ejemplar anclado en ese jueves, 10 de octubre de 1929, se le antojó como el guiño cómplice que te hace un amigo cuando te gasta una broma, un airado “he estado aquí mucho antes que tú, así que no vengas a hablarme de tus problemas con la Vida”. Despidió las cenizas en el cubo de la basura y se dispuso a revelar las fotografías en su estudio. Él pertenecía a la vieja escuela y todos esos inventos de discos duros, megapíxeles, impresoras y demás filfa le provocaban alergia. Donde estuviese una buena película, un preciso objetivo, la inspiración y el cariño de un profesional que se considere a sí mismo como un artista, ya se podían quitar toda la fría tecnología y los automatismos que hurtaban el alma de los retratos, como una goma de borrar convertía en residuos una frase de amor escrita con pasión.

Un resultado que le dejó perplejo. Él no había hecho esas fotos. O las imágenes no se correspondían con la instalación que había visitado un par de horas antes. ¿Cómo era posible? La estación lucía limpia, refulgente, acariciada por los rayos del sol de la atardecida que le confería un colorido vivo e impresionante, con los claroscuros que proyectaban las sombras de quicios, ventanales y pilares, como si pretendiese imitar una encantada y atea catedral gótica. Y lo más asombroso... Todas las imágenes mostraban afluencia de público.

Por los retratos se paseaban mujeres, hombres, niños con la risueña cara de quien posa traviesamente, sin conocimiento del retratista. Alfonso no lo podía creer. Allí estaban, desafiando la más elemental lógica. Vistiendo los elegantes trajes de los años ’20 del mismo siglo o con la ropa propia de quien se debe a algo, a la patria si eran soldados de reemplazo, al patrón si obreros o campesinos. Ahí estaban, todo un inexplicable hecho... Absorto, estupefacto, escrutando cada uno de los semblantes que poblaban las imágenes, unos con indefinición fantasmal a causa de su movimiento, otros ajenos al propósito del fotógrafo.

Y unos cuantos, pocos, manteniendo la vista al objetivo que estaba trabajando en un prodigio... Con curiosidad, con altanería, con recelo. Pensó que acaso la propia Vida era como el ciego y oscuro diafragma por el que se escurrían las miradas de esas personas que habían impresionado la película, vivas durante un segundo más para escupirle a la cara, en medio de un pequeño cuarto sumido en áspera penumbra, la sentencia de “he estado aquí mucho antes que tú, así que no vengas a hablarme de tus problemas con la Vida”.

Llegó a la última imagen que había arrebatado al negativo. Era la salita de espera. Poca cosa, redundando en lo increíble. Un crío en pantalón corto jugando con lo que debieron ser unos naipes, una joven tocándose distraídamente los tirabuzones del cabello que caían en cascada sobre sus hombros y pechos mientras hablaba con un sonriente hombre en ademán de cortejarla. Y sentado en banco del fondo, en el rincón, un caballero de grandes bigotes, orondo, con los ojos cerrados y abierta boca en durmiente actitud, con un periódico queriendo escapar de sus manos hacia el suelo, como el canotier que le había precedido segundos antes y que yacía sobre el gris enlosado como ofrenda a un difunto que no salía de casa sin su sombrero...

Fue entonces cuando se percató de la realidad de la escena. El hombre del mostacho era él mismo, con ese aditamento capilar entre nariz y labios, más obeso y con un atuendo que le hacía casi irreconocible. Agarró su lupa para examinar los detalles... Sí, era alguien como él, los rasgos eran los suyos... Se fijó en la portada del diario buscando la fecha, impelido por una fúnebre intuición. ¡Dios Santo! ¡10 de octubre de 1929! ¡Se trataba del ejemplar que había tenido en sus manos antes de desintegrarse!

Desbordado por el pánico dio un mal paso atrás, tropezó y perdió el equilibrio, quiso asirse a unos cables que se desprendieron por el desesperado tirón... Con la desgracia de que Alfonso se golpease la base del cráneo. Falleció en el acto mientras el estudio comenzaba a arder furiosamente.



El hombre llevaba algunas horas con malestar. Era un dolor vago, difuso entre el plexo solar y el hombro, momentáneamente le sacudía con fuerza, pareciendo que le iba a salir el corazón por la garganta, pero era fugaz y lograba sobreponerse. Además no iba a permitirse enfermar, tenía que desplazarse a la capital para solucionar un asunto que le venía preocupando sobre unos negocios y no admitían mayor demora. Pagó lo acordado al cochero del Citroen B14, al que apenas entendió su despedida por el ruidoso motor del vehículo, que hacía enmudecer todo lo que le rodeaba. Entró en la estación de ferrocarril bajo la dulce luz de la tarde, en ese otoño que aún se complace en vestirse de verano, como coqueta dama madura que inspira suspiros y requiebros en los jóvenes que seduce con la hechicería que destila quien lo sabe todo del placer.

Adquirió su billete, le quedaban unos treinta minutos hasta su llegada, si no se le ocurría retrasarse al endemoniado tren, suponía como más probable que llegaría a la Estación del Norte de Madrid bien entrada la noche. Pasó junto a un niño que se hallaba concentrado y serio en el “solitario”, barajando cartas como un experto tahúr frente a las desconfiadas miradas de sus invisibles adversarios de juego. Una pareja de novios, le pareció entrañable esa repetida y antigua ceremonia galante en la que el hombre cree que conquista a la mujer cuando es la mujer la que realmente elige y conquista el hombre que le place. Escogió la esquina más apartada para no molestar a nadie con su molestia, que ahora iba en alarmante in crescendo como abrupta sinfonía que batiese con rudeza y sin claro compás su corazón.

Tomó asiento y abrió el periódico del día, con la idea de que leyendo males ajenos se le pasase inadvertida la conciencia del agudo dolor que le torturaba. Funcionó porque de repente dejó de sentir padecimiento. Lo último que vio antes de que la luz anegase todo con su claridad fue su canotier caer al suelo rodando y quedarse ahí, girando sobre sí mismo, en un Tiempo sin tiempo como un planeta en su danza eterna, como una galaxia con su espiral multicolor prendida en un paño negro adornado, por doquier, de quietas y curiosas luciérnagas...

Como la fotografía de un luminoso océano infinito reflejando el resplandor del firmamento.


viernes, 31 de octubre de 2014

Amor MORtem necat (La hendidura de la Eternidad)

Esta narración forma parte del primer libro que publiqué, en 2010, con el nombre de "Cuentos y Romancines". Se puede descargar aquí gratuitamente.

Sí, confieso que soy un excéntrico. No lo hago para asegurarme de “coger sitio” como dicen jocosamente algunas amistades. Pasear por los cementerios trae serenidad a mi pensamiento y espíritu. Se puede reflexionar sosegadamente mientras se camina: Son lugares muy tranquilos, solitarios, donde la melancolía fluye a borbotones y las estatuas que presiden los túmulos cobran una belleza y plasticidad pletórica de vida, lo que no deja de ser sarcástico.

Sí, es evidente que soy un excéntrico. Por fuerza he de serlo cuando lo sombrío me seduce con tanta intensidad, eligiendo esos sitios en vez de los parques, más convencionales, y más frecuentados, para dar una vuelta en soledad y ordenar el barullo que arma la inspiración, la memoria y las ideas en algo que resulte armonioso e inteligible. Admito que es complicado entenderlo, tampoco lo intento, ni arrastro a nadie a esas “excursiones” inofensivas. No es necrofilia, tan solo una serena ojeada a la frágil y efímera vida desde su jardín final.

No tengo predilección por ninguno. Todos tienen su encanto, mayor según su antigüedad. Las sepulturas recientes están rodeadas de tanto quebranto que es imposible acercarse: Son un clamor de dolor. Por el contrario, las tumbas añejas forman parte del paisaje, destilan tristeza: El testimonio de una juventud truncada, sueños hechos pedazos, la resignación que concede el tiempo, las flores marchitas, los epitafios, los deudos, el abandono. El olvido.

Olvido forzoso porque los allegados más directos han tomado la misma senda hacia la Eternidad, o simplemente olvido. En todo caso la tumba queda desnuda con su ropaje de piedra, desamparada pero digna, desafiando la lluvia del otoño y la escarcha del invierno, las tormentas de abril y el sol de justicia de julio para contemplar el paso de los años, acaso de los siglos, acogiendo con dulzura el sueño perenne de su ocupante.

Fue un día de octubre. Gris y desapacible. Aproveché el vacío entre dos clases para meditar y sin entretenerme me fui al Cementerio de la Almudena, en Madrid. Como supuse, estaba totalmente desierto, con la excepción del coche del servicio de vigilancia estacionado en la entrada. La gente no sabe que una de las más bellas vistas de la capital es la que se disfruta desde su parte más elevada: Su línea del cielo se recortaba espectacularmente contra los jirones de nubes que cabalgaban por el firmamento como un altivo ejército en marcha. El viento azotaba caprichosamente, sin ningún criterio, ora arremetía furioso, ora acariciaba mis mejillas mientras continuaba mi andadura en total soledad. Me llamó la atención ver algunas lápidas rotas, quizás porque el aire no las había respetado. Como acostumbro, me santigüé al pasar cerca de los nichos de los niños y repetí el gesto cuando reparé en un enterramiento que contenía los restos de tres personas que habían fallecido en el mismo día, de ese mes de octubre, de 1928. Una tragedia, sin lugar a dudas. Y una joven que pereció en el incendio del Teatro “Novedades”, el mes anterior de ese mismo año. No es habitual que lo haga, sin embargo aquel día estaba más pendiente de las inscripciones: nombres, fechas, algún epitafio y promesas de recuerdo permanente, que entre tanta ausencia resultaban irónicas. No podía evitar que me pareciese así...

Era imposible que no las advirtiese. Había dos personas un poco más adelante: Una señora mayor, ligeramente encorvada, de espaldas a mi perspectiva, colocando unas flores entre varios sepulcros, que estaban muy pegados unos a otros. Y al pie de la calzada una mujer joven, sentada sobre una losa y en actitud de esperar a la primera, que estaba más retirada. Ambas estaban vestidas de luto riguroso y en silencio. La escena irradiaba un pesar templado, pero hondo y lacerante. Mi trayectoria me fue aproximando hasta que tuve a la chica a mi derecha, con expresión ausente. Una ráfaga de aire le arrebató un pañuelo de la mano cayendo justo delante de mí. Sin titubear un instante y queriendo evitar que el viento lo hurtase definitivamente, lo recogí del suelo y se lo tendí a la señorita…

- Huy, gracias, es usted muy gentil, estoy segura de que lo habría perdido…

Me fijé en su rostro, debía rondar la veintena, y el luto resaltaba la extrema palidez de su piel. Palidez que era mitigada por el encendido carmín que dibujaban sus labios, ahora esbozando una tímida sonrisa. Los ojos eran azules claros, muy claros, casi aguamarina y su oscuro cabello llevaba un peinado muy cuidado, a lo garçon, que encajaba perfectamente en sus angulosas facciones. Se trataba de una mujer muy guapa.

- No hay de qué... – Respondí con la intención de seguir mi camino, pero ella preguntó…
- ¿Ha venido a visitar a alguien?
- No, sólo paseaba. Quizás aprovecho para visitarme a mi mismo.
- Ya le había visto en alguna ocasión, creía que tenía parientes aquí. No he conocido a nadie que tenga una afición semejante. Es pintoresco que usted venga solamente a pasear…
- Puede tutearme, aún soy joven.

Cambió el gesto con elegante coquetería, arqueando las cejas y alzando la barbilla…

- ¿Me está usted cortejando? Si ni siquiera nos han presentado. ¡Qué osado!…

Como un crío sorprendido en una travesura, acerté a decir…

- Permítame arreglar eso, me llamo Angel Nevernet-Lancaster, y soy profesor de Historia. ¿Cómo se llama?

Sonrió sin ambages.

- Mi gracia es Marina. Marina Godián para servir a Dios y a usted. Fíjese que me figuraba que sería usted militar, por el pelo tan corto y el brío con que marca el paso, si me permite decírselo.
- Fui militar, pero hay cosas que nunca se separarán de uno... Su nombre es muy bonito… ¿Tiene familia enterrada aquí?

Su gesto se tornó sombrío y esquivó mi mirada.

- Sí. Aquella persona, – señaló a la otra mujer - es mi señora abuela. Está junto a la sepultura propiedad de mi familia. “Lancaster”… ¿Guarda relación con la Casa de Lancaster?
- Sí, aunque lejana. Los reyes de ese linaje eran descendientes de Juan de Gante, como yo mismo también, y todos procedemos de los Plantagenet, pero eso hoy no le importa a nadie, lo que más me preguntan es si soy familia de Burt Lancáster. Los jóvenes ni eso, bueno, mejorando lo presente.

Durante un segundo aparentó no entender muy bien lo que decía, para replicar…

- Si es profesor de Historia, no le importará que le cuente una que está unida a Catalina de Lancaster, prometo no distraerle mucho tiempo.

Hice un cálculo mental que no llegué a resolver: Había algo en ella que me intrigaba profundamente. Asentí sin dejar de estar de pie, y a modo de venia, le expliqué…

- Mi especialidad y pasión es la Edad Media. Y tampoco puedo negarme a algo que tiene que ver con la familia.

Brotó una carcajada con el encanto arrollador de la pureza, como el sonido de un venero al besar los cantos que sujetan su curso. Miró al cielo, volvió a sonreírme y comenzó el relato.

- Catalina era hija del duque de Lancaster, Juan de Gante. Vino a España en 1388, para contraer matrimonio con el príncipe Enrique, más tarde Enrique III de Castilla. Fueron los primeros príncipes de Asturias. Con ella vinieron unas cuantas damas de honor, todas muy jóvenes pues Catalina tenía 15 años justos y todas las posibilidades de que añorase la verde campiña de su país. Ellas eran muy guapas, pero sobresalía por su donaire y belleza una que se llamaba Eleanor Beaumont, que aprendió rápidamente el castellano para deslumbrar con su afinado canto al círculo cortesano que se había formado en torno a la nueva princesa, y que atraía a las nobles mocedades por todos los buenos atributos que se daban cita entre los recién llegados, que fueron acogidos en su nueva patria con la tradicional hospitalidad hispana.

Nadie quedaba sin fascinar al conocerla, no ya sólo por su rubia cabellera, la luz que centelleaba en sus ojos azules, o por su voz, sino que además de todo ello era una mujer cabal y virtuosa al servicio, compañía y consuelo de su señora y amiga, la princesa de Asturias. Tantas cualidades reunidas tenían que despertar malas intenciones, como así fue. Un caballero se enamoró de ella. Fue blanco de sus insistentes requiebros, pero rehusaba sus atenciones con discreción. Con todo, se enteró la prometida del caballero, que furiosa de celos recurrió a una hechicera de Toledo para acabar con la causa de sus problemas. No le importaba que Eleanor rechazase a su futuro esposo, es que no toleraba la sola idea de que hubiera otra mujer en el corazón de su amado. Y por encargo de ella, la bruja, que había alcanzado oscura fama con sus sortilegios, preparó su obra magna, tal y como lo había concebido su clienta

Un bebedizo que la sumiese en un sueño parecido al de la muerte pero que no lo fuera, para sumir en el espanto más profundo a su competidora al despertarse… Enterrada viva, como castigo a lo que consideraba una afrenta.

Cuando lo tuvo preparado avisó a la pérfida dama. Antes de que una de sus criadas pasase a recogerlo, la bruja sintió el impulso de apiadarse de la inocente y mudó los efectos para evitar tanta crueldad. La infame se lo sirvió con el pretexto de que le aclararía la voz, justo antes de entonar una canción de amor. El efecto fue fulminante y Eleanor cayó desvanecida, poco después los médicos certificaban su fallecimiento sin aclararse sobre el súbito mal. La princesa no lo aceptó y ordenó a un caballero de su confianza que hiciese algunas pesquisas. La hechicera, enterada del desenlace y de la indagación en curso, solicitó hablar con Catalina, que la recibió con cautela. Aquella, muy impresionada y arrepentida, sin duda porque algún Ángel del Señor la había rozado con la virtud de la compasión, se lo contó todo y le entregó el emponzoñado dinero que había cobrado para que lo destinase a obras de caridad. Luego se echó a sus pies y le imploro perdón. Catalina mostró las dotes de mando que la caracterizaron luego como corregente de Castilla, junto a Fernando de Antequera, y la hizo ingresar en un convento para expiar sus culpas. Acto seguido hizo llamar al prometido caballero para preguntarle, delante del cadáver de Eleanor, si su amor era tan cierto e inquebrantable como para depositar un único y postrer beso de pasión en sus labios. Se negó entre juramentos y declaraciones de honor: La princesa ordenó su muerte. Quedaba la envidiosa dama, a la que ni siquiera recibió: Fue emparedada en la cripta de una iglesia de Toledo, en secreto, donde aún aguardará el día del Juicio Final.

Con enorme congoja por haber perdido a una gran amiga y confidente, Catalina mandó que le diesen sepultura en Alcalá de Henares, en una apartada ermita llamada de San Martín de Gorquías. A Eleanor le había entusiasmado cuando la visitaron en su último viaje. Como muestra de cariño, y contrariando las costumbres de la época, se colocó un pequeño pero magnífico retrato, joya pictórica, junto a su nombre y la leyenda en latín “Amor MORtem necat”, como epitafio. Durante la vida de la princesa, luego reina y más tarde corregente, no faltaron las misas. Al morir ella, la ermita volvió a quedar perdida en el monte que rodeaba la localidad complutense. Los días se sucedieron hasta perder la cuenta, como los meses, y aún los años.

- Es una historia con final desdichado.

Marina se llevo el índice a los labios para continuar.

- Todavía no he acabado. A veces, hasta la Eternidad ofrece una hendidura por donde escaparse... Temporalmente. - En este punto su mirada se volvió enigmática, como si únicamente ella pudiera alcanzar el sentido exacto de sus palabras… Tras la pausa, se cogió ambas manos y prosiguió - Lope García de Fadrique era un hidalgo, un segundón, que volvía como un héroe de la Batalla de Pavía. Con licencia expresa de su señor, el emperador don Carlos, se dirige a Madrid, en premio a la audacia de haber hecho prisionero al rey Francisco de Francia, junto a sus conmilitones Juan de Urbieta, Pedro de Valdivia, Alonso Pita da Veiga y Diego Dávila, entre otros. Fatigado por tantas jornadas de viaje desde el Milanesado, y enojado por alguna herida sin importancia que daba más penitencia de lo debido, al llegar a la altura de Alcalá divisa una casa y se desvía hacia ella para preguntar a sus habitantes donde hallar fonda para pernoctar, ya que las tinieblas saquean el cielo anunciando la agonía del día. A medida que se acerca comprueba que se trata de una ermita y duda de entrar para ver si hay algún lugareño o picar espuelas en dirección a Alcalá, no muy distante. El cansancio le puede y determina quedarse en la capilla, que se hallaba muy descuidada y con notorios signos de haber sido abandonada por la devoción de los fieles. 

Resuelto a pasar la noche arrebujado en su manto, a la luz de un cirio a medio consumir, que ni siquiera había despertado la codicia de los últimos visitantes, dejó pasear la mirada por el artesonado y las paredes, en espera de que el sueño le asaltase. Estaba a punto, cuando observó sobre una de las paredes una pequeña imagen que hasta ese momento le había pasado desapercibida. Era de una hermosa dama, la penumbra y el alboroto de la llama, jugueteando con el pábilo que devoraba, le conferían el aspecto de estar viva. Se incorporó para acercar la exigua luz y se percató de que estaba ante una tumba. “Eleanor Beaumont. Amor MORtem necat”. La piedra labrada y el exquisito gusto de la pintura le hizo deducir que se trataba de alguien principal. El retrato. Quedó extasiado contemplándolo y se preguntó por la razón que trajo la muerte a tan maravillosa mujer, porque no podía ser de otra manera. Si la cara es el espejo del alma, aquella noble joven tuvo que ser un pedazo de Cielo en la Tierra.

Apenas pudo dormir, los sueños se presentaron de manera inconexa, enloquecida y caótica, pero en todos, sin excepción, aparecía la bella dama. Al día siguiente volvió al camino, busco la iglesia más cercana para escuchar misa e interrogar al sacerdote sobre la ermita y su misteriosa sepultura. La fortuna le ayudó, porque gracias a él pudo informarse algo, no mucho: Su envenenamiento en Toledo, cuándo fue enterrada, y el gran aprecio que sintió hacia ella la reina Catalina de Lancaster, esposa de Enrique III de Castilla, llamado en su siglo “el Doliente”, por los diferentes males que le afligían. Adquirió algunas viandas, y tinto para acompañarlas, y regresó a la capilla con la intención de ver el alba de un nuevo día desde allí. Dejó la exigua carga en el zaguán y se sentó frente al retrato. “Amor MORtem necat” leyó por centésima vez, para repetirlo en español: “El Amor mata a la Muerte”. No podía concebir que Dios hubiera permitido tal sacrilegio, sí, así lo consideraba, aunque fuese una blasfemia agravada por encontrarse en sagrado. Pero nada hay sagrado si la pasión logra prender su fuego en el corazón, y el de Lope ya estaba inflamado con desesperación. El atronador silencio de la capilla, el recuerdo del suceso que le había narrado el cura, la tremenda sensación de impotencia, las horas del ocaso, con su melancolía, lograron arrancar las lágrimas del veterano soldado, que desconsolado, rompió a llorar por haber llegado con tanto retraso, tan a destiempo y tan inútil para librar de la cruel muerte a su dama... Más de 130 años tarde: Un abismo que ninguna espada puede salvar. Y se sumió largamente en su llanto. Hasta que el sueño le concedió cuartel.

Se despertó sobresaltado, como si un superior le hubiera llamado por su nombre para ordenarle algo. No había nadie más que él y en el exterior las estrellas mantenían su luminoso diálogo con la luna, que mostraba impúdica todo su voluptuoso esplendor esa noche, cuya madrugada acababa de comenzar. Sentía la misma agitación que antes de iniciar una batalla. No vaciló un instante. Agarró una vara de hierro que estaba a punto de desprenderse del techo, y a modo de maza y gancho, alternativamente, comenzó a manipular el sepulcro con el fin de abrirlo. Amordazó a su entendimiento, “el corazón tiene razones que la razón ignora” como dijo Pascal, y se entregó ardorosamente a la labor de rescatar a su amada, porque no creía estar profanando el reposo eterno de una difunta sino liberar a la mujer de la que estaba enamorado, poniendo fin a una burla de los siglos.

Tras pelear bravamente, consiguió desplazar la tapa vertical del sepulcro hasta que la hizo caer con gran estrépito, dejando al descubierto una multitud de ramos marchitos, depositados sobre el ataúd. Trocando la brutalidad anterior por extrema delicadeza, las fue apartando hasta llegar a la madera del féretro. Con mucho ingenio, laboriosamente, valiéndose de unos bancos rotos que quedaban, pudo sacar la caja, que cubierta de polvo y humedad, quedó expuesta. El Santo Oficio le haría muchas preguntas, pero desterró inmediatamente ese pensamiento. Volvió a cobrar fuerzas y se dispuso a levantar la cubierta. Después de los anteriores trabajos, este le supuso poco esfuerzo. Cogió el lienzo que ocultaba el cadáver y lo retiró. Retrocedió un paso ante lo que estaba viendo... Eleanor estaba incorrupta, ni una sola mota de polvo había mancillado la color de su semblante. Parecía dormida, en un tranquilo letargo de siglos. Conservaba su magnífico tocado y sus pestañas parecían gotas de rocío dorado custodiando los ojos. Las manos, cruzadas sobre el pecho, asían una cruz de plata con incrustaciones de azabache. No había visto ningún vestido parecido, tan lujoso y elegante. Tan exquisitamente femenino.

La pena hizo presa en él porque la pintura no le hacía justicia. Si era hermosa en la imagen, en persona lo era muchísimo más. Volvería a dejar todo como estaba, y lamentaba haber turbado su descanso. El dolor era atroz y tenía que lidiar contra las lágrimas que amenazaban con volver a anegar su cara. Antes que nada, se dejó llevar por el impulso de su amor, e inclinándose sobre sus labios, los besó larga, profunda y apasionadamente, sintiendo el tacto suave, tibio y dulce de su blanca piel en la boca.

Inesperadamente, notó un leve movimiento. Lope se separó de ella como movido por un resorte. Eleanor había descorrido el velo de sus rubios párpados, la luz que brotaba de sus azules ojos lo inundaba todo. Alzó los brazos hacia su salvador y le abrazó fuertemente. El hechizo estaba roto.

La bruja, atormentada, cambió la fórmula en el último momento, no para matarla, sino para que retornase a la conciencia cuando recibiese un beso de verdadero enamorado. Aturdida por los remordimientos, acudió a la princesa. Por ello Catalina ofreció esa posibilidad al mal caballero, que no la quería más que para engrosar la lista de sus conquistas: Muerta ya no era objeto de su interés. Por ese motivo ordenó que colocasen su retrato en el sepulcro, por si algún penitente, devoto o viajero se enamoraba y era capaz de desafiar a la Muerte armado con el Amor. El genuino, el auténtico. La buena princesa no erró, y un esforzado y valiente soldado la arrancó de las escuálidas y frías garras de la Muerte para desposarse con ella, como más tarde hicieron en Sevilla. “Amor MORtem necat”. El AMOR triunfa.


La leyenda me había abstraído por completo, embelesándome. Marina estaba esperando un dictamen.

- Y bien, señor profesor, ¿qué le ha parecido?
- Es una historia muy bonita. Me recuerda un poco a “Blancanieves” y a “La bella durmiente”, pero está tiene matices y un colorido que las otras no poseen. ¿Dónde la ha leído?, ¿quién se la ha contado?

Entonces me di cuenta de que su ropa no era actual. Tampoco me parecía algo buscado adrede, sino que tenía ese halo que sólo desprende lo legítimo. O estaba inspirada en las películas del cine mudo, o es que era realmente de esa época, la moda “Vintage” causa furor entre la juventud. La abuela de la chica ya no estaba y nos habíamos quedado inquietantemente a solas porque Marina empezó a mirar a su alrededor con nerviosismo.

- Son historias que he oído por ahí. A veces el Amor ha de elevarse por encima del tiempo, ¿no cree? Es realmente un milagro.- Se puso de pie, tenía la figura menuda y proporcionada, la falda le llegaba a las rodillas, las medias presentaban la tradicional costura posterior, que no veía desde mi infancia, y los zapatos, de tacón, tenían un broche a la altura del empeine... Y no llevaba bolso. - Ahora tengo que marcharme, caballero. Si le he aburrido lo lamento, espero que me disculpe si ha sido así.
- Espere, no me ha aburrido en absoluto, me gustaría preguntarle algo más...
- No puedo quedarme ni un instante.
- ¿Volveré a verla?
- No lo sé. No sé en que consiste ni a qué obedece, no recuerdo muy bien, es muy azaroso todo, por favor no pregunte, he de marcharme.

La rama de un ciprés cayó con violencia a unos diez metros y una ráfaga de viento helado me hizo volver la cara. Repentinamente, sin solución de continuidad, todo quedó en calma. Y Marina ya no estaba. Comenzó a llover. Una lluvia fina, imperceptible, perezosa, arrojada por nubes que parecían hechas de plomo. Plomo inmisericorde y desesperanzado.

Estaba completamente solo. Otra vez. No entendía como podía haber desaparecido delante de mis ojos, casi en un abrir y cerrar de ellos. En ese momento pude apreciar que, justo donde se había sentado, estaba el pañuelo, incomprensiblemente no había sido arrastrado por el fugaz vendaval. Lo tomé en mi mano. Era de un blanco inmaculado e impecablemente planchado, con una letra “M” púrpura primorosamente bordada.

Entonces tuve un pálpito. Me dirigí al sitio donde había visto a la abuela de Marina, la sepultura de su familia. Leí el relieve de la lápida, muy desgastado... 

“Marina Godián Martín. 10 de junio de 1908 - 16 de octubre de 1928. Tu abuela y demás familia no te olvida”.

Emocionado por la experiencia paranormal que acababa de vivir, recé un sentido Padrenuestro y me acordé de los versos de Bécquer, del que un antepasado mío tuvo el honor de ser amigo...

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es, sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo
a dejar tan tristes,
tan solos los muertos...

“¡Dios mío que solos se quedan los muertos!"... Guardo ese pedazo de tela como si fuera un tesoro, y lo llevo conmigo para devolvérselo a su dueña, si tengo ocasión y el Señor es servido de que vuelva a hallarla.