viernes, 24 de octubre de 2014

La Epidemia (Libre Albedrío)

Esta narración forma parte del primer libro que publiqué, en 2010, con el nombre de "Cuentos y Romancines". Se puede descargar aquí gratuitamente.

Hubo alguien que dijo que las grandes catástrofes se presentan sin que las gentes se percaten de ello. Mientras se iba a pique el “Titanic”, gran parte del pasaje, de primera, se quejaba de tener que subir a los botes salvavidas dejando atrás la comodidad e intimidad de su camarote. No eran conscientes de lo que estaban viviendo. Algo parecido ocurrió en el declive de Roma, o más recientemente, en términos históricos, en los primeros compases de la II guerra mundial, donde todos querían apostar por una componenda, de las que había precedentes, dejando dividida y esclavizada a Polonia antes que un conflicto generalizado contra una eventual alianza germano-soviética. Pero las demostraciones de determinación terminaron siendo “determinantes”. Un compañero de armas lo denominó el "Síndrome de la rana cocida”, por aquello de que las ranas que son introducidas en agua caliente pueden ser hervidas sin que reaccionen a tiempo, al no advertir el gradual incremento de la temperatura del agua. Cuando quieren saltar, ya están muertas.

Todo comenzó como una alarma sanitaria. La gente enfermaba, sufría una calentura brutal y fallecía de forma fulminante. La epidemia brotó casi simultáneamente en ambas orillas atlánticas del hemisferio sur. Tanto África como América vieron aparecer un mal que los sistemas sanitarios no sabían combatir, menos aún explicar. La cuestión es que los afectados crecían en progresión geométrica, y las fronteras se cerraron para impedir que se propagase la “fiebre tumoral”, que fue el nombre que recibió dado que el acceso de fiebre alta, muy alta, era acompañado por la aparición de extraños nódulos por todo el cuerpo. Los médicos decían que era poco “científico” bautizar una nueva enfermedad por sus síntomas. En eso estuvieron varias semanas, mientras los hospitales, siempre escasos de recursos por aquellas tierras, apenas tenían tiempo para vaciar las morgues...

La despreocupación del resto del mundo presagiaba el desastre. “La enfermedad está controlada”, mentían. Como lo hicieron con la sintomatología: era demoledor asistir a la agonía de los pacientes, porque no se podía hacer nada por ellos y el riesgo de contagio era extremadamente alto. Los gobiernos pueden cavar simas muy profundas para ahogar la libre comunicación de los pueblos que, se supone, deben de administrar; pero Internet permitió que la información real circulase libremente, una vez más. Las agencias de inteligencia inundaron la red de redes con multitud de rumores, a cual más disparatado, para desacreditar lo que de verdad se estaba comunicando. “Para preservar a los ciudadanos de falsedades que puedan provocar una situación de histeria colectiva”, el alarmismo que siempre pretenden evitar con su altruismo. Un altruismo que no impidió que el mal llegase finalmente a las vidas de todos y cada y uno de nosotros, los que residíamos en América del Norte, en Europa, en Asia y en Oceanía.

Los primeros enfermos de esas regiones desaparecían engullidos en una marea de facultativos que parecían escapados de una guerra nuclear o de una expedición a la Luna. Enfundados en unos monos de color claro, con escafandra autónoma, sustraían a la persona aquejada para aislarla, junto a los demás ocupantes de la vivienda infectada para someterles a cuarentena, muy larga, en la que se sucedían los exámenes clínicos. Poco después, el resto de su familia recibía una urna cineraria, el certificado de defunción y una impersonal nota de pésame del gobierno. Pero la población seguía confiando en el “estado del bienestar”, cuyos voceros se apresuraban a destacar que los fallecidos tenían alguna patología previa que les presentaba como víctimas “lógicas”. Lamentables, pero “lógicas” y que el esfuerzo para dar con el agente patógeno era “incesante”. Hipócritas.

La “lógica”, a menudo, suele ofrecer su rostro más espantoso, aún más si es “incesante”. Por “lógica” se pueden acometer las mayores barbaridades ante el silencio cómplice de los que miran a otro lado. “Lógico” era el análisis de Malthus y ahora era utilizado en nombre de la “sostenibilidad” y demás bobadas para diezmar grandes segmentos de la población. No tardaron en surgir personas que acusaban a las autoridades de “eutanasiar” a aquellos individuos que eran considerados “poco viables” y de publicarse testimonios en la prensa internacional en la que se señalaba directamente a ciertas instituciones de crear y propagar la enfermedad, que habían fumigado desde aviones con el agente infeccioso. Una rotunda acusación sustentada en pruebas. Lo malo es que estas no levantan mucha expectación cuando lo que está en juego es llegar vivo a un nuevo amanecer. 

Como suele suceder en las calamidades, las primeras en caer fueron personas sumidas en la pobreza y trabajadores no cualificados, pero la danza macabra se había iniciado ya y la Enlutada iba posando su mirada sobre los que tendrían que bailar con ella. En cuestión de días, los comercios dejaron de abrir sus puertas, después los centros comerciales, los restaurantes, bares, el abastecimiento colapsó porque no había quien transportase mercancías, los aeropuertos suspendieron su actividad, apenas circulaban ferrocarriles y para salir fuera de la provincia había que pedir un salvoconducto. Los funcionarios dejaron de atender sus ventanillas, la policía se convirtió en una dolorosa ausencia limitada a proteger y vigilar las instalaciones de la red sanitaria: todos desertaron; unos por caer en las garras de la afección y los demás por puro pánico en una reedición de la peste negra que sacudió la Europa del siglo XIV. La sociedad, inexorablemente, se iba descosiendo camino del caos, mientras se sucedían los saqueos, los asaltos a cualquier local del que se sospechase que almacenaba alimentos, fármacos o lo que fuera útil para burlar a la Parca un día más, una hora más. Los hospitales y centros de salud escenificaban el lacerante espectáculo del sufrimiento, de los estertores de la muerte, en una ilusa y ñoña sociedad que se basaba en la fragilidad de una ficción aceptada por todos. Golpeada esa realidad atrozmente, muchos descubrían que lo más importante era tener salud y que los suyos estuvieran con vida, y lamentaban haber perdido el tiempo con tantas “distracciones”, ya demasiado tarde. Las calles fueron tomadas por bandas que impusieron su propia ley, lo que no dejaba de ser una burla cuando la legalidad hacía tiempo que había sido socavada, pero no estamos hablando de esto ahora.

Entonces decretaron el estado de excepción. La nación, prendida con alfileres, desarbolada en días por un oncovirus, un retrovirus, Dios sabe qué, no tuvo más remedio que recurrir a nosotros. El ejército fue movilizado. A los efectivos que aún nos manteníamos sanos y fuera de cuarentena. Un compañero de la Academia Militar decía que “los políticos llaman a los militares cuando no saben solucionar los problemas que han creado”. No le faltaba razón. Nos desplegaron a toda prisa con la equipación que preconizaban los protocolos de la OTAN, indicados para un ataque bioquímico lo que no dejaba de ser un sarcasmo. Las órdenes eran muy claras: restablecer la normalidad, garantizar que los suministros llegasen a toda la población y que los procedimientos sanitarios fueran escrupulosamente respetados. “Escrupulosamente”, fue una palabra que, desde ese momento, se tiñó con el color de la burla...

Me llamo Miguel Herrarte de Godián. Teniente de infantería de la 4ª compañía del Regimiento de Infantería Mecanizada “Soria 17”, adscrito a la Brigada Ligera “San Marcial V”. Mi trayectoria es la de cualquier oficial: no significarse, tener una clara observancia de la disciplina, de las Ordenanzas y obedecer las órdenes de la superioridad. Nos dirigimos a Madrid a toda prisa, hubo unidades que fueron enviadas a otras ciudades. Ya en la capital, el coronel reunió a los capitanes y asignó las misiones de cada cual. Mi compañía fue enviada a un recinto, antiguo cuartel, cerca de la carretera de Extremadura. Nos dijeron que había que “proteger” a unas dos mil personas en régimen de cuarentena y custodiar el perímetro para que no hubiese contacto alguno, siquiera ocular, entre potenciales pacientes y elementos del exterior. Al ser una edificación sin circuito cerrado de televisión que facilitase la vigilancia, las guardias serían al viejo estilo. Y se mandó expresamente que los centinelas retirasen todos los cartuchos de fogueo de su munición en los cargadores desde ese momento, como se prohibió tajantemente que hablásemos con los “potenciales pacientes”. No sabíamos cuanto tiempo estaríamos allí, pero se nos informó de que seríamos reforzados por secciones de otras compañías para aliviar la carga de servicio. Habíamos dejado de ser espectadores y los días empezaron a sucederse...

La sala estaba a media luz. Un oficial que acababa de salir de guardia apuraba una taza de té mientras perdía la mirada en el humo de sus pensamientos. Bruscamente se abrió la puerta.

- Caramba, Herrarte, que susto me has dado, no sabía que estabas aquí. ¿Qué haces casi a oscuras? ¿Juegas a los fantasmas?

El teniente regresó de su silencio, moviendo la cabeza.

- No. Estaba cansado y me he tomado un té. Bueno, algo parecido pero en malo. La verdad es que no esperaba a nadie.
- Yo tampoco. Aunque aquí hay pocos sitios que visitar. Todos estamos hartos. Llevamos 11 semanas metidos en este agujero sin un solo relevo. Ni una explicación. Y el capitán está más insoportable que nunca.
- Que ya es decir. Supongo que será por estar aquí encerrados. Tampoco es santo de mi devoción. Es recíproco.
- Oye, ¿por qué te llama el “condesito”?
- No lo sé. Nunca se ha referido a mí de ese modo, lo hace a mis espaldas. Tampoco me interesa. Con saber el motivo de que le llamen “garbancín” tengo de sobra.
- Eres un guasón. ¿Sigues con la idea de volver a Regulares?
- Sí. Se supone que algún día tramitarán mi ascenso y el traslado. O puede que ya no pueda más y deje el Ejército, si salimos de esta. Llevo mucho tiempo viendo cosas que no me gustan.
- Me pasa lo mismo. Bueno, tú eres más veterano que yo...
- ¿A quién llamas “viejo”?
- No vengas con chanzas, sabes a lo que me refiero... Oye, cambiando de tercio, ¿te has fijado en que no sale nadie de la cuarentena? La mantienen hasta por un uñero. Y esos autobuses...
- No los he visto aún porque ninguno ha venido estando de oficial de guardia, pero he oído hablar de ellos a Ulloa y a los soldados...
- ¿Y?
- Inquietante. Entre que el sargento no es explícito y que todo el mundo se calla cuando aparezco, pues... Mejor que me cuentes tú, Alfaro.
- Nadie sabe nada, Herrarte. Nadie. O nadie quiere saber nada, que es otra opción. He hecho mis averiguaciones, aunque ya sabes que la censura es férrea, el acceso a Internet es cada vez más restringido y el teléfono está pinchado. Nos vigilan, compañero. Siempre vienen un poco antes del amanecer, sin día fijo, en el último turno de la guardia. Son autocares civiles, vienen a cuerpo descubierto con un coronel o teniente coronel médico al mando, te entregan una lista y se los llevan. Nunca vuelven, y es mentira que les den el alta. No hay altas, Herrarte, no hay altas. Los infectados palman y los que no presentan síntomas pueden desaparecer de sitios como este. Si tienen buena estrella pueden ir sorteando las estrecheces y a la muerte como en una pista americana. A la gente se la ve muy intranquila. Nos miran como carceleros... Porque quizás lo seamos sin saberlo. ¿Qué bobo entraría en un lugar donde “oficialmente” podría contagiarse? Estamos aquí para que no salgan. Llevan aislados casi tres meses, y ni un afectado. Y en otros sitios lo mismo. Pero basta con que alguien tenga una diarrea, lo que no es raro con la comida que traen, para que sigan con el cuento... Hasta que una mañana viene un tío y se los lleva para no saber más de ellos. Un par de días después viene la unidad de desinfección por sus efectos personales, en teoría para devolvérselos, pero...

El teniente miró a su alrededor como para cerciorarse de que nadie les escuchaba. El silencio era adornado por el ruido de las ramas y de los pájaros que saludaban el nuevo día. Un día más en el paraíso que los seres humanos había convertido en el infierno.

- Los incineran, compañero. No hay tal devolución. Seguramente porque no hay a quién hacérsela.

Remarcó especialmente esta última frase. El teniente Herrarte no movió un solo músculo de su cara, estaba acostumbrado a ocultar sus sentimientos desde que era niño. Su hermana mayor le llamaba “cara de póquer” y esa aparente frialdad le había costado más de un noviazgo. Acercándose a los cuarenta, abandonó toda esperanza de encontrar a alguien que le entendiese, o, por lo menos, le soportase. Había pensado mucho en ello durante esta misión. Él no dejaba a nadie atrás. No era como el sargento Vázquez, como el subteniente Olmedo, o como el teniente Alfaro, casados y con hijos. Él había estado buscando en la antigua Yugoslavia, Afganistán, en la convulsa y vieja América Española, deliberadamente, una cita con la Gloria, e incluso esta le había desdeñado. No, estaba habituado a esconder sus pensamientos y sentimientos. No le suponía esfuerzo.

- Lo que insinúas es muy grave, Alfaro. Si tienes pruebas deberías hablar con el Capitán Sáez para que se lo comunique a la superioridad por conducto reglamentario.
- ¿El capitán? Al diablo el conducto reglamentario. Esto, si no es sabido, es intuido por todo el mundo, y me dices que informe a los que se están llevando a la gente. ¿Qué les digo?: “A la orden de usía, mi coronel, está muy mal lo que hacen”, venga ya, Herrarte.

Llevaba razón. Él también había reparado en algunos detalles. La asfixiante y creciente desinformación, el histrionismo, mayor de lo normal, de los programas de telebasura, el afán que se tomaban los medios de comunicación en aparentar normalidad, silenciando que todos los días la Enlutada terminaba agotada de manejar la guadaña. Y las sepulturas. A los muertos se les despachaba con un responso precipitado, casi clandestino, y se les enterraba en fosas comunes a toda prisa. Los afortunados eran incinerados para acabar depositados en algún columbario, fruto de la piedad de las diezmadas familias.

- Están exterminando, compañero. Se puede ver o ignorar, pero está ahí. Y mi conciencia vomita. Lo único que impide que haga algo es que quiero volver a ver a mis niñas y a mi Rosi. Soy un puñetero cobarde...
- Tienes miedo, no eres cobarde, no tolero que te trates así cuando he visto como te has batido. Y el miedo no es malo, mientras no te domine. El miedo nos mantiene vivos, “compañero”. Hay que tener los ojos muy abiertos y andarse con cuidado... Ya iremos viendo. Gracias por confiar en mí. Sabes que no diré nada.
- Sí, lo sé.

No lo había dicho con ironía, se incorporó ella sola cuando las palabras llegaron a su entendimiento para abofetearlo con rabia. La Gloria, la Eternidad o simplemente la Vida, quizás las tres, acababan de desafiarle. Y él no iba a rehusar la cita.

Poco después se empotró un coche en el muro que circundaba el antiguo cuartel, ahora campo de concentración, porque ya no quedaban dudas de que era eso. Abrió un boquete considerable y el conductor murió en el acto. 

Iba borracho como una cuba y no debió ver la tapia, porque ni siquiera había rastro de una frenada desesperada. Lo sé porque yo era el oficial de guardia ese anochecer. Como era de esperar, echaron la culpa a la fiebre tumoral y limpiaron todo velozmente. Al día siguiente, trajeron una cuadrilla para tapar el agujero y aprovecharon el “viaje” para instalar más alambradas. Los gobiernos tienen el vicio de levantar murallas y coronarlas con alambres de espino para crucificar a la verdad y a los ciudadanos que dicen representar y servir.

Fue esa sobresaltada noche cuando conocí al sacerdote. Vino el suboficial de guardia desencajado diciendo que una mujer tenía dolores de parto, y no figuraba ninguna embarazada entre los “aislados”, ellas estaban en “otras” instalaciones. Como no se podía hablar con ellos, el sargento no sabía que hacer. Le acompañé al lugar. El soldado estaba muy nervioso apuntando con su fusil a la chica, que estaba tumbada en la cama arrebatada por el dolor y haciendo lo posible por ahogar los gritos en su garganta. Junto a ella estaba un hombre, presumí que podía ser el marido. No lo era.

- ¿Se puede saber que está haciendo, soldado? ¿Se ha vuelto loco?
- Mi, mi teniente, intento mantener controlada la situación.
- Baje el arma inmediatamente y vuelva a su puesto con el sargento, yo me ocupo.

El suboficial intercedió

- Mi teniente, las órdenes...
- Recuérdeme las órdenes cuando me haya quejado por esta negligencia de los doctores. Se suponía que aquí no había mujeres en estado. Vuelvan a sus puestos.

Los dos se cuadraron y tras saludar al oficial salieron de la camareta. La mujer era joven, en torno a los 23 años, y muy guapa. Había roto aguas. El hombre, de unos sesenta años le tenía cogida la mano. El oficial se dirigió a él.

- ¿Es usted familiar, el padre de la criatura?
- No, por Dios. No soy nadie relacionado con ella. Sólo intento darle consuelo.
- Conocían su estado, evidentemente…
- Sí, pero no queríamos decirlo para que no se la llevasen, hemos logrado ocultarlo. Es una gran chica. La abandonó el novio al saber que habían concebido, para morir al comienzo de la epidemia. Está muy ilusionada por el nacimiento de su bebé... ¿Es usted el oficial de guardia, teniente?
- Sí. No hay más remedio que llamar a los médicos de guardia.
- No lo haga, se lo suplico. Se la llevarán…
- Pero no hay nadie que pueda hacer de matrona. ¿No ve usted el peligro que corren la madre y lo que venga? ¿Y si se presentan complicaciones?
- Sé a quienes recurrir. Lo tenemos todo preparado. Lo malo es que el soldado, pobrecillo, ha oído gritos y se ha asustado, le ruego que no tome medidas contra él.
- No lo haré... ¿Pero piensan tener oculto a un recién nacido? ¡Qué disparate!
- Mire a su alrededor. Otro más, este, podría pasar desapercibido. Ya lo ha hecho ante los ojos de los médicos... claro que puede que no lo sean. ¿Usted qué cree?
- ¿Quién demonios es usted?

Sonrió como el que oye un chiste, secó el sudor de la frente de la mujer y replicó...

- Soy Paco, un sacerdote. Me trajeron aquí porque el agua bendita estaba infectada.
- ¿Podrían hacerse cargo de todo?
- Llevamos mucho tiempo aquí metidos y nos conocemos muy bien. Es en estas situaciones cuando uno se da cuenta de la auténtica medida moral del prójimo. La respuesta es que sí. Por favor, insisto, no informe de esto. Se la llevarán si lo hace y ya sabe lo que sucede...
- No, no lo sé.
- No vuelven, supongo que eso sí le consta. Vienen, se nos llevan y fin de la historia... ¿Qué es lo que sabe usted?
- Que no tendríamos que estar hablando.
- Sabe que no estamos infectados como yo sé que no lo están ustedes aunque tengan que ir “plastificados”. Lo que quieren es que no haya empatía entre nosotros. El silencio es patrimonio de los muertos, y nosotros no lo estamos, teniente, todavía no. Incluso nos es dado asistir al maravilloso milagro de un nacimiento. A la Vida no se la puede detener y recluirla. Se abrirá paso a empujones... Y usted, amigo mío, tendrá que decidir de qué lado está. Arrollar o ser arrollado. Libre albedrío en estado puro. Libertad otorgada por el Señor incluso para hacer el mal, pero es “Libertad”. Hermosísima Libertad, tan bella como la vida que está pidiendo paso en el útero de esta joven...

Tras reflexionar unos segundos, impactado por las palabras del cura, el teniente asintió.

- Está bien, padre. Procedan. Les traerán agua limpia, toallas y lo que pueda conseguir sin levantar sospechas. Les llevarán a una estancia más apartada para que estén tranquilos. Daré orden de que no haya novedad respecto a esto. Que todo vaya bien y – dirigiéndose a la parturienta - que sea enhorabuena. Con tanta muerte y desolación uno se olvida de que nacer es un milagro.
- Que Dios le bendiga... – Le agradeció el sacerdote. 

Antes de salir, el teniente volvió a mirar a la chica y pudo contemplar un amanecer dibujado en la sonrisa que le dedicó.

El parto fue difícil y largo. Salí de guardia y fui relevado por el teniente Alfaro, a quien puse al corriente y siguió mi conducta de discreción. Nació una niña, sana y fuerte, en las mismas penosas condiciones que yo había visto venir al mundo en otras inoportunas ocasiones: en medio de bombardeos, de ofensivas a sangre y fuego, cercados por el hedor de los cadáveres y el dolor. Pero como una flor entre zarzas, imparable y desbordante de belleza. Un canto que se elevaba por encima del llanto y del fragor del odio entre los seres humanos. Tantas veces contemplado por estos ojos de veterano de guerra para impresionarme hasta el último rincón de mi espíritu. Si no había tomado partido, ya lo había hecho. Este cínico, que así me consideraba hasta entonces, con las ideas muy claras pero fríamente distante por considerarse al margen de casi todo, decidió que más vale una muerte de héroe defendiendo la Verdad que una miserable vida de esclavo saludando la mentira.


El teniente dio dos golpecitos en la puerta.

- Con permiso, mi capitán, me ha hecho llamar...
- Sí, Herrarte, pasa, no hace falta que te cuadres, siéntate... ¿Quieres tomar algo?, tengo cerveza, Rioja, incluso me he agenciado una botella de Chivas, no hay mejor suministro que el que te facilitan los buenos amigos...
- No, mi capitán, gracias, pero no tomaré nada.
- Bueno, no pensaba cobrarte, pero me saldrá barata la ronda. Esta época es propicia para dejar de ser abstemio, pero no aspiro a modificar tus rarezas... Mira, no voy a andarme por la ramas y entraré en el asunto. ¿Qué pasó hace dos noches?
- Que estuve de guardia, mi capitán.
- ¿Y qué ocurrió en esa guardia?
- Que transcurrió sin novedad, salvo el accidente de coche, mi capitán.

El capitán se llevó la mano a la boca mientras torcía el gesto. Se bebió de un trago lo que contenía el vaso y cogió nuevamente la botella de Chivas para servirse otro poco. Suspiró y clavó la mirada en el teniente.

- Herrarte, no me vaciles ni me tomes por imbécil como Alfaro. A él le he dejado por imposible porque se ha parapetado en que no sabe nada y de ahí no le saco, entre otras cosas porque podría ser factible aunque no me lo trago. Estoy al tanto de todo. ¿Qué fue lo que sucedió?
- Mi capitán, ignoro lo que sabe, pero si lo sabe no sé porqué lo pregunta entonces.
- ¡Maldita sea, Herrarte! Déjate de trabalenguas. No eres nada proactivo. Esa es la explicación de que sigas siendo un don nadie, un tenientecillo de tres al cuarto que alardea de su cultura y de sus condecoraciones porque no tiene nada más. Mírame a mí: más joven que tú y en poco tiempo me ascenderán porque tengo la suficiente vista como para granjearme las amistades que me convienen. He hecho un registro e increíblemente no hay rastro de nada. Por última vez, ¿qué diablos pasó?

Herrarte permaneció impertérrito ante los gritos del capitán Sáez y mantuvo su mirada altiva frente a la despectiva que le dedicaba su superior. Contando los segundos cuidadosamente, cuando llegó al vigésimo, respondió...

- No comprendo su ira, mi capitán. Ha efectuado un registro exhaustivo sin avisar y no ha encontrado nada cuando, según parece, esperaba hallar algo. Por razones que desconozco, debo ser el responsable de que sus amistades le aúpen a más altas responsabilidades, a pesar de su juventud, porque no colaboro en algo que usted conoce mejor que nadie, pero que, paradójicamente, me pregunta a mi para, acto seguido, reprocharme mis conocimientos que, en opinión de usted, son mi única virtud. Me extraña sobremanera el enojo que le invade...
- Esto no va a quedar así. Voy a ganar este punto con tu cooperación o sin ella, ya me da igual, pero te vas a acordar de mí por mucha elegancia y aire aristocrático que tengas. No te salvaría ni la Laureada, y no la vas a tener jamás. De momento, el próximo oficial de guardia eres tú: ya veré qué hago contigo después. Ahora, lárgate de mi vista.
- A la orden, mi capitán.

No era la primera vez que vociferaba. Un estúpido que ni siquiera había tenido su bautismo de fuego se atrevía a agraviar a soldados que las habían visto de todos los colores en "misiones de paz". Y decía que “eso” era “dirigir un grupo humano incorporando el talante de las más innovadoras técnicas de inteligencia emocional”. Un mamarracho que le disgustaba el olor a pólvora de las prácticas de tiro o la incomodidad de las maniobras. Estaba más tiempo adulando a sus “protectores” y alternando con ellos que en su despacho. Apenas cambiaba palabra alguna con la tropa que componía su compañía. Para él “delegar” era dejar que todo se lo solucionasen sus suboficiales y sus oficiales de rango inferior. Pero de superior altura moral y humana.


No pasé por alto la amenaza de Sáez. La intuición de veterano me susurraba que esa madrugada vendría un “convoy” a llevarse más “potenciales afectados”. Así que, con máximo sigilo y confiando sólo en los que conocía, preparamos todo para ese momento. Munición, víveres, vehículos, equipo, armamento, quiénes me acompañarían y quiénes no, porque eran afectos al capitán, (entre ellos el chivato, que tenía localizado), o porque teniendo familia no pretendía comprometerles, como Alfaro. Estudié mapas, rutas, no dejé nada al azar. Seguramente que no saldríamos de esta, pero no iba a regalar nuestra piel. Si Occidente se dejaba sacrificar mansamente por un oscuro grupo de desalmados, un puñado de soldados caerían con las botas puestas en defensa de todo lo que habían conocido, construido y amado sus padres. La sangre de los mártires es semilla de creyentes...

A las seis y cuarto de la mañana, poco después del último relevo de los puestos de guardia, el centinela avisó al sargento Ulloa de que unos vehículos se acercaban por la carretera. La luna resplandecía aún en su mortaja tejida de nubes y el frío era seco e inmisericorde. El suboficial llegó acompañado del teniente Herrarte. Contaron: un todoterreno de mando, un autocar civil, de una empresa privada, y un camión, quizás un Pegaso, transportando un pelotón, sin duda, de la policía militar, como en otras ocasiones. El oficial hizo un gesto para que todos estuviesen pendientes y en su puesto. Al llegar a la desviación que se dirigía hacia la entrada, giraron y el convoy aminoró la marcha esquivando los obstáculos puestos al efecto para proteger la barrera de acceso. Se detuvieron y del coche de mando se apeó un policía militar, que abrió la puerta de la que se bajó un hombre de unos cincuenta y pocos años con la divisa de coronel de la Sanidad Militar. 

El conductor siguió al volante. Al tiempo, del camión, bajaron una decena de policías militares que fueron formando a su lado. Sorprendido por ver al oficial que se cuadraba y le saludaba, el coronel dijo...

- Parece que nos aguardaba, o tenía insomnio. Mejor: así no tendremos que perder tiempo.
- A la orden de usía, mi coronel, ¿en que podemos ayudarle?
- Tome este documento. Figuran las personas cuyos análisis han dado positivo por oncovirus, y aunque no presenten síntomas, hemos de trasladarles inmediatamente. Sírvase traerlos sin ningún equipaje y que se monten en el autobús.
- Mi coronel, aquí ponen que se dirigen al Hospital Clínico de San Carlos.
- Lee muy requetebién.
- Sargento, tome la nota, dé las órdenes precisas y vuelva.
- A la orden, mi teniente.

El coronel no prestó atención a la mirada que se intercambiaron los mandos de la guardia y sonreía tontamente por la ironía que le había escupido al oficial. Después de un par de minutos, regresó el sargento, se cuadró ante el teniente y, como quien arroja una piedra a un cristal...

- Hemos comunicado por radio con el retén del hospital y no esperan a nadie. Siguen saturados y el edificio entero está bajo dirección médica civil. No aguardan ningún ingreso de ninguna “clase”.

Esa era la palabra clave. El teniente desenfundó su pistola y la puso sobre la cabeza del coronel. Varias escuadras de soldados salieron de la nada y rodearon al convoy, desarmando a todos los efectivos de la policía militar que quedaron completamente desconcertados y neutralizados.

- Bien, ahora que ya ha reconocido que leo muy bien, veamos que sabe usía: ¿Cómo se llama el hueso del cráneo sobre el que apoyo el cañón de mi pistola?
- ¿Se ha vuelto loco? Le formarán consejo de guerra.
- Soy yo el que pregunta: ¿lo sabe o no?... porque puede que sea coronel pero no médico, y puede que sea médico, pero no coronel. Las dos cosas, no. Incluso puede que ninguna de ellas. Así que estoy averiguándolo, lo malo es que no tengo mucho tiempo. Puedo dejarle vivo, si es locuaz y conciso; o muerto si le gusta el silencio: a mi me da igual, “usía” decide...

La sorpresa dejó paso al pánico del coronel.

- No sé nada, se lo juro. No soy coronel, ni médico. Trabajo para una institución que estudia la “fiebre tumoral”, no soy el único de los que va “captando potenciales afectados”. Me dan un papel, lo llevo con este disfraz, recojo a los seleccionados y los llevo a donde me dicen, con esta escolta militar, nada más.

- Vamos bien. ¿Dónde está esa “institución”?
- Al nordeste de Madrid capital, cerca de Daganzo.
- ¿Qué nombre tiene?
- C.C.S.P. Centro de Control de la Salud Pública.
- ¿Quiénes lo dirigen?, ¿Civiles o militares?
- No sé quién lo manda, depende de un organismo supranacional, pero no sé exactamente cual, ni de quien depende. Está protegido por gente uniformada pero no son militares, ni la Guardia civil, ni la policía tampoco. No se puede hacer una idea del poder que tienen. Acabarán con todos ustedes. No tienen la menor posibilidad.
- Eso lo veremos, antes les crearemos bastantes problemas... ¿Qué hacen con la gente “captada”?
- No lo sé, pero nada bueno. Les llevamos, pero nunca he visto salir a ninguno. Todos los días entran nuevos.
- ¿Lo ha grabado todo, Antúnez?
- Sí, mi teniente, nítido, alto y claro.
- Pues ya sabes lo que tienes que hacer, desde el ordenador del capitán, no tiene restricciones. Cuando termines coge el portátil y todo lo que pueda servirnos, y rapidito, nos tenemos que ir.

La cabo Antúnez envió las imágenes a una persona que estaba en disposición de darles la mayor publicidad. Los soldados amordazaron a los policías militares y los encerraron. Al mismo tiempo, abrieron todas las puertas y comenzaron a salir los recluidos. Se les indicó que se ocultasen hasta que terminase el toque de queda, que se dispersaran, que fueran cautos con los desconocidos y que no regresasen a sus domicilios. Puede que no burlasen la enfermedad, o que cayesen en manos de aquellos que estaban llevando a cabo ese abominable exterminio, pero ahora la Providencia les brindaba una oportunidad. Aunque sólo fuera para morir, siempre sería mejor morir como personas libres que como ganado.

El sargento se cuadró ante el teniente Herrarte.

- Todo está preparado, mi capitán

El oficial miraba con ansiedad el reloj, pero volvió la cabeza al escuchar el saludo.

- “Teniente”, sargento. Aún no soy capitán y ya no lo seré nunca.
- Eso no es cierto, mi capitán. En lo sucesivo, todos los que estamos en esto le saludaremos como nuestro “capitán” y compartiremos su suerte y responsabilidades en estos hechos, por mucho que se las haya “apropiado”. Es un honor estar a sus órdenes.
- El honor es mío por tenerles a ustedes a mi lado. Sáez y el “usía” están listos, ¿no?
- Sí, mi capitán. Sáez ha puesto el grito en el cielo cuando le dijimos que se venía y al “usía” le hemos cambiado de ropa, no se ha resistido cuando le hemos informado de que se venía con nosotros. Los dos van inmovilizados y con aislamiento sensorial, como ordenó. ¿Qué haremos con ellos?
- Compartirán nuestra suerte. Sáez porque es más peligroso por sus “poderosos” amigos que por sus cualidades, y además me gusta tener cerca al enemigo para controlar lo que hace. El “usía” es un desgraciado al que matarán en cuanto le tengan a mano, así que le estamos salvando la vida.

En ese momento, salía el coche de mando de la policía militar conducido por el cura. Al llegar a la altura de los militares, se detuvo sin parar el motor y bajó la ventanilla.

- Disculpe la tardanza, teniente, entre que el uniforme de coronel médico que me ha dejado es de una talla más pequeña que la mía y que no conducía un todoterreno desde que hice la mili, pues que no hemos podido salir antes. Espero no haberles entorpecido.
- No, padre, no se preocupe, nos vamos ya también. La chica y el bebé que estén siempre escondidos. Calculo que disponen de unos 45 minutos hasta que empiecen a buscar este vehículo. No excedan ese tiempo y vayan por carreteras secundarias. Al llegar a esta dirección diga que va de mi parte, le facilitarán ropa, alimentos, otro coche y un destino seguro al que dirigirse. No usen tarjetas bancarias, teléfonos móviles ni accedan a sus cuentas de e-mail. Cuiden sus espaldas. No se fíen de nadie.

Le entregó una tarjeta y una pistola. El clérigo rehusó el arma.

- Cójala, padre. No la use si no quiere, pero esta mujer tiene una hija que proteger. A menudo es preciso echar una mano a la vida para que no la dañen los que la persiguen. Si conoce su funcionamiento, enséñeselo a ella.
- De acuerdo, lo haré, pero esto es para ella. Nunca podré agradecerle lo que está haciendo. Rezaré por ustedes.
- Nos hará falta. - Se volvió a la joven – Que tenga mucha suerte. Hasta ahora ha estado viviendo un milagro, ojalá continúe.

La miró fijamente, escrutándola. Estaba débil pero con mejor aspecto, pudo comprobar que era de una belleza espectacular y volvió a ver el sol asomando a sus labios.

- ¿Sabe una cosa? Si pudiera, la invitaría a cenar.

La muchacha río suavemente y contestó: “no olvides hacerlo cuando puedas”. Con un gesto, Herrarte indicó al cura que iniciase la marcha. Eludió los obstáculos del control de acceso y se alejó. A oriente se veía despuntar el alba.

- Fuera de aquí o nos freirán... ¡vámonos!

El convoy salió a toda prisa. Levantando un densa polvareda. El oficial sabía donde dirigirse, a una sierra que conocía a la perfección por los inacabables veranos de su adolescencia, en los que tejía sueños acerca de un mundo mejor, los mismos sueños que le llevaron a incorporarse al Ejército. Ahora pretendía dar testimonio de ellos, aunque era consciente de que sus posibilidades eran muy limitadas. Un puñado de soldados retaba con su rebeldía a un perverso sistema, instalado en los centros del Poder, que opinaba que había gente de sobra en el mundo y que su eliminación era prioritaria. Arrollar para no ser arrollado. Para no arrodillarse.


Hace diez días que nos pusimos en rebeldía. Logramos llegar a nuestra improvisada base sin novedad. Todo ha ido según lo previsto, mejor incluso porque el enemigo no esperaba algo así. Sáez había hecho unas llamadas y sus amigos, o seguramente los amigos de estos, adelantaron una nueva “visita”. Todo su interés estaba puesto en hacerse con el bebé y su madre para mostrar su celo hacia la “misión”. Tampoco yo confiaba en conseguir la repercusión que todo esto ha tenido. Ahora estamos en una auténtica insurrección popular en todo Occidente, ya que los “campos de cuarentena” no sólo existen en España, sino que están repartidos por numerosos países, y por doquier llegan noticias de revueltas y motines, y sobre todo, de destacamentos militares que se niegan a ser cómplices de toda esta infamia.

La enfermedad. No me cabe ninguna duda de que el oncovirus es un engendro de diseño. Algún laboratorio, algún grupo de científicos, recibió el encargo de “fabricarlo” para sacudirse unas cuantas decenas de millones de desgraciados. Aprovechando el revuelo y la suspensión de las libertades individuales, los que no se contagiasen o no desarrollasen el mal serían “suprimidos” por otras vías, que aún ignoro. También reconozco que no tengo la menor idea de porqué muchos somos inmunes a la infección, supongo que será por predisposición genética. Como desconozco el criterio que siguen para “seleccionar” a los que no desarrollamos la enfermedad. Puede que no tengan ninguno, pero intuyo que las embarazadas, y por extensión las mujeres en edad fértil, son dos de sus objetivos. Cuando la Humanidad llega a un aparente callejón sin salida, como se infiere del análisis histórico, es un siniestro hábito que gran parte de su población haya de ser exterminada. Antes se llevaba a cabo por medio de guerras y persecuciones, bombardeos masivos e injustificados sobre población civil y con los gulags. Hoy es todo más “democrático” y secreto.

De momento contamos con la simpatía de los pueblos del área sobre la que nos hemos desplegado, se han incorporado algunos guardias civiles a nuestra partida y ese apoyo es fundamental para nosotros. Ninguna guerrilla puede sobrevivir si no tiene el amor de su pueblo. Somos afortunados por disfrutar de ello. Sin embargo, no se me escapa que vendrán por nosotros. Tarde o temprano nos golpearán con todo su odio por haberles puesto en evidencia de la manera más sencilla, mientras ellos están completamente a salvo y enriqueciéndose a costa del sufrimiento y la muerte de sus semejantes. Mas toda su riqueza, centenares de miles de millones en tecnología, en comprar voluntades y silencios, en agencias de inteligencia paralelas o directamente al margen de las administraciones gubernamentales, no han servido de nada para evitar que un par de secciones de la vieja y sufrida Infantería española tirasen de la manta y dejasen la punta del iceberg al descubierto. Porque lo más terrible todavía no ha salido a la luz por mucho que pueda deducirse. 

Hay tinieblas que son impenetrables... hasta para la “fiel Infantería”, porque esa parte del trabajo corresponde al Hombre... “Arrollar o ser arrollado. Libre albedrío en estado puro.”