martes, 3 de agosto de 2010

El violín

Hay personas que han sido favorecidas, antes de nacer, por la fugaz mirada de Dios. Cuando alguien tiene un don, una cualidad que le distingue del resto de los mortales, es porque logró retener brevemente su Interés para que luego se obrase el prodigio. Como el que este Valle de Lágrimas lo sea menos merced a su obra, una continuación de la Creación en su sentido más amplio.

Cecilia fue una de ellas. Aprendió la escala musical antes que pronunciar “papá” o “mamá” correctamente y pronto decidió que el violín sería el intérprete de sus sentimientos. A la edad en que las muñecas cobran vida por misteriosa magia obrada con infantiles e inocentes manos, su violín sumía en el asombro a todas las cortes europeas, desde la soleada España hasta la inmensa Rusia, haciendo brotar la llama de la emoción en todos los espíritus que tenían la dicha de escucharla y que guardarían recuerdo, como si de un tesoro se tratase, de esa música que arrancaba con su arco a las tensas cuerdas de su violín.

Fue en París, entonces rutilante capital del mundo, orgullosa cabeza de un imperio que ponía y quitaba reyes a su antojo. Iba a celebrar una serie de conciertos, apenas había cumplido veinte primaveras y el mundo entero se postraba a sus pies por hacer más soportable la pesada carga que la vida reserva a sus devotos. En su timidez, nunca dirigía la mirada a la platea… simplemente cerraba los párpados y se dejaba llevar por su privilegiada memoria. Entonces la música que florecía podía ser una mar tempestuosa, una leve brisa, enigmática como luz de luna o resplandeciente como alborada de estío. Pero llegó el día en que no fue así. Nunca supo el porqué. Simplemente descorrió el velo que ocultaba su azul mirada y le vió sentado entre el público. Sintió como el amor alanceaba dulcemente su joven ánimo y en las siguientes jornadas se asomaba disimuladamente desde el telón para comprobar que su desconocido se hallaba aguardándola… Y el júbilo sacudía su alma.

Había finalizado la actuación y estaba sentada frente al espejo de su camerino. Llamaron a la puerta. Despreocupadamente la abrió. Era él… con una espectacular rosa roja en su mano, que le tendió como única presentación, galantemente le dijo…

- Sois pálida rosa
a la que el rubor
hace más hermosa;
y esta pierde color
por ser envidiosa.

El fuego del amor prendió en su pecho y se entregó a su caballero por completo. Compartieron el paso solemne de las horas en su infinito desfile, tejiendo sueños, burlándose de un mundo que se obstina en despeñarse generación tras generación, y desafiándolo, además, con una inquebrantable ilusión por el futuro, que es lo que suele caracterizar a los enamorados, acaso porque únicamente ellos son capaces de sumar tanto arrojo.

Cecilia era como un violín en manos de un virtuoso que sabía como colocar cada nota, cada acorde, para concebir la más bella sinfonía. Sus dedos escribían sobre su lozano cuerpo el testimonio de su deseo, abandonándose a los dulces caprichos que el amor sugiere y obsequia a los que le rinden sumiso homenaje.

Por el compás de su pasión mecida,
sintió sus recios latidos dentro de sí,
cruzando su vientre, sin más medida,
sí, sí, sí, sí, venga con total frenesí.
sí, sí, sí, sin resuello, así, que es así.

De su amado, la esencia embebía
hasta el rincón último de su alma.
Como el sol al cielo, sí, le pertenecía;
como sombra en la noche, la tendría,
como besos en los labios, de su dama.

De ese modo transcurrieron algunos días. Cecilia no se preocupaba ya de mirar antes al patio de butacas porque daba por seguro que su apuesto y amado caballero ocuparía su localidad de siempre. “Siempre” es una palabra que a los amantes les resulta sencillo pronunciar. Mas “siempre” es mucho tiempo y una tarde funesta no le vió en su “sitio”. No quiso preocuparse, “algo le habrá sustraído”, pensó, y desdeñó sus temores entregándose con ardor a su otra pasión, tan parecida a la que sentía cuando su caballero se fundía con ella en lo más íntimo de su ser.

Tampoco apareció al término de la velada, le esperó en su camerino hasta entrada la madrugada, cuando la pesadumbre empezaba a ahogarla y la ansiedad la empujó a la calle con la respiración tan alterada como cuando hacían el amor. No tenía idea del lugar donde podía estar, ni tampoco si le había ocurrido algo malo. La clara luna iluminaba sus pasos con diligencia, cuidando de que no se lastimase el cuerpo sediento de cientos de besos que le faltaban con desesperación. Acudió a hospitales, repitiendo su nombre, describiendo su elegante porte, nadie pudo informarle acerca de él.

Humillada por la consternación de su ausencia, reparó en una distinguida pareja que se apeaba de un primoroso carruaje, unos metros por delante de donde estaba ella. El altar al que había ofrendado su vida había sido profanado por una bella mujer que le miró altanera con despectivo mohín, cogida del brazo que la había estrechado contra su piel como quien luce un codiciado galardón. Él desvió los ojos con cobardía, como había abandonado su lecho, como el soldado que deserta del campo de batalla; como el ofensor que no se presenta al duelo concertado; como si la primavera se asustase por los rigores del invierno. Esa fue la última vez que le contempló. Rompió en inconsolable llanto y corrió al teatro para refugiarse. El paso del tiempo, ajeno a los dramas de los que viven en el mundo, no le concedió tregua. Uno de los operarios le advirtió de que se acercaba el momento de la actuación. Prefirió no preguntarle a la hermosa señorita por la razón de que sus azules ojos tuviesen enrojecido cerco a su alrededor, como si un extraviado ángel se encontrase acorralado por una manada de infernales lobos.

Salió al escenario y comenzó a tocar. El sonido del violín impresionó tanto al auditorio que algunas damas se desmayaron por la belleza de las notas que Cecilia iba desgranando con su arco. Lágrimas afloraban en curtidos soldados, que fingían alguna molestia para disculpar su sensibilidad. Acabó la pieza. Un silencio reverente enmudecía al público, que terminó ovacionando con vehemencia mientras la aclamaba. Entonces percibió que el mundo daba vertiginosas vueltas, a gran velocidad, en una espiral cuyo remolino finalizaba en el luminoso interior de su violín. Cayó desplomada con estrépito.

Había muerto. La enterraron en una solitaria sepultura, aguardando paciente a que el Señor devuelva la carne a su propietaria; sin más compañía que un violín labrado en la piedra y el milagro se culmine cuando la resucitada Cecilia lo coja para que el Paraíso lo sea más aún por escuchar la exquisita música de su violín.

Algún tiempo después, paseando, un caballero fijó su atención en un violín que dormitaba tras el escaparate de una destartalada tienda. Sin saber el motivo, o conociéndolo pero sin hacerle caso, entró en el establecimiento para adquirirlo. Estaba extrañamente barato, y le preguntó por ello al dependiente, un viejo de mirada malévola, que se encogió de hombros mientras le respondía, “tiene un pequeño golpe”, le señaló, “debió de caérsele a alguien. Son frecuentes los ataques cuando se toca un instrumento… por eso tiene un precio más bajo, señor, aunque eso ya lo habrá supuesto alguien como vuestra merced”. El caballero no le prestó demasiada atención, pagó el importe demandado y se lo llevó.

No había caminado mucho, puede que un par de manzanas, y la curiosidad le hizo desandar el recorrido para interesarse, interrogando al comerciante, por lo sucedido al último propietario del instrumento. Su perplejidad fue mayúscula: el local estaba en ruinas cuando hacía escasos minutos él había estado en su interior. Se acercó a una anciana y le preguntó. “Su señoría”, le contestó sarcásticamente, “se ha debido de confundir… ese edificio lleva abandonado y cerrado desde los tiempos del rey Luis Felipe”. No. No podía ser cierto, estaba completamente convencido de que el lugar era correcto. Le dio una moneda y se marchó al tiempo que se había levantado un molesto y furioso viento.

Lo depositó en una estantería de su domicilio. Le resultaba familiar, como las caras de esos desconocidos que, en realidad, no lo son. Tenía la fastidiosa sensación de que le vigilaba, de que estaba pendiente de cada una de sus palabras, de cada uno de sus gestos. Por las noches, aguzando el oído, casi podía escuchar las imperceptibles vibraciones de sus cuerdas, como crujía el brocado de sus cortinas mientras el travieso aire que se colaba por las abiertas ventanas jugueteaba con ellas. En su pedestal estuvo unos días más, desperezándose quizás, porque…

En noche de verano, tormenta desatada,
No puede dormir, no puede, el caballero.
Por una clara centella el violín se ilumina,
como si fuera un deslumbrante coracero
presentando armas en orgullosa parada.

Celeste artillería tronando en el firmamento,
¿tocará el violín, aunque sea por un momento?
Disgustado, cede el caballero a la tentación.
Tomado el arco, ajustada la cuerda, muy tensada,
se quiebra, al vulnerable cuello le hace gran tajada.


La vida perdió quien despreció verdadero amor,
la amó, sí, mas si la rechazó no fue por su honor,
mudó amor por desdén, se vendió, por el dinero
de otra mujer, como saldo… Como mal caballero.