lunes, 14 de octubre de 2013

El Beso


Hay historias que revolotean por la Historia y que tienen la virtud de crepitar permanentemente, sin que se consuman sus ecos, en esa implacable hoguera que todo lo devora y que llamamos, con aséptica benevolencia, “Tiempo”.


Lo contaban los ancianos junto al fuego del hogar, con voz queda y crédula, mientras los rigores del invierno acompasaban su coro con los aullidos de los lobos, a la luz de una luna coqueta y esquiva que se complacía en jugar al escondite entre mortajas y tocados, para espantar y deslumbrar, todo a la vez, los ojos de los mortales que osaban alzar su mirada hacia ella.

Lo contaban los sabios ancianos de otras eras, desde el púlpito que les daba su edad, y lo contaban, no sin orgullo, el mismo que da el saberse superviviente de tantas calamidades, de esta manera...


Eran los años en que Castilla guerreaba contra sí misma. Dos hermanos de padre, pero uno nacido de reina y el otro bastardo, Pedro y Enrique, los dos hijos de don Alfonso el onceno, de feliz memoria, se disputaban su corona en una contienda sangrienta que dividió linajes, haciendas y aún almas.

Don Pedro de Borgoña-Ivrea (1) era el legítimo rey y sucedió a su augusto padre, fallecido en los aciagos y atribulados días en que la Muerte Negra desplegó su funesto pendón por Europa entera. Toda Castilla, desde el dolor por la pérdida, saludó la llegada del jovencísimo monarca al trono del baluarte hispánico contra el Islam; y las pueblas, villas, burgos y concejos juraron lealtad al nuevo soberano con el entusiasmo y la esperanza de que no terminaría aquel siglo sin que el antiguo Reino de Toledo (2) se viese restaurado.

Sin embargo, no fue así. El rey comenzó a mostrar un celo extremo por el cumplimiento de sus órdenes, a menudo ajenas a la lógica, y el castigo por no cumplirlas era terrible. Empezaron a circular extrañas noticias acerca de él por todos los rincones del Reino del Castillo y el León. En una de ellas se decía que volviendo de madrugada de un lance amoroso, había matado a un insigne caballero del lugar, de nombre Fadrique, en duelo. Estando prohibidos en esa ciudad, él mismo mandó buscar al asesino para juzgarlo. Los alguaciles dieron con una anciana que había sido testigo del suceso, pero temerosa, se resistía a comparecer ante el soberano...

Velis nolis (3), la llevaron en volandas ante el joven rey, cuya presencia desprendía la majestad que se les supone a los que ostentan tan alta dignidad, y le preguntó...

- ¿Sabéis quién dio muerte a don Fadrique de Peñaclara?

La anciana titubeó antes de contestar un tembloroso “sí”...

- Habéis de saber – retumbó la voz de Pedro de Castilla - que incurrís en un odioso delito si no nos decís, aquí y ahora, el nombre de su matador.
- Por mi vida que no puedo, mi señor... – Respondió aterrada la mujer. – Aunque quisiera no puedo, lo juro por mi vida, que la Santísima Virgen y san Frutos me asistan como lo hicieron con la Despeñada (4).
- ¡Nada impedirá que se haga la Justicia del rey! – Exclamó el regio juez. – ¡Que si incluso al mismísimo rey fue a quien visteis, al punto os emplazo a que lo digáis presto!
- ¡Mi señor me quiere condenar! ¡Que los Cielos me guarden! El rey fue el que mató en duelo a don Fadrique, que yo lo vi con estos ojos que la tierra se comerá.

Los asistentes quedaron estupefactos, aguardando que la cólera real dictase la tremenda sentencia contra la viejecita.

- Pues hágase justicia. – Dijo serenamente el monarca. – Puedes ir en paz. Ordeno que se aprese la efigie de mi real persona, que inmediatamente sea decapitada a espada en respeto a su alta cuna y que se pasee su cabeza por las calles de aquesta ciudad de Segovia, para público ejemplo y escarmiento; y que después se sepulte en fosa común sin oficiar responso, sin lápida y sin recuerdo, como costumbre es.

Hechos como este le hicieron ganarse el sobrenombre de “el Justiciero”, simultáneamente con el de “el Cruel” que finalmente pasó a las Crónicas, acaso por aquello de que las escriben los vencedores, y, al cabo, Pedro I de Castilla fue un rey derrotado. Premonitoriamente fue un duelo el que acabó con una de sus estatuas, porque un duelo fue, deshonroso para los que le abatieron, el que acabó con su vida y con su reinado.

Pero todavía no había llegado aquel día, sin ser mejores los que les precedieron. A los azotes de la Peste y de las plagas que malograban cosechas, se sumó el de la guerra civil (5), un conflicto que no respetaba neutralidades y obligaba a elegir bandería, si no por devoción, sí por venganza. Las mesnadas de los señores leales a Pedro I y a Enrique de Trastámara cabalgaban por todo el reino sembrando dolor y llanto. Si aquel exhibía que era hijo de reyes legítimos, el otro alegaba que más reina era la que Alfonso XI llevó en su corazón que la llamada María de Portugal, y que él era primogénito (6) del difunto rey. Tan grande y enconado era el odio que se tenían los hermanos entre sí que los ecos del enfrentamiento llegaron a distantes cortes, que quisieron procurarse el apoyo del monarca vencedor para tenerle como poderoso aliado, ya que la fama de la Armada castellana empezaba a despuntar. De ese modo el rey de Inglaterra envió a sus hijos, el Príncipe Negro (7) y el Duque de Lancaster (8) para auxiliar a Pedro I, mientras que su rival francés envío a un experimentado comandante, de nombre Bertrand du Guesclin (9), al frente de las “Compañías Blancas” (10) para socorrer al sublevado señor de Trastámara.


Y fue por entonces que esas tropas capturaron al conde de Vundorio, Servando Alonso, un noble afecto a la causa real que resistió con sus escasos efectivos la razia que las huestes francesas hicieron en su feudo. Derrotado y blandiendo valerosamente su espada, dispuesto estaba a vender cara su vida como habían hecho sus soldados antes que él, cuando Bertrand hizo gesto a los suyos de que lo cogiesen vivo porque era de mal caballero permitir la muerte de quien tan denodadamente había defendido a sus vasallos y servidores. Preso fue, en efecto, y muy presumible que le aguardara un largo cautiverio.

Enteróse su joven esposa, de nombre Clara Luna, y presa fue también, pero de la desesperación de ver a su señor lejos de ella y prisionero, pues estaban muy enamorados, fenómeno que suele darse incluso en los matrimonios. Mandó que su servidumbre le preparase cabalgadura con sus mejores arreos y dorado bocado para impresionar al Príncipe Negro, Eduardo de Woodstock, cuyo campamento estaba a pocas leguas de sus dominios, y convencerle de que debía rescatar a su esposo sin tardanza.

Los ingleses le dispensaron un desconfiado recibimiento. Primero habló con ella Juan de Gante, hermano menor de Eduardo, porque pensó que los franceses estaban urdiendo una estratagema y dama tan hermosa era una esplendorosa carnada para tan mezquina añagaza. No obstante, eludió tomar decisión alguna y la remitió al príncipe de Gales para que dictaminase qué era lo que convenía hacerse. El heredero de la corona inglesa le prestó toda su atención y fue tratada con la cortesía de los Plantagenet, que se había convertido en legendaria. Todo quedó en silencio cuando la castellana señora hubo terminado la exposición de los motivos que la llevaban a solicitar su petición de socorro, mientras el lucero de la tarde se empeñaba en abrir bien su único ojo para no perder detalle.

- Si su esposo está en manos del perro de Bertrand, – afirmó el príncipe – es seguro que os exigirán un rescate tan alto que no podréis pagarlo. Y si lo pagáis, ellos incrementarán la cifra, yendo en ello nuestra perdición porque lo emplearán en traer más gajeros para combatirnos. A pesar de ello, no puedo arriesgar la vida de mis caballeros y soldados por un solo hombre, por muy noble y marido vuestro que sea. Siendo vasallo del rey don Pedro, debería su majestad – la mujer captó el sarcasmo - prestaros auxilio en este asunto.
- ¡Vive Dios que no hacéis honor a vuestra divisa! (11) – Replicó encolerizada. - El rey Pedro está muy lejos y bien sabéis que le abandonaría a su suerte, aún estando cerca. Mi feudo se halla indefenso y os reclamo a vuestra alteza que lo defendáis y me traigáis sano y salvo a mi señor como aliado del rey que sois...
- Mi señora, vos lo habéis dicho: Ayudamos al rey de Castilla contra los bastardos, - concedió sosegado - ya sean franceses o su propio hermano, mas en este asunto no veo más que quebrantos para los nuestros cuando pretendemos destrozar al enemigo en campo abierto merced a la puntería de nuestros arqueros. No nos interesa una escaramuza sangrienta en la que no podamos encontrar gloria alguna. Somos soldados normandos, bravos, abnegados y esforzados, y vivos además, precisamente porque todavía tenemos cordura en esta casa de locos en la que se ha convertido la Cristiandad, mi señora.

Un veterano caballero de luengas barbas le acompañó hasta la humilde pero confortable tienda que habían preparado para que pernoctase. Los caminos estaban infestados de bandidos y partidas de flagelantes que predicaban que había llegado el Apocalipsis, y con frecuencia era así si alguien tenía mala fortuna en toparse con ellos. Sopesó marcharse, en dirigirse directamente a parlamentar con ese dichoso caballero du Guesclin que le había arrebatado lo que más amaba en esta demente vida, en mil cosas a la vez, como vertiginoso carnaval en aquella soledad cercada por las sombras que había dejado un sol inexorable e imperturbable, completamente sordo y ciego a las razones que se ven inspiradas por el amor.

Dando vueltas en su tienda como tigresa en invisible prisión, así estaba cuando advirtió que un joven pálido, de largos cabellos rubios, muy delgado y ataviado como un rico caballero había entrado sin anunciarse.

- ¿Quién sois? – Preguntó asustada - ¿Cómo os atrevéis a presentaros así?
- Soy alguien que puede traeros a vuestro marido. – Respondió inmutable – Sí, lo traería a vuestro lado, sano y salvo... Con eso, creo que no necesitáis conocer mi nombre o dignidad.

Al principio no comprendió muy bien cómo lograría algo a lo que no se atrevía ni el mismo Príncipe Negro. Luego, con esa fina intuición que todas las mujeres poseen, cayó en la cuenta.

- ¿Así de sencillo? ¿Cómo sacar un manto de un arcón?
-  Señora, yo más bien diría – centelleó una chispa de jocosa maldad en los oscuros ojos del soldado – que es tan fácil como retornar una llave a su cerradura.

La dama pasó por alto la sicalíptica ocurrencia y se concentró en que alguien que no era de este mundo le estaba ofreciendo lo que más le importaba. Lo único que le importaba.

- Supongo que querréis algo como recompensa a cambio de vuestro servicio.
- Poca cosa, señora. Nada de lo que no dispongáis. Antes del amanecer os devolveré a vuestro esposo, sin un rasguño, pero me habréis de entregar vuestra alma.
- ¿Y si os dijese que no me complace vuestro trato?
- Me encargaría personalmente de que acabasen con él de la manera más atroz. Presumo que os figuráis que nunca perdemos guerras porque jugamos en cada bando. – Sonrió siniestramente y añadió. -  El mejor modo de ganar a las cartas es teniéndolas a todas en nuestras manos. Los Hombres pierden, luego yo triunfo...

Así que ella le perdería igualmente. Sin embargo, su alma le daría la vida a su amado, y le pareció precio pequeño para tan gran tesoro.

- Está bien. - Afirmó resuelta. - Decidme que debo hacer...

Se encaminaron a un apartado claro que la luna alumbraba y la Vía Láctea vigilaba. Por el sendero se cruzaron con centinelas, pero ninguno de ellos les cerró el paso. Llegaron y el joven alzó su mano: Una estrella de cinco puntas, fosforescente como fuego fatuo, invertida desde la posición en que la observaban, se presentó ante ellos surgida de la nada. Una fantástica y grotesca procesión de informes criaturas se materializó para rendir pleitesía a su oscuro señor, y el aroma a azufre inundó los rincones más cercanos mientras que el Ángel Caído pronunciaba extraños, aterradores y antiquísimos conjuros en una lengua que la noble no comprendía...


Eduardo de Woodstock no había conciliado el sueño en toda la noche. La madrugada enfilaba su último rato, y el luminoso manto que anuncia al sol se asomaba por el horizonte. Pidió su montura para revistar personalmente los puestos de los centinelas y recibir las novedades que hubieran acaecido de primera mano y no a través de su comandante de guardia. No tardó mucho cuando un inquietante y penetrante olor sulfúreo y a tierra quemada llegó hasta su olfato. Levantó la cabeza para indagar su procedencia y picó espuelas hacia el lugar del que presumía que procedía...

Cuando llegó no daba crédito a lo que estaba viendo: Una mujer de pie en el centro de un dibujo geométrico pintado en el suelo, cuyas aristas, ángulos, lados parecían desprender luz propia... Y luz también, pero terrible e amenazadora, la que emanaba un individuo alto, muy rubio, vestido con rica cota de mallas y bruñidas lorigas, quijotes, rodilleras y bregas, que tenía una multitud de demonios indescriptibles a su izquierda. Sin salir de su asombro, contempló como aparecía del vacío, junto a la dama, un caballero impedido por unos grillos en los pies y que se abrazó a la que, sin duda, era su señora.

Entonces pudo entenderlo todo. Desenvainó su espada, decidido a entablar desigual combate con el mismísimo señor del Infierno para liberar a la pareja, se encomendó a san Jorge, a la Virgen María y a Nuestro Señor Jesucristo... Corría a su encuentro mientras le gritaba al conde que besase raudo a su esposa, estimulado por esa difusa certeza que tenemos en numerosas ocasiones sin fundamento lógico pero que sabemos de modo sobrenatural, como si una inaudible pero clara voz, tan transparente como el más puro cristal de Bohemia, nos dictase lo que debemos hacer y como si en ello nos fuera la vida...

Y estalló el beso en el instante preciso en que los dedos del sol acariciaban generosamente la castigada, herida y siempre hermosa Tierra. Fue un beso largo, dulce, apasionado, enamorado. Un beso sin otro cuartel que el propio espíritu, que se ofrece sin condiciones como la más valiosa presea a la persona amada.

Satanás aulló vencido, profiriendo pavorosas y horribles maldiciones contra el príncipe inglés, pero únicamente fue un escalofriante segundo porque el bullicio demoniaco con su general al frente se escabulló por un diminuto y refulgente punto, como lodo por la cloaca, y nadie más que los tres, el matrimonio y su valedor que se abrazaron ante tamaño prodigio.

Porque es de sobra conocido que...

En los libros se ha leído,
además es bien sabido,
que donde vive amor
Satanás no trae dolor.

NOTAS:

(1) Tradicionalmente se ha apellidado a dicho rey como “Pedro de Borgoña”, pero dado que existen diversas ramas, y en diversas épocas además, con el mismo nombre de estirpe, he considerado apropiado añadir la diferenciación moderna de “Ivrea”
(2) No me interesa ser políticamente correcto, ni mantener una falsedad muy extendida entre medievalistas “tolerantes” a la moda de estos días: El objetivo último de toda la Reconquista fue la restauración de la unidad hispana que existió bajo los reyes godos, o “Reino de Toledo”, así se le refirió toda la Edad Media, distinguiéndolo de la taifa musulmana de Toledo.
(3) Velis Nolis: Locución romana, significa “quieras o no quieras”.
(4) “La Despeñada” es una leyenda de Segovia, muy popular, en la que una mujer acusada de adulterio es salvada gracias a san Frutos, que obra el milagro de detener, en medio del aire, su caída al vacío.
(5) Sin olvidar la guerra contra Aragón, que empujó a un dubitativo Pedro IV “el ceremonioso” a apoyar definitivamente a Enrique de Trastámara.
(6) Enrique de Trastámara nació en 1333, mientras que Pedro de Borgoña-Ivrea vino al mundo en 1334.
(7) Eduardo de Woodstock, llevaba una discreta armadura oscura sin brillo para ser considerado como un soldado más en el fragor de las batallas, sin ánimo de recibir privilegio alguno por su alcurnia.
(8) Juan de Gante (1340-1399), ascendiente directo de este modesto escribidor.
(9) Bertrand du Guesclin (1316-1380) fue un afamado gajero (mercenario) de su siglo, de noble familia procedente de Bretaña que nunca perdió el sentido último de sus lealtades, que no eran otras que las que se obligaba como vasallo del rey de Francia, incluso por encima de las que se deducen de su procedencia bretona. Si Bretaña es francesa hoy en día, ello es debido a sus fidelidades o traiciones, según desde el lado del que se mire.
(10) Las “Compañías Blancas” deben su nombre al color de su manto, que era claro, el propio de la lana sin blanqueo artificial. Es lo único claro al respecto porque diversas fuentes no se ponen de acuerdo sobre ellas, lo que es cierto es que se trataba de mercenarios contratados personalmente por su comandante, Bertrand du Guesclin, entre segundones y desheredados de familias nobles y que muchos de ellos, bien por sus padres o por otras vías, tuvieron contacto con la extinta Orden Templaria. Tras la tremenda e inútil derrota de Nájera (1367), du Guesclin solamente conservó los más cualificados, licenciando más que generosamente al resto, con dinero del pretendiente de Trastámara, que se repuso del desastre con prontitud gracias a la torpe crueldad de su hermanastro. En todo caso, hasta bien entrado el siglo XV, en Castilla se asustaba a los niños díscolos diciéndoles que vendrían a castigarles “los blancos de Claquín” (“Claquín” fue la forma castellanizada de su apellido). Recomiendo una novela, sumamente interesante, de Tomás Salvador, titulada “Las Compañías Blancas”, es fácilmente deducible su argumento.
(11) El lema más antiguo (desde el siglo XIII) de los príncipes de Gales es “ich dien” (“yo sirvo”).




miércoles, 18 de septiembre de 2013

La Encartada (basado en una leyenda astur)

En los últimos días de la Vardulia, en los tiempos en que Castilla comenzaba a ser referida como Castilla, tierra de frontera, de libertad y de sangre como pocas han existido a lo largo de las Eras; justo durante aquel siglo IX vestido con delicados ropajes tejidos de negro olvido y blanco satén, cuando Abderramán II convirtió a Córdoba en el rico galán que pretendía la perdición de la Esposa de Cristo; fue que sucedió lo que cantan los viejos trovos que todavía resuenan en los solitarios recodos donde el viento hace tirabuzones con los ambarinos pétalos de los alhelíes... Sucedió y aún sucede el prodigio en las claras noches de llena luna para espanto y maravilla de los extraviados viajeros que osan hollar la espesura de los montes que acompañan al arroyo de Miranda.

Miranda. Miranda era una doncella de diecisiete primaveras, hermosa y tocada por la gracia de encandilar a cuantos tenían la fortuna de conocerla. De dorados cabellos, parecían los rayos del sol acariciando el claro azul de la mar que tenía en su mirada. Todos los mozos de las cercanías la buscaban y la envidia hacía presa en los labios de las mujeres que cantaban...

“De mi alma se llevó el mozo,
en banquete buscaba bocado
mala mujer que ha hechizado,
a aquel que ansiaba mi gozo.”

Y su fama se iba acrecentando por toda aquella comarca a la par que su belleza, que no se ponía el sol sin que los suyos se preguntasen quien era esa que se acostaba más deslumbrante de lo que se había levantado, acaso porque entre tinieblas la luz es más cegadora.

Una mañana se cruzó con el señor de Verantraz, dueño de aquellas tierras, montado en su oscuro corcel y ataviado con todo lo que demostraba, a aquel que lo quisiese ver, su posición de ilustre y esclarecido vasallo del rey de Asturias. Miranda, que venía de recoger unas flores del campo, quedó arrebatada por el donaire y gallardía que lucía el noble con la insolencia de la juventud, seguido de un escudero que portaba sus armas e impedimenta. Ella se hizo a un lado del camino respetuosamente, aguardando impaciente que el caballero cruzase sus ojos con los de ella para que el amor pudiese lanzar sus dardos sobre su corazón. Pero no. Pasó junto a Miranda sin detenerse, como si no estuviese allí.

Sintió como sus entrañas se inflamaban de pasión y se juró que habría de verle arrodillado suplicándole su amor, el mismo que buscaban con ahínco los muchachos que ella despreciaba cizañándoles entre ellos para que tuviesen reyerta por sus atenciones, lo que le causaba reservado y discreto júbilo.

No había misa ni festejo señalado en la que Miranda no estuviese presente sin que se prestase a las más sutiles industrias para alcanzarle, para hablarle, para enseñarle el esplendor de sus atractivos, que eran numerosos y notables; sin embargo y a pesar de la reputación del señor, cuyos devaneos en la Corte eran conocidos, él no mostraba menor atisbo de interés por ella. Como quien lee bajo la luminosidad de la luna sin reparar en el astro que la proyecta. Nada.

Enfurecida por la indiferencia del noble, se propuso llegar a la morada de una bruja para adquirir algún filtro, un bebedizo que rindiese al altivo vasallo del rey y le pusiera a sus pies. Nadie deseaba tratar con la hechicera, que habitaba una retirada casa en la vieja calzada romana que subía a las escarchadas montañas del norte. Circulaban extrañas historias acerca de ella y se contaban con voz queda, temerosa, como si fuese capaz de escuchar en la distancia. Unos decían que ya estaba allí antes de que llegasen las legiones de Octavio; otros, que las nieves, los vientos, los calores y las tormentas seguían sus dictados y caprichos. Miranda, resuelta, se armó de valor y se dirigió a su encuentro. Lo que fuera por convertirse en dulce vaina de carne para tan briosa espada, y que “su” caballero amaneciese en sus brazos camino del altar.

Salió casi de madrugada, cuando la coronilla del sol apenas se anunciaba por los inabarcables, deshabitados y frondosos bosques del sureste, que llegaban hasta Toledo, donde se ocultaban esas criaturas que se alimentaban de desventurados buhoneros; y hacían su hogar bandidos y enigmáticos ermitaños que hablaban con Dios, y con el demonio también, sobre la Eternidad. Cosas de la Hispania que innumerables leyendas y rumores protagonizó en las bulliciosas plazas y calles de la que fue, no tanto ha, inexpugnable capital de un imperio cuyo recuerdo no existía más que en el devoto interior de los monasterios. Tuvo especial cuidado en no tropezarse con nadie y su presuroso andar delataba que su corazón quería caminar más aprisa que ella.

Apareció ante sí, como por arte de magia, tras sortear unas peñas. Una villa, pequeña, semejante a las que había visto en ruinas en otros parajes. Golpeó el recio batiente con todo el vigor que le fue posible reunir. La casa no tenía aspecto de estar abandonada, incluso había creído percibir el inconfundible aroma de la leña arrojada al fuego, pues el otoño ya venía galopando sobre su alfombra de colorida hojarasca y agua fresca. Alguien abrió la puerta.

Era una mujer joven, no mucho mayor que era. De suaves facciones y ojos brumosos, con un largo pelo oscuro que le caía en pequeñas y cuidadas trenzas por toda la espalda. No llevaba tocado. Ignoraba si se trataba de una muchacha de la servidumbre o, simplemente, se había confundido. Aunque no tenía conocimiento de ninguna otra casa en las proximidades.

-         No te has equivocado. Me buscas a mí, - le dijo como si supiese lo que se preguntaba a sí misma mientras le sonreía misteriosamente – Soy Letezbel y vivo aquí. Pasa a mi humilde residencia.


Miranda contempló un salón ricamente decorado, con sedas de Oriente y brocados de Bizancio, pero no era este el motivo de su sorpresa por mucho que fuera la vez primera que veía tanto lustre.

-         ¿Cómo puedes saber...?
-         La brisa de la alborada – le interrumpió – me trae las pesadillas de la madrugada. Así que tú eres Miranda, la que se ha encaprichado del muy noble y esforzado señor de Verantraz...

La doncella se ruborizó y bajó la vista sin reparar en el sarcasmo que asomaba en las últimas palabras de Letezbel. No había confiado a nadie su secreto, sin duda que su interlocutora era la bruja que buscaba. Esta la examinó pormenorizadamente mientras asentía a su propio cavilar. 

- ¡Voto al Sublevado Ángel, que si no has sido concebida por la Lujuria, la Lujuria sí que te ha concebido como su blasón! Eres una hembra digna del rey, aún más, incluso diría que del emir de Córdoba, del propio Papa, o...

Letezbel detuvo su entusiasta relación en seco, mientras un relámpago rasgó la niebla gris que tenía por color de ojos...

-         ¿O? – Preguntó Miranda con renovado valor. – He venido aquí, parece que ya lo sabes, porque deseo ser la esposa del señor de Verantraz.
-         Sí, ya lo sé... – Respondió la jorguina. – Y es una lástima.
-         ¿Por qué dices eso? No hay nada que ansíe más que compartir lecho y mesa con él.
-         Lo digo porque podrías aspirar a servir a señor más dadivoso en sus mercedes con los que le son leales... Alguien que te cubriría de todo aquello cuanto puedes imaginar y desear a cambio de bien poco.
-         ¡Todo cuanto puedo imaginar y desear es que él sea mío...! – Replicó encolerizada. - Y de nadie más. Si puedes ayudarme seguiremos hablando, y si no, marcharé por donde he venido.

La joven bruja escrutó el grado de decisión de la doncella, clavando sus ojos en los suyos, como espesa boira que se desliza sobre la mar.

-   ¿Tanto le amas? – Inquirió Letezbel. – Veo demasiado galardón para tan poco propósito.
-         Le amo con todas mis fuerzas, daría mi alma para que mi cuerpo sea predio donde germine su simiente.
-         Ya. Despecho, amor. Tanto me da. – Concluyó displicentemente mientras se levantaba para salir de la sala. – Muy bien. Espera aquí.
-         Entonces, - la impaciencia se apoderaba de su ánimo - ¿me ayudarás o no?
-         Si te vas no te ayudaré. – Sentenció. – He dicho que aguardes.

El tiempo tiene la censurable costumbre de frenar su marcial paso cuando se espera algo o se desespera por un sufrimiento. Más despacio cuanto mayor es nuestro anhelo de que llegue el fin, el objeto o el sujeto, de nuestro deseo. Miranda no quería que los suyos la echasen en falta y se preocupasen, más que nada para no tener que contestar a preguntas embarazosas. En esas reflexiones andaba cuando se asustó: Letezbel estaba justo detrás de ella y no había sentido que volviese a la estancia.

-         No te he oído... ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
-         En realidad... Creo que siempre he estado aquí. Como siempre estaré.
-         No comprendo lo que afirmas...
-         No hablo para que me comprendas. Sólo si me conviene. – Abrió la palma de su mano y le enseñó una diminuta redoma que contenía un líquido de color miel. – Escucha con atención: Esta noche busca un cauce de agua... Río, arroyo, manantial, da igual, encuentralo... Cuando la luna llena de hoy esté en lo más alto del firmamento, ábrela y bebe hasta la última gota de esta pócima. Después, mete en esta vasija – le entregó un pequeño cuenco de barro cocido – el agua del río que tenga el reflejo de la luna llena. 
-         ¿Y después?
-       ¡Oh!, no te preocupes, sólo tendrás que esperar un poco. Y no se te ocurra rezar ni un solo Padrenuestro, ¿oíste? Ni uno solo desde este momento.
-         Sí, así lo haré... Esperar... ¿A qué tengo que esperar?
-    Al Prodigio... – Afirmó remarcando cada sonido de la palabra. – Algo que superará todas tus esperanzas.
-    Bien. – Miranda sintió como la satisfacción anidaba en su pecho. - ¿Cuánto he de pagarte?
-    Me pagarás, descuida, - comenzó a reír a carcajadas - ahora vete con presteza y recuerda todo lo que te he indicado.

Miranda recorrió sus pasos en sentido inverso. No se percató de que el silencio sepulcral marcaba el compás de su airoso andar, quizás por el agitado palpitar que pretendía despuntar, como sol en el horizonte,  por el valle que formaban sus soberbios pechos para pregonar que conseguiría al hombre de sus sueños.

Sueños. Delgada es la línea que marca la frontera entre la angustia y el regocijo, y el despertar no trae alguacil que ponga orden. Miranda albergaba un punto de desasosiego, su femenina intuición le aconsejaba que olvidase todo aquello, que sería víctima de un terrible engaño, pero las tenaces llamas del deseo habían prendido en su alma e incendiaban cada átomo de su ser, consumiéndola en el personal infierno que padecen los enamorados.

El sol se recostó por el occidente y la noche, serena y quieta, era anunciada por su fiel heraldo, el Lucero de la Tarde, que no desperdiciaba la ocasión de expresar sus anhelos de ser como la refulgente estrella que se había escondido bajo las olas del impenetrable océano, como el ángel que desafió al Señor. Ya las tinieblas se habían enseñoreado del mundo; dejando la casa recogida y en silencio, fue en busca de un arroyo que cerca había, de límpidas y cantarinas aguas, que parecían llamarla por su nombre.

El plateado satélite bañaba todo con su equívoca luz, brillando más la oscuridad que la delirante lumbre que destellaba cada objeto que se hallaba expuesto a su caprichoso toque. Era el instante. Extrajo el tapón de la redoma y se bebió de un trago el líquido contenido. Sabía un poco amargo y ácido, pero no había retorno. Acto seguido, localiza el reflejo de la luna sobre el agua y recoge agua de ese preciso punto.


El tiempo. Ciertamente que es ese familiar desconocido que siempre está junto a nosotros pero del que apenas sabemos nada, como un embaucador profesional que te va sacando los cuartos, o los días, hasta que te deja sin ninguno. Dicen que se puede observar las noches de plenilunio, cerca del río Carrión, en el instante en que la luna impera sobre los cielos sin mayor luz que le haga sombra. Una hermosísima joven está recogiendo su reflejo del agua, estática, quizás extática también, aguardando el Postrero de los Días porque...

Ni a Dios ni al diablo quiso escuchar,
sortilegio, por amor, urdió sin dudar.
Un segundo que último ha de pasar
que el Señor, la primera va a Juzgar...

Encartada está, que está encantada,
con la luna llega y la luna se la lleva,
no hay doncella que fuera más bella,
orgullosa Miranda de marina mirada.

FIN


lunes, 29 de julio de 2013

Los fantasmas de Yuste (Reflexiones antes de la Eternidad - VI)

Monasterio de Yuste, septiembre de 1558

No es un anciano pero la enfermedad, y la cercanía de la muerte, le han avejentado notablemente. Sabe que son las últimas horas, en muchos casos ese postrer momento trae consigo una lucidez que, acaso, no se ha tenido en vida. Los dolores que le afligen son el mayor tormento, acarreándole la misma desesperación que él llevó a los que tanto quiso, cuyo amor tan poco demostró por razones de Estado y de Linaje. Llegado al umbral de la Eternidad, repara en que todo eso no tendrá importancia para el Juicio al que habrá de someter su alma por sus actos y omisiones.

El emperador respira con dificultad mientras escucha misa desde su lecho, que puede oir a través de una puerta abierta. Se agarra con fuerza al crucifijo de su amada esposa Isabel, el mismo que ella tuvo entre sus manos en tal difícil trance, y acierta a rezar en el español que al principio detestó tanto...

“Para ser bien entendido se debe hablar en italiano con la amiga, francés con el compañón, alemán con los soldados, inglés con la cabalgadura, húngaro con los judíos, bohemio (1) con el diablo y en español con Dios.” Recordó la frase que le sorprendió a él mismo y que fue saludada con un silencio sepulcral por sus cortesanos en Flandes. Ya no era el hombrecito caprichoso que desembarcó en Tazones para tomar posesión de sus dominios peninsulares y de las Indias Españolas y que se disgustó porque no fuera villa principal conforme a su rango a pesar de las buenas objeciones del almirante de su Flota, que prefirió prudentemente esa pequeña bahía a la ría de Villaviciosa debido al mal tiempo que acostumbra a sacudir el Mar Cantábrico. El mundo había cambiado, todo había cambiado, e iba a morir en una nueva era donde los príncipes no tenían gallardía suficiente para morir (2) por lo que defendían en el campo del Honor, como se debe esperar de su dignidad. “A vida regalada, muerte honrada” (3), decían en la vieja Castilla que todo le había dado a cambio de sus desdenes e ingratitud.

Le vino a la memoria la imagen del valeroso y joven Luís II de Hungría, al que no auxilió contra los turcos, lo que supuso que cayese con sus tropas en la batalla de Mohács. Le aconsejaron que no fuera en su ayuda...

“Vuestra majestad debería abstenerse de socorrerle para que Solimán no se vea comprometido contra el Imperio...”

Entonces fue cuando descubrió que ante males tan grandes, no debe haber sitio para cálculos políticos o dinásticos. Ahora el turco era mucho más poderoso, amenazaba todo el vientre de la Cristiandad, desde Gibraltar hasta Viena, y sus corsarios asolaban el Mediterráneo.

Se le había hecho tarde, muy tarde. El reino de Castilla, en su Extremadura, le había acogido dulcemente para morir. Confiaba en que la tierra le fuera más leve que el barro de Flandes o la escarcha alemana.

- ¿Quién sois? – Preguntó asustado a un pálido joven que estaba junto a su cama. - ¿Cómo habéis entrado a mi cámara?
- Soy el príncipe Juan de Castilla (4). Nunca nos conocimos (5). Vuestra tía Margarita era mi esposa.
- ¡Válgame Dios! – Exclamó el emperador – ¡El demonio me envía ya a sus emisarios!
- No digáis necedades, señor. – Respondió imperturbable. - Aquel que Todo Lo Puede me ha permitido venir a veros. Si yo no hubiera muerto, vuestra majestad no tendría tantos cargos sobre su conciencia, - sentenció irónicamente – pero las cosas son como son y no tiene fundamento pensar como pudieron ser. Sin embargo, cuenta cada acto. Incluso si nada se hace. Hasta el más insignificante de ellos, porque vienen preñados de consecuencias de las que nacerán gigantes con el paso de las edades.
- Yo sólo he pretendido ser un buen cristiano... – Las espantadas palabras de Carlos delataban sus remordimientos. – Y defender a la Santa Iglesia de sus enemigos. He oído hablar de vuestra merced, si es que sois quien decís.
- Soy vuestro tío enhoramala, si mi madre, la reina Isabel, hubiese anticipado que vuestra estirpe de sanguijuelas iban a sangrar los nuestros reinos, su señor padre nunca hubiese salido de Borgoña. Ni Castilla, ni Aragón, se merecían un rey que únicamente se acordaba de sus reinos para llevarse los dineros de sus gentes... – El emperador hizo ademán de hablar. - ¡Callad! Callad y oíd que ya se os escuchado demasiado. Hace tres años que mi hermana Juana, vuestra señora madre, rindió su vida a Dios. Acordaos de ella, sí. Si es que podéis pues no frecuentabais su compañía. Murió extrañando a un marido infiel y a un hijo ingrato, a la par que usurpador... ¿Cuál fue su crimen para tenerla encerrada?
- Ella, que Dios la tenga en su Gloria, no estaba en sus cabales...
- Vuestra majestad – replicó con sarcasmo nuevamente – sabe que no es así. Tan presente tenía que era vuestra madre que eludió cortésmente prender fuego al motín de Bravo, Padilla y Maldonado. Hizo lo que una reina de Castilla, y aún de España, nunca debiera haber hecho: Olvidarse del bienestar de sus vasallos y de la lealtad que les debía por ser su señora para no perjudicar con ello a un hijo sediento de Poder. Si no estaba en su sano juicio, podríais haber convocado Cortes para apartarla, mas no lo hicisteis... ¡Y no lo hicisteis porque sabíais que os hubierais encontrado con otra revuelta! Así que reinasteis junto a ella, pero sin ella... ¿Es lo que os sugirió ese hatajo de flamencos que os rodeaba?
- No, no, - respondió agobiado por la fiebre y por la culpa – todo fue muy complicado, ella... A veces estaba bien, luego, de repente, decía que mi señor padre estaba a punto de regresar y que se enojaría si no la veía bien aderezada, ¡y llevaba años muerto! Tampoco podíamos permitir que a causa de nuestra debilidad, Francisco de Francia sopesase atravesar los Pirineos hacia Navarra, Zaragoza o el corazón de Castilla, ¡Dios sabe que no tuvimos otra alternativa!

Juan de Castilla se acercó al rostro del moribundo. Este, aterrado, le mantuvo la mirada...

- No manche vuestra merced a Dios con todo esto, que en esta cochiquera lo que sobran son porquerizos... – Le dijo en un susurro. – En la sangre Plantagenet que tenemos vino la legitimidad y la locura... ¿Por qué creéis que Enrique de Inglaterra quiso desposarse con vuestra viuda tía (6)? ¿Por qué la reina María (7) se ha retratado con una rosa roja (8) en la pintura que os vigila desde la pared (9)? Vuestra merced y vuestro linaje ha llegado a ser lo que es gracias a la España que nos devolvieron mis augustos padres, engrandecida por el sacrificio constante de generaciones de gentes que no renunciaron a Cristo logrando batir a las huestes del moro. Ahora aquestos buenos hidalgos han desbordado las cuatro esquinas de las Españas, siendo los aragoneses dueños de Italia y castellanos los señores que fecundarán las Indias (10), como tierra de Evangelización. Buen reparto se ha asignado la Casa de vuestra merced: Oro y gloria para los de Borgoña (11), muerte y orines para los españoles (12). No sois un ingenuo, como tampoco un mozo imberbe, así que al menos tened el valor de reconocer que sabéis muy bien que lo que no se tiene, se busca...

La fiebre le hizo perder el conocimiento cuando sentía el acero candente de la mirada del príncipe Juan clavándosele en lo más profundo del alma.

El delirio es un alterado estado de la conciencia, en el que la realidad queda difuminada y la ¿fantasía?, cobra ropaje de veracidad como enloquecido carnaval del entendimiento. En una inmensa sala, caótica y extraña, Carlos ve desfilar a religiosos y seglares en disparatada y amenazante procesión, sin orden ni concierto. Grotescos personajes mitrados bailando una melodía recurrente y obsesiva mientras monstruosos rostros con capirote y loba negra se sumen en un llanto tan falso como su luto. De algunos puede oír retazos sueltos en alemán, en inglés, en francés... Pero no comprende lo que parlotean muchos otros, ataviados ridículamente con remedos de hábitos y casullas. A ellos se dirige Carlos de Gante, empeñándose en ser comprendido en español, gritando una y otra vez que...

“Habladme en mi idioma español, que no contestaré a herejías y a demonios en otra lengua” (13).

Súbitamente, el barullo cesa. La multitud, que antes danzaba y se movía desenfrenadamente, se aparta para dejar paso a un hombre grueso, vestido de negro, de serena y desafiante mirada que se acerca al emperador hasta detenerse frente a él. A Carlos le resulta familiar, pero la fatiga y la calentura no le deja recordar quien es...

- Vuestra majestad puede ver que en este trance poco importan cunas, dignidades y méritos mundanos... Supongo que, después de todo, aún debo de agradeceros que hicierais respetar mi tumba (14)...

Le identificó por la voz. Esa soberbia revestida de humildad, ese tono de conciliar voluntades cuando, en realidad, se las está empozoñando...

- Maldito seáis, Lutero... ¡Mi espada, traedme mi espada! – Exclamó malgastando sus últimos bríos – Maldito seáis por siempre. De este carnaval de diablos no podía salir otro. Seguro que os dan buena compaña el heresiarca de Enrique (15) y el bellaco felón de Francisco (16). – Empezó a reírse histéricamente. – “Dios los cría y Satanás los junta” (17)... Debí mataros cuando tuve ocasión...
- Si os consuela os diré que acabar con la chispa no apagará el fuego si este ha cobrado fuerza. Es lo mismo que matar a los padres si los hijos son adultos ya. Si la ramera no se hubiera prostituido, no habría tenido bastardos, y no puede lamentarse de que haya habido quien la señale para censurarle su oficio de meretriz.
- Uno se debe avergonzar de los hombres que hacen el Mal, pues están hechos de carne y necesidades, pero la Unidad de la Cristiandad era un Bien que vuestra merced ha quebrantado irreparablemente con la herejía y la intransigencia. Si el turco se hace más poderoso, no habrá fuerza en la Cristiandad capaz de oponérsele y hasta la Francia y Roma se verán llenas de mezquitas, como pasó en la gran Constantinopla. ¿Qué se ha ganado dando pretexto a los odiosos príncipes tudescos? Ahora pueden sojuzgar a sus súbditos sin que estos puedan acudir a su emperador o al Santo Padre en solicitud de justicia y arbitrio, y vuestra merced, que tantas preocupaciones le causaban los menesterosos, aceptó de buen grado las matanzas de campesinos a manos de sus señores. Sólo pedían un poco de lo que les sobraba a sus príncipes cuando la hambruna se anunciaba en cosechas perdidas. ¿Quién se ha prostituido más? ¿La puta o el fariseo que se ha vendido a esos electores por un poco de protección y fama?
- Nunca quise arriesgar el bienestar de los cristianos, mi misión consistía en que sus almas no se vieran arrastradas por los crímenes de Roma, una Roma que vuestras tropas saquearon (18), por cierto. – Afirmó sosegadamente. – Aunque de esto ya tratamos sobradamente, como vuestra majestad sabe.
- Lo único cierto es que todos los nacidos de madre nacemos en el pecado, vivimos en el pecado y morimos con el pecado a cuestas porque el pecado forma parte de nuestro ser. Mas también sé que tenemos conocimiento e iluminación suficiente para sobreponernos a la tentación, a pesar de que el barro del que estamos hechos es débil y maleable. Si el Papa de Roma es lujurioso, entregado a los peores vicios y servidor del Maligno, el Espíritu Santo sabrá a qué obedecen sus designios para dejarle gobernar la Iglesia. Lo que tengo por seguro - añadió sintiendo que le flaqueaba la voz debido al esfuerzo de hablar - es que tampoco escapará de rendir cuentas de sus actos ante Nuestro Señor; y que Él, en su omnipotencia, no permitirá que el Mal triunfe... Al cabo de todo, somos responsables de nuestras acciones y no es valido culpar a terceros... Por mucho que haya algunos, como vuestra merced, empeñados en sembrar la cizaña en la Esposa (19) de Cristo... – Cada vez le costaba más trabajo llevar aire a sus pulmones y se percató de que estaba solo. – Esposa... Mi querida esposa... Isabel (20)... ¿Por qué no me traen a mi Isabel?... ¡Isabel!
- La señora emperatriz falleció ha muchos años, señor... – Señaló entrecortadamente un miembro del servicio que se aprestó a atenderle. – Malamente podríamos hacerla llamar, más que en nuestras plegarias para que interceda por vuestra majestad y por todos sus vasallos.

Abrió los ojos, apenas podía distinguir nada. Sí que podía escuchar el murmullo de las letanías de los hermanos Jerónimos... Nadie sabe confortarle, y el intenso calor de septiembre no ayuda a combatir la fiebre que galopa por su frente.

- ¿Quién sois? ¿Otro heraldo del demonio?
- ¡Líbreme Dios! No por ventura, vuestra majestad me excuse, - replicó el criado - Lope soy para serviros.
- Poco puedes – manifestó con tristeza -  si no tengo a mi Isabel.
- Dejadle tranquilo, mi señor... – Terció una voz femenina, suave y dulce - ¿Acaso no veis que tiene más miedo que vuestra merced? – Era Isabel – Me habéis llamado y aquí estoy...

El enfermo no podía verla, pero percibió la calidez de su mano cogiendo la suya y la melodía de sus palabras.

- Os he extrañado muchísimo, mi señora...
- Habéis tenido otro hijo (21), os ha cundido... - Rió calmadamente. – Sosegaos, no he venido a pediros cuentas pues erais libres de conocer mujer.
- Siempre os he amado, Isabel. Vuestra ausencia es un hierro candente que nunca se apaga, clavado en lo más hondo de mis entrañas...  ¿Por qué os fuisteis?
- Porque fue llegada mi Hora. – Contestó con serenidad y naturalidad – Como a vuestra merced en este momento... Yo también os he amado, bien lo sabéis, parí a todos vuestros hijos hasta que dar aliento al último me arrebató la mía propia y ninguno de los dos pudimos sobrevivir... Así es la vida... ¿Recordáis aquellos días nuestros en la Alhambra?
- Claro que sí. – Se emocionó – Nunca podría olvidarlos. Creo que nunca he sido más feliz que entonces...
- Distéis orden de plantar claveles rojos para mí. Sólo porque me enseñasteis uno que os habían traído y os confesé que me complacía. Erais tan fogoso y apasionado como corcel de justa... – Volvió a reír delicadamente. - Os traigo uno de ellos, va conmigo, alguien me lo regaló piadosamente. Está seco pero esplendoroso en mi corazón. Ahora quiero que lo tengáis: Dentro de poco me lo retornaréis...

Cerró la palma de su mano izquierda: Sintió los secos pétalos de una flor. Se acercó el puño a la nariz... Sí. Todavía conservaba la fragancia del clavel mezclada con el sensual aroma de la piel de Isabel. Notó que el corazón se le subía a la boca, como si quisiera escapar de un sepulcro de carne para seguir vivo.

- Llamad a Jeromín (22), al rey don Felipe, mi hijo, ¡traedlos a mi presencia!
- Don Juan está aquí, a vuestro lado, señor, y su majestad el rey se halla fuera de España...
- ¡No veo! ¿Quién sois?
- Soy fray Bartolomé de Carranza, señor, acabo de llegar de Valladolid desde Flandes, enviado por su augusto hijo...
- ¡Jeromín, hijo!... ¡Que se acerque Jeromín!
- Aquí estoy, señor padre...

El emperador tantea con los dedos de su mano derecha el rostro de su hijo de once años. Los dos se abrazan mientras sus ojos se ven arrasados por las lágrimas...

- Sed siempre leal a vuestro hermano el rey. Tened siempre a España en vuestros pensamientos y oraciones y quedaos con todo mi cariño, con todas mis bendiciones. Excusadme por no haber sido mejor padre para vuestra merced, hijo mío...
- ¡Padre! – Gritó el niño mientras agarraba con fuerza el brazo de su progenitor. - ¡No muráis por Dios Bendito!

- Fray Bartolomé, - se dirigió al religioso – soy conocedor de que casi todo lo he hecho mal y que mil confesiones con sus penitencias (23) no serán suficientes para que san Pedro me conceda franquear las puertas del Reino de los Cielos...
- Señor, - replicó el fraile – habéis de saber que solamente la Fe salva (24). Contestad desde el fondo de vuestra alma si creéis en Cristo Jesús por encima de todas las cosas...

El emperador ya casi no podía articular palabra...

- Señor, basta con que únicamente pronunciéis el Bendito Nombre de Nuestro Salvador, alabado sea por siempre...

Carlos de Gante hizo acopio de sus últimas energías...

- ¡Cristo Jesús!

Expiró al punto.


Epílogo

Capilla Real de Granada, mayo de 1539

El príncipe de Asturias, apenas un adolescente que cumplía años por aquellos días, manda abrir un féretro con gran solemnidad. Los monteros de cámara (25) de la fúnebre comitiva se apresta a la labor. Cuando lo logran, apartando la tapa por completo, han de retirarse por el nauseabundo olor que escapa del ataúd. El camino ha sido largo y la calorina del sur de Castilla ha trabajado a conciencia.

Todos los dignatarios de la Corte, comisionados por el viudo emperador, retroceden cuanto pueden ante la vista del cadáver, ya en avanzado estado de descomposición, procurando llevarse algún pañuelo a la nariz y a la boca para mitigar la pestilencia que emana de la difunta sin perder la compostura y que no pueden ocultar ni los incensarios, ni el sahumerio, y mucho menos las incontables guirnaldas que dan ornato a la estancia. Acaso porque reconocen en lo más íntimo de su espíritu que eso, y no otra cosa, es lo que nos aguarda a todos los vivos.

Sin embargo, hay dos caballeros que se mantienen impertérritos. Uno es el Príncipe Felipe. El otro es un gentilhombre llamado Francisco de Borja. El heredero de la Corona mira los restos mortales de su madre. Impasible, sin atender las lágrimas que pugnan por aflorar a sus ojos, vuelve la vista al caballero.

- ¿Aseguráis y juráis por vuestro honor que este es el cuerpo de mi señora madre, la emperatriz doña Isabel de Avís, de felice memoria?
- Mi señor... – Titubea, impresionado por la podredumbre en que se había convertido la dama a la que tanto ha admirado por su belleza. – Yo... – No puede apartar los ojos de ella, intentando buscar algún vestigio de la gloria de la carne que ha sido su señora. – Sí, - afirmó sobreponiéndose - He traído el cuerpo de la señora en rigurosa custodia desde Toledo a Granada, tal y como se nos mandó por el emperador, nuestro señor que Dios guarde, pero jurar que es ella, cuya belleza y encanto tanto nos admiraba, es un atrevimiento que escapa al entendimiento, una crueldad sumada a la terrible pérdida. Mas vuestra alteza me lo demanda y, sí, os juro por mi honor que es ella misma.  

"Queda dicho pues", concluyó lacónicamente Felipe de Austria, que ordena salir a los congregados para volver a condenar la caja que contiene el cadáver de su madre. Francisco le pide al joven príncipe que le conceda la gracia de dejarle a solas unos instantes con la fallecida señora. El adolescente duda por lo insólito de la petición, pero accede dado el aprecio que le guarda su insigne padre, y el afecto y la consideración que le tuvo su madre en vida. No tiene que insistir para encontrarse en completa soledad frente a la dama muerta.

Mira a su alrededor, como buscando algo en lo que sus recuerdos han reparado súbitamente. Detiene su vista en una de las flores que adornan la Capilla. Avanza hacia hacia ella y la coge, cortándola con su daga... Retorna al costado de la emperatriz. Venciendo todo reparo le coge las yertas manos y deposita entre ellas un rojo clavel, grande y hermoso como lo fue, en vida, la obsequiada; al tiempo que recita, con voz alta y clara, unos versos...

Nunca más, jamás, servir
a señor que pueda morir.
No acatar más otra ley
que La de Cristo Rey.


NOTAS:
(1) Checo.
(2) A muy honrosa excepción de Sebastián de Portugal, caído en la batalla de Alcazarquivir (1578), Maximiliano de Habsburgo, y los zares Nicolás y Miguel de Rusia. estos tres últimos asesinados cobardemente.
(3) Refrán medieval castellano. Los que llevan vida “regalada” por su alcurnia, deben de batirse y morir, si es necesario, por defender a sus vasallos.
(4) Hijo de Isabel “la Católica”. De haber sobrevivido, hubiera sido el primer rey de España, y español, desde la época visigoda.
(5) Falleció en 1497, con 19 años. Carlos I nació en 1500.
(6) Catalina de Aragón, bisnieta de Catalina de Lancaster (no fue casual que tuviesen el mismo nombre), hija de los Reyes Católicos y hermana menor del infortunado príncipe Juan, se casó sucesivamente con el príncipe de Gales, Arturo Tudor; y al morir este, con su hermano Enrique (luego infausto Enrique VIII), para avalar una legitimidad dinástica que no existía desde Enrique VI de Inglaterra (1421-1471) y que nunca volvió a existir.
(7) María I de Inglaterra fue monarca desde 1553 a 1558. Felipe II fue rey consorte de aquel país desde 1554 a 1558.
(8) Ver retrato de sir Anthony More, es elocuente por sí mismo...
(9) Dicho cuadro estaba colgado en una de las paredes de la alcoba del emperador, en su retiro de Yuste.
(10) A mediados del siglo XVI aún predominaba la denominación de “Indias”, más popular que la muy académica, entonces, de “América”.
(11) Se llamaba así, peyorativamente, a todos los que vinieron con Felipe I “el hermoso”, y a él mismo.
(12) “Sirviendo al emperador, (nada más que) muerte, orín y honor”. Era un dicho, presuntamente recogido por un jovencísimo Cervantes (nació en 1547), que resumía la pobreza, la miseria y el abandono que padecían los veteranos de los Tercios al retornar a sus casas.
(13) Está comprobado que Carlos I pasó de despreciar el castellano a hablarlo en toda ocasión, como sucedió en 1536 ante el embajador francés y el Papa Pablo III, en el que afirmó rotundamente Señor obispo, (el embajador francés era obispo de Maçon) entiéndame si quiera vuestra merced y no espere de mí otras palabras que las de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida por toda la gente cristiana.”
(14) Cuenta una leyenda de, después de la batalla de Mühlberg, el victorioso emperador entró en la ciudad de Wittenberg con sus tropas, mientras que el sedicioso y hereje príncipe elector tenía que capitular deshonrosamente. Algunos capitanes de las fuerzas imperiales, para ganar el favor de Carlos V (en estas lides era más “quinto” que “primero”) abrieron la sepultura de Lutero, que estaba enterrado en la iglesia del castillo. Cuando el emperador llegó al lugar le sugirieron, como muestra de fervor católico, que diese orden de quemar los restos mortales del heresiarca. Carlos negó con la cabeza, dio media vuelta, y saliendo de la iglesia, dijo en español: “Ya está ante el Juez. Nos castigamos a los vivos, que castigar a los difuntos es (asunto) del Todopoderoso.”  
(15) Enrique VIII de Inglaterra.
(16) Francisco I de Francia.
(17) El refrán “Dios los cría y ellos se juntan” era, originariamente, “Dios cría y el diablo junta”, que a su vez procede de otra frase más antigua en latín.
(18) Saco de Roma (1527). Según parece, Carlos I nunca dio la orden de entrar en Roma. Las tropas del emperador eran lansquenetes alemanes, en su mayoría, por lo que los historiadores han encontrado cierta “saña” luterana en los excesos de aquellos días. Por el contrario, los soldados españoles se mantuvieron más comedidos y disciplinados, lo que pudo influir decisivamente en la paulatina “españolización” del césar Carlos. Aunque el motivo del conflicto se debió al descarado apoyo que el Papa Clemente VII daba a los franceses frente a España y al Sacro Imperio, Lutero se atrevió a decir sarcásticamente: “Cristo reina de tal modo que el emperador persigue a Lutero por el Papa, pero se ve obligado a humillar al Papa por Lutero.”
(19) San Pablo se refiere a la Iglesia como la “Esposa de Cristo” (Epístola a los efesios). Desde entonces se usa esta alegoría para ensalzar, y criticar, el papel de la Iglesia como “pueblo de Dios”.
(20) Isabel de Avís, Isabel de Portugal, madre de Felipe II, esposa de Carlos I. Murió de parto en 1539. El emperador nunca superó su pérdida.
(21) Juan de Austria (nacido en 1547), hijo natural del emperador y de Bárbara Bloomberg.
(22) Jeromín era el apelativo familiar con el que el emperador se refería a su hijo Juan de Austria. Estuvo junto a él en los últimos meses de existencia y en el momento de su fallecimiento.
(23) Su desengaño y sentimiento de culpa le llevó a ordenar que su enterramiento “estuviese, de la cintura a los pechos, debajo del Altar Mayor, para que cuando el sacerdote oficiase la Eucaristía con la Sagrada Forma, sus pies pisasen su sepultura”. Así se cumplió hasta su traslado a la Cripta Real del Monasterio de El Escorial, donde descansa... Si le dejan, que en España parece que estorbar a los difuntos en su última morada es una reiterada afición.
(24) Este episodio, casi literal palabra por palabra, fue esgrimido por el inquisidor Fernando Valdés para que el Santo Padre le juzgase (el Santo Oficio no podía por su condición y dignidad) y le condenase en el largo proceso que se abrió contra él por “haber mostrado abierta amistad a luteranos”. A grandes rasgos, se consideraba que la Salvación por la Fe, al margen de la confesión y la penitencia, era uno de los postulados de la herejía luterana. Tras más de 17 años de declaraciones, diligencias e investigaciones, se eximió a fray Bartolomé de los cargos que pesaban contra él. Murió escasos días después.
(25) Una unidad especializada de la guardia que protegía a los reyes de Castilla.