Vídeo de "El puñal y la guedeja", cuento de Angel Nevernet-Láncaster, voz de Julia Herrera de Salas.

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domingo 30 de enero de 2011

La espada de Damocles (IV)

Una multitud en la estación de ferrocarril de Atocha, Madrid. Soldados de reemplazo despidiéndose de sus novias, de sus padres, mientras las escalerillas crujen por el constante subir y bajar de pasajeros y los vagones humean como un toro antes de embestir. Mozos de cuerda cargados de bultos hasta las cejas, curiosos para los que el ajetreo de los andenes era un espectáculo preferible a la última película de Ava Gardner, colilleros buscando por el suelo algún trofeo que fumarse o para mezclarlo con algo de picadura en hebra, descuideros ojeando alguna incauta víctima a la que desvalijar; jornaleros que dejaban atrás la vida en el campo y caminaban hacia la incertidumbre con una maleta repleta de deseos de prosperar en la capital, asegurada con un recio cinturón alrededor de ella como si esos sueños pudiesen darse a la fuga. Y un hombre de cincuenta y muchos, elegante, se sube el cuello de su gabán para resguardarse del frío, para protegerse de miradas que le pudieran reconocer o, acaso, para esconderse de sus recuerdos.

No tiene aspecto de viajero porque no lleva maleta. Ya había enviado sus cosas discretamente por otra vía, él no sería como esos ganapanes que llevan su vida a cuestas. Sin saber el motivo evoca otro viaje que hizo en el pasado, a bordo de un barco desde Melilla, casi cuarenta años antes. Ha transcurrido mucho tiempo. Ahora va a comenzar una nueva etapa en su existencia. Nunca la amó, pese a tener dos crías con ella. En realidad no soportaba a ese maldito niño que no era suyo, ya padre de familia, curtido en dos guerras además. Quizás no era por causa de él, sino de su progenitor, ese alemán que tanto detestaba. Desaparecía durante meses para llegar en el momento más insospechado con un sobre lleno de dinero, oliendo a perfume caro, con apostura de galán de cine, tarareando el charlestón de moda, conduciendo su Adler y cambiando de mujeres como quien se cambia de camisa. Cuando murió en Kursk, en 1943, se alegró por ello del mismo modo que quien se libera de un pesado baldón; pero fue peor porque se había convertido en un referente doméstico. Y no se puede luchar contra los mitos como no es posible matar fantasmas. Tadeo jamás toleró la idea de que había estado con ella antes. Sabía que nunca dejaron de amarse en silencio, en la distancia, en el pensamiento. Probablemente el adulterio más doloroso, porque la fantasía es más amable que la realidad.

Sí, es cierto que su esposa Trinidad se había portado bien durante todos estos años. Tenía esos hermosísimos ojos grises, más bellos si cabe por la triste mirada que derramaba y ese rozagante apellido inglés que delataba que venía de casa bien. Fue la razón que pesó más en su decisión, a pesar del nene engendrado por otro hombre. Ella le había sido fiel físicamente. No lo merecía, lo admitía, porque él se había acostado con la mayoría de sus amigas. O con cualquiera que se le pusiera en bandeja. Claro que tampoco soportó el fuego que se percibía cuando se cruzaban las miradas de Trinidad y el alemán, que se llamaba Michael. Además, Tadeo creía haber cumplido de sobra; sus hijas ya habían pasado de los veinticinco y consideraba que había completado su parte, ¿cuántos hombres abandonan a sus mujeres y a su prole sin criar? Le traía sin cuidado lo que hiciera, el divorcio no existía en España y no estaba dispuesto a seguir manteniendo una farsa, ahora que sus negocios contemplaban la expansión en Hispanoamérica. La Guerra Fría había cerrado, paradójicamente, el mercado europeo y le constaba que los agentes americanos no eran tan permisivos con el libre mercado en su sector como antes de la guerra, todo por la agresiva expansión del Comunismo… Aunque con el proceso de descolonización y sus innumerables guerrillas, África ofrecía expectativas prometedoras… Baraka, mucha.

Que no, que no iba a dejar pasar la ocasión. España se le quedaba pequeña desde que acabó la II Guerra Mundial, y de eso hacía más de diez años. No iba a quedarse de brazos cruzados mientras languidecía, se sentía con el mismo vigor que cuando rondaba la treintena. Se había enamorado de él (más bien de su dinero, Tadeo era muy escéptico), una vicetiple fetén, de buen ver, un escándalo de mujer con la mayoría de edad recién estrenada. Trabajaba en la compañía de Celia Gámez y habían decidido escaparse al Brasil. No tenía idea de cuando se cansaría de ella. Quizás cuando se empezase a comportar como si fuera su señora. Cayó en la cuenta, sarcásticamente, de que casi prefería relacionarse con profesionales del oficio más antiguo del mundo, porque al menos de esa manera la tarifa a pagar está acordada de antemano, mientras que con las decentes se termina pagando de más y de todas las maneras posibles… El amor romántico, como el heroico valor, es cosa de trastornados y anticuados.

Sí, muchos años, casi tantos como lo de Melilla. No tuvieron un noviazgo largo porque él creyó que un matrimonio respetable “con un hijo puesto”, le podía librar de alguna imputación, por entonces no tenía seguridad de que el revuelo formado por lo del Rif se quedase, como fue así, en nada; con el general Picasso enredando por doquier. Y emparentar con una familia bien relacionada, monárquica hasta marearse en su árbol genealógico, le podía venir muy bien. Incluso insinuó a sus padres que les estaba haciendo un favor al casarse desinteresadamente con una descarriada que se había deshonrado con el “alemán”, cuando él, todo un héroe de la guerra de África y con buena situación económica, podía encontrar una muchacha más adecuada… virgen, por ejemplo. Después de una petición de mano tan franca, su padre tenía más prisa que Tadeo por culminar en enlace. La madre, sin embargo, no le vió con buenos ojos nunca. Cosas de mujeres…


- ¿Qué quieren que les diga? El amor es así – sentenció Tadeo como si su blanco y almidonado cuello fuera un púlpito – Les voy a decir una cosa con total llaneza porque ya les veo casi como a mis padres, aprovechando que Trinidad nos aguarda en otro cuarto. Fíjense que no me importa que ella sea un poco mayor que yo, que haya tenido relaciones con otro hombre, y que fruto de ellas Miguelito haya nacido, es un niño muy majo que trataré como si fuera mío. ¡Nada de eso cuenta! Yo soy así de liberal y campechano. Desde el momento en que nos conocimos en Málaga, yo muy malherido por culpa del moro, quedé prendado de su belleza y de lo buena que es. Además tengo fondos y recursos para mantener a mi futura familia y sé que será muy feliz siendo mi mujer. Por ello es que con todo mi respeto y afecto me permito pedirles la mano de su señora hija y concretar una fecha para contraer matrimonio con ella…

La criada entró en el salón con una bandeja, la señora hizo un gesto con la mano y volvió a salir sin decir media palabra. El viento de otoño iba despojando a los árboles de la vestidura de su follaje, mientras en la calle sonaba la bocina de un automóvil y el ladrido de un perro.

- Pues no se hable más, ea – dijo el padre mirando a su mujer – que no se diga que en el siglo XX no hay lugar para el amor, en vista de que Trinidad ha expresado su afecto a este muchacho, honrado y con buena posición, generoso al mirar hacia el futuro sin reparar en manchas del pasado.
- No sé, no sé, querido – repuso la madre – A la fuerza ahorcan, a mi hija la veo resignada más que enamorada, eso es algo que a ninguna madre se le puede esconder. No se lo tome a mal, yo no dudo – se dirigió al joven - de las buenas intenciones y sentimientos que usted, don Tadeo, alberga hacia mi Trinidad, pero un matrimonio es una cosa muy seria y quien le dice que cuando vengan las discordias, que llegarán, mi nieto Miguelito no pagará las consecuencias de su ira; o que repruebe a mi hija su pasada falta. ¿Ha pensado lo que sucederá cuando Trinidad conciba sus hijos? ¿Está seguro de que Miguelito no será preterido por usted? Si al menos usted tuviese el gesto de darle su apellido para facilitar todo…

Tadeo no transigía con eso. Decía que “nunca cargaré con un mochuelo que no sea de mi sangre”, y ya estaba haciendo más de la cuenta por el interés. Si se casaba con una desgraciada madre soltera, su papel sería siempre el de un samaritano, y eso era lo que quería dejar en evidencia para que esa familia quedase en deuda permanente con él. Si reconocía como suyo a Miguelito, la deuda no sería recordada y él quedaría como un sinvergüenza (serlo le daba igual, pero gustaba de aparentar lo opuesto) ante terceros, como un bribón que al final claudicó. En la primera situación él tendría el control, en la segunda, perdería la iniciativa en lo sucesivo. Y siempre es mejor que mueran (o padezcan) otros…

Pero tampoco quería hacer explícita su negativa sobre el asunto a esa condenada mujer que tantos quebraderos de cabeza le traería. Contestó con evasivas, con largas, alegando vehementemente que los trámites legales eran tan largos como sinuosos y su pretensión era llevar a su hija al altar cuanto antes, para que su pasión por ella “fuese santificada por el sacramento del matrimonio”. Música celestial en los oídos de una familia católica de la vieja y rancia España. Palabras sin mayor validez en los labios de Tadeo, amigo de poner una vela a Dios y otra al diablo…

El padre se lo dijo todo a su mujer con la mirada y esta bajó los ojos. Con o sin apellido, esta era la oportunidad de limpiar el honor de la familia y convertir milagrosamente un drama en anécdota, como Cristo hizo al mudar el agua en vino durante las Bodas de Caná, comparación que hizo el novio para ponderar sus intenciones y la opinión que tenía de Trinidad, mencionando con notoria mala fé que su “vino” ya había sido… catado. La boda se celebró semanas después, y el recién casado pasó la noche de bodas con una amante en lugar de con su esposa, que tomó una decisión para siempre: callarse y comportarse con dignidad porque ella sería la deshonrada… pero por culpa de su marido más que por el amor que profesaba a Michael.

Aquella noche Trinidad abrazó a su hijo mientras dormía y se quedó en su camita. Cuando clareaba el día apareció Tadeo. Ella salió a recibirle pero se le quedó mirando sin decirle nada, con esos ojos que tanta tristeza expresaban…

- ¿Te ocurre algo, mujer? – preguntó él – No me mires así porque no me tengo por caballero, sólo sirven para llenar tumbas; hombre soy y muy hombre… Por nuestro amor conyugal no debes pasar cuidado porque hay muchas formas de manifestarlo. Ahora eres mi mujer… No te apures que ya habrá noches para ti – ironizó sonriendo – como viviste en el pasado, una de ellas duerme en su cuarto, bien lo sabes…
- Me quedaba una mínima esperanza de que el teatral amor que exhibías hacia mí fuera cierto, al menos en parte. No estoy sorprendida, realmente... Sé que no eres un caballero, ya me dijiste – replicó serenamente – que te gustaba ser un hombre de “estos tiempos”. Me he casado contigo porque mi padre así me lo pidió. Por mi padre. Porque le aterra lo que pueda ser mí y de mi hijo cuando él falte. Le desobedecí una vez por amor a un hombre. Ahora le he obedecido por amor a mi niño. Soy tu esposa. Mira, cada cual venimos a esta vida con una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Yo sé cual es la mía, pero estoy segura de que ni sospechas cual es la tuya, aunque terminarás averiguándolo, no te quepa duda. Deberías de reflexionar acerca de ello. Solo te digo que no me afectan tus alusiones, porque prefiero la deshonra de mi “caída” a la deshonra de tus “muletas”. Insisto, lo mío es amor. Lo tuyo es vileza…

No le respondió. En ese momento le pareció una reina, majestuosa, altiva, frágil pero inexpugnable. Supo entonces que por mucho que se acostase con ella nunca le pertenecería. Porque era de otro. Contempló como se daba la vuelta y retornaba a la alcoba de su hijo. Quizás había factores hereditarios que incluían esa altanería indefinible, esa manera de decir con el semblante, con la mirada, con un simple mohín, algo semejante a “puede que me venzas pero no te ilusiones porque nunca me pondrás de rodillas.”


Llegó justo a tiempo, únicamente con una pequeña maleta por equipaje, para coger el tren que les sacaría de Madrid. Lo bueno de ser joven es que no hay bagaje pesado que arrastrar. Había seguido su consejo de que se vistiese con discreción, pero la belleza resplandeciente es difícil de ocultar: los hombres seguían volviendo la cabeza para admirar su hermosura. Alguno, más descarado, masculló un comentario zafio entre dientes. Bastó la acerada mirada de Tadeo, oscurecida por el ala de su sombrero Borsalino, para que el gañán entendiese que ciertas hembras solamente estaban al alcance de unos privilegiados. Ascendieron al convoy, uno de los empleados se dirigió a ellos para ayudarles a buscar sus plazas de primera clase. Se escuchó el silbato y el ruido de las portezuelas de los coches que se iban cerrando. La serpiente de metal dio una sacudida brusca de atrás hacia adelante, y una sinfonía caótica de chirridos anunció que se ponía en movimiento. Las luces de la estación fueron sustituidas por la claridad de la mañana cuando la marquesina de Atocha quedaba a sus espaldas e iba empequeñeciéndose por la distancia. A su derecha se veía el sobrio y señorial edificio de un colegio, a la izquierda la Real Basílica de Nuestra Señora de Atocha, con el Panteón de Hombres Ilustres en su lado norte. Entonces advirtió que ella lloraba. Él le limpió las lágrimas con los dedos y sintió como le abrazaba.

El pasado se alejaba de ellos y ya no importaba. Supuso que la muerte debía de ser algo parecido a esto…